Archivo Categoría 'De milagros y de melancolías (Efemérides literarias)'

CREAR LAZOS

Lunes, Abril 8, 2013

 

El príncipe de corazones de varias generaciones cumplió 70 años desde su publicación. Es por eso que Libro de arena acerca uno de los fragmentos más célebres de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Pero atención, sólo para los lectores, cuando eran niños…

 

Entonces apareció el zorro.
-Buenos días-dijo el zorro.
-Buenos días-respondió el principito, que se dio vuelta pero no vio nada.
-Estoy acá-dijo la voz-bajo el manzano…
-¿Quién eres?-dijo el principito-. Eres muy lindo…
-Soy un zorro-dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo-le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo-dijo el zorro-. No estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón-dijo el principito.
Pero después de reflexionar, agregó:
-¿Qué significa “domesticar”?
- No eres de aquí-dijo el zorro-. ¿Qué buscas?
- Busco a los hombres-dijo el principito-¿Qué significa “domesticar”?
-Los hombres-dijo el zorro-tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
-No, dijo el principito-.Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
-Es una cosa demasiado olvidada-dijo el zorro-Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos?
-Sí-dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tu tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si me domesticas tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
-Empiezo a comprender-dijo el principito-. Hay una flor…Creo que me ha domesticado.
-Es posible-dijo el zorro-. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…?
-¡Oh! No es en la Tierra-dijo el principito
El zorro pareció muy intrigado.
-¿en otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-En interesante eso. ¿Y gallinas?
-No.
-No hay nada perfecto-suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea.
Mi vida es monótona. Cazo gallinas. Los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil.. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…
El zorro calló y  miró largo tiempo al principito.
-¡Por favor…domestícame!-dijo.
-Bien lo quisiera-respondió el principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen las cosas que se domestican-dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
-¿Qué hay que hacer?-dijo el principito.
-Hay que ser muy paciente-respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de ¡mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…
Al día siguiente volvió el principito.
-Hubiera sido mejor venir a la misma hora-dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón…Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito?-dijo el principito.
-Es también una cosa demasiado olvidada-dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme  hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en un día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah!…-dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa-dijo el principito-. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara…
-Sí-dijo el zorro.
-¡Pero vas a llorar!-dijo el principito.
-Sí-dijo el zorro.
-Entonces no ganas nada.
-Gano-dijo el zorro-, por el color del trigo.
Luego agregó: Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te diré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa-les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo. (…)
Y volvió hacia el zorro.
-Adios-dijo.
-Adiós-dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos-repitió el principito a fin de acordarse.
-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
-El tiempo que perdí por mi rosa…-dijo el principito, a fin de acordarse
-Los hombres han olvidado esta verdad-dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
-Soy responsable de mi rosa-repitió el principito, a fin de acordarse.
-
Por María Pía Chiesino
-
Leí El Principito cuando era muy chica. Lo releí varias veces a lo largo de los años. A veces me llamaba la atención la sucesión de charlas con los personajes adultos de la novela (el hombre de negocios, el vanidoso, el rey, el bebedor…). Me impactaba mucho el dibujo de los baobabs, esos árboles gigantescos que “antes de crecer comienzan por ser pequeños”. No entendía cómo un personaje infantil podía sentir, por momentos, tanta tristeza.
Desde luego, quería conocer el asteroide B612, con los tres volcanes, el cordero y la rosa caprichosa que detestaba las corrientes de aire.
Y siempre, aún ahora cuando lo leo, el mejor momento de la novela, o el que más me conmueve es cuando se encuentra con el zorro que es el primero que le enseña en qué consiste esa necesidad de hacer amigos que el principito busca permanentemente.
No hay otros niños en la novela. El mundo adulto es incomprensible. Y aparece lo más parecido a un niño ese zorro que vive oculto para que los cazadores no lo maten. Un zorro que siente que está de vacaciones cuando esos mismos cazadores van a bailar y puede pasear por una viña. El zorro, está tan solo como el principito. No dice que necesita amigos, pero termina pidiéndole por favor que lo domestique. Insiste en eso, aunque el principito le aclara que va a tener que irse.
Y en el momento de la partida, en la que el zorro anuncia que va a llorar por esa pérdida, hay dos cosas entrañables: una es la que tiene que ver con el color del trigo. Ese trigo que para él no tenía valor alguno y que a partir de esa amistad, va a tener el valor de recordarle el color del cabello de su único amigo.
Y finalmente, el zorro es quien le enseña lo importante que ha sido destinarle tiempo a la rosa del asteroide. A esa rosa que domesticó al principito, que en algún momento va a tener que volver allí para seguir cuidándola de las corrientes de aires que la hacen toser y del cordero que quiere comérsela.
 La rosa es vanidosa, es demandante y es profundamente frágil. El principito va a tener que regresar, precisamente, por esa fragilidad. El zorro, (a diferencia de los adultos, que le dan indicaciones que al principito no le sirven para nada), le da los consejos que necesita para poder salir de esa gran tristeza y entender qué importante y único es lo poco que tiene, por la importancia del tiempo que le dedicó. Las palabras del zorro son las que hacen que el principito comience a sentir que ya es hora de volver a su asteroide. Y de seguir siendo responsable de su rosa. Esa rosa que es igual a otras millones…y que  no es igual a ninguna.

