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LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES

Viernes, Mayo 17, 2013

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Por Mateo Niro


Se sabe que esta novela anónima inaugura el género de la novela picaresca que, de alguna manera, continúa hasta nuestros días. Fue publicada por primera vez en 1554 en España. En los albores, gozó del éxito y sufrió las censuras esperables en los tiempos que corrían. Luego, siglos después, millones de adolescentes en las escuelas secundarias lo fueron leyendo hasta acá. Se trata de un niño que, por su desventura familiar y su espíritu inquieto, se suelta a la calle a tratar de sobrevivir hasta donde sus instintos y el azar le den cuerda. En los siete episodios de la novela tiene amos que deberían guardarlo y más bien lo hambrean lo suficiente para él tener que odiarlos y desearle la desgracia o, al menos, el abandono: un ciego, un clérigo de Maqueda, un escudero, un fraile de la Merced, un capellán, el alguacil y el arcipestre de San Salvador, entre otros.

Desde el prólogo el narrador protagonista, el propio Lázaro de Tormes, le escribe a un respetado “Vuestra Merced”. Es ahí que le revela que deberá contarle de pe pa toda su vida para que pudiera entender, por fin, aquel caso que él le debe responderle: si es verdad algo que le ha llegado como habladuría a sus oídos y atañe al Arcipestre, su amigo. Así, toda la novela está escrita en segunda persona y, por lo visto, desde tiempos ha , no habla más que de líos de faldas.

Vuestra merced crea,   cuando esto le oí, que estuve en poco de caer en mi estado,   no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna  serme adversa.   Allí se me representaron de nuevo mis fatigas,   y torné a llorar mis trabajos;   allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor:   finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera.   Y con todo, disimulando lo mejor que pude:

-Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios: deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado della fasta hoy día de los amos que yo he tenido.

-Virtud es esa -dijo él- y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien. 

 

 

 La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades

 

 Anónimo

 

 Buenos Aires, Cántaro, 1995

ESCRIBIR DE PIE

Jueves, Mayo 16, 2013

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En ocasiones el trabajo de escribir suele parecerse a otras tareas igual de complejas y dedicadas. Al igual que el tallado con que el ebanista tornea su pieza e inscribe lo irrepetible de la labor manual, las letras salvan lo individual y aseguran la libertad de la creación. Libro de arena comparte un texto de Michel Tournier que habla de la escritura como arte y como trabajo, contra toda opresión.

 

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El visitador penitenciario del centro de Cléricourt me había advertido:  “Todos han cometido barbaridades, terrorismo, toma de rehenes,hold up. Pero fuera de sus horas en el taller, han leído algunos de sus libros y querrían hablar con usted”. Así que reuní todo el coraje que pude, y tomé el camino que lleva a aquel infierno. No era la primera vez que acudía a la cárcel. Como escritor, se entiende, y para charlas con esos lectores especialmente atentos, los jóvenes detenidos. Conservaba de aquellas visitas, un gustito de insoportable aspereza. Recordaba, sobre todo, un espléndido día de junio. Después de dos horas de charla con seres humanos semejantes a mí regresé en mi coche diciéndome: “Y ahora les llevarán a sus celdas, y tú te vas a tu jardín con una amiga. ¿Por qué?

Me confiscaron los papeles y a cambio tuve derecho a una gruesa ficha numerada. Pasearon por mis ropas un detector de metales. A continuación, se abrieron unas puertas dirigidas electrónicamente, y se cerraron detrás de mí. Franqueé compartimentos. Me aventuré por pasillos que olían a enclaustro. Subí escaleras cuyos huecos estaban tapados con redes “ a fin de prevenir las tentativas de suicidio”, me explicó el carcelero.
Estaban reunidos en la capilla, y algunos, en efecto, eran muy jóvenes. Sí, habían leído algunos de mis libros. Me habían oído por la radio. “Trabajamos la madera-me dijo uno de ellos-y nos gustaría saber cómo se hace un libro.” Conté mis investigaciones previas, mis viajes, después, los largos meses de artesanía solitaria en mi mesa (manuscrito=escrito a mano). Un libro es algo que se hace como un mueble, por paciente ajuste de piezas y trozos. Para ello hace falta tiempo y cuidado.
-Sí, pero una mesa y una silla sabemos para lo que sirve. ¿Es útil un escritor?
Era necesario que se planteara la pregunta. Les dije que la sociedad estaba amenazada de muerte por las fuerzas del orden y de organización que pesan sobre ella.. Todo poder-político, policíaco, o administrativo- es conservador. Si nada lo equilibra, engendrará una sociedad bloqueada, semejante a una colmena, a un hormiguero, a un termitero. Ya no habrá nunca nada humano, es decir, imprevisto, creativo entre los hombres. El escritor tiene como función natural la de iluminar con sus libros ámbitos de reflexión, de contestación, de puesta en cuestión del orden establecido. Incansablemente lanza llamadas a la revuelta, al desorden, porque no hay6 nada humano sin creación, aunque toda creación molesta. Por eso es tan a menudo perseguido. Cité a Francois Villon, mas a menudo en la cárcel que  libre; Germaine de Stäel, que desafió al poder napoleónico negándose a escribir la única frase de sumisión que le habría valido el favor del tirano; Victor Hugo, exiliado veinte años en su islote. Y Jules Valles, Y Soljenistsin y muchos otros.
-Hay que escribir de pie, nunca de rodillas. La vida es una tarea que siempre hay que hacer de pie- concluí yo.
-¿Y eso? ¿No es sumisión eso?
¿La Legión de Honor? En mi opinión, es la recompensa de un ciudadano tranquilo, que paga sus impuestos y no incomoda a sus vecinos. Pero mis libros escapan a cualquier recompensa, lo mismo que a toda ley. Y les cité las palabras de Erik Satie. Aquel músico oscuro y pobre detestaba al glorioso Maurice Ravel, al que acusaba de haberle robado su lugar al sol. Un día Satie se entera con estupor de que le han ofrecido a Ravel la Legión de Honor, y que la ha rechazado. “Él rechaza la Legión de Honor-dijo-pero toda su obra la acepta.” Lo cual era bastante injusto. De todas formas, creo que un artista puede por su parte aceptar todos los honores, a condición de que su obra los rechace.
Nos separamos. Me prometieron escribirme. Yo no lo creí. Me equivocaba. Hicieron algo más que eso. Tres meses más tarde una camioneta de la penitenciaría de Cléricourt se detenía delante de mi casa. Se abrieron las portezuelas traseras, y sacaron de allí un pesado pupitre de roble macizo, uno de esos grandes muebles sobre los que escribían los oficiales de las notarías, pero también Balzac, Victor Hugo o Alejandro Dumas. Acababa de salir del taller y aún olían las virutas y el barniz. Iba acompañado de un breve mensaje: “Para escribir de pie. De parte de los presos de Cléricourt”.
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 Michel Tournier


 Medianoche de amor


 Buenos Aires, Alfaguara, 2003

LOS ASESINOS DE HEMINGWAY

Martes, Mayo 14, 2013

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En la nota preliminar al ya famoso libro Cuentos de la serie negra, que editara el Centro editor de América Latina en los años 70, Ricardo Piglia dice que “en la historia del surgimiento y la definición del género el cuento de Hemingway “Los asesinos” (1926) tiene el mismo papel fundador que “Los crímenes de la calle Morgue” (1841) de Poe, con respecto a la novela de enigma”. Por tal motivo, en el marco del ciclo Detectives de papel y celuloide, que Bibliotecas para Armar está dedicando a ambas vertientes del género policial, Libro de arena reproduce este cuento fundante.

