Archivo Categoría 'La vida breve (Textos de ficción sobre la lectura)'

ESCRIBIR DE PIE

Jueves, Mayo 16, 2013

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En ocasiones el trabajo de escribir suele parecerse a otras tareas igual de complejas y dedicadas. Al igual que el tallado con que el ebanista tornea su pieza e inscribe lo irrepetible de la labor manual, las letras salvan lo individual y aseguran la libertad de la creación. Libro de arena comparte un texto de Michel Tournier que habla de la escritura como arte y como trabajo, contra toda opresión.

 

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El visitador penitenciario del centro de Cléricourt me había advertido:  “Todos han cometido barbaridades, terrorismo, toma de rehenes,hold up. Pero fuera de sus horas en el taller, han leído algunos de sus libros y querrían hablar con usted”. Así que reuní todo el coraje que pude, y tomé el camino que lleva a aquel infierno. No era la primera vez que acudía a la cárcel. Como escritor, se entiende, y para charlas con esos lectores especialmente atentos, los jóvenes detenidos. Conservaba de aquellas visitas, un gustito de insoportable aspereza. Recordaba, sobre todo, un espléndido día de junio. Después de dos horas de charla con seres humanos semejantes a mí regresé en mi coche diciéndome: “Y ahora les llevarán a sus celdas, y tú te vas a tu jardín con una amiga. ¿Por qué?

Me confiscaron los papeles y a cambio tuve derecho a una gruesa ficha numerada. Pasearon por mis ropas un detector de metales. A continuación, se abrieron unas puertas dirigidas electrónicamente, y se cerraron detrás de mí. Franqueé compartimentos. Me aventuré por pasillos que olían a enclaustro. Subí escaleras cuyos huecos estaban tapados con redes “ a fin de prevenir las tentativas de suicidio”, me explicó el carcelero.
Estaban reunidos en la capilla, y algunos, en efecto, eran muy jóvenes. Sí, habían leído algunos de mis libros. Me habían oído por la radio. “Trabajamos la madera-me dijo uno de ellos-y nos gustaría saber cómo se hace un libro.” Conté mis investigaciones previas, mis viajes, después, los largos meses de artesanía solitaria en mi mesa (manuscrito=escrito a mano). Un libro es algo que se hace como un mueble, por paciente ajuste de piezas y trozos. Para ello hace falta tiempo y cuidado.
-Sí, pero una mesa y una silla sabemos para lo que sirve. ¿Es útil un escritor?
Era necesario que se planteara la pregunta. Les dije que la sociedad estaba amenazada de muerte por las fuerzas del orden y de organización que pesan sobre ella.. Todo poder-político, policíaco, o administrativo- es conservador. Si nada lo equilibra, engendrará una sociedad bloqueada, semejante a una colmena, a un hormiguero, a un termitero. Ya no habrá nunca nada humano, es decir, imprevisto, creativo entre los hombres. El escritor tiene como función natural la de iluminar con sus libros ámbitos de reflexión, de contestación, de puesta en cuestión del orden establecido. Incansablemente lanza llamadas a la revuelta, al desorden, porque no hay6 nada humano sin creación, aunque toda creación molesta. Por eso es tan a menudo perseguido. Cité a Francois Villon, mas a menudo en la cárcel que  libre; Germaine de Stäel, que desafió al poder napoleónico negándose a escribir la única frase de sumisión que le habría valido el favor del tirano; Victor Hugo, exiliado veinte años en su islote. Y Jules Valles, Y Soljenistsin y muchos otros.
-Hay que escribir de pie, nunca de rodillas. La vida es una tarea que siempre hay que hacer de pie- concluí yo.
-¿Y eso? ¿No es sumisión eso?
¿La Legión de Honor? En mi opinión, es la recompensa de un ciudadano tranquilo, que paga sus impuestos y no incomoda a sus vecinos. Pero mis libros escapan a cualquier recompensa, lo mismo que a toda ley. Y les cité las palabras de Erik Satie. Aquel músico oscuro y pobre detestaba al glorioso Maurice Ravel, al que acusaba de haberle robado su lugar al sol. Un día Satie se entera con estupor de que le han ofrecido a Ravel la Legión de Honor, y que la ha rechazado. “Él rechaza la Legión de Honor-dijo-pero toda su obra la acepta.” Lo cual era bastante injusto. De todas formas, creo que un artista puede por su parte aceptar todos los honores, a condición de que su obra los rechace.
Nos separamos. Me prometieron escribirme. Yo no lo creí. Me equivocaba. Hicieron algo más que eso. Tres meses más tarde una camioneta de la penitenciaría de Cléricourt se detenía delante de mi casa. Se abrieron las portezuelas traseras, y sacaron de allí un pesado pupitre de roble macizo, uno de esos grandes muebles sobre los que escribían los oficiales de las notarías, pero también Balzac, Victor Hugo o Alejandro Dumas. Acababa de salir del taller y aún olían las virutas y el barniz. Iba acompañado de un breve mensaje: “Para escribir de pie. De parte de los presos de Cléricourt”.
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 Michel Tournier


 Medianoche de amor


 Buenos Aires, Alfaguara, 2003

El lector de julio verne

Miércoles, Marzo 13, 2013

 

A la izquierda de la puerta había una cocina que su propietaria no utilizaba, porque comía y cenaba en la casa grande, y justo enfrente, entre dos mesillas con encimeras de mármol blanco, una cama de matrimonio con cabecero de hierro forjado, cubierto por una colcha de terciopelo rojo oscuro y flecos de seda que parecía haber llegado de otro mundo, igual que la mesa y las sillas de madera tallada que ocupaban el centro del cuarto. Pero ninguno de estos muebles valía nada en comparación con el tesoro que se extendía sobre la pared frontera a la puerta, debajo de un altillo corrido tan profundo que dos ventanales no alcanzaban para iluminar su contenido, y en el que doña  Elena había almacenado todos los trastos que encontró desperdigados por el suelo al llegar. Debajo del voladizo de madera, encajadas contra él como si formaran una biblioteca hecha a medida, cuatro hileras contiguas de cajas de fruta, a las que les había arrancado los tablones del fondo para apilarlas una sobre otra por su lado más largo, contenían, limpios y ordenados, más libros de los que yo había podido imaginar jamás que poseyera una sola persona.

