LOS RÍOS PROFUNDOS
Martes, Enero 31, 2012
Por María Pía Chiesino
Para librodearena
En 1985 cursé un seminario sobre Arguedas en la facultad. Llegaba de trabajar y a veces se me cerraban los ojos pero lo hice. Leí toda la obra editada que se conseguía en Buenos Aires hasta ese momento. De todas sus obras, la que más me gustó, y me sigue gustando, es Los ríos profundos, una bella novela de aprendizaje.
Su protagonista, Ernesto, es un chico de trece años que nos cuenta la historia de los viajes que realizaba con su padre por los pueblos de los Andes Peruanos, hasta que éste lo interna en un colegio religioso para que el chico complete su educación formal mientras él busca trabajo como abogado.
Ernesto es una especie de “esponja” que absorbe y sufre, todo lo que observa a su alrededor. En la escuela aprenderá a convivir con sus compañeros, que son “tipos” que representan diferentes aspectos de la sociedad peruana. Y también aprenderá lo que se aprende en cualquier escuela. Y temerá y respetará al Padre Director, a quien no juzga…sólo representa.
En este largo aprendizaje que recorre la novela, cada vez que la repaso sigo eligiendo estos primeros momentos en los que Ernesto recorre con su padre distintos pueblos del Perú, y en el que accede al aprendizaje de aquellas cosas que no se enseñan en ninguna escuela: el canto de los pájaros, los árboles que cada uno de éstos elige para vivir, el fluir de los ríos (que son también los ríos profundos de la cultura quechua y española que se funden en el Perú, la gran metáfora que atraviesa la novela). Esas aguas que pulen piedras inmensas… La batalla de los niños contra los pájaros…
Toda la descripción que se hace cuando comenzamos la lectura de Los ríos profundos (después de que el padre de Ernesto ha intentado, sin éxito, conseguir un trabajo en Cuzco y poder establecerse), nos llevan de la mano por esos hermosos paisajes donde se compara a los campos de linaza con las grandes lagunas andinas.
Y nos quedamos con las ganas de escuchar a esa orquesta que toca huaynos…en los que: “La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja…”. Esas arpas que se tocan con los ojos cerrados…y por eso nos siguen haciendo viajar.
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Mi padre no pudo encontrar nunca donde fijar su residencia: fue un abogado de provincias inestable y errante. Con él conocí más de doscientos pueblos, temía a los valles cálidos, y sólo pasaba por ellos como viajero; se quedaba a vivir algún tiempo en los pueblos de clima templado: Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio, Andahuaylas, Yauyos, Cangallo…Siempre junto a un río pequeño, sin bosques, con grandes piedras lúcidas y peces menudos. El arrayán, los lambras, el sauce, el eucalipto, el capulí, la tara, son árboles de madera limpia cuyas ramas y hojas se recortan libremente. El hombre los contempla desde lejos; y quien busca sombra se acerca a ellos y reposa junto a un árbol que canta solo, con una voz profunda, en la que los cielos, el agua y la tierra se confunden.
Las grandes piedras detienen el agua de esos ríos pequeños; y forman los remansos, las cascadas, los remolinos, los vados. Las puertas de madera o los puentes colgantes y las oroyas se apoyan en ellas. En el sol, brillan. Es difícil escalarlas, porque casi siempre son compactas y pulidas. Pero desde esas piedras se ve cómo se remonta el río, cómo aparece en los recodos, cómo en sus aguas se refleja la montaña. Los hombres nadan para alcanzar las grandes piedras, cortando el río llegan a ellas y duermen allí. Porque de ningún otro sitio se oye mejor el sonido del agua. En los ríos anchos y grandes no todos llegan hasta las piedras. Sólo los nadadores, los audaces, los héroes; los demás, los humildes y los niños se quedan; miran desde la orilla, cómo los fuertes nadan en la corriente, donde el río es hondo, cómo llegan hasta las piedras solitarias, cómo las escalan, con cuánto trabajo y luego se yerguen para contemplar la quebrada, para aspirar la luz del río, el poder con que marcha y se interna en las regiones desconocidas.
Pero mi padre decidía irse de un pueblo a otro, cuando las montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria.
A mi padre le gustaba oír huaynos; no sabía cantar, bailaba mal, pero recordaba a qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle pertenecía tal o cual canto. A los pocos días de haber llegado a un pueblo averiguaba quién era el mejor arpista, el mejor tocador de charango, de violín y de guitarra. Los llamaba y pasaban en la casa toda una noche. En esos pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Las casas que alquilaba mi padre eran las más baratas de los barrios centrales. El piso era de tierra y las paredes de adobe desnudo o enlucido con barro. Una lámpara de kerosene nos alumbraba. Las habitaciones eran grandes; los músicos tocaban en una esquina. Los arpistas indios tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los cantos.
En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen visiblemente a lugares ya conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los arbustos que crecen en las orillas de las aguadas. Y según el tiempo su vuelo es distinto. La gente del lugar no observa estos detalles, pero los viajeros, la gente que ha de irse, no los olvida. Las tuyas prefieren los árboles altos, los jilgueros duermen o descasan en los arbustos amarillos, el chihuaco canta en los árboles de hojas oscuras, el saúco, el eucalipto, el lambras; no va a los sauces. Las tórtolas vuelan a las paredes viejas y horadadas; las torcazas buscan las quebradas, los pequeños bosques de apariencia lejana; prefieren que se les oiga a cierta distancia. El gorrión es el único que está en todos los pueblos y en todas partes. El viuda pisk’o salta sobre las grandes matas de espino, abre las alas negras, las sacude, y luego grita. Los loros grandes son viajeros. Los loros pequeños prefieren los cactos, los árboles de espino. Cuando empieza a oscurecer, se reparten todas esas aves en el cielo; según los pueblos, toman diferentes direcciones y sus viajes los recuerda quien las ha visto, sus trayectos no se confunden en la memoria.
