JUEGO DE ESTRATEGIA
Viernes, Noviembre 26, 2010Libro de arena presenta un relato que aborda la relación entre literatura y ajedrez como cierre de la semana referida a Literatura y juego.
La cuestión de la dama en el Max Lange
Abelardo Castillo
El hombre que está subiendo por la escalera en la oscuridad no es corpulento, no tiene ojos fríos ni grises, no lleva ningún arma en el bolsillo del piloto, ni siquiera lleva piloto. Va a cometer un asesinato pero todavía no lo sabe. Es profesor secundario de Matemática, está en su propia casa, acaba de llegar del Círculo de Ajedrez y, por el momento, sólo le preocupa una cosa en el mundo. Qué pasa si, en el ataque Max Lange, las blancas trasponen un movimiento y, en la jugada once, avanzan directamente el peón a 4CR. ¿Adonde va la dama? En efecto, ¿cómo acosar a esa dama e impedir el enroque largo de las piezas negras? Debo decir que nunca resolvió satisfactoriamente ese problema; también debo decir que aquel hombre era yo. Entré en mi estudio y encendí la luz. Mi mujer aún no había vuelto a casa esa noche, lo cual, dadas las circunstancias, me puso de buen humor. Nuestros desacuerdos eran tan perfectos que, podría decirse, habíamos nacido el uno para el otro. Busqué el tablero de ajedrez, reproduje una vez más la posición, la analicé un rato. Desde mi estudio se veía (todavía se ve) nuestro dormitorio: Laura se había vestido apurada, a juzgar por el desorden, o a último momento había cambiado de opinión acerca de la ropa que quería ponerse. ¿Adonde va la dama? Cualquier jugador de ajedrez sabe que muchas veces se analiza con más claridad una posición si no se tienen las piezas delante. Me levanté y fui hacia su secretaire. Estaba sin llave. Lo abrí mecánicamente y encontré el borrador de la carta.
Estoy seguro de que si no hubiera estado pensando en esa trasposición de jugadas no lo habría mirado. Nunca fui curioso. Mi respeto por la intimidad ajena, lo descubrí esa noche, es casi suicida. Tal vez no me crean si digo que mi primera intención fue dejar el papel donde estaba, sin leerlo, pero eso es exactamente lo que habría hecho de no haber visto la palabra puta.
Laura tenía la manía de los borradores. Era irresoluta e insegura, alarmantemente hermosa, patéticamente vacía, mitómana a la manera de los niños y, por lo que dejaba entrever ese borrador, infiel. Me ahorro la incomodidad de recordar en detalle esa hoja de cuaderno (“sos mi Dios, soy tu puta, podes hacer de mí lo que quieras”), básteme decir que me admiró. O mejor, admiré a una mujer (la mía) capaz de escribir, o al menos pensar que es capaz de escribir, semejante carta. La gente es asombrosa, o tal vez sólo las mujeres lo son.
No es muy agradable descubrir que uno ha estado casado casi diez años con una desconocida, para un profesor de Matemática no lo es. Se tiene la sensación de haber estado durmiendo diez años con la incógnita de una ecuación. Mientras descifraba ese papel, sentí tres cosas: perplejidad, excitación sexual y algo muy parecido a la más absoluta incapacidad moral de culpar a Laura. Una mujer capaz de escribir obscenidades tan espléndidas –de sentir de ese modo– es casi inocente: tiene la pureza de una tempestad. Carece de perversión, como un cataclismo. Pensé (¿adonde acorralar a la dama?) quién y cómo podía ser el hombre capaz de desatar aquel demonio, encadenado hasta hoy, por mí, a la vulgaridad de una vida de pueblo como la nuestra; pensé, con naturalidad, que debía vengarme. Guardé el papel en un bolsillo y seguí analizando el ataque Max Lange. El avance del peón era perfectamente jugable. La dama negra sólo tenía dos movidas razonables: tomar el peón blanco en seis alfil o retirarse a tres caballo. La primera me permitía sacrificar una torre en seis rey; la segunda requería un análisis más paciente. Cuando me quise acordar, había vuelto al dormitorio y había dejado el papel en el mismo lugar donde lo encontré. La idea, completa y perfecta, nació en ese momento: la idea de matar a Laura. Esto, supongo, es lo que los artistas llaman inspiración.
Volví a mi tablero. Pasó una hora.
–Hola –dijo Laura a mi lado–. ¿Ya estás en casa? Laura hacía este tipo de preguntas. Pero todo el mundo hace este tipo de preguntas.
–Parece evidente –dije. Me levanté sonriendo y la besé. Tal vez haga falta jugar al ajedrez para comprender cuánta inesperada gentileza encierra un acto semejante, si se está analizando una posición como aquélla. –Parece evidente –repetí sin dejar de sonreír–, pero nunca creas en lo demasiado evidente. Quizá éste no soy yo. Estás radiante, salgamos a comer.