Cuando los vi, no pude decir nada. Sentí que las piernas se me doblaban solas al acercarme a ellos, y avancé los dedos de la mano derecha para acariciar con el borde de las yemas los lomos de piel y de papel, desgastados los primeros, suaves como el cuero viejo, estriados los segundos como si los hubieran abierto muchas veces. El origen de las especies, Don Quijote de la Mancha, Novelas Ejemplares, Persiles y Segismunda, La rebelión de las masas, España invertebrada, El príncipe idiota, Sin novedad en el frente, El Lazarillo de Tormes, Robinson Crusoe, Flor de leyenda, Don Juan Tenorio, Lope de Vega Teatro, Rojo y Negro, La Divina Comedia, Romancero Gitano, Los papeles póstumos del Club Pickwick, La celestina, Azul, La Comedia Humana, Cumbres Borrascosas, Campos de Castilla, Antonio Machado Poesía Completa, Anna Karenina, La montaña mágica, La Regenta, El sentimiento trágico de la vida, San Manuel Bueno, mártir, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, El árbol de la ciencia, Rimas y leyendas, Edgar Allan Poe Cuentos, Diario de un poeta recién casado, Benito Pérez Galdós Obras Completas, Episodios Nacionales, Tomo l, Tomo ll, Tomo lll, Tomo lV, Novelas, Tomo l…

Leí todos estos títulos saltando de un cajón a otro, de una fila a otra , casi sin fijarme en las letras que descifraba a toda velocidad, como si temiera que fueran a desaparecer de un momento a otro, fruto de un ensalmo, un hechizo, una ilusión perversa que se desvanecería en el aire sin haber llegado a existir jamás. Hasta que logré cerrar la boca y volver a respirar por la nariz, y  mi corazón recuperó el gobierno de sus propios sentidos. Entonces moví la cabeza y vi que Doña Elena me miraba muy sonriente.

-Usted debe de ser muy feliz-le dije sin pensar muy bien el significado de las palabras que pronunciaba.

- Pues no -y me puso un brazo por el hombro, como si mi comentario la hubiera conmovido-. No soy muy feliz. ¿Por qué lo dices?

- No sé, teniendo tantos libros-moví las manos en el aire para ganar tiempo mientras buscaba unas palabras que no logré encontrar-. Yo nunca he visto tantos juntos en mi vida. (…)

- Pero todavía no has visto donde más te conviene. Yo, en tu lugar, me fijaría en el tercer estante de los que están al lado de la escalera.

Cinco semanas en globo, Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en ochenta días, De la Tierra a la Luna, Escuela de Robinsones, Un capitán de quince años, Miguel Strogoff, Las quinientos millones de la Begún, Las tribulaciones de un chino en China, El testamento de un excéntrico, Por un billete de lotería, El dueño del mundo, las aventuras del capitán Hatteras, los dos tomos de La isla misteriosa, que yo ya había leído, y Veinte mil legua de viaje submarino en la misma edición forrada en tela y con una ilustración a color pegada en la portada, mucho más bonita que la mía.

-No sé qué decir-tenía los ojos turbios y la sensación de estar tambaleándome, como si hiciera equilibrio en la cubierta de un barco o en el vértice de una inmensa borrachera-. Es increíble.

-No -ella se echó a reír-. Es una colección, nada más. A mí también me gustaba mucho Verne de jovencita, y lo sigo leyendo de vez en cuando, no creas, aunque me sé de memoria casi todas sus novelas. Así que puedes coger la que tu quieras.

-¿De verdad?- y de golpe, el corazón trepó por mi garganta para latir contra mi paladar.

-Claro -pero ella no le dio ninguna importancia a aquella milagrosa sucesión de  acontecimientos extraordinarios-. Ahora nos vamos a ver mucho, ¿no? Cuando la termines, me la devuelves y te llevas otra. Porque me puedo fiar de ti, ¿verdad? Los hijos del capitán Grant la presté el año pasado y todavía no me la han devuelto.

Cuando escuché su último comentario, me dije que no tenía tiempo para pensar en eso, y después de muchas dudas, decidí empezar por el principio. Escogí Cinco semanas en globo y no lo solté ni un instante mientras ella ponía encima de la mesa una foto de cartón azul marino, cuyo objeto no logré identificar hasta que la abrió para dejarme ver una máquina de escribir pequeña, más antigua pero también más liviana, más graciosa que la de la oficina.
 Fragmento de:
 
 El lector de Julio Verne
 Almudena Grandes
 Barcelona, Tusquets, 2012

SÓLO TU NOMBRE ES MI ENEMIGO

Jueves, Febrero 14, 2013

 

En el día de San Valentín, Libro de arena acerca una de las escenas de los enamorados por antonomasia: Romeo y Julieta de William Shakespeare en el balcón. 

 

Segundo acto

 

Escena ll  (Jardín de la casa de Capuleto)

 

(Entra Romeo)

 

 

Romeo:

Se ríe de cicatrices aquel que jamás recibió una herida.

 

(Aparece Julieta en la ventana)

 

¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente, Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho en belleza. No a sirvas, pues que está celosa. Su verde, descolorida librea de vestal, la cargan sólo los tontos; despójate de ella. (Es mi diosa. ¡Ah, es mi amor! ¡Que no lo supiese ella!). Algo dice, no nada, ¡Qué importa!  Su mirada habla, voy a contestarle.-Bien temerario soy, no es a mí a quién se dirige. Dos de las más brillantes estrellas del cielo, teniendo para algo que ausentarse, piden encarecidamente a sus ojos que rutilen en sus esferas hasta que ellas retornen.¡’Ah! ¿Si sus ojos se hallaran en el cielo y su rostro en las estrellas? El brillo de sus mejillas haría palidecer a estas últimas, como la luz del sol a una lámpara. Sus ojos, desde la bóveda celeste, a través de las aéreas regiones, , tal resplandor arrojarían, que los pájaros se pondrían a cantar, creyendo día a la noche. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano!. ¡Oh! ¡Quién pudiera ser el guante de esa mano para tocar esa mejilla!

 

Julieta:

¡Ay de mí!

 

Romeo:

Habla. ¡Oh!, ¡Prosigue hablando ángel resplandeciente! Pues al alzar, para verte, la mirada, tan radiante me apareces como un celeste y alado mensajero a la atónita vista de los mortales, que, con ojos elevados al Cielo, se inclinan hacia atrás para contemplarme, cuando a trechos franquea el curso de las perezosas nubes y boga en  el seno del ambiente.

 

Julieta:

¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Renuncia a tu padre, abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y dejaré de llamarme Capuleto.

