Archivo Categoría 'Conversación en la catedral (Entrevistas a escritores, ilustradores, personalidades de la cultura y referentes de bibliotecas comunitarias)'

“El esfuerzo que lleva conseguir un libro es mucho menor que el de leerlo”

Lunes, Mayo 27, 2013

 

Esta entrada inaugura un nuevo ciclo de entrevistas con escritores y especialistas de la literatura infantil coordinadas. En sucesivas publicaciones, Libro de arena reflejará de manera extensa, literal y sumamente interesante, las charlas que se dieron coordinadas por Mario Méndez en el marco del ciclo organizado por el programa Bibliotecas para armar y la Biblioteca Nacional. En la de hoy, la primera parte de la discusión sobre políticas de lectura con la presencia de María Pía López, directora del Museo del Libro, Margarita Eggers Lan, directora del Plan Nacional de Lectura, y Teresita Valdetaro, una de las más conocedoras y experimentadas editoras de Literatura Infantil. 

 

 

Mario Méndez:

Buenas tardes. Voy a explicar brevemente qué es esto de los encuentros con los autores.  Se trata de encuentros en los cuales leemos a distintos autores de la Literatura Infantil y Juvenil y, en la reunión siguiente, tenemos el privilegio de conversar con cada uno de ellos. Este es el cuarto o quinto año que lo hacemos en distintas sedes. Desde el año pasado, además de estos encuentros, se nos ocurrió abrir con una mesa de especialistas, poniendo el foco este año en la promoción y en el incentivo de la lectura. Es por eso que invitamos a Teresita Valdettaro, que es escritora, editora, y ha pasado además también por la función pública (igual después me voy a referir a ella con más detalle). Y a Margarita Eggers Lan que es directora del Plan Nacional de Lectura, nada menos. Por eso pusimos el foco en este tema de la difusión. Luego, seguramente se incorporará María Pía López, que además de ser socióloga es la directora del Museo de la Lengua y del Libro. Brevemente, antes de ponernos a conversar con nuestras invitadas, voy a hacer una breve síntesis del Programa de estos encuentros. La idea es la siguiente: un primer lunes trabajamos con la lectura y el análisis de algún autor, exhaustivamente. Todo lo que podamos. La idea es leer todo lo que tengamos a mano de, por ejemplo, la primera con la que vamos a abrir el ciclo que es Márgara Averbach. Y a la siguiente semana concurre Márgara, para que le hagamos una entrevista entre todos. Yo la coordino pero la entrevista es pública. Participan ustedes que vienen leyéndola y habremos charlado de la obra de Márgara y después seguiremos con Pablo de Santis, Jorge Accame, Silvia Schujer y Ricardo Mariño. Como ven, lujoso el ciclo. Bueno, entonces ahora la idea es hablar con nuestras invitadas. Y empiezo por Margarita Eggers Lan, directora del Plan Nacional de Lectura, escritora, editora también. Y la primera pregunta que se me ocurre es una que seguramente te habrán hecho muchas veces pero me parece que viene bien volver a preguntar: ¿leen los chicos, Margarita?

 

 

Margarita Eggers Lan:

Bueno, buenas tardes a todos y todas. Hay más todas que todos pero bueno… un gusto estar acá, en esta casa donde siempre nos sentimos tan cómodos, con amigos de hace muchos años.  A propósito de lo que me preguntás, traje la Encuesta Nacional de Lectura porque preví que me podía preguntar sobre ella. La ENL se presentó el año pasado. La hicimos con el Consejo Nacional de Lectura. Los datos que da la Encuesta son únicamente cuantitativos. Entonces, tampoco sé hasta dónde sirve tirar datos acera de cuánto leen los que leen. Especialmente, la franja escolar no fue tomada. La ENL es para mayores de dieciocho años. El Ministerio pidió especialmente la franja de doce a dieciocho que todavía no se presentó, que tienen que ver más con indagar con el uso de nuevas tecnologías. Como el Ministerio tiene el Operativo Nacional de Evaluación que se hace cada tres años, tampoco pensamos que hacía falta intervenir especialmente en esa etapa- Sí en los chicos más chiquititos, a través de sus familias. Hubo una encuesta para las familias de chicos de cuarenta y cinco días a seis años. Si leen o no leen, eso es algo, digamos que es palpable. Que todos lo podemos ver.

 

 

Asistente:

¿Cuál es la finalidad de la encuesta?

 

 

MEL:

Las encuestas son mediciones que se hacen. Se hizo para el Consejo Nacional de Lectura que está conformado por el Ministerio de Educación, el Ministerio de Salud, el Ministerio de Desarrollo Social,  la Biblioteca Nacional, Canal Encuentro, TV Pública. Son nueve organismos. La idea es tener datos cuantitativos comparables con otras regiones del mundo o con estudios anteriores en nuestro país. Entonces, los datos que puede dar esta Encuesta sí son comparables en su mayoría con, por ejemplo, la Encuesta de 2001. En el 2001 se hizo una ENL y en esta nueva Encuesta hay un aumento en la cantidad de lectores. A lo que yo me refiero cuando hablo de lo cuantitativo es que creo que a ninguno de nosotros nos cabe ninguna duda acerca de que hoy se lee mucho más que antes. Nosotros acá indagamos sobre los soportes, pero no hay una evaluación acerca de la calidad de lo que se lee. Sí hay preferencias. Novelas, cuentos, todo eso hay, existe en una encuesta. Pero a veces creo que… a ver… si yo hoy tengo que decir: “¿El Plan Nacional de Lectura tuvo algún resultado desde que comenzó hasta hoy?“ Y te puedo decir que sí. Y es una evaluación muy subjetiva. Pero te puedo decir que sí. Y te lo digo, por ejemplo, por una cosa simple: Yo soy jurado del Concurso Vivalectura, que es un concurso que premia las buenas prácticas de lectura o las experiencias de promoción de la lectura en la escuela, en la sociedad, en la escuela, en medios virtuales. La primera edición fue hace más de seis años. En el año 2008 el ganador del Primer Premio fue Eduardo Sacheri. Ganó un primer premio contándonos muy emotivamente cómo hacía que sus alumnos de una escuela muy humilde de Merlo se entusiasmaran con ir a su taller de lectura en voz alta mientras que él era profesor de Historia. Ese trabajo fue muy emotivo y ganó un primer premio. Hoy, un trabajo como el de Eduardo, es uno más entre cientos que se presentaron. Hoy, la calidad de las propuestas y la variedad, el ingenio, la creatividad,  no las puedo cuantificar, pero son muy superiores a lo que eran hace siete años atrás. En los mismos docentes. Yo encuentro eso porque existen otras motivaciones. Lo veo cuando leo los trabajos. Eso es lo que yo percibo. Cuando empezamos nosotros, no había libros en las aulas. Ahora hay libros en las escuelas. Hay cosas con las que uno tiene una referencia… Después hay otras cuestiones que tienen que ver con cómo incursionaron las nuevas tecnologías en la vida de los alumnos, en la vida de los docentes, cómo se trabaja esa relación entre docentes y alumnos con las nuevas tecnologías, cuánto se capacitan los docentes. Cuánto leen las familias también, para  ser modelos lectores de sus hijos. Hay muchas cosas que hay que poner en el tapete, y muchas cosas que hay que trabajar y profundizar. Se me hizo larguísimo…

 

MM:

Y vas a seguir. Es mucho más interesante con este ida y vuelta. Siéntanse libres de preguntar todo lo que quieran. Vamos a preguntarle a Teresita. Vos trabajaste en una institución estatal, en el Gobierno de la Ciudad hace unos años, pero me gustaría saber más, porque sos una editora con mucho recorrido (Teresita fue editora de Aique, de Puerto de Palos,  de Sigmar, de Guadal, y seguramente me olvido de varios),  y esas cuatro editoriales tienen todos características muy diferentes porque Aique y Puerto de Palos son lo que en la jerga se llama “texteras”, es decir, editoriales que publican básicamente libros de texto. Y Guadal y Sigmar, son editoriales que publican literatura infantil que se vende mucho en librerías, por impulso, más comerciales. ¿Cuál es tu experiencia desde la empresa editorial privada? Con respecto a la lectura, al crecimiento, esto que decía Margarita que del 2001 a esta parte hay mucha más lectura.

 

Teresita Valdettaro:

Bueno, eso es innegable. Desde el punto de vista más duro de mi experiencia como lectora. Mis últimos dos trabajos han sido en dos editoriales casi exclusivamente dedicadas al público infantil. Guadal, por ejemplo, publicaba ciento cincuenta títulos al año. Más de diez por mes. Cuando yo entré en la editorial, los dos primeros años, todo el mercado se retrajo un poquito, y aunque se trabajaba un poco menos, igual estábamos en unos ciento cincuenta títulos anuales, lo cual es un volumen importante para una editorial mediana. Y Sigmar está más o menos en la misma cantidad. Un poquito menos. Pero son editoriales con mucha publicación. Ligado a tu pregunta, más allá de estos datos digo que los chicos sí leen, aunque no necesariamente literatura. La literatura es más responsabilidad y mérito de la escuela. De los Planes. De todo el trabajo que vienen haciendo Margarita, Adela Ratner, Filmus, en la época en la que él era ministro, que no sólo fomentan la lectura en la escuela y le dan elementos al docente, a los maestros para animar realmente sino que además sostienen una diversidad editorial que no sostendría el mercado. Vale la pena aclarar esto. Existen dos canales fundamentales de circulación: el canal comercial y el canal institucional. Yo hablo desde el canal comercial y noto un gran crecimiento en las editoriales que publican infantil. En un mercado que se está retrayendo, lo que sigue sumando, lo que no pierde lectores, es el mercado de la literatura infantil y juvenil. Cuando hablo de literatura lo hago en un sentido amplio. De libros para chicos. Nosotros publicábamos libros  desde bebés. Los libros de tela, de plástico, que conocen, hasta diez, once años. Es una gran producción, orientada a un segmento muy determinado. En la cual el libro es más un objeto, un objeto de juego, es decir, tapa dura, mucho color. Por un lado, en el canal comercial, el libro se vende por impulso y el libro que se vende por recomendación.

 

MM:

Hay una diferenciación que se hace dentro de las editoriales, con esto del libro por impulso, y el libro que es prescripto. O sea, el libro que el docente prescribe para que los chicos lo compren. Las editoriales piensan en convencer a la maestra.

 

TV:

Sí, es muy difícil. Yo cuando empecé en Puerto de Palos, era literatura destinada a docentes. La colección Cántaro. Y era muy difícil pensar en un libro que atrajera al docente pero que no aburriera al chico. Entonces… las introducciones, que no contaran el argumento, porque si no, el chico leía la introducción y no leía el libro. Pero a la vez darle algunos elementos al docente porque estábamos buscando y proponiendo títulos que no eran tan canónicos. Un Moliere, un Ionesco… les tenías que decir quiénes eran, porque eran autores que no se leían en los profesorados. Es muy difícil, y desde la estética mucho más. Es muy difícil encontrar ese equilibrio, porque el libro es para el chico y tiene que ser pensado desde el interés.

 

MM:

Hay que convencer a varios… al chico, a la maestra, al padre también… (Risas)

 

 

TV:

Hay que convencer al Ministerio para que lo recomiende, que las ideas están buenas…

 

MM:

 

Aprovechando que la tenemos a Margarita…Teresita hace mención a libros como los de la colección Cántaro, que seguramente acá hay docentes que los conocen, o en su momento los Azulejo, de Estrada, de Colihue… Eso fue o es todavía (me parece a mí) rechazado a nivel Estado. El Estado no compra esos libros. Margarita, ¿por qué?

 

MEG

Yo no me puedo meter en el tema de las compras porque no participo… Sí puedo decir que desde el Ministerio de Educación, desde el Plan Nacional de Lectura, nosotros nos atrevemos a recomendar libros para las escuelas. Nosotros tenemos seiscientos libros recomendados para leer en la escuela que son publicaciones que hicimos. No quisimos dividir a los lectores por edad, sino por experiencia, partiendo de primeros lectores, lectores con vuelo propio, lectores expertos, bueno… Y en una primera selección, que lo hicimos con ALIJA, tenemos trescientos libros iberoamericanos. Y bueno, nos costó mucho, porque tuvimos que buscar autores de Bolivia, de Paraguay, de Perú, que no son tan conocidos acá. Desde el Plan de Lectura estamos en la búsqueda de una identidad, también. De algún modo siempre hemos estado signados por la eurovisión de “el libro”. Desde Anthony Browne hasta todo lo atractivo del libro europeo. Y nosotros tenemos que poner sobre el tapete las cuestiones que tienen que ver con nuestra identidad como región. Respecto de la pregunta que me hacías para mí es compleja en este sentido: vos me  estás hablando de libros que tienen actividades dentro del libro. Yo no comparto la idea de meter actividades en los libros. Yo creo que la literatura es literatura. Y si a vos se te ocurre que con este libro de literatura vos podés pedirle a los docentes determinados caminos, trayectorias o ideas, para que a partir de este libro lean otros libros… Ahí llegó María Pía…

 

 

María Pía López:

Hola a todos.

 

 

MEL:

…todo bien, pero yo creo que no deben estar insertos en el libro. La excusa para leer literatura tiene que ser que quiero leer literatura. Quiero leer algo que me dé gusto leer, y si es un libro específicamente para el colegio, para las actividades de Lengua, es otra cosa. Eso no es un libro de literatura.

 

TV:

¿Puedo contestar?

 

MM:

Antes de que contestes, porque es interesante,  le damos la bienvenida a María Pía, que, como dijimos, es la directora del Museo del Libro, socióloga, escritora, tiene dos novelas publicadas… Y viene acá a compartir esta mesa sobre la difusión del libro, y vamos a hablar con ella también, entre otras cosas, de la literatura infantil y juvenil. Empezamos a polemizar con la conveniencia o no de los libros con actividades.

 

MPL:

Yo voy a hacer una defensa y también un poco de historia  de lo que abrieron esas colecciones de literatura complementaria. La primera fue GOLU, la de Kapelusz, una de Huemul, LYC… Todas estas colecciones tuvieron un recorrido interesante, me acuerdo que se lo dije a Herminia Petruzzi en su momento. GOLU es una sigla que significa Grandes Obras de la Literatura Universal. LYC ¿ qué quiere decir? ¿alguien se acuerda?

 

Asistente:

Leer y Crear.

 

MPL:

Exacto, Leer y Crear. Ya ese enfoque, ya ese quiebre de pasar de las Grandes Obras de la Literatura Universal, y ahí estamos mirando lo que hay que mirar y alabar, a Leer y Crear, eso para mí tuvo un quiebre que vale la existencia de todas esas colecciones de literatura. De las cuales nos declaramos herederos todos los que seguimos después. Hay dos grandes cosas que les debemos. Yo era docente de Literatura en esa época. Así que lo que le debemos a esas colecciones es que cuando la currícula todavía no había cambiado, y no se habían abierto puertas nuevas, las editoriales, desde esas propuestas, nos mostraron un modo de abordar los libros con más frescura, más credibilidad y dándole la palabra también al chico. Esto para mí es fundamental, porque yo no lo tuve como alumna. Como alumna no tuve la palabra, entonces, cuando vos vas como docente, y pasaron nada más que cinco años y se cayó el mundo, los cinco años en los que yo salí de la escuela y de la facultad pasaba nada menos que la democracia. Era, gracias  a Dios, otra vida. Entonces teníamos el apoyo de esas colecciones para poder abordar las obras de un modo mucho menos autoritario y mucho menos canónico. Más visto desde el punto de vista adolescente. Y la segunda y gran cosa que hicieron y que tratamos de hacer desde esas colecciones es la apertura del canon. Pasamos de que los primeros títulos de todas las primeras colecciones fueran Martín Fierro, el Lazarillo… a que, por ejemplo, entre los primeros libros de Cántaro estaban Romeo y Julieta, El Lazarillo, sí, pero también Antígona y Edipo Rey. Es una apertura. Una ruptura del canon. Y una apertura hacia nuevos géneros, hacia nuevos autores, hacia nuevos tipos de literatura, que están llegando desde una colección que quiere ver cómo hacer llegar esos contenidos a los chicos. Y hay de todo. Yo, en las últimas épocas dejo de lado los cuestionarios. Todo lo que se da en las últimas dos colecciones que he dirigido es para estimular la creatividad,  para vincular, para conectar, es decir, son propuestas que no van a una lectura unívoca sino a abrirlo hacia otros lados, teniendo en cuenta que sean momentos significativos para los adolescentes. Más allá de que los chicos tienen que leer de todo. Pero resultó muy interesante para mí. No podría haberlo hecho en el marco de una colección comercial, de compra por impulso, acercar clásicos, o guías de cine.

 

MEL:

Por ejemplo, yo acá les quería mostrar un cuadernillo que hicimos para acompañar las colecciones literarias que van a las escuelas. Y bueno, nosotros tiramos también la pelota en la cancha de las sugerencias para los textos. Pero nuestra idea es abrir, a partir de ese libro, otros libros que hablen de este tema. Buscar dentro de los libros que están en esta colección y en los libros que están fuera de esta colección, otras posibilidades. Sugerir entrar a Internet a ver entrevistas a escritores, ver películas, nosotros apuntamos ahí. Quiero decir, no es que nosotros nos oponemos rotundamente al tema de “se lee el libro y nada más”. Nuestra escuela está para eso, pero nosotros sostenemos la lectura de la literatura como goce artístico y lo sostenemos a rajatabla. Eso no quiere decir que nosotros no pensemos en qué cosas podemos darle a los docentes para que sigan abriendo caminos. A veces, un poco, lo que me molesta de este tipo de libros (a los que se les reconoce el valor, por supuesto… cuando Herminia Petruzzi hizo la Colección LYC  fue como una pionera en eso pero hubo un montón de cosas en las que mucha gente pionera que después se supera)… a mí a veces lo que me molesta de eso es la devaluación del docente. El docente parecería ser una persona que necesita una recetita para respetar. Y no es así. Obviamente hay gente que sí, que lo necesita. A lo mejor están muy cansados, tienen que dar muchas clases y les vienen bien ese tipo de cuestiones. Pero hacer las actividades desde ese lugar me parece horrible.

 

MM:

A ver, María Pía, la primera pregunta, con la que abrimos, fue si los chicos leían. Y dijimos que sí. Pero ya que vos trajiste el tema de la secundaria y de la adolescencia, voy introduciendo eso que es una de las grandes discusiones, la literatura juvenil. Varias preguntas en una: ¿Vos creés que los chicos leen, qué leen y leen los adolescentes?

 

MPL:

Sabemos que el campo es absolutamente heterogéneo, que en muchos casos depende mucho de condiciones familiares… Hay una investigación del Museo que estamos haciendo en la que está apareciendo el problema, dicho muy rápidamente, que hay niños o adolescentes que no provienen de entornos narrativos. Que no han recibido cuentos, relatos, en sus familias. O que tienen escasos ámbitos conversacionales. Esto va más allá y más acá de la idea del libro. Creo que alguien puede expresar oralmente o por escrito aquello que está pensando, entiende, siente o cree. Esa dificultad, en algunas escuelas con las que venimos haciendo la investigación, que en general son escuelas de zonas que son problemáticas socialmente, con condiciones habitacionales precarias de la mayoría de los estudiantes. Y aparece este problema de chicos que tienen (porque el objetivo del trabajo es ese: la pregunta por el manejo de la lengua, por el uso de las potencias expresivas de la lengua), que tienen dificultades en el manejo de la lengua por esa carencia de entornos narrativos. Algunos profesores con los que hablamos encaraban la cuestión desde un lugar interesante que es concentrar la enseñanza sólo en la lectura. Es decir, poder leer el texto ficcional. Un texto ficcional alejado de la realidad misma de esos jóvenes e ir llevando a los jóvenes y a los niños a la pregunta de qué pueden decir acerca de ése texto. Sin una guía, sin mucha orientación. Tratar de que sean capaces de contar, de contar algo. De decir algo respecto de eso. Porque lo que me parece es que cuando hablamos de la práctica de la lectura, sabemos que está en confrontación, en  tensión con otras prácticas lingüísticas y culturales que son, en muchos casos, denostadoras de la lengua. Hay muchas tendencias en la sociedad contemporánea que llevan a un acontecimiento muy fuerte de los recursos expresivos. Los que den clase en escuelas medias saben que hay una fuerte reducción, en muchos casos, de este recurso, hacia formas muy estereotipadas, muy estandarizadas, muy de slogan y casi de violencia verbal. Entonces, en ese sentido,  es muy difícil decir qué leen o no los jóvenes. Me parece que a veces leen, a veces no leen, y fundamentalmente tienen esa otra cuestión que en muchos casos las instituciones públicas, no sólo las educativas, sino las instituciones públicas en las que muchos nos movemos, tienen el deber de generar esos entornos narrativos. Entornos en los que sea posible conversar y discutir alrededor de los libros. Tengo la impresión, y cuando una rastrea las historias de lectura propias, ¿cómo leemos cada uno de nosotros? ¿Qué leemos? O ¿qué escenas hay en torno de la literatura argentina, respecto de las escenas fundacionales de lectura? Y pensaba, y me llamaba mucho la atención una anécdota de Alberdi. Una anécdota del Nacional Buenos Aires que es una de las instituciones que más tradicionalmente ha llevado a la gente a la lectura, mucho más que otras escuelas. Alberdi cuenta que estaba en la clase de latín, muy aburrido, y su compañero de banco, que era Miguel Cané, le dice, por abajo del banco: “Leé esto que te va a interesar”. Y lo que le da es La Nueva Eloísa, de Rousseau. Alberdi dice: “Ese es el acto principal en mi formación. Que alguien, por abajo del banco a escondidas me pasara un libro que yo leía mientras la profesora trataba de enseñarnos latín y yo repitiera el latín sin ninguna gana”. Esa lectura a escondidas fue el momento central de formación de una figura intelectual poderosísima. La otra anécdota también por el estilo  también asociada a Rousseau es una hermosísima de Lucio V. Mansilla, un hombre que viene de las mismas elites, aunque con un costado federal, rosista. Su familia, su papá, de muy jovencito, lo manda a trabajar, para hacerse hombre, en un saladero. Y llega un día el padre, y él estaba tirado en un camastro, leyendo El Contrato Social, de Rousseau. Y el papá le dice: “Mirá, hijo, si vos sos sobrino de Rosas, como sos, y querés leer El Contrato Social, te doy plata y te vas a Francia. Pero en Buenos Aires, leer El Contrato Social, con tu tío en el poder, no es una buena idea”. Otra lectura de Sarmiento, cuando él trabajaba de minero… es que nadie lo veía trabajar nunca a Sarmiento, porque lo que hacía era estar encerrado, escondido, leyendo. Era capataz de minas y se la pasaba leyendo. Esas lecturas clandestinas que todos hemos hecho alguna vez tienen una lindísima tradición. En realidad, esta tradición puede ser más amplia a partir de la pregunta por cómo uno se formó como lector. Por ejemplo: “Me formé yendo a la Biblioteca Popular”. Es la memoria de Sarmiento la que está ahí, la que cuenta los libros que sacaba de las bibliotecas para leer. No son libros propios. Son libros que están en la circulación pública de algún modo. O una escena preciosa que está en la ficción de Roberto Arlt, en El juguete rabioso,  donde los jóvenes van y roban una biblioteca.  ¿Con qué idea roban esa biblioteca? Roban esa biblioteca con un criterio mercantil. Bueno, a ver qué hay acá, y  empiezan a juntar libros entre los libros está Las montañas del oro de Lugones. ¿Cuánto cuesta esto? Diez pesos. La apropiación de la cultura por la vía más rústica, la clandestinidad, el robo, llevarse algo. Pensaba en esa escena porque pensaba en un libro que me robé. (Risas) A los quince años…

 

MM:

¿No robaste de acá de la biblioteca nacional?… (Risas)

 

 

MPL:

No,  ya soy una persona decente, y no creo que haya que robar escuelas públicas. Y de bibliotecas públicas es esta anécdota. Me robé un libro de la biblioteca de la escuela a la que yo iba. Que era un libro… es terrible lo que hice porque tenía quince años y quería dedicarme a la Filosofía. Entonces fui y me robé Ser y Tiempo, de Heidegger…. Al pedo. (Risas). El robo más inútil de la historia de la literatura es el que yo cometí. Porque ahí me di cuenta de que el esfuerzo que lleva conseguir un libro es mucho menor que el esfuerzo que lleva leerlo. Apropiarse de un objeto cultural es bastante más difícil que salir a comprarlo. Apropiarse de Ser y Tiempo, de Heidegger, lleva muchos años de maceramiento, de lecturas, de llegar a ese libro, que el acto astuto de llevarse el libro de la biblioteca cuando nadie te ve. Pero esa tensión con la lectura clandestina… todos debemos tener en nuestras memorias ese libro que nuestros padres decían que no había que leer. O que estaba oculto por algunas razones a los ojos infantiles. Desde Corín Tellado. Cuando sos muy chica, todavía,  para estar leyendo historias románticas, hasta un libro que te prohíben por distintos aspectos. Pero me parece que ese intersticio es interesante, para pensar la apropiación de la lectura. Porque la pregunta, para mí, para las instituciones públicas y para las instituciones educativas no es sólo cómo ponemos a disposición un conjunto de libros para que circulen, de obras, con buenos acompañamientos, para que circulen, sino también cómo despertamos deseo. Y ese deseo muchas veces funciona en el intersticio. Y en muchos casos, en las escuelas ese deseo lo produce el docente que está entusiasmado con un libro. Por ahí el docente lleva la lectura no porque sea parte del programa de lectura,  sino por los libros que atraviesan su propia subjetividad. Y que los pone ahí en juego. Entonces,  en ese momento es como milagrosa la lectura. Y ese momento milagroso me parece que es difícil de planificar. Y sin embargo… así como hay familias en las que no hay entornos narrativos y otras en las que sí lo hay. Y es esa transmisión la que resulta central para que un chico lea. O para que un adolescente lea. Yo tengo la impresión de que, para volver a tu pregunta, gran parte de las tendencias culturales de la sociedad en la que vivimos van en contra de la posibilidad del acceso a la lectura. De encontrar en la lectura algo que resulta objeto de deseo, de placer, de interés, etc. Y me parece que eso tiene que ver con que hay una transformación de la temporalidad. Todos sabemos que leer un  libro exige una paciencia. No Ser y Tiempo, digamos, (Risas), es más, nunca lo terminé, aclaro. A los cuarenta y tres años todavía no terminé el libro que me robé a los quince, o sea que lleva una paciencia infinita. Todos los libros nos exigen una paciencia, aunque sean libros narrativos, cortos, atractivos. Nos exigen una paciencia que muchos otros objetos culturales no nos demandan. Por ahí nos demandan una temporalidad mucho más rápida, más cercana a la inmediatez. La imagen tiene un sentido de mucha más inmediatez. Las formas asociadas a las tecnologías digitales permiten una velocidad mucho más apegada a la ansiedad que el que exige el libro. Con el libro uno necesita un cierto silencio muchas veces, necesita una paciencia, necesita una especie de “retirada del mundo”. Yo tengo la impresión de que para poder producir eso,  tenemos que ser nosotros muy lectores, en el sentido de poder transmitir la escena de ese disfrute en el cual podemos leer a escondidas, leer es casi una aventura, leer es algo que nos detiene el trabajo. A la hora que tenemos que trabajar decimos: “Bueno, vamos a ponernos a leer”. Nos escondemos un rato de la mirada del que tiene que controlar nuestro  trabajo para leer un rato. Creo que poner libros a disposición es absolutamente necesario con bibliotecas, con colecciones, con distribuciones de libros, con el  uso de las tecnologías digitales para poner textos en ellas. Estamos en un contexto en el que cada niño y joven de este país tiene una netbook. Tendríamos muchas posibilidades de trabajar en relación a eso. Y quizá lo otro, que es tan cualitativo, y tan milagroso, tan particular que es cómo transmitimos qué es lo que ocurre allí, que es algo muy potente, que nos cambia la vida. Tengo la impresión de que, si uno lograra en ciertos momentos decir con toda la sinceridad del mundo que un libro te puede cambiar la vida, algo haríamos con eso. Pero para eso, creo que todos los que estamos acá, tendemos a creer que los libros cambian la vida de las personas.

 

La segunda parte de esta charla se publicará el próximo viernes. 

“LOS PERIODISTAS ROBAMOS CADA VEZ QUE UN EDITOR NOS PIDE UN TÍTULO”

Viernes, Marzo 15, 2013

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En la segunda parte de la entrevista a Sergio Olguin, realizada en septiembre por Mario Mendez dentro del Ciclo de encuentros con autores de literatura infantil y juvenil del Programa Bibliotecas para armar, llevado a cabo en la Casa de la Provincia de Chubut, el escritor y periodista cuenta sobre su derrotero por la escritura; sus inicios en el periodismo, su trabajo actual como escritor de ficción, las incursiones en la novela infantil-juvenil y los proyectos en los que se imagina estar trabajando próximamente.

(Ver primera parte de la entrevista, aquí) 

 

MM: Vos sos del sur, de Lanús, ¿verdad?

 

SO: Sí, de Lanús.

 

MM:¿Y la conurbanidad cómo la llevás?

 

SO: Un poco cansador a esta altura de la vida que cada vez que hay un ciclo “Conurbano y Literatura” tengo que ir. Es una cosa cansadora. Pero para mí fue muy importante el hecho de vivir en lo que es un barrio y vivir todo lo que es el barrio. Me parece que eso es formador de la personalidad, sea Lanús, sea Morón, Monte Grande, Villa Celina… no importa. Donde sea… me parece que te genera ciertas cosas que vivir en la ciudad, en el centro de la ciudad, no lo genera. Y escribí Lanús pensando en eso. En ese barrio que yo había visto en los setenta que era Lanús, y Avellaneda… De fábricas que estaban las veinticuatro horas abiertas, los colectivos que iban repletos a las seis de la mañana con gente colgada, y después ver toda esa decadencia en los noventa, la caída de lo que sería el primer cordón industrial, que para mí era muy fuerte. Llegar a Lanús en un momento en que todo eso ya no existía, era un recuerdo. Y en Lanús un poco intenté contar eso.

 

Participante: ¿Seguiste viviendo en el conurbano?

 

SO: No. No, cuando escribí Lanús yo ya no vivía ahí. Sí tengo a mi familia. En ese momento estaba vivo mi padre, todavía, y tengo mis hermanas que viven en Lanús y en Monte Grande. Así que cada tanto, muy cada tanto, sigo todavía yendo para la zona sur.

 

MM: Hace un ratito mencionaste a tu editora alemana. Yo tengo una duda zonza acerca de tus editores. De quiénes te editan. Los buscás en Wikipedia o los buscás en librerías y está Siruela, está Tusquets y está Norma con los mismos títulos pero con las mismas portadas cambiadas, ¿cómo es eso?

 

SO: Bueno, Tusquets edita mi obra de adultos, básicamente. Lanús apareció primero en Norma, después en Tusquets. Mi editora alemana, es la editora también de Siruela… es una especie de Diego Maradona de la edición. Ella misma te dice: “Tengo cuatro Premios Nobel”.  Ella descubrió a cuatro Premios Nobel para distintos mercados. Fue la primera en editar a Vargas Llosa en Alemania. Todo eso capaz que te ilusiona. Es un personaje muy particular, muy especial . Y ella fue la que llevó mis novelas a Siruela, las juveniles, Springfield y El equipo de los sueños. Después las de adultos las publicó ahora Tusquets; publicó Lanús, Filo y Oscura… y va a publicar la nueva novela.

 

MM: ¿Cómo se llama?

 

SO: La fragilidad de los cuerpos. Título pretencioso, pero suena bien en inglés, en francés, me gusta mucho. Espero que la traduzcan (risas). Tiene una cosa medio afrancesada. Recuerdo un poco a Kundera con La insoportable levedad del ser, que no es francés pero quiere serlo o a La posibilidad de una isla de Houellebecq… Tiene esa onda afrancesada a lo Telerman. Ya que estamos  en Buenos Aires…

 

 

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Participante: ¿Qué es?

 

SO: Es una novela policial más bien clásica. Hay unas muertes al comienzo y es la primera novela de una serie que voy a escribir con la misma protagonista.

 

Participante: Para adultos.  ¿Es una saga? ¿Cómo se llamaba?

 

SO: La fragilidad de los cuerpos. Es la primera parte de lo que espero que sea una saga de Verónica Rosenthal que es el nombre de la protagonista, una periodista treinteañera, soltera, que investiga crímenes. En este caso investiga algo que ella cree que es un crimen y que deriva en una mafia mucho más compleja…

 

Participante: ¿Acá?

 

SO: Sí, bueno, ella trabaja en una revista, que es un semanario que está cerca de donde trabajo yo. Y la trama se desarrolla en las vías del Sarmiento. A lo largo de todas las vías del Sarmiento desde el comienzo hasta Merlo. Gran parte de la novela está escrita antes de los desastres del Sarmiento y no tiene nada que ver con eso. En realidad es otro tipo de problema… Son unos chicos que saltan en las vías. Compiten a ver quién está más tiempo frente al tren, antes de que llegue el tren. Pero en realidad ella sospecha que hay una mafia detrás de todo eso, que los hace competir. Y se pone a investigar esa mafia.

 

MM: ¿Apuestan?

 

SO: Claro. Y empieza a meterse con cuestiones políticas, con un puntero dela Comuna 8 dela Ciudad de Buenos Aires; empieza a hacer toda una investigación muy compleja. Y paralelamente se enamora de un ferroviario casado, con hijos, se mete en problemas… Lo que pasa siempre en todas mis novelas, digamos. (Risas)

 

MM: ¿Y cómo es esto de pensar una saga?

 

SO: Tengo varias ideas. Todavía no sé con cuál sigo pero tengo tres historias policiales dando vueltas en la cabeza. Alguna de esas va a ser la segunda de la saga. Todavía no sé. La idea mía es que Verónica vaya evolucionando como personaje. Ahora está soltera y metiéndose en problemas con tipos casados, después se pondrá de novia, se casará, tendrá hijos… Que el personaje no sea el típico de novelas policiales que se mantiene igual desde la primera a la última novela sino que vaya creciendo con los años. Vamos a ver. Todavía no tengo claro qué va a pasar en su vida personal en la segunda parte, pero tiene que pasar algo que la cambie. Probablemente se ponga de novia. Además ahí entró en escena otro, un ex novio que tiene ella, me cae simpático, por ahí los caso, voy a ver (risas).

 

MM:¿Te cambiaron un título en una oportunidad?

 

SO: Sí, en Springfield. Le cambiaron el título porque parece que a los españoles no les van los títulos con palabras en inglés. Si tiene una sola palabra y es en inglés no la entienden, parece ser. “Mirá, algo tenemos que agregarle porque así no puede ser”. “Bueno, pongámosle Vivir en Springfield y ya está”.

 

Participante: ¿Comenzaste con el periodismo? ¿Cuándo llegó la ficción?

 

SO: Sí. En cuanto a escritura, te diría que la ficción es anterior al periodismo. Yo empecé a escribir mi primera novela en diciembre del ’83, cuando tenía dieciséis años. Tres años estuve hasta terminarla. Nunca la publiqué, por suerte, porque era muy mala, pero significó mi formación como escritor. Y empecé a trabajar en periodismo al año siguiente. A los diecisiete. Desde muy temprano trabajé como periodista cobrando por las notas. Empecé muy temprano y durante muchos años pensé que mi oficio de periodista era lo más importante, mucho más que el de escritor. Lo de escritor lo hacía un poco con culpa. No tenía que darle mucha importancia. Y con el tiempo seguí escribiendo. Después fui uno de los ganadores de la Primera Bienal de Arte Joven. Entonces conocí a mucha gente que hacía lo mismo que hacía yo. Hasta ese momento no conocía gente que escribiera ficción o poesía. Me di cuenta de que había todo un mundo de personas de mi edad que hacían lo mismo que estaba haciendo yo. Hice amigos, empezamos a intercambiar lecturas, y empezó a formarse en mí la idea de ser escritor. La primera publicación importante que tuve, el primer libro que publiqué, Las griegas,  fue una edición de autor.

 

Participante: ¿Una edición de autor es cuando un escritor se autoedita?

