LA ANTROPOFAGIA: UNA PIEZA DE LA IDENTIDAD LITERARIA LATINOAMERICANA
Miércoles, Agosto 18, 2010Libro de arena recorre uno de los trazos que dan forma al modernismo literario latinoamericano: el movimiento antropófago. Este movimiento surgió en Brasil sobre el fin de la segunda década del siglo XX y su impulsor fue Oswald de Andrade.
Por Cecilia Galiñanes
Tupi or not tupi, that is the question.
Manifiesto Antropófago, 1928
En la historia de la especialización del trabajo intelectual y artístico, el modernismo literario latinoamericano[1] señala su lugar de especificidad, su “originalidad” como parte de la escena de la cultura latinoamericana y a la vez como el aire fresco con el que se renovó la literatura occidental.
Una de las piezas infaltables de la colección literaria del modernismo es el “movimiento antropofágico” iniciado por Oswald de Andrade en Brasil, en 1928, quien a partir del cuadro Abaporu [2] que en ese mismo año había recibido como regalo de cumpleaños de parte de su autora, la artista plástica Tarsila do Amaral (de quien además se cuenta que fuera pareja), escribió el Manifiesto Antropófago publicado en la incipientemente fundada Revista de Antropofagia, que se elevaría entonces como postulado teórico del movimiento disuelto apenas un año más tarde. Ya en 1925 de Andrade había hecho uso de una imaginería propiamente modernista, en el sentido de la búsqueda de renovación estética y la ruptura con las formas heredadas, con la publicación del Manifiesto Palkmlkmpuhu-Brasil [3], obra poética en clave irónica y humorística en la que, a su vez, ejercita una crítica profunda de los valores de la cultura occidental y del modo de vida de las sociedades capitalistas. Todo esto, a través del rechazo de la herencia cultural portuguesa y abogando por una vuelta a la primitiva expresividad de los indígenas brasileños de una parte, y de otra, por la recuperación de las huellas africanas. También su obra en prosa, como Memórias Sentimentais de Joao Miramar (1924), trabaja a contrapelo de las estructuras narrativas tradicionales combinando la poesía con la prosa y con otros lenguajes como el cinematográfico, mezcla que da cuenta, en parte, de la traza que sus viajes a Europa y su contacto con intelectuales y artistas de vanguardia dejaron en él.
El procedimiento estético de la “antropofagia” de de Andrade puede ser visto como una de las formas extremas que el arte latinoamericano adoptó en su proceso de modernización y que tanto en la reflexión a propósito de la producción como en la producción misma busca resolver la relación de tensión entre lo particular y lo universal, entre lo local y lo europeo. La síntesis buscada entre las influencias de estos dos órdenes simbólicos diferentes encuentra para de Andrade una fructífera metáfora en la imagen del antropófago, figura de signo positivo, opuesta a la idea de canibalismo entendido desde una mirada eurocéntrica como signo de animalidad, de bestialidad, marca de la no cultura; de Andrade la propone más bien próxima a la concepción antropológica de transculturación en que elementos de una cultura alterna entran en juego en la cultura propia bajo la forma de una re-funcionalización que comporta, a la vez, una re-significación, por lo tanto el surgimiento de un signo nuevo o un nuevo valor. No es otro el sentido de “comerse al otro” que supone la antropofagia, tomar lo deseado y desechar lo innecesario. Esta transfiguración atiende a la necesidad de dar cuenta de una doble mirada del arte moderno latinoamericano, y brasileño en particular, que a la vez conectara con los movimientos de vanguardia europeos, que justamente ya por esa época rescataban la figura del caníbal a partir del contacto con culturas primitivas de África, América y Oceanía, y por otra parte, permitiera el proyecto de una literatura brasileña autónoma que superara de esta manera la importación de modelos estéticos de producción artística de Europa y propusiera una representación propia de la realidad de un mundo en el que la vida y la muerte habían sido posibles incluso fuera de los esquemas de la razón occidental con un tiempo y espacio reticulados por otros modos de pensar:
“Ya teníamos el comunismo. Ya teníamos la lengua surrealista. La edad de oro. Catiti Catiti Imara Natiá Notiá Imara Ipejú. La magia y la vida. Teníamos la relación y la distribución de los bienes físicos, de los bienes morales, de los bienes merecidos. Y sabíamos transponer el misterio y la muerte con la ayuda de algunas formas gramaticales. Pregunté a un hombre lo que era el Derecho. Él me respondió que era la garantía del ejercicio de la posibilidad. Ese hombre se llamaba Galli Mathias. Lo devoré. Sólo no hay determinismo donde hay misterio. ¿Pero qué nos importa eso? Contra las historias del hombre que empiezan en el Cabo Finisterra. El mundo no datado. No rubricado. Sin Napoleón. Sin César. La fijación del progreso por medio de catálogos y televisores. Sólo la maquinaria.”[4]
La imagen del antropófago se convierte así en una metáfora del anticolonialismo, a partir de la asimilación, con características autóctonas, de la cultura extranjera universal que da a luz una síntesis cultural entre la “civilización” y lo primitivo, o en términos de Benedito Nunes [5] entre “la selva y la escuela”. Cabe preguntarse, de todos modos, hasta qué punto han logrado las culturas latinoamericanas “deglutir” adecuadamente o no a sus “otros” en la búsqueda de su identidad y si en realidad no habrá ocurrido a la inversa y en estas mismas orillas habrá sido más voraz el mercado y el resto de las instituciones y prácticas culturales del capitalismo local que los ideólogos de la liberación de las formas caducas, los antropófagos y militantes de otras vanguardias estéticas semejantes. Imposible soslayar el hecho de su museificación; que luego de la efervescencia, propia de la voluntad revolucionaria del movimiento, en su fugaz paso por la vida literaria del Brasil se haya convertido en una “pieza de museo”, en una imagen petrificada de sí cuando en el año 1998 retorna como nombre de la bienal internacional de arte de San Pablo cuyo título fue “Antropofagia e Historias de Canibalismo” señala, para muchos, junto con el agotamiento de la forma, el límte mismo de las estéticas de la modernidad.
