Archivo Categoría 'Odisea (Dossier de literatura de viajes)'

LOS RÍOS PROFUNDOS

Martes, Enero 31, 2012

 

Por María Pía Chiesino

Para librodearena

 

En 1985 cursé un seminario sobre Arguedas en la facultad. Llegaba de trabajar y a veces se me cerraban los ojos pero lo hice. Leí toda la obra editada que se conseguía en Buenos Aires hasta ese momento. De todas sus obras, la que más me gustó, y me sigue gustando, es Los ríos profundos, una bella novela de aprendizaje.

Su protagonista, Ernesto, es un chico de trece años que nos cuenta la historia de los viajes que realizaba con su padre por los pueblos de los Andes Peruanos, hasta que éste lo interna en un colegio religioso para que el chico complete su educación formal mientras él busca trabajo como abogado.

Ernesto es una especie de “esponja” que absorbe y sufre, todo lo que observa a su alrededor. En la escuela aprenderá a convivir con sus compañeros, que son “tipos” que representan diferentes aspectos de la sociedad peruana. Y también aprenderá lo que se aprende en cualquier escuela. Y temerá y respetará al Padre Director, a quien no juzga…sólo representa.

En este largo aprendizaje que recorre la novela, cada vez que la repaso sigo eligiendo estos primeros momentos en los que Ernesto recorre con su padre distintos pueblos del Perú, y en el que accede al aprendizaje de aquellas cosas que no se enseñan en ninguna escuela: el canto de los pájaros, los árboles que cada uno de éstos elige para vivir, el fluir de los ríos (que son también los ríos profundos de la cultura quechua y española que se funden en el Perú, la gran metáfora que atraviesa la novela). Esas aguas que pulen piedras inmensas… La batalla de los niños contra los pájaros…

Toda la descripción que se hace cuando comenzamos la lectura de Los ríos profundos (después de que el  padre  de Ernesto ha intentado, sin éxito, conseguir un trabajo en Cuzco y poder establecerse), nos llevan de la mano por esos hermosos paisajes donde se compara a los campos de linaza con las grandes lagunas andinas.

Y nos quedamos con las ganas de escuchar a esa orquesta que toca huaynos…en los que: “La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja…”. Esas arpas que se tocan con los ojos cerrados…y por eso nos siguen haciendo viajar.

 

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Mi padre no pudo encontrar nunca donde fijar su residencia: fue un abogado de provincias  inestable y errante. Con él conocí más de doscientos pueblos, temía a los valles cálidos, y sólo pasaba por ellos como viajero; se quedaba a vivir algún tiempo en los pueblos de clima templado: Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio, Andahuaylas, Yauyos, Cangallo…Siempre junto a un río pequeño, sin bosques, con grandes piedras lúcidas y peces menudos. El arrayán, los lambras, el sauce, el eucalipto, el capulí, la tara, son árboles de madera limpia cuyas ramas y hojas se recortan libremente. El hombre los contempla desde lejos; y quien busca sombra se acerca a ellos y reposa junto a un árbol que canta solo, con una voz profunda, en la que los cielos, el agua y la tierra se confunden.

Las grandes piedras detienen el agua de esos ríos pequeños; y forman los remansos, las cascadas, los remolinos, los vados. Las puertas de madera o los puentes colgantes y las oroyas se apoyan en ellas. En el sol, brillan. Es difícil escalarlas, porque casi siempre son compactas y pulidas. Pero desde esas piedras se ve cómo  se remonta el río, cómo aparece en los recodos, cómo en sus aguas se refleja la montaña. Los hombres nadan para alcanzar las grandes piedras, cortando el río llegan a ellas y duermen allí. Porque de ningún otro sitio se oye mejor el sonido del agua. En los ríos anchos y grandes no todos llegan hasta las piedras. Sólo los nadadores, los audaces, los héroes; los demás, los humildes y los niños se quedan; miran desde la orilla, cómo los fuertes nadan en la corriente, donde el río es hondo, cómo llegan hasta las piedras solitarias, cómo las escalan, con cuánto trabajo y luego se yerguen para contemplar la quebrada, para aspirar la luz del río, el poder con que marcha y se interna en las regiones desconocidas.

 

Pero mi padre decidía irse de un pueblo a otro, cuando las montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria.

A mi padre le gustaba oír huaynos; no sabía cantar, bailaba mal, pero recordaba a qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle pertenecía tal o cual canto. A los pocos días de haber llegado a un pueblo averiguaba quién era el mejor arpista, el mejor tocador de charango, de violín y de guitarra. Los llamaba y pasaban en la casa toda una noche. En esos pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Las casas que alquilaba mi padre eran las más baratas de los barrios centrales. El piso era de tierra y las paredes de adobe desnudo o enlucido con barro. Una lámpara de kerosene nos alumbraba. Las habitaciones eran grandes; los músicos tocaban en una esquina. Los arpistas indios tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los cantos.

 

En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen visiblemente a lugares ya conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los arbustos que crecen en las orillas de las aguadas. Y según el tiempo su vuelo es distinto. La gente del lugar no observa estos detalles, pero los viajeros, la gente que ha de irse, no los olvida. Las tuyas prefieren los árboles altos, los jilgueros duermen o descasan en los arbustos amarillos, el chihuaco canta en los árboles de hojas oscuras, el saúco, el eucalipto, el lambras; no va a los sauces. Las tórtolas vuelan a las paredes viejas y horadadas; las torcazas buscan las quebradas, los pequeños bosques de apariencia lejana; prefieren que se les oiga a cierta distancia. El gorrión es el único que está en todos los pueblos y en todas partes. El viuda pisk’o salta sobre las grandes matas de espino, abre las alas negras, las sacude, y luego grita. Los loros grandes son viajeros. Los loros pequeños prefieren los cactos, los árboles de espino. Cuando empieza a oscurecer, se reparten todas esas aves en el cielo; según los pueblos, toman diferentes direcciones y sus viajes los recuerda quien las ha visto, sus trayectos no se confunden en la memoria.

 

Cierta vez llegamos a un pueblo cuyos vecinos principales odian a los forasteros. El pueblo es grande y con pocos indios. Las faldas de los cerros están cubiertas por extensos campos de linaza. Todo el valle parece sembrado de lagunas. La flor azul de la linaza tiene el color de las aguas de altura. Los campos de linaza parecen lagunas agitadas; y, según el poder del viento las ondas son menudas o extensas.

Cerca del pueblo, todos los caminos están orillados de árboles de capulí. Eran los únicos árboles frondosos, altos, de tronco luminoso; los únicos árboles frutales del valle. Los pájaros de pico duro, la tuya, el viuda pisk’o, el chihuaco, rondaban las huertas. Todos los niños del pueblo se lanzaban sobre los árboles, en la tarde y al mediodía. Nadie que los haya visto podrá olvidar la lucha de los niños de ese pueblo contra los pájaros. En los pueblos trigueros se arma a los niños con hondas y latas vacías; los niños caminan por las sendas que cruzan los trigales, hacen tronar sus hondas, cantan y agitan el badajo de las latas. Ruegan a los pájaros en sus canciones, les avisan: “¡Está envenenado el trigo! ¡Idos, idos! Es del señor cura. ¡Salid! ¡Buscado otros campos!” En el pueblo del que hablo, todos los niños estaban armados con hondas de jebe; cazaba a los pájaros como a enemigos de guerra; reunían los cadáveres a la salida de las huertas, en el camino, y los contaban: veinte tuyas, cuarenta chihuacos, diez viuda pisk’os.

Un cerro alto y puntiagudo era el vigía del pueblo.

