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El inicio de clases y su vértigo ensordecedor no impiden detenerse un momento en un espacio de reflexión sobre las prácticas lectoras y la escuela como ámbito propicio para desplegarlas. En esta ocasión Libro de arena presenta un fragmento de un texto de Graciela Montes, autora de literatura infantil, editora de la colección del CEAL “Los cuentos del Chiribitil”, que se pregunta por la relación lectura escuela.
“ENSEÑAR A LEER”
¿Qué puede hacer la escuela con la lectura? ¿Qué papel puede desempeñar en el auspicio de los lectores? ¿De qué manera puede contribuir con ellos, alentar sus audacias, acompañarlos en sus titubeos, contribuir a su poética, fortalecerlos en su cualidad de sujetos de una experiencia y, a la vez, ayudarlos a ensanchar esa experiencia, prestar oído a las narraciones, las intervenciones, los registros, facilitar su ingreso al gran tapiz cultural y darles confianza en sus posibilidades para entretejerse en la trama? Y, si hay algo “enseñable” en esta experiencia de la lectura, ¿qué es? ¿Cuál es el papel del maestro, del bibliotecario? ¿Cómo intervienen? ¿Son mentores, socios, entrenadores, guías, acompañantes…? ¿En qué escenas de lectura se piensa?
Fuera de la escuela suelen entablarse vínculos entre lectores avezados y lectores más novatos, y también muchos vínculos entre colegas lectores, pares lectores, que desempeñan un papel muy importante en la historia de un lector En general, salvo tal vez el caso del bibliotecario, son vínculos más o menos espontáneos, y muy variados. No están marcados por la edad –aunque eso a veces cuenta–, pero sí, a menudo, por la comunidad de lecturas, por el equipaje de preguntas, por los recorridos en el tapiz. Un adulto contándole un cuento a un niño. Un grupo de mujeres leyéndoles cuentos a los niños de un comedor comunitario. Una abuela que recuerda el pasado. Un hermano mayor, o más lector, un “loco de los libros” o un librero que recomiendan con entusiasmo un título… Alguien que cuenta una película, recita un poema, recorta un trozo del diario, subraya una palabra en un libro o cubre los márgenes con trozos de su lectio. Un cantautor. Una peña. Dos jóvenes descubriendo “a dúo” un poeta. Las escenas son múltiples, muchas veces casuales, y en general poco institucionalizadas.
Pero la escuela es una institución, y una institución de tradiciones fuertes, donde el maestro ha sido colocado, las más de las veces, en el papel de “dador”. Ha sido, proverbialmente, el que tiene “la última palabra”, “el que sabe”. Muchas de esas cosas que se considera que el maestro “sabe”, cosas que tiene en su estantería, de las que puede echar mano, serán “bajadas” –donadas, administradas, regaladas– al aula. Así suele entenderse la cuestión cuando la idea que se tiene de enseñar es, básicamente, la de “pasar información”, contenidos –archivos–, y métodos, maneras de hacer las cosas.
Ese papel de “dador” entra en crisis cuando se piensa en la lectura como experiencia personal. El maestro, por mucho saber y muchas lecturas que tenga en su espacio personal, no será el constructor del sentido del otro. Puesto que, ya dijimos, cada uno construye personalmente su lectura, también los niños pequeñísimos que no saben leer y escribir… Pero entonces, si el maestro no puede “traspasar” su lectura a los alumnos que tiene ahí adelante (dijimos que le corresponde más bien contribuir a que cada uno de ellos cobre confianza, acepte el desafío y “lea por sí mismo”), si ni siquiera puede llevar un control fehaciente y minucioso –como pretende la llamada “comprensión del texto”– de todas y cada una de las lectio a que arribarán esos lectores que van entrando en confianza (dijimos que, en la medida en que dé la palabra a los lectores y desarrolle la escucha, podrá tener vislumbres, pero sólo vislumbres)… ¿cuál es su papel? ¿Qué hay de enseñable en la experiencia que está teniendo lugar en su aula, en su biblioteca? ¿Cómo puede intervenir él –de manera consciente, deliberada, no por casualidad sino como parte de su tarea diaria–, para favorecerla, ensancharla y enriquecer su trama?
UN TIEMPO Y UN LUGAR /LA OCASIÓN
Lo primero que puede hacer un maestro que quiere “enseñar a leer” es crear la ocasión, un tiempo y un espacio propicios, un estado de ánimo y también una especie de comunión de lectura.