 

 

La puerta del restaurante Henry se abrió y entraron dos hombres, que se sentaron ante el mostrador.

—¿Qué les sirvo? —preguntó George.
—No sé —contestó uno de ellos—. ¿Qué quieres comer, Al?
—No sé —dijo Al—. No sé lo que quiero comer.
Afuera aumentaba la oscuridad. Las luces de la calle se veían por la ventana. Los hombres, sentados ante el mostrador, leían el menú. Desde el otro lado del mostrador, Nick Adams los miraba. Cuando entraron, estaba hablando con George.
—Una costilla de cerdo con puré de patatas y de manzanas —dijo el primer hombre.
—Eso no está listo todavía.
—¿Y para qué demonios lo pone en la lista?
—Ese es el menú de la comida que empieza a servirse a las seis —explicó George.
—En ese reloj son las cinco y veinte —dijo el segundo hombre.
—Está adelantado veinte minutos.
—¡Al diablo con el reloj! —dijo el primero—, ¿Qué tiene para comer?
—Sandwiches de cualquier clase, jamón o tocino con huevos, carne…
—Yo quiero croquetas de pollo con salsa blanca y puré de patatas.
—Eso también pertenece a la comida.
—Todo lo que queremos pertenece a la comida, ¿eh? ¡Buena manera de trabajar tiene usted!
—Puedo darles jamón o tocino con huevos, hígado…
—Deme jamón con huevos —dijo el hombre llamado Al. Llevaba un sombrero redondo y abrigo negro, cruzado, un pañuelo de seda al cuello y guantes. Su rostro era pequeño y blanco y tenía los labios apretados.
—A mí, huevos con tocino —ordenó el otro. Era aproximadamente de la misma estatura que Al. Sus caras eran distintas, pero vestían como mellizos. Ambos llevaban abrigos demasiado ajustados para su cuerpo. Estaban inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.
—¿Tiene algo para beber? —preguntó Al.
—Silver Beer, Sevo, ginger-ale…
—¡He dicho algo para beber!.
—Sólo hay eso que dije.
—Este es un pueblo divertido, ¿no es cierto? —dijo el otro—, ¿Cómo se llama?
—Summit.
—¿Lo has oído nombrar alguna vez? —preguntó Al a su amigo.
—No —dijo este.
—Y ¿qué hacen por la noche?
—Comen —replicó su amigo—. Vienen aquí a darse la gran comilona.
—Eso es —terció George.
—¿De modo que usted lo cree? —preguntó Al a George.
—Claro.
—Usted es un vivo, ¿no es cierto?
—Sí —dijo George.
—Bueno. Pues no lo es —dijo el hombrecito—, ¿Qué te parece Al?
—Es un estúpido —dijo Al. Se volvió hacia Nick—: ¿Cómo se llama usted?
—Adams.
—Otro vivo —dijo Al—. ¿No es cierto que es un vivo, Max?
—Este pueblo está lleno de vivos.
George colocó los dos platos sobre el mostrador, uno con jamón y huevos y el otro con tocino y huevos. Al lado de estos puso dos pequeñas fuentes de patatas fritas y cerró la ventanilla que daba a la cocina.
—¿Cuál es el suyo? —preguntó Al.
—¿No se acuerda?
—Jamón con huevos.
—¡Qué vivo! —exclamó Max. Se inclinó hacia adelante y tomó el plato de jamón con huevos. Ambos comenzaron a comer con los guantes puestos. George los contemplaba.
—¿Qué está mirando? —dijo Max a George.
—Nada.
—¿Cómo nada? Me estaba mirando a mí.
—Tal vez el muchacho quería hacer una broma, Max —dijo Al.
George rió.
—Usted no tiene que reírse. ¡No tiene que reírse! ¿Entendido?
—Está bien —dijo George.
—¿De modo que piensa que está bien? —Max se volvió hacia Al—. Oye, piensa que está bien.
—¡Oh!, ¡es todo un pensador! —dijo Al. Siguieron comiendo.
—¿Cómo se llama el vivo que está detrás del mostrador? —preguntó Al a Max.
—¡Eh! ¡Vivo! —dijo Max a Nick—. Vete detrás del mostrador con tu amigo.
—¿Por qué? —preguntó el aludido.
—Por nada.
—Es mejor que vayas —dijo Al. Nick obedeció.
—¿De qué se trata? —preguntó George.
—¿A usted qué diablos le importa? —exclamó Al—, ¿Quién está en la cocina?
—El negro.
—¿Qué negro?
—El negro que cocina.
—¡Dile que venga!
—¿Para qué?
—¡Dile que venga!
—¿Dónde cree que está usted?
—Sabemos muy bien dónde estamos —dijo el llamado Max—. ¿Acaso parecemos idiotas?
—Hablas como uno de ellos —le dijo Al—. ¿Para qué diablos te pones a discutir con este muchacho? Escucha —dijo a George—, Dile al negro que venga.
—¿Qué van a hacer con él?
—Nada, ¡Usa tu cabeza, vivo! ¿Qué se va a hacer con un negro?
George abrió la ventanilla que daba a la cocina.
—iSam! —llamó—; ven aquí un momento.
Se abrió la puerta de la cocina y entró el negro.
—¿Qué pasa? —preguntó. Los dos hombres, con los codos en el mostrador, lo miraron.
—Bueno, negro. Quédate aquí —dijo Al.
Sam, el negro, de pie, con su delantal blanco lleno de manchas, miró a los dos hombres.
—Sí, señor —dijo.
Al bajó del banquillo.
—Yo me voy a la cocina con el negro y este vivo —dijo—. Vamos, a la cocina, negro. ¡Tú ve con él, vivo!
El hombrecito entró en la cocina detrás de Nick y de Sam, el cocinero. La puerta se cerró tras ellos. El hombre llamado Max se sentó frente a George. No lo miraba, pero sus ojos estaban clavados en el espejo que se hallaba detrás de él a todo lo largo del mostrador.
Bueno, vivo —dijo Max mirando al espejo—. ¿Por qué no dices algo?
—Y bien, ¿qué pasa?
¡Eh! ¡Al! —gritó Max—. Este vivo quiere saber qué pasa.
—¿Por qué no se lo dices? —llegó la voz de Al desde la cocina.
—¿Tú qué crees que pasa?
—No lo sé.
—¡Di lo que piensas, hombre!
Max no apartaba sus ojos del espejo mientras hablaba.
—No quiero decirlo.
—¡Eh! ¡Al! Este vivo dice que no quiere decir lo que piensa.
—Te oigo perfectamente —dijo Al desde la cocina. Había abierto la ventanilla por la que pasaban los platos desde la cocina al comedor y la dejó trabada con una botella de salsa de tomate—. Escucha, vivo —dijo desde la cocina a George—, Córrete un poco mas hacia la derecha del mostrador. Y tú, Max, un poco a la izquierda. —Procedía como un fotógrafo disponiendo a un grupo para una fotografía.
—Dime, vivo —exclamó Max—. ¿Qué crees que va a pasar?
George no dijo nada.
—Te lo diré —dijo Max—. Vamos a matar al sueco. ¿Conoces a ese sueco grande llamado Ole Andreson?
—Sí.
—Viene a cenar aquí todas las noches, ¿no es cierto?
—A veces.
—Y viene a las seis, ¿no?
—Sí.
—Sabemos todo eso, muchacho vivo —dijo Max—. Hablemos de otra cosa. ¿Va usted al cine?
—De vez en cuando.
—Debería ir más al cine. Las películas son algo muy bueno para un vivo como usted.
—¿Por qué quieren matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
—Nunca tuvo oportunidad de hacernos nada. No nos ha visto nunca.
—Y nos va a ver sólo una vez —dijo Al desde la cocina.
—¿Y por qué lo van a matar, entonces? —preguntó George.
—Por un amigo. Sólo para vengar a un amigo, vivo.
—¡Cállate! —gritó Al desde la cocina—. ¡Hablas demasiado!
—Bueno, es para divertir al muchacho. ¿No es cierto?
George miró el reloj.
—Si entra alguien, diga usted que el cocinero se ha ido, y si quieren quedarse les dice que vayan a cocinar ellos mismos. ¿Entendido, vivo?
—Está bien —dijo George—, ¿Y qué van a hacer con nosotros después?
—Eso depende —dijo Max—. Esa es una de las cosas que no sabrás hasta que llegue el momento.
George volvió a mirar el reloj. Eran las seis y cuarto. Se abrió la puerta de la calle. Entró un chófer.
—¡Hola, George! —dijo—. ¿Hay comida?
—Sam se ha ido —dijo George—. Volverá dentro de media hora.
—Entonces, volveré.
George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
—Muy bien, vivo —dijo Max—. Eres un caballero.
—¡Sabía que le iba a volar la cabeza! —exclamó Al desde la cocina.