EL SIMPLE ARTE DE CHANDLER

Martes, Marzo 26, 2013

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En el aniversario del fallecimiento del escritor estadounidense Raymond Chandler, Libro de arena presenta un texto epistolar perteneciente al autor.

 

Raymond Chandler, al parecer, ha escrito miles de cartas. Muchas de ellas se han publicado en este libro, con una edición cuidada en donde Tom Hiney y Frank MacShane metieron mano. Esto significa que las cartas fueron seleccionadas y, a su vez, no se transcriben en su integridad sino lo que los editores consideraron relevante para el libro. La traducción al castellano es de César Aira.
Chandler dictaba sus cartas a un grabador y su secretaria, al día siguiente, las transcribía. En general, son remitidas a agentes literarios, editores, admiradores y colegas. No hay amigos y el trato se vuelve más humano sólo al final del libro, al morir Cissy, su esposa de toda la vida. Salvo eso, Chandler habla sin parar de dinero y se desboca con libros o films que le repugnan.

Carta a Deirdre Gartrell,
8 de mayo de 1957.
¿Puedo comentar el hecho de que en ninguna de las cartas que me ha mandado me ha dicho nunca nada sobre algo que estuviera fuera de sus pensamientos? Nunca me ha descripto su cuarto, su universidad, el edificio, la ciudad, la atmósfera, el clima, qué clase de lugar es Armidale. Quizá usted piense que esto no es importante, pero para mí indica un estado de ánimo; un estado de ánimo que debe de ser desdichado. (…)
 
 
 El simple arte de escribir. 
 Cartas y ensayos escogidos 
 Raymond Chandler
 Buenos Aires, Emecé, 2002

LA PASIÓN WERTHER

Viernes, Marzo 22, 2013

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Las aventuras del joven Wherter es la novela de Wolfgang Johan von Goethe que desató pasiones tan violentas e intempestivas en sus lectores como las que narra la historia.  En el día de su muerte, Libro de arena publica un comentario sobre el texto, a modo de homenaje.