 

 Fragmento de:

 

 Los ríos profundos

 José María Arguedas

 Buenos Aires, Losada, 1972

TE PUEDE PASAR

Miércoles, Febrero 2, 2011

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Libro de arena publica un relato veraniego donde pueden pasar varias cosas… hasta recordar a compañeros del taller de literatura y periodismo.

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Por Edit Marinozzi*

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Te puede pasar. Algo toca un botón en tu cuerpo y enciende una luz roja de alarma. Y decís: es el estrés. Tengo que salir de Buenos Aires unos días.

Y sabés, o pensás, o lo pensás porque sabés, que una escapada al mar puede ser reparadora. Tu marido accederá a acompañarte sin cuestionar nada: se está terminando el año, y nunca diría que no si la propuesta es Mar del Plata fuera de temporada.

Te tomás el micro y en seis horas estás allí. A vos no te importa que llovizne, o llueva, o que el viento sople con ganas. Desde la confitería de El Torreón podés ver el mar, el que siempre estuvo. Planchado, apenas una puntilla de espuma cuando llega a la playa.

Te puede pasar que te encuentres con un hallazgo: en la Bodega del Auditórium habrá una sesión de jazz, y no serás la única en mostrar regocijo: los propios marplatenses lo harán. Sergio Gruz vino desde Francia para deleitarnos con los prodigios de su piano –y de sus notas para piano– en el Festival de Jazz de Buenos Aires. Se encontró a Lucy Dixon –cantante y bailarina británica– y es amigo del responsable cultural de la Bodega. Y por eso se juntaron allí como lo hicieron en Europa. Y disfrutarás su arte, animada por el vaso de vino con el que te recibieron.

Pero, un rato antes, mientras esperás las 22, te puede pasar que una fuerza ¿un imán? te empuje en la Bristol por la escollera que se adentra al mar, porque hay otro espectáculo que te convoca: una tormenta eléctrica se muestra en todo su esplendor en medio de la noche. El mar negro, negro el cielo, que cuando es atravesado por esos relámpagos anaranjados le dan color azul a las nubes. Y el mar está bravío. Te gustan, te encantan, los fuegos artificiales, pero son incomparables a esto que la naturaleza te muestra, y que ves, alucinada, por primera vez.

Te puede pasar, te pasa, que no te olvidás del taller. Es posible que influya saber que la que caminás es la ciudad natal de Mario. No querés perderte la última clase. Y recordás la consigna: las estatuas. Entonces, pensarás que la mejor forma de agradecer a tu profesor la dedicación a ese espacio invalorable será una foto con Alfonsina. Le contarás esa intuición a tu marido, le dirás que con su buen ojo y sus dedos seguros no puede fallar. Te complacerá –le cuesta cederte el uso de la cámara en los viajes-  y te sacará dos con la poeta: una en la estatua tallada en la Perla y otra en el busto que en Villa Mitre está frente al manuscrito de su último poema: Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame / Ponme una lámpara en la cabecera / una constelación; la que te guste / todas son buenas; bájala un poquito.

Quizá creyeras haber cumplido ya con la consigna. Pero resulta que irás a Villa Victoria, y Victoria Ocampo está ahí, no exactamente una estatua: un acrílico con su silueta, en medio de los jardines de la hermosa casa. Otro registro fotográfico.

Si fueras Corina, aquí estarías escribiendo la dirección, el horario de visitas, las dimensiones, la cantidad de cuartos, el mobiliario, la casual exposición de ropa de diseño local, el contenido del video y hasta los objetos del merchandising.

Pero vos recordarás tu cuento de “la bachicha” y te dirás: “esta mujer viajó desde niña a Europa en barco con sus padres, quienes, efectivamente, llevaron la vaca para la leche. Y su tía abuela fue más allá de comprar planos: compró la casa entera a una firma inglesa que la armó aquí”.

También recordarás lo que leíste cuando hiciste ese breve trabajo sobre Virginia Woolf: que fue Victoria Ocampo quien tradujo y publicó a la escritora inglesa, y las suyas fueron las únicas ediciones en español en vida de la Woolf, a la que conoció personalmente. Y escribirás: “Victoria Ocampo es, afortunadamente, reconocida como una eterna luchadora de la cultura argentina. Su educación dentro de una familia rica y aristocrática no la convirtió en sumisa receptora del estricto código de conducta que recibió. Desafió todos los prejuicios y se dedicó a lo que sería su único gran amor: el arte en todas sus formas.

En 1931 fundó la revista Sur, y en 1933 la editorial del mismo nombre. Como sabemos, la revista –en la que escribieron autores locales y extranjeros de renombre–, se convirtió en la más importante publicación literaria de Argentina y América Latina con 40 años de edición ininterrumpida y más de 400 números”.

Mientras recorrés los interiores de la casa estilo inglés, y los jardines (que conectan el conjunto arquitectónico que se completa con la casa de de los caseros, estilo francés, y con la destinada a vivienda para el personal de servicio, de estilo italiano, construidas por el padre de Victoria, que era ingeniero) te prometés ir hasta San Isidro y conocer Villa Ocampo en algún momento del verano.

No sabés si Rubén estuvo alguna vez en los conciertos que durante muchas temporadas se ofrecieron en el parque de esta villa, pero no dudás que tendría, no tanto una mirada de melómano, como la del especialista que supo demostrar en las crónicas que nos regaló. Y esto lo podés decir vos, que confundís a Brahms con Brückner, y viceversa

Estás ahí, y no vas a dejar pasar la oportunidad de tomar el té en ese salón exquisito. Y te preguntás qué sentimientos íntimos le arrancaría a Dora su posible presencia en el lugar, esos que, emocionada, expresa en cada cosa que cuenta.

Una última mirada, ya en el portón que da a la vereda. Y esta vez lo que pensás es que ese podría ser un perfecto escenario para las elaboradas intrigas policiales de Fanny.

Cuando te despertás el sábado, brilla el sol y decidirás (decidirán) ir al puerto, con la intención de comer picada de mariscos, mirar los barcos pesqueros, y visitar la reserva de lobos marinos. La última vez que los viste era época de crías. Y ahí pensás en Miguel ¿ya habrá llevado a Octi a la playa? ¿Lo traerá a conocer los lobitos en setiembre? ¿Le escribirá un cuento de lobos marinos, ahora que, multifacético, se le anima también a narraciones para niños?

Te queda tiempo todavía. Visitarás el Museo del Mar. Y no podrás creer en lo que ves: la Colección de Caracoles Marinos. Se exponen piezas que son récord mundial en tamaño, y algunas, piezas únicas. Te cuentan que la muestra es una de las más completas del mundo, y que el Museo fue creado en homenaje a Benjamín Cisterna. Una biografía impresionante. Hijo de un carpintero, fue al colegio hasta quinto grado, empezó a trabajar a los 8 años en una panadería, y a los 18 uno de sus patrones decide instalar un negocio a Buenos Aires, donde se instala (ya muerto su padre) con su madre y hermanos. Su espíritu emprendedor va creciendo hasta tener su propio local de venta de alfajores. A fines de la década del 40 se radica en Mar del Plata y junto a dos socios crea la empresa “Havanna”, que con el correr del tiempo sería la marca símbolo de la ciudad, y sus dulces productos el clásico souvenir de los veraneantes.

Cuando Benjamín tenía 17 años, un hermano que cumplía el servicio militar en la Marina, le mandó un caracol. Fue ese primer caracol que conoció, el que le despertó la pasión que abrazaría por el resto de sus días: coleccionar caparazones de moluscos marinos, y también de ríos y tierras. Su búsqueda duró 60 años, con 26 viajes alrededor del mundo.