—No —dijo Max—. No es para tanto. El muchacho es bueno y me gusta.
A las seis y media, George dijo: “No viene”.
Otras dos personas habían entrado en el restaurante. En una ocasión George fue a la cocina para hacer un sandwich de jamón con huevos, para un hombre que quería llevarlo consigo. Dentro vio a Al, con el sombrero echado hacia atrás, sentado en un banco al lado de la ventanilla que daba al bar, con la boca de un gran revólver descansando en el borde de aquella. Nick y el cocinero estaban espalda contra espalda, amordazados cada uno con una toalla. George cocinó los huevos y el jamón del sandwich, lo envolvió en un papel encerado y luego lo colocó en una fuente. Salió con él de la cocina y lo entregó al hombre que, después de pagar, se fue.
—Un muchacho vivo puede hacer de todo —dijo Max—. Harás de alguna mujer una esposa feliz, muchacho.
—¿Sí? —dijo George—. Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
—Vamos a darle diez minutos más —dijo Max.
Miró el espejo y el reloj. Las manecillas señalaban las siete; luego las siete y cinco.
—Vamos, Al —dijo Max—. Mejor será que nos vayamos. No va a venir.
—¡Dale otros cinco minutos! —gritó Al desde la cocina.
Pasados los cinco minutos entró otro hombre y George le dijo que el cocinero estaba enfermo.
—¿Y por qué diablos no consigue otro cocinero? —preguntó el hombre—. ¿Acaso esto no es un restaurante? —Salió.
—Vamos, Al —dijo Max.
—¿Qué hacemos con los dos vivos y el negro?
—Déjalos.
—¿Te parece?
—Sí. Hemos terminado aquí.
—Así no me gusta —manifestó Al—. Sería un error. Hablas demasiado.
—¡Oh! ¿Y qué diablos importa? —exclamó Max. Tenemos que divertirnos, ¿no?
—De todos modos, charlas demasiado —exclamó Al saliendo de la cocina. El tambor de su revólver hacía un ligero bulto bajo el abrigo demasiado estrecho. Se lo alisó con las manos enguantadas.
—¡Adiós, vivo! —dijo a George—. Tienes bastante suerte.
—Es verdad —afirmó Max—. Deberías jugar a las carreras, vivo.
Salieron. George, por la ventana, los vio pasar bajo la luz del farol y cruzar la calle. Con sus abrigos ajustados y sus sombreros parecían una pareja de vaudeville. George entró en la cocina por la puerta de batiente y desató a Nick y al cocinero.
—No me gusta esto —dijo Sam—. No quiero saber nada más de esto.
Nick se quedó de pie. Nunca le habían tapado la boca con una toalla.
—¡Oye! —dijo—. ¡Qué demonios!… —Estaba tratando de hacer creer que no daba importancia a lo ocurrido.
—Van a matar a Ole Andreson. Lo van a acribillar cuando entre a comer…
—¿Ole Andreson?…
—Sí.
El negro se pasaba la punta de los dedos por la boca.
—¿Se fueron? —preguntó.
—Sí —dijo George—, salieron.
—No me gusta —exclamó el cocinero—. No me gusta nada.
—Escucha —dijo George a Nick—. Deberías ir a ver a Ole Andreson.
—Está bien.
—Es mejor que no te metas para nada en esto —intervino Sam— Mejor que no te metas.
—No vayas, si tú no quieres —dijo George.
—Meterse en cosas como esta no lleva a ninguna parte —insistió el cocinero—. Quédate aquí tranquilo.
—Voy a verlo —dijo Nick a George—, ¿Dónde vive?
Sam les dio la espalda.
—En la pensión de Hirsch.
—Iré allí.
Afuera, la luz del farol brillaba por entre las desnudas ramas de un árbol. Nick fue calle arriba caminando por el centro de la calzada y, al llegar al otro farol, tomó por una callejuela lateral. Tres casas más allá estaba la pensión de Hirsch. Nick subió los dos pisos y sacudió la campanilla. Una mujer acudió a abrir.
—¿Está Ole Andreson?
—¿Quiere verlo?
—Sí, si está.
Nick siguió a la mujer, que subió una corta escalera, yendo luego hasta el fondo de un corredor. Allí golpeó la puerta.
—¿Quién es?
—Alguien quiere verle, señor Andreson —dijo la mujer.
—Soy Nick Adams.
—¡Entra!
Nick abrió la puerta y entró en la habitación. Ole Andreson estaba en la cama, vestido. Había sido boxeador profesional de peso pesado y era demasiado largo para la cama. Tenía la cabeza sobre dos almohadones. No miró a Nick.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Estaba en casa de Henry —dijo el muchacho—, cuando llegaron dos tipos. Nos ataron a mí y al cocinero, diciendo que habían ido a matarte a ti.
Al contarlo le pareció una tontería. Ole Andreson no dijo nada.
—Nos metieron en la cocina —continuó Nick—. Querían acribillarte cuando entraras en el comedor.
Ole Andreson miró hacia la pared sin decir nada.
—George creyó que era mejor que viniera a decírtelo.
—No puedo hacer nada —dijo Ole Andreson.
—Te diré cómo eran.
—No quiero saberlo —declaró Ole. Miró a la pared—. Gracias por haber venido a decírmelo.
—Está bien.
Nick miró al hombre que estaba en la cama.
—¿Quieres que vaya a ver a la policía?
—No —dijo Andreson—, No vale la pena…
—¿Puedo hacer algo?
—No. No hay nada que hacer.
—Tal vez no sea más que una fanfarronada.
—No. No es una fanfarronada.
Ole Andreson se dio vuelta hacia la pared.
—Lo malo —dijo hablando en la misma postura—, es que no puedo decidirme a salir. He estado aquí todo el día.
—¿No puedes salir del pueblo?
—No —dijo Ole Andreson—. Se acabó eso de dar vueltas de una parte a otra.
Miró la pared.
—No hay nada que hacer ahora —dijo.
—¿Podrías arreglarlo de alguna forma?
—No. Me metí donde no debía —hablaba con la misma voz monótona—. No hay nada que hacer. Puede que más tarde me decida a salir.
—Bueno, me vuelvo a casa de George.
—Hasta luego —dijo Ole sin mirar a Nick—. Gracias por haber venido.
Nick salió. Al cerrar la puerta vio a Ole Andreson, vestido, tirado en la cama y mirando hacia la pared.
—Ha estado en su cuarto todo el día —dijo la mujer, que lo esperaba abajo—. Supongo que no se siente bien. Le dije: “Señor Andreson, debía salir a pasear en un día tan hermoso como este”, pero no tenía ganas.
—No quiere salir.
—Lamento que no se sienta bien —dijo la mujer—. Es un hombre muy bueno. Fue boxeador, ¿sabe usted?
—Sí.
—A no ser por la cara, nadie se daría cuenta —dijo ella. Estaban hablando dentro, con la puerta de la calle abierta—. ¡Es tan educado!
—Bueno. Buenas noches, señora Hirsch —dijo Nick.
—Yo no soy la señora Hirsch —replicó la mujer—. Ella es la dueña. Yo soy sólo la encargada. Soy la señora Bell.
—Bien; buenas noches, señora Bell.
—Buenas noches —contestó ella.
Nick caminó por la calle oscura hasta la esquina iluminada por el farol y luego por el centro de la calzada hasta llegar al restaurante Henry. George estaba detrás del mostrador.
—¿Has visto a Ole?
—Sí —dijo Nick—. Está en su cuarto y no quiere salir.
El cocinero abrió la puerta de la cocina, desde donde había oído la voz de Nick.
—¡No quiero ni oírlo! —dijo y cerró la puerta.
—¿Se lo has dicho?
—Sí. Se lo he dicho, pero él sabe lo que ocurre.
—¿Qué va a hacer?
—Nada.
—Le matarán.
—Supongo que sí.
—Debió hacer algo en Chicago.
—Me imagino —dijo Nick.
—¡Qué lástima!
—¡Es horrible!
Callaron. George tomó un trapo y limpió el mostrador.
—¿Qué habrá hecho?
—Habrá traicionado a alguien. Ellos matan por eso.
—Me voy a ir de este pueblo —declaró Nick.
—Sí; harás bien.
—No puedo soportar la idea de verlo en su cuarto esperando y sabiendo lo que le va a pasar. ¡Es demasiado horrible!
—Bueno —dijo George—. Mejor es no pensar en eso.
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 Ernest Hemingway