Por María Pía Chiesino
Desde la carta que abre la novela, nos enteramos de que el destinatario de las cartas de Werther es un joven amigo llamado Wilhelm, “a quien yo quiero tanto y de quien era inseparable”.
Werther ha hecho un viaje y se ha alejado de sus afectos más cotidianos. Todo lo que lo rodea le resulta paradisíaco. No necesita nada ni a nadie. Tiene buenas relaciones con sus vecinos y podría decirse que es un hombre tranquilo, ya que, según sus propias palabras:”…reina en mi alma una admirable serenidad. Estoy sólo y sin embargo gozo y me regocijo de vivir en este país que ha sido creado para almas como la mía” (…) “Todo lo que me rodea me parece un paraíso.”
La carta fechada el 16 de junio, es la que corresponde a su primer encuentro con Carlota, a quien define desde el comienzo como “un ángel”. Desde el momento en que la conoce, Werther irá perdiendo paulatina y rápidamente la capacidad de controlar sus emociones y sus actos.
Es paradójico, casi absurdo, que alguien que disfrutaba de manera tan plena de la soledad, como se afirma en las primeras cartas de la novela, equipare de pronto la felicidad con el proyecto de formar una familia, como lo hace en la carta del 21 de junio, cinco días después de haber conocido a Carlota:” en su cabaña, en los brazos de su mujer, rodeado de sus hijos, y en los deberes que le impone  y en las preocupaciones que le causan los cuidados que le exigen su conservación, encuentra el verdadero placer, la satisfacción real que buscaba vana e inútilmente en todos los rincones de este vasto mundo”.
De la soledad de la que disfrutaba, pasa a la necesidad de estar permanentemente con la muchacha. La percepción que Werther tiene, acerca del vínculo con la joven está , a nuestro juicio, completamente distorsionada. En ningún momento ella modifica ni abandona su vida social ni familiar.
La obsesión llega a tal extremo, que cuando no puede visitarla envía a su criado, para poder ver a la noche, a alguien a quien Carlota haya mirado en su lugar. El descentramiento es total. Abandona el dibujo afirmando que no tiene talento pero que no le importa, y también deja de lado la lectura.
Desde que Alberto “ingresa” en la novela, su presencia se hace casi permanente junto a Carlota, es decir, Cada vez que Werther  la visita, ella está con su prometido en la mayoría de las oportunidades.
También es a partir de este momento que empiezan a aparecer las alusiones al suicidio, a veces enmascaradas con el uso de la tercera persona, lo que les otorga una aparente impersonalidad, como en la carta del 8 de agosto:”¿Ves a ese desgraciado que se desmejora, que se extingue devorado insensiblemente por una lenta pero continua consunción? ¿Puedes tú exigir de él que no ponga fin a sus tormentos por medio de una puñalada? ¿El mal mismo que le devora, que le mina, no le quita sus fuerzas y el valor necesario para librarse de él por un medio violento?”
En nuestra opinión, hay un momento en el que se anticipa con claridad el desenlace de la novela y de la vida del personaje, y es cuando Werther le cuenta a Wilhelm lo que sucedes cuando ve las dos pistolas que tiene Alberto, y que siempre están descargadas por prudencia. Mientras escucha a su rival amoroso hablar de los peligros de las armas de fuego, expresa:”…se perdió en la explanación de su texto y yo concluí por no oír ni una palabra de su peroración; mi cabeza empezó a divagar y recorrer los espacios imaginarios y de repente apoyé la boca del cañón de una de las pistolas contra mi frente. “¡Horror!” exclamó Alberto separando el arma “¿qué quiere decir esto?”
“No está cargada”, le respondí  yo. “y aún cuando lo estuviera, ¿qué significa esto? “  añadió con impaciencia. ” Yo no puedo alcanzar a comprender cómo un hombre puede llegar a perder el juicio hasta el extremo de levantarse él mismo la tapa de los sesos; sólo el pensar en esto me causa horror”.
A pesar de ese acto,tan involuntario como elocuente, nadie advierte hasta qué punto Werther está cuestionando la importancia de su propia vida si no puede conseguir el amor de Carlota. Después de este episodio sus reflexiones serán cada vez más amargas y desesperanzadas.
El 10 de septiembre, anuncia que va a partir hacia otra ciudad para trabajar de asistente de un embajador, no volver a ver a Carlota e intentar olvidarla,
En la Segunda Parte de la novela, las cartas de Werther hablan de una voluntad y un esfuerzo por soportar esta nueva situación, pero la mala relación con ese hombre para quien trabaja y acaso el hastío de la cotidianeidad, no hacen más que recordarle los buenos momentos pasados junto a la muchacha. En este momento, empieza a escribirle a ella directamente y estas cartas no hacen más que confirmar su abatimiento: “La savia vital que corría por mis venas, que ponía mi vida en movimiento, está inerte…”le dice.
Cuando se entera del inminente casamiento, que aleja de él a Carlota para siempre, las cartas que siguen dejan en evidencia la profundidad de su obsesión y la imposibilidad de ocultar lo que siente. Tampoco le importa que el esposo lo sepa. Y vuelven a presentarse, cada vez con mayor insistencia las imágenes de la muerte y del suicidio. Inclusive las “naturaliza”, como el la carta del 16 de marzo, en la que dice: “ He oído hablar de una raza de caballos que cuando se sienten sofocados violentamente por una desenfrenada y larga carrera se abren una vena con sus propios colmillos para aliviar su respiración. Muchas veces me vienen también a mí ideas de abrirme las venas para procurarme y conquistar eterna libertad.”
El juego de Werther es explícito. Nadie quiere verlo,  a nadie le conviene advertir la profundidad de su desesperación, no hay nadie que sea capaz de intentar impedir algo tan evidente. En cartas posteriores sigue diciendo que lo único que desea en la vida es acercarse a Carlota, aunque ella ya es una mujer casada. No le importa Sólo su deseo, su amor (a qué negarlo), y su obsesión por la muchacha serán las que empujen la mano de ese hombre que, por el momento, lo único que empuña es la pluma con la que escribe y con la que expresa su pulsión de muerte, su desesperanza y su desesperación.
La Tercera Parte de la novela, titulada “Del Editor al Lector” introduce un elemento novedoso, que es el narrador en tercera persona, necesario quizá para anticipar la desgracia al lector y preparar su ánimo para afrontar el suicidio del protagonista. Esta ruptura con lo epistolar sirve además para conocer los sentimientos de Alberto y de Carlota hacia Werther: lo consideran un amigo, pero está claro que conocen la naturaleza de su perturbación.
Werther realiza una última visita a Carlota, y lee un poema de Osián plagado de referencias a la muerte y de imágenes fúnebres. Esta visita termina con el único abrazo y los pocos besos que logra darle antes de que ella se encierre en su habitación y le diga que ya no volverán a verse.
Ante la inevitabilidad de los hechos y después de expresar nuevamente su deseo de morir (incluso a ella en una carta), le pide prestadas sus pistolas a Alberto con la excusa inverosímil de que las necesita para un viaje. Es inexplicable (¿lo es?) que ante tantas manifestaciones explícitas de su deseo de suicidarse, éste se las facilite.
Carlota (por pedido de su esposo) es la encargada de limpiar las armas y de dárselas al criado que Werther envía a buscarlas. Esto da pie a la última carta que le escribe, y en la que, de alguna manera, la designa como una “acompañante” de esa decisión fatal: “Vienen de tus manos, tú les has limpiado el polvo y yo las beso mil veces porque tú las has tocado”(…) “tú misma, Carlota, me presentas el arma que va a darme la muerte, la muerte que yo desearía recibir, que recibo de tus manos.”
En ese momento final, tremendo y profundamente egoísta, Werther despide a Carlota acusándola indirectamente de lo inevitable de su suicidio. No puede (nunca pudo, ni desde la primera vez que la vio) entender o medir la diferencia entre sus sentimientos. NO podemos, por otra parte, pedirle a un personaje de profundas y explícitas características pasionales, que pueda medir o calcular algo relacionado nada menos que con el amor.
Como a todo suicida, le resulta imposible medir las consecuencias de ese acto final en el que acaba con su vida: la posible muerte de Carlota que se menciona al final de la novela. También es cierto que sobraron indicios y evidencias para no poner en sus manos el arma con la que se pega el tiro. Quizá sea una manera “elegante” de sacar del medio a un amante despechado y molesto. Quizá sea más importante  evitar que los vecinos hablen mal de lo que pueda suceder en el matrimonio de Alberto y Carlota.
Es probable. De todas maneras, y aunque Werther afirma hasta el cansancio que ya no tiene ganas de vivir, no hay nadie que se le acerque lo suficiente o que intente ayudarlo a vivir, con el mismo empeño que él pone en matarse.  En el comienzo de la novela, Werther se nos presenta disfrutando de se soledad en un retiro buscado, elegido por él, y que lo predispone a la creación artística. No contaba con que en su camino se cruzaran el amor y la obsesión. Y en el cierre de la novela Werther reafirma su reivindicación de la soledad, pero esta vez, en el acto brutal, desesperado y definitivo de matarse.