Fue durante la visita guiada cuando pensaste en el material que allí encontraría José, al que el mar tanto inspira, y para el que la denominación de los caparazones sería el vehículo ideal para el despliegue de su delirante humor, que tanto disfrutás.

Y en Salomón, este año más requerido por sus oficios terrestres… ¡cuántas nuevas historias basadas en los pueblos cuyas primeras culturas conoce podría lograr si visitara la muestra!

Pensaste en Laura, y en su contenida emoción al leer, y en María y sus cuidados relatos.

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Ya será miércoles 1º de diciembre. Tomarás el subte en Puán y bajarás en Pasco. En tu caminata por Uriburu hasta Sarmiento alguna piedra exhibida en alguna vidriera te parecerá nueva y te detendrás. Pero será un instante, porque no podés llegar tarde. Querés leer esta despedida del año a tu profe y tus compañeros, desearles buenas vacaciones y decirles cuánto te gustará volver a verlos el año próximo.

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*Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

EL HABLADOR

Martes, Noviembre 16, 2010

Por Dora Surasky*

Generalmente comenzar es lo más difícil. En cuanto uno encuentra el modo de hacerlo, todo fluye naturalmente. Eso sucede también con las historias.

¿Dónde se inician, en verdad? Decido que aquí.

En la noche del lunes llegamos a Federación  en la  provincia de Entre Ríos.

De la estación Terminal al hotel, y dado lo avanzado de la hora, a descansar.

Por la mañana, al asomarnos por la ventana, nos llevamos una muy grata sorpresa. Sabíamos de la excelencia de sus aguas termales, ¡pero no nos habíamos imaginado una ciudad tan luminosa, tan  verde!

Visitamos el parque termal, y salimos a caminar por la costanera que recorre la margen derecha del Río Uruguay, a orillas del embalse formado por la represa de Salto Grande.

El día era espléndido y en tanto descansábamos de cara al río, un anciano se nos acercó y nos preguntó si conocíamos la historia de la ciudad. Sin esperar nuestra respuesta, comenzó a  relatarnos…

“Esta ciudad se llamó, alguna vez, Mandisoví y alrededor de l850 la población fue trasladada a orillas  del río Uruguay y en tiempos de Urquiza, recibió su nombre actual.

Allí nací y viví mis mejores años.

Fui a la escuela, trepé a sus árboles, me arrullé con el canto de sus pájaros y formé mi propio hogar.

Por el río llegaban las jangadas que proveían de maderas a la industria en la que la mayoría de nosotros trabajaba.

Un día fuimos informados de que por un tratado firmado con el Uruguay, se construiría la represa de Salto Grande  y que para ello la ciudad en la que vivíamos sería anegada.

Habría, nos dijeron, una ciudad nueva y moderna que nos estaría esperando.

Primero fue la desesperación, el dolor y finalmente una tristeza muy profunda.

Muchos viejos no lo soportaron.

Pero lo más difícil fue vivir con esa condena durante veintiséis años.

Cuando por fin nos dieron la orden de dejar las casas, mientras salíamos,estaban esperándonos las máquinas que derribarían nuestros hogares.

Y antes de que las aguas lo cubrieran nos tocó ver el espectáculo de las topadoras borrando el viejo pueblo.

A veces cuando el agua de la represa baja, podemos ver el trazado de las calles, de algunas casas y hasta de la iglesia en la que a casi todos nos bautizaron y muchos nos casamos.

Después del traslado y ya en la ciudad nueva quedaron solo dos aserraderos y los jóvenes comenzaron a abandonar  la nueva ciudad.

Pero el agua no hundió y el agua nos salvó.

El descubrimiento de la fuente termal  fue el comienzo del renacer de  Federación.  De todos modos yo siempre estoy por aquí.

Esperando que el agua baje para reencontrarme con mis recuerdos…”

Nos saludó y se fue alejando  lentamente.

Más tarde lo vimos conversando con otro grupo de visitantes de la  ciudad.

Seguramente les estaba contando esa misma historia…

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Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

viaje al berlín de 1900

Martes, Noviembre 9, 2010

Libro de arena publica la  segunda entrega de Infancia en Berlín hacia el 1900, de Walter Benjamin, relato que viaja a la ciudad de la infancia del escritor entretejiendo el recuerdo con la ensoñación en la mirada de este observador privilegiado que da voz y vida al espacio urbano de principios de siglo.

 

Partida y Regreso

 

¿Acaso la franja de luz debajo de la puerta del dormitorio no era la primera señal de un próximo viaje, en la víspera, cuando los demás todavía estaban levantados? ¿No penetraba esa misma franja de luz en la noche del niño llena de expectación, como, más tarde, bajo el telón en la noche del público? Creo que la nave fantástica de los sueños que nos recogía entonces llegaba bamboleándose hasta nuestras camas, por encima del ruido de las conversaciones y el tintineo de los platos en el fregadero, y por las mañanas temprano nos devolvía enfebrecidos, como si hubiésemos realizado ya el viaje que íbamos a emprender. Era un viaje en un ruidoso fiacre que rodaba a lo largo del Landwehrkanal; el corazón se me afligía, no ciertamente por lo que iba a suceder o por la despedida. Era más bien el aburrimiento de estar sentados juntos, que duraba y perduraba, no desvaneciéndose siquiera por el sabor de la partida, como lo hiciera un fantasma ante el amanecer, y que hacía que me invadiera la tristeza. Pero no por mucho tiempo. Pues cuando el coche había dejado atrás la avenida, mis pensamientos se adelantaban de nuevo ocupándose de nuestro viaje en tren. Desde entonces, para mí, las dunas de Koserow o de Wenningstedt llegan hasta la Invalidenstrasse, donde los demás no ven sino la masa de piedra de la Estación de Stettin. No obstante, de madrugada, la meta era más próxima, la mayoría de las veces, se trataba de la Estación de Anhalt* que, como indica su nombre, era el paradero de todos los ferrocarriles, donde las locomotoras debían de tener su casa y los trenes su parada. No había lejanía más lejana que el punto donde convergían los raíles en la niebla. También se alejaba lo próximo, lo que hasta hacía unos instantes me había rodeado. La casa se presentaba cambiada en el recuerdo. Con sus alfombras enrolladas, las arañas envueltas y cosidas en arpillera, las butacas cubiertas; con la media luz que se filtraba por las persianas dio lugar –a la hora que pusimos el pie en el estribo del coche de nuestro Expres- a que esperásemos extrañas pisadas y silenciosos pasos que, arrastrándose tal vez pronto sobre el suelo dibujarían los rastros de los ladrones en el polvo que desde hacía una hora se estaba instalando pausadamente. Esto hacía que me sintiera como un apátrida cada vez que volvíamos de las vacaciones. Hasta la más perdida de las cuevas de algún sótano donde ya ardía la lámpara que no había que encender- me parecía envidiable comparándola con nuestra casa que oscurecía en el Oeste. De ahí que a nuestro regreso de Bassin o de Hahnenklee, los cortijos me ofrecieran muchos humildes y tristes asilos. Pero luego la ciudad los absorbía de nuevo como si se arrepintiera de tanta complacencia. Y si el tren se demoraba algunas veces, parándose delante de ellos, era porque una señal cerraba la vía poco antes de que efectuara su entrada, cuanto más rápido se desvanecía la esperanza de escapar, detrás de los muros de fuego, de la cercana casa de mis padres. Sin embargo, todavía hoy tengo un vivo recuerdo de esos minutos que restan, antes de que todo el mundo se apee. Más de una mirada los habrá rozado tal vez de la misma manera que a las ventanas de los patios empotrados entre los muros deteriorados, detrás de las cuales ardía alguna lámpara.