 

Romeo: (aparte)

¿Debo oír más o contestar a lo dicho?

 

Julieta:

Sólo tu nombre es mi enemigo. (Tú eres tu mismo, no un Montesco). ¿Un Montesco? ¿Qué es esto? Ni es piano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni otro varonil componente. (¡Oh! ¡Sé otro nombre cualquiera) ¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa perfumaría igual con otro nombre. Del mismo modo, Romeo, aunque no se llamase Romeo, conservaría, al perder ese nombre, las queridas perfecciones que tiene. Mi bien, abandona ese nombre que no forma parte de ti mismo, y tómame entera a cambio de él.

 

-

Romeo:

Te tomo la palabra. Llámame sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo. De aquí en adelante no seré más  Romeo.

 

Julieta:

¿Quién eres tú, que así encubierto por la noche vienes a dar con mi secreto?

 

Romeo:

No sé qué nombre darme para decirte quién soy. Mi nombre, santa querida, me es odioso, porque es un contrario tuyo. Si escrito lo tuviera, haría pedazos lo escrito.

 

Julieta:

Mis oídos no han escuchado aún cien palabras pronunciadas por esa voz, y sin embargo reconozco el metal de esta. ¿No eres tú, Romeo? ¿Un Montesco?

 

 

Romeo:

Ni uno ni otro, santa encantadora, si ambos te son odiosos.

 

Julieta:

 

¿Cómo has entrado aquí? ¿Con qué objeto? Responde. Los muros del jardín son altos y difíciles de escalar: considera quién eres, este lugar es tu muerte si alguno de mis parientes te halla en él.

 

Romeo:

Con las ligeras alas de Cupido he franqueado estos muros; pues las barreras de piedra no son capaces de detener al amor. Todo lo que este puede hacer, lo osa, Tus parientes, en tal virtud, no son un obstáculo para mí.

Julieta:Si te encuentran, acabarán contigo.

Romeo:

¡Ay! Tus ojos son  más peligrosos para mí que veinte espadas suyas. Dulcifica solo tu mirada y estoy a prueba de su odio.

 

Julieta:

No quisiera, por cuanto hay, que ellos te vieran aquí.Romeo:

En mi favor está el manto de la noche que me sustrae de su vista; y con tal que me ames, poco me importa que me hallen en este sitio. Vale más que mi vida sea víctima de su odio que el que se retarde  la muerte sin tu amor.

Julieta:¿Quién te ha guiado para llegar hasta aquí?

Romeo:
El amor, que a inquirir me impulsó el primero; él me prestó su diligencia y yo le presté mis ojos. No

 

en tiendo de rumbos, pero, aunque estuvieses  tan distante como esa remota playa que baña el más remoto Océano, me aventuraría en pos de semejante joya.

 

Julieta:

 

El velo de la noche  se extiende sobre mi rostro, tú lo sabes, si así no fuera, el virginal pudor colorearía mis mejillas, al recordar lo que me has oído decir esta noche. Con el alma quisiera guardar aún las apariencias; ansiosa, ansiosa, negar lo que he dicho, pero ¡fuera ceremonias! ¿Me amas tú? Sé que vas a responder sí y creeré en tu palabra. M

 

as no jures, Podrías traicionar tu juramento; de los perjuros de los amantes, es voz que Júpiter se ríe. ¡Oh, querido Romeo! Si me amas, decláralo lealmente, y si es que en tu sentir me he rendido con harta ligereza, pondré un rostro severo, mostraré crueldad y te diré no, para que me cortejes. En caso distinto, ni por el universo obraría así.. Créeme, bello Montesco, mi pasión es extrema, y por esta razón te puedo parecer de ligera conducta, pero confía en mí, hidalgo: más fiel me mostraré yo que es

as que saben mejor afectar el disimulo. Yo hubiera sido más reservada, debo confesarlo, si tú no hubieras sorprendido, antes de que pudiera apercibirme, la apasionada confesión de mi amor. Perdóname pues y no acuses de ligereza de inclinación,  esta debilidad que así t

e ha descubierto la oscura noche.

 

Romeo:

Señora, juro por esa luna sagrada que platea sin distinción las copas de los frutales.

Julieta:¡Oh! No jures por la luna, por la inconstante luna cuyo disco cambia cada mes. No sea que tu amor se vuelva tan variable.

 

Romeo:

¿Por qué debo jurar?

Julieta:

No hagas juramento alguno; o si te empeñas, jura por ti, el graciosos ser, dios de mi idolatría, y te creeré.

Película Romeo y Julieta (1968), de Franco Zeffirelli. Escena del balcón.

LEER EN NARNIA

Miércoles, Junio 13, 2012

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Libro de arena sigue encontrando los rincones en que la literatura se pone a pensar sobre el arte de leer, esta vez en el texto Crónicas de Narnja, del escritor C.S. Lewis, del que a continuación se transcribe un fragmento.

 

“Era una habitación enorme con tres ventanales y las paredes cubiertas de libros, desde el suelo hasta el techo; más libros de los que Lucy había visto nunca, libros diminutos, libros gordos y no tan gordos, y libros más grandes que cualquier Biblia de iglesia que hayas visto jamás, encuadernados en piel y con olor a viejo, a sabiduría y a magia. De todos modos, sabía, por las instrucciones recibidas, que no debía perder el tiempo con ninguno de ellos. “El libro”, el libro mágico, estaba colocado sobre un atril justo en el centro de la habitación. Comprendió que tendría que leerlo de pie-de todos modos no había sillas-y también que debería colocarse de espaldas a la puerta mientras lo hacía. Así que fue hacia ella al momento para cerrarla.

No hubo forma de hacerlo. (…)

Una cosa que le preocupó mucho fue el tamaño del libro. La voz principal no había podido darle ninguna pista sobre en qué parte del libro aparecía el hechizo para hacer visibles las cosas e incluso pareció sorprenderle que se lo preguntara. Esperaba que empezara por el principio y fuera siguiendo hasta encontrarlo; era evidente que jamás se le había ocurrido que existían otros modos de localizar una cosa en un libro.

-¡Pero puedo pasar días, semanas!-protestó Lucy contemplando el enorme volumen-. Y ya tengo la impresión de que llevo horas en este lugar.

Fue hasta el atril y posó la mano sobre el libro; sintió un hormigueo en los dedos al tocarlo como si estuviera electrificado. Intentó abrirlo pero al principio no pudo; aunque eso se debió tan solo a que estaba sellado mediante dos cierres de plomo, y en cuanto los desabrochó se abrió sin problemas. ¡Era un libro sorprendente!