CELAYA CANTADO EN LA MEMORIA

Lunes, Marzo 18, 2013

 

En el aniversario del natalicio de Gabriel Celaya, Libro de arena publica “La poesía es un arma cargada de futuro” y un comentario que sabe recordarlo y homenajear al arte y la memoria.

 

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.-

-
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

-

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

-

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

 

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

-

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

 

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

 

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica que puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

-

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

 

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
-

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

 

—————————-
-
Por María Pía Chiesino
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Celaya tiene poemas más breves o no tan conocidos. Escuché por primera vez este poema en uno de los vinilos en los que el cantor español Paco Ibánez homenajea a los más importantes poetas de su tierra musicalizando sus poemas. En uno de esos discos (eran dos, que se vendían juntos) estaba este hermoso poema de Celaya, al que le faltaban algunos versos, seguramente, para que en la versión cantada no fuese tan largo. Era la segunda mitad de la ´década del setenta, y este poema era, sin dudas, ese “pulso que golpea las tinieblas”, que acompañaba mi adolescencia y la de mis amigas y amigos del barrio. Todos lo conocíamos y lo cantábamos a puertas cerradas, en la casa de alguno que tuviera guitarra.

En este poema, está explícita la vieja y ociosa discusión entre el arte por el arte y el compromiso. Celaya, “toma partido”. Pero a pesar de lo que afirma sobre la falta de perfección, de este “fruto” creo que hay perfecciones y perfecciones. Y este poema fue perfecto para mí, a los dieciséis años, porque era un momento en el que no se podía ser neutral más allá de los riesgos que esto conllevara.

Y en esta Semana de la Memoria, en la que además, se recuerda el nacimiento de Celaya, este poema me pareció perfecto para recordar ambas cosas. La oscuridad de la dictadura, y el futuro que aparece desde el título. Ese futuro que finalmente llegó, para que la vida fuese mejor para todos, para que pudiera cantarse este poema en una plaza y no en el encierro de un departamento, paradójico sinónimo de libertad, porque las calles no eran nuestras y eran peligrosas…

Finalmente volvimos a las calles. Y a pesar de los años que pasaron, podemos seguir esperando algo “personalmente exaltante”. Y sentir, cuando leemos poemas como éste, que es “un canto que espacia cuanto adentro llevamos” y que, pasados treinta y siete años, del momento más siniestro de nuestra historia no es poco tiempo ni poco lo que seguimos teniendo que decir.

EN TORNO DE ANA

Martes, Marzo 12, 2013

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Adentro y afuera del diario de Ana Frank lo que habita es el horror que el relato apenas señala. En el día de su muerte Libro de arena la recuerda acercando un fragmento de su texto comentado por María Pía Chiesino.

 

 