 Los asesinos



 Luis Caralt editor, 1964

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GEORGES SIMENON-JULES MAIGRET

Viernes, Mayo 3, 2013

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Libro de arena comparte un comentario sobre Georges Simenon, el escritor francés que inmortalizó al emblemático detective Jules Maigret, que sigue la línea de las correlaciones que unen ambas figuras, la real y la ficcional.

 

 

Por Alvar Torales

 

 

George Simenon nació en 1903 y murió en 1989; en cambio, Jules Maigret nació alrededor de 1930 ya con 45 años aproximadamente y, si bien un tanto olvidado en éstos tiempos, no se puede decir que haya muerto.

No son éstas las únicas diferencias entre Simenon y Maigret (quien perdió su nombre de pila con el transcurso del tiempo que hasta parece desconocerlo su propia mujer).

G.S. inicia su vida literaria frecuentando círculos de artistas bohemios apegados al alcohol, el sexo y las drogas (“La Coque”). Maigret, después de una infancia en un castillo donde su padre era mayordomo y un frustrado intento de estudiar medicina, comienza su carrera policial como agente de rondas.

Simenon se ufana de sus éxitos amorosos -Josephine Baker entre ellos- y asegura haber tenido más de mil encuentros con prostitutas. Maigret tiene un solo gran amor: su burguesa, hacendosa y silenciosa esposa “hasta que la muerte los separe”

Simenon tiene una hija, Marie-Jo, quien se suicida a los 25 años, lo que perturba el ánimo del escritor. El Comisario vive resignadamente la frustración de no haber tenido hijos.

Georges Simenon fue acusado y procesado, al fin dela Segunda GuerraMundial, como colaboracionista (su hermano era públicamente filo-nazi). Es cierto que fue absuelto. Pero Maigret jamás fue sospechado de nada, aunque también es cierto que muchas veces ha llegado a hacer la vista gorda al dar su propia visión a las causales del hecho que investiga y hasta considerar innecesaria la aprehensión del delincuente.

Podríamos encontrar una similitud en el estilo literario directo y sin florituras de Simenom con el método simple y llano que emplea Maigret en su investigación. Si bien no desprecia los métodos científicos, siempre pone el acento en comprender al otro, en lo psicológico, en el lugar condicionante, en definitiva, humaniza la pesquisa. “Con Maigret no son tan importantes los hechos sino cómo suceden”

Simenon fue, merecidamente, un escritor reconocido por la crítica literaria, al punto que André Gide lo consideró como el más directo heredero del modo realista de Balzac. El prestigio de Maigret no supera el ámbito dela P.J.de París. Quizás recordando sus inicios como estudiante de medicina alguien afirmó: “Sherlock Holmes es el patólogo, Maigret el médico de familia”

Muchas disparidades entre el célebre escritor y el inolvidable comisario, tal vez por eso el mismo George Simenon dijo “escribir no es una profesión sino una vocación de infelicidad”.

Seguramente no tendrán cabida en ninguna de ambas las vidas paralelas pero, ¿no estaremos ante el héroe y el villano desdoblados de uno solo?

DETECTIVES DE PAPEL Y CELULOIDE

Viernes, Abril 19, 2013

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Nuevamente el programa Bibliotecas para armar dio inicio a un ciclo de cine y literatura,“Detectives de papel y celuloide”que se dicta todos los miércoles en la biblioteca Alberto Gerchunoff  bajo la coordinación de Mario Méndez.  El ciclo pretende reflexionar acerca de las diferencias y semejanzas entre los modos de narración literarios y cinematográficos. Luego de la cálida bienvenida de Deborah Szuchmacher, directora de la Biblioteca Alberto Gerchunoff, de la Sociedad Hebraica y la presentación de Mateo Niro, coordinador del Programa Bibliotecas para Armar, la narradora Maite Escudero leyó “El extraño caso de Lady Elwood”, de Roberto Fontanarrosa. El relato sirvió de puntapié inicial para una charla referida a la narrativa policial, especialmente al policial de enigma que Libro de arena transcribe a continuación.

 

Por Mario Méndez 

 

Para introducirnos en este ciclo que aborda al género policial y que tiene al detective como eje, vamos a ordenarnos, dividirlo, aunque sea una división arbitraria, como cualquier clasificación, en sus dos grandes ramas “canónicas”: el policial deductivo, o de enigma, también llamado “inglés”, aunque lo haya inventado un norteamericano, como ya veremos, y el policial negro, o norteamericano, que tuvo y tiene cultores de todos las lenguas, desde su origen, como el mismísimo Boris Vian, que con seudónimo publicó el hoy icónico Escupiré sobre vuestra tumba.