 

SO: Se autoedita, sí. Nos pagamos la edición. Pero ya en ese momento, cuando hicimos la edición de autor, fue como un acto de rebelión de tres autores: de Claudio Zeiger, Pedro Rey y yo, que éramos amigos. Los tres trabajábamos en periodismo cultural desde hacía muchos años y conocíamos a las editoriales. Conocíamos a los editores. Queríamos decir: “Bueno, nosotros no vamos a ir a ustedes a llevarles nuestros libros, vamos a editarlos nosotros mismos”. Nos pagamos la edición. Nosotros hacíamos una revista cultural muy peleadora, V de Vian, una revista de los años noventa. No nos podían ver. Éramos mala palabra. Estaba mal ser amigo nuestro en esa época. Después hubo una renovación generacional en los editores. Pasaron a ser más jóvenes que nosotros, no conocen nuestro pasado, entonces nos publican. Pero los editores en los años noventa no nos daban ni siquiera libros para comentar en los medios donde trabajábamos. Hacíamos periodismo cultural que es la rama más tonta del periodismo, la más fácil, también. Pero V de Vian era una revista que tenía un particular sentido del humor y se burlaba de tipos importantes: Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, Juan Martini, Daniel Guebel… eran nuestras víctimas número a número. Decíamos cosas muy graciosas… qué sé yo… no sé… De Guebel decíamos que su literatura remitía ala Escuela de Rotterdam… pero ala Escuela Diferencial de Rotterdam (risas). Y Tomás Eloy se había sacado una foto, como era un tipo con un ego tan grande, una foto con una valija donde estaban todos los lugares en los que había trabajado. El chiste era: “¿Qué lleva Tomás dentro de la valija?”. Entonces poníamos todas cosas que sabíamos que le molestaban a él. Pero Tomás era mi jefe en Página 12, entonces. Me trajo bastantes problemas en su momento todo eso, pero nos divertíamos mucho. Y cuando decidimos sacar nuestros libros formamos nuestra propia editorial.

 

Participante: ¿Y hoy laburás en periodismo también?

 

SO: Sí, sí, vivo del periodismo, básicamente. Soy editor de cultura de un semanario que se llama El Guardián. Y también soy el jefe de redacción de una revista de cultura que se llama La mujer de mi vida, que es un proyecto mucho más artesanal.

 

Participante: Te tendrías que juntar con Campanella…

 

SO: Claro. Pero nuestra revista es anterior. Estamos desde el año 2003 en realidad. Es una revista cultural rara.

 

MM: Ahora que se mencionó a Campanella, dos cosas para decir. Bueno, primero, contar que fuiste uno de los fundadores de El Amante, ¿se acuerdan de la revista…?

 

SO: Sí. Habíamos hecho V de Vian en el año ’90, yo tenía veintitrés años cuando empezamos con “V de Vian” y queríamos hacer, con Pedro Rey, una revista de cine y teníamos un conocido que nos presentó a un grupo de gente para hacer algo juntos. Eran Quintín, Gustavo Noriega y Flavia de la Fuente. Nos asociamos los cinco y empezamos con El Amante. En realidad yo fui el primer director. En el número dos me echaron. O sea, el Consejo Editor que yo armé… una de sus primeras medidas fue echar al director. (risas) Por votación. Estuvimos un año, y lo que sería el grupo original de V de Vian que era Pedro Rey, más Elvio Gandolfo y Cristian Kupchik,  nos fuimos de El Amante y quedamos en V de Vian y no hicimos más revistas de cine ni nada de eso.

 

MM: Pero en V de Vian hacían cine…

 

(more…)

“PREFIERO SIEMPRE IMPROVISAR EN CADA LIBRO”

Lunes, Febrero 25, 2013

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En la primera parte de la entrevista a Sergio Olguín realizada en septiembre por Mario Mendez dentro del Ciclo de encuentros con autores de literatura infantil y juvenil del Programa Bibliotecas para armar, llevado a cabo en la Casa de la Provincia de Chubut, Libro de arena comparte las reflexiones de este escritor y periodista versátil que piensa que los géneros literarios tanto como la segmentación del público lector encasillan en exceso a los autores y cuenta cómo su trabajo ha logrado sortear esas limitaciones a lo largo de los años. Además revela la impronta que el cine, la televisión y la literatura han dejado en su propia escritura, como así también sus experiencias personales.

 

Mario Mendez: Vamos a dar comienzo a la entrevista, gracias Sergio por venir. Quiero decir  que tiene un doble valor, porque yo en general  a las entrevistas invito a amigos, o gente conocida al menos, que no pueden decirme que no, pero en este caso es diferente, nosotros nos acabamos de conocer acá enfrente, a través de una amiga en común, así que bueno… ¡gracias!

 

Sergio Olguin: Igual te corrijo. Nos conocimos una vez, en Cancillería, antes dela Feria del Libro de Santa Cruz. Viajamos distintos días pero estuvimos en esa reunión, donde había muchos autores.

 

MM: ¡Me hiciste acordar de que yo llegué tarde! Me equivoqué de edificio, me fui como a diez cuadras  y llegué tarde. Me senté apurado,  todo colorado…  ¿Vos fuiste al final?

 

SO: Sí, yo fui después que vos.

 

MM: Bueno, ya pasó, lindo viaje ese: recordando eso, va la primera pregunta. ¿Te invitaron como autor en general? ¿Cómo periodista? ¿Cómo autor de literatura infantil?

 

SO: Ese viaje fui como escritor. Tengo esas distintas vertientes y variantes. He ido a Ferias del Libro como periodista, escritor y alguna vez viajé como editor…

 

MM: Como editor también. ¿Qué estuviste editando?

 

SO: La colección de Andanzas Crónicas en Tusquets, una colección de crónicas periodística que dirigí hace unos años.

 

MM: Bueno, yo justamente pensaba como primera pregunta, sos periodista, sos escritor, sos editor también. Periodista y escritor son dos oficios diferentes pero se encastran. ¿No? Ahora, entre escritor a secas y escritor de literatura infantil y juvenil, ¿hacés esa misma diferencia?

 

SO: No, no hago una diferencia. Para mí está todo integrado en la misma obra. Yo soy  escritor, digamos, a secas. Hago literatura infantil, hago literatura de adultos, a su vez hago literatura de género… Me parece que mi trabajo como escritor engloba todas esas posibilidades. No hay una que me defina específicamente. Me gusta el policial, muchísimo, y entonces mis novelas tienen  alguna trama policial, pero tampoco me definiría como un autor de novelas policiales. No me gusta el encasillamiento porque eso limitaría mi trabajo a futuro. Si yo soy un autor de literatura de adultos no podría escribir literatura infantil, supuestamente. Y si soy un autor de novelas policiales no podría escribir una novela de amor. No podría cambiar mi forma de escribir. Así que prefiero, en realidad, siempre improvisar algo nuevo, en cada libro.

 

MM: Hay a veces esa clasificación. Colegas que no tienen publicado para adultos. Me acuerdo de que una vez me presentaron un escritor (no voy a decir nombres): “Un escritor”,“Otro escritor de literatura infantil” (risas)

 

SO: Sí, es como decir, “escritor de novelas románticas”. Es una definición demasiado estrecha.

 

MM: Bueno, vamos a ir directamente a los tres libros. Una de las cosas que más me gustaron, quizás porque somos generacionalmente muy cercanos, son ciertas claves. También la pasión por el deporte, muy fuerte; con la dolorosa relación con Boca (risas).

 

SO: ¿Cómo te diste cuenta?

 

MM: Bueno, yo les comentaba a las chicas que hay un guiño muy malvado y que ellas no lo tenían, porque hay que ser futbolero, o veterano, o las dos cosas, que es eso de que estos marcianos de Cómo cocinar un plato volador, tienen grabadas  las finales de las Libertadores de Boca, de Estudiantes y de Independiente, y la del  ’66, que es una referencia muy malvada, porque es la vez que perdimos en Chile…

 

SO: Y que les valió el mote de “gallinas”… hay que agregarle ese detalle…

 

MM: No había por qué agregarlo, pero bueno…

 

SO: Bueno, es parte de la historia…

 

MM: Se los conté. Es más, fue en la cancha de Banfield. ¿Y qué relación tenés con el fútbol?

 

SO: Es una relación no correspondida. (Risas) Siempre fui un pésimo futbolista. Pero siempre me gustó mucho el fútbol. De chico, jugar, y después me empecé a interesar también por verlo, por escucharlo, como era en nuestra infancia… Y para mí el fútbol forma parte de muchas cosas importantes en lo personal. El fútbol era el lenguaje común que tenía con mi viejo. Yo no tenía mucho diálogo, como otros hijos tienen con su padre. No hablábamos mucho. Ni de política, porque no andábamos muy bien, tampoco de mujeres… No había temas en común. En cambio el fútbol era como el tema que nos mantenía unidos. Sobre todo cuando ya en los últimos años de la vida de mi viejo (cuando uno trata de amigarse un poco más con los padres) era la excusa. “Bueno, juntémonos a ver el partido”, “Te llamo después de que termine el partido”, el fútbol era lo que nos permitía tener un diálogo que nos mantenía unidos y nos permitía abrir hacia otras cosas también. Incluso hay como una constante… hay algo bastante interesante. Yo soy el cuarto hijo. Me llevo diez años con mi hermana más chica y son todas mujeres las anteriores. Mis tres  hermanas mujeres. Un infierno. (Risas) No, no, nada que ver, creo que el mundo femenino sirve para formarse uno como hombre. Mi padre siempre quiso tener un hijo varón. Entonces iban naciendo las mujeres, iban naciendo las mujeres, y él, como fanático de Boca compraba en la década del ’60, antes de que yo naciera (yo nací en el ’67), una revista que era “Esto es Boca”. Y que él guardaba con la ilusión de algún día tener un hijo varón. Pero iban pasando los años y la idea de tener un cuarto hijo ya se estaba perdiendo…Y sí, vino el hijo varón. Y durante mi infancia mi padre estuvo muy ocupado laboralmente. Tenía mucho trabajo. Tenía la concesión de un par de clubes de la parte gastronómica, el restaurant, mi viejo era gastronómico. Pasaba de mozo a dueño de restaurant, de dueño de restaurant a “comisse”…Subía y bajaba con una facilidad…Y en ese momento de mi infancia,  fue el momento de gloria de mi padre y tenía las concesiones de clubes por todos lados. Entonces yo lo veía muy poco y eso me enojaba mucho a mí como hijo. Entonces me rebelaba porque decía “Mi padre no me da bola, no va a jugar a la pelota conmigo…”. Y cuando entré en la adolescencia, me acuerdo de que yo seguía medio enojado con mi viejo por muchas cosas, que se había ido de mi casa, nos había abandonado, después volvió… etcétera… Y mi madre me dice, “Bueno, ¿qué hacemos con estas revistas?” Yo recién ahí tomé conciencia de que esas revistas que estaban tiradas en el galpón y que mi madre quería tirar, las había guardado mi padre pensando en ese hijo que iba a tener algún día. Y ahí fue como una especie de conciliación con mi padre que tuvo al fútbol como tema y que se mantuvo varias décadas más.

 

MM: Es curioso cómo se cruza la autobiografía de uno en la escritura.

 

SO: Claro porque con el protagonista de El equipo de los sueños, el padre se va de viaje, lo abandona, y el recuerda un partido, sí, sí, eso es bastante autobiográfico.

 

MM: Incluso el tío, el mal llamado Turco, porque es armenio, tiene esta cosa de ir y venir con los negocios, de tu padre… No había un tío…

 

SO: No, no. Sí existe el Turco Roberto. Lo que pasa es que hay otra historia familiar ahí, detrás de eso. Esa historia parte de algo autobiográfico. Yo atendía una verdulería, ahí en el límite entre Fiorito y Lanús (en realidad es Lomas de Zamora eso ya) que era de mi cuñado. Un cuñado que tenía un socio que era el Turco Roberto. El Turco Roberto existía y era un tipazo. Me pareció que era un lindo homenaje armarlo como personaje.

 

MM: Ahí anticipaste otra de las preguntas que te quería hacer que es la historia de la villa. Les decía que acá en Bibliotecas para Armar trabajamos muchos años en villas. Yo trabajo en otro Programa en el que también tenemos contacto, y vengo de años de esto en el Plan de Alfabetización, y da la casualidad de que escribí una historia que ocurre también en la villa, y, te voy a ser sincero, El equipo de los sueños me encantó hasta que entraron a la villa. Cuando entraron a la villa…

 

SO: Dijiste “¿Esto es la villa?”

 

MM: Y… me pareció demasiado, pero quiero saber tu experiencia, porque evidentemente estabas al borde, conocés…

 

SO: Bueno, a ver, la acción transcurre muchos años después de que yo conocí Fiorito. Y Fiorito lo conocí, en ese momento, más bien por afuera igual que el personaje de la novela. El recorrido del personaje de la novela era el colectivo, nunca entraba en la villa. Nunca me animé a hablarle a la chica rubia esa que entraba a la villa, o sea que ahí empieza la parte literaria. Es mentira. Hasta ahí existe, pero yo nunca le hablé. Por eso me dediqué a la literatura, porque nunca le hablé. Si le hubiera hablado nunca me hubiera dedicado a escribir. Después, a los dieciocho años más o menos, cuando empecé a sacarle el auto a mi papá, me iba a Fiorito a buscar a una amiga que era una compañera de secundaria. Íbamos con unos amigos, dejábamos el auto, entrábamos hasta donde podíamos pero por el barro, no por otra cosa, e íbamos hasta la casa, la buscábamos. Salíamos de noche y la traíamos de vuelta a la casa. Y te estoy hablando de la década de los ’80, cuando la villa era otro tipo de villa. Cuando escribí El equipo de los sueños, si bien quería partir de este núcleo autobiográfico, de esta historia de mi adolescencia, no me interesaba retratar una villa absolutamente realista, sino que quería tomar la villa como un espacio… como el bosque medieval. Un lugar donde podían pasar todo tipo de historias. Sí quería, por otra parte, que tuviera un contenido social importante la novela, pero no a partir del registro fotográfico de lo que es la villa. Me interesaban más otras cosas. Me interesaba mucho más que el tema de la villa el tema de la violencia del Estado sobre las personas, especialmente sobre los adolescentes, que en este caso, es de la policía bonaerense. Me interesaba mucho más meter el tema de la policía bonaerense dentro de la novela que hacer una descripción absolutamente realista de la villa porque me interesaba que ese espacio fuera un espacio casi mítico, donde parece que Fiorito es un espacio de veinte kilómetros de largo. Tardan todo un día para hacer un recorrido, en cambio, si fuera más realista no llevaría más de una hora. Lo que quería era eso. Inventar un espacio imaginario donde los personajes se movieran en un mudo novelístico, y de pronto irrumpiera esa realidad cruel, dura y difícil. Y enfrentar al lector, que en este caso es un lector adolescente, con algo que está pasando cerca de él.

 

 

MM: Es una excelente explicación. Me hizo ese ruido… el tema de que nuestro lector, lamentablemente no es solamente adolescente sino que además es de clase media ¿no?, por cuestiones de acceso y de colegios privados. Sabemos que es así, y entonces por ahí abonaba un poco esta sensación que no me gustaba… algunas escenas, como la de las ratas que se les cuelgan a los tres chicos…

 

SO: Son millones de ratas.

 

MM: Claro.

 

SO: Eso es absolutamente literatura fantástica. No intento ser realista. La Iglesia uruguaya en medio de una villa es medieval, no exactamente de los cátaros pero tiene que ver con esa época. O sea, hay varios guiños dentro de la novela que remiten más a una novela de Chretien de Troyes que a un informe social dela Secretaría de Acción Social.

 

MM: Pero hay temas que son difíciles. Yo les contaba mi experiencia. Que a veces los editores te dicen: “Es demasiado light”, o a veces te dicen: “Es demasiado duro”.

 

SO: O te dicen:  ”Es demasiado largo”. A mí me pasó con el listado que aparece de los chicos asesinados  por la Policía Bonaerense, hay un par de casos de la Federal, de la Policía Federal, pero la mayoría es de la Bonaerense. El editor me dijo: “Es muy largo, el lector se va a aburrir en estas partes”. Bueno, a mí no me  preocupaba que se aburriera, me interesaba que estuvieran todos los nombres, porque tenía un sentido que iba más allá de lo narrativo. Era una especie de homenaje o de presencia que yo quería que estuviera en el libro. Y que estuviera completa. Pero esa son las decisiones que un autor puede tomar si tenés un editor comprensivo… y a mí me pasó. El equipo de los sueños es una novela bastante difícil para un editor porque ¿dónde la ubicás? Es una novela para chicos de doce, de catorce, de dieciséis años… de adultos. Me acuerdo de que él me contaba de manera muy divertida, que en un momento EDESUR iba a comprar una cantidad de ejemplares para regalar a sus empleados en Navidad, y que cuando descubrieron que en la novelas los personajes se “cuelgan” de la luz… (Risas) bueno… no quisieron comprar ejemplares cuando vieron eso. Ahí es cuando necesitás un editor que se anime a publicar un libro así. Fue Antonio Santa Ana el que se animó.

 

MM: Bueno, es lo bueno de Zona Libre. Esta colección que se ha animado a muchas cosas y eso está muy bueno. Vuelve el fúbol en El equipo… vuelve… en realidad está siempre presente y hay  un guiño también a un cuento de Soriano, con un gol que hace Pablo, el más tronco que hace un gol que no debería hacer… ¿lo conocés el cuento?

 

SO: No, ¿cuál es?

 

MM: Ese que van a jugar a Cipoletti o a otra zona de Río Negro donde hay que perder por uno a cero…

 

SO: Seguro que lo leí y no lo recuerdo…

 

MM: Soriano cuenta que ese personaje hace un gol en el último minuto y sale corriendo gritándolo y los compañeros lo quieren matar (risas). Y los cagan a palos a ellos, al árbitro…

 

SO: Igual estuvo muy presente Soriano en la novela. El episodio de Papá Noel apareciendo en el final, a mí siempre me pareció que era imitar el estilo de Soriano y lo hacía con alegría porque Soriano es un autor que a mí me gusta mucho y me encanta robarle a otros autores. Lo hago todo el tiempo. Me parecía que era una buena influencia para ese libro así que no me sorprendería que haya leído el cuento de Soriano en su momento y haya decantado de tal manera que lo asumí como propio.

 

MM: Che… Y Pablo y Ariel, a ver, por ahí adivino mal pero me parece que hay una mezcla de vos en esos dos personajes, ¿no?

 

SO: Sí, yo me parezco más a Pablo, probablemente. Siempre fui un poco el “intelectual” de los amigos, el que se iba a las vacaciones con veinte libros para leer en la playa (risas)… Sí, con Nietzsche en la playa ahí, esperando para jugar a la paleta. Pero los personajes tienen también que ver con mis amigos de la adolescencia, se combinaba todo eso…

 

MM: Y hay una competencia entre ellos dos, en los dos por la misma piba.

 

SO: Sí tienen la costumbre de enamorarse los dos de la misma chica.

 

MM: La verdad es que eso está muy logrado, el trío ese tan extraño y también ese grupo…

 

SO: Pero en general, siempre los grupos de tres amigos no son grupos homogéneos. Siempre hay alguno o los tres… son bastante disonantes si uno los ve desde afuera. En realidad hay que verlos desde adentro esos grupos, que funcionan equilibradamente, algo que uno, desde afuera, no llega a notar.

 

MM: Después saltamos desde Villa Fiorito a Springfield…

 

SO: Hay un salto fuerte, ¿no? Eso pensaron mis editores. (Risas)

 

MM: Ahí, me parece que te diste un permiso importante, ¿no?

 

SO: Sí, ahí me parece que se me fue un poco la mano. Yo siempre tuve la idea de escribir una segunda parte de El equipo de los sueños. En realidad  El equipo de los sueños no termina ahí, sino que había un capítulo más. Pero me gustaba tanto el final actual, que agregar un capítulo más era sacar al lector del clímax intimista y de miedo que había conseguido. Entonces decidí sacarlo, pero siempre estuvo presente la idea de hacer una segunda parte. Tenía en mente la idea de llevar al tío Roberto a los Estados Unidos y que ellos tuvieran que salvarlo de un secuestro realizado por el FBI ola CIA. Era un quilombo hacer eso. Y en un momento, cuando la novela se editó en Alemania, en Francia, en Italia, en España, la editora alemana, me dice (exagera el acento alemán) “¿Por qué no escribes la segunda parte?” (Risas)  Así, como hablan los alemanes el español que pareciera que están dando una orden (risas). Entonces le dije que sí, “La voy a escribir”. Creo que ella esperaba algo… más villa, más pueblo, más fútbol y bueno. Me dijo “Bueno, pero es poco argentina…” “No creas”, le digo, “No hay nada más argentino que la televisión norteamericana”. Nosotros hemos crecido viendo televisión norteamericana. Ese es nuestro mundo. El mundo de Springfield es lo que nosotros reconocemos. De hecho, yo nunca estuve en Estados Unidos. No los conozco. Toda la novela la escribí a partir de un imaginario de lo que yo leí, de lo que vi en la tele, en el cine, en las series. Igual, así y todo se publicó en Alemania pero creo que no era lo que mi editora esperaba.

 

MM: Evidentemente, por lo que explicaste antes, a mí se me escapó la parte fantástica de El equipo de los sueños. En esta no. No se me escapó porque hay una cantidad de guiños, desde esa suerte de milico, Cabo Polonio, muy gracioso, que entre los fardos que vuelan tiene una escena del Oeste con los chicos. El sheriff Lobo…

 

SO: Sí, aparecen un montón de esa época y de otras épocas. La escuela se llama George Maharis, como el actor que hacía el personaje de “Ruta66”, yo no llegué a verla esa serie, tenía el patrullero de juguete. Pero no llegué a verla…

 

MM: Vos tenés hermanas mayores que seguro que tenían las fotos pegadas en la pared…

 

SO: Sí, sí, estoy casi seguro de eso. Después aparece Janice Soprano, que es un personaje de “Los Soprano”…Me imagino que no todo el mundo va a captar todos los personajes, y aparece una actriz porno, también, que probablemente los adolescentes van a reconocer (risas) que es Christine.

 

Participante: Mi hijo miró sólo la contratapa de tu libro. Porque en general viste que vos le decís, “Che, te recomiendo este libro”, y te dicen “Después lo leo” (risas). Leyó la contratapa nada más y me dijo: “Está buenísimo todo lo que dice en la contratapa, después prestámelo” (risas).

 

SO: Ah, bueno, está muy bien, entonces.

 

Participante: Yo digo, hay algo acá, de todas las series, todos los personajes y demás que aunque es de otra generación también somos consumidores amplios…

 

SO: Están “Los Simpson”, evidentemente que es lo que además unifica a la familia, digamos. En mi casa nos juntamos a ver  “Los Simpson”. Es en lo único en lo que nos ponemos de acuerdo con mis hijos. Ellos quieren ver otras cosas. Cuando nos peleamos por qué vemos, bueno, ponemos “Los Simpson”. Que además están todo el día… en Fox o en Telefé.

 

MM: Bueno, la referencia a los  Flanders es graciosísima.

 

SO: Sí, y hay algunas referencias más. Y después está la historia de Leonard Peltier, que es un militante por los derechos del indígena que está preso injustamente.

 

MM: La serie de cosas que contás, que el FBI le crea un caso.

 

SO: Todo eso está tomado de informes de organismos de Derechos Humanos Internacionales, lo tomé de ahí.

 

MM: No hay posibilidad de que salga…

 

SO: No. Muy probablemente… si no se murió este año debe estar por morirse. Es un hombre ya muy mayor también. Está preso creo que desde los ’60 o ’70, son muchos años.

 

MM: Vuelve también en Springfielfd el tema del deporte, el fútbol femenino, porque aparte juegan bien las norteamericanas…

 

SO: Claro, en los Estados Unidos el fútbol es un deporte para mujeres. Van las chicas. Los varones juegan otros deportes.

 

MM: ¿Y el Lacrosse existe?

 

SO: El Lacrosse existe también. Tuve una época de consumir mucho deporte en la tele.  Se me pasó, por suerte. Y ESPN daba a la mañana, no me acuerdo si los martes, un Campeonato Mundial de Lacrosse, (risas)… yo me quedaba ahí mirando, esperando que la vida pasara, sin saber qué hacer… me debe haber servido. Lo bueno de ser escritor es que todo te puede servir. El Lacrosse es el deporte nacional de Canadá. Los canadienses lo practican tanto como nosotros el Pato, que es el deporte nacional argentino. No es un deporte popular en ningún lado.

 

 

Participante: ¿En qué consiste?

 

SO: Juegan con una especie de palo para cazar mariposas, tienen que trasladar la pelota, se la pueden pasar, la tienen que agarrar de un palo a otro, y la tienen que meter en un arito, chiquito, que  hay al final de cada parte. Pero con mucho contacto físico. Eso está permitido. Hay un golpe que es muy fuerte que se da con el cuerpo, que a pesar de que hay determinadas reglas que hay que respetar, lo vuelve un deporte bastante violento. Parece que es un deporte muy tonto. Dicen que es original de América, que lo jugaban los indígenas en la zona norte de Estados Unidos, y en Canadá.

 

Participante: ¿Cómo se llama?

 

SO: Lacrosse. El nombre “Lacrosse” viene del francés y hace referencia el bastón que usaban los franceses para jugarlo cuando llegaron a esa zona…

 

MM: Pablo y Ariel en El equipo de los sueñosveían bastante ESPN, ¿No?

 

SO: Sí, los chicos, los futboleros, ven muchos deportes en general, también…

 

MM: Bueno, y hablando de referencias televisivas y de nuestra generación: Cómo cocinar un plato volador. Yo te escribí apenas lo terminé de leer, porque lo leí en un rato, me pareció excelente…

 

SO: Gracias…

 

MM: …ahí también te diste un permiso. Me lo había advertido Natalia Méndez, que fue la editora… me quitó un poco la sorpresa. Pasa algo que vos decís: “Esto no debería pasar”. Porque vos estás contando una historia, bastante realista, de los primeros fines de semana de un divorcio, la relación del padre con el hijo que es muy tierna, la historia, que le cuenta, su noviazgo con la mamá, y de pronto vienen los marcianos… (Risas). Es buenísima…

 

SO:  Sí, tenía ganas de hacer algo muy loco… Incorporar a los marcianos.

 

MM: Porque aparte funciona perfectamente, porque te lo creés, está buenísimo que los abduzcan, que se los lleven…

 

SO: Sí, sí. Eso también es gracias a tener una editora como Natalia Méndez que me permite publicar esas cosas. De hecho, la novela tuvo dos rechazos editoriales antes de ser publicada por Natalia en Norma. Hasta el editor anterior, Antonio Santa Ana dijo: “No, esto no lo podemos publicar”. Y Antonio sabe mucho. Me dije: “Se la voy a dar a otra persona que también sabe mucho” y me dijo lo mismo que Antonio. Entonces pensé que tenía razón. Y una de las cosas que me decía era: “No, sacale todos esos marcianos. Tiralos. Estoy harta de novelas infantiles y juveniles con extraterrestres”. Así que insistí, porfié con eso, lo hablé con Natalia cuando se fue a trabajar a Norma y con ella estábamos de acuerdo en que había que hacer cambios. Porque al principio el protagonista parecía un chico de siete años, ocho años, tenía actitudes de chico chiquito. Pero la historia era para un preadolescente, entonces había que ajustar al personaje. Son esas cosas que van pasando en el proceso de producción de un libro. Uno hace una versión con una idea, pero esa idea que uno tiene no se ajusta cuando el lector lo ve, lo lee. Entonces, un lector atento (y el editor es eso, un lector atento) descubre qué es aquello en lo que uno se equivocó. Lo que Natalia decía es eso también. “Lo que pasa es que acá tenemos dos chicos. Por momentos tenés uno de ocho años, por momentos tenés un chico de once o de doce… ¿Qué hacemos? O lo bajamos a ocho, o lo subimos a once y doce”. Entonces lo subimos a once y le quité las actitudes más infantiles que tenía…

 

MM: Quedó muy bien. Además se cuentan varias historias en una novela breve. La historia de amor del padre con la madre, es muy bella. La historia bajo la lluvia… ¿hay algo autobiográfico ahí?

 

SO: No, no. Es un libro bastante poco autobiográfico, aunque pareciera, por el tono intimista, que debería serlo, no, no. Sí hay una idea profunda ahí, y es que los hijos nunca llegan a darse cuenta de que hubo una historia de amor entre los padres, ni siquiera cuando ellos están juntos. Uno como hijo tampoco llega a entender que esos padres en algún momento sufrieron por amor por la otra persona con la que se están peleando todo el tiempo y no le da bolilla… que hubo un momento en la vida de esas personas, en el que se amaron profundamente y que además tuvieron miedo de perderse el uno al otro, cuando ahora se lo quieren sacar de encima. Entonces me parecía que era una linda historia para explicarle a un hijo. “Bueno, mirá que vos estás viendo a dos padres que se están peleando pero acá atrás hubo una historia de amor”.

 

MM: Además de que salta en el tiempo, porque es al amor adolescente y después el amor que forma la familia…

 

SO:  Sí, sí. Esa misma historia podría haberla contado tranquilamente en una novela para adultos. Es un tema que me venía dando vueltas hace rato sin género definido. No pensaba si era para público adulto, para chicos… y en un momento llegó el día en que me dije: “Bueno, es para chicos, esto tengo que contarlo pensando en un público de chicos que van a entender de qué trata”.

 

Participante: Sabés que hoy escuché por radio por eso me causa gracia lo que decís, que es mucho más difícil ser hijo que ser padre…

 

SO: ¿Te parece?

 

Participante: …sobre todo cuando el hijo es adulto.

 

SO: Sí, somos injustos los hijos con los padres, básicamente…

 

Participante: Porque lo que vos decís, cuando uno es hijo nunca se imagina lo que los padres sienten.

 

SO: No entiende. Los hijos no entendemos nada. No entendemos.

 

Participante: Por eso, cuando uno es más grande sí puede entender. Es más difícil entonces ser hijo que ser padre.

 

SO: Sí , sí.

 

MM: Hay también acá un montón de guiños a nuestra niñez… Nos acordábamos del Costa Azul que es una maravilla.

 

SO:  Sí,  pero hay algunos desfasajes. Por ejemplo, está el  Winco.  En realidad ya el Winco es muy viejo. Muy viejo. Debería haber sido un grabador, un radiograbador… pero me gustaba más la forma del Winco entonces dije “Me parece que para atraer platos voladores es mejor un Winco que un radiograbador de los ‘80”. El Winco es de la época de mis hermanas. Yo tenía radiograbador.

 

MM: El otro día me acordé del Costa Azul. Vino de España un amigo mío que lo tenía, al que yo envidiaba. Y descubrí… bah… me contó él, que no giraba…

 

SO: No, no. Se movía. Y eso hacía avanzar el caballo.

 

MM: Yo pensé que era una cinta continua. No. Se movía y eso movía los caballitos de metal. Bueno también ahí hay saltos porque el Simon es un  poquito posterior… lo publicitaba Tato Bores… era de la época de la importación de Martínez de Hoz.

 

SO:  Es más de los ochenta, la importación de los ochenta, o un poquito después.

 

MM: Yo me acuerdo que Tato Bores lo tenía.

 

SO: Yo no lo tuve. Ahora al Simon lo tengo como juego en el Ipod. Pero juego muy poco con el Ipod. Lo usan mis hijos.

 

MM: ¿Tenés hijos de qué edad?

 

SO: Un hijo de catorce y una hija de doce.

 

MM: Todo un tema.

 

SO: Sí, es muy divertido. Creo que lo que más me ha gustado de la vida es ser padre. Es un oficio que me divierte y me entretiene. Y está bueno. Pienso que, por lo menos yo, sentí en un momento de mi vida que lo mejor era ser padre. Más que otras cosas, más que mi profesión, oficio, o el desarrollo de mi carrera. Y que no me quiero perder nada de esto. Entonces todo lo hago en función de aprovechar eso que se está escapando a pasos agigantados que es la infancia de mis hijos, ¿no? Te descuidás un poco y ya tenés hijos adultos, entonces eso es lo que no me quiero perder. Todo lo organizo y lo vivo en función de eso.

 

Participante: ¿Te leen?

 

SO: Es muy divertido eso, porque no, no me leen obviamente, pero los obligaron a leerme en la escuela (risas). Dieron El equipo de los sueños en la escuela a la que van ellos y tuve que ir, además. Entonces mis hijos estaban sufriendo, por lo que yo pudiera llegar a decir de ellos. Y además el año que fui por mi hijo, él estaba sentado al fondo. No me miraba casi. Cada tanto bostezaba. Bostezaba de aburrimiento. Se aburría con lo que yo decía… Y yo tenía ganas de agarrar algo y tirárselo por la cabeza. Yo soy poco piagetiano con los hijos, soy más bien a la vieja usanza… Le hubiera pegado un zapatillazo a la distancia, pero bueno… no quedaba bien.

 

Participante: ¿Un Jean Piaget de cancha?

 

SO: Un buen chirlito. Un chirlo salvavidas (risas)… Y lo tuvo que leer. Él lo leyó completo. Además después se le acercó una compañera del otro sexto, era en sexto grado, la verdad es que eran muy chicos,  y le dijo: “Che, tu papá es un genio” y ahí mejoré. Y después, cuando fui por mi hija, porque ellos escolarmente se llevan un año nada más, al año siguiente, con la misma maestra además, mi hija también estaba atrás, pobre, avergonzada totalmente. Pero para sus amigos era un escritor que iba de visita. Era muy gracioso porque hay una anécdota que además la recuerda ella, ya es una anécdota familiar que se repite. Un día viene mi hija totalmente emocionada y me dice, nos cuenta a todos: “¡En el edificio de Fulanita, (una compañera) vive Ricardo Mariño! ¡ Hay un escritor en el edificio de…!” Y yo le digo: ”¡Juana, yo también soy escritor! “ (risas). Siempre me cargan: “Él es más famoso que vos ¿no?”. Son muy injustos los hijos. Bueno, mi hija no leyó El equipo de los sueños. En realidad ese año les dieron El equipo de los sueños y Cómo cocinar un plato volador… Y yo les había leído a ellos Cómo cocinar un plato volador porque lo escribí pensando en ellos también. Yo nunca les leí mucho cuando eran muy chiquitos, no era de esos padres que van y agarran un libro, mi mujer sí, más que yo. Pero yo no lo hacía. Y dije: “Bueno, les voy a leer”. Y les leí Cómo cocinar un plato volador. Creo que ella aprovechó esas lecturas para después, cuando le tocó elegir el libro. No leyó El equipo de los sueños y espero que no lea mis novelas de adultos. (Risas) Que sepa que su padre piensa esas cosas. No quiero.

 

Participante: Como Oscura,  monótona sangre…

 

SO: Sí, que no lea esa, ni Lanús, ni muchísimo menos Filo. En Filo se nota más el toque autobiográfico, el estudiante de Letras…

 

 

LILIANA CINETTO: “YO SOY LO MEJOR DE MÍ CUANDO ESCRIBO”

Lunes, Febrero 4, 2013

 

Libro de arena publica la entrevista abierta a Liliana Cinetto, docente, narradora y escritora de más de ochenta libros para niños y jóvenes. Aquí  nos cuenta su amor incondicional por la poesía y Pablo Neruda, la importancia del aprendizaje poético desde la primera infancia y las modificaciones que sufre un texto tradicional a la hora de narrarlo o transcribirlo.

La entrevista fue coordinada por el escritor y editor Mario Méndez y forma parte del Seminario sobre Literatura Infantil y Juvenil realizado en la Casa de la Provincia de Chubut y organizado por el Programa Bibliotecas para armar.

 

 

Mario Méndez:

Buenas tardes. Bueno, como digo cada vez que tenemos un invitado o una invitada, es un lujo. Te agradecemos, Liliana, muchas gracias por estar.

 

Liliana Cinetto:

No, gracias a vos por invitarme.

 

MM: 

Bueno, el lunes pasado estuvimos hablando mucho de tu vastísima obra, vimos un montón de particularidades y hoy vamos a hacerte unas cuantas preguntas. Por supuesto los que son fieles y vienen todos los lunes… algunas caras son nuevas… hoy me olvidé el listado así que están todos presentes.

 

Asistente:

Te cuento que recibimos una invitación de Bibliotecas para Armar…  Yo no sabía que existía un curso.

 

MM:

Ah, claro, viniste hoy…

 

Asistente:

Sí, como a una actividad de Bibliotecas para Armar…

 

MM:

Te cuento la cocina, brevemente. Hubo un lunes que estuvo muy feo, y que yo dije, vamos a reforzar cada vez que vienen visitas, no sea cosa que haya poca gente… Además, no hace falta estar en el curso… simplemente venir a charlar…

 

Asistente:

Ese es mi caso.