Sábado 30 de enero de 1943
Querida Kitty:
Me hierve la sangre y tengo que ocultarlo. Quisiera patalear, gritar, sacudir con fuerza a mamá, llorar y no sé qué más, por todas las palabras desagradables, las miradas burlonas, las recriminaciones que como flechas me lanzan todos los días con sus arcos tensados y que se clavan en mi cuerpo sin que pueda sacármelas. A mamá, Margot, Van Daan, Dussel, y también a papá me gustaría gritarles: “¡Dejadme en paz, dejadme dormir por fin una noche sin que moje de lágrimas la almohada, me ardan los ojos y me latan las sienes! ¡Dejadme que me vaya lejos, muy lejos, lejos del mundo si fuera posible!”. Pero no puedo .No puedo mostrarles mi desesperación, no puedo hacerles ver las heridas que han abierto en mí. No soportaría su compasión ni sus burlas bienintencionadas. En ambos casos me daría por gritar.
Todos dicen que hablo de manera afectada, que soy ridícula cuando callo, descarada cuando contesto, taimada cuando tengo una buena idea, holgazana cuando estoy cansada, egoísta cuando como un bocado de más, tonta, cobarde, calculadora, etc. Todo el santo día me están diciendo que soy una tipa insoportable, y aunque me río de ello y hago como que no me importa en verdad me afecta, y me gustaría pedirle a Dios que me diera otro carácter.
Pero no es posible., mi carácter me ha sido dado tal cual es, y siento en mí que no puedo ser mala. Me esfuerzo en satisfacer los deseos de todos, más de lo que se imaginan aún remotamente. Arriba trato de reír, pues no quiero mostrarles mis penas.
Más de una vez, luego de recibir una sarta de recriminaciones injustas, le he dicho a mamá: ”No me importa lo que digas. No te preocupes más por mí que soy un caso perdido.” Naturalmente, en seguida me contestaba que era una descarada, me ignoraba más o menos durante dos días y luego, de repente, se olvidaba de todo y me trataba como a cualquier otro.
Me es imposible ser toda melosa un día, y al otro día dejar que me echen en la cara todo su odio. Prefiero el justo medio, que de justo no tiene nada, y no digo nada de lo que pienso, y alguna vez trato de ser tan despreciativa con ellos, como ellos lo son conmigo. ¡Ay, si sólo pudiera!
                                                                                         Tu Ana
 
 
Esta es, tal vez, una de las cartas del Diario de Ana Frank que más me entristecen. Hay muchas que son más largas, otras que dan cuenta de las actividades cotidianas en el escondite, otras que se refieren a su relación con Peter, las primeras hablan de su vida antes del encierro… pero en esta carta se advierte el  doble conflicto que Ana Frank vivía cotidianamente. Porque a la angustia de la situación se agregan los conflictos que tienen que ver con su edad, con ese “desacomodamiento” que implica la adolescencia, sobre todo  en los primeros años, en los que el adolescente siente una falta de pertenencia y de comodidad con casi todo lo que lo rodea.
 Al referirse a su madre (en esta y en otras cartas de Diario), es particularmente dura. Llega a decir que no siente nada por ella. Ni siquiera afecto. Y reflexiona acerca de esto, reconociendo que esos sentimientos no están bien, pero que para ella son inevitables, a pesar de la culpa que le generan. No puedo no pensar, en que a ese descentramiento, normal en todo adolescente, se le agrega la espantosa situación de confinamiento a que se ven forzados los Frank, unido esto a su convivencia con otras personas ajenas al núcleo familiar inmediato. En realidad todos en el refugio están descentrados, desterrados hasta de la posibilidad elemental de caminar por la calle. Todos conviven con gente que no han elegido, pero que comparte esa situación de persecución.
 Y quizá, para el “mundo adulto” la más chica, hasta cierto punto, fuera una molestia. No podemos saber si esto fue así, o si se trata (muy probablemente) de una exageración de la propia Ana ( la única que pudo dejar un testimonio de lo que sentía) que los critica de manera tan dura Cuando dice le echan encima “todo su odio”, sin dudas, está exagerando. Puede que se le reprochen cosas, o se le reclame colaboración… pero nadie la odia
Lo que Ana expone en esta carta es esa situación de impotencia y de intolerancia a los reclamos de aquellos con quienes convive. Tanto de aquellos con quienes lo haría si la situación política de la Holanda ocupada fuera otra (su familia), como de quienes tiene la obligación de tolerar (los Van Daan y Dussel). Lo que se advierte en esta entrada a su diálogo con “Kitty”, es puntualmente, el doble cerco que rodea la vida cotidiana de Ana Frank: el interno y el primer cerco externo, que es el de quienes comparten con ella el encierro. Esto está agravado por la tensión que implica la vida diaria, en la que no sólo es impensable salir a la calle, sino que hasta hay que cuidar hasta el menor ruido que se haga en el refugio, mientras en el negocio de abajo haya gente que trabaja y pueda escuchar y delatarlos.
 Esto fue, de hecho, lo que sucedió. Ana, su familia, y todos los que compartían ese encierro, fueron denunciados y llevados a campos de concentración. El único sobreviviente fue el padre de Ana, Otto Frank, quien hizo público el diario de su hija menor. Ese Diario en el que, entre muchas cosas, los lectores nos enteramos de la vida de esta joven que entre los trece y los quince años, ni siquiera pudo permitirse la libertad de pegar cuatro gritos para decir que estaba enojada. Con su familia y con el mundo. Enojada. Como cualquier chica de esa edad.
María Pía Chiesino

DE GUERRAS Y OTRAS MISERIAS

Martes, Febrero 26, 2013

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En el aniversario del nacimiento del escritor francés Victor Hugo, Libro de arena publica el fragmento de Los miserables referido a la batalla de Waterloo en el que se narra su desenlace.