Era demasiado o demasiado pronto. Laura me miraba casi alarmada. Si alguna vez mi mujer sospechó algo, fue en ese instante brevísimo y anómalo.
–¿A comer?
–A comer afuera, a cualquier restaurante de la ruta. Estás vestida exactamente para una salida así.
La mayoría de las cosas que aprendí sobre Laura las aprendí a partir de esa noche; de cualquier modo, esa noche ya sabía algo sobre Las mujeres en general: no hay una sola mujer en el mundo que resista una invitación a comer fuera de su casa. Creo que es lo único que realmente les gusta hacer con el marido. Tampoco hay ninguna que después de una cosa así no imagine que el bárbaro va a arrastrarlas a la cama. Ignoro qué excusa iba a poner Laura para no acostarse conmigo esa noche: yo no le di oportunidad de usarla. La llevé a comer, pedí vino blanco, la dejé hablar, hice dos o tres bromas inteligentes lo bastante sencillas como para que pudiera entenderlas, le compré una rosa y, cuando volvimos a casa, le pregunté si no le molestaba que me quedara un rato en mi estudio. Ustedes créanmelo: intriguen a la mujer, aunque sea la propia.
No debo ocultar que soy un hombre lúcido y algo frío. Yo no quería castigar brutalmente a Laura sino vengarme, de ella y de su amante, y esto, en términos generales, requería que Laura volviera a enamorarse de mí. Y sobre todo requería que a partir de allí comenzara a hacer comparaciones entre su marido y el evidente cretino mental que la había seducido. Que él era un cretino de inteligencia apenas rudimentaria no me hacía falta averiguarlo, bastaba con deducir que debía ser mi antípoda. De todos modos, hice mis indagaciones. Investigué dónde se encontraban, con cuánta frecuencia, todas esas cosas. Se encontraban una vez por semana, los jueves. Ramallo es una ciudad chica. La casa donde se veían, cerca del río, quedaba más o menos a diez o quince cuadras de cualquier parte, es decir a unos dos o tres minutos de auto desde el Círculo de Ajedrez. Enamorar a mi mujer no me impidió seguir analizando el ataque Max Lange y evitar cuidadosamente jugar 11. P4CR en mis partidas amistosas en el Círculo, sobre todo con el ingeniero Gontrán o cuando él estaba presente. Y esto exige una delicada explicación, a ver si alguien sospecha que este buen hombre era el amante de Laura. No. Gontrán sencillamente debía jugar conmigo antes de fin de año –lunes y jueves–, el match por el campeonato del Círculo de Ajedrez, y yo sabía que, por complejas razones ajedrecísticas y psicológicas que no hacen al caso, aceptaría entrar, por lo menos una vez, en el ataque Max Lange.
Hay un momento de la partida en que casi todo ajedrecista se detiene a pensar mucho tiempo. El ingeniero Gontrán era exactamente el tipo de jugador capaz de ponerse a meditar cincuenta minutos o una hora un determinado movimiento de la apertura. Lo único que a mí me hacía falta eran esos minutos. Casi una hora de tiempo, un jueves a la tarde: cualquiera de los seis jueves en que yo llevaría las piezas blancas. Claro que esto exigía saber de antemano en qué jugada exacta se pondría a pensar. También exigía saber que justamente los jueves yo jugaría con blancas, cosa que al principio me alarmó, pero fue un problema mínimo.
Conquistar a una mujer puede resultar más o menos complejo. La mayoría de las veces es cuestión de paciencia o de suerte y en los demás casos basta con la estupidez, ellas lo hacen todo. El problema es cuando hay que reconquistarla. No puedo detenerme a explicar los detalles íntimos de mis movimientos durante tres meses, pero debo decir que hice día a día y minuto a minuto todo lo que debía hacer. Veía crecer en Laura el descubrimiento de mí mismo y su culpa como una planta carnívora, que la devoraba por dentro. Tal vez ella nunca dejó de quererme, tal vez el hecho de acostarse con otro era una forma invertida de su amor por mí, eso que llaman despecho. ¡Despecho!, nunca había pensado hasta hoy en la profunda verdad simbólica que encierran ciertas palabras. Me es suficiente pensar en esto, en lo que las palabras significan simbólicamente, para no sentir el menor remordimiento por lo que hice: en el fondo de mi memoria sigue estando aquella carta y la palabra puta. Dispuse de casi tres meses para reconquistar a Laura. Es un tiempo excesivo, si se trata de enamorar a una desconocida; no es mucho si uno está hablando de la mujer que alguna vez lo quiso. Me conforta pensar que reconstruí en tres meses lo que esta ciudad y sus rutinas habían casi demolido en años. Cuando se acercaba la fecha de la primera partida con el ingeniero Gontrán tuve un poco de miedo. Pensé si no me estaba excediendo en mi papel de marido seductor. Vi otro proyecto de carta. Laura ya no podía tolerar su dualidad afectiva y estaba por abandonar a aquel imbécil. Como satisfacción intelectual fue grande, algo parecido a probar la exactitud de una hipótesis matemática o la corrección de una variante; emotivamente, fue terrible. La mujer que yo había reconquistado era la mujer que su propio amante debía matar. El sentido de esta última frase lo explicaré después.