Estaba escrito a mano, no impreso; escrito con letra clara y uniforme, con gruesos tramos descendentes y finos trazos ascendentes, muy grandes y más fáciles de leer que la letra impresa, y tan hermosa que Lucy la contempló con fijeza durante todo un minuto y se olvidó de leer. El papel era tieso y liso y despedía un aroma agradable; y en los márgenes y alrededor de las enormes letras mayúsculas de colores del principio de cada hechizo, había dibujos.

No había portada ni título, los hechizos empezaban directamente, y los primeros eran poco importantes. (…)

A Lucy le costó una barbaridad pasar de aquella primera página pero cuando la volvió, la siguiente resultó igual de interesante. “Pero debo salir adelante”, pensó. Y así lo hizo durante unas treinta páginas que, si las hubiera recordado, le habrían enseñado a esconder tesoros enterrados, a recordar cosas olvidadas, a olvidar cosas que uno quería olvidar, a saber si alguien decía la verdad, a invocar o evitar vientos, niebla, nieve, granizo o lluvia, a adormecer a alguien mágicamente y a dar a alguien una cabeza de asno (como le sucedió al pobre Bottom en El sueño de una noche de verano). Y cuanto más leía, más maravillosos y reales se volvían los dibujos.

Entonces llegó a una página que mostraba tal esplendor de imágenes que apenas se advertía lo que había escrito. Apenas…pero sí que vio las primeras frases. Estas decían: ”Hechizo infalible para volver en hermosa a aquella que lo pronuncie, más hermosa que el común de los mortales”. Lucy miró con atención los dibujos con el rostro muy pegado a la página, y si bien al principio habían parecido amontonados y confusos, descubrió que entonces podía distinguirlos con toda claridad. El primer dibujo era el de una niña de pie ante un atril leyendo un libro enorme. Y la pequeña iba vestida exactamente igual que Lucy (pues la niña de la ilustración era Lucy) estaba de pie con la boca abierta y una expresión más bien terrible en el rostro, entonando o recitando algo. (…)

En la página siguiente encontró un hechizo “para el consuelo del espíritu”. Los dibujos eran más escasos, pero muy hermosos. Y lo que Lucy empezó a leer era más parecido a una historia que a un conjuro. Siguió durante tres páginas y antes de que llegara al final de la página ya había olvidado lo que estaba leyendo. Vivía la historia como si fuera real, y todas las imágenes lo fueran también. Cuando llegó a la tercera página y al final, dijo:

-Es la historia más preciosa que he leído jamás y que leeré en toda mi vida. ¡Cómo desearía haber seguido leyéndola durante años! Al menos la volveré a leer.

Pero aquí, parte de la magia del libro entró en acción. No se podía volver atrás. Las páginas del lado derecho, las que iban hacia delante, se podían girar; las del lado izquierdo, no. (…)

Siguió adelante y con gran sorpresa encontró una página sin dibujos; pero las primeras palabras eran “Hechizo para hacer visibles cosas ocultas”. Lo leyó hasta el final para asegurarse de todas las palabras difíciles y luego lo pronunció en voz alta. Supo inmediatamente que funcionaba porque mientras hablaba, aparecieron los colores de las palabras en mayúsculas de la parte superior de la página y empezaron a surgir dibujos en los márgenes. Fue como cuando uno acerca al fuego algo escrito con tinta invisible y las escritura empieza a manifestarse; sólo que en lugar del color sucio del zumo de limón-que es la tinta invisible más fácil de hacer- aquel era dorado, azul y escarlata.”

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmento de La Travesía del Viajero del Alba- Capítulo 10 “El libro del mago”Tomo 5 de Las Crónicas de Narnia, de C.S. Lewis.

 

 

DE LA MANÍA DE ESCRIBIR

Viernes, Mayo 18, 2012

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Cuando la ficción está más acá y más allá del autor se puede pensar en una escritura que habla de sí misma, y así lo hace este fragmento de Yo, el Supremo de Roa Bastos que Libro de arena publica para evocar variadas reflexiones sobre la lectura y la literatura.

 

“Hubo épocas en la historias de la humanidad en que el escritor era una persona sagrada. Escribió libros sacros. Libros universales. Los códigos. La épica. Los oráculos. Sentencias inscriptas en las paredes de las criptas; ejemplos, en los pórticos de los templos. No asquerosos pasquines. Pero en aquellos tiempos el escritor no era un individuo solo, era un pueblo. Transmitía sus misterios de edad en edad. Así fueron escritos los Libros Antiguos…Siempre nuevos. Siempre actuales. Siempre futuros.

Tienen los libros un destino, pero el destino no tiene ningún libro. Los propios profetas, sin el pueblo del que habían sido cortados por señal y por fábula, no hubiesen podido escribir la Biblia. El pueblo griego llamado Homero compuso la Ilíada. Los egipcios y los chinos dictaron sus historias a escribientes que soñaban ser el pueblo, no a copistas que estornudaban como tú sobre lo escrito. El pueblo-homero hace una novela. Por tal la dio. Por tal fue recibida. Nadie duda que Troya y Agamenón hayan existido menos que el Vellocino de Oro, que el Candiré del Perú, que la Tierra-sin mal y la Ciudad-Resplandeciente de nuestras leyendas indígenas.

Cervantes, manco, escribe su gran novela con la mano que le falta. ¿Quién podría afirmar que el Flaco Caballero del Verde Gabán sea menos real que el autor mismo? ¿Quién podría negar que el gordo escudero-secretario sea menos real que tú montado en su mula a la zaga del rocín de su amo, más real que tú montado en la palangana embridando malamente la pluma?

Doscientos años más tardes, los testigos de aquellas historias no viven. Doscientos años más jóvenes, los lectores no saben si se trata de fábulas, de historias verdaderas, de fingidas verdades. Igual cosa nos pasará a nosotros, que pasaremos a ser seres irreales-reales. Entonces ya no pasaremos. ¡Menos mal, Excelencia!