 

“…Napoleón corre al galope en pos de los fugitivos, los arenga, los estrecha, amenaza y suplica. Todas las bocas que gritaban por la mañana viva el emperador permaneces abiertas, pero apenas le conocen. La caballería prusiana recién venida, se lanza, vuela, acuchilla, raja, hiende, mata, extermina. Los tiros de la artillería ruedan impetuosamente, los cañones caen a tierra, los soldados del tren desenganchan los arcones y toman sus caballos para escaparse; furgones derribados boca arriba entorpecen el camino y sirven de ocasión para cometer asesinatos. Los fugitivos se destrozan, se oprimen, andan por encima de los muertos y de los vivos. Una muchedumbre vertiginosa llena los caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los valles, los bosques, atestados por esa evasión de cuarenta mil hombres. Gritos, desesperación, sacos y fusiles arrojados en los campos de centeno; el paso abierto a sablazos; no se conoce ni a los camaradas, ni a los oficiales, ni a los generales; por doquier un espanto inexplicable. Zieten acuchillando a la Francia a su sabor; los leones convertidos en cabritos; tal fue esta fuga.

 

En Genappe intentaron volver, hacer frente y tener a raya al enemigo. Lobau reunió trescientos hombres que se fortificaron a la entrada de la aldea; pero a la primera descarga de la metralla prusiana, todos huyeron y Lobau fue hecho prisionero. Todavía se ven las huellas de la metralla impresas en la pared de una casa vieja construida de ladrillos a la orilla del camino, poco antes de llegar a Genappe. Los prusianos se lanzaron a Genappe, furiosos sin duda de ser vencedores a tan poca costa. La persecución fue monstruosa. Biücher ordenó el exterminio. Roguet había dado el lúgubre ejemplo de amenazar de muerte a todo granadero francés que le llevara un prisionero prusiano. Biücher fue más allá que Roguet. El general de la Guardia nueva, Duhesme, arrinconado en la puerta de una posada de Gennappe, entregó su espada a un húsar de la muerte, que tomó la espada y mató al prisionero. La victoria concluyó con el asesinato de los vencidos. Castiguemos, pues que somos la historia: el viejo Biücher se deshonró. Tal ferocidad puso el colmo al desastre. La derrota desesperada atravesó a Genappe, a Quatre-Bras, a Sombreffe, a Frasnes, a Charleroi, y no se detuvo hasta la frontera. ¡Ah! ¿quién huía de esta manera? El gran ejército.

 

¿Acaso dejó de tener causa ese vértigo, ese terror, esa caída desde el más alto valor que ha admirado la historia? La sombra de una línea recta enorme se proyecta sobre Waterloo. Es la jornada del destino. Una fuerza superior al hombre produjo aquel día. De ahí el espanto de todos, de ahí todas esas grandes almas entregando su espada. Los que habían vencido a la Europa cayeron aterrados, no teniendo ya nada que hacer ni que decir, sintiendo en la sombra una presencia terrible. Hoc erat in fatus. Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es el gozne del siglo XlX. Se necesitaba la desaparición del grande hombre para el advenimiento del gran siglo. De efectuarla se encargó uno al que nadie replica. El pánico de los héroes tiene su explicación. En la batalla de Waterloo hay algo más que una nube, hay un meteoro. Dios había pasado por allí.

 

A la caída de la noche, en un campo cerca de Genappe, Bernard y Bertrand detuvieron o agarraron por el faldón de la levita a un hombre sombrío, pensativo, siniestro, que llevado hasta allí por la corriente de la derrota, acababa de echar pie a tierra, había pasado por el brazo la brida de su caballo, y con la mirada extraviada regresaba solo a Waterloo. Era Napoleón, que intentaba aún ir adelante, sonámbulo inmenso de aquel sueño desvanecido.”

 

 Los miserables

 Victor Hugo

Buenos Aires, Losada, 1990

LA FIEBRE SEGÚN RIVERA

Martes, Febrero 19, 2013

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En recuerdo del natalicio del escritor colombiano José Eustacio Rivera, Libro de arena comparte un fragmento de su obra La vorágine.

 

Jose Eustacio Rivera nació en Colombia. Su producción literaria se desarrolla en el ámbito de la poesía con el libro de sonetos Tierra de promisión de 1921. Aunque es por su incursión en la especie narrativa que se lo reconoce, escribió curiosamente una única novela que fue publicada en 1924, La vorágine. La segunda novela que comenzó a escribir dos años más tarde se extravió.

El relato del cual se presenta un fragmento a continuación trata, en el marco de la “fiebre” del caucho, sobre la pasión de una pareja que huye del entorno social inmediato y de sus relaciones de opresión hacia la selva amazónica, en un viaje que se muestra como retorno imposible a la libertad de la naturaleza ya explotada por el hombre. El “poeta de la selva”, como lo calificara Horacio Quiroga, no hace que su protagonista regrese a reitegrarse al cuerpo social, lo que da a la novela una estructura típica del modernismo literario, a la vez que el tema central del relato sirve de denuncia sobre las condiciones infrahumanas de explotación de la población indígena.

