Archivo Categoría 'Antología personal (Reseñas bibliográficas de clásicos y novedades)'

LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES

Viernes, Mayo 17, 2013

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Por Mateo Niro


Se sabe que esta novela anónima inaugura el género de la novela picaresca que, de alguna manera, continúa hasta nuestros días. Fue publicada por primera vez en 1554 en España. En los albores, gozó del éxito y sufrió las censuras esperables en los tiempos que corrían. Luego, siglos después, millones de adolescentes en las escuelas secundarias lo fueron leyendo hasta acá. Se trata de un niño que, por su desventura familiar y su espíritu inquieto, se suelta a la calle a tratar de sobrevivir hasta donde sus instintos y el azar le den cuerda. En los siete episodios de la novela tiene amos que deberían guardarlo y más bien lo hambrean lo suficiente para él tener que odiarlos y desearle la desgracia o, al menos, el abandono: un ciego, un clérigo de Maqueda, un escudero, un fraile de la Merced, un capellán, el alguacil y el arcipestre de San Salvador, entre otros.

Desde el prólogo el narrador protagonista, el propio Lázaro de Tormes, le escribe a un respetado “Vuestra Merced”. Es ahí que le revela que deberá contarle de pe pa toda su vida para que pudiera entender, por fin, aquel caso que él le debe responderle: si es verdad algo que le ha llegado como habladuría a sus oídos y atañe al Arcipestre, su amigo. Así, toda la novela está escrita en segunda persona y, por lo visto, desde tiempos ha , no habla más que de líos de faldas.

Vuestra merced crea,   cuando esto le oí, que estuve en poco de caer en mi estado,   no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna  serme adversa.   Allí se me representaron de nuevo mis fatigas,   y torné a llorar mis trabajos;   allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor:   finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera.   Y con todo, disimulando lo mejor que pude:

-Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios: deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansí fui yo loado della fasta hoy día de los amos que yo he tenido.

-Virtud es esa -dijo él- y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien. 

 

 

 La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades

 

 Anónimo

 

 Buenos Aires, Cántaro, 1995

EL SIMPLE ARTE DE CHANDLER

Martes, Marzo 26, 2013

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En el aniversario del fallecimiento del escritor estadounidense Raymond Chandler, Libro de arena presenta un texto epistolar perteneciente al autor.

 

Raymond Chandler, al parecer, ha escrito miles de cartas. Muchas de ellas se han publicado en este libro, con una edición cuidada en donde Tom Hiney y Frank MacShane metieron mano. Esto significa que las cartas fueron seleccionadas y, a su vez, no se transcriben en su integridad sino lo que los editores consideraron relevante para el libro. La traducción al castellano es de César Aira.
Chandler dictaba sus cartas a un grabador y su secretaria, al día siguiente, las transcribía. En general, son remitidas a agentes literarios, editores, admiradores y colegas. No hay amigos y el trato se vuelve más humano sólo al final del libro, al morir Cissy, su esposa de toda la vida. Salvo eso, Chandler habla sin parar de dinero y se desboca con libros o films que le repugnan.

Carta a Deirdre Gartrell,
8 de mayo de 1957.
¿Puedo comentar el hecho de que en ninguna de las cartas que me ha mandado me ha dicho nunca nada sobre algo que estuviera fuera de sus pensamientos? Nunca me ha descripto su cuarto, su universidad, el edificio, la ciudad, la atmósfera, el clima, qué clase de lugar es Armidale. Quizá usted piense que esto no es importante, pero para mí indica un estado de ánimo; un estado de ánimo que debe de ser desdichado. (…)
 
 
 El simple arte de escribir. 
 Cartas y ensayos escogidos 
 Raymond Chandler
 Buenos Aires, Emecé, 2002

CARTA A MI JUEZ

Jueves, Marzo 21, 2013

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El tema del enigma en la literatura encuentra en la narrativa policial su forma moderna más acabada; en este caso Libro de arena publica un comentario acerca del libro Carta a mi juez de Georges Simenon, que inquieta por el  trabajo a contrapelo que hace el relato con las reglas del género.

 

Por Mateo Niro
George Simenon publicó en 1951 una de sus tantísimas novelas: Carta a mi juez. El nombre infiere, a simple vista, su rasgo más peculiar: la novela es una carta, una única, que tiene la exacta extensión de la novela. Con esta carta, el autor belga arma un relato policial que sufre, una vez más, una variante singular. Si en todo relato del género, hay un enigma a develar por, básicamente, el lector, aquí el enigma es saber cuál es ese enigma. Hay un crimen, eso sí, y queda claro desde las primeras líneas. También que el doctor Charles Alavoine, quien remite la carta, es el autor de tal crimen. Lo que es incógnita es saber a quién asesinó y cuál fue, a fin de cuentas, el móvil.
Por eso, esta novela trastoca los elementos tradicionales del policial, o siquiera la ortodoxa cronología narrativa: aparece un muerto – hay indicios fácticos o teóricos – se descubre el asesino. En Carta a mi juez, el orden es el inverso.
La carta de Alavoine es una confesión a su juez, como aquella que deja el suicida dando cuenta de sus decisiones finales, o como aquella que apoya con sigilo en la mesa el desamador antes de cerrar por última vez la puerta, o como el hijo que abandona el hogar sin mirar atrás. Será por eso que esta novela fue tratada en su momento como un excepcional relato psicológico. Quizás lo sea, pero lo que sí puede firmarse es que es una carta, la coartada del desesperado, el hiato que le permite correr antes de que una mano amiga interrumpa lo que ya se le ha vuelto inevitable.