Los lectores no se encuentran con los textos en el vacío, sino –siempre– en situaciones históricas concretas, en determinado lugar y determinada hora del día, en determinado momento de su historia personal, en ciertas circunstancias, mediando ciertos vínculos… El texto no es una entelequia. Está cifrado en un cuerpo (imágenes en movimiento, una tipografía, un diseño de página, un soporte…). Nada de eso es indiferente. Y los mediadores, que hacen de nexo, de casamenteros entre el lector y el texto, quedan ligados a la experiencia misma. La voz de quien lee un cuento en voz alta, su presencia, el libro que sostiene en la mano, las ilustraciones que se espían o se adivinan, el lugar en que se desarrolla la escena, los olores y sonidos circunstanciales forman parte de la experiencia y llaman la atención sobre ella. Hay condiciones propicias y otras menos propicias, o incluso disuasivas. Hay mediadores encendidos y mediadores indiferentes…
La ocasión a veces no está, en ese caso habrá que crearla. La escuela tiene sus rutinas, sus tiempos y sus espacios de larga tradición. Pero, si quiere dar lugar a la experiencia de la lectura personal –la que vale la pena– y permitir que se despliegue en todas sus
posibilidades, deberá reservarle un lugar –en el espacio y en el tiempo– cómodo, holgado y específico. Una ocasión precisa, las condiciones necesarias y un ánimo deliberado. De modo que quede claro para todos que lo que se hará en ese espacio y ese tiempo elegidos será justo eso: leer. Es posible que en un primer momento haya que marcar el comienzo de ese espacio-tiempo particular de manera muy precisa. Con ciertos gestos, ciertos llamados o ciertas rutinas, por ejemplo, formando un círculo o cerrando la puerta del aula para ahuyentar las interrupciones externas (la llamada “animación a la lectura” desarrolló un tremendo repertorio de recursos, no todos funcionales a la lectura)…. Luego, a medida que se trate genuinamente de una experiencia y no de la alusión a una experiencia, o el ritual de una experiencia, el ingreso a ese lugar “especial” de la lectura, un lugar de recogimiento –o “puesta al
margen”–, de exploración y protagonismo lector, será mucho más natural y formará parte del trato diario del aula. El deseo y la actitud se presentarán de improviso y muy a menudo (el lector, una vez embarcado en la lectura, es muy persistente), y no por iniciativa sólo del maestro sino también de los lectores que van creciendo. La escuela puede dar lugar a muchas y muy diversas maneras de leer, algunas por completo solitarias. Se puede leer simultáneamente pero en paralelo, cada uno con su texto… Se puede estudiar una lección. Se puede leer en un rincón de la biblioteca, o del aula, o leer de a dos en un recreo… Pero aquí, en esta propuesta, nos interesa poner el énfasis en el círculo y recuperar la comunidad del aula, la primera y más rica comunidad de lectura que puede generar la escuela. No la única, pero sí la más propia. La escuela, si está dispuesta a asumirse como la gran ocasión y realmente “enseñar a leer”, no puede desaprovechar esa escena. Luego, ya se verá, las sociedades se irán ampliando, entretejiendo, cruzando y extendiendo, pero habrá que comenzar por el aula, la comunidad diaria, en la que habrá que dibujar ese círculo claro y contundente: “estamos leyendo”.
ENTRE EL ENIGMA Y LA CONFIANZA
¿Y qué será lo que se estará leyendo? En un principio seguramente algo que propuso la maestra, el maestro, que tiene una historia de lecturas, que ha transitado muchos textos, hecho sus lectio… y está en posición de proponer lecturas. Elegir es un grandísimo privilegio y una oportunidad excelente para “enseñar a leer” y, al mismo tiempo, para ayudar a los lectores en proceso a poner pie en el gran tapiz.
Por otra parte, el maestro conoce a su círculo, a su comunidad lectora… Está en inmejorables condiciones de hacer de casamentero y mediar. Sabe que, si el lector es puesto frente a algo absolutamente ajeno, algo cerrado, tan complejo y alejado de sus estrategias de lectura que no tiene por dónde entrar para apropiárselo, posiblemente lo rechace furibundo… o abatido. Y que, en cambio, si hay alguna puerta –y una de las más ricas e interesantes formas de intervención de un maestro es encontrarlas– y el lector no queda aniquilado sino que siente que puede jugar, que puede ejercer su
trabajo y leer con alguna confianza, creyendo en sí mismo como lector, los efectos serán tremendamente saludables.
Esta estimulante dosificación de enigma y confianza es una de las intervenciones más importantes del maestro.
Extraído de: LA GRAN OCASIÓN, LA ESCUELA COMO SOCIEDAD DE LECTURA
Versión completa: aquí