 

 

 

 

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los delirios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta. Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos -tediosos de libertad- se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

Alicia fue un amorío fácil; se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros. Yo moriré sola, decía: mi desgracia se opone a tu porvenir. Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y

el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente: ¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.

¡Y huímos!

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  La vorágine

 

  José Eustacio Rivera

 

  Bogotá, Cromos, 1924.

 

SÓLO TU NOMBRE ES MI ENEMIGO

Jueves, Febrero 14, 2013

 

En el día de San Valentín, Libro de arena acerca una de las escenas de los enamorados por antonomasia: Romeo y Julieta de William Shakespeare en el balcón. 

 

Segundo acto

 

Escena ll  (Jardín de la casa de Capuleto)

 

(Entra Romeo)

 

 

Romeo:

Se ríe de cicatrices aquel que jamás recibió una herida.

 

(Aparece Julieta en la ventana)

 

¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente, Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho en belleza. No a sirvas, pues que está celosa. Su verde, descolorida librea de vestal, la cargan sólo los tontos; despójate de ella. (Es mi diosa. ¡Ah, es mi amor! ¡Que no lo supiese ella!). Algo dice, no nada, ¡Qué importa!  Su mirada habla, voy a contestarle.-Bien temerario soy, no es a mí a quién se dirige. Dos de las más brillantes estrellas del cielo, teniendo para algo que ausentarse, piden encarecidamente a sus ojos que rutilen en sus esferas hasta que ellas retornen.¡’Ah! ¿Si sus ojos se hallaran en el cielo y su rostro en las estrellas? El brillo de sus mejillas haría palidecer a estas últimas, como la luz del sol a una lámpara. Sus ojos, desde la bóveda celeste, a través de las aéreas regiones, , tal resplandor arrojarían, que los pájaros se pondrían a cantar, creyendo día a la noche. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano!. ¡Oh! ¡Quién pudiera ser el guante de esa mano para tocar esa mejilla!

 

Julieta:

¡Ay de mí!

 

Romeo:

Habla. ¡Oh!, ¡Prosigue hablando ángel resplandeciente! Pues al alzar, para verte, la mirada, tan radiante me apareces como un celeste y alado mensajero a la atónita vista de los mortales, que, con ojos elevados al Cielo, se inclinan hacia atrás para contemplarme, cuando a trechos franquea el curso de las perezosas nubes y boga en  el seno del ambiente.

 

Julieta:

¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Renuncia a tu padre, abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y dejaré de llamarme Capuleto.

 

Romeo: (aparte)

¿Debo oír más o contestar a lo dicho?

 

Julieta:

Sólo tu nombre es mi enemigo. (Tú eres tu mismo, no un Montesco). ¿Un Montesco? ¿Qué es esto? Ni es piano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni otro varonil componente. (¡Oh! ¡Sé otro nombre cualquiera) ¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa perfumaría igual con otro nombre. Del mismo modo, Romeo, aunque no se llamase Romeo, conservaría, al perder ese nombre, las queridas perfecciones que tiene. Mi bien, abandona ese nombre que no forma parte de ti mismo, y tómame entera a cambio de él.

 

-

Romeo:

Te tomo la palabra. Llámame sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo. De aquí en adelante no seré más  Romeo.

 

Julieta:

¿Quién eres tú, que así encubierto por la noche vienes a dar con mi secreto?

 

Romeo:

No sé qué nombre darme para decirte quién soy. Mi nombre, santa querida, me es odioso, porque es un contrario tuyo. Si escrito lo tuviera, haría pedazos lo escrito.

 

Julieta:

Mis oídos no han escuchado aún cien palabras pronunciadas por esa voz, y sin embargo reconozco el metal de esta. ¿No eres tú, Romeo? ¿Un Montesco?

 

 

Romeo:

Ni uno ni otro, santa encantadora, si ambos te son odiosos.

 

Julieta:

 

¿Cómo has entrado aquí? ¿Con qué objeto? Responde. Los muros del jardín son altos y difíciles de escalar: considera quién eres, este lugar es tu muerte si alguno de mis parientes te halla en él.

 

Romeo:

Con las ligeras alas de Cupido he franqueado estos muros; pues las barreras de piedra no son capaces de detener al amor. Todo lo que este puede hacer, lo osa, Tus parientes, en tal virtud, no son un obstáculo para mí.

Julieta:Si te encuentran, acabarán contigo.

Romeo:

¡Ay! Tus ojos son  más peligrosos para mí que veinte espadas suyas. Dulcifica solo tu mirada y estoy a prueba de su odio.

 

Julieta:

No quisiera, por cuanto hay, que ellos te vieran aquí.Romeo:

En mi favor está el manto de la noche que me sustrae de su vista; y con tal que me ames, poco me importa que me hallen en este sitio. Vale más que mi vida sea víctima de su odio que el que se retarde  la muerte sin tu amor.