 

*Juego de palabras entre el nombre de la estación y anhalten (parar[se]). – Halt (parada). (N. del T)

VIAJE AL BERLÍN DEL 1900

Martes, Noviembre 2, 2010

Libro de arena viaja al Berlín de la infancia del filósofo Walter Benjamín quien en los inicios de la década del ’30 escribiera un conjunto de relatos con una alta carga poética, bajo el título Infancia en Berlín hacia 1900, que evocan el recuerdo que la ciudad imprimió en este escritor y pensador alemán de origen judío. A través del recorrido de una mirada que recupera la densidad significante inscripta en marcas específicas del espacio urbano, calles, plazas y sitios descubren su “aura”.

 


Tiergarten


 

Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarse las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte. Este arte lo aprendí tarde, cumpliéndose así el sueño del que los laberintos sobre el papel secante de mis cuadernos fueron los primeros rastros. No, no los primeros, pues antes hubo uno que ha perdurado. El camino a este laberinto, que no carecía de su Ariadna, iba por el puente de Bendler, cuyo suave arco significaba para mí la primera ladera. A su pie, no lejos, se encontraba la meta: Federico Guillermo y la reina Luisa. En sus pedestales redondos se erguían sobre las terrazas, como encantados por mágicas curvas que una corriente de agua, delante de ellos, dibujara arena. Sin embargo, me gustaba más ocuparme de los basamentos que no de los soberanos, porque lo que sucedía en ellos, si bien confuso en relación con el conjunto, estaba más próximo en el espacio. El que hubiera algo especial en este laberinto lo comprendí desde siempre por la ancha e insignificante explanada, que no revelaba en nada que aquí, a pocos pasos del corso de los coches de plaza y carrozas, duerme la parte más insólita del parque. De ello percibí pronto una señal. Pues aquí, o a poca distancia, debía de haber tenido su lecho Ariadna, en cuya proximidad comprendí por vez primera, para no olvidarlo jamás, lo que sólo más tarde me fue dado como palabra: Amor. Sin embargo, en su mismo origen surgió aquello de “señorita” que lo cubría como una fría sombra. Y así, este parque que parece abierto a los niños como ningún otro, para mí quedaba cerrado por algo difícil e imposible de realizar. Como  sucede rara vez, distinguía los peces del estanque de las doradillas. ¡Cuántas cosas prometía por su nombre la Avenida de los Monteros del Rey y cuán poco cumplía! ¡Cuántas veces buscaba en vano el bosquecillo en el cual había un quiosco construido como con ladrillos de juguete, con torrecillas rojas, blancas y azules! ¡Con cuán pocas esperanzas renacía cada primavera mi afecto por el príncipe Luis Fernando, a cuyos pies florecían los primeros crocos y narcisos! Una corriente de agua que me separaba de ellos los hizo tan intocables como si hubiesen estado debajo de una campana de cristal. En esta frigidez debía de estribar la belleza de lo principesco, y comprendí por qué Luisa von Landau, con la que me reunía en tertulia hasta que murió, había tenido la necesidad de vivir en el Lützowufer, casi enfrente de la pequeña maleza de cuyas flores cuidaban las aguas del canal. Más tarde descubrí nuevos rincones; sobre otros fui adquiriendo nuevos conocimientos. infanciaenberlinPero ninguna muchacha, ninguna experiencia y ningún libro pudieron contarme nada nuevo sobre aquél. Por eso, cuando treinta años más tarde, un campesino de Berlín, conocedor de la tierra, cuidaba de mí al volver a la ciudad, tras larga y común ausencia, sus pasos cruzaban este jardín sembrando en él la semilla del silencio. Él se adelantó por los senderos, todos cuesta abajo. Bajaban, si no a los orígenes de todo ser, sí a los de este jardín. Al pasar por encima del asfalto sus pasos despertaron un eco. Las hierbas que se dibujaban sobre el empedrado arrojaron una luz confusa sobre este suelo. Las pequeñas escalinatas, los pórticos, los frisos y los arquitrabes de las villas del Tiergarten –por primera vez los vimos claramente-, sobre todo las escaleras que, con sus cristales, seguían siendo las mismas, aunque en el interior habitado habían cambiado muchas cosas. Aún recuerdo los versos que, al término de las clases, llenaban los intervalos de los latidos de mi corazón, cuando me detenía al subir por las escaleras. En la penumbra los vi en un cristal, donde salía de la hornacina una mujer suspendida como la Madonna Sextina, que sujetaba entre sus manos una corona. Levantando ligeramente con los pulgares las correas de la mochila que llevaba sobre mis hombros leí: “El trabajo es la honra del ciudadano, / la prosperidad el premio del esfuerzo”. Abajo, la puerta volvió a cerrarse como el gemir de un fantasma que se recoge en la tumba. Puede que lloviera afuera. Una de las ventanas con cristal de colores estaba abierta, y al compás de las gotas continué subiendo las escaleras. De las cariátides, atlantes, angelotes y pomonas que me miraron entonces, preferí aquellos del linaje de los guardianes del umbral cubiertos de polvo, que protegen el paso a la vida o al hogar. Pues ellos entendían algo de esa espera. Y les importaba poco aguardar a un extraño, el retorno de los antiguos dioses o al niño que hacía treinta años pasaba a hurtadillas con su mochila delante de sus pies. Bajo este signo, el antiguo Oeste* se hizo el Occidente de la antigüedad, de donde les viene a los navegantes el céfiro que hace remontar lentamente por el Landwehrkanal su barca con las manzanas de Hespérides, para tomar puerto en la pasarela de Heracles. Y una vez más, como en mi infancia, Hidra y el león de Lerna tuvieron su lugar en los solitarios alrededores de la glorieta del Grosse Stern.

*Distrito de Berlín

 

Fragmento de:

Infancia en Berlín hacia 1900
Walter Benjamín
Madrid, Alfaguara, 1982

SOBRE UN VIAJE AL OTRO

Martes, Octubre 5, 2010

El verdadero acto de descubrimiento no consiste en encontrar nuevas tierras, sino en ver con nuevos ojos.

Marcel Proust


Por Miguel Kreimer*

Al paso, sin apurar los caballos, el destacamento se alejaba de Río Cuarto rumbo a Leuvucó, distante unos cuatrocientos kilómetros. Eran apenas dieciocho hombres casi desarmados. Basta decir para demostrar la ausencia de intenciones belicosas que dos de los integrantes de la partida eran monjes franciscanos.

–Rarito el Coronel –suelta un soldado a su compañero de caravana.

– ¿Por qué lo dice, amigo? A mí me parece normal, hasta tiene fama de mujeriego.

–No piense mal, hombre. No apuntaba para ese lado, lo digo porque en cualquier alto que hacemos, saca del morral un cuaderno y se pone a escribir. – Yo pensé que se debía a que no tenemos furrier y que se estaría reportando a la comandancia, pero resulta que no, que escribe otras cosas.

El teniente que recorría la fila de arriba abajo estaba parando la oreja y no pudo evitar meterse en la conversación.

–El coronel es escritor y seguro que, inspirado por la tranquilidad de estas pampas, está tomando notas para algún libro que piensa sacar a su regreso a Buenos Aires. ¡Hagan buena letra, a lo mejor los menciona a ustedes! –y espoleó su caballo alejándose de los soldados.

–Tranquila la pampa, ¡por favor! Se nota que este es joven y no se topó con los malones.

El sargento que estaba detrás de ellos, con mucha pampa y malones encima, participó con lo suyo.

–Ese es el motivo de esta misión, el coronel va a firmar un tratado de paz con el cacique ranquel.