Debiera haber leyes en todos los países que se consideran civilizados, como las que he establecido en el Paraguay, contra los plumíferos de toda laya. Corrompidos corruptores. Vagos. Malentretenidos. Truhanes, rufianes de la letra escrita. Arrancaríase así el peor veneno que padecen los pueblos. (…)

La manía de escribir parece ser el síntoma de un siglo desbordado. Fuera del Paraguay, ¿cuándo se ha escrito tanto como desde que el mundo yace en perpetuo trastorno? Ni los romanos en la época de su decadencia. No hay mercadería más nefasta que los libros de estos convulsionarios. Cuando pienso en esta fauna perversa imagino un mundo donde los hombres nacen viejos. Decrecen, se van arrugando, hasta que los encierran en una botella. Adentro se van volviendo más pequeños aún, de modo que  se podría comer diez Alejandros y veinte Césares untados a una rebanada de pan o a un trozo de mandioca. Mi ventaja es que ya no necesito comer y no me importa que me coman estos gusanos.”

 

 

Fragmento de:

Yo, el Supremo

Augusto Roa Bastos

 

 

MISERABLE LENGUA

Jueves, Abril 12, 2012

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 Las lenguas y sus variantes son parte de la representación literaria que permiten reflexionar sobre cómo se construyen y de qué se alimentan las ficciones, las imaginaciones, que escritores como Victor Hugo han puesto sobre el tapete. Libro de arena publica un fragmento de Los miserables que comenta sobre el ‘caló’, lengua del pueblo.

 

“¿Qué es el caló? Es todo a la vez, nación e idioma; es el robo bajo dos especies: pueblo y lengua.

Cuando hace treinta y cuatro años el narrador de esta grave y sombría historia introducía en un libro escrito con el mismo objeto que éste, un ladrón hablando caló, se suscitó un asombro y un clamor:”¡Qué! ¡Cómo! ¡El caló! El caló es horrible! Es la lengua de la chusma, del presidio, de las cárceles, de todo lo más abominable de la sociedad”, etc., etc.

Nunca hemos comprendido este género de objeciones.

Después, dos grandes novelistas, de los cuales uno es un profundo observador del corazón humano, y el otro un intrépido amigo del pueblo, Balzac y Eugenio Sue, han hecho hablar a los bandidos en su lengua natural, como lo había hecho en 1928 el autor de El último día de un reo de muerte, y se han suscitado las mismas reclamaciones. Se ha repetido: “¿Qué quieren los escritores con esa repugnante jerga? ¡El caló es horrible! ¡El caló hace estremecer!”

¿Quién lo niega? Sin duda.

Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo o una sociedad, ¿desde cuándo es una falta descender demasiado, ir al fondo? Muchas veces hemos pensado que esto era un acto de valor y por lo menos una acción inocente y útil, digna de la atención simpática que merece el deber aceptado y cumplido ¿Por qué no se ha de explorarlo todo, y no se ha de estudiar? ¿Por qué se ha de detener uno en el camino? El detenerse corresponde a la sonda, no al que sondea.

Ciertamente que ir a buscar en la última capa del orden social, allí donde concluye la tierra y empieza el fango; registrar en aquellas aguas espesas; perseguir, coger y arrojar palpitante a la superficie este idioma abyecto que gotea lodo sacado a la luz, este vocabulario pustuloso, en que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo del cieno y de las tinieblas, no es ni una empresa cómoda ni seductora.

Nada es más lúgubre que contemplar así, desnudo a la luz del pensamiento el hormiguero terrible del caló. En efecto, parece que es una especie de horrible fiera hacha para vivir en la noche y que se ve arrancada de su cloaca. Se ve una horrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita, pide volver a la sombra, amenaza y mira. Tal palabra parece una garra, la otra un ojo apagado y sangriento; tal frase parece moverse como la tenaza de una langosta. Todas viven con esa vida repugnante de las cosas que están organizadas en la desorganización.

Pero ¿desde cuándo el horror excluye el estudio? ¿Desde cuándo la enfermedad rechaza al médico? ¿Qué se diría de un naturalista que se negase a estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, el ciempiés, la tarántula, y que los rechazase a las tinieblas diciendo:”¡Oh, qué fealdad!”. El pensador que se alejase del caló se parecería a un cirujano que se apartase de una úlcera o de una verruga; sería un filólogo dudando examinar un hecho de la lengua; un filósofo dudando analizar un hecho de la humanidad. Porque, y es preciso decirlo a los que lo ignoran, le caló es al mismo tiempo un fenómeno literario y un resultado social. El caló es la lengua de la miseria. (…)

Hacer sobrenadar y conservar sobre el olvido, sobre el fragmento, aunque más no sea un fragmento de una lengua cualquiera que ha hablado el hombre, y que de otro modo se perdería; es decir, uno de los elementos buenos o malos de que se compone o que complica la civilización, es aumentar los datos de observación social; es auxiliar a la misma civilización. Esto servicio lo ha hecho Plauto, queriéndolo o no, haciendo hablar el fenicio a dos soldados cartagineses; este servicio lo ha hecho Moliére, haciendo hablar el levantino y toda clase de patuá a muchos de sus personajes.

Aquí vuelven a suscitarse las objeciones; el fenicio, ¡magnífico!; el levantino, ¡bueno! ; el patuá, pase, son lenguas que han pertenecido a naciones o a provincias; ¿pero el caló? ¿Para qué queréis conservar el caló? ¿Para que hacer “sobrenadar” el caló?

A esto sólo responderemos una cosa. Ciertamente, la lengua que ha hablado una nación o una provincia es digna de interés; pero es más digna aún de atención y de estudio la lengua que ha hablado la miseria.

La lengua que se ha hablado en Francia, por ejemplo, por más de cuatro siglos, no solamente una miseria, sino toda la miseria humana posible.”

 

 

Fragmento de:

Los Miserables

Victor Hugo

Losada

LA TIERRA INCOMPARABLE

Lunes, Febrero 6, 2012

 

Libro de arena propone en su sección de “La vida breve” acercar textos ficcionales sobre la lectura. En esta oportunidad se publica un fragmento de la novela La tierra incomparable de Antonio Dal Masetto.

 

Cuando Silvana se fue y Ágata quedó sola subió a su habitación y volvió a bajar minutos después. Salió a la calle y se dirigió hacia el lago. Se esforzaba por apurar el paso como si estuviese llegando tarde a una cita. En realidad, no iba a ninguna parte. Se movía hacia adelante empujada por la excitación que le habían provocado los acontecimientos de ese día. Cuando desembocó en la costanera, dudó, y después se dirigió al bar del embarcadero viejo. Había un grupo de ancianos jugando a las cartas y en otra mesa tres mujeres tomando café. Ágata fue a sentarse lejos de la gente, en el extremo del local que se proyectaba sobre el lago. (…) Era una espectadora en la butaca de un cine, en la oscuridad de una sala, dejando que allá adelante, alrededor, decidieran por ella. Se abandonaba. Esta sensación de irresponsabilidad, y al mismo tiempo de protección, la calmaba.