Julieta:¿Quién te ha guiado para llegar hasta aquí?

Romeo:
El amor, que a inquirir me impulsó el primero; él me prestó su diligencia y yo le presté mis ojos. No

 

en tiendo de rumbos, pero, aunque estuvieses  tan distante como esa remota playa que baña el más remoto Océano, me aventuraría en pos de semejante joya.

 

Julieta:

 

El velo de la noche  se extiende sobre mi rostro, tú lo sabes, si así no fuera, el virginal pudor colorearía mis mejillas, al recordar lo que me has oído decir esta noche. Con el alma quisiera guardar aún las apariencias; ansiosa, ansiosa, negar lo que he dicho, pero ¡fuera ceremonias! ¿Me amas tú? Sé que vas a responder sí y creeré en tu palabra. M

 

as no jures, Podrías traicionar tu juramento; de los perjuros de los amantes, es voz que Júpiter se ríe. ¡Oh, querido Romeo! Si me amas, decláralo lealmente, y si es que en tu sentir me he rendido con harta ligereza, pondré un rostro severo, mostraré crueldad y te diré no, para que me cortejes. En caso distinto, ni por el universo obraría así.. Créeme, bello Montesco, mi pasión es extrema, y por esta razón te puedo parecer de ligera conducta, pero confía en mí, hidalgo: más fiel me mostraré yo que es

as que saben mejor afectar el disimulo. Yo hubiera sido más reservada, debo confesarlo, si tú no hubieras sorprendido, antes de que pudiera apercibirme, la apasionada confesión de mi amor. Perdóname pues y no acuses de ligereza de inclinación,  esta debilidad que así t

e ha descubierto la oscura noche.

 

Romeo:

Señora, juro por esa luna sagrada que platea sin distinción las copas de los frutales.

Julieta:¡Oh! No jures por la luna, por la inconstante luna cuyo disco cambia cada mes. No sea que tu amor se vuelva tan variable.

 

Romeo:

¿Por qué debo jurar?

Julieta:

No hagas juramento alguno; o si te empeñas, jura por ti, el graciosos ser, dios de mi idolatría, y te creeré.

Película Romeo y Julieta (1968), de Franco Zeffirelli. Escena del balcón.

EL ADIÓS A LA VOZ Y MEMORIA DE LA PUNA

Lunes, Julio 30, 2012

21 de octubre de 1929 – 30 de julio de 2012

 


UN UNIVERSO DE FANTASÍA

Miércoles, Junio 6, 2012

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Ray Bradbury, otro maestro que se despide…

1920-2012

Por Mario Mendez

 

Hace un tiempo, no mucho, escribí para este mismo blog, unas palabras sobre Crónicas marcianas, ese libro inolvidable que tuve la suerte de leer en segundo año del secundario, gracias a una profesora inteligente. Hoy, mirando el diario, me encuentro con la noticia de que ha muerto Ray Bradbury, ese autor, como dijera Borges en su brillante prólogo, de “deleitables horrores”. Decía yo, en aquel texto sobre las Crónicas, que mi ejemplar de Crónicas marcianas, pésimamente encuadernado por mis manos torpes para la materia Actividades Prácticas, es uno de los libros de mi biblioteca que más quiero. Bradbury, también, es uno de mis autores más queridos.

A las maravillas de las Crónicas (el señor K matando al primer astronauta con su arma de insectos, los recuerdos de los muertos queridos enloqueciendo de amor y de espanto a los hombres de la tercera expedición, la gorda Genevieve con la cara manchada de chocolate y el timbre del teléfono (de su llamada) que el único hombre olvidado en Marte jamás atenderá, tanto como la maravillosa galería de horrores del señor Stendhal en “Usher II” y tantas otras) debo agregarle, hoy, en esta despedida, otras magníficas creaciones del querido autor. Y lo primero que se me viene a la memoria, creo que como una obviedad, es Fahrenheit 451. El inicio de esta novela es uno de esos que hacen historia, tanto como el “Hoy ha muerto mamá”  de Camus en El extranjero, el “¿Encontraría a la maga?”, de Cortázar en Rayuela, o el más grande de todos, aquel “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” del genial Cervantes para su Quijote. Bradbury escribe: “Era un placer quemar”, luego hace un sabio punto aparte, y pronto nos enteramos que Montag, el particular bombero que protagonizará la aventura, es un bombero… que quema libros. Historia de anticipación que no solo planteó la llegada de tecnologías que después vimos (Bradbury comenta en la contratapa de la edición de Minotauro su estupefacción cuando ve gente conectadas a los walk man que él había pre-visto) sino también de algunos horrores, de esos que no tienen absolutamente nada de deleitables que vivimos en nuestro país y otros países, vecinos o no, donde se hicieron piras con libros.

Crónicas Marcianas, Fahrenheit 451 y El hombre ilustrado acompañaron mi iniciación como lector, de ciencia ficción en particular, de buena literatura en general. Hoy me permito despedir al genial autor, como su admirado lector, con una melancólica tristeza.