– ¿Qué es eso de un tratado de paz?

–Yo tampoco lo tengo muy claro, pero es algo así como que ellos no hacen malones y nosotros no les mandamos el ejército.

–Y nosotros nos perdemos los dos pesos por par de orejas que prometió el Gral. Roca –dijo en medio de risotadas, haciendo tijerita con los dedos en su entrepierna.

Estaban tan entretenidos con la charla que no notaron la presencia del coronel a su lado.

–De eso se  trata, muchachos, el general quiere pasarlos a todos a cuchillo y la propuesta que les llevo a los ranqueles es la de la civilización que sugiere Sarmiento, la patria necesita esas tierras para el desarrollo de la agricultura y la ganadería y si ellos aceptan, no sólo vivirán en paz con nosotros sino que tendrán trabajo y bienestar.

Cuando el coronel se alejó el soldado siguió con su cuota de descreimiento.

–Dice que apoya a Sarmiento y está casado con la hermana del Restaurador,

¿Quién lo entiende?

–Además, ¿se dio cuenta que no pasa como en otras partidas? En los fortines del sur, cuando pasábamos por un pueblo, el que estaba al mando nos hacía engrasar los cintos y las botas para que lucieran y brillasen y nos quedábamos de conversación con los hombres del lugar sobre los indios que habíamos visto en el camino.

–Ahora resulta que en lugar de eso las señoras del pueblo lo invitan al coronel a tomar el té.

Otra vez el teniente aclara las cosas:

–Lo que pasa es que los artículos que escribe el coronel se publican en el diario La Tribuna y las señoras de estos parajes no tienen oportunidad de conocer a un escritor todos los días.

Cuando llegaron a Leuvucó se encontraron con una toldería ordenada y trabajadora que los recibió con hospitalidad.

El coronel no fue directo al grano y se interesó por sus costumbres y como era habitual en él, tomaba nota de todo.

Cuando lo creyó oportuno y convencido que el cacique entendía el alcance de lo que iban a suscribir, se firmó el tratado de paz entre la nación y los ranqueles.

unaexcursionalosindiosranquelesNota del tallerista


El coronel Lucio V. Mansilla publicó todas sus experiencias en el diario La Tribuna, que luego compiló en el libro Una excursión a los indios Ranqueles, obra magnífica que es considerada una de las mejores exponentes de su género.

Diferencias políticas insalvables con quienes detentaban el poder en aquella época motivaron el desplazamiento de Mansilla y finalmente se impuso la modalidad propuesta por el Gral. Roca que desarrolló “la conquista del desierto”, que resultó ser poco menos que un genocidio.

Una excursión a los indios Ranqueles recorrió el mundo traducida a varios idiomas. El tratado suscrito con los indios ranqueles jamás se puso en vigencia.

Una excursión a los indios ranqueles
Lucio Victorino Mansilla
México, Editorial Fondo de Cultura Económica

Este libro se encuentra disponible en la biblioteca del Hospital Tornú, Combatientes de Malvinas 3002.

* Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

LA “ESTANCIA”

Martes, Septiembre 21, 2010

Esta segunda entrega de Argentina 1910, Balance y Memoria, de Genaro Bevoni hace eje en el espacio rural y señala algunas de las peculiaridades con que este observador describe la formación del campo argentino.

Para creer en el futuro de la Argentina, es necesario abandonar la capital e ir a ver la estancia y el campo: remontar el río de la riqueza nacional desde la hirviente boca, donde todo se mezcla y se consume, hasta la doble y vasta surgente en que todo se crea de modo inagotable.

Los fenómenos económicos de la Argentina tienen los caracteres dominantes de la conformación del país. Son símiles y vastos. La producción nacional da vueltas sobre dos únicos ejes poderosos: la ganadería y la agricultura.

Sobre la infinita extensión, alejados e invisibles los unos de los otros, sólo surgían los ranchos de los gauchos, míseras cabañas de fango redondeadas bajo la sombra del ombú. El patrón vivía en la ciudad, y aparecía sólo en los tiempos de la cosecha, cuando se esquilaba y las bestias más gordas eran aisladas en el corral, porque convenía llevarlas a los mercados lejanos. (…) De la mañana a la noche, durante cuatro días seguidos he viajado entre los grandes cultivos de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. (…) La provincia de Santa Fe, que es un campo de cereales, de forraje y de lino acaso tan grande como toda Italia, fue roturada con arado, sembrada, poblada, maravillosamente valorizada por cien mil italianos. Cuando los primeros pioneros llegaron no había otra cosa que la llanura desnuda e infinita. Los italianos construyeron con barro un rancho cerca del pozo. Y con el viejo arado traído desde la costa empezaron a romper la gleba. Sobre el arado que trabajaba, estaba posado el fusil cargado porque el indio, expulsado poco tiempo antes, hacia fuertes correrías. Piensen cómo debió ser la ida de aquellos primeros venidos de nuestra sangre, atrozmente solos en el desierto, a miles de millas de la patria, amenazados por asechanzas de toda clase, sin otro refugio que cuatro paredes de barro, sin otra fe que aquella oscura tierra dilatada. (…) El cochero de Grafagna me llevaba con el hijo del señor Vionnet a visitar a un colono victorioso. La volanta corría por el vasto camino, bajo el infinito cielo pálido, levantando torbellinos de polvo negruzco. De un lado y del otro, extensiones inmensas de tierra sembrada, dividida en cuadriláteros regulares por las habituales barreras de triple hilo de hierro. Interminables hileras de paraísos se cruzaban en todas direcciones. De vez en cuando, grupos de casas de colonos, amplias y bien mantenidas, la hélice de un pozo giratorio en la cima de la torre de acero, una manada de novillos reunidos alrededor de un gran montón de alfalfa. Hasta donde llega el ojo, ni un metro de tierra aparecía sin cultivar. Por todos lados estaban presentes los signos de trabajo y la prosperidad.

(…) El colono que fuimos a ver, (…) se llama Oliva. Es un viejo alto y enjuto: su rostro está surcado por arrugas y marcado por la honestidad. Nos recibe a la entrada de la gran casa, con cortesía simple y un tanto tímida. Nos hace entrar  a una sala fresca, repleta de muebles comprados en Buenos Aires: en la sala contigua se ve un billar. Nos presenta a una joven nuera, de rostro ovalado y cabellos ondulados. Abre una botella para nosotros, haciendo notar con orgullo cordial que es un barbera legítimo.

Después salimos a visitar el potrero, el recinto de los animales, las parvas de alfalfa, los pozos riquísimos de agua, los graneros, los cobertizos que guardan las máquinas agrícolas. Mientras corremos en el coche, o aun caminando, me cuenta la historia de su vida. Es una historia que se cuenta en veinte palabras; es más o menos la historia de todos los colonos que han hecho fortuna en la provincia. Llegó desde Vigone con un hermano en 1866, sin otro bien que sus brazos: obtuvo una concesión de tierra y la aró, durmiendo de noche en un rancho de barro. Hubo años buenos y años malos: pero la voluntad de trabajar no se enervó jamás. Y venció. Ahora, el señor Oliva es millonario, y posee unas ochenta concesiones que hace cultivar en aparcería. Tiene dos hijos, que hablan piamontés, pero están perdidos para Italia: uno atiende los bienes del padre. El otro se ha dedicado a la política y es diputado en la cámara de la provincia.