Entonces Ágata sintió la necesidad de escribir una carta. No una de las tantas, no un informe más o menos detallado de lo que había visto y le había sucedido. Quería contarle a alguien que estuviera lejos, lo que vivía en ese momento. Quería contar sobre ese anochecer. Le parecía que en esa hora estaban comprendidas todas las horas de esos días. Quería fijar ese momento, para que otros se enteraran, para que no se perdiera, para que no se diluyera con el paso del tiempo. Abrió la cartera, sacó el bloc de papel vía aérea, la lapicera, y se colocó los anteojos. Buscó en su cabeza el nombre, la cara, la imagen que despertara en ella el estímulo para arrancar. Estaba frente al papel en blanco y un destinatario ideal y confuso en cuya figura se fundían las caras de su hijo y su hija y sus nietos. Decidió dejar la carta sin encabezar. Aún así, cuando intentó escribir las primeras palabras se encontró con una vieja dificultad: vencer la resistencia al pudor que siempre la frenaba ante la posibilidad de confesarse. La impersonalidad del destinatario-que fueran todos y no uno-la ayudó a empezar. Anotó una frase con cuidado, lenta. Otra frase. Se detuvo. Siguió hasta el final de la página. Volvió a detenerse. Superado el pudor fue descubriendo que la tarea no era sencilla. Las palabras no la alcanzaban. Se quedó un rato largo mordiendo la lapicera. Después de la fiebre inicial, después de todo lo que había pretendido decir, sentía que las ideas se habían alejado, perdían claridad. Las palabras no bastaban para retenerlas.

La asaltó una sensación de impotencia. Buscó ayuda en lo que la rodeaba. Otro trasbordador se acercaba con su carga de luces. Disminuyó la marcha, inició una curva, se colocó paralelo a la costa y atracó. Ágata comenzó a anotar lo que veía. Levantaba la cabeza, miraba y escribía. Trataba de ser prolija y completa en la descripción. Registró detalles del embarcadero, del bar, la fuga de la luces en la avenida que subía hacia el puente sobre el San Giorgio, el espinazo negro de las montañas de enfrente. Ahora se apuraba, se esforzaba por no detenerse, por no distraerse, como si estuviera metida en una competencia y necesitase concentración para no perder de vista la meta. Llenó la segunda hoja, la tercera, la cuarta. Las iba enumerando. Se detuvo cuando completó la sexta. Respiró hondo y descansó.

Leyó lo que había escrito y de nuevo se sintió decepcionada. Había registrado muchas cosas, las había nombrado, pero sentía que lo esencial había quedado fuera. Alrededor de ella estaba la noche y el mundo. Dentro de ella el impacto de las imágenes de ese mundo. Y en el papel sus propias palabras que no transmitían nada. Ágata guardó el bloc, la lapicera y los anteojos. Llamó al mozo, pagó, y una vez más remontó la cuesta que llevaba al albergue.

 

Fragmento de:

 

La tierra incomparable

Antonio Dal Masetto

Buenos Aires, Planeta, 1997

OSCURAMENTE FUERTE ES LA VIDA

Lunes, Enero 9, 2012

 

Libro de arena propone en su sección de “La vida breve” acercar textos ficcionales sobre la lectura. En esta oportunidad se publica un fragmento de la novela Oscuramente fuerte es la vida de Antonio Dal Masetto. 

 

Como otras cosas, también el gusto por la lectura me vino de Elsa. Descubrí rápidamente que  una de sus pasiones eran los libros. No había muchos en casa, pero siempre andaba alguno rondando por ahí. Los domingos, si no salíamos y el tiempo era bueno, nos juntábamos bajo el nogal, sobre la hierba, y pasábamos la tarde charlando. Hablábamos de la excursión pasada, de la que vendría, de los parientes, de los conocidos. Era un coloquio trivial, se deslizaba como el agua de los ríos e, igual que el agua, sin objetivos aparentes, salvo aquel placer de sentir pasar las horas y estar en paz. Según la época, la brisa nos traía oleadas de perfumes: a pasto seco, a tierra revuelta, a hojas nuevas. Un día Elsa llevó un libro: Los miserables. Lo colocó a su lado y después de un rato preguntó:

-¿Querés que leamos un poco?

Aquello era una novedad para mí. Asentí y me dispuse a escuchar. Leyó varios capítulos en voz alta. También ahí, en la lectura, su voz fluía como un agua, pero ahora arrastraba historias insospechadas y vertiginosas, y yo partía hacia otros mundos. Cuando se detuvo para descansar quiso saber si me interesaba lo que había oído. Yo estaba entusiasmado y sólo deseaba que continuase. Se lo dije y Elsa me contestó:

-Tenemos tiempo, esta es una historia muy larga, hay muchas otras historias, muchos libros.

A partir de ese día, aquellas horas de lectura bajo en nogal se reiteraron. Vinieron otros títulos: Nuestra Señora de París, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Crimen y castigo, Los novios, Guerra y paz. Elsa leía, yo escuchaba en silencio y seguía partiendo y viajando. Mantenía la mirada al frente, veía las cosas de siempre, el prado bajo el sol, los techos de las casas aisladas, los pinos contra el cielo vacío, la cueva de un grillo junto a mi zapato, el desplazarse de las hormigas a través del sendero, un moscardón colgado de una flor, un mirlo deteniéndose brevemente en la vid, la rugosidad de un tronco de un árbol caído, un campanario sobre una cuesta, la mole oscura del Monte Rosso y sus manchas negras dejadas por los incendios. En mi fantasía, seguramente en el germen de mi memoria futura, se iba fundiendo lo que oía y lo que veía. Aquellas historias, las aventuras lejanas y fantásticas, los dramas de los libros se revestían con detalles y ropajes que me eran familiares. Elsa seguía leyendo. Leía muy bien. Yo no la interrumpía hasta que hacía una pausa al terminar un capítulo. Entonces le exponía mis dudas, pedía que me aclarara frases y pasajes que me habían resultado oscuros.

-¿Cómo era Napoleón?-pregunté.

-Ese fue otro que hizo morir a mucha gente-me contestó ella.