[1] Discutido en cuanto nombre unívoco de una corriente literaria heteromorfa, el modernismo literario puede ser considerado como conjunto más amplio en el que confluyen diversidad de tendencias, géneros literarios, expresiones verbales, formas estilísticas, estructuras narrativas, contenidos temáticos, autores de variado pensamiento, pero que encuentra su unidad en virtud de un deseo propiamente latinoamericano: el darse una identidad literaria autónoma, diferenciada de las formas estéticas heredadas e irradiadas por los centros artísticos europeos. En esa búsqueda se unifica lo múltiple y en ella puede leerse la matriz de lo que luego adoptó el nombre de literatura latinoamericana. En sus inicios, que datan de 1880 aproximadamente, reconoce sobre todo la influencia poética de los autores parnasianos, del simbolismo y el naturalismo, es decir, de una mirada puesta en la producción francesa como modo de ruptura con la tradición hispánica. Como se sabe, Rubén Darío, el poeta nicaragüense, es uno de los autores que, al menos en el primer período, suele ser identificado como el poeta del modernismo por antonomasia, por su original trabajo con la lengua.
[2] “Abaporu” significa antropófago en la lengua tupí-guaraní
[3] Título que alude a las raíces identitarias al referir el nombre del árbol autóctono de Brasil.
[4] Manifiesto Antropófago, Revista de Antropofagia, Año 1, No. 1, mayo de 1928.
El artículo contiene las marcas enunciativas de un acto de subversión de la historia universal al proponer a través de una ficcionalización de la temporalidad una cronología original que hace coincidir el inicio del nuevo mundo con el registro de un acto de antropofagia. El texto figura como publicado originalmente en la revista Piratininga (nombre indígena de la ciudad de San Pablo), y está fechado en el año 374 de la deglución del Obispo Sardina (Pedro Fernandes Sardinha, comido por los indios caetés en 1553, cerca de la época en que Montaigne vindicaba los caníbales), acto de antropofagia que inaugura el tiempo del Nuevo Mundo.
[5] Filósofo y escritor brasileño.
El narrador también nos dice que a la princesa de su cuento “había sido raptada por un espantoso ogro” y avanza en detalles -con la mayor naturalidad- acerca de que (el ogro) “pensaba hacer ‘princesa al horno con papas’”. Mariño mismo -en un artículo teórico para la revista Piedra Libre- destaca lo siguiente: “Característico de los textos absurdos es el tono desapasionado y lacónico de la voz que narra” (…) “La estrategia decisiva es encajar lo insólito en el envoltorio lingüístico de lo conocido” (2). Nos está hablando entonces del tono con que se debe narrar este tipo de relatos que incluyen lo absurdo y que de esa manera es como éste es captado con mayor efectividad por el lector. Continuando con el tema del ogro que se quiere comer a la princesa, podríamos pensar tal vez en una alusión, desde la contemporaneidad, a las prácticas de canibalismo que aparecían en los cuentos populares o tradicionales en sus orígenes, hacia la Edad Media, que no estaban por cierto destinados a los niños, pero que con el tiempo fueron justamente adaptados para ellos, suprimiendo esas acciones que podían “perturbar” las mentes infantiles, y que aquí el autor lo actualiza y lo toma como motivo, resignificándolo desde el humor.
Pero la relación entre ambos puede atenerse a puntos de vista más restringidos.
Según una versión muy difundida, Vicente López y Planes habría asistido a esa función. El entusiasmo por aquel himno coreado por todos los actores de la obra -y tal vez la seguridad de que podía escribir una poesía más apropiada que la de Morante- lo habría llevado a componer los versos del futuro Himno Nacional. En cuanto a la música, las versiones son contradictorias. En un caso la amistad de López y Planes con Parera habría hecho natural la colaboración del músico. En otro, la Asamblea del año XIII le habría encomendado a Parera musicalizar la poesía de López y Planes. El músico catalán, que se habría negado por temer represalias del rey Fernando, fue severamente conminado a hacerlo. Y Parera realizó la música en una noche, reciclando lo ya compuesto para la obra de Morante, de un año atrás. Según esta versión, dos meses más tarde Blas Parera abandonaría el país.
Se sabe que el portón principal del Coliseo estaba frente a la iglesia de la Merced. Esto creó graves problemas con los religiosos que exigían, por lo menos, otro lugar para la sala. Lo teatral -cuando no estaba en manos de autoridades eclesiásticas- se les aparecía como próximo a lo blasfemo. No olvidemos que el incendio del “Teatro de La Ranchería” fue producido por un cohete lanzado desde una iglesia.
Ya en el siglo XVIII tenemos testimonios elocuentes de “funciones teatrales”. Una comedia de Agustín Moreto se representa en Santa Fe en 1717, con motivo de la fiesta de San Jerónimo, patrono de la ciudad. Sabemos que el ayuntamiento de Buenos Aires, en 1723, sufragó “los gastos de comedias” para celebrar “los desponsales de nuestros príncipes”. Diez años más tarde, un sainete representado en Catamarca, produce la ira del gobernador. Aparentemente la obra hacía burla de él y uno de los actores es procesado y condenado al cepo. Este hecho, por supuesto, revela lo riesgoso del teatro en estas latitudes: algo que la historia posterior demostraría con creces. Pero también señala, junto a los ejemplos anteriores, que si bien en la sociedad colonial la actividad teatral no era permanente, tampoco era demasiado extraña.