 

Asistente:

Yo me enteré también… yo soy alumna tuya del curso de los martes, y entonces acá estoy.

 

MM:

Buenísimo. Empecemos: Liliana Cinetto, narradora y autora, Profesora de Letras, lectora de poesía desde la más tierna infancia. Vamos a empezar por ahí. ¿Por qué creés vos (esta es una cosa que estuvimos charlando bastante en otras reuniones) que hay escasa presencia de la poesía en la escuela?

 

LC:

Bueno, por un lado, hay escasa presencia de la poesía en todos lados. En las escuelas, en las bibliotecas y en las infancias en general. Si bien hay casas en las que hay libros, puede haber cuentos, puede haber otro material, pero escasea la poesía. En la escuela pasa exactamente lo mismo y a mí me parece preocupante. Yo creo que la poesía es la puerta de entrada a la literatura. Por varias razones. Primero, porque es el primer contacto que  los chicos tienen con la literatura. A través de los textos orales, las canciones de cuna, los juegos… bueno… ahora están un poco pasadas de moda las rondas y todo ese tipo de cosas… pero sí, toda la serie de nanas y  de juegos de palabras, y de adivinanzas… Eso es literatura. Pertenece a la tradición oral pero es literatura. Y es el primer contacto que los chicos tienen con la literatura. Que los encandila, aún cuando, siendo bebés, no entienden nada de lo que están escuchando. Entonces, en ese momento, se entabla con la poesía, un lazo afectivo que perdura, si nosotros les seguimos dando poesía, pero se corta si dejan de tener contacto con ella. Por eso yo siempre digo, cuando voy a las escuelas, o cuando charlo con mamás y con papás también, tiene que haber libros, pero tiene que haber también libros de poesía. Es decir, hay una noche en la que le contarán un cuento y una noche en la que le recitarán un poema. Tienen que estar. Todos los géneros son necesarios en la vida. No se puede cambiar uno por otro. Debe estar la poesía. Y la poesía es la puerta de entrada a la literatura por ese motivo y también porque en la poesía, para mí, están absolutamente todos los recursos que uno después puede encontrar en el resto de la literatura. Desde los recursos a nivel discurso… desde las metáforas, las comparaciones que pueden aparecer después en una prosa tranquilamente, hasta los conceptos más básicos, como por ejemplo, la estructura narrativa. Porque hay distintas clases de poesía. Está la poesía narrativa, que cuenta una historia, está la poesía descriptiva, la poesía pura… todo está en la poesía. Y al chico lo atrae la musicalidad que tiene la poesía, el ritmo, el juego que hacen las rimas. Desperdiciar ese amor que ya trae el niño por la poesía no dándole más poesía, para mí es una picardía. ¿A las maestras qué les pasa? Y me incluyo porque cuando critico lo hago también desde el lugar de ser maestra… Ejercí durante diez años y después dejé de trabajar pero hablo también  con la autoridad de haberme ensuciado los dedos con tiza. Y… la maestra a veces no sabe qué hacer con la poesía. Le parece que si da poesía… bueno… ¿qué hago después? Porque sabe, la mayoría de las veces, que no tiene que usarla para enseñar los sustantivos… o qué sé yo… y dice: “Pero ¿qué hago?”… Y yo le digo que no hay que hacer nada con la poesía. La poesía hay que leerla, recitarla, narrarla y dejarla ahí. Como una semilla para que germine, sin ninguna actividad posterior. En realidad, creo que con toda la literatura, pero especialmente con la poesía, hay que dejarla ahí, germinar. No sé si te contesté lo que me preguntaste, pero yo me pongo a hablar y no paro más. (Risas)

 

MM:

Ahora tocaste otro tema que también salió en la reunión inicial con Laura Giussani y Alicia Diéguez. Hablábamos de la escolarización de la literatura. Lo que acabás de decir es un tema álgido porque en la escuela… ¿no hacemos nada?… proponer una conexión con otra área, leyendo una novela tuya, por ejemplo, El pozo y otros cuentos inquietantes¿proponemos, por ejemplo una relación con los cuentos de Edgar Allan Poe? ¿Buscar y seguir leyendo por ese lado? Averiguar la biografía, contextualizar en la época… ¿Eso te parece que es contraproducente?

 

LC:

A mí me parece que está bien, que uno a la larga lo hace también como lector. Tampoco hay que ser más papista que el Papa. Cuando uno dice “no hacer nada”, quiere decir, no desmembrar el texto para un uso o un estudio gramatical. Pero de hecho, dar propuestas de escritura a partir de un texto, como se hace en cualquier taller de escritura es absolutamente válido. Que sea el punto de partida para otra lectura también me parece válido. Qué tiene de contacto con tal autor o con otro… ¿Por qué no hacerlo? No es que no hay que hacer absolutamente nada. No usarla con fines gramaticales, si se quiere… El otro día me dijo una compañera de gimnasia que es maestra. Había ido a una escuela a hacer una suplencia y le entregaron la carpeta de Planificación de la maestra suplente y se emocionó porque los chicos estaban analizando oraciones mías. Que estaban escritas por Liliana Cinetto… Y yo decía: “¡Qué horror!” (Risas) ¡Habían sacado oraciones de algún libro y se las hacían analizar gramaticalmente! Eso me parece tremendo. Pero, por ejemplo, qué hubiera hecho el personaje de Liliana… alguna otra cosa a mí me parece absolutamente válido. De hecho, uno escribe en función de las lecturas que ha tenido. Entonces podemos darles a los chicos propuestas de escritura que partan de las lecturas que hacemos. A mí, lo que no me gusta es que midan los poemas, separando… esa cosa horrible que nos hacían hacer de marcar las sinalefas, los hiatos… decirle a los chicos, “marquen la metáfora”… ”si es esdrújula tenés que restar uno, si es aguda tenés que sumar otro”. Esas cosas me parecen un poco crueles hacia la literatura. Pero otras cosas, no.  Todo lo que tenga que ver con la imaginación, con la creatividad y eso, a mí me gusta hacerlo. Me parece que es válido.

 

(more…)

Didi Grau: “Paso mucho tiempo sin dibujar porque paso más tiempo escribiendo”.

Martes, Noviembre 27, 2012

Libro de arena publica la entrevista abierta a Didi Grau, escritora e ilustradora de libros para niños y jóvenes. Aquí cuenta sus primeros pasos en el oficio de ilustrar libros infantiles y comparte la aventura de escribir cuentos a partir de la obra de importantes artistas plásticos del siglo XX. La entrevista fue coordinada por el escritor y editor Mario Méndez y forma parte del Seminario sobre Literatura Infantil y Juvenil realizado en la Casa de la Provincia de Chubut y organizado por el Programa Bibliotecas para armar.    

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Obviamente, lo primero que ocurrió fue el saludo y la presentación. Nos visitaba Didi Grau, autora e ilustradora, de larga trayectoria y de mucho talento. Y era, para nosotros, una gran alegría. Eso le dijimos, o cosa parecida. Luego le señalamos, cosa que habíamos hablado con los participantes del ciclo el lunes anterior, que nos llamaba la atención su versatilidad, las diferencias de estilo entre obra y obra, y de técnicas utilizadas también.

 

Didi Grau: Con las técnicas para ilustrar tuve distintas etapas: lápices de color, collage con cartulinas y recortes de revistas, pasteles, tinta china, etc. Quizá sin terminar nunca de explorarlas hasta el fondo, por eso también vuelvo de vez en cuando a alguna de ellas para, por ahí, perfeccionarla, no sé. También pienso que algunas técnicas se adaptan mejor a ciertos textos… Para este libro de Franco Vaccarini (La mujer de la casa sin puerta) los dibujos tenían que ser en blanco y negro, y yo, por ejemplo, los pasteles los uso cuando se necesita color. Lo que hice acá fue que dibujé en línea de tinta, después los escaneé. Y los terminé en la computadora, los pinté digitalmente, hice collage… Por ejemplo, el traje que tiene esta mujer, la protagonista…estos cuadraditos…en realidad, no los dibujé yo, es collage hecho con el photoshop.  La herramienta que usé es el clonador, tenés que ir copiando pedacito por pedacito… Me costó mucho trabajo hacer esto, pero me gustó hacerlo. Me llevó mucho tiempo. Hace relativamente poco que trabajo con la computadora para ilustrar, así que tampoco estaba demasiado canchera. Me gusta cómo quedó. Una de las cosas que quise plasmar, y que me parece importante para los dibujos y para los textos también, es un determinado clima, el que vaya con la historia, creo que ayuda a que lo que se cuenta atrape. Un buen clima, una buena atmósfera… Pasa en las películas también.  A mí este pasaje del libro de Franco donde los protagonistas están de noche en medio de un extraño jardín donde en cualquier momento podía aparecer un fantasma me parecía que tenía que tener un clima adecuado a eso… no sé si se ve que los personajes están medio asustados… Esta doble página me llevó muchísimo tiempo porque yo dibujé el contorno de los árboles y los personajes. Todo lo otro es collage que fui pegando con el photoshop, pedacito por pedacito, de texturas que previamente escaneaba. Fue arduo pero estoy satisfecha de haber logrado ese clima.

Mario Méndez: El clima está bueno. A ver, contanos un poco cómo empezaste como ilustradora.

DG: Empecé hace bastante, en el año 79/80 publiqué por primera vez en Billiken. También dejé mucho tiempo…no dejé totalmente pero tuve muy poca producción desde que me casé y hasta que crecieron mis hijos. Durante unos quince años.

MM: ¿De escritura y de plástica tampoco?   DG: Muy poco. Hacía para mí alguna cosa, iba a talleres, tenía alumnos de plástica en mi casa…pero bueno…me costó empezar otra vez después de quince años… Los primeros trabajos que hice para Billiken los pintaba con lápices de color. La verdad es que yo en ese momento de ilustración no sabía nada. Había hecho Bellas Artes. Recién recibida lo que sí sabía era de pintura, dibujo artístico…hacer algo de escultura o de grabado…Lo que te enseñan ahí. Otra cosa es ilustrar un libro. Es algo muy distinto. Yo terminé Bellas Artes en el 78. No sé si estaba en ese tiempo la Escuela Panamericana de Arte. No sé si incluso se enseñaba a ilustrar libros acá…Por ahí sí y yo no lo sabía. No tenía ni idea de cómo se ilustraba. Igual me hice una carpeta. Por ejemplo, uno de mis libros preferidos, desde chica, es Alicia en el País de las Maravillas. Me inspiró para hacer alguna ilustración, como a mí me salía, con un poco de collage, con lápices de colores…Hice dos o tres ilustraciones de un libro de Laura Devetach, Monigote en la arena, iba probando distintas técnicas. Ese lo hice con cartulina de color… la raspaba con la punta de un alfiler y queda la parte blanquita… Bueno, me hice una carpeta y la llevé al primer lugar que se me ocurrió, que fue Editorial Atlántida, a Billiken, porque en casa se compraba Billiken así que… Tampoco había tantas editoriales de libros para chicos en esa época.

MM: No, no.

DG: Creo que pasé por Sigmar con mi carpeta, pero bueno, no pasó nada. Tuve la suerte, (esto yo no lo sabía) que cuando llegué a Atlántida y estaba esperando para mostrar mi carpeta en Billiken pasó un muchacho… lo veo conocido y resulta que había sido compañero mío en la escuela secundaria, no de la misma división. Y bueno lo encaré y le cuento a qué venía y ahí me dice que él es el jefe de arte de Billiken. Bueno, y empezó así, por suerte lo encontré a él y al poco tiempo ilustré por primera vez un cuento que me pagaron. El cuento era de Oche Califa, La vuelta de Mongorito Flores.

MM: Está en la colección del Pajarito remendado.

DG: Está en El Pajarito. Después de mucho tiempo me enteré de que ese había sido el primer trabajo como escritor de Oche.  Los dos estábamos empezando en ese momento, mirá qué casualidad. Fue el primer escrito de él y fue mi primera ilustración.

MM: ¿La edición del Pajarito la ilustraste vos?

DG: No. Yo ilustré un solo libro hace muchos años para la colección Pajarito Remendado. Un cuento de una escritora que se llamaba Ana Pahn, Pájaros de barro.

MM: No me suena… ¿No sería Ramb?   D

G: No, Pahn. Yo no supe nada más de ella.

Asistente: ¿Preferís alguno de tus libros más que otro de los que hiciste?  

DG: Uno de los libros míos al que le tengo especial cariño es a este, ¿Y la luna dónde está?, de Ediciones del Eclipse. Lo escribí y lo ilustré. Tiene muchas cosas de mi mundo… Es una fantasiosa explicación de cómo hace la luna para estar ahí arriba iluminando. Y es la voz de una criatura que pregunta, yo, y su prima mayor que le cuenta, que es mi prima Betty en la realidad. En el relato se llama Elisa. El libro se lo dediqué: “A Betty que me contaba cuentos”. Y se lo dediqué a mi mamá, también.

MM: Me quedé con una pregunta, ¿se lo leíste a tu prima?

DG: Sí, en realidad, a mi prima yo la veo, porque vive en el barrio en el que yo vivía antes y donde tengo familia todavía. Por supuesto que se lo llevé de regalo. Ella está orgullosísima con este libro y con que se hable de ella, por supuesto.

MM: Esos gustos que uno se da…

DG: Sí… Mi prima es maestra, tiene alumnos particulares. Tiene como una escuelita en su casa a la que van montones de chicos. Es muy dulce con los nenes. Cuando yo tenía unos nueve años me quedaba a veces en su casa a dormir. Ella tenía dieciocho años y estaba terminando la carrera docente. Recuerdo que me hablaba cuando estábamos en la cama, recuerdo la cadencia de su voz  que me daba tranquilidad…

MM: Y otra cosa en la que me quedé pensando cuando estabas mostrando los dibujos de La mujer de la casa sin puerta, este dibujo a doble página que es una maravilla, ¿qué parte está en la tapa? ¿Cómo es el proceso? ¿Intervenís normalmente con los editores? ¿Elegís para la tapa?

DG: Ese dibujo es una mezcla de dibujos de adentro del libro. Mirá, por lo general los editores te dicen que prefieren que vos hagas un dibujo completamente nuevo que no esté adentro del libro. Claro que un dibujo nuevo para tapa tiene un precio…Y yo no recuerdo bien si en este me pidieron que fuera nuevo el dibujo, que no estuviera adentro. En realidad tengo que decir que primero hice otra tapa, no era exactamente esta. Tenía sí el fantasma este de la mujer…creo que no estaban estos personajes…la había hecho un poco distinta. La vio la diseñadora que es María Delia y yo lo había hecho muy a las apuradas y tenía razón María Delia, estaba medio desprolijo… no estaba bien terminado. Como lo tuve que hacer otra vez decidí agregar ésta casa con el árbol y la luna que no están adentro del libro. O sea, le agregué cosas pero le puse parte de los personajes y parte de los dibujos de adentro, pero es un dibujo nuevo, no es lo mismo exactamente que hay adentro.

MM: María Delia es María Delia Lozupone, la diseñadora de los libros de “Abran cancha”. El lunes pasado surgió una polémica… ¿Alguien trajo el capote nuevo? El capote colorado…

Asistente: ¿Cuándo escribís un texto te surgen el texto y la imagen juntos? ¿Están como imbricados?  

DG: Me voy a poner esto porque me doy cuenta de que… (se pone los lentes) ahora los veo bien (risas).  Veo más nítido así (risas). La verdad no me doy mucha cuenta si cuando escribo veo al mismo tiempo las imágenes de lo que escribo. Supongo que en ese momento habrá imágenes dando vueltas por mi cabeza. Sí sé que cuando escribo diálogos o texto teatral veo a los personajes moviéndose, me resulta algo corporal, como si yo lo estuviera actuando. Pero cuando es un libro en el que soy autora integral a veces primero aparecen unas imágenes que dibujo y en base a eso va surgiendo la historia que escribo, o al revés, se me ocurre una idea, la escribo y después me pongo a dibujar. En realidad creo que siempre se deben dar un poco juntas las dos cosas, hay que ver qué resuelve uno hacer primero, si texto o dibujo. O los dos a la vez, un poco de cada uno.   MM: Una de las cosas que más hablamos es que, viniendo de Bellas Artes, alguna vez me habían dicho que una de las improntas de la carrera era que cada uno tuviera su estilo reconocible… o sea, buscás y encontrás un estilo que te da como una identidad, cuando se trata de pintores. Y en tu caso veíamos tanta versatilidad… es muy difícil de encontrar…

DG: A lo mejor es una forma de ocultarme… Me pasa que cuando veo algo escrito de otra persona, si no me dicen de quién es, no sé si me doy cuenta. Tiene que ser alguien muy conocido…
MM: Con los que tienen un estilo muy marcado. No, no, por ahí en literatura infantil, por la temática…Adela tal vez…También hay mucha gente que trabaja muy parecido a Adela.
DG: Por eso, pero yo también me pregunto de mí, ¿la gente se dará cuenta de que eso es mío? Porque me parece que no.
Asistente: En unas estás como Didi Grau…y en otras estás como Silvia Grau…
DG: Esa es otra cuestión. ¿Cómo, Silvia Grau es la misma que Didi Grau…? Eso muchas veces tengo que aclararlo…
MM: Tendrías que contarlo, sí.
DG: Cuando empecé, los primeros libros los firmaba como Silvia Grau: unos de Colihue, otros de Libros del Quirquincho, Curumbamba y Curumbé y La máquina de la felicidad.
MM: ¿Eso era Cántaro, no?
DG: Sí, Cántaro. En realidad mi nombre verdadero no es ni Silvia Grau ni Didi Grau. Yo soy… ahora les digo un nombre y dicen… ¿Esa eras vos? (risa) Mi nombre de documento es Silvia Viviana Rodríguez. Grau es el apellido de mi mamá.  Silvia Rodríguez hay millones, así que dije: “Bueno, me voy a poner el apellido de mi mamá que es un poco más original y es más corto”. Y Didi a mí me dicen en mi casa. Es un apodo que no se sabe de dónde salió porque nadie se acuerda por qué Didi, pero me resulta simpático y más cálido que Silvia, una cosa así, y me parece que pega… entonces ya está, Didi Grau, ahora mejor que no lo cambié más.
MM: ¿Firmaste algo más como Silvia Grau?
DG: Los libros que nombré y mis primeras ilustraciones. En algunos manuales todavía aparezco así. Ahora casi siempre me acuerdo y les aviso: “Poneme  Didi Grau”.
MM: Volviendo al tema de la relación con editores acá se armó una linda polémica porque estuvo María Jesús Álvarez, que es ilustradora, que dice: “que me cambien un color por ahí sí que me hace problema, porque pienso que me gustan los marrones…”. ¿Cómo fue esto? Porque acá (muestra las dos tapas, apenas diferentes, de Un capote de primera y La nariz andariega, de editorial Crecer Creando) hubo un pedido concreto de un editor que yo conozco, (risas) a ver si le encontrábamos la vuelta, a ver si poníamos la palabra teatro en la tapa, (no lo hicimos al final), y pensamos en cambiar la contratapa.
DG: Quedó mejor la contratapa. El otro día la leí con detenimiento y me gusta. Vende más el texto de ahora. De verdad.
MM: Tendría que releerla, pero bueno, el tema en cuanto a lo plástico y a la relación con lo editorial, ¿qué pensás?
DG: Si te voy a decir cuál me gusta más, a mí me gusta más ésta (señala la primera tapa). Si me decís por qué, la verdad… no porque sea
rojo pero me parece que ahora salió demasiado saturado el color, estridente. Si es por llamar la atención, me parece bien, ahora, si es por gusto o por estética,  yo me quedo con el tierra o marrón que es un poco oscurito pero me remite más a la época esa, a lo ruso, no sé por qué, pero me parece que este color pega más con el libro este…
MM: Yo igual voy a confesar que en estas cosas trabaja mucho el diseñador y yo no soy un especialista, ni me meto demasiado. Y ahora… por ahí da más ruso la continuidad del blanco, la nieve que uno se imagina en las plazas de Moscú… y que acá, en la segunda tapa, se corta…
DG: Sí, las casas estas que están atrás… por ahí no me gusta el amarillo que tienen ahora, ahí no quedó muy bien… lo que vos decís, la continuidad… Quizá tendría que haber quedado blanco ahí atrás como antes, bueno, no sé. Es tan pequeñito…
MM: Y además, lo que les decía el lunes pasado, la relación con el público no cambió notablemente. Uno busca una vuelta a ver si tenemos más suerte sobre todo con la compra de impacto, en el stand en la Feria que están de frente y la gente los ve, porque estos son libros que están de canto. Uno los reconoce por el color. Entonces vas, los buscás, de tal color…qué se yo…los Barco de Vapor Naranja, los Rojos. Están de canto. Los libros que sí están en las mesas son los de Quinquela o el de Molina Campos (Quinquela, el pintor de La Boca, El mundo de Quinquela Martin para nilños y Cuentos que son de verdá, El mundo de Molina Campos para niños, editados en la colección Pinta tu aldea, de Calibroscopio) o el de Peleonas, mentirosas y haraganas . ¿Y cómo es la relación de una autora e ilustradora cuando es sólo autora y su trabajo aparece ilustrado por otra persona? Me imagino que el que te ilustra, si te conoce, se debe sentir en un compromiso.
DG: Me acuerdo que una vez en la Feria del Libro fui a saludar a una ilustradora que conozco y hablando de algún libro con texto mío no ilustrado por mí, ella me dice: “¿Y por qué te lo ilustró otra persona? ¿Para qué llamar a un ilustrador si vos también ilustrás? A mí me gusta ilustrar todo lo mío”. Y yo le dije lo que pienso, que a veces escribo algo que no tengo ganas de ilustrar, porque me gustó escribirlo y no me da ganas de ilustrarlo y que a mí me parece que trabajando con otro la cosa se enriquece, porque lo ve desde otro punto de vista. Si yo lo escribí, estoy como viéndolo siempre desde el mismo lado. Si viene otro y lo mira desde un lado distinto el trabajo se enriquece. Me gusta ver también (aunque si el resultado no me gusta no estoy tan contenta) cómo otros interpretan lo que yo escribí. Es lindo. Porque uno se lo imaginó de una manera y está bueno ver las cosas que se puede imaginar otra persona. Este (muestra Un lugar cómodo, cómodo, de Edelvives) quedó muy lindo. Lo ilustró Elba Rodríguez, que yo no conocía, ni a ella ni a su trabajo. La conocí después cuando se hizo la presentación de la colección.
MM: Y acá en Un lugar cómodo, cómodo no hubo contacto… o sea vos  entregaste el texto…
DG: Claro. Ese es otro tema. Lo que pretendería yo (lo digo y acá al lado tengo un editor) sería que si yo no ilustro el texto mío que va a salir, me consultaran o aunque sea me dijeran quién va a ilustrar mi texto, y la verdad es que la mayoría de las veces no lo hacen. Yo sé porque me dijeron que a los escritores más famosos a veces les preguntan si hay algún ilustrador que  prefieran…conmigo no pasa eso. Incluso a veces yo propongo algunos ilustradores porque la verdad es que pretendo calidad. Y si yo prefiero a algún ilustrador más que a otro es porque creo que a esta altura algo entiendo de eso, aunque sea un conocido o amigo lo elijo sobre todo por la calidad. Pero bueno, no me consultan. Si yo me animara podría decir: “Ah, no, entonces no se publica”. Pero la verdad es que necesito que se publique porque vivo de esto. Así que consiento, qué se yo…Pero me gustaría que haya un ida y vuelta.  La cosa en equipo, que lo charláramos.
MM: A veces es una cuestión de tiempo. Es uno de los factores. Otras veces me parece que tiene que ver con cierto “ego” del editor, que leyó el libro y dice:  “Yo quiero este ilustrador”. Es como una prerrogativa del editor. Tiene el libro en su cabeza y dice: Yo voy a elegir.
DG: También sé que es por costos…
MM: Por costos también. También tiene que ver lo grande o chico de la editorial. A mí, hay editoriales que no me preguntan nada… y a veces, los que proponés, o están muy ocupados o están por encima del presupuesto que el editor tiene, es complejo. Me imagino, metiéndome en el rol de editor, juntarte a vos con Elba Rodríguez a trabajar, produce algo importante, porque vos sabés de ilustración. Pero si yo escribo un cuento y me juntan a trabajar con el ilustrador quizá no sumo nada porque, y es una de las cosas que me gustaría preguntarte si a vos te pasa, yo no me imagino los dibujos cuando escribo. Lo  visual que tengo es realista, son personas o son animales, pero no son dibujos o esculturas…
DG: Creo que yo tampoco me imagino el dibujo. Surgen imágenes más que el dibujo en sí, imágenes que seguramente te ayudan después cuando te ponés a dibujar. Cuando hacía, por ejemplo, el diálogo de las lavanderas que estaban en el siglo XIX a orillas del Río de La Plata en Curumbamba y curumbé, o cuando escribo obras de teatro me imagino mucho a los personajes, los ademanes, cómo se mueven. A mí el teatro me encanta y la actuación, aunque no me dedique. En un curso breve que hice la profesora de actuación me dijo que tenía versatilidad para actuar, y es de lo que hablábamos al principio, mi versatilidad.
MM: Y el escenario, ¿no te lo imaginás cuando escribís?
DG: Supongo que sí. Estas historias de las lavanderas que decía, y creo que más o menos lo logré, quise que el diálogo fuera creíble. También pensaba mientras lo hacía cómo hablarían las lavanderas en esa época, porque la mayoría eran esclavas y las traían de África. Sé que había lavanderas blancas también, pero pocas. Bueno, no sé cómo hablarían, debía ser una mezcla de su lengua nativa con el castellano que se hablaba en esa época acá. Pero traté de hacer un diálogo creíble. Vos me decís que lo logré, me parece que sí…
MM: Sí, y ahí ¿te documentaste?
DG: Sí, claro. Yo hace mucho tiempo iba a hacer un libro para Colihue sobre la época colonial, para una colección mía que se llama “Recortala”, que son seis libros. La verdad es que anduvo mal esa colección, no se vendió casi nada. Entonces me documenté para eso, incluso llegué a hacer dibujos que todavía tengo, pero el libro sobre la época colonial finalmente no se hizo. Así que para el de las lavanderas yo ya tenía algo de documentación y sabía dónde buscar. Seguí buscando por Internet. En lo único que no me podía documentar es en cómo hablaban. Y en ese caso uno más o menos lo hace de la manera que le parece que suena mejor.
MM: Ya que estamos con el teatro y con los diálogos y con varias cosas que mencionaste, con la investigación, porque es teatro histórico y con el trabajo en grupo o a dúo, acá trabajaste con Adela Basch (muestra Teatro e Historia, ¡cantemos victoria!, de Abran cancha)   DG: No, no trabajamos juntas. Yo tenía obras de teatro y Adela tenía por su lado y se juntaron las obras en el libro.   MM: Pero, ¿vos le llevaste las obras o pensaron antes el tema, la época?
DG: No. Yo le comenté que tenía estas obras de teatro sobre la época colonial y se las mandé. Ella le agregó las suyas y salió el libro así.
MM: Y para la ilustración, ¿hubo algún contacto con Adela o directamente con María Delia todo?
DG: No, con María Delia directamente. Adela las vio después y me dijo que le gustaron mucho. Las ilustraciones de este libro creo que fueron lo último que yo ilustré, sí. Tienen un poco que ver con la técnica que usé en La mujer de la casa sin puerta que hablábamos antes, porque está hecho con collage y photoshop, pero las de este libro en color. Tiene muy poco dibujado por mí a mano. Por ejemplo, el cuerpo de esta mujer y el vestido, hice el contorno en línea de tinta china, lo escaneé y lo pinté digitalmente. Lo que sí hice en todos fue un collage con distintas caras y en algunos personajes, partes del cuerpo. Busqué imágenes en Internet y entonces las recorté y armé con herramientas del photoshop.
MM: Un trabajo enorme.
DG: Me llevó muchísimo trabajo hacer esto, pero la verdad es que lo disfruto. Es divertido hacer esas cosas, sobre todo el collage. Las sillas, busqué  en Internet sillas, los hombres no estaban sentados en estas sillas, les dibujé algunas partes yo. Estos tienen los ojos dados vuelta para que queden raros, los puse al revés. (Risas) Es como jugar…
MM: Tiene mucho que ver…
DG: Y, a mí es lo que más me gusta. Creo que cuando trabajamos con Christian Montenegro y Laura Varsky en este libro, Peleonas, mentirosas y haraganas y en otro que tenemos que se llama Cuatro gatos negros flacos, lo que tuvimos en claro fue que a los tres nos gustaba el juego. Jugar con las palabras yo y jugar ellos con las imágenes y con las ilustraciones. Hay todo un juego en equipo que quedó muy bien. Laura Varsky, además, sabe mucho de tipografía porque la enseña en la carrera de Diseño en la Universidad.   MM: Este fue elegido por el Gobierno de la Ciudad, y nos contó Carola Martínez, que trabajaba en el Programa que hacía la selección, que hubo una directora que no lo quiso entregar porque usaba mayúsculas en el medio de una oración. Fue muy simpático como lo contó Carola porque parece que a la directora la llamaron por teléfono, le explicaron, que era un juego, que la tipografía y demás y dijo: “No, pero yo no lo voy a entregar”.
DG: Mirá vos. Sin embargo me dijo una vez Teresita Valdettaro que habían usado el libro cuando estuvieron en el Chaco para unos talleres con chicos y justamente por su tipografía.
Asistente: ¿Los tres trabajaron al mismo tiempo?
DG: Nos juntamos al principio, pero después trabajaban ellos solos y me mandaban algo para que vea. Ellos viven en Ramos Mejía y yo vivo acá en Capital. A Christian Montenegro yo lo conozco desde hace mucho porque los dos asistíamos a un taller de historieta que dictaba Alberto Breccia. Christian es un gran artista. Acá se ven pocas cosas de él. Trabaja mucho para el exterior. Cuando yo le pasé el texto de Peleonas, mentirosas y haraganas le marqué algunos puntos que a mí me parecían importantes: “Mirá que acá yo jugué con esto…”. Cuando le paso el texto de Cuatro gatos negros flacos, que es un libro de juego, que no tiene historia porque es un libro de cuatro palabras que se van repitiendo, es más un juguete que un libro de literatura, ahí también le marqué algunas cosas: “Fijate el ritmo de las palabras, etc, etc…”. Nos entendemos muy bien en eso y siempre el resultado es excelente. Son grandes artistas.
MM: Bueno y hablando de grandes, contame un poco el proyecto de Calibroscopio. El de Xul… ¿alguien tiene el de Xul? Yo contaba el otro día que lo regalé. Mago Xul, que es el mundo de Xul Solar para niños, después vino el de Quinquela, que es el mundo de Quinquela para niños, y después vino el de Molina… ¿el proyecto lo llevaste vos?
DG: No. Yo no sé si conocen a la gente de Calibroscopio, que son Judith y Walter, que son pareja.
MM: Lo ampliamos. Tienen una librería que vale la pena promocionar, en Aráoz y Aguirre, no me acuerdo el número, es sobre Aráoz, y tienen ferias en escuelas que se llaman Libro de Arena, casualmente, igual que el blog, y tienen una editorial realmente importante, porque saliendo muy de abajo hicieron Calibroscopio, que es una maravilla.
DG: Bueno, yo en un momento les mostré a ellos mi página web, se la mandé por mail a Judith para que vieran mis trabajos, no nos conocíamos, para ver si podíamos hacer algo juntos. Judith me respondió en un mail diciendo que le habían gustado mucho mis cosas, mis trabajos, y a mí me da la impresión de que me eligieron para estos libros de arte porque les gustó lo que yo hacía pero también porque había estudiado Bellas Artes. En los libros se reproducen algunas pinturas pero había que elegir cuáles poner, y muchas veces en eso la última palabra la tenía yo. Igual hicimos casi todo en equipo. Un día me llamaron y me contaron la idea que tenían de hacer estos libros y a mí me encantó. Me propusieron hacerlos, escribirlos, y les dije que sí enseguida. Me pareció muy lindo. El primero fue el de Xul Solar. Yo en una época publiqué unas notas… ¿se acuerdan de la revista “AZ-diez”?
Asistentes: Sí. Muy buena revista.
DG: No sé si se acuerdan de que había una sección que era sobre un personaje famoso que hasta el final no se decía quién era. Se decían cosas de su vida y uno deducía quién era. Yo hice tres o cuatro notas de esas y una era sobre Xul Solar. O sea que yo ahí ya me había documentado sobre el artista. Había ido al museo, que es la casa donde él vivió. Y para Quinquela también. Bueno… sobre él no había hecho nunca nada. Conocía el museo, me tuve que documentar. Pero con Quinquela me pasó que encontré en su historia un clima que me era, en algo, familiar, y me parece que en esta solapa lo dice… es el recuerdo que me trae… A ver, me explico: para que yo me quede conforme y me parezca que me salió bien un trabajo, y creo que eso nos pasa a todos los que escribimos, pongo algo de mi mundo en lo que hago, en lo que escribo, ¿no? Algo sale…   MM: Sí, sí.   DG: Bueno, entonces, cuando a los trabajos que hago puedo encontrarles la vuelta para que tengan algo que ver conmigo, mejor, porque es lo que más conozco, mis cosas. Y en la historia de Quinquela, que es el pintor de La Boca, y en sus cuadros, el puerto es lo más importante. Y les cuento que mi papá trabajaba en el puerto de encargado de depósito, en ese momento se llamaba Puerto Nuevo, creo que no es Puerto Madero. Y él de chiquita me llevaba al puerto y a mí me encantaba ir a ver los barcos. Una vez me llevó a ver un transatlántico. Yo jamás había visto uno, y él pidió permiso a ver si podíamos entrar para verlo. Me parece que era el “Eugenio C”. Era hermoso. Entonces, yo de chica (siempre fui muy contradictoria) soñaba con ser marinero o bailarina. (Risas) Marinero, por esa fantasía de que el marinero viaja y tiene sus aventuras en tierras lejanas. Todavía me gusta lo de los barcos, decí que ahora se viaja en avión. Y también me gusta lo de bailarina. Bueno, no fui bailarina pero me hubiera gustado. Bueno, pero todo eso del barco y de los puertos me ayudó a contar la historia. Uno se refugia en esas cosas que recuerda y que te facilitan contar.
MM: Esto es diferente de lo de Molina Campos…
DG: Sí. En el de Xul y en el de Quinquela cuento la vida de los pintores pero de una forma literaria. En eso quedamos de acuerdo con la gente de la editorial. Si bien los puede leer tranquilamente la gente grande, están pensados para los chicos. Queríamos buscarle la vuelta para que fueran más llevaderos para ellos, contarles la vida de los pintores como si fuera un cuento. Y además de las pinturas, estos dos libros están ilustrados, el de Quinquela por Paula Adamo, y el de Xul Solar por Irene Singer. Y cuando llegó el momento de Molina Campos, los dueños de los derechos de su obra, que es la familia, no permitían que estuviera ilustrado. Que el libro estuviera conformado por el texto y por las obras de Molina Campos, nada más. Ya se hacía más difícil contar la vida del pintor, y entonces lo que pensamos, y eso fue un desafío para mí, tener que escribir un cuento muy breve, una breve ficción de una página inspirada en cada pintura, que tenga que ver justamente con la obra de Molina Campos y con lenguaje gauchesco. Me acuerdo, por esto de escribir inspirándome en una pintura, que cuando iba a la secundaria, había una profesora de Castellano, en esa época la materia era Castellano…
MM: Ahora es Lengua.
Asistentes: Lengua y Literatura, Prácticas del Lenguaje…
DG: Creo que era en segundo año… Hubo que escribir inspirándose en una imagen. A mí me había tocado una pintura de un impresionista francés que no me acuerdo quién era, sí me acuerdo de un camino con cipreses y un paisaje muy lindo y había que escribir sobre eso. Ahora que lo pienso, me gustaría escribir más textos inspirados en pinturas.
MM: Una que también me quedó en el tintero. Vos decías que cuando empezaste, vos sos egresada de Bellas Artes, no había mucha gente ilustrando y que no había tampoco una escuela. ¿Vos te dedicás a la docencia? ¿Hoy sí hay escuelas de ilustradores? ¿O no?
DG: Hay muchos talleres ahora. No sé si hay escuelas… ¿Alguien sabe? Hay talleres. Yo el año pasado coordiné un taller de ilustración en una escuela primaria. Me llamaron de un colegio privado. Yo no tengo taller, pero sí, ahora hay muchos talleres para ilustradores.
MM: ¿Pero vos no tenías un taller propio? ¿Nunca tuviste?
DG: Tuve en mi casa, como contaba antes, pero eso era más como maestra de Plástica, cuando mis hijos eran chicos. Pero no era enseñar a ilustrar. Era otra cosa. Los hacía dibujar, los motivaba, eran chicos chicos. Tuve algunos alumnos  grandes que querían pintar y bueno, hicieron pintura, pero no era ilustración de libros. Siempre estoy con la idea de dictar algún taller, no sé si en mi casa, no sé si literario o de ilustración, pero me tengo que hacer tiempo, decidirme.
Asistente: ¿Y empezaste con las dos cosas juntas? ¿Con texto e ilustración? ¿O sólo ilustración?
DG: No. Como trabajo empecé con las ilustraciones, como conté, cuando salí de Bellas Artes. Publicar textos vino varios años después. Si a mí me decís, ¿qué te resulta más fácil o qué te cuesta más de las dos cosas? Diría que escribir me resulta más natural. Siempre escribí, desde que era chica. Me acuerdo de que en la escuela primaria me hacían leer en voz alta alguna que otra redacción mía porque le había gustado a la maestra. También leía bien. Tenía esos diarios personales que hacen los chicos, escribía todo en el diario. De adolescente o de preadolescente empecé con la poesía. Mi papá escribía poesía y mi abuelo, el papá de mi papá, también. Poesía clásica, con rima. Yo hago bastantes rimas y tengo poesía sin rima. A mi abuelo creo que llegaron a publicarle algo en algún diario de barrio, alguna poesía. La poesía de mi papá y la que encontré en un cuaderno que dejó mi abuela (la mamá de mi papá) era una poesía muy amarga. Escribían cuando estaban tristes parece, ¿no? Plasmaban la tristeza. Si bien yo a veces escribo algo cuando estoy triste, me gusta escribir poesía cuando estoy exaltada por algo que me deslumbra, puede ser un paisaje u otra cosa. Algo que me da alegría, placer, más que la cosa triste. También dibujaba más o menos bien a los doce, trece años. Me acuerdo de que copiaba muchas caras, me gustaban las caras, copiaba caras de fotos. Pero escribía más que dibujar. Sí, me acuerdo que en esa época me enamoré de algún poeta. En la escuela habíamos visto a Gustavo Adolfo Bécquer y me gustaba mucho. Después me gustaba Alfonsina Storni, me enamoré de Neruda y trataba de imitar a Neruda. Pero todo eso por la poesía. También empecé a leer mucho a Julio Verne.
MM: La parte del marinero.
DG: Sí, la verdad, soñaba con  esas aventuras. Sabés, ¿te digo qué carrera empecé a estudiar yo antes del Bellas Artes? Un poco llevada por mi papá…yo estaba mucho al lado de mi papá siempre, de chica. Seguramente era algo que él había querido hacer y no hizo. Con los padres de antes pasaba eso. Empecé en la facultad de Ciencias Exactas, nada que ver, a estudiar ¡Geología! (Risas).  ¿Sabés qué me imaginaba? O por ahí, por cosas que mi papá se imaginaba y me transmitía… la parte de la aventura. Yo me imaginaba una exploradora, con una carpa…Yo digo que a mí, otra de las cosas que me hubiera gustado ser es naturalista. Porque yo donde voy busco cosas, me quedo mirando, observando, voy juntando semillas raras que encuentro tiradas, caracolitos, hojas secas. Todo eso me encanta. Bueno, empecé Geología pero duré dos meses (risas). Cuando vi que tenía materias como Física, Química, Matemática, no entendía nada. No es para mí. Nunca fueron para mí esas materias. Y en esa época, como yo ya había empezado a pintar con óleos, creo que a una maestra de barrio había ido, una amiga de la familia que ya falleció, que era profesora de pintura, vio mis trabajos y me dijo: “¡Pero qué bien que pintás! ¿Por qué no vas a estudiar Bellas Artes?”. Hasta ese momento ni se me había ocurrido hacer esa carrera, es más, no me había pasado por la cabeza la existencia de esa academia. Y menos la carrera de Letras. No sé qué me pasaba por la cabeza en aquella época…
Asistente: La facultad de letras tampoco es que te enseña a escribir…
DG: No, claro. Yo insisto: escribir siempre lo tuve más incorporado que dibujar. Me cuesta menos. A mí todo me cuesta. No me es fácil escribir. Pero me es más fácil escribir que dibujar. Me cuesta empezar a dibujar cuando me hacen un encargo, pero tiro líneas y la mano se va calentando, ablandando, y se va haciendo más fácil. Paso mucho tiempo sin dibujar porque paso más tiempo escribiendo. Es como los bailarines, que tienen que estar bailando todos los días. Yo tendría que estar dibujando todos los días y no lo hago.  Sí escribo todos los días o casi, cualquier cosa, por ahí una poesía.
MM: Bueno Didi, de acá nos van a echar. Además estamos sin subte. Antes de despedirnos, ¿Nos vas a leer algo?
DG: Sí. Si quieren escuchar. Bueno, yo pensaba leerles alguno de estos, los relatos que hice para Molina Campos. El primero: “Aquí le manda mama”. Les muestro el cuadro. Es un chico, un muchacho que va sobre un caballo y lleva una sandía. Y dice así: “Los Barboza eran los propietarios de la estancia más grande del pago y de la hacienda más numerosa. Pero una vez habían sido pobres, cuando vivían de la venta de las pocas sandias que cultivaban. Hasta que se les dio vuelta la taba, quedando del lao de la suerte. Verán cómo: el Gumersindo era el menor de los hermanos Barboza y asegún su familia era medio zonzo, así que lo tenían pa’ los mandaos. Más que zonzo era algo distraído y dos por tres metía la pata. Lo mandó un día su mama a llevarle una sandia a doña Maruja, a lo que él entendió que tenía que ir a lo de la bruja, que era misia Duvige, de quien había oído hablar. “Que tenga l’ ojos pa’ ver de noche como gato, las uñas afiladas como cuchillos, los pies como pata’e cabra y una risa que espanta no quiere decir que sea bruja”, iba pensando el mocito como pa’ darse valor mientras se dirigía despacito en su pingo a cumplir con el mandao. Y la Duvige era pior que eso, comprobó el Gumersindo ni bien la vio. Pero que le llevaran semejante regalo puso de buen humor a esta mujer porque quién sabe la idea de comer sandia le endulzaba el pensamiento; lo cierto es que en  lugar de convertir al mocito en sapo lo convidó con una rodaja de esa jugosa fruta. Dispué le dijo que guardara las semillas y que cuando llegara a su casa las pusiera en tierra porque eran especiales. “Las semillas estas parecen iguales a todas”, iba pensando el Gumersindo mientras volvía. “¿Les habrá echao un gualicho?” No bien llegó a su casa las enterró y fue a contarlo entre los suyos. Sus hermanos no hicieron más que burlarse de’l y sus padres  se enojaron fiero porque habían perdido la venta de esa sandia. Pero la sorpresa se la llevaron a la mañana siguiente cuando encontraron que en el lugar donde Gumersindo había enterrao las semillas había ahora pura vaca negra. Habían nacido tres de cada semilla. De ahí en más, el ganao no paró de multiplicarse y los Barboza de crecer como hacendaos. Y todo por el zonzo del Gumersindo”. (Aplausos)
MM: Didi, muchas gracias.
DG: Bueno, muchas gracias a ustedes por escucharme y por preguntarme todo esto.