Mientras avanzamos conversando, cae la noche, la enormemente triste noche de la pampa. El horizonte hacia el poniente está cortado por una delgada herida rectilínea,  que derrama una sangre candente sobre las nubes plomizas que amenazan al firmamento. El silencio solemne de la inmensidad, el silencio sobrehumano y familiar a quien ha estado en las altas cumbres, se desploma con las tinieblas de la concavidad del cielo. Apenas una lechuza gris que se ha encaramado sobre un poste, y que no huye mientras pasamos, da una breve nota chillona. Esta es la verdadera hora argentina: el único instante de la jornada en que este país de inmensidad y de monotonía adquiere un significado absolutamente suyo, profundo, intenso, tan grande y tan triste como para forzar las resistencias del alma, haciéndola sufrir.

Si yo hubiera venido aquí abajo cuando estaba el desierto, acaso no me habría dejado trastornar por los indios, las langostas, la sequía y la injusticia humana, pero sí habría experimentado el terror del cotidiano retorno al rancho de barro, bajo un cielo como éste y en un silencio como éste, en una tan tenebrosa y desconsolada soledad.

Fragmento de:

Argentina 1910, Balance y Memoria

Genaro Bevioni

Buenos Aires, Leviatán, 1995

NUESTRA GRAN CAPITAL

Miércoles, Septiembre 8, 2010

Libro de arena se remonta un siglo en el tiempo para traer la visión sobre Argentina y Buenos Aires que como fruto de un viaje realizado hacia 1910 con motivo de la celebración del Centenario, Genaro Bevioni, periodista italiano, documentara en su libro Argentina 1910, Balance y Memoria. Desde la mirada del viajero se proyectan apreciaciones que sin dudas encuentran resonancia entre pensadores y autores literarios locales por demás conocidos, como Alberdi, Sarmiento o el Martínez Estrada de Radiografía de la pampa o La cabeza de Goliat, a quienes curiosamente recuerdan. En esta primera entrega el eje es el espacio urbano, el centro: Buenos Aires.                                                        

 

Nuestra gran capital

 

Los argentinos están orgullosos de Buenos Aires, y con firme fe creen que es la más maravillosa ciudad del mundo. Yo, en cambio, no soy tan entusiasta respecto de ella. Apenas la divisé desde la proa del barco que llegaba, me sentí conquistado. Más allá de la extensión bermeja y cenagosa del río, bajo el cielo luminoso, una ciudad inmensa desplegaba su frente pálida. Buenos Aires estaba allí, en esa línea baja, pero infinita, sobre la cual se elevaban las arquitecturas hercúleas de los silos, e irrumpían las chimeneas de cien vapores, y más lejos, diáfanas a causa de la distancia, se encorvaban las cúpulas del Congreso, La Prensa y de la Catedral.

(…) el  puerto de Buenos Aires nunca podrá ser fortificado seriamente, no hace otra cosa que sonreir, o extender los brazos, o invitar. No provoca sino pensamientos de amistad: no expresa más que promesas de hospitalidad. Esa larga hilera de casas tranquilas, en el borde de la llanura chata, en la margen del río calmo y profundo, constituye una declaración precisa de la función de Buenos Aires: escala y tránsito del viejo mundo hacia un continente virgen y feraz, sobre el cual es necesario derramar capitales, brazos y energías en la mayor cantidad posible, sin elegir, sin excluir, porque cualquiera que llegue apto para el trabajo pero es rechazado significa el retraso de una fracción de tiempo en el logro del desarrollo Terminal, la renuncia inmediata e irreparable a un fragmento de riqueza y a un latido de vida.

Pero cuando se pone un pie en este triste muelle de piedra gris, al que nuestra patria ha enviado tantas fuerzas y tantas esperanzas, y por el polvoriento Paseo de Julio se penetra en la ciudad, el sentido de la inmensidad de Buenos Aires mengua y desaparece con gran rapidez. Las ciudades chatas, en general, no poseen ninguna grandiosidad: pero si también tienen la despiadada regularidad geométrica de un tablero de ajedrez, y son la repetición al infinito de un único elemento inmutable, entonces infunden en el ánimo una negligencia absoluta y una indiferencia irremediable. No advertimos si estamos en una metrópolis sin límites, en un embrión de ciudad, al este o al oeste, en el medio o al final de una calle. Total, todo es igual. (…) sobre los seis millones y medio de habitantes con que cuenta la república, más de un millón trescientos mil se amontonan en la capital. La segunda ciudad latina del globo, por población se entiende, surge en el desierto. Esta enorme concentración en el vacío es un fenómeno anormal sin analogías en el mundo: en virtud de ello, la Argentina se reduce a una enorme cabeza plantada sobre el cuerpo anémico y raquítico. Y de este hecho nacen perturbaciones y desequilibrios orgánicos profundos, que están en la raíz de muchas manifestaciones morbosas de la vida del país. El forastero llegado poco antes, el recién llegado, como le dicen aquí, y no sin un matiz de compasión, debe creer de inmediato en el 1.300.000 habitantes. Se diría que todos viven en la calle: tan intenso es el movimiento. No se trata del movimiento concentrado y rabioso de Londres, donde la gente muda y aislada corre entre el estrépito furioso de los vehículos casi con la cabeza gacha, para abrirse mejor camino hacia su destino, aquí el cielo, también durante el invierno, es demasiado tibio y dulce como para curvarse sobre una escena tan demoníaca de energía. La gente camina tranquila, en parejas, discurriendo, fumando, como si paseara. En realidad, se está dedicando a sus negocios, pero sin preocupaciones, sin el terror de perder un segundo, sin la necesidad de utilizar el tiempo organizando planes, rumiando proyectos, repasando cuentas mientras camina por la calle.

Ubicada en la margen del desierto, sin campo y sin espacios verdes alrededor, Buenos Aires hubiera debido proveerse de jardines y de parques en gran cantidad. En cambio, está casi por completo desprovista de ellos. Si se exceptúan los feos jardines recientes del Paseo de Julio y el bello Palermo lejano, la capital es un árido páramo edificado, una sucesión obsesionante de cuadras y de rostros humanos. Si uno no va a Palermo, es decir a tres o cuatro kilómetros fuera del corazón de la ciudad, no puede gozar de un poco de verdor y un poco de paz.

Palermo posee avenidas maravillosas de eucaliptos gigantescos, y vastas pélouses[1] mórbidas como el terciopelo, largos palmares y pequeños lagos caprichosos llenos de sinuosidades. Por desgracia, la exposición internacional ha venido a causarle estragos con sus edificios. Todas las Exposiciones internacionales de este mundo se hacen en un solo ambiente. Buenos Aires ha querido fragmentar su exposición en una docena de secciones, para esparcirlas, aisladas y alejadas la una de la otra, por el pobre Palermo, al que ha arruinado íntegramente. Durante todo el año 1910, fuera cual fuera el lugar hacia el cual uno se volvía, encontraba la perspectiva obstruida por alguna de las vulgares construcciones de cartón y de estuco, es decir construcciones demasiado míseras, como para que valga la pena decir algo más sobre ellas.

 

 

 

Argentina 1910, Balance y Memoria

Genaro Bevioni

Buenos Aires, Leviatán, 1995


[1] Bloques de césped

CONVOYS!