Hay mucha y muy buena bibliografía para consultar, desde luego. Yo me basaré en unas cuantas lecturas críticas, en mi larga experiencia como lector del género (soy lector de Holmes, desde chico y en la adolescencia me convertí en fanático de Hammett y Chandler)  y, especialmente, en una charla de Borges recogida en Borges oral, titulada “El cuento policial”, así como en el artículo de 19933, también de Borges, titulado “Leyes de la narración policial”, muy bien comentado y ampliado por Guillermo Martínez en una nota de ADN de La Nación: “Leyes (y transgresiones) de la narración policial”. Finalmente, también tendré muy en cuenta el prólogo de Nora Dottori y Jorge Lafforgue a la selección del Centro Editor de Latinoamérica titulada El cuento policial: hasta Sherlock Holmes.

Como bien dice Jorge Luis Borges (y es un gusto comenzar esta charla mencionando al maestro) cuando se piensa en el relato policial inmediatamente pensamos en Edgar Allan Poe. Textualmente,  dice Borges: “hablar del relato policial es hablar de Edgar Allan Poe, que inventó el género”. Fue Poe, con su caballero Dupin, el fundador, el creador de un género que ha evolucionado, que ha tenido cismas, continuaciones, “degeneraciones”, y sigue vivo, en todas sus vertientes. Y sigue vivo porque, sin duda, todavía tiene millones de lectores, en todo el mundo. Todavía somos muchos los que amamos el policial. En mi caso, espero que en el ustedes también, de manera amplia: amamos tanto al policial de enigma o inglés, como suele llamárselo, como al negro o norteamericano, que es su, podríamos decir, hijo bastardo, para usar una palabra cara a las traducciones que estamos acostumbrados a leer.

Empecemos por el origen. Borges sostiene que el lector de policiales es un lector muy particular, tan particular que si lee “En un lugar de la Manchade cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un caballero”, ese lector empieza a sospechar: si dice en un lugar de la mancha, este hipotético lector sospecha que las cosas NO sucedieron en la Mancha, al leer que el autor no quiere acordarse del nombre, se pregunta por qué no quiere acordarse, e inmediatamente sospecha que Cervantes es el asesino. Es que, según Borges, la novela policial creó  su propio tipo de lector, un lector desconfiado que a medida que lee va pensando en las claves que le planta y a la vez le esconde el autor, ese doble juego que, cuando funciona bien, permite que al terminar la lectura podamos recuperara las pistas y decirnos, “¡pero claro, era esto!”.  Si Poe creó el relato policial, por añadidura, creó a sus lectores. Entonces, según esta tesis, somos creaciones de Poe. Lo cual, dicho sea de paso, no está nada mal, ¿no? Seríamos, entonces, hermanos por parte de padre de Auguste Dupin, el primer detective de la historia de la literatura, que hace su debut con “Los crímenes de la calle Morgue”. Poe inaugura, con este cuento, una tradición de la novela policial: el misterio se descubre por medio de la inteligencia, del talento deductivo y la superlativa capacidad de observación de un detective: el primero fue el Chevalier Dupin, luego, con parecidas características, pero también sutiles diferencias, ese primer detective derivará en el brillante, inmodesto Holmes, en el candoroso padre Brown, en el soberbio y un poco ridículo belga Poirot…

Poe, para no tener que ceñirse a la pesquisa del lector, o su censura, traslada los crímenes de Nueva York o Boston, a París. Y así no tiene que preocuparse por cómo actúa la policía francesa, ni por cuestiones topográficas o urbanas. Y en cuanto a lo argumental, Poe inaugura, también, el misterio del cuarto cerrado. Nosotros, ya es un saber universal, sabemos que un gorila, un mono, y no un extranjero con un acento diferente (un holandés, un alemán, un italiano) fue el autor del doble crimen, pero en su momento, cuando Poe inventó el género y a sus lectores, la sorpresa seguramente fue una maravilla. Luego de esta primera genialidad vinieron “La carta robada”, que también se convirtió en otro clásico: el caso de aquello que se esconde en el escondite perfecto: a la vista de todos. Y finalmente, tomando un caso que había ocurrido realmente en Nueva York, el asesinato de Mary Rogers, florista, que Poe había leído en el diario, escribió el famoso “El misterio de Marie Roget”, trasladando los sucesos del río Hudson al Sena. Lo más curioso, o genial, es que cuando se descubrió al autor del crimen se supo que las cosas habían ocurrido tal como las había imaginado Poe: el cadáver encontrado era el de Marie Roget, no el de otra mujer, como deslizaban los diarios más sensacionalistas; el prometido de la víctima era inocente, y no había sido el crimen la brutal acción de una pandilla, sino que el criminal era un marino que ya había tenido alguna intervención en una anterior desaparición de Marie, y que habría tirado a su víctima en el medio del río, desde un bote que apareció encallado y sin timón. Poe pone a los investigadores, en su extraño relato en el que se hace el paralelo de Marie Roget y Mary Cecilia Rogers en el camino de la solución: cuando se descubra quien uso ese bote la noche del crimen, se descubrirá al asesino.

Finalmente, Borges termina su charla sobre el policial preguntándose cuál sería la mejor apología que podría hacerse del relato policial. Y se contesta que es el orden: que en un tiempo que tiende al caos, incluso en la literatura, el cuento policial salvaguarda el orden: no se entiende el cuento policial sin principio, medio y fin. Ese sería uno de sus grandes méritos. Tal vez por eso mismo, como dice Piglia en el prólogo de Cuentos de la serie negra, también del CEAL, Borges rechazaba el policial negro, que leído desde esa premisa clásica, de orden, de misterio a resolverse intelectualmente, parecería un mal relato policial. Pero este punto lo dejamos para otra charla, cuando nos metamos con el policial negro.

Antes de dejar a Borges, conviene echar una mirada sobre su artículo acerca de las leyes del policial. En ese trabajo de 1933, sostiene Borges seis leyes básicas, comentadas por Martínez en el texto citado:

1. Un límite discrecional de sus personajes

Los personajes deben ser pocos y bien determinados, de modo que el lector llegue a conocerlos y a distinguirlos. “La infracción temeraria de esa ley tiene la culpa de la confusión y el hastío de todos los films policiales.”

2. Declaración de todos los términos del problema

Se deben disponer todas las cartas sobre la mesa, sin ases intempestivos de último momento. A partir de cierto punto, el lector tendría que contar con todas las pistas necesarias para encontrar por sí mismo la solución. “La variada infracción de esta segunda ley es el defecto preferido de Conan Doyle. Se trata, a veces, de unas leves partículas de cenizas recogidas a espaldas del lector por el privilegiado Holmes. Otras, el escamoteo es más grave. Se trata del culpable, terriblemente desenmascarado a última hora para resultar un desconocido, una insípida y torpe interpolación.”

3. Avara economía de los medios

Que un personaje se desdoble en dos puede ser admisible, señala Borges. Pero que dos individuos finjan ser un tercero para proporcionarle ubicuidad “corre el seguro albur de parecer una cargazón”. La solución debe ser lo más limpia y neta posible, sin engorros tecnológicos, artificios improbables o despliegues abrumadores de movimientos y detalles. También: la solución debe poder inferirse con los recursos ya puestos en juego, como otro reordenamiento de lo conocido.

4. Primacía del cómo sobre el quién

La verdadera intriga de un buen whodunit no es el nombre final de quién lo hizo, sino cómo será el nuevo orden lógico más sutil, la verdad subterránea, que ilumina todo lo leído de otra manera.