Verónica Sukaczer: “A mí me interesa que afuera pueda bajar una nave espacial”.

Miércoles, Octubre 17, 2012

Libro de arena publica la entrevista abierta a Verónica Sukaczer, periodista, editora y escritora de libros como Nunca confíes en una computadora y La última palabra. Aquí cuenta cómo  fueron sus comienzos como escritora, sus relaciones con los editores y con los concursos literarios, y también la apasionante historia de cómo conoció a su marido o de lo que piensan sus hijos de su trabajo. La entrevista fue coordinada por el escritor y editor Mario Méndez y forma parte del Seminario sobre Literatura Infantil y Juvenil realizado en la Casa de la Provincia de Chubut y organizado por el Programa Bibliotecas para armar.

 

Mario Méndez:

Buenas tardes. Con nosotros está Verónica Sukaczer. Es un orgullo que estés acá… te agradecemos mucho.

 

Verónica Sukaczer:

Gracias a vos y a todos ustedes por invitarme. Voy a necesitar unos cinco minutos de adaptación, de a poco, estoy un poco acelerada…

 

MM:

Estás como el “cazador cazado”, porque vos sos periodista y hoy estás acá, en el rol de entrevistada.

 

VS:

¡Pero no siempre entrevistás son con público!

 

MM:

Bueno, enseguida vas a ver que la gente es de lo más simpática…algunos traen tomates, pero en general, son buena onda. El otro día empecé la reunión leyéndoles tu autobiografía del blog y contando algunas cosas y viendo tus libros. La primera pregunta, que es la que harían los chicos en las escuelas es: ¿cómo llegaste a la literatura infantil? ¿Cómo fue esto?

 

VS:

A la literatura infantil llegué de una manera muy personal. En realidad, yo empecé a escribir,  creo que como casi todos nosotros, grandísimos lectores, a los ocho años. Mi mayor influencia era Tallón, con “Las torres de Nuremberg”. Todo ese  poema  romántico de la muñeca de trapo y los soldaditos y los pajaritos muertos…escribía eso,  escribía sobre la infancia y los juguetes. Después, decidí que iba a ser Cortázar, por lo menos… ¿Quién no quiere ser Cortázar?

 

MM:

Lógico…Todos quisimos ser Cortázar, ahí tenemos un título…

 

VS:

Claro. Todos quisimos ser Cortázar. Empecé a los quince años  a ir a un taller literario, que era la gente de Grafein, Ariel Rivadeneira y Silvia Kohan, que ahora viven en España, que era ese estilo, no de leer sino de consignas muy juguetonas y escribir. Estuve unos tres, cuatro años ahí. Muchas veces estaba sola, en el aula de ellos sola, porque no había nadie de mi edad, eran toda gente mayor. Después bueno… pasé por un par de talleres más. Y en el medio, acá viene la historia complicada. Yo tuve una prima hermana, Carla Sukacser, nació en el 81, enfermó a los cinco años de leucemia y cuatro años después murió.

Cuando Carla pasaba mucho tiempo internada, yo no la visitaba mucho, porque tenía veinte años, estaba en la facultad… era difícil… Entonces cuando mis viejos me decían que iban a visitarla, yo le escribía un cuento, en cinco minutos. Buscaba hojas, escribía algo que en general eran juegos sobre cuentos clásicos, o sea, hacía algo que a mí me resulta muy sencillo que era poner: “Caperucita iba a ver a su abuelita y en el medio perdió su zapatito de cristal”. Recursos literarios que yo los podía hacer rápido, y le agregaba juegos. Le agregaba por ejemplo, un laberinto, unir palabras, todo eso como para que ella tuviera un rato para entretenerse. Hice varios de esos cuentos. Cuando Carla murió, mi tía, la mamá, participaba en una mutual para ayudar a otros chicos con leucemia. Me preguntó si podía publicar esos cuentos, hacer un libro y venderlo para recaudar fondos. Yo le dije que no. Le dije que no por dos motivos. Uno, porque esos cuentos los había escrito para Carla. Y dos porque más allá de lo sentimental, la realidad es que no eran buenos cuentos, eran cuentos que yo había escrito en unos minutos. Entonces le dije que me diera tiempo y  que escribía otro libro. Y así fue como escribí mi primer libro que se llamó Ventana de la imaginación. Lo prologó Elsa Bornemann, porque mi tía la conocía, y tenía varios cuentos, lo ilustré yo (con esfuerzo) y tenía juegos. Cada cuento venía con algunos juegos. Bueno, eso fue mi debut. Y me dio algo muy importante, encontré mi voz ahí. Encontré una manera de narrar en la que, obviamente, no era Cortázar. Y cuando en el taller yo escribía “a lo Cortázar” me decían “eso es de Cortázar”. Hasta ahora había ido como buscando quién era, y cuando escribí para chicos, salió. Salió, me sentí bien en ese lugar, sentí que era yo. Después de eso no sabía muy bien qué hacer. Me acababa de recibir de periodista, me pasaba siempre que yo quería escribir pero no sabía qué quería escribir. Después fue el Concurso Colihue y… bueno…

 

MM:

¡Ganaste!

 

VS:

Sí. Escribí el cuento el día que cerraba el concurso. Me fui a entregarlo a Parque Centenario que era donde estaban ellos y ahí fue como que me dije “Bueno, escribo para chicos”. Pero la verdad es que me encanta. Cuando escribí para adultos lo hice porque tenía otras historias para contar. Todo el mundo me dice:”Bueno, ¿vas a seguir escribiendo para adultos?”… No sé… si me aparecen historias, escribo, pero yo voy por la calle y no me interesa la psicología de la gente, los dramas personales…  A mí me interesa que afuera puede ahora bajar una nave espacial  (risas)…es mi neurosis esa… pienso como chico.

 

MM:

Todo bien con eso. Y ¿qué pasa, ya que tocás el tema de los adultos y de los niños, con esta cosa intermedia que es la literatura juvenil, ¿por qué La última palabra?

 

VS:

Porque crecí. (Risas)

 

MM:

¿Creciste? Está muy bien. Así que por ahí viene lo de la literatura juvenil.

 

VS:

Claro. Entré escribiendo para chicos y ahora fui creciendo. La verdad es que me atrae más en este momento escribir juvenil que para chicos “chicos” sobre todo. Cuando escribo para chicos de seis, siete, ocho, nueve, lo hago un poco más desde afuera,  más pensando cómo trabajar esa edad, cómo llegar a ese chico. En este momento, mi voz es la de La última palabra. Supongo que después de haber escrito para chicos y haber escrito para adultos, me encontré ahí en ese intermedio. Me encantaría poder  escribir esas historias que no tienen edad. Ahora en vez de escribir Cortázar quiero escribir Harry Potter. (Risas)

 

MM:

¡Muy bien! Se gana mucho dinero además.

 

VS:

Claro, en realidad ahí está la finalidad principal de Harry Potter. (Risas)

 

MM:

Sin embargo te sentís más libre escribiendo “juvenil”, sin pensar en la edad a quien se lo dirigís y suelen decir que es más difícil. Por lo menos, para los editores es más difícil. ¿Vos como lo ves?

 

VS:

A mí me resultó muy difícil esto, por ejemplo El inventor de puertas. Con Hay que ser animal no tanto porque tiene un estilo que me es muy propio. Para mí es difícil concentrarme y llevar la historia directamente, no irme…Me costó mucho pasar del cuento a la novela, hasta que me di cuenta de que en mucho se refería a que no todos los capítulos tenían  que decir algo.

 

MM:

Claro…

 

VS:

Sé que no es así…

 

MM:

No, pero hay más desnivel…

 

VS:

Claro, pero que podían pasar cosas alrededor que no tenían que ser predominantes en la historia. Que vos podías salir un poco de esa historia y contar lo que le pasaba a otro personaje, volver… En cambio, cuando escribo para chicos de siete, ocho años, necesito ir por un camino directo hacia mi objetivo, hacia donde quiero llegar. A lo mejor si los editores no me pusieran tanto límite de extensión me sería más sencillo. Porque a lo mejor escribir un Harry Potter que lo lee un chico de ocho años perfectamente pero son libros así de gordos. Pero como acá  te ponen, “ocho años, tienen que ser tantos caracteres”, eso me limita mucho.

 

MM:

¿Eso te pasa mucho? ¿Los editores te marcan la cantidad de páginas? ¿Te dicen de cuánto a cuánto?

 

VS:

Todo el tiempo. La última palabra no, porque lo escribí libremente, y cuando lo entregué era así, y era una colección juvenil. Pero los dos últimos  años estuve escribiendo a pedido. A pedido es que la editorial me dice: “¿Tenés algo para darnos?”. Y yo siempre digo: “No:”. Nunca tengo. No tengo material acumulado. Yo escribo, publico. Cuánto tiempo me das, y escribo. Y bueno. Ahora, si querés para tal edad tantos caracteres, si querés para tal edad, tantos otros.

 

MM:

Y ante ese momento, ante ese pedido: “de acá a tres meses tenés que entregarme una novela para diez años”, ¿de dónde sacás material para escribir?

 

VS:

Bueno…primero que trabajo muy bien bajo presión. Vos me decís: “Dame una novela para diez años para dentro de una semana, y yo te lo agradezco. Lo prefiero a que me digas:  “Cuando quieras, dame algo”. Yo trabajo a presión, estoy acostumbrada al llamado del jefe del diario que me dice: “Mirá, en diez minutos cierra la nota y no tenemos tal cosa”. Y yo voy, lo busco y lo escribo. Yo no hago otra cosa que escribir. Estoy todo el día en mi casa, tengo dos hijos preadolescente y  adolescente, soy ama de casa. Toda la mañana me la paso limpiando, haciendo las compras… pero el resto del día, escribo. Tampoco todo el tiempo… escribo tres horas, paro, voy, vengo, dos horas, releo, hago otra cosa… un día no tengo ganas, no escribo… Soy bastante obsesiva y puntillosa con mi trabajo ¿Tengo que escribir? Escribo. Y así, sale.

 

MM:

O sea que estas dos semanas de vacaciones con los niños son un infierno completo…

 

VS:

Y…estuve terminando una novela y era todo el tiempo: “¿Te das cuenta de que estoy trabajando?” (Risas)

 

MM:

No lo consideran, ¿no? Es difícil…

 

VS:

No. No lo conciben. Además mi oficina no tiene puertas. Cuando mi marido y yo nos casamos, quisimos tener un departamento estilo loft, pero no pensamos en los hijos. Sacamos todas las puertas. (Risas). Entonces… tienen puerta las habitaciones, el baño, pero lo que es el comedor y mi oficina no… Entonces pasan y pasan…”Mami, ¿me hacés la leche?”. ¡Tiene once años! (Risas) “Andá a la heladera y servítela” (imita una voz infantil, aguda) “No; no puedo”. Es un caso.

 

MM:

Es un caso, sí, por supuesto. Ya que lo mencionaste a tu marido, contanos (porque es una anécdota muy divertida), qué tiene que ver con Nunca confíes en una computadora.

 

VS:

Mi marido salió de Nunca confíes en una computadora. En el año 93, creo… Yo fui colaboradora permanente del suplemento infantil del diario La Nación durante seis años. Era el inicio de la computación. De repente pasamos de máquina de escribir a la computadora. Y empezaron los que eran como clubes virtuales con líneas telefónicas. Si había seis líneas telefónicas significaba que seis personas, en cualquier lugar del país, podían estar comunicándose al BBS, por Bulletin Board System, y había chat (podían chatear esas seis personas), foros de literatura,  y eran los primeros correos electrónicos. Creo que todavía no nos podían escribir de afuera, eran para escribirnos entre nosotros.

 

Público:

¿Repetís qué año era?

 

VS:

En el 93. Bueno, les hice una nota a unos chicos que tenían el BBS Sión.

 

MM:

No hace ni veinte años…

 

VS:

Ahora es una mega empresa. En ese momento eran dos chicos de diecisiete y dieciocho años, súper sencillos, después crecieron un montón…

Bueno, yo les hice la nota y me dijeron: “Si querés ver de qué se trata a la noche vas a tener el alta, vas a estar conectada”.  Había que pagar. Yo no tuve que pagar. A la noche me conecto y… creo que eran ocho líneas en ese momento y me encantó porque además, para mí fue la primera posibilidad de dialogar con ocho personas al mismo tiempo y escucharlas. Yo podía perfectamente participar de esa reunión grupal. No entrabas con tu nombre. Yo era Talía, como la musa de la comedia, en la época de Thalía la cantante así que mal… y uno era Gonzalo La Salvia. Era el único de todo el club que no tenía apodo. Me tendría que haber dado cuenta de eso. (Risas). Éramos muy pocas chicas. Éramos cuatro o cinco chicas entre un montón de pibes, con lo cual siempre llamábamos la atención. Empezaban las invitaciones, todo eso. Igual enseguida nos conocíamos en persona porque en general había reuniones los fines de semana. Y yo empezaba con mi primera computadora, así que la primera pregunta era: “¿Qué programa usás?” ¿Vos, Mario, tenías?

 

MM:

No.

 

VS:

Bueno, estaban el Telamate o el Terminate. Yo no tenía el correcto y entonces, Gonzalo La Salvia se ofreció a venir a instalar…no voy a decir a instalarME…

 

MM:

No, mejor no. (Risas)

 

VS:

.. el programa que correspondía… y bueno…

 

MM:

Se instaló. (Risas)

 

VS:

Fuimos novios un año y medio. Salíamos, él me traía a mi casa, se volvía a su casa…a esa hora nos conectábamos para estar con todos los amigos, estábamos, él hasta las cuatro, yo hasta las dos de la mañana… conversando. Conversamos TODO. El día que lo tuve en casa al lado, se terminó (Risas).

 

MM:

Ya está la conversación.

 

VS:

Así que fui una chica precoz con las redes. Para mí, todo lo que es informática, celulares, todo eso me simplificó la vida absolutamente.

 

MM:

Claro. Es  muy interesante eso de poder hablar con ocho personas a la vez, ¿no?

 

VS:

Sí, sí. En general nosotros éramos los más grandes, la mayoría eran chicos. Pero bueno…era lindo, era divertido. Después de todo un día de trabajar, era dedicarse al boludeo.

 

MM:

Nunca confíes en una computadora fue muy exitoso. Salió en México y ¿dónde más?

 

VS:

A través de México, en Paraguay, Perú, Venezuela… no sé… aparece por muchos lados…

 

MM:

Claro. Ahora amenazaron de Chile, también.

 

VS:

Ahora pidieron un cuento de Chile…

 

MM:

¿Y cómo surgió Nunca salgas desconectado?

 

VS:

Cuando yo escribí Nunca confíes en una computadora no existía Internet. O sea, la palabra “Internet” no la teníamos todavía. Eran solamente esas redes, con nuestros monitores  monocromos, o el monitor Hércules, había pasado un mundo en diez años. Uno pasó de una  computadora cuadrada a esos monitores que hay ahora o sea que había un montón de historias nuevas para contar, y me faltaba poder modernizar, de alguna manera, Nunca confíes

 

MM:

El otro día, el lunes pasado nos preguntábamos si en el título intervino la editora o el editor…

 

VS:

No, no. Fue una larga búsqueda… porque soy muy mala titulera. Me cuesta mucho, mucho, encontrar el título. Fui buscando cómo relacionar los dos libros. Incluso le cambié el título al cuento principal para que fuera “Nunca salgas desconectado”.  Primero se iba a llamar “Veinticuatro horas sin computadora”…No me acuerdo ahora por qué…si fue un pedido…No, no fue un pedido de la editora. Pero el de “Nunca salgas desconectado”, quedó.

 

MM:

Pensábamos que bueno, como Nunca confíesNunca salgas…es la misma temática…como una inteligente decisión de la editorial Comunicarte porque el otro todavía estaba en Alfaguara…

 

VS:

Sí. Yo lo ofrecí a Alfaguara, y después de un año lo rechazaron. Eso fue duro. Llevó otro año recuperarme, fue difícil. Después empecé a hablar con otros editores y me decían: “Y…pero está Nunca confíes… en Alfaguara y todavía se sigue vendiendo”: Y bueno, ahí empecé a buscar editorial, a insistir, y encontré a Comunicarte.

 

MM:

¿Te cuesta en serio soportar los rechazos literarios, editoriales en particular?

 

VS:

Sí…sí, sí. (Risas). Creo que es muy difícil para nosotros, no sé si te pasa a vos, diferenciar el rechazo literario del rechazo como persona. O sea, vos empezás: “Si no escribí bien este libro, quiere decir que ya no puedo escribir bien, que ya me olvidé de cómo escribir todo. O es algo personal conmigo, porque si tienen un libro mío por qué ahora no quieren otro”. Sí, empezás con un rollo…Yo soy una judía psicoanalizada. (Risas). Debe tener mucho que ver.

 

MM:

Puede ser. Che, y cuando no lo rechazan pero te hacen muchos comentarios… hay mucha edición, ¿qué relación tenés con eso?

 

VS:

No me pasó. No me pasó. No tuve mucha edición. Con Nunca confíes en una computadora, como fue el primero, justo hubo un cambio de edición cuando se fue Pérez Aguilar… a Pérez Aguilar había un final que no le gustaba y me pidió que lo cambiara, después María Fernanda Maquieira me dijo que ese final no le gustaba entonces yo le mostré el original, y dijo que prefería el original. Me pasó con algunos títulos, pero edición del libro, la verdad es que no tengo mucho. Yo trabajo mucho. Corrijo. Corrijo un montón y me importa que la forma, no el tema, la forma gramatical, sintáctica, tiene que estar perfecta. Tiene que estar perfectamente escrito. Puede estar mal desde lo literario pero lo lingüístico tiene que estar trabajadito.

 

MM:

¿Y nunca hubo un editor que te dijera, por ejemplo, “Cambiemos parte del argumento, la historia”?

 

VS:

Con La cena del dinosaurio, Norma Huidobro me señaló que en una parte en que a la chica la secuestran ( yo lo narraba como en dos capítulos, todo el viaje) se había puesto pesado ahí. Entonces encontré una solución: la chica se desmaya. No puede ver el viaje. Y le saqué los dos capítulos.

 

MM:

Los sacaste enteros…

 

VS:

Saqué enteros dos capítulos porque ya no hay testigo de ese viaje. Y me encanta. Me encanta cuando me marcan bien, cuando me dicen: “Acá se te hace lento”. Entonces pensás que estás perdiendo al lector. Me gusta mucho el trabajo de edición. Me gusta cuando marco: “No, esto lo voy a sacar, lo pongo acá, lo cambio”.

 

MM:

Con lo tuyo propio.

 

VS:

Con lo propio.

 

MM:

¿Y cómo editora? Porque también tenés una experiencia como editora.

 

VS:

Como editora estoy empezando de a poco. Confío mucho en gente que sabe más. Los primeros… ahí está… ella es parte de la editorial, pero los primeros diez libros…

 

MM:

Mencionala, hagamos propaganda de la editorial y demás… Contá…

 

VS:

Ella tiene Doctora de Letras, que es hasta ahora la única obra para los más chiquitos, de la colección de Elevé Ediciones Juveniles. Fue una de las diez finalistas del concurso de Elevé. Ella trabajó la edición de su libro con Ariela Kreimer. Atrás de Ariela estaba yo. Lo que yo le pedí en ese momento a la editorial fue no tener que trabajar el mano a mano con el escritor porque todavía no me sentía segura. No quería que nadie se enojara.  Ahora estoy editando directamente yo, marcándole al autor y lo voy haciendo según todo lo que fui aprendiendo de mis editores. Bueno sí, me gusta mucho. Me gusta mucho poder mostrar cómo mejorar una obra

 

MM:

Esta editorial empezó con un concurso, ¿no? ¿Cómo fue ser jurado de ese concurso?

 

VS:

Fue una aventura. Yo fui pre-jurado y jurado. Como yo me iba a quedar trabajando en la editorial, además, quería ver todo. Después me dicen que te vas acostumbrando y leés solamente lo que pasa el pre-jurado, pero al principio tenía curiosidad. Le hizo bien a mi ego ese concurso. (Risas). Porque recibimos cosas muy extrañas. Muy, muy, muy extrañas. Textos donde… no puedo entender cómo alguien manda a un concurso un texto mal escrito. La forma de las oraciones no tenía ni sentido… eran agramaticales. Cuando empiezan con un tiempo verbal y siguen con otro y vuelven. O temas que no son para la literatura en general. Con lo cual, texto bien escrito con tema interesante te salta enseguida.

 

MM:

¿Vos creés que eso pasa porque es literatura infantil o en cualquier concurso?

 

VS:

No, no. Calculo ahora, después de lo que vi, después de lo que hablé, que pasa en cualquier concurso. Hay mucha gente que dice: “Yo escribo…” no me gusta decir mucho porque parece que una está…

 

MM:

Sí, agrandada…

 

VS:

Sí, es feo…

 

MM:

Pero está bien…

 

VS:

Yo no puedo cantar. Cuando yo les cantaba de bebés a mis hijos me decían: “Me duermo si me dejás de cantar”. (Risas). Ahora, el día de mañana puedo ir a un estudio de grabación, hacer un CD y decir: “Mirá, yo canto”, pero eso no es cantar. Con la literatura me parece que pasa algo parecido… Creo que escribir es un poco más complicado que lo que la gente cree, en cuanto, sobre todo, al uso del lenguaje porque podés tener una muy buena historia y no saber cómo plantarla, cómo mostrarla. Y bueno, la verdad es que la mayor parte de los textos que recibimos, habrán sido unos ciento sesenta en total… eh…

 

MM:

Se descartaban rápido…

 

VS:

Sí. Después hicimos una selección de diez de la que salieron Primero y Segundo Premio y las ocho Menciones, y se publicó todo porque eso era el origen de la editorial.

 

MM:

¿Con quién coparticipaste en el jurado? ¿Quiénes estaban?

 

VS:

Liliana Bodoc y Carolina Tosi.

 

MM:

¡Muy bien! ¿Te gustó trabajar con ellas?

 

VS:

Sí, fue bárbaro, bien, bien.

 

MM:

Bueno, hablando de concursos, el otro día coincidíamos, el lunes pasado que quizá uno de tus mejores libros es este, El inventor de puertas, que participó en el concurso de Sigmar. ¿Cómo se te ocurrió esta historia? Es realmente muy original…

 

VS:

Yo lo escribí para el concurso… estaba buscando el tema y mi mamá me mandó una de esas cadenas que… (risas) cadenas. Yo le pido por favor que todo lo que diga que me ama o que haya gatitos no me lo mande (Risas). Pero que si es algo interesante, sí. Y me había mandado los significados de los apellidos, sobre todo los apellidos judíos… la mayor parte significan algo. Cuando vos decir “Goldsilver” es “Oro – plata”. Por ejemplo, el apellido de mi mamá que es Feidman…”Man” es “hombre” y en alemán “feid” es “pluma”. Pensamos que eran algo…

 

MM:

¿Avicultores?

 

VS:

El colchonero, sí, sí, algo así…

 

MM:

El que escribe…el que escribe con la pluma…(Risas)

 

VS:

Después, Sukaczer nunca lo pudimos investigar pero me dijeron que era un lago. Me encanta eso. Me encantan los significados, me gusta mucho la etimología. Y bueno, me mandó justo el mail con todos los significados de los apellidos judíos y mientras yo lo leía me imaginé a un nenito parado esperando su apellido, y quiere que sea un buen apellido, y ese fue el origen. Lo que más me costó fue dar idea de la época sin descripción…sin describir el campo, sin datos… lo que está pegado en el pizarrón ya tiene la fecha. Vamos a la fecha y están los chicos haciendo la cola esperando el apellido.

 

MM:

Hablando de la fecha, el lunes pasado nos surgió una curiosidad. Yo la comenté acá . “El decreto del nuevo gobierno de la gran nación en beneficio de los habitantes de la gran nación” es del 9 de diciembre de 1890. Y que la historia que vos contás al final es de cuando aparecieron los apellidos es del siglo XI y siglo XII. ¿Por qué decidiste ese cambio?

 

VS:

Porque no lo podía hacer en esa época…porque los elementos…era como un pueblo olvidado…Primero porque se siguió realmente, hasta bastante entrado el 1900 poniendo apellidos. La gente era “Simón, el hijo de”. Me resultó más sencillo, me pareció más cercano para un chico hacerlo no tan tan lejano. Porque todo cambia, el lenguaje, el entorno… Es por gusto. Incluso en un momento, cuando pongo los juguetes de los chicos (eso me lo mostró la editora) un personaje tiene un autito de madera…No había autitos de madera…

 

MM:

No había autos.

 

VS:

¡¡No había autos!! (Risas) Y aparte, gran parte de esa historia tiene que ver con mi abuela que me contaba de su aldea en Rusia, que aparece en el libro con el nombre, Beresovska, y cómo iba a buscar el agua, y cómo, si conseguían papas en la basura , tenían papas. Entonces fue un poco todos esos recuerdos. Yo una vez la entrevisté a ella. Le hice una larga entrevista sobre su historia de vida, que la tengo guardada. Porque ella llegó al país a los diez años, entonces tenía la típica historia de inmigrante. Mezclé todo eso.

 

MM:

¿Y eso no da para una novela? Esa historia…

 

VS:

Hay muchas historias de inmigrantes. No había ningún elemento diferente a todas las historias. Yo, en general, fijate que no tengo escritos personales. Nunca escribí sobre discapacidad, no tengo ningún personaje que sea sordo…Casi todo lo mío es fantasía.

 

MM:

Está bien. Igual, has hecho, perdón por contradecirte un poco, pero has hecho un trabajo interesante con el lenguaje.

 

VS:

Yo estoy estudiando hace varios años, hace unos cinco años que estudio lingüística y neurolingüística particularmente. Y escribí La última palabra basado en una frase de Steve Pinker, la tuve que poner al final porque si no se perdía la sorpresa, que es “Todos somos verbívoros”. Cuando leí esa frase “Verbívoros” yo dije: “Esto lo tengo que escribir”. Y tenía los elementos de conocimientos de lenguaje, de lingüística, de todas las patologías del habla, todas las problemáticas neurológicas que pueden producir problemas de comprensión… y bueno… todo eso lo fui metiendo. No es que sale así de primera vez, yo hago muchas versiones. Voy haciendo” Vervíboros Uno”. Voy a cambiar algo, “Verbívoros Dos”, “Verbívoros Tres”, puedo llegar a diez, once, doce, hasta que encuentro la manera de contar la historia. Y supongo que ahí sí. Al final, en los agradecimientos hay algo que me dijo mi mamá cuando lo leyó, que era, que como habla la chica, yo escucho. Que es verdad. ¿Y qué significa eso? Porque la chica al cambiar los verbos dice frases que no siempre tienen sentido. Yo, cuando escucho, hay palabras que no las puedo entender, y me ayudo por el contexto. Entonces, así como hay que llenar el bache de lo que ella dice, yo tengo que llenar el bache de lo que escucho.

 

MM:

Bien, a ver, nada que ver ni con la ciencia ficción ni con esta historia lejanamente personal…Hay que ser animal. Nos reímos mucho el lunes pasado con las historias y con lo de la cucaracha del final. Hay mucha investigación acá, mucho estudio…

 

VS:

No te creas que tanto, hay mucho Internet. (Risas).

 

MM:

Está bien, pero por lo menos buscaste animales raros.

 

VS:

Muchas curiosidades animales, animales raros. Estaba mirando un documental en National Geographic en donde salió lo de las tortugas, que según la temperatura del nido la tortuga podía ser macho o podía ser hembra. Ese fue el primer cuento. Y a partir de ahí… a mí me gustan mucho…Todos mis libros de cuentos son temáticos. El único libro de cuentos que no fue temático, que fue  Los monos del mar, no se vendió nada. Algo tendrá que ver. Entonces, a partir de eso empecé a juntar curiosidades, el animal más venenoso,…pero no el más venenoso sino que tiene que tener algo extraño, diferente, divertido de cómo mata ese animal, y bueno…fui haciendo la selección y quedó eso.

 

MM:

Yo señalaba que no hay muchas concesiones porque hay algunas cosas que son bastante crueles…la escorpiona que se come a los escorpioncitos que se caen y un par de historias más, pero tienen tanta gracia que…

 

VS:

Es que se los come…

 

MM:

Sí, sí…

 

VS:

Es la naturaleza. Yo odiaba las historias con animales. Siempre. Nunca me gustó, ni la fábula, en primer lugar, no me atraía para nada. Hasta que me recomendaron un libro que se llama “Eres una bestia Viscovitz.”

 

Asistente:

¿Eres una bestia…?

 

VS:

Viscovitz (lo deletrea) No existe el libro. No lo van a conseguir. Está agotado.

 

MM:

Es un apellido, Viscovitz…

 

VS:

Sí, sí, está agotado el libro. Acá y en España. Es de un biólogo que se llama Alessandro Boffa. Es un libro para adultos, en donde en todos los cuentos hay un animal,  siempre es Viscovitz el animal, que tiene dos amigos y una novia. Y cada cuento trata sobre la forma de procreación de ese animal en cuestión, entonces está… ¿cómo se llaman esos que cuándo terminan la hembra le saca la cabeza?

 

MM:

¿La viuda negra?

