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Las lenguas y sus variantes son parte de la representación literaria que permiten reflexionar sobre cómo se construyen y de qué se alimentan las ficciones, las imaginaciones, que escritores como Victor Hugo han puesto sobre el tapete. Libro de arena publica un fragmento de Los miserables que comenta sobre el ‘caló’, lengua del pueblo.
“¿Qué es el caló? Es todo a la vez, nación e idioma; es el robo bajo dos especies: pueblo y lengua.
Cuando hace treinta y cuatro años el narrador de esta grave y sombría historia introducía en un libro escrito con el mismo objeto que éste, un ladrón hablando caló, se suscitó un asombro y un clamor:”¡Qué! ¡Cómo! ¡El caló! El caló es horrible! Es la lengua de la chusma, del presidio, de las cárceles, de todo lo más abominable de la sociedad”, etc., etc.
Nunca hemos comprendido este género de objeciones.
Después, dos grandes novelistas, de los cuales uno es un profundo observador del corazón humano, y el otro un intrépido amigo del pueblo, Balzac y Eugenio Sue, han hecho hablar a los bandidos en su lengua natural, como lo había hecho en 1928 el autor de El último día de un reo de muerte, y se han suscitado las mismas reclamaciones. Se ha repetido: “¿Qué quieren los escritores con esa repugnante jerga? ¡El caló es horrible! ¡El caló hace estremecer!”
¿Quién lo niega? Sin duda.
Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo o una sociedad, ¿desde cuándo es una falta descender demasiado, ir al fondo? Muchas veces hemos pensado que esto era un acto de valor y por lo menos una acción inocente y útil, digna de la atención simpática que merece el deber aceptado y cumplido ¿Por qué no se ha de explorarlo todo, y no se ha de estudiar? ¿Por qué se ha de detener uno en el camino? El detenerse corresponde a la sonda, no al que sondea.
Ciertamente que ir a buscar en la última capa del orden social, allí donde concluye la tierra y empieza el fango; registrar en aquellas aguas espesas; perseguir, coger y arrojar palpitante a la superficie este idioma abyecto que gotea lodo sacado a la luz, este vocabulario pustuloso, en que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo del cieno y de las tinieblas, no es ni una empresa cómoda ni seductora.
Nada es más lúgubre que contemplar así, desnudo a la luz del pensamiento el hormiguero terrible del caló. En efecto, parece que es una especie de horrible fiera hacha para vivir en la noche y que se ve arrancada de su cloaca. Se ve una horrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita, pide volver a la sombra, amenaza y mira. Tal palabra parece una garra, la otra un ojo apagado y sangriento; tal frase parece moverse como la tenaza de una langosta. Todas viven con esa vida repugnante de las cosas que están organizadas en la desorganización.
Pero ¿desde cuándo el horror excluye el estudio? ¿Desde cuándo la enfermedad rechaza al médico? ¿Qué se diría de un naturalista que se negase a estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, el ciempiés, la tarántula, y que los rechazase a las tinieblas diciendo:”¡Oh, qué fealdad!”. El pensador que se alejase del caló se parecería a un cirujano que se apartase de una úlcera o de una verruga; sería un filólogo dudando examinar un hecho de la lengua; un filósofo dudando analizar un hecho de la humanidad. Porque, y es preciso decirlo a los que lo ignoran, le caló es al mismo tiempo un fenómeno literario y un resultado social. El caló es la lengua de la miseria. (…)
Hacer sobrenadar y conservar sobre el olvido, sobre el fragmento, aunque más no sea un fragmento de una lengua cualquiera que ha hablado el hombre, y que de otro modo se perdería; es decir, uno de los elementos buenos o malos de que se compone o que complica la civilización, es aumentar los datos de observación social; es auxiliar a la misma civilización. Esto servicio lo ha hecho Plauto, queriéndolo o no, haciendo hablar el fenicio a dos soldados cartagineses; este servicio lo ha hecho Moliére, haciendo hablar el levantino y toda clase de patuá a muchos de sus personajes.
Aquí vuelven a suscitarse las objeciones; el fenicio, ¡magnífico!; el levantino, ¡bueno! ; el patuá, pase, son lenguas que han pertenecido a naciones o a provincias; ¿pero el caló? ¿Para qué queréis conservar el caló? ¿Para que hacer “sobrenadar” el caló?
A esto sólo responderemos una cosa. Ciertamente, la lengua que ha hablado una nación o una provincia es digna de interés; pero es más digna aún de atención y de estudio la lengua que ha hablado la miseria.
La lengua que se ha hablado en Francia, por ejemplo, por más de cuatro siglos, no solamente una miseria, sino toda la miseria humana posible.”
Fragmento de:
Los Miserables
Victor Hugo
Losada