Escuchaba sus explicaciones  mirando siempre al frente. Con el rabillo del ojo percibía sus gestos breves. Elsa hablaba lentamente, con paciencia, midiendo las palabras. Cuando quería comunicarme algo que seguramente consideraba importante o de difícil comprensión, adelantaba su mano abierta con la palma vuelta al cielo, la colocaba frente a mí como si contuviese una ofrenda, la movía suavemente subiéndola, bajándola, girándola, afirmando cada frase con un énfasis controlado.

Me contó que había conocido a algunos de esos autores cuando era chica y estaba en un orfanato. Uno de los primeros libros que cayó en sus manos fue Los misterios de París, de Eugenio Sue. Siguieron otros del mismo autor. La habían impresionado mucho, había que ver las cosas que se contaban ahí, las cosas que hacían los curas.

Me explicó:

-Unas amigas me conseguían los libros y los leía a escondidas, porque estaban prohibidos por la iglesia, la mayoría de los autores habían sido excomulgados.

Yo la miraba asombrada e incrédula:

-¿Estuviste en un orfanato?

-Siete años.

- ¿Con las monjas?

-Con las monjas.

Recordé mis dos años en Verbano y por primera vez me parecieron poca cosa. Me di cuenta de que desconocía todo de la vida de Elsa. Le dije:

-Contáme de cuando eras chica.

Elsa intentó eludir el compromiso y volvió a abrir el libro.

-Sigamos leyendo-dijo.

 

Fragmento de:

 

Oscuramente fuerte es la vida

Antonio Dal Masetto

Planeta, 1990

LA TARDE DE UN ESCRITOR

Jueves, Diciembre 22, 2011

 

Libro de arena propone en su sección de “La vida breve” acerchar textos ficcionales sobre la lectura. En esta oportunidad se publica un fragmento de la novela La tarde de un escritor de Peter Handke. 

 

 

El restaurante estaba a orillas del río, y aún estaba casi vacío, así que el escritor pudo encontrar un asiento desde el cual se podía ver el agua. Un agua que daba la impresión de velocidad, como si acabara de arrancar de la cordillera. Y él se sentía como si estuviera aún andando por el puente entre las siluetas de los demás transeúntes. Antes de ponerse a leer el periódico, respiró hondo y se grabó en la mente la línea más lejana del horizonte como para tener una medida. Pero, como tantas veces, fue en vano; al leer la primera línea desapareció todo tipo de pensamiento. Él solía decirse que estaba obligado a leer el periódico para estar informado. (¿Acaso no era cierto que en una época se le pasó la noticia de la muerte de algunos de sus héroes y salvadores y se había enterado cuando ya era demasiado tarde para conmemorarlos?) Pero la verdad era que el deseo de hojear los periódicos era un vicio. Apenas leía una columna entera, la leía cuando más por encima, y así, un artículo tras otro con una mezcla extraña de frenesí y pasmo. Él se daba orden una y otra vez de empezar por el principio y de leer cuando menos un reportaje palabra por palabra, pero entonces se daba cuenta de que con sólo apartar la vista de él, ya había captado todo el sentido; ahora bien, éste, a diferencia de otros poemas, no “concluía” con “en el silencio del alma” sino que al contrario sumía al lector del periódico en la impasibilidad más completa. Aquí el vicioso, víctima de un vicio que por otra parte ni siquiera le proporcionaba placer, deseó volver a aquellos meses neoyorquinos en los que durante mucho tiempo dejaron de aparecer los periódicos a causa de las huelgas. Sólo había uno delgado y de formato pequeño llamado City News en donde todo acontecimiento, quizá de interés, acaecido en la tierra se limitaba a un par de líneas. Durante aquel tiempo estudió todos los días esas noticias con placer, y después, cuando volvieron a amontonarse los pilares de “diario mundial” en todas las entradas del metro-seguramente con un “por fin” para la mayoría de la gente- a él le pareció que tan honroso título más bien correspondía a esas pocas hojas con fotografía que se agitaban.  Porque a continuación resultaban tanto más innecesarias todas las opiniones, los informes especiales, las columnas y las glosas que no dejaban en la mente del lector más que zumbidos de avispa. Y las mayores estridencias se las lanzaba la página de “cultura”, donde no podía tratarse de casi nada sin dar una opinión. Algunas veces había descubierto que la crítica también era un arte en sí misma-el hallazgo de un punto cardinal que hiciera justicia al tema, al que también podría llamarse  “visión”, al igual que en cualquier otra obra; sin embargo, la regla que predominaba en tales páginas era presentar un esquema completo en el mejor de los casos, y en el peor un juego falso en el que el interés por el tema cedía de inmediato ante unas segundas intenciones clarísimas, y donde en lugar de hacer una crítica se hacía politiquilla. En sus sueños de juventud la literatura era para el escritor lo más libre de un país, y esa idea fue su única salida para escapar a la vileza y la sumisión diarias y poder sentir el orgullo de ser un igual, como les sucedió probablemente a muchos más. Y ahora todos ellos estaban metidos-o ésa era su impresión-en el más despótico de los países pequeños, y vivían, o bien vagamente aunados por una suerte de camaradería, o bien desperdigados y odiándose a muerte, y todos ellos-corrompidos hasta los más rebeldes y convertidos en diplomáticos en poquísimo tiempo- se dejaban dominar por una policía que, ciega para la empresa y con más voluntad de poder que capacidad de discernir, sabía manejar su presa con un despotismo tanto mayor cuanto que, de puertas afuera, ofrecía la imagen de unos hombres honrados y caritativos. En una ocasión fue testigo de la agonía de otro escritor, y vio cómo hasta en sus últimos momentos, éste estuvo más ocupado en leer el apartado de cultura de los periódicos que en cualquier otra cosa. ¿Sería que los combates de opinión le distraían en el buen sentido, exasperándole y divirtiéndole, o le ofrecían quizá aquella repetición diaria cien veces preferible a cuanto le amenazaba? Él era-por la distancia que proporcionaba el saberse desahuciado-un prisionero de los articulistas; más que a su familia era a ellos a quienes él cortejaba en sus sueños, y en las treguas que le daba el dolor preguntaba-por no poder ya leer-qué decían las reseñas de tal o cual periódico, sobre determinadas novedades literarias. Con esas intrigas que el enfermo detectaba con una rabia no exenta de satisfacción, fue creándose una especie de mundo o de infinitud en la habitación del moribundo y el confidente, sentado al borde de la cama, sintió por el amigo que renegaba y asentía idéntica comprensión que si estuviera viéndose a sí mismo postrado en aquella cama. Mas cuando el otro, que en su lucha contra la muerte yacía con la mente ida, hubo que seguir recitándole la opinión de los periódicos recién salidos, el testigo juró no llevar nunca las cosas tan lejos como lo estaba haciendo esa viva imagen de sí mismo que tenía delante. Nunca más apoyaría ese círculo vicioso de clasificaciones y enjuiciamientos que, en definitiva, no respondían más que al juego de servirse de unos para atacar a otros. Su postura de quedarse fuera y proseguir su trabajo con sus propias fuerzas y no a costa del vecino fue convirtiéndose con los años en una especie de desquite. La sola idea de volver a entrar en aquel círculo o en círculos pequeños cada vez más separados unos de otros, le llenó de una náusea elemental. Por supuesto, nunca conseguiría evadirse del todo, porque incluso hoy mismo, después de tantos años de aquel juramento, había vuelto a llamarle la atención una palabra que él, al primer momento y al igual que entonces, había tomado por su nombre. Pero a diferencia de entonces, se sintió aliviado de haberse equivocado. Creyéndose seguro, pasó las páginas siguientes hasta llegar a las de información local, y consiguió leer cada una de las noticias.