 

VS:

No, no

 

Asistentes (varios):

Mamboretá.

 

MM:

¿Ah, sí?

 

VS:

Están unos que como los perezosos están cinco años durmiendo y de repente se despiertan sólo para tener sexo… (Risas). Cada cuento con un humor impresionante. Y ese libro fue el “clic”  del uso de animales en la literatura. Y pude escribir este libro después de haber…es, en parte, la versión para chicos de ese tipo de historias. Después de eso seguí un montón escribiendo con animales. Ahora, el que terminé, son todos animales. Y lo que me mostró la diferencia fue ese libro. Y me gusta mucho esa mezcla de la parte periodística con literatura. Donde hay algo que es real o una historia como “El inventor de puertas”. Cada dato…los datos son reales. La cena del dinosaurio tiene bastante de investigación geológica. La última palabra tiene investigación lingüística…

 

MM:

Está bien. Es el costado periodístico.

 

VS:

Hay algo de estudio atrás. Un poco. Cuando algo no me cierra… La cena del dinosaurio me lo agarró un blog de Geología…me lo hicieron pelota. (Risas). Por un lado algunas partes estaban bien… por otro lado… no puedo, obviamente que no voy a justificar este libro. En algún momento necesito apelar a la fantasía para que me cierre lo que quiero contar.

 

MM:

¿Pero se quejaban de que los datos eran erróneos?

 

VS:

Sí. Que no podían ser. Primero, que no podían aparecer dinosaurios en donde yo lo puse. (Risas). Eso desde un punto de vista geológico real. Es una obra para chicos.

 

Asistente:

O sea, tu idea no fue hacer una parodia de enciclopedia.

 

VS:

¿Una parodia…?

 

Asistente:

Una parodia de enciclopedias para chicos.

 

MM:

No. En La cena del dinosaurio no, porque es una novela.

 

VS:

Una novela sobre unos chicos estudiantes de Geología que encuentran un dinosaurio y que ven en la parte que fue el estómago del dinosaurio, un cráneo humano. Y ambos de la misma fecha. En este tuve que estudiar porque uno lo primero que piensa es en el carbono 14 para fechar la edad del dinosaurio. Pero no servía. Porque para esa antigüedad, noventa millones de años, carbono 14 no te lo agarra. Estudié… pero el detalle fino lo dejé.

 

MM:

Hasta ahí. Está bien. Y tu relación actual con el periodismo ¿cuál es?

 

VS:

Desocupada. (Risas)

 

MM:

¿Desocupada? Medio Free lance, ¿o no?

 

VS:

En realidad nunca llegué a hacer “periodismo periodismo” porque en La Nación para chicos hacíamos notas y entrevistas, pero nunca actualidad. Ahora estoy haciendo cada tanto algunas colaboraciones para Clarín, que tienen que ver en general con literatura infantil, y escribo en Billiken, por lo cual estoy caratulada como periodista por escribir en una revista pero lo que hago no tiene nada que ver.

 

MM:

¿Qué hacés en Billiken?

 

VS:

El blog de Zezé. Es un blog quincenal de un chico de diez años, que escribe “su” blog de chico de diez años. Pero no es periodismo. Hace miles de año tuve un retiro voluntario en La Nación, hubo una gran restructuración…y ahí me quedé. Me casaba, quedé embarazada…fue pasando el tiempo… ya fue.

 

MM:

Te preguntaba porque hoy leí la nota que salió en Clarin de la Feria…

 

VS:

Sí, salió en Clarín diario.

 

MM:

Sí, en el Clarín diario pero ¿cuándo? ¿El del domingo? ¿Lunes?

 

VS:

Hoy.

 

MM:

Hoy, bueno. Contále un poco a la gente que no la vio de qué se trata porque es muy graciosa.

 

VS:

Bueno, la nota se llama “El arte de no firmar en la Feria del Libro” y trata sobre los escritores que vamos a estar ahí con nuestros libros y respondemos dónde está el baño, dónde están los otros libros, y dónde está tal stand, pero no firmamos libros. O nos firmamos entre nosotros últimamente. (Risas) La había escrito en realidad para la Feria grande y por esas cosas de los diarios en ese momento no tuvieron lugar, la reciclamos para la Feria chica, salió hoy…Entonces había estado pidiendo anécdotas sobre eso, sobre no firmar. Martín Blasco me contó que se había acercado una señora a preguntar el precio del atril sobre el que estaba el libro. (Risas). Esas cosas nos pasan a todos.

 

MM:

Son de verdad, sí.

 

VS:

En realidad, uno entra a la Feria…Yo cada vez que entro a la Feria tengo un ataque de inseguridad feroz. ¿Sigo escribiendo con la cantidad de libros que hay? (Risas) Entonces, que vaya un chico en ese momento en el que vos estás, o porque vos estás… compre tu libro… Es medio imposible… Alguna vez se firma.

 

MM:

Sí, sí, alguna vez firmamos, y pasan cosas muy graciosas, es cierto. Ya que sos editora, autora

 

Asistente:

¿Cómo se llama la editorial de ella?

 

MM:

Elevé.

 

Asistente:

¿De Elevar?

 

VS:

Son las iniciales de los dueños.

 

MM:

Ya que la tenemos acá la saludo a una ilustradora (y autora) que nos va a acompañar dentro de dos semanas, que es Didí Grau, y que está María Jesús Álvarez, también ilustradora, que viene todos los lunes. ¿Cómo es tu relación con los ilustradores, con los ilustradores de tus trabajos y tu relación como editora?

 

VS:

Yo empecé a hacerme un banco de datos de ilustradores, especialmente talleristas, gente nueva… veo los blogs y cuando tengo un libro pienso qué estilo me gusta para este libro…Y lo más importante que estoy aprendiendo es a diferenciar qué es lo que a mí me gusta de lo que es buena ilustración. Porque entiendo que hay estilos de ilustración que a mí, personalmente, no me gustan demasiado, pero que son buenas ilustraciones. Hasta ahora la editorial tiene la idea de no repetir ilustradores, lo cual es complicado porque hay que buscar uno para cada texto. Entonces veo los blogs, le mando un mail, le digo: “Mirá, tengo el libro tal, las condiciones son estas, te interesa, no te interesa.” Hasta ahora todos me dijeron que sí salvo uno que después por falta de tiempo se tuvo que bajar. Los libros no tienen mucha ilustración, igual, la colección para más chicos tiene solamente seis. A mí me parece que el primer impacto es la tapa, la ilustración de la tapa y el título. De repente, hay algunas ilustraciones que no quedan como a mí me gustaron pero si son buenas ilustraciones, mi aprendizaje como editora es que no me puede gustar todo a mí pero que es una buena ilustración, que tiene que ver con el texto, que suma al texto. Pero no es como un libro álbum en el que la ilustración es al cien por ciento con el texto…es un acompañamiento.

Los textos para los más grandes llevan solamente dos ilustraciones en todo el libro a un color, o sea, blanco y negro.

 

MM:

¿Y en los tuyos, que te han parecido las ilustraciones?

 

VS:

La última palabra  me encanta. El inventor de puertas…todos en la editorial tenían pánico con ese libro porque no hay acción. El chico está todo el tiempo parado en la fila y no sabían cómo lo iban a resolver y después estaban chochos de cómo habían salido.

 

MM:

Son ilustraciones de Viviana Bilotti, que es una importante ilustradora.

 

VS:

Quedó precioso. En cambio no me había gustado la primera edición de “Nunca confíes en una computadora”. Los ilustradores no se comunican conmigo para nada, solo una vez, con La cena del dinosaurio, yo recomendé el ilustrador a la editorial. Tampoco me entero de quién va a ser el ilustrador de mi libro. Lo veo cuando está terminado.

 

MM:

Eso en general se adquiere. Te lo donan. Con el tiempo te van a empezar a llamar para ver si hay algún ilustrador en particular…

 

VS:

No sé… no es mi responsabilidad…

 

MM:

Sí, pero es grato, porque vos como autor tenés tus gustos, no digo como editor, pero podés decir: “Me gustan estos cinco, estos diez”

 

VS:

Yo confío en que el editor sabe más que yo en lo que hace… que yo como escritora. Confío en que lo que me muestra, lo que me quiere corregir, es porque está queriendo mejorar mi texto. Lo piensa visualmente de la mejor manera posible porque es su colección, es la editorial que maneja… En ese sentido confío totalmente en los editores.

 

MM:

¿Y del trabajo que estás haciendo como profesora y dando talleres? Contános un poco.

 

VS:

Yo capacito a los docentes, no estoy trabajando con chicos. Esto empezó así: en el año 2007 yo mandé una carta de lectores a Clarín. No me acuerdo cuál era el tema pero sí tenía un trasfondo que era el siguiente: yo empecé mi carrera hace veinte años con El Pajarito Remendado. Después me fue muy bien porque publiqué tres libros en Alfaguara… y después me caí y estuve diez años sin publicar. No es que no hice nada, pero… el primer motivo es que fui mamá dos veces. Ahí se me quemó la cabeza, no podía escribir. Y después empecé a escribir pero quedó una novela en el camino. Empecé a hacer unos cuentos, no me gustaban, empezaba otra cosa. Hasta que volví a hacer Nunca salgas desconectado. Ahí Alfaguara me lo rechaza… Fue como empezar a remarla de cero, y fue un gran trabajo mío (no va a sonar bien esto) aceptar ir a las editoriales chicas  Era como que “Yo era una autora de Alfaguara”. Fueron diez años en los que yo desparecí. No había ningún libro mío nuevo. Seguía yendo a los brindis de Alfaguara. (Risas)  Por lo menos ahí lo veía a Mario, nos encontrábamos con gente y era como “soy escritora”. Volviendo a lo otro, había salido una carta de no sé quién sobre el tema de la sordera en Clarín. Entonces yo la retruqué. Tampoco me acuerdo por qué. Pero la finalidad de esa carta era conseguir trabajo. Trabajo no conseguí, pero hubo mucha gente que se comunicó conmigo y así fue como conocí a Patricia Salas que es una profesora de Letras de Salta que es hipoacúsica. Una hipoacusia muy similar a la mía. Y ella había viajado a México a estudiar Logogenia, “logo” palabra, “genia” el génesis. El génesis de la palabra. Justo estaba en Buenos Aires, me dice: “Vos tendrías que estudiar Logogenia, te va a encantar, veníte a mi casa”. Me fui a Salta e hice el curso formal en su casa, con ella y con algunas profesoras que me daban ahí la clase particular. ¿De qué se trata? Es un método de desarrollo de la competencia lingüística en chicos sordos. No hay que confundir con comprensión lectora. La adquisición de una lengua para el chico sordo de nacimiento. Yo soy hipoacúsica desde los seis años, una hipoacusia progresiva. Por eso tengo el lenguaje que tengo. Todo esto parte de las teorías de la gramática generativa de Chomsky. Chomsky dice que la lengua es un instinto, una capacidad biológica que se adquiere a partir del estímulo necesario que es escuchar hablar. El chico, desde el útero escucha un lenguaje, una gramática particular. Acá, la gramática castellana. Si es en China, la que está en China. Eso le activa la gramática de su lengua y poco a poco va adquiriendo vocabulario. El vocabulario se puede aprender. La lengua, no. No se aprende y nadie  te la enseña. Entonces en los dos o tres primeros años de vida el chico escucha y se activa ese sistema que le va a permitir hacerse dueño de la lengua materna. Si es un chico sordo con padres que hablan lengua de señas, su lengua va a ser la lengua de señas. De todos modos tiene que aprender el castellano, porque eso le va a permitir leer, aprender e ir a la escuela. La lengua de señas es ágrafa, y la gramática de la lengua de señas es muy diferente de la castellana. Cuando vemos a los traductores al lado de los políticos, están haciendo traducción simultánea palabra por palabra, no lengua de señas. Es traducción.

El chico que es sordo de nacimiento y que tiene padres que no tienen lengua de señas, no recibe nada. Vive en un tiempo insonoro, hasta que se dan cuenta de que es sordo (no todos se dan cuenta) y recibe algún tipo de estimulación. Pero si el pibe no tiene ningún rastro auditivo, aunque traten de estimularlo para que hable…igual no va a escuchar. ¿Qué lengua tienen esos chicos? Ninguna. No tienen lengua. Hay escuelas que les prohíben hablar en lengua de señas y entonces ellos inventan otra lengua de señas. Estos pibes tienen una lengua básica. Es un tema muy complicado y muy triste. Son pibes que no tienen lenguaje amoroso. Que no escucharon: “Ay que divino que sos mi bebito, te voy a dar un beso en esa patita”. No tienen nada. No recibieron eso. Por eso a veces son agresivos, o a veces son chicos que permanentemente te están abrazando, te están tocando…

 

Asistente:

Pero la madre o el padre que tiene un chico, lo abraza, aunque no tenga lo sonoro.

 

VS:

Sí, vos podés abrazar a un chico, pero ¿cuánto tiempo? Y no es solamente el lenguaje materno porque el chico cuando sale a la calle escucha todo. Al portero, al carnicero, los ruidos, los gritos. Cuando el chico hace sus primeras frases las hace gramaticalmente correctas. Dice: “Dame leche”, no, “Leche dame”. Ya tiene adquirida la gramática de su lengua. Dice lo que quiere. Por ejemplo, con los verbos irregulares. El chico dice “rompido”. Y le decimos: “No, roto”. En general, el chico ya los usaba bien, después se da cuenta de que en los verbos hay una regularidad, la usa, y tiene que volver a aprender los verbos irregulares. En la lengua de señas el verbo es siempre el infinitivo. Y las partículas esenciales de la lengua, que hacen que la lengua tenga sentido no existen (pronombres, artículos, conjunciones, preposiciones).

En México, hace unos diez, quince años, una lingüista italiana llamada Bruna Radelli había sido invitada por el estado o no sé por quién para ver qué pasaba con los chicos sordos desde una perspectiva lingüística. Y ella creó este método usando la gramática generativa, que es una cosa complicadísima, pero de manera práctica. Usando el lenguaje escrito, sin importar en qué leguaje se comunique el chico, mostrando los contrastes de la lengua. Yo me siento con el chico. Necesito que pueda escribir .Que esté pre-alfabetizado. Y ahí yo me siento con él y le escribo:”Dame el lápiz”, “Dame ese lápiz” ”Dame algún lápiz”. Voy cambiando UN elemento por vez, para que lo vea, por escrito. Mi finalidad no es que llegue a hablar, sino que comprenda la lengua escrita. Nosotros les llamamos “pares mínimos”, en los que se cambia un único elemento: “Abrí el libro”. “Soltá el libro”, “Mirá el libro”, “Dame el libro”, “Buscá el libro”, “Escondé el libro”. A través del ejemplo, funciona. Y los chicos empiezan a ver los elementos que no escuchan. Cuando empiezo a trabajar con estos chicos yo les escribo: “¿Cómo te llamás?, y hay pibes que no me lo pueden contestar. A veces son chicos de cuarto, quinto grado de escuela. Agarrás a la maestra y le decís: ¿No se da cuenta de que este pibe no entiende el lenguaje escrito? Se ponen de todos los colores, porque no se dan cuenta.

Yo atendí a un chico de veinte años al que le faltaban dos materias para terminar un secundario normal. Tenía bastante audición. Tenía una situación familiar muy complicada porque era un chico sobreprotegido. Cada vez que tenía algún problema en la escuela los padres lo sacaban para que no sufriera. Yo le escribía: “Pedro tiene cuatro lápices” “Juan tiene tres lápices”. ¿Cuántos lápices tiene cada uno?”  Me decía: “Siete”. Estaba automatizado para sumar. No sabía lo que significaba “Cada uno”. Yo se lo puedo explicar en ese contexto. Pero necesitan saber que cada palabra en cada contexto funciona de una manera diferente. Entonces ahí él empezó a trabajar el “Cada”.

Trabajar con chicos me resultó complicado, porque cuando yo tengo un trabajo y se transforma en trabajo… (Risas)  me gusta más la parte de capacitar a los docentes. Entonces, lo que hago ahora, es que cuando hay un diplomado de Logogenia en la Argentina, que lo da Patricia Salas que es la única persona del país que lo puede dar, yo doy la Cátedra de Ortografía, que incluye Historia de la Escritura, de la lectura, Oralidad vs Escritura… Ya que vamos a usar la escritura como herramienta, saber dónde uno está parado. Uno tiene que escribir perfectamente porque está usando la escritura para que el chico adquiera la lengua.

 

MM:

¿Dónde das esos talleres?

 

VS:

En general se dan cuando un grupo de gente se organiza. En general, profesores de escuelas especiales.

 

MM:

Bien, volvamos a la literatura porque nos estamos yendo. ¿Te gusta leer en publico?”

 

VS:

Me gusta, me gusta.

 

MM:

¿Trajiste algo para leernos?

 

VS:

No me dijiste que tenía que leer.

 

MM:

Sí, te lo escribí. ¿Será posible? (Risas). Bueno, elegí algo para leernos.

 

VS:

Este lo elijo porque es casi un diálogo y es una de las cosas que me gusta hacer. Cuando puedo resolver algo a través de un diálogo gracioso me encanta, lo disfruto muchísimo.

El cuento se llama “Spam”

 

“¿Lo llamó, Gutiérrez?

-Sí, doctor, le dejó un mensaje en su celular y otro en su casilla de correos.

-¿Y?
-No contesta, doctor

-Entonces ¿para qué miércoles sirve el celular si lo leva apagado?

-No puedo darle esta respuesta, doctor.

.¿Y los otros? ¿Probó con algunos de los otros?

-¿Los viejos dice usted?

-Los clásicos, Gutiérrez. Los clásicos.

-Bueno doctor, la mayoría están retirados o con  problemas de gota, de columna…alguna hernia…no han llevado una vida fácil…Tanta lucha contra el crimen deja huella.

-Me imagino, Gutiérrez, me imagino. Pero ¿ninguno puede ayudarnos?

-Doctor, no creo que ellos comprendan la gravedad del asunto, ni que tengan, digamos, los conocimientos necesarios para luchar contra este problema.

-En definitiva, usted me está diciendo que de Computación, nada.

-Algo así, doctor. Son gente de otra época. Sus métodos son más directos. Físicos, podríamos decir. Pelean cara a cara. No creo que sepan cómo enfrentar un problema informático por más que esté comprometido el futuro de la Humanidad. Sin ir más lejos, el otro día, en casa de Batman, tuve que ayudarlo a programar su videocasetera, y no tiene DVD.

-¿No tiene?

-Tampoco conexión innalámbrica a Internet, por no decir que no tiene Internet.

- Eso no se lo puedo creer, Gutiérrez. ¿No tiene siquiera curiosidad por saber lo que se dice de él en la red?

-Sí, supongo que sí. Por eso se queda pegado al batiteléfono esperando una llamada que no llega.

-Me imagino. Si ese teléfono ni siquiera funciona a tonos…

- No, doctor, a pulsos. Y con disco. Tiene disco. ¿Se acuerda doctor? Usted ponía el dedo en el ocho, pongamos, y tenía que darle tooooda la vuelta.

-Es gente que se quedó en el pasado, Gutiérrez, ¿qué le vamos a hacer? ¿Y Linterna Verde? ¿Qué pasa con Linterna Verde?
-Le ofrecí un traje de fibra óptica y no quiere saber nada. Usa  pilas, todavía.

-¿Pilas? ¿No sabe que contaminan el medio ambiente?

-No sé, doctor. ¿Qué quiere que le diga? Así sucede con todos. Ninguno se anima a deshacerse de sus viejas mañas. Ninguno.

- Una lástima, Gutiérrez. Una lástima. Entonces no nos queda más remedio que esperar a este… ¿Spam?

-Así es, doctor. Spam. El nuevo superhéroe dedicado íntegramente a luchar contra los crímenes informáticos.

- ¿Cuántos años cree que tiene?

-Y… Yo diría que no más de catorce, doctor. Una criatura.

-¿Qué se puede esperar de alguien tan joven? ¿No cree, Gutiérrez? Todavía ni sabe lo que es la responsabilidad del superhéroe.

-Es lo que yo digo, doctor.

-Spam…Spam… ¿por qué me suena tanto esa palabrita?

-Porque recibe al día ciento de correos electrónicos con el anuncio de “Posible Spam”.

- ¿Y eso que es Gutiérrez? Porque después de todo, es usted el que revisa mi casilla de correos.

-Los Spames, doctor, son los correos basura, como les decimos. Mensajes no solicitados, enviados en forma masiva a un sinnúmero de personas. Publicidades, sobre todo. Llenan las casillas con el único fin de jodernos la vida, perdón…complicarnos, doctor, complicarnos.

-Y ese Spam nuestro, ¿Tiene algo que ver con esos Spam?

-No sabría decirle, doctor. Esperemos que no.

-¿Por qué no lo vuelve a llamar, Gutiérrez? No nos queda mucho tiempo.

-Todavía no termino de entender qué es lo que sucedió, doctor.

-¿Cuántas veces se lo tengo que contar, Gutiérrez? Me llegó un correo electrónico del Gran País del Norte.

- Discúlpeme que lo interrumpa, doctor. Pero yo leo todos sus mensajes y ese correo no lo vi.

- Bueno, Gutiérrez, no tengo por qué hablarle de mi casilla de correos secreta.

-Ah. Entiendo. Supongo entonces que no cualquiera tiene esa dirección secreta.

-Por supuesto que no. Sólo los líderes mundiales. Cada uno tiene su correo secreto.

-Para enviarse mensajes confidenciales

-Y para los chistes, Gutiérrez, para los chistes. Truco. Tute cabrero. Esas cosas. Manejar el mundo es una tarea agotadora. Nosotros también necesitamos entretenernos un poco.

-A mí nunca me contó un chiste, doctor.

-Como le decía, Gutiérrez. Me llegó un correo del Gran País del Norte, con todos los sellos, escudos, dibujos, normas de seguridad, y esos chistes que le gustan tanto al Presidente de allá. ¿Me entiende?

-Sí, como una página web.

-Eso. Y en el correo me pedía las claves de todo nuestro arsenal atómico.

-Pero nosotros no tenemos arsenal atómico, doctor.

- Ya lo sé, Gutiérrez, ya lo sé. Pero sí tenemos claves. De seguridad interna, de alerta de peligro exterior, de silos con armas y tanques, yo que sé… esas cosas de militares.

-Me imagino que usted no ingresó ninguna de esas claves…

-No imagine tanto, Gutiérrez. Si el presidente del Gran País del Norte me pide una clave para mí es un honor. ¿Me entiende? Que nos tenga en cuenta. Además, el motivo era fundamental para el futuro de la Humanidad. Decía el correo que se iban a guardar las claves de todos los países del planeta en un lugar ultra secreto, justamente para resguardar la seguridad mundial. Si cada país tiene la clave de los otros a ninguno se le ocurrirá empezar una guerra. ¿Me entiende?

- La idea no es mala, doctor. Pero, ¿las claves no se pueden cambiar?

-No, Gutiérrez, no, porque justamente, cuando ingresa los códigos alfanuméricos en esta página comienza a correr un programa para que las claves ya no puedan modificarse nunca más.

-Eso es peligroso, doctor.

-Pero es una forma de preservar la paz mundial, Gutiérrez. ¿Me entiende?

-Entiendo doctor. Pero entonces, ¿cuál es el problema?

- Que después llamé al presidente del Gran País del Norte y él no me había mandado nada… ¡Nada! Ningún correo secreto. Ninguna página. Ningún pedido de claves.

-¡Eso es terrible, doctor!

-Lo escalofriante es que a él también le llegó una página similar enviada por las Naciones Unidas. Y él también ingresó sus claves.

-Y eso que ellos tienen flor de arsenal nuclear…

-Para volar al planeta, Gutiérrez.

-¿Y entonces?

-Entonces nos pusimos a investigar y descubrimos que a todos los líderes mundiales les llegó lo mismo y todos cayeron como chorlitos. No puedo imaginarme quién los habrá votado.

-¿Y entonces?

-Entonces llamé a Spam, para solucionar el problema. Si él puede, después se lo mando a cada líder mundial, destruimos esas páginas web, devolvemos esas claves a sus dueños, descubrimos quién está detrás de todo esto, lo apresamos, lo enjuiciamos y usted ya conoce el resto.

-¿Y Spam podrá hacer todo eso, doctor?

-Spam es nuestra única esperanza, Gutiérrez.”

-Doctor, ¡llegó!

-¿Y qué está esperando para hacerlo pasar, Gutiérrez?

Entra Spam. Traje gris perlado de lycra que lo cubre entero. Refleja el entorno y de lejos lo hace parecer un monitor andante. Una gran S en el pecho dibujada con pequeñísimos unos y ceros del código binario. Antifaz para proteger la identidad, de donde salen delgados cables hacia las orejas. Auriculares para escuchar mp3. Sin capa. La generación que ha visto  la película Los Increíbles sabe lo que una capa le puede hacer a un superhéroe. Esa valiosa información no se aprende en los manuales escolares ni en las exquisitas enciclopedias de papel. Un gran cinturón plateado y con bolsillos que guardan sus armas y herramientas. Varios teléfonos celulares. Una computadora de mano. Una memoria USB, cables conectores para todo tipo de puertos, una tarjeta de crédito cuya cuenta la pagan sus padres, una cámara fotográfica digital, un paquete de pastillas y varios envoltorios vacíos. Zapatillas de reconocida marca con los cordones desatados.

-¡Spam, doctor!

-¡Spam, Gutiérrez!

Spam abre los brazos y entona: ¡Spam,spam spam, rico spam, maravilloso spam, spam, spam, spam!

-¡Dos mío, Gutiérrez! ¡Desafina!

-Supongo que a todos los superhéroes hay que soportarles algún capricho, doctor.

-¿Qué tenemos acá, señores? pregunta Spam, sacando de su cinturón una pequeñísima computadora que ofrece gratis, siempre y cuando alguno de los presentes se inscriba e inscriba a un mínimo de veinticinco amigos, familiares conocidos o vecinos en un curso acelerado de computación que ofrece la distinguida Academia de Reseteo.

-Supongo, Spam -lo interrumpe Gutiérrez- que ya se le ha informado sobre la página que circula por las computadoras de los líderes mundiales pidiéndoles claves ultra secretas.

-¿Será un virus? Farmacia La Engripada ofrece descuentos durante los meses en los que no hay epidemia, para esos virus tan molestos que lo hacen estornudar.

-No sabemos, Spam. Por eso lo llamamos.

-Y qué bien que hicieron, porque llamar y lograr que lo atiendan nunca es fácil. A partir de este momento puede comenzar a comprar, copiar tarjetas telefónicas para Marte. Cuando Marte sea por fin colonizado, ¿a qué no sabe sabe quien será el primero en llamar?

-¿De qué está hablando este hombre Gutiérrez? ¿Cuándo va a empezar?

Spam vuelve a abrir los brazos y canta alegremente.

-¿Se divierte torturándonos, Gutiérrez?

-No sé, doctor, pero tápese los oídos. Quizás es así como vence los virus…

-¿Cantando?

-¡Ah, me encanta esta parte! Todos caen. Me preguntan cuándo empieza y yo empiezo.  ¿Me captan? Pero mejor me captarían con una cámara fotográfica digital con un zoom capaz de acercar la Torre Eiffel al Obelisco en cinco segundos.

-¿Me puede decir cómo va a enfrentar el problema?

-Miren, doctores, para hacerlo sencillo, bombardeo esa página que han recibido con spames, con millones de mensajes. Con billones, comienzo a sofocarla lentamente. Y a medida que muere, sigo enviándole spames hasta que no queda ni un átomo de ella y de las claves que ingresaron. La fagocito.

-¿Y qué le hace pensar que ese método es efectivo? Mis especialistas están trabajando con los programas más avanzados y no han conseguido ningún resultado. Y usted habla de publicidades.

-Ah! Aquí está la belleza de mi trabajo. Estas páginas dañinas saben defenderse de los programas que las buscan para destruirlas. Pero un Spam les pasa desapercibido. Uno o un trillón. Simplemente no los registran. ¿Me captan? La página espera el ataque de antivirus. Pero, ¿creen que les llama la atención un mensaje pidiendo veinte donantes de sangre para una princesa hindú? ¿O una propaganda sobre un amaestrador automático de hamsters?  ¿O una publicidad que  es un buen método para quitarse el maldito vicio de coleccionar cajas de fósforos?

-Está bien, está bien, ya entendimos. ¡Dios mío, Gutiérrez! ¡Spam es un Spam andante!

-Ahora se da cuenta de lo difícil que es lidiar cada día con el correo basura, doctor, tarea que he realizado siempre sin quejarme.

- Está bien Gutiérrez, le doy un aumento. Pero haga que este hombre se calle y se ponga a trabajar.

Spam se sienta frente a una computadora de la sala. Conecta varios cables que a su vez conecta a sus celulares y a su computadora de mano y golpetea teclados y números sin piedad. Mientras hace esto presiona los auriculares a Gutiérrez que se los coloca en el oído izquierdo, y otro al doctor que se los coloca en el oído derecho, quedando ambos inclinados sobre los hombros de Spam ya que los cablecitos que salen de su antifaz miden apenas treinta centímetros.

-¿Va a pasar música, Gutiérrez?

-Eso parece, doctor.

Spam toca un sensor de su antifaz y los auriculares se pueblan de sonidos.

-¡No, Gutiérrez, son propagandas! ¡Ordénele que lo apague!

-¡Doctor, piense en el futuro de la humanidad!

-Lo que pensaba, señores.

-¿Qué pasa?

-¿Qué pensaba, Spam?

-Esto es un pishing.

- Una cagada, dice usted. Los jóvenes siempre utilizan ese lenguaje popular, chabacano, doctor.

-No. Un pishing

-¿Un qué?

-Un pishing

- Ay ay, pero este difícil problema de repetición, Licenciado Fraselarga, lo ayuda con fáciles y divertidos ejercicios.

-Déjese de boludeces, Spam, y dígame qué pasa.

-Se lo explico lentamente, señor. Un pi-shing.

-Mire, Spam, he soportado hasta ahora todas sus pavadas sin perder la paciencia, pero groserías, eso sí que no. ¿No era, Spam que iba a usar spames y que eso bastaría para solucionar el problema?

-Sí, y creyendo que se trataba de algún tipo de virus utilicé unos spames especiales, sensibles, algo para cursos de defensa personal e hipnotismo para los que acaban de eructar. Spames capaces de llegar al interior del virus, de finiquitarlo, acabarlo, terminarlo, destruirlo. Y si a alguno de ustedes les pasa lo mismo les recuerdo que funeraria Para Siempre ofrece un descuento del 30% al que compre su ataúd con treinta años de anticipación. Pero un pishing es otra cosa.

-Seguro que es otra cosa, es una falta de respeto.

-¿Cómo luchamos contra…?

-No queda más remedio que hacer otro pishing para desorientar al que estamos combatiendo, señores. Le tendemos una trampa.

-¿De cuántos pishings estamos hablando, Spam? ¿De qué? ¿Y dónde exactamente serían? Utilizará su computadora, por supuesto. Porque miro que yo siempre cuido de no volcar café sobre la computadora por eso de que el líquido pueda provocar un cortocircuito.

-Siempre es  peligroso jugar con un pishing, señores. En esta profesión que he elegido, hay riesgos.

-Está bien, Spam. Está bien. Supongo que me ha llegado la hora de sacrificarme por el país, para que el presidente del Gran País del Norte, las Naciones Unidas o el rey de Tonga sepan que fue en este humilde despacho donde se salvó a la Humanidad. ¿Pishing usted, Spam? ¿O pishing yo?

-Por supuesto que yo haré el trabajo.

-Cuando guste, Spam. Si quiere mejor nos damos vuelta para que al menos tenga un poco de privacidad

-La verdad, doctor, siempre quise sabér cómo hacen los superhéroes con esto del pishing. Porque con los trajes que llevan, ¿no tiene un poco de curiosidad también?

-No Gutiérrez. Dese vuelta.

-Como usted diga, doctor.

- Listo, señores.

-¿Listo, Spam?

-¿Hemos vuelto a la normalidad?

-Eso parece pero nada es normal. ¿Quién lo sabe? Parapsicólgo Silosilver.  Tarot, lectura de manos, borra de café, magia negra…

-¿Me puede decir qué es lo que ha hecho exactamente? Porque no veo que la computadora esté muy mojada.

-A lo mejor no tomó mucho líquido hoy, doctor.

-Puede ser, Gutiérrez, puede ser.

-Lo que les había dicho señores es un pishing.que atrajo a todos los demás y una vez que los tuve en mi poder los bombardeé con spames bombas que destruyeron cada  página en lo que baja un byte.

-Yo a este hombre no le entiendo ni la mitad cuando habla, Gutiérrez.

-Lo mismo digo. Su pingo que ahora tendremos que cambiar las claves de seguridad y ponernos a buscar al culpable, al que hizo las páginas, doctor. Debe tratarse de una persona terrorífica. Alguien que quiere hacerse las claves de seguridad internacional no planea nada bueno

-Así es Gutiérrez. ¿Ha podido rastrear esas páginas, Spam?

-Eso llevará tiempo, señores. Mi trabajo mejora en la intimidad de mi compuoficina.

-Menos mal.

-Y ahora me despido: ¡Spam,spam spam, rico spam, maravilloso spam, spam, spam, spam!

- ¡Gracias, Spam! ¡Gracias! La Humanidad le estará eternamente agradecida

-No veía la hora de que se fuera, Gutiérrez. Es insoportable.

-Señor, Spam pertenece a la generación que ha crecido con la TV y las publicidades. Es un nativo digital. La  primera palabra que aprenden a decir es “comprame”. Además, me dijeron que con esto de las propagandas se paga los estudios y toda esa electrónica que usa.

-Los héroes de antes no necesitaban financiarse, Gutiérrez. Cómo cambian las cosas. En fin, por suerte ya pasó todo. Y ahora gritaremos a los cuatro vientos que fuimos nosotros los que salvamos el planeta. Tengo la reelección asegurada, Gutiérrez.

-El mundo lo recordará por siempre, doctor. ¡Rico spam, rico spam, spam, spam, spam!

-¿Qué canta? ¿Se ha vuelto loco?

-Se me pegó señor. ¡No me lo puedo sacar de la cabeza! ¡Spam, spam, spam!

-¡Pare Gutiérrez, por favor! ¡Pare que se me pega a mí!

Una vez fuera de la oficina del doctor, Spam mira los datos que aparecen en su computadora de mano y sonríe. Todos los líderes mundiales han ingresado sus claves de seguridad en su pishing. Ahora posee un verdadero súper poder para mantener la paz en el mundo. Aunque cambien las claves y crean que así resuelven el problema sólo las claves anteriores permanecerán activas y ni siquiera lo sabrán. Nada mal para un superhéroe de catorce años especializado en combatir crímenes informáticos. Llamará a los otros superhéroes, a los que no saben nada de computación y se mandará un poco la parte. Eso es lo que hará. Le susurra a Superman en su teléfono celular y se aleja cantando bajito: “spam spam, spam, spam”.

(Aplausos)

 

VS:

Esto de Spam viene de un sketch de los Monty Python. Llegaban a un lugar en el que lo único que había para comer era una lata de Spam, de carne, que se hizo conocida durante la Segunda Guerra Mundial. Por la canción de los Monthy Pythom que repetían todo el tiempo “spam” se llama a Spam a los Spam.

MM:

Acá la gente de la Casa de la Provincia  nos pide que nos retiremos a las siete y casi nunca les cumplimos. Gracias Vero, Muchas gracias. Nos vemos el próximo lunes.

 

 

 

EDUARDO ABEL GIMENEZ: “Hay que hacer libros infantiles inteligentes como si fueran para cualquier lector”.

Martes, Septiembre 25, 2012

Libro de arena publica la entrevista abierta coordinada por Mario Méndez al escritor Eduardo Abel Gimenez, creador del Boletín Imaginaria y gran precursor de la ciencia ficción en nuestro país. El diálogo se enmarca en el seminario sobre la Literatura Infantil y Juvenil en Argentina, realizado en la Casa de la Provincia de Chubut y organizado por el Programa Bibliotecas para armar. 

 

 

 

Mario Méndez:

Eduardo es un gran escritor,  ya estuvimos hablando de él el martes pasado. Saben ustedes que empezó a publicar hace mucho y cosas muy buenas. Pero vamos a comenzar por el principio, ¿qué fue lo primero que publicaste, Eduardo?