Martes, Septiembre 7, 2010

Por César Rodríguez Bierwerth

Dedicado a aquellos que aun creen en la amistad


Edgar era fanático de las series y películas de vaqueros. Dentro de los límites de sus dominios –una pequeña casa con patio y jardín en Lanús, a la vuelta del club Pampero- solía andar con un sombrero de cowboy o convóy, como entonces se decía.  A fines de la década del sesenta, él y su mejor amigo desplegaban día tras día un mapa-color de América del Sur sobre el piso de aquel patio inigualable.  Marcaban y remarcaban dos cruces. Una en Buenos Aires y otra en Caracas, Venezuela. Entre ambos puntos trazaban rutas imaginarias con diferentes colores de pinturitas Faber. Los dos adolescentes soñaban con un viaje fantástico que los llevaría a través de ruinas incaicas y salvajes junglas, atravesando luego el mítico camino trans-amazónico para llegar finalmente a la capital venezolana. En el camino seguramente vivirían mil peligros e historias de amor. Si años antes unos audaces Ernesto Guevara y Alberto Granados lo habían intentado en una moto Norton 500, por qué no habrían de lograrlo los dos intrépidos aventureros de la zona sur. Esta vez en un automóvil.

Bonanza-Art[1]Primero pensaron que lo ideal sería hacerlo en un Jeep, pero luego decidieron que sería mejor algo con techo fijo, dada la larga travesía. Fue entonces muy difícil arribar a una decisión final en tal sentido; después de tardes y tardes de debate, entre capítulos de Bonanza, ambos amigos pactaron que el mejor medio para llevar a cabo su periplo, sería el que surgiese de sus propios sueños de esa noche. “Hagamos algo”, sugirió Edgar a su fiel amigo: “Hoy no decidamos nada. Fijate si esta noche cuando te vas a dormir soñás con un auto en particular. Un Kaiser, un 400, lo que sea. Y si soñaste con alguno en concreto y te lo acordás, anotate el nombre en un papel y traelo mañana a casa. Yo trataré de hacer lo mismo. Si nuestros sueños coinciden, ya sabemos cuál será el coche para el viaje, y si no, tiramos una moneda a ver cuál gana”. Su amigo asintió con la cabeza y se fue a su casa muy serio mientras caía el sol suburbano y pensaba que aún durmiendo sus responsabilidades no terminaban.

A la mañana siguiente sonó el timbre de la casa de Edgar, quien suspendió su Vascolet y corrió atravesando el patio hacia la puerta con un papelito previamente plegado en forma muy prolija en su mano izquierda. Al abrir la puerta se encontró con su amigo que a su vez traía un bollito de papel madera en un puño cerrado y temblequeante. No se dijeron una palabra, se miraron y desplegaron sus enigmáticos papiros. En ambos se leía la misma categórica palabra mágica: Torino.

¿Con qué otra cosa hubiese soñado un adolescente de los años sesenta más que con ese motor Tornado de 4 bancadas y ese toro rampante en el frente?  Con los ojos llenos de lágrimas se estrecharon la mano y corrieron a desplegar una vez más aquel garabateado mapa sudamericano.

Pero lo cierto es que tanto Edgar como su compinche eran hijos de inmigrantes italianos laburantes de aquella Argentina industrial, y a sus jóvenes años estaban muy lejos de poder adquirir un auto tan magnífico, que siempre fue tan caro. Claro que eso no les impedía lo más importante: soñar.

Así pasaron unos meses hasta que Edgar comenzó a sentirse mal. Y tan mal se sentía que con los días le pidió a su amigo que pospusiesen por un tiempo la eterna planificación de su aventura, y por lo tanto también, las visitas a su casa a trazar rutas y ver Bonanza. Dijo que necesitaba descansar y hacerse unos estudios médicos para ver realmente qué le estaba pasando.

Dos semanas después, en una mañana de noviembre, víctima de una insuficiencia renal fulminante, Edgar, se fue sin avisar, buscando quién sabe qué nuevos viajes y aventuras infinitas. Su amigo nunca lo superó.

Año 2010. Arden las cafeterías de Buenos Aires del viernes a la tarde. Los planes de fin de semana parecen inagotables. Todas las grandes esperanzas deberán materializarse dentro de las próximas 48 horas. El lunes es como la muerte que sabemos inexorable pero lo sentimos tan lejano que ni pensamos en él.  Los subterráneos realizan su frenético delivery humano, transportando almas apiñadas con sus ojos en blanco pensando en alguna quimera de weekend. Ese fin de semana que representa un desafío como si fuese una hoja en blanco.

En un repleto vagón del Subte C, viaja Víctor, un repartidor de productos La Virginia rumbo a la estación Constitución. Hoy le ha tocado Zona Norte y pudo terminar su pedestre recorrida en cinco horas. Todo un récord teniendo en cuenta los tiempos que hace en otros circuitos. El martes le tocó Moreno, el miércoles: Isla Maciel, y el Jueves: las temibles torres del Docke.  Víctor tiene más de 60 años y todo el pelo blanco. Aparenta más edad inclusive porque camina algo encorvado y usa sweaters de abuelo y mocasines. Pero a no dejarse engañar, su famoso paso ligero es difícil de acompañar, y su cambio de marcha puede ser mas rápido que la vista, como varios chorros y salteadores podrían atestiguar. Víctor es un sobreviviente, le robaron treinta y siete veces. Las contó. Pero él está entrenado para sobrevivir en zonas bravas y seguir su recorrido de repartidor heroico de infantería. Siempre lleva un vuelto de 10 mangos en el bolsillo trasero de su pantalón Chemea por si los delincuentes se pasan de nerviosos. Este hincha de El Porvenir no usa billetera ni alianza, y porta su DNI en el bolsillo izquierdo de su camisa a la altura del corazón.

Desde Constitución, Víctor viaja luego hasta su casa donde lo espera su mujer Anita y su vieja perra cocker cuya medalla identificatoria reza: Magui (y no Maggie).  Anita no sonríe pero tiene hoy una mirada comprensiva. Le ceba unos mates a su marido mientras Magui se acurruca a sus pies bajo una mesita de piedra en medio de uno de los últimos jardines de patio de zona sur, donde aún se pueden escuchar zorzales.

“¿No te olvidás de nada?”, le pregunta ella. “creo que no, tengo todo en el baulsito”, le responde él, en alusión al nombre doméstico que ambos le dan a una pequeña valija que la pareja suele usar para sus veraneos en San Clemente. Víctor toma unos mates y se dirige a la puerta, diciendo: “en un rato vuelvo, voy a ponerle al auto la Calcamonía” –que es su forma de decir plotter-. “Si serás chiquilín”, llega a escuchar que su mujer le dice cuando ya llega a la vereda.

La mañana siguiente anticipaba un sábado fresco y nublado. Los vecinos habían salido a la vereda y murmuraban observando. A través de las miradas mediocres, Anita abrazó a su hombre y se despidió de él diciéndole al oído: “dicen que estás loco”, a la vez que le daba en forma encubierta una estampita de San Jorge. Víctor con mirada tranquila le contestó: “nos vemos a la vuelta”.

Al entrar a su auto, el aventurero besó la estampita que depositó en la guantera cuidadosamente junto a otro de sus tesoros: un viejo y desgastado trozo de papel madera que rezaba: Torino.

El bólido rampante de Industrias Kaiser Argentina salió quemando cubiertas y se perdió en el horizonte de la avenida Pavón.

Tiempo más tarde tribus de aborígenes desde el altiplano hasta el amazonas, ya contaban historias y leyendas respecto de un majestuoso auto de faros redondos conducido por un hombre de cabello blanco, que surcaba selvas y caminos como un rayo y en su luneta trasera llevaba un plotter de letras grandes con la leyenda EDGAR.

Algunos inclusive juraban haber visto a un copiloto joven y con sombrero de cowboy riendo como loco.

MANIFIESTO

Lunes, Marzo 29, 2010

En esta oportunidad, César Rodríguez Bierwerth narra su pasión desde chico por los autos, en especial por una Chevy naranja que descubrió una tarde del ´75 con su primo. Con este “Manifiesto”, continúa la serie de crónicas que habían empezado con Caravana de Chevys y de La segunda Cruzada.