5. El pudor de la muerte

A diferencia de los thrillers del cine contemporáneo, en que la imaginación se dirige a concebir crímenes cada vez más morbosos y cadáveres cada vez más chocantes, en el relato policial clásico la muerte es como la jugada de apertura en el ajedrez, y no tiene en sí misma tanta importancia. “[Las] pompas de la muerte no caben en la narración policial, cuyas musas glaciales son la higiene, la falacia y el orden.”

Una transgresión ejemplar a esta ley es Navidades trágicas , de Agatha Christie. La idea, según se deja ver en la dedicatoria, surgió como un desafío, después de que su cuñado le reprochó, justamente, que sus crímenes eludían la sangre. “Te quejaste de que mis asesinatos se iban volviendo demasiado refinados, decadentes incluso. Sentías profundos anhelos de un buen crimen violento, con mucha sangre. ¡Un asesinato que no ofreciera duda alguna de que era un verdadero asesinato!”. Quizá lo más notable es que en este crimen, estéticamente opuesto, Agatha Christie no deja de ser ella misma: el chillido escalofriante, la escena brutal del crimen, la profusa sangre son todas claves precisas de la resolución final.

6. Necesidad y maravilla de la solución

“Lo primero establece que el problema debe ser un problema determinado, apto para una sola respuesta. Lo segundo requiere que esa respuesta maraville al lector.” Esta sensación de maravilla, aclara Borges, no debe apelar a lo sobrenatural. La solución de un relato policial debe ser como la demostración de un teorema profundo: difícil de imaginar a partir de las premisas, pero cuya necesidad se impone por el ingenio riguroso de una explicación perfectamente lógica.

Tomando a Dottori y Lafforgue comentaré que ambos autores pusieron su mirada, en principio, en la primitiva concepción de este género como género menor, cuestión muy fuerte en los inicios del género que hoy en día ya parece superada, pero que en su momento llegó a los propios autores (Blake, por ejemplo, firmaba con seudónimo sus escritos policiales, como si fueran algo vergonzantes). Cuestión, por otra parte, como los mismos autores dicen, fue superada al punto de que se llegó a otros extremos: críticos que consideraban a Chandler mayor que Hemingway, en colocar a William Irish a la altura de Kafka o en pensar a James Hadley Chase como un nuevo Shakespeare.

La segunda línea que tomaré del trabajo de estos autores es una suerte de respuesta a Borges: textualmente dicen que “es sin duda discutible que el genio de Poe haya hecho surgir ab nihilo el relato policial”. Es decir, Dottori y Lafforgue consideran que en Literatura no existen inventores de la nada. Admiten, sí, que el género nace y se desarrolla en la era industrial, en el siglo XIX, y mencionan  antecedentes literarios concretos: Las aventuras de Caleb Williams, de Willian Godwin, algunos cuentos de Nathaniel Hawthorne y también Un asunto tenebroso, de Balzac. Reconocen, eso sí, que los elementos de estos y otros relatos previos “fueron transmutados, con un sesgo de innegable originalidad, por Poe, en sus tres relatos policiales”. Y señalan que en 1887, cuatro décadas después, aparecerá, en Un estudio en escarlata, de Conan Doyle, la figura inconfundible de Sherlock Holmes, que dominará el panorama de la literatura policial durante mucho tiempo, casi sin competencia.

Como despedida, y ya preparándonos para la proyección de El mastín de los Baskerville, una recomendación de literatura policial juvenil argentina: El camino de Sherlock, de Andrea Ferrari, novela ganadora del Premio Jaén que recorre, junto a Francisco Méndez, el niño protagonista que a la vez goza y padece de su condición de niño “superdotado”, la vida y la obra de Conan Doyle, de quien Francisco es un lector fanático. Meterse en esta novela ofrece, además de la historia policial que no podía faltar, una brillante investigación sobre Sherlock Holmes y su autor, que Andrea Ferrari nos regala en el marco de un concurso que es parte de la trama: descubrir datos de Sherlock, Watson y Conan Doyle en esta novela resulta mucho mejor y más divertido que buscarlos en Wikipedia, sin ninguna duda.

 

 

Programa completo del ciclo “Detectives de papel y celuloide”: aquí

 

LA PASIÓN WERTHER

Viernes, Marzo 22, 2013

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Las aventuras del joven Wherter es la novela de Wolfgang Johan von Goethe que desató pasiones tan violentas e intempestivas en sus lectores como las que narra la historia.  En el día de su muerte, Libro de arena publica un comentario sobre el texto, a modo de homenaje.