 

Eduardo Abel Gimenez:

El primer libro mío fue El fondo del pozo, una novela para adultos, que salió en la colección Minotauro de autores argentinos. Salió una colección Minotauro muy conocida que publicó a varios autores importantes, dentro de esa editorial que dirigía Francisco Porrúa. Él llamó a Marcial Souto que era director de la revista El Péndulo para hacer una colección de libros de Ciencia Ficción de autores argentinos. Marcial publicó a Angélica Gorodischer, a Carlos Gardini y, en medio de todo eso, había que poner algo y puso mi primera novela.

 

MM:

Que ahora es difícil de conseguir…

 

EAG:

Sí, es difícil. Se puede conseguir a veces por Mercado Libre algún ejemplar. Esta novela se publicó en el año 1985 y cinco años más tarde estaba descatalogada y nunca más se volvió a publicar, entonces es un libro que, por supuesto, no está en el mercado. Pero Mercado Libre tiene eso ahora ¿no?, no me pagan por decirlo ¡eh!, pero se consiguen cosas muy curiosas, incluyendo a veces este libro que fue el primero.

Pero lo primero que publiqué fue un cuento que también me había publicado Marcial Souto en la revista El Péndulo: “Quiramir” que no lo subí a la Web pero, si lo buscan, está. Fue importante ese cuento para mí, primero porque salió en esa revista que era un lugar prestigioso, salir ahí era una cosa bárbara. Y después salió también en una antología de autores argentinos de Ciencia Ficción, que hizo Eudeba, La Ciencia Ficción en Argentina. Y después lo tomaron en España para otro antología de autores latinoamericanos de Ciencia Ficción y, como lo publicaron en España, entró en un premio anual entre los aficionados ala Ciencia Ficción en España que era el Premio Gilgamesh que tenía la categoría de la mejor novela publicada en el año, original o traducción, y una al mejor cuento. Y bueno, no lo podía creer porque ¡me dieron el premio compartido con Úrsula Le Guin! y ése fue como el pico de mi vida, desde ahí todo para abajo, je.

 

MM:

¿Y a la Literatura Infantil y Juvenil cómo llegaste?

 

EAG:

Yo estaba trabajando en una editorial de revistas de pasatiempos, juegos de ingenios, crucigramas y esas cosas y me llamó un día Graciela Montes, porque en la editorial estaban buscando a alguien que hiciera un libro de acertijos, para el Quirquincho. Yo en ese momento no podía hacer libros de acertijos porque tenía una especie de exclusividad para la revista donde trabaja pero como estaba cerca del Quirquincho fui allí. Y estuvimos charlando un rato con Graciela, donde descubrió que yo además escribía, descubrió que tenía una novela corta sin publicar y que hacía otro tipo de cosas. En particular colaboraciones con Douglas Wrigth, dibujante argentino y amigo de siempre y nos encargó que hiciéramos un libro de humor que le propusimos que era el Bichonario. Y nosotros hicimos ochocientos bichos imaginarios con cuatrocientos dibujos, era un verdadero diccionario de bichos inventados humorístico. Y salió un libro grandote con ciento ochenta páginas.

 

 

Público:

¿Todos bichos inventados?

 

EAG:

Claro, humorísticos del tipo del Apestruz, que es un avestruz que apesta y cuando se acerca los otros bichos son los que meten la cabeza bajo la arena.

 

MM:

¿Cómo trabajaban esto con Douglas?

 

EAG:

Fue un trabajo realmente de coautoría: nos encontrábamos todos los martes en mi casa. A la noche, nos tomábamos dos botellas de vino blanco e inventábamos bichos, comparábamos notas, veíamos alguna película de Monty Python que nos inspirara para hacer cosas lindas también. Y así estuvimos más o menos un año, y después teníamos tarea para el hogar. Yo completaba textos y Douglas pasaba en limpio los dibujos, él me pasaba anotaciones y yo que no sé dibujar le pasaba bocetos, o sea que intercambiábamos mucho y así fuimos construyendo entre los dos. Finalmente seleccionamos y armamos el libro entre los dos. Esto fue en el año 91 donde ya se empezaban a usar computadoras para hacer los libros y, como yo trabajaba en una editorial donde usábamos computadoras para hacer revistas, el libro lo armé yo. Hice el diseño interior del libro, pero sin los dibujos. Imprimimos el libro en láser y los dibujos los redujimos por fotocopia y los pegamos. Los originales que existen están amarillentos porque la cola no resiste veinte años. Era muy artesanal y así salió, así lo publicaron . Era raro porque en ese momento publicaron El Ulrico y El Bichonario, dos libros de un volumen semejante que era difícil, no sé cómo lo hicieron.

Y más todavía, al año siguiente Graciela Montes me publicó una novela corta que no había escrito para jóvenes pero Graciela la vio apta y la publicó, era Un paseo por Camarjali y la primera edición fue en el Quirquincho en el año `93 y ahora en el año 2010 salió en Norma gracias a Natalia Méndez, editora en ese momento. Y así empecé, indirectamente porque el Bichonario lo adaptamos para que sea para chicos pero también en la revista Minotauro que salía por ese entonces publicamos una selección de textos sin dibujos del Bichonario hecha de otra forma y los que más nos divertían  incluían algunos bichos imposibles de publicar para chicos. O sea que en realidad trabajábamos libremente, después hicimos una adaptación de ciertas cosas. Esto es un tema importante para la Literatura Infantil o Juvenil, hay ciertas cosas que uno tiene que adaptar o dejar de lado pero, en general, no se trata de achicar los libros, las ideas, de hacerlas más tontas ni mucho menos. ¡Es un temón ese, realmente hay que hacer libros inteligentes como si fueran para cualquier lector y cualquiera los pueda disfrutar! Sólo que hay temas que son más complicados de tratar con chicos o que no es desde un libro donde corresponde tratarlos y quedan afuera. Y bueno, ése fue el comienzo.

 

 

MM:

Y de entrada te animaste con temas difíciles, porque Un paseo por Camarjali es una novela borisvianesca que por ahí para un lector poco entrenado tiene cierta dificultad. ¿Cómo fue la recepción?        

 

EAG:

Yo lo que me acuerdo es el comentario de Graciela Montes en su momento, recuerdo que me dijo que leyó el libro en voz alta con uno de sus hijos que tenía once años por ese momento y que juntos la disfrutaron mucho. Por lo tanto, me dijo, lo iba a publicar. Estaba encantado con eso y bueno, salió, y en ese momento El Quirquincho tenía un peso editorial importante acá en la Literatura Infantil y Juvenil, había poco, estaban las editoriales de manuales y demás, estaba Colihue y El Quirquincho haciendo cosas nuevas e importantes. Yo ignoraba todo sobre Literatura Infantil y Juvenil pero sabía que estar en El Quirquincho era donde debía estar. Lo que ocurre es que no mucho tiempo después Graciela Montes se fue de allí y la editorial cerró y dejó de funcionar. No hubo un verdadero tiempo para que estos libros hubieran alcanzado una difusión mayor, tampoco sé si la hubieran alcanzado, pero no hubo continuidad, tampoco hubo de mi parte porque después de publicar estos libros en El Quirquincho escribí dos novelas deliberadamente juveniles y las dejé en un cajón y me dediqué a otra cosa.  Me casé, tuve un hijo, pasaron los años, me dediqué a la Web, me dediqué a un montón de otras cosas…

 

MM:

¿Y no te tentaste de mostrarlas, de llevarlas a ningún lado?

 

EAG:

Mandé a alguna editorial en España, SM me la aceptaba si la modificaba, y yo estaba tan en otra cosa que no me di cuenta y no lo hice. Entonces dejé pasar mucho tiempo, y salió, sí, una de la dos allá por el `96, en Alfaguara: Monstruos por el borde del mundo y la otra Quiero escapar de Brigitte la dejé guardadísima en un cajón hasta que apareció en 2007. También es una historia cómo llegó a aparecer. En realidad, yo no dejé de escribir pero dejé de ocuparme de los libros y de escribir libros. Desde que aparecieron los blogs, me dediqué a escribir ahí y me dediqué a otra cosa.

 

MM:

¿Quiero escapar de Brigitte tuvo un éxito importante y un montón de lectores a partir de que fue comprada por el Gobierno de la Ciudad, no?

 

EAG:

Sí, compraron veinte y pico mil de ejemplares en el año 2008 y ahí tuvo lectores. Lo cual fue una alegría porque era una especie de experimento, fue un homenaje deliberado a un autor de Ciencia Ficción que aquí no se conoce mucho. Poco publicado y mal traducido: Jack Vance. No van a conseguir nada salvo que lo busquen en inglés en su sitio de Internet. Es un gran autor de la segunda línea de la Ciencia Ficción clásica de EE.UU. de los ´50, los ´60, los ´70. Hoy tiene 95 años, está ciego y lo último que publicó fue una autobiografía que dictó hace un par de años. Es un autor de culto en ciertos grupos que lo respetamos mucho como un precursor y una persona importante en muchas cosas. Hace poco George Martin, que es el autor del Juego de Tronos hizo una antología de cuentos de veinte y pico de autores incluyéndose a sí mismo y a otra gente muy importante de la Ciencia Ficción en homenaje a Jack Vance, sobre temas de Jack Vance. Sobre uno de los universos que inventó allá por los ´50, sobre los datos de ese universo y las cosas que Jack Vance inventó. Salió hace dos años y tiene un prólogo de Jack Vance que se declara muy orgulloso y encantado. Bueno, llegué a esto porque Quiero escapar de Brigitte es un homenaje a él. La escribí en el año ´92, es una novela que ya tiene veinte años y en su momento lo que hice fue realmente un homenaje al mundo de Jack Vance, la forma en que empieza, cómo está construido ese mundo fantástico.

 

MM:

Contá lo del primer capítulo…

 

EAG:

Una cosa que Vance hizo mucho y yo lo repetí como homenaje es así: Vance tiene varias novelas cuyo título es un nombre de fantasía, el nombre de un planeta, yo lo hice con Un paseo por Camarjali y lo volví a hacer con Quiero escapar de Brigitte, poner el nombre del planeta en el título del libro. Y muchos libros de Vance empiezan con una supuesta cita del planeta, dónde está, qué lo caracteriza, etc. Y luego un mapa de lo que hay en el planeta, esto está agarrado de ahí, no el contenido sino la estructura. A partir d ahí todo el texto lo hago con Vance en la cabeza.

 

MM:

¿Sos de corregir mucho las cosas que hacés?

 

EAG:

Sí, siempre vuelvo mucho atrás. Vuelvo a empezar si no me gusta. Lo trabajo mucho. En un sentido soy rápido, sobre todo con la computadora que es mucho más fácil, cuando estoy bien con algo avanzo rápido, pero después me freno y vuelvo y dudo. Están muy trabajadas las cosas, sobre todo las novelas.  El libro de cuentos fue como una alegría que fluyó de punta a punta, pero las novelas duelen más.

 

MM:

Les decía de La ciudad de las nubes la semana pasada y les leí el cuento “Llamada personal” que  recorre todos los tópicos de la Ciencia Ficción y que eso fue un proyecto deliberado…

 

EAG:

Fue deliberado, sí. Realmente quise recorrer temas clásicos, aún de diferentes épocas y diferentes subgéneros de la Ciencia Ficción y darle una vuelta de tuerca. Pero es como quien agarra hoy una canción de los Beatles y hace una nueva versión: los Beatles no lo necesitan porque así como están suenan bárbaro, pero los autores de Ciencia Ficción de la época la mayoría sí necesita hacer una nueva versión. No escribo el mismo libro pero tomo los temas como por ejemplo este de la llamada que es un clásico, lo deben haber escrito trescientas veces: que alguien recibe un mensaje ya sea de un borracho en el bar o porque lo sueña o lo que sea pero un mensaje que le revela el secreto de la inmortalidad o de lo que fuera y justamente es alguien que está borracho, dormido o algo y no se acuerda. El mejor de ellos creo que de Frederick Brown, que es glorioso, un tipo en un bar se lo decía a un mozo que estaba con la bandeja, rápidamente, en cien palabras un secreto y para asegurarse le dice que lo repita, pero después no se lo acuerda más porque está entrenado para acordarse un pedido y después borrarlo de su cabeza. Y esa única vez que lo dijo para recordarlo lo perdió.  Esta fue la versión que más me gustó.

Entonces me gustó la idea de tomar ese tema tan trillado y justamente por ser tan trillado lo que todo el mundo espera es que efectivamente el secreto se pierda y me divirtió poner un personaje aparentemente tonto, incapaz de recordarlo pero que sí se acuerda de todo y tiene memoria perfecta. Es como una trampa al cuento clásico.

En estos cuentos y también en el Viajero del tiempo hay mucho homenaje a la Ciencia Ficción que leí cuando era chico. Y me preocupaba cómo llegaría eso a la gente que no leyó la Ciencia Ficción que leí yo cuando era chico. Creo no es necesario conocer que Frederick Brown escribió una versión maravillosa de la Revelación, pero yo me quedé pensando qué queda si les quitamos estas lecturas de hace tantos años a la literatura. Por suerte los comentarios que tengo hasta hoy es que funcionan sin tener que haber leído todo eso, lo cual me pone muy feliz y me da ganas de seguir escribiendo así.

 

MM:

¿Creés que se perdió, y si es así por qué,  ese auge que tuvo la Ciencia Ficción en nuestro país, especialmente la de la época de El Péndulo, de la revista Minotauro?

 

EAG:

Cambiaron tanto las cosas. Lo que pasa es que en Argentina hasta los ´50 había una producción tan grande en cuanto a edición de cosas, estaba Minotauro, que era de Paco Porrúa, que era un gran traductor, y trajo excelentes traductores, que fue un precursor del género. Fue el que tradujo a Bradbury, a Úrsula K. Le Guin, el que trajo a Tolkien, fue el primero que tradujo El Señor de los Anillos. También en los ´50 había existido la revista Más Allá, que hizo época. Y también a principios de los ´80, en 1984, 1985, 1986, en esa época tenía mucho peso la editorial La Urraca que era muy pero muy conocida, que fue uno de los primeros medios de prensa opositores a la dictadura. Y La Urraca llamó a Marcial Souto que era traductor, antólogo, que había trabajado con Porrúa, para hacer la revista El Péndulo, una revista literaria de muy alta calidad, con formato de libro grande dedicado a la Ciencia Ficción. Fue la primera en publicar acá en Buenos Aires a Mario Levrero, por ejemplo, la novela El Lugar, que ocupaba casi  todo un número de El Péndulo. El primer número de esa revista vendió ocho mil ejemplares, en los quioscos en quince días. Era una cosa de locos. Eran muchos ejemplares para la época, dentro de un género imposible. Por otro lado, Humor vendía trescientos mil ejemplares. Así que después de catorce, quince números, Andrés Cascioli, que era el dueño de La Urraca, suspendió el Péndulo, porque no era un negocio y porque no era importante dentro de su editorial. Y ahí nos quedamos sin esa especie de faro que hasta el día de hoy todos los fanáticos de la Ciencia Ficción recordamos. Se acabó eso. ¿Qué pasó después? Que Porrúa, el dueño de Minotauro, lo llamó de vuelta a Marcial Souto para hacer una colección de libros de autores argentinos de Ciencia Ficción, ahí salió mi primera novela. Publicó Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer que es un libro importante, de Mario Levrero un libro de cuentos y también hizo la revista Minotauro, semejante a El Péndulo. Ya había habido una revista Minotauro a fines de los ´50, ésta era Minotauro Segunda Época. En los ´80 hubo un florecimiento de la Ciencia Ficción en Argentina. Hubo un Círculo Argentino de Lectores de Ciencia Ficción. Durante los ´90, en la industria editorial en general en Argentina, hubo un hundimiento. Se dejó de publicar acá. Porrúa se llevó Minotauro, se separó de Sudamericana, y se llevó Minotauro a España. Se radicó en Barcelona. Hace algunos años le vendió Minotauro a Planeta, y hoy, Minotauro prácticamente no existe, ya no tiene peso. Dejaron de llegar libros de afuera y dejaron de escribirse acá. Los que se escribían no se publicaban. Se abandonó bastante la Ciencia Ficción por razones comerciales. Primero, por el terror, después por lo fantástico, como lo de los continuadores de Tolkien donde realmente hay autores muy valiosos… pero es como que cambió el foco. No es más la Ciencia Ficción el foco. Hoy son esas historias de romances con vampiros. Hay gente que está escribiendo cosas valiosísimas como George Martin y Juego de Tronos, que es excelente, y hay algunos autores que están escribiendo Ciencia Ficción de muy muy alta calidad, y haciendo cosas brillantes. Uno es  China Miéville que es un autor excelente que está innovando en el género. El género de Ciencia Ficción en un sentido estricto está relegado a un rinconcito donde junta polvo, básicamente. No es sólo acá. Es internacional…

Público:

Hay publicaciones tuyas en Internet, donde hay cosas donde se mezcla la cosa de humor con el juego de ingenio, para chicos, El libro que ríe

 

EAG:

El libro que ríe, sí. No es algo que se haya publicado comercialmente. Yo, desde el  2002, empecé a escribir mucho en un blog, magicaweb.com. Ahí escribí mucho mientras trabajaba de otra cosa. Yo armé con algunas de las cosas que había publicado en magicaweb.com un par de libros  en PDF para regalar, para bajar. Uno de ellos es El libro que ríe, y estoy muy sorprendido de que lo hayas visto, porque es una cosa medio secreta propia… (Risas)

 

Público:

Vos decís que si entramos ahí vamos a tener acceso a material tuyo…

 

EAG:

Muchísimo.

 

Público:

Hay unos cuentos inéditos que yo leí, de los cuales me llamó la atención uno de alguien que está mirando por la ventana a una señora en una clase de gimnasia. ¡Me sentí muy identificada! Son muy cortitos y muy graciosos.

 

EAG:

No sabés cómo me alegra que hayas leído eso. Están en la web. No están publicados en libro.  Algo de poesía. Y además tengo algo que se va totalmente de la Ciencia Ficción.Tengo dos libros álbum…

 

Público:

¿Para niños o adolescentes?

 

EAG:

Supuestamente para todo lector. Son libros donde texto e ilustración se imbrican de tal forma que tienen un sentido único, diferente que las partes. Tengo dos libros de esos. Los quiero nombrar porque estoy muy orgulloso de ellos. Son una cosa distinta, que fue un placer hacerlos. Uno es Como agua, que es poesía, con imágenes de Cecilia Afonso Esteves, y el otro es El hilo, que son microcuentos, poesías, textos muy cortitos, raros… Son libros publicados en Ediciones del Eclipse. Las imágenes  de El Hilo son de Claudia  Degliuomini.

 

Público:

Tenés libros muy poéticos que son para adultos, más para nosotros…

 

EAG:

Mirá, yo este año me sentí muy identificado y me cambió la vida escuchar a María Teresa  Andruetto, que ganó el Premio Andersen, en un homenaje que se le hizo en la Feria del Libro para grandes… dijo algo que ya había escrito: “No escribimos para chicos”,  lo dijo así, en primera persona plural, “No escribimos para chicos, escribimos para los mediadores. Los que tienen contacto con los chicos y eligen qué darles de leer”. Eso me cambió la vida. Es responsabilidad del mediador encontrar el chico para el cual vaya bien el libro que acabo de escribir. Eso me pegó muy fuerte. Me sentí justificado.

 

MM:

Bueno, no puede faltar un relato de lo que significa el boletín Imaginaria para el mundo dela Literatura Infantil. El boletín Imaginaria, es una revista digital que fundó Eduardo junto con Roberto Sotelo… contanos un poco.

 

EAG:

Empezamos en el 99, un poco en lo que sería la “prehistoria” de la web. No había nada. En general la gente se conectaba por teléfono. Estábamos conectados dos minutos, bajábamos el mail, cortábamos la conexión,  leíamos el mail,  te quedabas sin teléfono y era caro. Lo primero que hicimos era el boletín, que mandábamos por mail con links a la web, pero también con direcciones de mail especiales que yo armaba, que tenían como única función mandar por mail los artículos completos. El mecanismo era así: yo me conectaba, bajaba, entre otras cosas el mail de Imaginaria. Me desconectaba. Veía qué había y armaba un mail vacío para cada dirección de mail. Cada dirección de mail equivalía a un artículo. Me conectaba de nuevo, mandaba esos diez mails vacíos y en seguida o  en la siguiente conexión, bajaban los artículos y entonces los leía. La mayoría de la gente hacía eso. Había pocas visitas. Esto fue  cambiando.  Cuesta acordarse. Casi no recorríamos la web y casi no había qué mirar en la web. Facebook, por supuesto no existía. No existía You Tube. No existía Wikipedia. No existían Hotmail, Yahoo, Gmail… Yahoo existía como directorio, pero no como mail en la web. Era otro mundo y fuimos sosteniendo eso a pulmón. No era un emprendimiento comercial. Hasta el año 2003, en que nos contactó la Fundación Telefónica, que tenía un portal educativo, educared.com, que no está más. Y como ellos  querían  llegar a más público dentro de los docentes y mediadores en general, nosotros teníamos ya por entonces bastantes visitas más que ellos, y nos llamaron directamente para ser como una vidriera, para ser el link a ellos. Gracias a eso continuamos, vivimos de eso durante bastante tiempo, y de otros proyectos. Ese portal funcionó muy bien.  Hasta que en el año 2010, Telefónica decidió englobar todos los portales de distintos países, Argentina, Perú, Chile… en un  portal en España. Se suponía que ésa era la idea y que íbamos a seguir todos ahí. Pero cerraron todos los proyectos de acá. Cortaron el vínculo con Imaginaria y  ahí nos quedamos sin recursos. Desde entonces venimos inventando varias cosas, seguimos a pulmón, como al comienzo. Voy a pasar el aviso: abrimos una librería online especializada en Literatura Infantil, asociados con El libro de arena que es una librería especializada, tiene muchos libros, es realmente una buena librería. Se puede acceder entrando a imaginaria.com, o la dirección de la librería es libreriaimaginaria.com.ar. Ahí se venden libros.

 

MM:

¿Está funcionando?

 

EAG:

Sí, de a poco, es algo que hay que cuidar, alimentar subiendo más libros… Tiene un mes.

 

Público:

¿Qué pensás del desarrollo de eso, de las librerías online? De la compra de libros a través de la web…

 

EAG:

Yo lo que pienso es que, desde el 99 todo lo que ahora hacemos gracias a Internet no existía. Y hace sólo trece años. Dentro de trece años, (que no va a ser como lo imaginamos hoy porque nada es como lo imaginamos), apostaría a que todo el mundo va a estar comprando cosas online y leyendo en lectores de libros electrónicos. No va a desaparecer el libro en papel, va a seguir estando, pero diría que dentro de trece años, todos los que estamos aquí tendríamos un lector de libros electrónicos en el bolsillo como algo que se va a generalizar. Ésa es mi impresión. Hoy, sin ir tan lejos, la ventaja de la librería online es que se puede llegar desde cualquier parte. Hay muchos libros que en Argentina sólo se consiguen en Buenos Aires y dentro de una o dos  librerías especializadas, averiguando, viajando y sólo acá. Una  librería online que te ofrezca esos libros es accesible desde cualquier lugar del país.

 

Público:

¿Y los precios? ¿Son más baratos?

 

EAG:

Los precios de los libros son los mismos que en las librerías, tienen un costo de envío que no es alto porque hay un convenio entre el Correo Argentino yla Cámara del Libro para hacer envíos a bajo costo. Una encomienda sale mucha plata, pero mandando libros (que es como nosotros trabajamos) hasta medio kilo $14,80 a algunas ciudades. A otras, $17. Hasta un kilo, poco más. Cinco kilos de libros son 50$ de costo de envío. Algo así. Es accesible. El costo de envío no es prohibitivo para gente que vive lejos y que no tiene otro modo de acceso a los libros.

 

Público:

Yo creía que vos subías el libro….

 

EAG:

No. Son libros en papel. Libros infantiles que hoy por hoy, en Argentina, sólo existen en papel, y los mandamos por correo.

 

MM:

Sin irse a algún extremo del país, en la Provincia de Buenos Aires hay poblaciones que no tienen librería, que mandan al comisionista a Buenos Aires, les compran y después vuelven. Bueno, dentro de trece años, ¿va a haber autos voladores o no? (risas)

 

EAG:

Qué pregunta… ¡Ojalá! Soñábamos tanto…

 

MM:

¡Qué lindo sería! Bueno, en los cierres, normalmente, no sé si te habrás  acordado…

 

EAG:

Tengo que cantar… (risas)

 

MM:

¿Trajiste algo para leernos?

 

EAG:

No.

 

MM:

Bueno entonces vas a tener que elegir algo de acá…

 

EAG:

No sé, leería algún cuento completo, algo que cierre. De La Ciudad de las Nubes.

 

MM:

La del teléfono, no, porque lo leímos el lunes pasado.

 

EAG:

Podría leer “Muera acompañado”. Ese es cortito y podría zafar fácil. (Risas). Voy a leer mi favorito, que no va a ser el favorito de nadie. Es mi favorito porque es la primera y única vez en mi vida que escribí algo como homenaje a Philip Dick que es un gran escritor de Ciencia Ficción, es de los pocos cuyos libros no envejecieron, y de los pocos que crearon un género por sí mismos y nadie los alcanzó. Inclusive  Úrsula Le Guin, la gran Úrsula Le Guin, escribió un libro en homenaje a Philip Dick. A la manera de Philip Dick,  de cuyo nombre no me voy a acordar. Está muy mal traducido en España. Tampoco es que fuera un gran estilista en su escritura pero era muy provocador y muy fuerte lo que contaba. Uno de sus temas era la alteración en la percepción de la realidad y de la realidad en sí misma, qué es la realidad, en qué consiste. Trabajaba mucho con eso. Te quita el piso de abajo de los pies. Bueno el cuento que voy a leer se llama “Ministerio de Habilidades”. Es uno de los cuentos de  La Ciudad de las Nubes,  que publicó Edelvives, en 2011.

Ministerio de Habilidades

El Secretario se sienta en la butaca de cuero dorado, tras el escritorio de madera. Frente a él, el aspirante se acomoda en un banco bajo, sin respaldo. El aspirante es muy joven, usa anteojos y esconde las manos en un bollo nervioso entre las piernas.

A espaldas del Secretario hay un ventanal amplio, y al otro lado del ventanal un parque con árboles, fuentes, caminos de ladrillo y edificios de tres pisos salpicados aquí y allá. Todo parece recién construido, recién plantado, limpio, ordenado. Todo huele a poder. Estamos en terrenos del Ministerio de Habilidades, la rama del gobierno que se ocupa de la guerra, pero más del talento que la lleva a cabo.

El Secretario está molesto. Toma un sorbo de café, deja la taza en el plato y levanta un papel del escritorio.

—Por lo que veo aquí —dice, agitando el papel en el aire que lo separa del aspirante—, usted viene sin referencias. ¿Cómo ha logrado llegar hasta mí?

—Señor… —empieza el aspirante.

El Secretario no le permite seguir.

—Miles de personas sueñan con integrarse a nuestro Ministerio —dice. Señala la puerta de la oficina—. Ahora mismo están ahí afuera, esperando que les conceda una entrevista. Y seguramente son mejores que usted.

El aspirante baja la cabeza. El Secretario suelta el papel, que planea unos segundos antes de apoyarse en el escritorio, y extiende la mano hacia el sitio donde hace un momento dejó la taza. El sitio está vacío.

—¿Yo no tenía un café? —dice, como para sí. Pulsa un botón del intercomunicador—. Mónica, tráigame el café.

—Sí, Secretario —responde la voz metálica de Mónica.

El Secretario no ha quitado la vista del aspirante, que parece cada vez más pequeño en un banco cada vez más bajo.

—La guerra es asunto serio, joven. ¡La semana pasada, el enemigo cambió la dirección de nuestras calles! —pega con la palma de la mano en el escritorio—. Y ayer, demostrando a la vez sutileza y crueldad, han desafinado el violín solista en todas las grabaciones de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. ¿Se da cuenta de la gravedad de todo esto?

—Sí, señor —murmura el aspirante.

—Y usted llega sin talento ni referencias a…

El Secretario se interrumpe. Acaba de echar un nuevo vistazo al papel que enarbolaba un momento antes.

—Aunque tal vez se me haya escapado algo —dice. Lee unos momentos—. Bueno, esto tiene otro color —agrega—. Parece que mi amigo el General Brombongurn lo ha recomendado con cierto entusiasmo.

El Secretario se reclina en la butaca de plástico negro y observa al aspirante.

—Póngase confortable, hijo —dice.

El aspirante se acomoda un poco mejor en la silla, saca una mano de entre las piernas y la pone en el apoyabrazos. Parece unos años mayor que hace un rato.

—Antes de que usted se incorpore a nuestras filas, debe comprender la importancia de la decisión. ¡El resultado de la guerra depende de nosotros! Sin las Habilidades de nuestro personal, careceríamos de toda capacidad de respuesta. ¿Me comprende?

—Sí, señor —dice el aspirante.

—Esta vasta institución alberga los habilidosos de mayor talento en todo el planeta. Observe… —el Secretario gira en la butaca trazando un arco con el brazo extendido, como para señalar lo que tiene detrás. Sólo encuentra una pared medio descascarada. Baja el brazo y se queda mirando la pared.

—¿Señor? —dice el aspirante en voz baja.

El Secretario intenta volver a enfrentar el escritorio, como si creyera que la silla es giratoria. La silla cruje y no se mueve. El Secretario se levanta, da media vuelta a la silla y vuelve a sentarse. Entonces recuerda que sigue sin café, y lanza un dedo hacia el intercomunicador. El dedo aterriza en el aire.

—Mmm. Creí que… —el Secretario se ve bastante confundido—. ¿Habrá sido en la otra oficina?

Se inclina hacia adelante sobre el escritorio de metal gris. Bajo él, la silla cruje. El Secretario aspira hondo y logra elaborar una sonrisa en honor al aspirante.

La pasión por la tarea puede más que cualquier contratiempo.

—Como le decía, hijo, nuestro personal carga con todo el peso de la guerra. ¡Una guerra sin soldados! Hace tres días obtuvimos un resultado excelente, cuando logramos intercambiar las teclas R y T en todos los teclados del enemigo. ¡Que escriban “toro” ahora! ¡Que escriban “rata”! Y hoy mismo, hace unas horas, sustituimos la programación de sus canales de televisión por concursos de canto. ¡Sólo concursos de canto, en todos los canales, todo el día! —el Secretario lanza una carcajada—.¿Se lo imagina?

—Sí, señor —dice el aspirante. Acompaña la carcajada del Secretario con una sonrisa apenas visible.

El Secretario se echa hacia atrás. A último momento se da cuenta de que el banco de plástico que lo sostiene no tiene respaldo, y apenas consigue mantener el equilibrio. Es tremendo, piensa, lo que ocurre por falta de presupuesto.

—Así que esta es una guerra de habilidades —dice—. O de Habilidades —y dibuja la mayúscula en el aire con los dedos—, la materia de nuestro Ministerio. Las Habilidades para manipular la realidad, el don de las personas más brillantes, más creativas, más necesarias que jamás hayan vivido —el Secretario ha ido subiendo la voz, mientras extendía los brazos hacia los lados. Tiene las mejillas rojas por el entusiasmo—. ¿Se da cuenta? —pregunta mientras apoya las manos en el escritorio, codos hacia arriba

—Sí, señor.

El Secretario muestra su satisfacción resoplando.

—Muy bien, amigo mío. Ahora veamos qué podemos hacer por usted.

Por tercera vez, el Secretario levanta el papel del escritorio, para encontrar otro párrafo que no ha visto antes.

—¡Caramba! —dice, y parece tentado de ponerse de pie—. ¡Lo ha enviado el propio Ministro! Esto es… Es…

Lee el párrafo en detalle y hace un gesto de sorpresa.

—Debimos empezar por aquí, señor —dice el Secretario—. Ahora mismo le entrego lo que ha pedido el Ministro.

El Secretario abre el único cajón de su pequeño escritorio de plástico y saca una carpeta en cuya cubierta se ve la palabra “Secreto”.

—Aquí está, caballero —dice, mientras entrega la carpeta al aspirante—. La lista de nuestros principales habilidosos, sus especialidades y la información para ponerse en contacto con ellos —el Secretario está orgulloso—. ¡Todo perfectamente al día! Espero sinceramente que le resulte útil.

—Yo también, Secretario —dice el aspirante mientras se pone de pie—. Adiós.

El aspirante camina hacia la puerta. La abre.

—Perdón, señor —dice el Secretario—. No he entendido su nombre. ¿Usted es…?

El aspirante se da vuelta para mirarlo.

—El enemigo.

Y cierra la puerta tras de sí.

 

(Aplausos)

 

MM:

Muy bueno realmente. Muchas gracias por el cuento y por la entrevista, Eduardo.

 

EAG:

No, gracias a ustedes. Encantado de estar acá, Mario, gracias a vos y a todos.

 

PERMISO PARA LEER: UNA CONVERSACIÓN CON LAURA GIUSSANI, DE ALIJA, Y ALICIA DIÉGUEZ, DEL PLAN DE LECTURA

Martes, Agosto 14, 2012

¿Cuál es la actualidad de la literatura infantil en Argentina? ¿Cómo son los planes de promoción de la lectura en escuelas y bibliotecas? ¿Cuáles son los criterios de edición de la literatura infantil? El lunes 2 de julio dio comienzo, en la Casa de la provincia de Chubut en Buenos Aires, el Ciclo de encuentros con autores, ilustradores, editores y especialistas dedicados a la Literatura infantil y juvenil que organiza el Programa Bibliotecas para Armar.

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Apenas comenzada la reunión, la Directora de la Casa de la provincia de Chubut, profesora Silvia Giusti, brindó unas palabras de bienvenida. Luego fue Mario Méndez, escritor, docente y coordinador del ciclo, Mario Méndez. Las primeras invitadas de esta puerta de ingreso a una eficaz reflexión sobre la literatura infantil contemporánea en Argentina fueron Laura Giussani, Coordinadora del Área de LIJ del grupo Macmillan (Puerto de Palos y Estrada) y presidenta de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina, sección nacional de IBBY), y Alicia Stella Marys Diéguez, especialista, coordinadora de la región 2  (Provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires) del Plan Nacional de Lectura y directora (junto a Ángela Gentile) de la Revista Etruria, dedicada a la Literatura Infantil y Juvenil fundamentalmente. Ambas, además y no es poco detalle, docentes. Reproducimos, entonces, esta riquísima conversación de entendidos y por entender.

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Mario Méndez:

Alicia, ¿qué relación tiene el plan con los docentes? Sé que hay un ida y vuelta, ¿cómo es eso?

 

Alicia Diéguez:

El Plan Nacional de Lectura, como es nacional, articula con todos los planes provinciales de lectura. Tenemos varias líneas de acción. Una línea es la visita de autores a las distintas provincias de nuestro país, otra pata fuerte, desde principios de 2008 fue promover la lectura en voz alta. Pensamos en promover la lectura en voz alta porque no había momentos de lectura en la escuela y era una manera de que los docentes comenzaran a bucear, a leer. Porque el gran problema que tenemos es que no todos los maestros son lectores y la idea era que el docente se ponga a leer y que les leyera cinco o diez minutos todos los días a los chicos en las escuelas.

Por otro lado la otra gran pata del Plan, la otra política que implementamos fue la de capacitación docente mediante seminarios de literatura infantil y juvenil que llevamos a cabo en universidades nacionales de todo el país. Ya pasamos por dieciocho universidades de todo el país donde hemos realizado seminarios y conferencias.

Les cuento que el Plan, además, está dividido en regiones. Yo coordino la región 2 que es Provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires y hay cuatro regiones más: Patagonia, NEA, NOA y Cuyo que están coordinadas por personas que viven en algunas de las provincias. Es gente que conoce la región y las problemáticas de la misma.

La participación de autores de gran prestigio en todas las provincias fue un éxito porque no es que tenían que ir sólo a capitales si no que también visitaron ciudades del interior de cada provincia, a veces muy alejadas, que es lo que buscábamos. Esto fue muy importante porque para chicos del interior tener la posibilidad de ver a un escritor no es algo común como lo puede ser para nosotros que estamos en Buenos Aires. Y es muy productivo porque mueve a toda la localidad donde va el autor. Es todo un movimiento cultural que se da en ese lugar.  Es muy interesante y muy rico y una buena manera de democratizar la palabra y la literatura. Para el Plan la lectura es un derecho y para que se cumpla tiene que suceder en todo el país.

 

MM:

Dijiste algo de los seminarios en las universidades. ¿Los docentes se inscriben, van muchos?