Cierta vez llegamos a un pueblo cuyos vecinos principales odian a los forasteros. El pueblo es grande y con pocos indios. Las faldas de los cerros están cubiertas por extensos campos de linaza. Todo el valle parece sembrado de lagunas. La flor azul de la linaza tiene el color de las aguas de altura. Los campos de linaza parecen lagunas agitadas; y, según el poder del viento las ondas son menudas o extensas.
Cerca del pueblo, todos los caminos están orillados de árboles de capulí. Eran los únicos árboles frondosos, altos, de tronco luminoso; los únicos árboles frutales del valle. Los pájaros de pico duro, la tuya, el viuda pisk’o, el chihuaco, rondaban las huertas. Todos los niños del pueblo se lanzaban sobre los árboles, en la tarde y al mediodía. Nadie que los haya visto podrá olvidar la lucha de los niños de ese pueblo contra los pájaros. En los pueblos trigueros se arma a los niños con hondas y latas vacías; los niños caminan por las sendas que cruzan los trigales, hacen tronar sus hondas, cantan y agitan el badajo de las latas. Ruegan a los pájaros en sus canciones, les avisan: “¡Está envenenado el trigo! ¡Idos, idos! Es del señor cura. ¡Salid! ¡Buscado otros campos!” En el pueblo del que hablo, todos los niños estaban armados con hondas de jebe; cazaba a los pájaros como a enemigos de guerra; reunían los cadáveres a la salida de las huertas, en el camino, y los contaban: veinte tuyas, cuarenta chihuacos, diez viuda pisk’os.
Un cerro alto y puntiagudo era el vigía del pueblo.
Los ríos profundos
José María Arguedas
Buenos Aires, Losada, 1972


Pero ninguna muchacha, ninguna experiencia y ningún libro pudieron contarme nada nuevo sobre aquél. Por eso, cuando treinta años más tarde, un campesino de Berlín, conocedor de la tierra, cuidaba de mí al volver a la ciudad, tras larga y común ausencia, sus pasos cruzaban este jardín sembrando en él la semilla del silencio. Él se adelantó por los senderos, todos cuesta abajo. Bajaban, si no a los orígenes de todo ser, sí a los de este jardín. Al pasar por encima del asfalto sus pasos despertaron un eco. Las hierbas que se dibujaban sobre el empedrado arrojaron una luz confusa sobre este suelo. Las pequeñas escalinatas, los pórticos, los frisos y los arquitrabes de las villas del Tiergarten –por primera vez los vimos claramente-, sobre todo las escaleras que, con sus cristales, seguían siendo las mismas, aunque en el interior habitado habían cambiado muchas cosas. Aún recuerdo los versos que, al término de las clases, llenaban los intervalos de los latidos de mi corazón, cuando me detenía al subir por las escaleras. En la penumbra los vi en un cristal, donde salía de la hornacina una mujer suspendida como la Madonna Sextina, que sujetaba entre sus manos una corona. Levantando ligeramente con los pulgares las correas de la mochila que llevaba sobre mis hombros leí: “El trabajo es la honra del ciudadano, / la prosperidad el premio del esfuerzo”. Abajo, la puerta volvió a cerrarse como el gemir de un fantasma que se recoge en la tumba. Puede que lloviera afuera. Una de las ventanas con cristal de colores estaba abierta, y al compás de las gotas continué subiendo las escaleras. De las cariátides, atlantes, angelotes y pomonas que me miraron entonces, preferí aquellos del linaje de los guardianes del umbral cubiertos de polvo, que protegen el paso a la vida o al hogar. Pues ellos entendían algo de esa espera. Y les importaba poco aguardar a un extraño, el retorno de los antiguos dioses o al niño que hacía treinta años pasaba a hurtadillas con su mochila delante de sus pies. Bajo este signo, el antiguo Oeste* se hizo el Occidente de la antigüedad, de donde les viene a los navegantes el céfiro que hace remontar lentamente por el Landwehrkanal su barca con las manzanas de Hespérides, para tomar puerto en la pasarela de Heracles. Y una vez más, como en mi infancia, Hidra y el león de Lerna tuvieron su lugar en los solitarios alrededores de la glorieta del Grosse Stern.
Nota del tallerista
Primero pensaron que lo ideal sería hacerlo en un Jeep, pero luego decidieron que sería mejor algo con techo fijo, dada la larga travesía. Fue entonces muy difícil arribar a una decisión final en tal sentido; después de tardes y tardes de debate, entre capítulos de Bonanza, ambos amigos pactaron que el mejor medio para llevar a cabo su periplo, sería el que surgiese de sus propios sueños de esa noche. “Hagamos algo”, sugirió Edgar a su fiel amigo: “Hoy no decidamos nada. Fijate si esta noche cuando te vas a dormir soñás con un auto en particular. Un Kaiser, un 400, lo que sea. Y si soñaste con alguno en concreto y te lo acordás, anotate el nombre en un papel y traelo mañana a casa. Yo trataré de hacer lo mismo. Si nuestros sueños coinciden, ya sabemos cuál será el coche para el viaje, y si no, tiramos una moneda a ver cuál gana”. Su amigo asintió con la cabeza y se fue a su casa muy serio mientras caía el sol suburbano y pensaba que aún durmiendo sus responsabilidades no terminaban.

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