Por María Pía Chiesino
Desde la carta que abre la novela, nos enteramos de que el destinatario de las cartas de Werther es un joven amigo llamado Wilhelm, “a quien yo quiero tanto y de quien era inseparable”.
Werther ha hecho un viaje y se ha alejado de sus afectos más cotidianos. Todo lo que lo rodea le resulta paradisíaco. No necesita nada ni a nadie. Tiene buenas relaciones con sus vecinos y podría decirse que es un hombre tranquilo, ya que, según sus propias palabras:”…reina en mi alma una admirable serenidad. Estoy sólo y sin embargo gozo y me regocijo de vivir en este país que ha sido creado para almas como la mía” (…) “Todo lo que me rodea me parece un paraíso.”
La carta fechada el 16 de junio, es la que corresponde a su primer encuentro con Carlota, a quien define desde el comienzo como “un ángel”. Desde el momento en que la conoce, Werther irá perdiendo paulatina y rápidamente la capacidad de controlar sus emociones y sus actos.
Es paradójico, casi absurdo, que alguien que disfrutaba de manera tan plena de la soledad, como se afirma en las primeras cartas de la novela, equipare de pronto la felicidad con el proyecto de formar una familia, como lo hace en la carta del 21 de junio, cinco días después de haber conocido a Carlota:” en su cabaña, en los brazos de su mujer, rodeado de sus hijos, y en los deberes que le impone  y en las preocupaciones que le causan los cuidados que le exigen su conservación, encuentra el verdadero placer, la satisfacción real que buscaba vana e inútilmente en todos los rincones de este vasto mundo”.
De la soledad de la que disfrutaba, pasa a la necesidad de estar permanentemente con la muchacha. La percepción que Werther tiene, acerca del vínculo con la joven está , a nuestro juicio, completamente distorsionada. En ningún momento ella modifica ni abandona su vida social ni familiar.
La obsesión llega a tal extremo, que cuando no puede visitarla envía a su criado, para poder ver a la noche, a alguien a quien Carlota haya mirado en su lugar. El descentramiento es total. Abandona el dibujo afirmando que no tiene talento pero que no le importa, y también deja de lado la lectura.
Desde que Alberto “ingresa” en la novela, su presencia se hace casi permanente junto a Carlota, es decir, Cada vez que Werther  la visita, ella está con su prometido en la mayoría de las oportunidades.
También es a partir de este momento que empiezan a aparecer las alusiones al suicidio, a veces enmascaradas con el uso de la tercera persona, lo que les otorga una aparente impersonalidad, como en la carta del 8 de agosto:”¿Ves a ese desgraciado que se desmejora, que se extingue devorado insensiblemente por una lenta pero continua consunción? ¿Puedes tú exigir de él que no ponga fin a sus tormentos por medio de una puñalada? ¿El mal mismo que le devora, que le mina, no le quita sus fuerzas y el valor necesario para librarse de él por un medio violento?”
En nuestra opinión, hay un momento en el que se anticipa con claridad el desenlace de la novela y de la vida del personaje, y es cuando Werther le cuenta a Wilhelm lo que sucedes cuando ve las dos pistolas que tiene Alberto, y que siempre están descargadas por prudencia. Mientras escucha a su rival amoroso hablar de los peligros de las armas de fuego, expresa:”…se perdió en la explanación de su texto y yo concluí por no oír ni una palabra de su peroración; mi cabeza empezó a divagar y recorrer los espacios imaginarios y de repente apoyé la boca del cañón de una de las pistolas contra mi frente. “¡Horror!” exclamó Alberto separando el arma “¿qué quiere decir esto?”
“No está cargada”, le respondí  yo. “y aún cuando lo estuviera, ¿qué significa esto? “  añadió con impaciencia. ” Yo no puedo alcanzar a comprender cómo un hombre puede llegar a perder el juicio hasta el extremo de levantarse él mismo la tapa de los sesos; sólo el pensar en esto me causa horror”.
A pesar de ese acto,tan involuntario como elocuente, nadie advierte hasta qué punto Werther está cuestionando la importancia de su propia vida si no puede conseguir el amor de Carlota. Después de este episodio sus reflexiones serán cada vez más amargas y desesperanzadas.
El 10 de septiembre, anuncia que va a partir hacia otra ciudad para trabajar de asistente de un embajador, no volver a ver a Carlota e intentar olvidarla,
En la Segunda Parte de la novela, las cartas de Werther hablan de una voluntad y un esfuerzo por soportar esta nueva situación, pero la mala relación con ese hombre para quien trabaja y acaso el hastío de la cotidianeidad, no hacen más que recordarle los buenos momentos pasados junto a la muchacha. En este momento, empieza a escribirle a ella directamente y estas cartas no hacen más que confirmar su abatimiento: “La savia vital que corría por mis venas, que ponía mi vida en movimiento, está inerte…”le dice.
Cuando se entera del inminente casamiento, que aleja de él a Carlota para siempre, las cartas que siguen dejan en evidencia la profundidad de su obsesión y la imposibilidad de ocultar lo que siente. Tampoco le importa que el esposo lo sepa. Y vuelven a presentarse, cada vez con mayor insistencia las imágenes de la muerte y del suicidio. Inclusive las “naturaliza”, como el la carta del 16 de marzo, en la que dice: “ He oído hablar de una raza de caballos que cuando se sienten sofocados violentamente por una desenfrenada y larga carrera se abren una vena con sus propios colmillos para aliviar su respiración. Muchas veces me vienen también a mí ideas de abrirme las venas para procurarme y conquistar eterna libertad.”
El juego de Werther es explícito. Nadie quiere verlo,  a nadie le conviene advertir la profundidad de su desesperación, no hay nadie que sea capaz de intentar impedir algo tan evidente. En cartas posteriores sigue diciendo que lo único que desea en la vida es acercarse a Carlota, aunque ella ya es una mujer casada. No le importa Sólo su deseo, su amor (a qué negarlo), y su obsesión por la muchacha serán las que empujen la mano de ese hombre que, por el momento, lo único que empuña es la pluma con la que escribe y con la que expresa su pulsión de muerte, su desesperanza y su desesperación.
La Tercera Parte de la novela, titulada “Del Editor al Lector” introduce un elemento novedoso, que es el narrador en tercera persona, necesario quizá para anticipar la desgracia al lector y preparar su ánimo para afrontar el suicidio del protagonista. Esta ruptura con lo epistolar sirve además para conocer los sentimientos de Alberto y de Carlota hacia Werther: lo consideran un amigo, pero está claro que conocen la naturaleza de su perturbación.
Werther realiza una última visita a Carlota, y lee un poema de Osián plagado de referencias a la muerte y de imágenes fúnebres. Esta visita termina con el único abrazo y los pocos besos que logra darle antes de que ella se encierre en su habitación y le diga que ya no volverán a verse.
Ante la inevitabilidad de los hechos y después de expresar nuevamente su deseo de morir (incluso a ella en una carta), le pide prestadas sus pistolas a Alberto con la excusa inverosímil de que las necesita para un viaje. Es inexplicable (¿lo es?) que ante tantas manifestaciones explícitas de su deseo de suicidarse, éste se las facilite.
Carlota (por pedido de su esposo) es la encargada de limpiar las armas y de dárselas al criado que Werther envía a buscarlas. Esto da pie a la última carta que le escribe, y en la que, de alguna manera, la designa como una “acompañante” de esa decisión fatal: “Vienen de tus manos, tú les has limpiado el polvo y yo las beso mil veces porque tú las has tocado”(…) “tú misma, Carlota, me presentas el arma que va a darme la muerte, la muerte que yo desearía recibir, que recibo de tus manos.”
En ese momento final, tremendo y profundamente egoísta, Werther despide a Carlota acusándola indirectamente de lo inevitable de su suicidio. No puede (nunca pudo, ni desde la primera vez que la vio) entender o medir la diferencia entre sus sentimientos. NO podemos, por otra parte, pedirle a un personaje de profundas y explícitas características pasionales, que pueda medir o calcular algo relacionado nada menos que con el amor.
Como a todo suicida, le resulta imposible medir las consecuencias de ese acto final en el que acaba con su vida: la posible muerte de Carlota que se menciona al final de la novela. También es cierto que sobraron indicios y evidencias para no poner en sus manos el arma con la que se pega el tiro. Quizá sea una manera “elegante” de sacar del medio a un amante despechado y molesto. Quizá sea más importante  evitar que los vecinos hablen mal de lo que pueda suceder en el matrimonio de Alberto y Carlota.
Es probable. De todas maneras, y aunque Werther afirma hasta el cansancio que ya no tiene ganas de vivir, no hay nadie que se le acerque lo suficiente o que intente ayudarlo a vivir, con el mismo empeño que él pone en matarse.  En el comienzo de la novela, Werther se nos presenta disfrutando de se soledad en un retiro buscado, elegido por él, y que lo predispone a la creación artística. No contaba con que en su camino se cruzaran el amor y la obsesión. Y en el cierre de la novela Werther reafirma su reivindicación de la soledad, pero esta vez, en el acto brutal, desesperado y definitivo de matarse.

AGENDA SEMANAL DE ACTIVIDADES LITERARIAS

Miércoles, Marzo 20, 2013

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Miércoles 20

 

Ciclo Hablar de Literatura

Los géneros (literarios): literatura y otros discursos sociales. Tema de este encuentro: La reseña. Cómo escribir una reseña teniendo en cuenta: el tipo de libro, el medio en que se publica (revistas en distintos soportes, diarios, blogs, revistas especializadas). ¿Qué rasgos asume en cada caso? ¿Qué se requiere del reseñista? ¿Qué tipo de lenguaje/s utilizar? ¿Qué importancia tiene la extensión? ¿A qué público va dirigida? ¿Qué saber se requiere sobre lo que se reseña? Diálogo con especialistas invitados. Preguntas y debate.

A las 19:00

Sala Jacobo Laks.

Centro Cultural dela Cooperación, Corrientes 1543.

 

Debate: Actualidad de la literatura en francés (fuera de Francia)

En el marco de los festejos de la lengua y la francofonía se realizará una mesa dedicada a la literatura escrita en lengua francesa.

Participarán el editor y especialista

Coordinará la charla Magdalena Cámpora, especialista en literatura francesa (CONICeT). Organizado junto con Embajada de Francia en Buenos Aires

A las 19:00

Biblioteca.

Entrada libre y gratuita.

Malba, Avenida Figueroa Alcorta 3415.