 

AD:

El año pasado, por las  universidades, pasaron treinta mil docentes. Este año vamos a hacer en la Universidad Arturo Jauretche, de Florencio Varela, un ciclo completo. También en la de Lanús, en estos momentos estoy analizando con qué otras universidades vamos a realizar convenios. Tratamos de buscar lugares donde se pueda diversificar la oferta dentro de lo posible.

 

MM:

Para seguir con lo de la docencia, la escuela y la literatura infantil. Recuerdo que los libros de Estrada tienen toda una tradición de guías de trabajo a posteriori de la lectura. Algunos académicos rechazan eso… ¿Cuál es tu opinión?

 

Laura Giussani:

La verdad es que, de hecho desde que estoy a cargo en la ediciones de literatura en Macmillan, tomamos la decisión de sacar estas actividades. Por varios motivos. La primera cuestión tiene que ver con que hay varias actividades que estaban pensadas más desde lo escolar y no desde lo literario, y esto es algo con lo que no estábamos de acuerdo. También tengo que ser honesta y tengo que decir que esas guías muchas veces responden a criterios comerciales. Esto que estoy diciendo tiene que ver con que si tengo un docente que está poco formado en literatura y tiene que trabajar un libro en el aula y no tiene la capacidad, muchas veces lo que intentaban hacer las guías docentes era suplantar esas carencias para darle una mano y resolver esas actividades. Entonces hay algunas cuestiones que tienen que ver con un criterio comercial, otras con un pedido de la comunidad docente para ver cómo solucionar ese problema y, por otro, una cuestión ideológica acerca de lo que el grupo Macmillan piensa de cómo debe ser un libro de literatura infantil. Entonces se llegó como a una conciliación entre todas las partes y se decidió que el libro que se publica se publica sin las actividades, de todos modos hay un servicio para el docente que si necesita usar la guía, si necesita la carpeta de actividades porque es una herramienta de trabajo, va aparte. Desde lo ideológico pensamos que la literatura no debe ser pedagogizada.

 

MM:

¿Vos qué opinás  sobre esto, Alicia?

 

AD:

Estoy de acuerdo con Laura. Hay una demanda del docente también, porque muchos no se sienten formados. Si bien en este momento creo que circula mucho más la literatura infantil y juvenil, hay un mayor conocimiento de los docentes. En el interior también lo veo, a mí que me toca viajar, por ejemplo entre el primer curso que me tocó dar en 2009 y el último en 2011, la diferencia fue abismal. Incluso para el bicentenario que hicimos un trabajo que recorría toda la historia de la literatura infantil cuando llegábamos a esta última etapa, sobre todo de María Elena Walsh en adelante, a medida que íbamos nombrando los autores ya todos los conocían. En ese sentido estamos mucho mejor que antes, pero por supuesto que queda mucho por hacer, aunque lo que se hizo sea mucho.

 

MM:

Hay autores nacionales reconocidos en el ámbito local e internacional. Hace poco María Teresa Andruetto recibió el premio Hans Christian Andersen. Laura,  me gustaría que contaras un poco sobre eso… ¿Quién es María Teresa Andruetto?, ¿Qué es ese premio?, ¿Qué significó estar ahí?

 

LG:

El premio Hans Christian Andersen lo otorga una asociación internacional de lectura que fue instaurado, aproximadamente, durante la Segunda Guerra Mundial y es un premio que originalmente premiaba un

solo libro pero que con el correr de los años fue cambiando la forma de otorgar las distinciones. Hoy cada país que es sección de IBBY, Argentina tiene a ALIJA como sección, selecciona dos candidatos, un escritor y un ilustrador para presentar a ese premio que es el máximo galardón que existe en este rubro. Es algo así como el premio Nobel de la literatura infantil y juvenil. Es un premio que se otorga cada dos años y este año Argentina tuvo el orgullo de tenerla a María Teresa Andruetto como ganadora. Lo que se premia es la obra integral del autor y es la primera vez que lo gana la Argentina y una escritora de habla hispana latinoamericana.

Argentina presenta candidatos todos los años que se presenta el premio y es un trabajo importante y difícil de hacer porque hay que preparar un dossier del autor, además hay que traducir la mayor cantidad de libros que se puedan a otras lenguas para que los pueda leer todo el jurado que está compuesto por gente de todo el mundo, hay que preparar todo junto a una carta de presentación, se les envía a estos diez jurados que están repartidos por todo el mundo y se espera pacientemente hasta que en la Feria Internacional de Bologna se da el resultado. Primero hay una lista corta de cinco autores que son los preseleccionados y en la Feria se anunció quién fue la ganadora.

 

MM:

¿Cómo fue el momento en el que se enteraron?

 

LG:

Tuve la suerte de estar en Bologna en ese momento, éramos tres o cuatro argentinas nada más, y voy a confesar que cuando salimos para Bologna le dije a María Teresa: “Vas a ver que vas a ganar”. Ella me decía que no, que ya estaba contenta con haber estado entre los cinco. La verdad es que fue sumamente emocionante, tengo la fortuna de conocer a María Teresa y es una excelentísima escritora, excelente promotora de lectura, escribe literatura infantil, escribe literatura para adultos, escribe teoría, es una autora integral. Es completa, y fue un momento súper emocionante. Además Argentina trajo dos premios, ganamos también el premio ASAHI que es un premio que se le da a instituciones que promocionan la lectura y Argentina había postulado el programa de Abuelas Cuentacuentos de la Fundación Mempo Giardinelli. Entonces fue una doble emoción, ya que de los dos premios que Argentina participaba los ganó. Después por Bologna me reconocían por los gritos que había pegado cuando escuché que la ganadora era María Teresa.

 

MM:

De los nuevos autores e ilustradores, ¿quiénes les llaman la atención, porque a los consagrados ya los conocemos, pero de lo nuevo qué se destaca?

 

LG:

¡Qué difícil! A ver, yo diría que… no sé si no son ya autores consagrados, es gente que hace mucho está en la literatura y capaz no son tan publicados. Digo, para hacer una referencia, todos conocemos a Laura

Devetach, todos conocemos a Gustavo Roldán, a Graciela Montes, digo estos son como los popes de la literatura infantil argentina que publicaron mucho a partir de los `80. En relación con ellos creo que Paula Bombara, una escritora joven que presenta una producción interesante, Laura Escudero también me parece que es parte de esa elite. Ellas dos se perfilan con un estilo propio. ¿Quién más? Tenemos muchos y muy buenos, a veces nombrar… A ver Alicia ayudame.

 

AD:

A mí me gusta mucho Lidia Carreras de Sosa, me gusta mucho su escritura.

 

LG:

Era una escritora que no era reconocida en el ámbito nacional, que se presentó al Premio Internacional de la editorial Edelvives en España y ganó dos años seguidos ese premio. Primero para la colección Ala delta con un libro que se llama Las cosas perdidas, una novela excelente acerca de un mitómano, ella se mete con esos temas que son como los tabúes de la literatura infantil y tiene otra novela, El juramento de los Centenera, que es una historia real que le contaron a Lidia. Lidia es profesora de inglés y en una de sus clases, le contó una alumna que venía de familia de inmigrantes y que en el barco, mientras viajaba para Argentina, había desaparecido una hermanita. El libro cuenta toda esa historia. También tiene otra novela que se llama Sé que estás ahí, que trata del acoso escolar. Por eso digo que toca todos temas fuertes.

 

AD:

Aparte tiene una mirada esperanzadora de las cosas. Eso es lo que a mí me gusta. Que si bien son temas actuales, son temas que tienen que ver más con la literatura realista. Además escribe muy bien las tramas, mantiene la tensión hasta el final. Son esas novelas que uno no quiere terminar de leerlas porque en realidad lo que quiere es que no se termine el libro. Pero lo que más me gusta es esa mirada que tiene ella, una mirada de esperanza.

 

MM:

Ya que mencionaron El mar y la serpiente de Paula Bombara. ¿Cómo definirían la literatura juvenil? Porque el límite entre los infantil y juvenil, por un lado y entre lo juvenil y la literatura a secas o para adultos es muy fino. ¿Cómo lo ven ustedes?

 

AD:

Creo que la literatura juvenil es como un puente. Un puente entre lo infantil y la literatura para adultos. Finalmente los adjetivos… Hay un libro muy bello de María Teresa Andruetto que se llama Literatura sin adjetivos. Los adjetivos se ponen por una cuestión de corte etáreo, ésa es la realidad. Hay mucha novela en la literatura juvenil. Si uno hace un estudio de mercado -y más en nuestro país hay muy pocos libros de cuentos-, una mayoría de novelas tienen que ver con personajes que muchas veces cuentan cib la edad de los lectores y presenta problemáticas que tienen que ver con el amor, con la opinión distinta que uno tiene de los padres, más o menos los problemas que transita un adolescente. Esa cuestión de pertenecer o no a un grupo, temas como la anorexia, la drogadicción, también hay.

Yo creo que uno tiene como que ir mezclando entre estas obras y las clásicas. No sé si los chicos ahora pueden llegar al Quijote directamente, y no sé si cuando nosotros leíamos directamente el Quijote en el secundario qué entendíamos del Quijote, es decir, me queda esa duda. En esa época no había literatura juvenil así, que no sabemos cómo hubiera sido nuestra experiencia si hubiésemos transitado por la literatura juvenil primero.

 

LG:

Yo también creo que la literatura juvenil es un puente, como dice Alicia. Todos los que hemos trabajado en escuela media queremos que un alumno cuando termina quinto año pueda leer cualquier tipo de literatura. No se llega a leer Borges o el Quijote de entrada, hay un camino de transición que todos hemos transitado, nos los haya dado la escuela o nosotros solos. La novela juvenil tiene que ver con esto. Una buena novela juvenil puede ser leída por cualquier adulto con el mismo placer que cualquier joven. No creo que ponerle el adjetivo de infantil hace que uno deba considerarlo géneros menores.

Muchas veces estas novelas tienen que ver con los intereses propios de los adolescentes y otras veces con lo que los editores creemos que lo son. Me parece que hay de todo, desde los buenos policiales hasta la ciencia ficción, me parece que hay de todo y muchos buenos escritores argentinos también.

 

MM:

 Alicia, ¿cómo es llevar adelante una revista de crítica de literatura infantil?

 

AD:

Llevarla de manera independiente es muy difícil, de hecho hace más de un año que no sacamos un número. Tanto Ángela como yo que somos las directoras trabajamos en el Plan tiempo completo y se nos complican los tiempos. Es muy interesante el fenómeno de Etruria, estuve en Chile y estaban todos fascinados con la revista. Éramos un colectivo de profesores de Lengua y Literatura que nos juntamos en un cumpleaños y decidimos sacar una revista de crítica literaria, apostando a la literatura juvenil. Porque también el otro problema que tiene la literatura juvenil es que los docentes que salen de los profesorados repiten el canon, tienen muchos prejuicios con la literatura juvenil, por ese adjetivo y creen que es una literatura menor. Entonces como en el mercado veíamos que había ofertas muy interesantes y veíamos que ocurrían cosas muy interesantes al trabajar esos textos en las charlas y en el trabajo posterior que uno hacía en las aulas y con los debates que se abrían en las aulas. Creo que uno más allá de enseñar los contenidos de lengua tiene que lograr poder comunicarse con los alumnos, para ver dónde están parados ellos y ver cómo los podemos ayudar en ese recorrido que están haciendo por la vida, no solamente como lectores. Así fue como nació la revista. Pero bueno, ahora estamos viendo de comprar un dominio y hacerla de manera virtual, nos gusta el papel a nosotros, pero de manera digital es más barato.

MM:

Laura, ¿en qué proyecto andás como editora en Macmillan? ¿Qué andás haciendo?

 

LG:

Macmillan es una editorial que tiene tres sellos. Tiene la colección Azulejos que es de Estrada, tiene el sello Cántaro que es de Puerto de Palos y tiene la colección propia de Macmillan que se llama Todos distintos. Azulejos es una colección tradicional dentro de la literatura infantil y juvenil, lo que estoy haciendo ahí es básicamente renovar el fondo en varios aspectos. Por ejemplo, trabajando con la reedición de algunos títulos que ya están editados que fueron exitosos e importantes para esa colección e incorporando nuevos títulos. En Cántaro más o menos lo mismo. Cántaro tiene una trayectoria bastante fuerte en juvenil con dos colecciones. Una se llama Aldea literaria con autores extranjeros traducidos al castellano y una que se llama Colección del Mirador que era una colección tradicional dentro de la escuela secundaria;  en Aldea lo que estamos haciendo es abrir algunas líneas nuevas, siempre siguiendo con la traducción, que es lo que llamamos los fuera de serie de Aldea. La primera publicación de esto fue un libro para jóvenes mayores, ahí estamos apuntando ya casi a los adultos, con una novela que se llama Después de la nieve de una autora inglesa de ciencia ficción.

Y después tenemos esta colección, que les decía es de Macmillan, Todos distintos, que es como la estrella de la editorial porque lo que hace es romper con el criterio de colección. A veces uno piensa en una colección y piensa en todos libros iguales, a lo mejor hasta del mismo género, digo hay colecciones que son de cuentos, colecciones que son de novelas y tienen alguna característica que hace que las identifiquemos. La característica de Todos distintos es que no hay ningún libro igual y ése es el espíritu de la colección. Tienen distintos formatos, géneros, ilustradores. Tienen distinto todo. Tiene desde libro de poemas hasta novelas gráficas, pasando por todos los géneros y estilos. Y lo que hacemos es ver qué formato pide este libro y entonces se lo damos. Si necesita ser un libro alto o un libro, pequeño nos adaptamos. Y la otra característica que distingue la colección es que está destinada a personas de cero a cien años.

 

Público:

Me interesaría preguntar lo siguiente: ¿Los autores que publican las editoriales es gente que ya viene trabajando con ustedes o los convocan?

 

LG:

Depende de la línea editorial. Por ejemplo, en una colección como Todos distintos no publico autores nóveles porque la características de la colección es que los autores son reconocidos tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Hoy es así, dentro de un tiempo puede ser que cambien las reglas de la colección. En otras colecciones sí, uno lee de todo siempre. Las editoriales reciben textos originales todo el tiempo y depende de las colecciones se pueden tener en cuenta o no. En general uno mira varias cosas, si es una colección que se vende mayormente en los colegios y se buscan algunas cuestiones que tengan que ver con eso. Los promotores también juntan información sobre qué les parece a los docentes que necesita la escuela. O uno mira su catálogo y dice: “publiqué novelas pero no publiqué cuentos”; “bueno, ahora toca algunos cuentos”. Se va viendo.

 

Público:

El tema del ilustrador, ¿eso sí lo impone la editorial?

 

LG:

La editorial elige, claro. Elige en función de la línea editorial. Se busca una línea de ilustradores acorde a los autores con lo que uno está trabajando. Por ejemplo, un escritor te presenta un texto que no lo presentó como álbum y termina siéndolo por decisión nuestra. En Todos distintos tenemos un poema narrativo de María Cristina Ramos que está ilustrado por María Wernicke que María Cristina lo presentó como un texto y fuimos nosotros los que decidimos que sea un álbum. Y otras veces viene el paquete armado.

 

MM:

Bueno les dejamos el cierre a las invitadas…

 

AD:

Yo lo que te quería comentar es que desde el Ministerio de Educación hay un pedido de la Presidenta de la Nación para que este año cada chico reciba dos libros para su biblioteca personal, cada uno de los niños que están en la escuela argentina. En la Comisión de Selección vinieron representantes de las veinticuatro jurisdicciones, fue un debate muy intenso durante dos semanas, con gente que sabe de libros. Es una gran responsabilidad. Una de las grandes discusiones que se dio en esa discusión es que hubiera poesía y lo hemos logrado. Así que en las salas de 3, 4 y 5, y la primera etapa de primaria, los chicos van a recibir poesía.

 

MM:

Bueno, tenemos que cerrar, les pido un aplauso para Laura y para Alicia, ha sido un gran placer conversar con ustedes.  Muchas gracias por venir.

 

 

Carlos

Lunes, Abril 16, 2012

El escritor, dibujante y amigo de Carlos Schlaen falleció ayer y la pena sobrevino como un rayo que no cesa. Aquí su recuerdo a través de la entrevista que publicó Libro de arena hace dos años en la cual Carlos conversaba con Mario Méndez y el público sobre su relación con la obra de Poe y  otras vicisitudes vinculadas a su oficio de escritor e ilustrador.

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Mario Méndez: Es la segunda vez que Carlos Schlaen nos acompaña en un evento del Programa Bibliotecas para armar; la primera vez fue en el seminario de literatura infantil y ahora en este ciclo de cine y literatura. Yo pensé desde un principio en Carlos, ya que, como ustedes saben, hemos estado viendo las influencias de Edgar Allan Poe en tantos autores y sobre todo en tantos géneros. Curiosamente este hombre ha sido nombrado el padre del policial moderno detectivesco, el creador de personajes como el caballero Dupin, que luego se convierte en el modelo de Sherlock Holmes, de Poirot, de Ellery Queen, el padre del cuento moderno, sobre todo de terror o extraño. Habíamos hablado de “La caída de la casa Usher”, “Ligeia”, vimos algunas películas, transposiciones de sus cuentos, y además hablamos de que también ha influido en autores que se dedican a la literatura juvenil, como es tu caso, Carlos. En El tercer conjuro, por pedido de la editorial, tuviste que recomendar un libro y hablaste de “La caída de la casa Usher” y de Edgar Allan Poe en general. Por tanto, me gustaría empezar pidiéndote que nos cuentes cuál es tu relación con este autor.

Carlos Schlaen: Yo a Poe lo conocí una siesta en el campo. Yo viajaba a la provincia de Santa Fe, a un pueblito que se llama Moisés Ville, que es el pueblo de la familia de mi madre, donde no había pileta de natación y hacía calor. Entonces, en la casa de los tíos había una biblioteca, y yo ya había empezado a leer, o sea que ya era adolescente, y me encontré con unos cuentos de Poe. A mí francamente no me gusta mucho el género de terror. Si tengo que elegir por género, aunque no suelo elegir un libro por género, elijo siempre el policial. Es el género que a mí me gusta a mí; si no, elijo un libro porque sea bueno o malo, no importa si es un drama, una tragedia o un libro de ensayo. Pero a Poe lo agarré porque no había otra opción, y me fascinó inmediatamente. Y lo que más me fascinó después fue descubrir que el tipo escribía de una manera muy contemporánea. Quiero decir: sus textos no parecen envejecer. Mucho tiempo después leí una frase de Borges, en la colección El séptimo círculo, que decía que Poe era el padre del género policial. Esto a mí me encantó, porque yo leía habitualmente El séptimo círculo y también había leído a Poe. Ahí me enganché más con su lectura, pero no por el género de terror, porque Poe está más asociado al terror que a lo fantástico y a lo policial. Ser el padre del género policial moderno no es poco. En síntesis: a Poe lo he leído muy regularmente. Me acuerdo que algún verano después leí el mismo libro, pero no entero, fue un cuento esa vez, no recuerdo el título. Era  algo así como “la tumba anticipada”, o “el sepulcro anticipado”, no me acuerdo.

M. M.: El del hombre que era cataléptico.

C. S.: Sí. Y lo que me sorprendió de ese libro, porque yo ya había aprendido algunas cosas de la literatura y el cine, como que el relato tiene un pico, baja y hay un descanso para respirar, y después vuelve a subir en intensidad. Ésta es una fórmula literaria que se usa regularmente. A muchos les sale automáticamente y otros se lo proponen. Cuando escriben un guión de película en el minuto 25 tiene que haber tal cosa, dicen los productores, en el minuto 5 tal otra, está estipulado. En literatura también hay algo así. Pero volviendo a Poe, en este relato no hay nada así. Es de una intensidad sostenida. A él le cuentan varias historias. Es terrible, sobre todo cuando uno es un adolescente y descubre que existen estas cosas, porque además yo me creía todo. Lo que me atrajo fue la intensidad. Siempre me pregunté: si yo fuera escritor, ¿podría escribir algo así?, porque no da respiro, todo el tiempo está hablando de lo mismo obsesivamente. Así nació El tercer conjuro.

M. M.: “El entierro prematuro” se llama el cuento.

C. C.: Sí, ése, “El entierro prematuro”.

M.M.: Resuelve la situación con el hecho de que el tipo es cataléptico, por eso está tan obsesionado. Y va en un barco, y se despierta en una litera, y vieron cómo son las literas de los barcos, que vas con la nariz pegada a la de arriba y vive, ya despierto, el terror ese intenso y se cura.

C. S.: Incluso es uno de los pocos cuentos de Poe que tiene un final positivo.

M. M.: El tipo deja de preocuparse.

C. S.: Claro, porque era un tipo tortuoso, pobre tipo. Entonces así nace El tercer conjuro, más que nada como un ejercicio, incluso como proyecto comercial. Fue la primera vez que me propuse escribir algo para ver si me salía, porque en general yo escribo sólo lo que me gusta, y me pedían mucho en la editorial algo de terror. Porque, según se dice, a los chicos les gusta el terror, y a mí este género ni me va ni me viene. Hasta que un día un amigo mío, psiquiatra, iba a uno de esos retiros espirituales, en un especie de convento en algún lugar de la provincia de Buenos Aires por el fin de semana. Un convento que se alquila para esos eventos. Bueno, yo inventé algo con respecto al convento. La cuestión es que la actividad empezaba el sábado por la mañana. Él estaba muy estresado, mucho trabajo, el matrimonio, y se va el viernes por la noche, en parte por la confusión y en parte para dormir. Llega al lugar y justo se estaba yendo el encargado. Entonces éste le dice, “mirá, si querés quedarte, quedate, pero no hay nadie, y mañana por la mañana no va a haber nadie para atenderte”, “No importa, yo me quedo a dormir”, dice él. Entonces le muestra la heladera, donde está la comida y se va. Al otro día iban a venir los demás. El tipo muy contento se va con un libro a descansar al comedor del convento. Eran dos largas mesas, esto él me lo describe, con luces, todo bien austero, y él se sienta; antes, pasa antes por la cocina y se sirve un poco de fiambre y de queso. Resulta que se le quema la lámpara donde él está sentado; enciende la segunda y pasa lo mismo; y cuando se quema la tercer lamparita sale rajando y se mete en la celda, que era la habitación del hotel. En esa celda le pasa algo más, que no está en el libro, y es que abre la Biblia que había en la mesa de luz y en la última página, en un papel, hay anotado un teléfono, y él lo reconoce enseguida: es el teléfono de su psiquiatra. Lo cual no es muy extraño, ya que en un lugar donde se reúnen psiquiatras y médicos, para hacer esos retiros, que alguien haya anotado el teléfono ahí para pasarlo no es tan raro. Pero además en ese momento, después mi amigo se entera, que le habían pegado un tiro a su psiquiatra. No murió, pero lo asaltaron y le pegaron un tiro. Entonces, él, que dice “yo no creo en estas cosas”, me cuenta esto. Yo estaba fascinado, pensé enseguida “con esto tengo el inicio del libro”. El inicio fue rápido, el resto fue muy trabajoso. Porque  me propuse escribir sin aire, sin descanso. La situación tiene un solo momento de respiro y es cuando él llega a la estación de servicio, en el que hay un cierto descanso. Pero muy poco tiempo. Incluso a mí me pareció demasiado, yo quería ver si podía imitarlo al maestro Poe. Lo cierto es que esa editorial no me lo publicó y fue por esa misma razón: querían que lo alargue, que use los otros personajes que aparecen, que tuviera aire. Me estaban pidiendo otro libro y yo no lo hice. Después lo publicó la editorial Crecer Creando, en su colección “Mar de papel”. Yo soy un advenedizo en esta cuestión del terror, seguramente ustedes saben mucho más habiendo participado en esta actividad con Mario. Yo no conozco los elementos básicos del género, aunque más es un subgénero, ¿no? Tampoco, pero llamémosle género. Al único género que le conozco algo es al policial porque me gusta. Por tanta lectura a uno se le va pegando esa cuestión. Acá solamente era la lectura de Poe, de algunos otros cuentos de terror que he leído. He leído cosas interesantes de Patricia Highsmith, la de El talentoso Señor Ripley, que es más sobrenatural. Para mí entre el terror y lo sobrenatural no hay diferencia, el asunto es que te meta miedo. Lo que pasa es que a mí me cuesta creerlo, cuando lo leo ya le encuentro cosas que no me creo, por eso no me engancha. No me atraen. Ahora, un policial malo me gusta. Ayer, por ejemplo vi por televisión una pésima adaptación de dos novelas de Raymond Chandler, creo que Adiós muñeca y otra más, pero no pude adivinar cual. Pero eso, aunque era malo, sí me enganchó. Y si hubiera visto una película de terror buena quizá no me hubiera enganchado.

Auditorio: ¿Ésta es tu única novela de terror?

C. S.: La única que he escrito y que posiblemente escriba. Y quise escribirla como Poe, porque incluso tiene un lenguaje arcaico. Es medio antiguo el texto. En un momento, el personaje va a comer un asado, y yo había puesto carne asada, porque era más internacional, pero el editor lo objetó. ¡Una cosa es hacer un homenaje y otra es irte por las ramas!

M. M.: Lo que pasa es que esta novela, podemos contarlo también, iba a ser para Italia, para una editorial italiana cuya colección se iba a llamar…

C. S.: Se llamaba “Poe”, ni más ni menos. Me encantaría saber cómo lo dirán ellos en italiano, porque son muy graciosos los italianos hablando en inglés. Pero eso no anduvo, no me acuerdo exactamente cómo fue. Después lo llevé a Alfaguara y ahí me dijeron eso que les conté antes, y la rechazaron.

A.: El tema de las ilustraciones, ¿fue a pedido de la editorial?

C. S.: No, eso forma parte de  las características de la colección “Mar de papel”. Va todo ilustrado. Eso en general se está perdiendo.

M. M.: Se está perdiendo con los de tercer ciclo, a partir de 10 y 11 años. Como la idea es que ya son adolescentes -la adolescencia se está haciendo cada vez más temprana-, los chicos, al ver una cantidad grande de dibujos, les parece extra frente a un libro para niños. Yo creo que varios de los últimos cambios algo tienen que ver con el fenómeno Harry Potter. Históricamente, hasta hace unos años, uno no podía pensar en un libro para chicos, aún de doce o trece años, de más de 120 páginas o 140, porque se creía a pies juntillas que ningún chico lo iba a leer. Y ahora el último de Harry Potter tiene como 700 páginas.

C. S.: Sí, a mí me llama la atención eso, sobre todo porque el otro día estuve viendo en una librería, en la que estaban todos juntos, que los primeros eran mucho más cortos. Como si ella, la autora, hubiera necesitado más páginas. Yo no veo como un adelanto esto, yo tengo un criterio económico. Yo creo que no hay que tender a llenar un libro de hojas. Bueno, Borges lo decía, estoy citándolo por segunda vez, que él no necesitaba muchas páginas para contarte una historia magnífica

M. M.: Por eso nunca escribió una novela.

C. S.: Él decía que no le hacía falta tantas páginas. A mí me sorprende cuando los escritores comienzan a estirarse. Y con el cine pasa lo mismo. Ya no hay más películas de noventa minutos, cada vez son más largas. Que va en realidad contra los principios económicos; como que no pueden sintetizar y que las historias son mejores ahora en las series de televisión. Por ejemplo Lost, una serie que todo el mundo ve, es una serie larguísima. En lugar de ir achicando o manejando la síntesis, la elipsis, ¿qué pasa?: se estira. No está mal, pero yo soy vago para escribir así que quiero que lo que sea bueno sea poco.

M. M.: Igual, es difícil pelear contra esas convicciones que a veces hay en el mundo editorial.

C. S.: Es que este libro, El tercer conjuro, es muy breve. Pero con esa densidad, si lo hacía más largo, los chicos se tiraban por la ventana. Yo ya me estaba por tirar.

M. M.: Volviendo al tema de las ilustraciones, quizás ahora lo que hacen las editoriales es, para los libros de chicos mayores, poner alguna viñeta, alguna imagen que se reitera, en los cierres de capítulo, pero no el dibujo a página entera como el que tenemos acá en El tercer conjuro.

C. S.: Poco a poco iré dejando de dibujar, porque yo ilustro mis propios libros, entonces ahora, ya en los últimos libros, los que estoy ilustrando, ya van a ser sólo viñetas, ya me lo dijeron. No está mal.

A.: ¿Qué es la viñeta?

C. S.: Es un dibujo chiquito, más bien una especie de ícono, que tiene algún vínculo con la historia o con el capítulo, entonces hay un solo icono que se repite lo largo de todo el libro.

M. M.: Les cuento algo de lo que formó parte de la cocina editorial de la colección [Mario Méndez dirige la colección “Mar de papel” de la editorial Crecer creando, donde fue editado El tercer conjuro]: el único libro de esta serie que es largo, largo de veras, tiene viñetas, porque si no se nos hacía demasiado costoso. Éste al revés, como es corto, le pusimos más dibujos a página entera.

C. S.: En éste necesitábamos dibujos.

A.: ¿Usted ilustra el libro al final o a medida que va escribiendo?

C. S.: No, uno nunca sabe cómo va estar compaginado el libro. Uno escribe en Word, en la computadora, y así uno podría calcular la cantidad de palabras que hay en cada hoja de los libros de la colección, pero sería muy incómodo; tenés que tener una letra grandota, porque acá entra mucho menos que en una hoja común A4. La paginación la da después la editorial que hace una tirada y a partir de ahí, en mi caso, como yo soy ilustrador, yo decido; si no, es el editor el que pide.

M. M.: En mi caso, como editor, yo te dije que hicieras diez dibujos; pero te pregunto, en general ¿te dicen para qué capítulos?

C. S.: A mí no me ha pasado, pero lo que sí te piden es que los distribuyas. Entonces yo con un criterio muy administrativo y muy ecuánime pongo uno por capítulo. Y ahí sí que elijo la situación que me gusta más. Porque, por dar un ejemplo, hay una historia muy graciosa que me contó Graciela Montes. Graciela en un momento dirigía una colección en el Centro Editor de América Latina. Ella es escritora y editora. Mi primer trabajo lo editó ella, que es un libro muy ilustrado. Yo llegué a la editorial del Quirquincho, donde también trabajaba, llamado por ella. Ella me propuso que yo ilustrara una colección de una historia argentina porque le gustaron los dibujos del original de mi libro que había visto.  Y también me pide el libro y lo publica. Yo en ese momento estaba tocando el cielo con las manos, pero me pide que ilustrara la colección de historia. A mí no me gusta ilustrar algo que me piden que ilustre, no me sale. Pero claro, era la editora, me iba a publicar mi primer libro y le dije que sí. Entonces me empieza a pedir cosas raras. Y ahí tuvimos una pequeña polémica, algunas discusiones, inteligentes, pero discusiones al fin. En un momento con mucha sabiduría ella me dijo que yo tenía razón, que los que no saben dibujar piden cosas a veces muy difíciles. Ella entonces me contó una anécdota del Centro Editor, en la que no sé si ella u otra editora le pidió al dibujante, para una enciclopedia, en un espacio de cuatro por cuatro centímetros, que había que poner vaca con garrapata… imaginate, parecía un chiste, porque la agarraron ahí y le dijeron “¿qué te pasa?, ¿cómo vas a hacer vaca con garrapata en un espacio de cuatro por cuatro?”. Entonces, esa historia, cada vez que ella me pedía algo difícil, fueron trece libros los de esa colección, yo le decía “vaca con garrapata”. A partir de ese momento, yo trato de ser el que decida, y sólo con esa condición he aceptado algunos trabajos. He hablado con Rojas, un ilustrador muy bueno, y es él también el que decide, y que si alguien le pide algo, debe ser muy general. Así debería ser.

A.: ¿Cuál fue tu primera intención: ser ilustrador o escritor?

C. S.: Yo llegué a la literatura por los dibujos. Empecé a dibujar con cierta seriedad alrededor de los veinte años. No un garabato cualquiera sino, más bien, un cómic. No me dieron para tiras pero empecé haciendo chistes sueltos. Y publicaba cada tanto con cierto desorden. Era muy difícil, había que hablar con los secretarios de redacción. Además estaban consolidados humoristas de primera línea: ya estaba Fontanarrosa, por supuesto Quino, y yo no era conocido. La cuestión es que decidí escribir un libro para dibujar. Y eso es un pecado de inmodestia muy grande. Me acuerdo que después se lo contaba a algunos amigos y me miraban y se reían. La cuestión es que escribí el libro, y se publicó, incluso anduvo bien de ventas. A propósito, estoy tratando de reeditarlo ahora. Y era tanta la obsesión por el dibujo que hasta la letra está hecha artesanalmente. Es una versión humorística de la conquista de la ciudad de Buenos Aires, y gira en torno a la figura de Ulrico Schmidl. Ahí metí todo,  porque lo hice pensando en que iba a ser mi obra única. Después apareció otro libro, y ya ahí el dibujo se va en retirada; aunque está muy bien dibujado, incluso mejor que el otro, pero ya la letra es de molde. Es la historia de Orllie, del francés este que se hizo rey de la Patagonia. Luego sucedió que un amigo  que vivía en Francia de escribir historietas, una vez que estaba de paseo por acá, me dijo “pero vos que dibujas y escribís, ¿por qué no te dibujas una historieta como Tintín?”, porque él publicaba, era un historietista muy conocido, publicaba en Casterman, que es la que hacía Tintin, y tenía un vínculo muy bueno que nunca me llegó a decir quién era, yo sospecho que era una mina. Yo no había escrito nunca una historieta, pero pensé: “ya que estamos…”. Entonces escribí una historieta y él, mi amigo de Francia, me la criticó de una manera espantosa. “No sirve ni para papel higiénico”, me dijo. Y me dio una serie de pautas, que fueron muy útiles y que sigo usando ahora, que es el manejo del suspenso. En esta novela no se nota tanto, pero en las otras sí. Son bloques que están separados por una elipsis, y en cada bloque siempre quedan las ganas de saber qué va a pasar en el siguiente. En la historieta pasa lo mismo: cuando uno escribe, me explicaba él, la clave es que se hace un guión, cuadrito uno, fila uno… El dibujante no agrega ningún cuadrito, a lo sumo puede agregar adentro, pero nunca en el primero o el último, porque ahí están las claves de la obra, porque en el último cuadrito tienen que quedar siempre las ganas de dar vuelta la hoja. Entonces escribí una nueva historieta y le gustó. Y le hice una muestra con dibujos y se la mandé a Francia, porque me atraía el proyecto; yo, por ese entonces, trabajaba en una profesión que no me gustaba demasiado y quería dedicarme a esto y pagaban muy bien. Pagaban un anticipo, un anticipo que era importante, como para vivir un año dibujando la historieta. Con cierta sabiduría, lo pagaban en dos o tres pagos, y uno tenía que ir haciendo entregas, porque ustedes saben además que de otra manera no se puede hacer, son como cincuenta páginas, todas dibujadas… mucho trabajo. Y a mí me atraía dejar la actividad que estaba haciendo para dedicarme un año entero a dibujar. El problema es que después de mandar esto, él me contesta: “me he peleado muy mal con la gente de Casterman, de la editorial”. Yo me quedé con el proyecto, en el que había invertido un buen tiempo, y lo llevé a varios sitios, hablé con Trillo, que es guionista de historietas, y él me dijo: “mirá, acá nosotros vivimos de publicar en Europa, si vos conseguís un contacto en Europa hacelo allá”; “No, ya lo perdí”, le contesté yo; “Bueno, lo lamento, acá no hay nada que hacer, acá no hay ninguna editorial que sustente un proyecto de este tipo”. Una historieta más rápida sí, había algunas pocas revistas en ese momento, como Columba u Hora cero, había una venta muy sólida, entonces se podía sustentar un proyecto así. Éste además era muy caro, porque era a todo color. Entonces se lo llevé al dueño de Quirquincho, Manuel Jajamovich, que ya falleció, que era un tipo muy famoso, bueno, no lo quieren mucho los escritores porque no pagaba los derechos de autor. Pero yo en ese momento tenía muy buen trato con él, me divertía mucho, y como yo tenía otra actividad a mí la plata no me importaba demasiado, yo quería publicar. No pasó nada, porque en ese momento ni quisieron invertir en lo que iba a llegar a costarles. El proyecto quedó ahí. Con el tiempo, llegó Adela Basch como editora al Quirquincho, y hojeó los trabajos pendientes, entre los cuales estaba la historieta. Entonces ella me sugiere, “vos manejás muy bien el suspense”, me dijo, “¿por qué no escribís una novela policial?”. Y ahí me pidieron mi primera novela.