El sorteo de los colores resultó un problema mínimo, ya lo dije. La primera partida se jugaría un lunes. Si Gontrán ganaba el sorteo elegiría jugar esa primera partida con blancas: el noventa por ciento de los ajedrecistas lo hace. Si lo ganaba yo, me bastaba elegir las negras. Como fuera, los jueves yo llevaría las piezas blancas. Claro que Gontrán podía ganar el sorteo y elegir las negras, pero no lo tuve en cuenta; un poco de azar no le hace mal a la Lógica.
propia, me convertí en lacayo. En su servicio no comí ni bebí lo suficiente, con lo que en cinco meses ahorré setenta gulden. Una noche, en Baden, le dije que quería dejar su servicio, y esa misma noche me fui a la ruleta. ¡Oh, cómo me martilleaba el corazón! No, no era el dinero lo que me atraía. Lo único que entonces deseaba era que todos estos Hinze, todos estos Oberkellner, todas estas magníficas damas de Baden hablasen de mí, contasen mi historia, se asombrasen de mí, me colmaran de alabanzas y rindieran pleitesía a mis nuevas ganancias. Todo esto son quimeras y afanes pueriles, pero… ¿quién sabe?, quizá tropezaría con Polina y le contaría -y ella vería- que estoy por encima de todos estos necios reveses del destino. ¡Oh, no era el dinero lo que me tentaba! Seguro estoy de que lo hubiera despilfarrado una vez más en alguna Blanche y de que una vez más me hubiera paseado en coche por París durante tres semanas, con un tronco de mis propios caballos valorados en dieciséis mil francos; porque la verdad es que no soy avaro; antes bien, creo que soy un manirroto. Y sin embargo, ¡con qué temblor, con qué desfallecimiento del corazón escucho el grito del crupier: trente et un, rouge, impaire et passe, o bien: quatre, noir, pair et manque! icon qué avidez miro la mesa de juego, cubierta de luises, federicos y táleros, las columnas de oro, el rastrillo del crupier que desmorona en montoncillos, como brasas candentes, esas columnas o los altos rimeros de monedas de plata en torno a la rueda. Todavía, cuando me acerco a la sala de juego, aunque haya dos habitaciones de por medio, casi siento un calambre al oír el tintín de las monedas desparramadas. 


Aquí La Momia se emocionaba. Siempre que hablaba de hacer mal a la humanidad se le humedecían los ojos y ponía voz de flan.
La denominación de este juego varía de acuerdo con la lengua aborigen que lo nombra: en nahuatl es tlachtli; en zapoteca es teladzi y en maya es pok-ta-pok. Los campos de juego se construían cercanos a los templos, y los arqueólogos han investigado construcciones de campos de juego ya en el 1500 antes de Cristo. Uno de los más importantes y conservado es el que construyeron los mayas en Chichén-Itzá. Consistía en una superficie rectangular limitada por muros verticales, y en el centro los jugadores colocaban un aro de piedra por el que se intentaba introducir la pelota. Ésta se fabricaba de goma o látex que extraían de distintos árboles, y era de unos 12 centímetros de diámetro.
Una descripción más completa es ofrecida por diversos autores basándose en amplios estudios. Estas reglas además variaban según la región y la cultura que jugaba, pero básicamente, con prudencia como señala Taladoire (2000), podemos afirmar que estaba formado por dos equipos de uno a siete jugadores, con un juez, que se enfrentan en una cancha larga, dividida en dos, lanzándose directamente, o haciendo pases, una pelota de hule no vulcanizado de unos tres kilos. Ésta debe ser tocada por alguna parte del cuerpo o implemento que estuviera permitido (mazo, guante, cadera, mano, antebrazo,…), lo que tal vez correspondía a variantes locales y/o cronológicas. Los tantos se obtenían cuando la pelota se recogía o golpeaba con una parte del cuerpo no autorizada; cuando la pelota era muerta o perdida. Cuando se comete una falta (patear la pelota) con el pie, el equipo contrario lograba obtener de 1 a 4 rayas (tantos que eran convenidos previamente) y la posesión de la pelota (M.C.D. Guatemala, 2001). Como era excepcional pasar la pelota por el aro, cuando esto se lograba se ganaba el juego y el jugador que lo conseguía era agasajado con premios y honores (Bello y Picardo, 1998; De La Garza, 2000).
* Habitualmente todas las perinolas acostumbran a llevar inscritas en las caras indicaciones como las siguientes:
Pero la relación entre ambos puede atenerse a puntos de vista más restringidos.