 

Fragmento de:

 

La tarde de un escritor

Peter Handke

Alfaguara, 2006

PALABRAS RETOCADAS

Martes, Diciembre 6, 2011

 

 

Libro de arena propone en su sección de “La vida breve” acercar textos ficcionales sobre la lectura. En esta oportunidad se publica un fragmento de la novela Las palabras de Jean-Paul Sartre. 

 

Al principio del verano, antes de que mi abuelo hubiera terminado los cursos, las dos mujeres y yo nos íbamos a Arcachon. Nos escribía tres veces por semana: dos páginas para Louise, un post scriptum para Anne Marie, y para mí una carta entera en verso. Para que mi felicidad fuese mayor, mi madre me enseñó las reglas de la prosodia. Alguien me sorprendió garabateando una respuesta en verso, me animaron para que terminara, me ayudaron. Cuando las dos mujeres echaron la carta, se reían a más no poder, pensando en el estupor de mi abuelo. Recibí, a vuelta de correo un poema a mi gloria; contesté con otro poema. Al convertirse en costumbre, abuelo y nieto estaban unidos por un nuevo lazo; se hablaban, como los indios, como los chulos de Montmartre, con una lengua prohibida para las mujeres. Me dieron un diccionario de rimas y me hice versificador; escribía madrigales para Vevé, una rubita que no dejaba su mecedora y que moriría unos años después. A la niña le tenía sin cuidado: era un ángel: era un ángel; pero me consolaba de esta indiferencia la admiración de un amplio público. He encontrado algunos de estos poemas. Cocteau dijo en 1955 que todos los niños, menos Minou Drouer, tienen ingenio. En 1915 lo tenían todos menos yo; escribía por imitación, por ceremonia, para ser persona mayor; escribía sobre todo porque era el nieto de Charles Schweitzer. Me dieron las fábulas de la Fontaine. No me gustaron: el autor las hacía como se le ocurría; yo decidí volver a escribirlas en alejandrinos. La empresa superaba a mis fuerzas y hasta creí notar que hacía sonreír; fue mi última experiencia poética. Pero estaba lanzado; pasé de los versos a la prosa y no me costó ningún trabajo volver a inventar por escrito las apasionantes aventuras que leía en Cri-Cri. Ya era hora: iba a descubrir la inanidad de mis sueños. En mis cabalgatas fantásticas yo quería alcanzar la realidad. Cuando mi madre, sin quitar los ojos de la partitura, me preguntaba:”Poulou ¿qué estás haciendo?”, a veces ocurría que rompiese mi voto de silencio y le contestase: “Estoy haciendo cine”. En efecto, Trataba de arrancar las imágenes de mi cabeza y de realizarlas fuera de mí, entre muebles y paredes verdaderos, tan brillantes y visibles como los que chorreaban en la pantalla. En vano; ya no podía ignorar mi doble impostura: fingía ser actor, fingiendo ser un héroe.

Apenas empecé a escribir, dejé la pluma para regocijarme. La impostura era la manera, pero ya he dicho que para mí las palabras eran la quinta esencia de las cosas. Nada me turbaba más que ver a mis patas de mosca perdiendo poco a poco su brillo de fuego fatuo en la deslucida consistencia de la materia. Era la realización de lo imaginario. Un león, un capitán del Segundo Imperio y un beduino, caídos en la trampa del nombramiento, entraban en el comedor; se quedaban allí para siempre, cautivos, incorporados por los signos, creía haber anclado mis sueños  en el mundo de los arañazos de una pluma de acero. Hice que me dieran un cuaderno, un frasco de tinta violeta; Puse en la tapa:”Cuaderno de novelas”. La primera que terminé se llamaba “Por una mariposa”. Un sabio, su hija, y un joven explorador atlético suben el curso del Amazonas buscando una mariposa preciosa. El argumento, las personas, el detalle de las aventuras, hasta el título están tomados de un relato ilustrado aparecido el trimestre anterior. Ese plagio conciente me liberaba de mis últimas inquietudes: todo era verdad forzosamente, ya que no inventaba nada. No tenía la ambición de que se publicase, pero me las había arreglado para que me la imprimiesen por adelantado y no trazaba ni una línea que no estuviese garantizada por mi modelo. ¿Me tenía por un copista? No. Por un autor original. Retocaba, rejuvenecía; por ejemplo había tenido el cuidado de cambiar los nombres de los personajes. Esas ligeras alteraciones me autorizaban a confundir la memoria y la imaginación. En mi cabeza se formaban unas frases nuevas y totalmente escritas con la implacable seguridad que se presta a la inspiración. Yo las transcribía, ellas tomaban para mí la densidad de las cosas. Si, como comúnmente se cree, el autor inspirado es, en lo más profundo de sí mismo, otro distinto de sí, conocí la inspiración entre los siete y los ocho años.

Nunca me engañó esa “escritura automática”. Pero el juego me gustaba también por sí mismo; como era hijo único podía jugar sólo. A veces detenía la mano, fingía que dudaba para sentirme, con la frente ceñuda, con la mirada alucinada, un escritor. Por lo demás, por snobismo adoraba el plagio, y como vamos a ver, lo llevaba hasta el extremo.

 

Fragmento de:

 

Las palabras

Jean-Paul Sartre

Buenos Aires, Losada, 1965