M. M.: ¿Es El caso del videojuego?

C. S.: No, El caso del cantante de rock. Que además le cambió el título ella, porque se llamaba La ropa sucia se lava en casa, que era pésimo y a ella no le había gustado. Con buen criterio, ella me sugirió: “El caso del cantante de rock”. A mí me pareció espantosamente simple, pero la editora era ella, así que le dije: “dale”. Y bueno, ya escribí cinco casos. Ya me atrajo mucho más la escritura que el dibujo.

A.: ¿Tenés formación en plástica?

C. S.: No, yo soy un intruso, un caradura, ya te habrás dado cuenta. Quise escribir como Poe, quise dibujar como Hergé de Tintin. No, en realidad fui un taller una vez, de una amiga de mi ex mujer, que era pintora, y salvo los momentos en que hubo pintura con modelos desnudos, que era una señorita, me aburrí soberanamente. Es muy difícil que te digan “ahora dibuja la cara”, y vos tenés una mujer desnuda ahí en frente, a esa edad… No, no me atrajo mucho. Tampoco los talleres literarios. A ellos no he asistido. Yo creo que el dibujo lo tenés de alguna manera incorporado; hay que ponerse, algunos más que otros, lo admito. Y, para escribir, la mejor escuela es leer. Yo creo que cuando vos leés un poco adquirís algo: el ritmo, que es lo más importante en la escritura, en la construcción literaria. Cuando uno tiene una frase y le siente un ritmo, y le percibe un balance a la frase, ya está. Eso yo lo tengo, creo. Ahora hay gente que nunca se da cuenta de eso, y no hay ningún taller literario que te lo enseñe. Cuando te falta una palabra, o te sobran… Por supuesto que vas a encontrar una diferencia en los primeros libros respecto de los últimos. Uno va aprendiendo, claro.

A.: ¿Cuándo te diste cuenta de que ibas a ser escritor?

C. S.: Yo no puedo hacerte una génesis acabada de la cuestión. En el colegio yo era muy malo en lengua, todo el tema gramatical, de verbos, sintaxis, la construcción, incluso ahora, ¿cuándo va punto y coma?, no me acuerdo, pero cuando llegaba el momento de escribir las redacciones, siempre sacaba un nueve o un diez. Evidentemente tenía eso incorporado. Mi mamá estaba sorprendidísima, yo no era alumno de diez. Era con las composiciones únicamente. De hecho el colegio me mandaba a olimpiadas, y en mi casa me miraban raro. Se hacían en la provincia de Santa Fe, había que escribir sobre un tema determinado, nos reuníamos, chicos de varios colegios, en un aula,. Me acuerdo que lo que más me atraía de eso era que nos teníamos que ir del colegio. Y escribíamos algunas composiciones. Algún premio habré sacado. Había que escribirla de un tirón, no se podía llevar o corregir. Entonces tenía esa cuestión del ritmo y del balance, de la prosa, que en realidad viene de la poesía, de la rima, que de alguna manera está incorporada en la prosa. Si vos leés en voz alta, otra vez voy a hablar del maestro, Borges, hay algunos cuentos en los que no va otra palabra que la que él puso ahí. Algunos cuentos, por ejemplo. Hay algunas frases en las que él ha llegado a la perfección. No es mi escritor predilecto, pero sí es un maestro, así que cuando tengo algunas dudas releo algún cuento de él y como que me mete en caja de vuelta. Él tenía muy controlado eso, escribía poesía también. En el caso de él, las poesías son perfectas. Le han tratado de poner música, y es cómo ponerle música a la música. Tienen un ritmo esos textos, “A un tal Jacinto Chiclana” Piazzola le puso música, muy bella por cierto, pero lo recitan, porque no hace falta, tiene melodía solo. Bueno, en la prosa hay algo parecido, pero hay gente que no la percibe. Yo a veces lo hablo con amigos, amigos que no escriben, y que no perciben esa cuestión. Y entonces te dicen “yo quiero aprender a escribir”, “y bueno”, le digo, “andá a un taller, que sé yo”. Pero yo creo que si no tenés eso incorporado te va a costar. Vas a escribir con más dignidad, pero te va a costar. Creo en el taller como clínica, “mirá te enseño esto” o “acá pusiste está palabra y acá no va”, “esta frase está al revés”, y eso sí.

M. M.: ¿Cuál sería la diferencia del taller como clínica?

C. S.: No sé, hay mucha gente que va al taller para aprender a escribir, para ser escritor, y yo no sé… Ahora hay toda una historia que dice que los talleres son como clínicas, y todo el mundo empieza con las confesiones.
No lo critico, yo sólo digo que a mí no me hace falta, yo no iría. Además yo soy medio pusilánime y si a mí me dicen, como me enteré hace un tiempo, “el gerundio es malo”… se puso de moda que el gerundio es malo, así como se dice “estás con el gobierno o con el campo”, salieron a decir “estás con el gerundio o con la academia”. Mirá, para mí el gerundio es un tipo de palabra que hay que usar, es bárbaro, comodísimo. Claro, si vos exagerás, como con todo, es feo.

M. M.: Y los adverbios terminados en “mente”.

C. S.: Los adverbios terminados en mente son fascinantes, a mí me encantan. Claro que es cierto que había hojas que yo tenía demasiados, que me corrigieron. Es que felizmente están las correctoras de estilo, que te salvan la vida.

A.: A todos, a los grandes también.

C. S.: Sí, a todos. Pero es cierto que a veces son medias pesadas, porque te vienen con la gramática encima y vos te peleás. Una vez me marcaron esos adverbios con un círculo en verde, a propósito,  porque tenía como cincuenta en una página. ¡Y yo no me había dado cuenta! Claro, lo que pasa es que las dos primeras novelas policiales, las que estaban en el Quirquincho, no pasaron por correctores de estilo. Cuando yo recupero los derechos, las llevo a Alfaguara sumándole una tercera escrita especialmente. Y por suerte le gustaron las tres. Las dos primeras las reeditaron. Y ahí me marcaron lo de los adverbios en mente y los gerundios. Yo estaba acomplejadísimo. Ya veía gerundios detrás de todas las sombras. Recién ahora estoy recuperando la libertad de volver a usarlos. También hay que reconocer que hay modas. El corrector de estilo es importante, es decir, uno no va a hacer tan necio de escribir “hace” sin hache, pero si te dicen “debía de estar”, no, no me gusta. Está bien que gramaticalmente puede ser así, pero no lo usamos, así que yo escribo “debía estar borracho el tipo”, eso de “debía de estar borracho” no me va. Entonces ahí sí lo discuto.

A.: Quizás son estilos

C. S.: Es una norma gramatical que para mí en Argentina está en desuso. En España sí se usa. Bueno, cuando publiquemos en España ponelo, a mí eso no me molesta, pero acá no, sobre todo para chicos que van a la escuela.

M. M.: Claro, porque rompés los usos coloquiales.  En esos casos, yo, como escritor, mantengo el coloquialismo con algunos textos.  Me acuerdo que una vez me sugirieron “pedrada” por “piedrazo”; pero acá nos tiramos piedrazos, no pedradas, y eso, aunque en general son muy respetuosos, los correctores te lo marcan en rojo, porque son errores.

C. S.: Pero existe la palabra “piedrazo”.

M. M.: El acto de tirar la piedra es una pedrada. Sin embargo ningún pibe acá se tira pedradas, se tiran piedrazos. Entonces ahí la defendés: “mirá, bueno, yo acá mantengo el coloquialismo”.

C. S.: Lo que hay que hacer en estos casos es un negocio, un diálogo, con el corrector. Yo he aceptado algunos “debe de”, cuando no pesa mucho en el texto, cuando es un relato del narrador, cuando alguien está contando y no es un diálogo, y el fragmento no es coloquial, ahí sí. Pero en algunos casos ha llegado a terciar la editora. En Alfaguara, por ejemplo, hay toda una estructura jerárquica importante, y la editora es la editora, la jefa. Y el problema es cuando tenés no al corrector de estilo sino al editor que hace lo que ellos llaman el “editing”. Bueno, con un libro la editora me dijo algo con lo cual yo no estuve de acuerdo. En este caso era algo intencional, es decir, algo que yo había hecho a propósito. Cuando se trata de algo que yo no hago intencionalmente, lo acepto más cómodamente. Pero en este caso, por ejemplo, me hizo una sugerencia con respecto a una vuelta que, según ella, daba de más el relato policial, que le sobraban cuatro o cinco páginas a la novela. Yo me fui enojadísimo. ¡Fue la primera vez que alguien me corregía así! “¿Quién se cree esta piba?”, esta piba es la editora, “¿qué me va a enseñar?, yo ya tengo libros publicados”. Con esa corrección me afloró esa cosa de ego que uno tiene. La editorial quedaba en Pompeya, y yo me vine hasta mi casa manejando enojadísimo y pasé todo el fin de semana chinchudo. Pasado el fin de semana, en un momento dije: “bueno, está bien, vamos a ver”. Porque una cosa es que la correctora de estilo te diga “debe de” y otra, que la editora te diga algo. Vos no te podés hacer el gil, porque no te publica el libro y chau. Entonces lo leí y traté de despojarme de la ira y de esa cosa soberbia que tiene uno, y así me di cuenta de que ella tenía razón. Le saqué esas cuatro o cinco hojas de más que tenía y le corregí dos o tres pavadas, y de repente el relato fluía… bárbaro. O sea, ¡hay que darle bola! La gente que sabe, sabe. Ahora, hay cosas que no. Después me vengo a enterar, mucho tiempo después, de que esta novela mía de terror, El tercer conjuro, no les encajaba a ellos porque a mí ya me tienen catalogado en las editoriales grandes en un esquema: “Carlos Schlaen escribe este tipo de historias, y esto no tiene nada que ver”. No va, para ellos no va. Si yo le hubiera agregado ese descanso en el medio, no sé si ellos lo hubieran publicado, porque es terror, y yo no escribo terror. Ya saben lo que buscan de mí los chicos. Yo tengo serie. Antes de ayer estuve hablando con una editora y ella me preguntó a qué serie pertenece el nuevo libro. Automáticamente esperan eso. Hay que entenderlos, ellos tienen que manejar un negocio. Me vengo a dar cuenta a mí edad de que soy parte del engranaje económico (risas).

A.: ¿Cómo te surgen las ideas de las novelas?

C. S.: Primero surge la idea, la idea básica de una novela sobre tal cosa. Si escribo una novela sobre, por ejemplo, el videojuego.  Mi hijo menor estaba todo el día con los videitos, todo el día para arriba y para abajo con diskets con otro amigo del edificio. En esa época era nueva la computación. En eso descubrí que el juego era un programa, y que era fascinante, ¡vos imaginate para uno que ha jugado con los autitos, de repente descubrir que podés manejar algo con la computadora! Me enteré de que era un programa escrito, código binario, y se me ocurrió la trama de esconder algo dentro de eso. Esa es la idea; después, en este caso como es policial, el final. El final para mí es muy importante porque como son de enigmas, si vos tenés un final muy encajado, muy artificial, muy forzado no sirve. Entonces, vos tenés el final y después armás toda la historia para llegar a ese final, el esquema de la novela. Todo eso me lleva poco tiempo. Lo que me lleva mucho es la construcción literaria. Soy muy obsesivo, a diferencia de Mario que escribe, como muchos, de corrido un capítulo y después corrige. Yo no, yo me pongo a corregir en ese momento. Hasta que no está la frase, con su balance, su ritmo, no sigo. Hay días que termino sólo con un párrafo, otros con dos párrafos, y el día que termino con una hoja entera soy, siempre digo lo mismo, Maradona. Me lleva mucho tiempo. Ahora, cuando termino, terminé.

A.: ¿Y está novela, El tercer conjuro, cuánto te llevó?

C. S.: Siete u ocho meses. Pero cuando termino de escribir, termino, no hay casi correcciones, es una semanita, nada más. En cambio Mario escribe más relajado, como debe ser. Escribe la historia y después le dedica un tiempo a corregir. Yo no, no puedo. Es obsesión.

A.: ¿Y la leen otros?

C. S.: Sí, la primera que la lee es mi mujer. Ella tiene un buen sentido de los ritmos, es lectora, además sabe de sintaxis y esas cuestiones, y me dice “acá el tiempo del verbo está mal”, y tiene razón, “acá repetiste tres veces la misma palabra en la misma frase”. Yo no me doy cuenta, yo repito. ¿No te pasa?

M. M.: Sí…, pero yo corrijo después.

C. S.: Yo también, pero una vez que la leo no me doy cuenta que la palabra “claro” está tres veces en diferentes renglones. No me doy cuenta.

M. M.: ¿No leés en voz alta de vez en cuando?

C. S.: A veces hago lectura en voz alta. Pero en general esa tarea la hace Mónica, mi mujer, y ella hace las marcas. Es el primer filtro. Antes se lo pasaba a Julián, el menor de mis hijos, porque si le gustaba a él, le gustaría al lector. Un día fue muy lindo porque terminó de leer el libro, yo estaba en el living, él estaba en su dormitorio, y siento ¡plaff!, el libro que lo tira, un anillado, y me aplaude. Era La maldición del Virrey. Y fue muy lindo. Después ya no. Ahora lee mis libros ya impresos, y cuando tiene tiempo. Ahora lo lee mi mujer y después lo mando a la editorial.

M. M.: ¿Nadie más antes de la editorial? ¿Algún otro lector?

C. S.: No, siempre fueron mi mujer y mis hijos. Mis hijos ya me ignoran así que queda mi mujer que todavía me tiene paciencia.

A.: Y Carlos, ¿nunca se te ocurrió hacer guión de cine?

C. S.: Hice La maldición del Virrey, y hay toda una historia con ese libro… me cansó… me ganaron por agotamiento. Cuando uno escribe una historia, una novela, depende solamente del editor que, como les dije, te sugiere algún cambio y nada más. En el cine no, interviene un grupo de personas impresionante. Algunos que ni conocés, algunos que no saben ni leer. Me pasó con una empresa que se llama Patagonik, aunque me parece que ahora se separaron. En ese entonces estaba interesada una gente de Patagonik, que encima ni sabés quienes son, en La maldición del Virrey, una novela mía. Voy a una reunión, y había como veinte libros de La maldición…, lo habían comprado por curiosidad pero ninguno lo había leído (risas). Me pidieron una sinopsis. “Bueno, está bien”, dije yo, y le hice  una sinopsis, de unas veinte páginas. “No, no, veinte páginas no, hacete una de diez, una de cinco y una de una” me dijeron (risas). ¡Es serio, es así! La hice. Después había un muchacho que iba a ser el director, es conocido, que me dice “hay que hacer uno con imágenes, porque estos tipos no leen”. ¡Ni una página leen! Claro, el que pone guita…

A.: ¿Un storyboard te pedían?

C. S.: Un storyboard no, ¿sabés cómo era? como hay multimedia y toda esta cuestión de imágenes que están al alcance de todos, son como… ¿vieron los afiches de las películas?, yo no sabía quiénes iban a ser los actores, pero eran dos chicos de…  una serie de la rubia esa que todo lo que toca es oro…

M. M.: ¿Cris Morena?

C. S.: Cris Morena. Era uno de los chicos de ella con una de las chicas de Bandana. Ellos iban a ser los actores. Bueno, supuestamente iban a ser, a uno se le ocurrió que podían ser ellos. En base a esos personajes hacen una secuencia de unos veinte afiches, muy bien hechos, como si fueran los afiches verdaderos de la película. Y a cada uno le ponen una frase, como “Dos chicos que se encuentran”, eso es para lo que les da su capacidad lectora, eso sí, con mucha imagen. Y así contás más o menos la historia. Una capacidad de síntesis, porque si te equivocás ahí sonaste. Esa gente que ahora determina esas cuestiones es gente de la generación de la tele, todo imágenes, ni tocan los libros.  Bueno, después se separaron. No sé, está ahí, vamos a ver. Lo que pasó también es que este chico que me llevó a Patagonik, quería que le corrigiera su guión. Estuve un tiempo con eso, él me enseñó cómo se escribe un guión, y yo lo que le hice fue mejorar un poco los diálogos.  La película no se hizo, la de él tampoco.

A.: Perdón, ¿la película era de qué libro tuyo?

C. S.: Del libro La Maldición del Virrey, y la de él era una historia de magos, muy interesante. Todos los directores quieren hacer su película, con su historia. Acá no es como en los países productores de cine en los que el que hace su película es el gran director de cine, un capo, Woody Allen, Ford Coppola. Acá todos quieren hacer su película. Este chico también. Y la verdad es que se armó una historia muy buena. Yo le mejoré un poco los diálogos. Y está ahí. Lo que me dio son muchos elementos del mundo de la magia, que él investigó, y me escribió la novela, que es El caso del mago. El caso del mago y la clave secreta es la última novela policial, donde hay una intriga que gira alrededor del mundo de los magos.

A.: ¿Está en Alfaguara?

C. S.: Sí, en Alfaguara. Es muy interesante, porque me fui hasta una cuadra de acá, hay un lugar que se llama “El bazar de magia”, que existe. Entonces uno llega hasta un edificio corporativo, donde te abren la puerta y de repente todo es rojo. Ahí están los trucos de los magos. Y los ves ahí y están todos expuestos vergonzosamente, porque es feo. Claro, vos ves los medallones de oro pero lejos en el escenario y resulta que es una moneda pobretona. Pero, en realidad, es muy interesante porque me contó el dueño, que se llama Marduk, que se traduce mago, que él vende y compra trucos para magos. Y él me contó algunos que yo pongo en la novela. O sea, me sirvió de algo el acercamiento al cine, me sirvió para escribir una novela.

A.: Y de paso aprender unos trucos de magia para irte los fines de semana.

C. S.: Por los barrios

M. M.: ¿Por qué no se llamó “escarlata”?

C. S.: Porque se llamaba “el mago escarlata”, de hecho el personaje del libro se llama “el mago escarlata”, entonces yo con buen criterio le puse el nombre como título del libro. A mí me cuesta horrores pensar los títulos, y ése lo tenía de entrada. Ya estaba aprobado, ya estábamos incluso en las pruebas, y me llama por teléfono Laurita, de Alfaguara, y me dice “mirá Carlos, tenemos un problema”, ella sabe que odio cambiar los títulos, es la segunda vez que me pasa con los títulos en Alfaguara. Me dice: “escarlata no puede ir, no puede ser”; “¿por qué no puede ser?”, pregunto yo; “porque está en un libro ya, en Peter Pan y el rojo escarlata, que es un libro internacional que lo compró Alfaguara, que le va a dar mucho apoyo y sale justo en la misma época, y escarlata es una palabra muy fuerte”. A mí me pareció una guasada sobre todo por “escarlata”, hubieran puesto “Peter Pan” cualquier cosa. Tuve que cambiarle el título. Me llevó bastante tiempo.

A.: Un tiempo encontrarlo.

C. S.: Sí, te diría que casi todas las vacaciones. Ya me había ido de vacaciones y los volví locos a todos, todos opinaban.

A.: ¿Cómo se llama?

C. S.: El caso del mago se llama, pero solo, yo decía “le falta algo”. Entonces, El caso del mago y le faltaba, y ya tenía escarlata en la cabeza. Bueno, finalmente se llamó El caso del mago y la llave secreta. Después todos lo llamaron El caso del mago.

M. M.: Volviendo a la novela tuya que nos convoca. Todos hemos leído El tercer conjuro.

A.: Sí.

M. M.: ¿Qué se les ocurre preguntar?, ¿qué les llamó la atención?, ¿qué quieren comentar?

A.: A mí me pasó una cosa medio rara, porque lo empecé a leer de noche, cuando volvía del trabajo. Me pasó que leía hasta una parte y, cuando volví a retomar, en la parte del convento, y aparece esta cosa de los bichos me sorprendió, venía de lo de las estatuillas y de los espectros y de pronto aparece en esta cosa tipo Carpenter.

C. S.: ¡La medusa!

A.: Sí, la medusa. Me hizo acordar a esta película de Carpenter que se llama La cosa. Además la novela tiene esto de ir como anunciando que todo va a ser peor.

C. S.: Sí, todo va a ser peor. Son sueños, son pesadillas.

A.: Sí, es muy onírico, muy visual también.

C. S.: Yo soy visual porque a mí me gusta mucho dibujar. Yo visualizo todo lo que escribo, no me lo propongo, lo veo. Ahora, por ejemplo, que estoy con una novela de piratas y lo tengo loco a un amigo mío que maneja veleros, porque mi experiencia en veleros consiste en sentarme y dejar que el velero vaya. Hay una serie de nombres de maniobras que yo quiero utilizar en la trama, entonces lo llamo, yo la veo, pero no sé cómo se hace la maniobra. Yo sé que la botavara hace este movimiento y si vos no te agachás te rompe la cabeza, y justamente por eso hay una soga y no lo entendía. Y esa medusa debo de haberla visto en alguna pesadilla porque es bastante visual. A mí me gustó jugar con la oscuridad en la oscuridad, él ve cosas en la oscuridad.

A.: Porque además de visualizar, vos lo investigás.

C. S.: Sí, hay mucha investigación. En este que vos leíste no hay mucho porque es todo de la cabeza. En las otras novelas hay mucha investigación, bueno mucha tampoco, hay investigación. Hay una, en el caso del futbolista, en el que hice investigación con periodistas deportivos. En El caso del cantante de rock es muy interesante porque nació de la siguiente manera: resulta que mi mujer es socióloga y en un momento a ella le cae un trabajo de una compañero mío de consultora que tenía una confitería bailable, en Banfield. Tívoli se llamaba. Era una confitería que abría una vez por semana, no me acuerdo si era el viernes o el sábado. Mi compañero, de tanto en tanto, me contaba la vida de la confitería bailable. Yo me imaginaba un galpón. Un día me dice: “mirá, queremos abrir un día más, estamos haciendo un estudio y queremos ver si conviene, porque esto tiene muchos costos”. Y me contó la cantidad de gente que trabajaba. “Pero eso es enorme”, “sí”, y me habló de la facturación y era brutal. Entonces me preguntó si yo conocía a alguien que hiciera estudio de mercado; como yo trabajaba en economía y él era ingeniero, “bueno, mirá, mi mujer”. Yo le pregunté a mi mujer si podía hacer un estudio de mercado y me dijo “sí, claro, nunca hice para una confitería bailable”, así que se buscó un socio con cierta experiencia y ahí marchamos los cuatro, porque la mujer de él también se sumó. ¡Queríamos ver qué era eso del boliche bailable por dentro! Ahí me entero de los matones de la puerta, y de sus frasecitas, y además presenciamos los rechazos. Y hablamos en un momento con él, con el dueño, mi compañero, y le preguntamos por qué rechazaban a estos chicos. Era terrible. Entonces él me dijo: “porque el morochito me ahuyenta al rubiecito”. Era así nomás. La cuestión es que ahí aprendimos una pila de cosas. Y conocí al gerente. Imaginate estar en un boliche, tener que tomar esos líquidos artificiales con alcohol, un dolor de cabeza, con esas luces brutales, la música con un volumen espantoso. Todo eso yo lo uso en la novela. Y al gerente lo describí muy parecido. Lo describo tal cual es. Pero fue muy interesante tener esa visión, tras las bambalinas, de lo que es un boliche bailable. Hay oficinas, escaleras raras, no hay salidas de incendio. Y ahí escribí una frase que los chicos me preguntan, como si fuera un profeta, porque yo pongo algo premonitorio.

A.: Cromagnon

C. S.: No, antes de Cromagon hubo otro, se llamaba Kheyvis Fue antes de eso. Y ahí escribí “yo no quisiera tener que salir de aquí si hay un incendio”. Lo cierto es que después vino el incendio de Kheyvis y los chicos preguntaban si eso había sido antes o después del incendio.
O sea en cada una hay alguna cuestión relacionada con la investigación. En las históricas también. Están las invasiones inglesas, está Akenaton, ésta que estoy escribiendo ahora que me di el gusto de escribir una de piratas en el caribe. Yo vi una película muy linda, y me recordó el placer que me daba ir a ver películas de piratas. Una película que se llama algo así como patrón o capitán del mar Caribe, en la que trabaja Russell Crowe, que es una muy linda película, de una persecución de dos barcos, ambientada en la guerra…. y me encantó porque me recordaba a las películas de piratas que yo veía cuando era chico y que desaparecieron del mapa. Y como Mario había escrito una de piratas, yo también.

A.: ¿Tenés que ver algo con la ingeniería? Porque acá nombrás ciertos términos…

C. S.: No, no, en realidad siempre trabajé con proyectos vinculados a la ingeniería. Mi viejo era ingeniero. Yo trabajé en un holding internacional, Techint, que hace montajes de este tipo. Entonces conozco.

A.: ¿Nunca tuviste que tomar alcohol para inspirarte?

C. S.: No, no. Sabés que yo no creo en eso. A mí el alcohol me duerme. Además después hay muchos escritores que terminan confesando que nunca escribieron nada bueno bajo los efectos del alcohol. Eso es un mito. Y es razonable que sea así. Vos tenés que tener cierto grado de lucidez para escribir. Por ahí el alcohol te da en algún momento una imagen y después vos la aprovechás cuando estás lúcido, si te acordás. Pero si estás borracho estás borracho. Claro, porque a mí me gusta mucho Carver, que es un tipo que dijo que no había escrito jamás bajo los efectos del alcohol aunque había sido alcohólico. Él sólo canalizaba ahí su angustia. Este pobre hombre, Poe, los momentos de lucidez según Cortázar eran cuando él escribía, eran los momentos buenos, claro, porque cuenta que tuvo veinte mil caídas. Hay un libro muy lindo que tengo yo, viejo, viejísimo, que tiene una introducción en el que Cortázar expresa su amor por Poe y escribe una biografía de él. Me imagino que habrá sido un biógrafo correctísimo, pero no era un biógrafo oficial. Y Cortázar ubica cuentos en los momentos en los que el pobre Poe zafaba de sus crisis. El mejor de sus cuentos lo escribió al salir de una de sus peores crisis, ya cerca de los cuarenta y pico. Y la última crisis fue por el alcohol. Lo fue a buscar a un editor, ya estaba en la lona, y creo que fue a Nueva York, no estoy seguro, porque encontraron un tipo que le iba a financiar… una revista, porque él quería hacer una revista. Y el tipo pasa un ratito y le dan un oporto.

A.: Lo invitan a Washington, y llega borracho.

C. S.: Sí, a Washington. Pasa por la casa de alguien a tomar un trago. O sea, tuvo una mala suerte brutal. Pero en los momentos en los que estaba lúcido, escribía. Qué sé yo, puede ser. Uno extrapola su experiencia y dice “no, el alcohol no sirve”, pero por ahí algunos pueden.

M. M.: Malcom Lowry, que vivía borracho. Otros lo han tomado como tema. Castillo por ejemplo, lo menciono a Castillo porque leímos Israfel. Castillo escribió una obra maravillosa de teatro sobre la vida de Poe.

C. S.: Ah, no sabía. Yo a Abelardo Castillo siempre lo he esquivado.

M. M.: Es la vida de Poe. Y él toma el alcoholismo como tema de su propia obra.

C. S.: El amontillado lo debe haber escrito con mucho placer. Lo que pasa es que digamos: Poe era un torturado. El alcohol era uno de sus problemas.

M. M.: Era como el poeta romántico.

A.: Atormentado.

M. M.: Claro. La imagen del poeta romántico.

C. S.: Se lo tomó en serio.

M.M.: Nosotros acá leímos algo, estuvimos buscando en internet, que es la negación de parte de la leyenda, por ejemplo, que no murió de delirium tremens y perdidamente borracho en la taberna, sino que lo mataron, bueno, que su físico no resistió una costumbre que había entre republicanos y demócratas que era mamar gente, incluso la palabra en inglés no la recuerdo pero era una mezcla de alcohol y de droga. Y entonces los hacían votar. Y Poe no lo resistió. Dicen que incluso en ese momento estaba en recuperación.

C. S.: Sí, la imagen es que murió en la puerta.

M. M.: Sí, tirado en la puerta.

C. S.: Yo me lo imaginé en una noche de frío y de nieve. Además tiene una cara… esa foto, es maravilloso porque es la imagen de un tipo así. Y es chiquito, te dan ganas de acariciarlo.

M. M.: Bueno, para ir cerrando… no sé si quieren decir algo más, alguna reflexión más sobre la obra de Carlos y de Poe.

A.: ¿Qué hace Bradbury acá? (Señala un ejemplar de Crónicas marcianas)

M.M.: Bueno, qué hace Bradbury…. Vos mencionás en estas palabras de recomendación a los lectores, textualmente “Basta leer una carilla de La casa Usher para comprobarlo. Hay quienes afirman además que al abrir sus libros una misteriosa corriente de aire helado les eriza la piel y debe ser cierto, yo creo haberla sentido”. Sobre La caída de la casa Usher hemos hablado aquí que es el cuento extraño por antonomasia y Bradbury tiene un hermosísimo cuento que se llama Usher II, magnífico cuento.

C. S.: Ah, mirá. Este libro yo lo he releído veinticinco mil veces.

M. M.: ¿Y no te acordás?

C. S.: Para nada.

M. M.: En Usher II, un tal Stendahl y un tal Garret, un homenaje al hombre de las mil caras, llevan a todos los censores, los que han eliminado del mundo super moderno, límpido del futuro, donde no se permite la fantasía, las películas y los libros de Poe. Y los va matando a todos, pero con sistemas literarios, con en el barril del amontillado, con estas cuestiones que los tipos han prohibido sin saber. Es más, creo que lo más interesante es esta intertextualidad. Comienza así: “Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes se cernían deprimentemente bajas, recorría a caballo una región del país singularmente lóbrega, y al fin al acercarse las sombras de la noche me encontré delante de la melancólica Casa Usher. El señor Stendahl dejó de recitar”. Empieza recitando “La caída de la casa Usher”

C. S.: Sí, sí, mirá, vos sabés que ahora que me doy cuenta, ese libro yo lo leí, mirá cómo se juntan las cosas, cuando yo descubrí a Cortázar, en la década del sesenta, y que fue más o menos cuando leí a Poe.

M. M.: Acá, para mencionar una vez más, además de a tu señora, a Borges, él hace el prólogo y la traducción en la década del cincuenta. Borges habla algo de revivir terrores: “Hacia 1909 leí con fascinada angustia en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe Los primeros hombres en la luna de Wells, por virtud de estas crónicas de concepción y ejecución muy diversa me ha dado revivir en los últimos días del año 1954 aquellos deleitables terrores”.

A.: Está escrito, creo, en el cuarenta.

M. M.: En el cincuenta y cuatro, creo.

C. S.: Lo que pasa que en esta época yo los prólogos no los leía.

A.: Pero habla sobre el futuro.

C. S.: Termina en el 2005. Ah, no, en el 2026, pronto.

SERGIO LANGER: “SOY UN PRIVILEGIADO PORQUE TRABAJO DE LO QUE ME GUSTA, SER DIBUJANTE”

Martes, Diciembre 27, 2011

 

Libro de arenapublica una entrevista hecha al humorista gráfico Sergio Langer, creador de la Revista “Lapiz Japonés” y el personaje del diario Clarín “La Nelly”. Se trata de un reportaje abierto sobre historietas y dibujos en el marco del cierre de la Semana de la Historieta organizada por Bibliotecas para armar y llevada a cabo en la Biblioteca Bartolomé Mitre.

 

Mateo Niro: Durante toda esta semana estuvimos realizando actividades relacionadas con la historieta y queríamos terminarla de la mejor manera: con ustedes y con la visita de Sergio Langer que es un historietista excelente y la idea es que ustedes le puedan preguntar todo lo que quieran.

Sergio Langer: Hola chicos. Les voy a contar una cosa, yo trabajo hace ocho años en Clarín y durante un tiempo hice la historieta de “Nelly” en la parte de atrás del diario. En esta historia hay varios personajes aparte de Nelly, están Los Pibes Chorros que viven en el mismo barrio, hay una boliviana que vende verdura y un chino que tiene un supermercado. Pero como me porté mal y puse cosas que no les gustaron a los del diario no estoy más en la parte de atrás y me mandaron adentro, donde obviamente se lee menos la historieta. Además trabajo en un diario peruano que se llama El Comercio de Lima.

Les voy a ir pasando unos libros para que los vayan viendo y mientras les cuento lo que hace Pepe. Uno de los tantos libros que hizo Pepe se llama Matías y el pastel de fresas. ¿Saben lo que son las fresas? Frutillas, pasa que él es chileno y ahí dicen fresas. Yo soy dibujante, cuando era chico dibujaba todo el día. ¡Levante la mano el que le gusta dibujar! Yo creo que todos dibujamos, a cualquiera que le dan un lápiz y un papel dibuja. Lo que pasa es que muchos seguimos dibujando cuando somos grandes. Yo cuando terminé la escuela seguí dibujando y un buen día fui con mi carpeta de dibujos a una revista a ofrecerlos para hacer historietas y humor y me contrataron a los 19 años. Empecé a dibujar, dibujar y dibujar y ahora estoy acá. ¿Por qué me llamaron? Porque soy dibujante. Entonces, dibujé en la revista Humor que nadie de ustedes conoce porque pasó hace mucho tiempo y ahora como les decía dibujo en Clarín, en Perú, en Francia y en otros países.

 

Público: ¿Cómo mandás los dibujos a todos esos lados?

 

SL: Por Internet. Agarro el dibujo original, lo pongo en un escáner y ya me aparece en la computadora. Lo pinto una vez que lo tengo en la máquina y después lo guardo en una carpeta y lo mando por mail a Perú o a donde sea. Y todo esto lo tengo que entregar a una hora determinada porque los diarios, las revistas, tienen un momento donde cierran la edición para imprimirla en papel, entonces tengo, por ejemplo el martes a las siete de la tarde, que mandarles el dibujo y a veces estoy que no se me ocurre nada pero lo tengo que mandar sí o sí porque es mi trabajo, es un trabajo como cualquier otro el ser dibujante. Y yo soy un privilegiado porque trabajo de lo que me gusta, ser dibujante.

 

P: ¿Cómo hacés cuando no se te ocurre nada?

 

SL: Agarro la carpeta sin que nadie se dé cuenta y agarro un chiste viejo (risas). Y bueno, es como un cantante. ¿Acaso Ricky Martin canta siempre canciones nuevas? ¡No! Eso es cuando no se me ocurre nada, pero generalmente algo se me ocurre, porque uno está acostumbrado, es nuestro trabajo. Yo digo que dibujo para no laburar, pero al final es un laburo porque a fin de mes voy al mercado a comprar la comida con la plata que me pagaron en Perú, en el Clarín y encima me gusta. Así que ojalá que algún día ustedes puedan hacer lo que les gusta y encima les paguen.

 

P: ¿Cuál de todos tus dibujos es el que más te gusta?

 

SL: Me gustan todos los dibujos que hago.  Pero no es que haya uno en especial, a veces hago alguno que no me gusta mucho como queda pero lo mando igual.

 


 

P: ¿Desde cuándo dibujas y cómo empezaste?

 

SL: Empecé de muy chiquito. Dibujaba en las bolsas de papel  en la cuales mi mamá traía las compras. Mi mamá estuvo en la Segunda Guerra Mundial, que fue terrible, ella vino desde Rumania y mi papá vino desde Polonia; a mí me quedó eso, por eso dibujaba todo el tiempo guerras porque mi mamá algunas cosas me contaba y otras me las imaginaba. Y como me gustaba ver películas de guerra pero mi mamá no me dejaba, me ponía a dibujar soldados, explosiones y esas cosas. Y después de más grande cuando fui a la escuela seguí dibujando y me metí en la facultad a estudiar arquitectura entonces aprendí a hacer casas, pero por suerte me dediqué a hacer chistes.

 

P: ¿Cuánto se tarda en hacer una historieta?

 

SL: Por ejemplo, la tira de Nelly me lleva dos o tres horas, pero como soy muy disperso y me pongo a chatear o mirar mails en la computadora o a hacer otras cosas estoy como seis horas pero la realidad es que tardo dos horas. En dos horas la hago y se la mando a un amigo que la pinta y él mismo después la manda al diario. Se la mando a las cinco de la tarde, él la pinta en una hora y la manda al diario.

 

SP: ¿Las hacés de un día para el otro?

SL: Sí, pero si fuera más organizado podría hacer diez todas juntas y ya las tengo. Porque el guión ya está hecho, porque no lo hago solo. Lo hago con un amigo, siempre es bueno trabajar con amigos porque así uno no se aburre.