Por César Rodríguez Bierwerth*

“Doy gracias a Dios por mi espíritu indomable”, suspiró alguna vez un hombre encarcelado por casi treinta años que un buen día llegó a gobernar al mismo país que lo encerró. Lejos del veneno del resentimiento, su única reflexión fue de agradecimiento y gratitud por poseer esa chispa que separa al soñador del mediocre, al animal salvaje del doméstico.

Los tigres dorados del zoológico de Palermo, o del de Berlín o de cualquier ciudad, van y vienen eterna e incanzablemente de una punta a la otra de sus celdas. Lo harán hasta el día de su muerte porque nunca dejarán de pensar en escapar. Nacieron para ser salvajes. El niño Borges los miraba con fascinación, tal como más tarde lo haría yo en los lejanos años setenta. Justamente en esos días sin Internet ni 200 canales de cable 24 horas, con mis amigos desde una vereda de La Boca nos sentábamos a contemplar los autos que pasaban: ¡Un Torino Lutheral!, ¡Un Fairlane!, ¡Un Chevrón! a la vez que imaginábamos increíbles historias de aventuras a bordo de esas naves. Que para eso habían sido fabricadas, claro.Chevy Coupe (1)
Recuerdo que una tarde con mi primo Wálter mirábamos en una revista Siete Días una publicidad gráfica a doble página de la Serie 2. Aún recuerdo que era naranja y con franjas “remo” negras propias de ese año ’75, cuando de repente mi otro primo Guille –el mayor– entró al cuarto y Wálter le dijo: “Éste es el auto que quiero tener cuando sea grande”. El mayor miró nuestra revista y nos la devolvió con aire descreído diciendo: “Para cuando vos seas grande, va a haber autos mucho mejores que éste”. Su sorpresiva respuesta nos enmudeció y nos invitó a reflexionar: ¿Qué mundo veríamos en el futuro, donde pudieren existir mejores autos que esa maravilla naranja y negra? Nos miramos en silencio con Wálter y enseguida empezamos a improvisar una rampa hecha de libros sobre la cual echaríamos luego a rodar en saltos suicidas a nuestros sufridos autitos Matchbox.
Pero crecimos, y pasaron las décadas. Pasó el tiempo, ese enemigo implacable de los sueños. El propio Sabato dijo alguna vez que cuando se abandona la adolescencia el ser humano se “mediocriza” porque deja de soñar con ser estrella de rock mientras hace una cola para una entrevista laboral en una consultora.
¿Pero que pasaría si nos resistimos?, ¿y qué si no nos entregásemos?, ¿por qué no mantener al menos una de esas ilusiones para no traicionar al niño que fuimos? ¿Qué diría ese chico que supimos ser si nos viese llegar a casa estresados y entregados estacionando un electrodoméstico fabricado en Brasil o en Corea con aire acondicionado, doble airbag y asientos reclinables en forma digital o programada en computadoras de a bordo? ¿Acaso aquel niño soñador jugaba a encender un aire acondicionado? La respuesta es un rotundo “No”. Hacía saltar al Matchbox como los dukes de Hazard por aquella rampa de libros y carpetas hacia el infinito. Chevy Coupe (4)
Es hora de que Mad Max y Stuntman Mike vuelvan a calzarse sus camperas de cuero. De que Kowalski y Bullit pisen el acelerador una vez más. De que el Ford Torino de Starsky ruja de nuevo por las calles de nuestra niñez extraviada.
Gracias a Dios estamos en Argentina y hay buena madera. En el pasado aquí se fabricaron acorazados destinados a no morir jamás. Sólo esperan el rescate. A no caer en la trampa del consumismo. Que llegue la hora de la sinfonía infernal de los seis cilindros haciendo hervir el asfalto y derritiendo plásticas mentiras.
¿Ya podés escucharlos? 250, 221, Slant Six, Tornados. En tiempos en que las guerras las libran anónimos nerds por comandos satelitales y coordenadas ajustadas por computadoras de destrucción masiva, un grupo de dementes comienza a forjar y afilar viejas espadas de acero para la batalla final. ¿Qué pasará cuando se caiga tu sistema y tus equipos e insumos dejen de funcionar? Será la hora del metal.
En la cuna de estos musculosos, muy al norte, desde hace algunos años, grupos de rebeldes recorren graneros de pueblos perdidos buscando viejos cascos de Camaros, GTO`s, Mustangs… leyendas en definitiva. Y donde otros ven óxido arrumbado, ellos ven el patrimonio cultural de un país que alguna vez amó la libertad y escuchaba “Born to be wild”. En México hacen lo propio con sus viejos Mavericks, quizá el único muscle originario del país azteca; y en Brasil los mismos soñadores se dedican a revivir a sus Opalas como forma de resistencia al gigantesco polo industrial de San Pablo que empaqueta y expide diariamente miles de rodados perecederos con fecha de vencimiento para ser vendidos en todo el Mercosur. gran_torino_starsky[1]

Aquí, en pleno siglo XXI, un grupo de amigos se reúne en un taller de Zona Sur cada sábado. Andan entre fierros toda la maldita tarde, toman mate, hacen asados, cada tanto… salen a la ruta. No fueron amigos sino a partir de sus 400, sus Chevys, sus Impalas. Lo mismo hace otra banda de fanáticos del Torino que tomó como base de operaciones alguna estación de servicio al costado de una ruta. Y la misma escena se repite a lo largo y ancho del país, en grandes ciudades y pequeños pueblos perdidos en la carretera. La mística del hierro y la amistad, que se resiste a morir.

Hay quienes dicen que el verdadero enamoramiento con el corazón se da cuando uno elige a la otra persona cada día y esa elección se mantiene a través de toda una vida. No en vano la rima más usada en lengua sajona está dada por los términos “together” y “forever”.

La mística del héroe requiere, pues, de un camino y un viaje como el de Ulises. Un viaje de aventuras y también de autoconocimiento. El camino, ese que los orientales llamaban DO, curioso monosílabo que no por casualidad aparece al final de la denominación de tantas artes marciales. Todo héroe solitario necesita de su carruaje o de su corcel. Qué defraudados nos habríamos sentido de pequeños si nuestros ídolos enmascarados hubiesen vendido a su plateado Silver o a su azabache Tornado en algún capítulo del Llanero o del Zorro. Pero no. Eran inseparables.

Pasaron ya muchos años desde aquella tarde en lo de mis primos. Pero hoy puedo afirmar sin miedo a equivocarme que Guille, mi primo mayor, estaba equivocado: cuando fuimos grandes no aparecieron mejores autos que aquella Chevy naranja de la revista Siete Días. Y de alguna manera pude cumplimentar aquella promesa tácita que nos hicimos con mi primo Wálter: ahora que crecí manejo esa cupé de superhéroe que aparecía en página central.

Y aquella fascinación de la niñez que sentíamos en esa vereda de La Boca se repite al paso de cada seis cilindros que ya de tanto en tanto hace temblar alguna calle de barrio, donde algún pibe señala asombrado al dinosaurio preguntándole a su padre qué clase de monstruo es ése.

Brindemos por ello entonces, y a seguir engrasándonos las manos, que el niño que fuiste te está mirando. No lo traiciones, y que rujan los escapes libres.

* César es abogado, tiene 42 años y actualmente vive en Parque Centenario, aunque creció y vivió casi toda su vida en el barrio de La Boca. A pesar de su profesión, se identifica más con las pasiones de los artistas que con sus colegas. Su conexión con el mundo de los autos se generó a través de las películas de la ruta donde el auto es más un medio en el cual alcanzar sueños o vivir aventuras.