 

Jueves 21

 

Trillo: De puño y tecla

La Biblioteca Nacionalinaugura una exposición retrospectiva dedicada a la obra del guionista Carlos Trillo. Considerado por muchos el continuador de Héctor Germán Oesterheld, Trillo es el autor de trabajos memorables como “Alvar Mayor”, “El Loco Chávez”, “Las puertitas del Sr. López”, “Un tal Daneri”, “Cybersix”, “Cosecha verde”, “El síndrome Guastavino” y “Clara de Noche”,

A las 19 hs.

Sala Juan L. Ortiz

Biblioteca Nacional, Primer piso, Agüero 2205.

 

Sábado 23

 

Cine y video: III Festival Internacional de Cine Político/FICIP

A las 14 hs

Entrada gratuita

Sala Batato Barea

Centro Cultural Rojas, Corrientes 2038

 

 

Martes 26

 

Cine y Video II Muestra del Cine Independiente Cubano

A las 19 hs

Sala Batato Barea

Entrada gratuita

Centro Cultural Rojas, Corrientes 2038

 

NUEVOS TELÉFONOS DE BIBLIOTECAS PARA ARMAR

Martes, Marzo 19, 2013

 

EL TAN TEMIDO FINAL

Viernes, Marzo 8, 2013

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Para cerrar esta semana de regreso a las aulas Libro de arena publica un poema del poeta argentino Baldomero Fernandez Moreno dedicado a la escuela que recuerda ese momento por el que ningún estudiante quiere pasar, el examen.

 

UN APLAZADO

1912

 

De pronto, como un breve latigazo,
mi nombre, Friedt, estalló en el aula.
Yo me puse de pie, y un poco trémulo
avancé hacia la mesa, entre las bancas.
Era el examen último del curso
y al que tenía más miedo: la gramática.
Hice girar resuelto el bolillero
Las dieciséis bolillas del programa
resonaron en él lúgubremente
y un eco levantaron en mi alma.
Extraje dos: adverbio y sustantivo.

Me dieron a elegir una de ambas
y elegí la segunda. -¿Y qué es el nombre?
díjome uno y me asestó las gafas.
Sentí luego un sudor por todo el cuerpo,
se me puso la boca seca, amarga,
y comprendí, con un terror creciente
que yo del nombre no sabía nada.
Revolvía allá adentro, pero en vano,
me quedé en absoluto sin palabras.

Y empecé a ver la quinta en qué vivíamos:
el camino de arena, cierta planta,
el hermano pequeño, mi perrito,
el té con leche, el dulce de naranja,
¡qué alegría jugar a aquellas horas!
Y sonreía mientras recordaba.
-¡Pero señor -rugió una voz terrible-,
el nombre sustantivo, una pavada!
Tiré a la realidad: sobre la mesa
los dedos de un señor tamborileaban,
cabeceaba blandamente el otro,
el tercero bebía de una taza.

Hacía gran calor. Yo tengo una
cara redonda, simple, colorada,
los ojos grises y los labios gruesos,
el pelo rubio, la sonrisa clara.
Yo quería jugar, no dar examen
darlo otro día, sí, por la mañana…

Se me nubló la vista de repente,
los profesores se me borroneaban,
adquirió el bolillero proporciones
gigantescas, fantásticas,
oí como entre sueños: Señor mío,
puede sentarse… -Y me llené de lágrimas.

 

 

Baldomero Fernández Moreno

(Argentina, 1886/1950)

 

 

UN JUEGO NUEVO Y OTROS VIEJOS

Jueves, Marzo 7, 2013

 

Libro de arena dedica la semana a la vuelta al colegio, y por eso en esta ocasión, acerca a los lectores el capítulo “Un juego nuevo y otros viejos” pertenecientes a la revista mensual “La Edad de Oro” de José Martí. ¡Otra demostración de que juego y literatura van de la mano!

 

Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el juego del burro. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una casa, es que están jugando al burro. No lo juegan los niños sólo, sino las personas mayores. Y es lo más fácil de hacer. En una hoja de papel grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamaño de un perro. Con carbón vegetal se le puede pintar, porque el carbón de piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una pila de tierra la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tinta se puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se pinta todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro donde debe estar. Lo que no es tan fácil como parece; porque el que juega le vendan los ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar, Y él anda, anda; y la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezuña, o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la puerta, creyendo que es el burro.

 

 

Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar la gallina ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que los niños de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que vivieron hace dos mil años; pero los niños romanos jugaban a las bolas, lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían muñecas con pelo de verdad, como las niñas de ahora. En la lámina están unas niñas griegas, poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que era como una santa de entonces; porque los griegos creían también que en el cielo había santos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y las tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban los niños; porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía todas las mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen los niños; y como ven que del cielo viene el sol y la lluvia, y que la tierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales buenos para comer, le rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana cazando con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernas no más son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina mucho. Y las niñas griegas querían a su muñeca tanto, que cuando se morían las enterraban con las muñecas.

 

 

Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas, ni como el criquet, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años que se juega en Francia. Y los niños no saben, cuando les vendan los ojos, que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en Francia, que se quedó ciego un día de pelea y no soltó la espada ni quiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir: ese fue el caballero Collin-Maillard. Luego el rey mandó que en las peleas de juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de aquel gran valor. Y de ahí vino el juego.

 

Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que están entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue rey de Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que vino después, sino un hombrecito ridículo como esos que no piensan más que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en pelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenían odio por holgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia estaba en la miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución, para que el rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda. Entonces no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran entonces algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus palacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen lo que sucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones decían como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o jorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo es el cuadro de los bufones que pintó el español Zamacois. Todos aquellos hombres infelices están esperando a que el rey los llame para hacerle reír, con sus vestidos de picos y campanillas, de color de mono o de cotorra.

 

 

Desnudos como están son más felices que ellos esos negros que bailan en la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la fantasía. Otro pintor español ha pintado muy bien la fiesta: el pobre Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad, con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos, mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose a montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de la pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneses o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de allí son hombres de cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda está a la mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos a otros y se abrazan.

 

 

Los indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma danza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México. Eran hombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora y las balas como los soldados del español Cortés, pero su ciudad era como de plata, y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza como en la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversión de mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo, que tenía unas veinte varas, y venían por el aire dando volteos y haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse más que con la soga, que ellos tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era “horrible y espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo”.

 

 

Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no más saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuñan por una punta y por medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los isleños de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el palo no es invención del inglés, sino de las islas; y sí que es cosa de verse un isleño jugando el palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el luchar, que en las Canarias les enseñan a los niños en las escuelas. Y la danza del palo encintado; que es un baile muy difícil, en que cada hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse nunca. Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés más rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse con él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota, que todos los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasión, como que creyeron que el buen jugador era hombre venido del cielo, y que los dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a decirle como debía tirar la pelota y recojerla. Lo de la pelota, que es muy curioso, será para otro día.

Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios hacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a jugar las bolas o el barril; y en el palo, atravesado sobre las plantas de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo de los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellos sobre los hombros, pero no sobre las plantas de los pies. Tzaá le decían a este juego: dos indios se subían primero en las puntas del palo, dos más se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caerse muchas suertes y vueltas. Y los indios tenían su ajedrez, y sus jugadores de manos, que se comían la lana encendida y la echaban por la nariz: pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque con los cuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:

 

 

-¿Chichá, por qué te comes esa aceituna tan despacio?

 

 

-Porque me gusta mucho.