 

 Carta a mi juez
Georges Simenon

Luis de Caralt, Barcelona, 1963

Mi madre empezaba a hacerse vieja y, negándose a admitirlo, se consumía en las faenas de la mañana a la noche.
Bien. Le seré absolutamente sincero. Si no, mi juez, no vale la pena escribirle. Le voy a resumir en dos palabras mi estado de ánimo de entonces.
Primero: cobardía.
Segundo: vanidad.
Cobardía, porque yo no tenía el valor de decir no. Todo el mundo estaba contra mí. Todo el mundo, por una especie de acuerdo tácito, me empujaba a aquel matrimonio.
Ahora bien, yo no deseaba a aquella mujer tan sorprendente. Tampoco deseaba especialmente a Jeanne, mi primera mujer, pero, en aquella época, yo era joven, y me casé por casarme.

FLECO Y LAS PALABRAS

Jueves, Mayo 10, 2012

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Los chicos que como al protagonista de esta historia les gusta leer, se sumergen en el lenguaje, en las palabras, en su sonoridad y sus sentidos e inventan historias sobre lo que les pasa. Libro de arena presenta una reseña sobre el reciente libro para chicos Fleco y las palabras de Claudia Maiocchi, cuya lectura recomienda fervientemente.

 

Por Mateo Niro

Fleco es el nombre de un libro muy divertido de Claudia Maiocchi editado por la Abran Cancha, la editorial de la genial Adela Basch. A Fleco, el protagonista del libro, un chico de 12 años, le gusta muchísimo leer. Y también contar historias. Tanto, que sus amigos de la escuela, cuando tienen hora libre, apagan la luz y le piden a Fleco que les cuente relatos de fantasmas, de sótanos misteriosos y de pasos tenebrosos en la noche. Por esa habilidad y por pura astucia, Fleco se transformó así en un escritor profesional de piropos, versos y redacciones para sus compañeros.

Este libro narra tres historias que tienen a Fleco como protagonista. La primera cuenta sobre cierto día en que la maestra les tomó una prueba de lengua muy muy fácil y Fleco, por el afán de divertirse o demostrar todas las posibilidades que dan las palabras, respondió la consigna como mejor le parecía (y no como se debía). En el segundo cuento, el de “El extraño caso del Dr. Fleco y Mr. Chat”, lo que pasa es que Fleco se enamora de Carolina y que alguien le usurpa su alias del chat y comienza a decirle cosas feas a ella como si fuera él. Eso hace que el superhéroe de la gramática deba transformarse en el superciberdetective. El último de los cuentos es un relato íntimo que muestra a la autora reflexiva y afectuosa con el personaje de su libro, el propio Fleco.

 

Claudia Maiocchi

Ilustraciones de Alex Dukal

Ediciones Abran Cancha.

 

LAS CARTAS ELEMENTALES

Viernes, Marzo 2, 2012

 

En esta breve reseña de una de las más célebres novelas policiales, se exhiben las distintas funciones que tienen las piezas epistolares para la trama, el relato y la vida.

 

 

Por Mateo Niro

 

Sobre El sabueso de los Baskerville, muchos dicen que se trata de la mejor novela de la saga protagonizada por el más famoso de los investigadores de la literatura, Sherlock Holmes. Una curiosidad de la obra es que su escritura se corresponde con un tiempo histórico posterior al fallecimiento del personaje, que había muerto en un relato previo, El problema final.

La trama, acá, se basa en una leyenda oscura sobre la familia de los Baskerville, sobre la cual pesa una maldición por pecados de la sangre de los antepasados. Charles Baskerville ha muerto de una muerte supuestamente natural y su heredero más próximo es Henry, quien debe viajar desde Estados Unidos a Inglaterra para hacerse acreedor de los bienes. Cuando arriba, lo recibe una carta anónima, de esas interesantes amenazas con letras recortadas de los diarios y las revistas. A partir de allí comienza su intervención el célebre detective y su fiel ayudante: ese mensaje intimidante es la primera pista para la pesquisa que lleva adelante el héroe, la búsqueda del diario que brindó la materia prima.

Las piezas epistolares en la novela son de lo más heterogénea por su propia morfología pero también, y fundamentalmente, por la función que cumplen en la propia novela: hay telegramas que son, más bien, un registro no tanto del mensaje sino de la presencia (o no) del destinatario; hay largas cartas a Holmes de parte de Watson, anoticiándole de los sucesos que se dan en el páramo, marco ideal para el desarrollo de la trama (Holmes, supuestamente, no se encontraba en el teatro de los acontecimientos durante la investigación), que constituyen así la narración en sí de la novela; están los restos de una carta casi calcinada que sólo conserva la cola del mensaje y las siglas de su autora, L. L., que son uno de los indicios más fuertes que irán armando el rompecabezas de quién fue y por qué el que tomó la leyenda para sí y así lograr cosas más mundanas que las maldiciones esotéricas.

Las cartas, más allá de lo que dicen, son lo que son.

 

 

Mansión de los Baskerville, 15 de octubre

Mi querido Holmes:

Aunque durante los primeros días de mi misión no hubiera demasiadas noticias, usted ahora reconocerá que estoy recuperando el tiempo perdido y que los acontecimientos se suceden sin interrupción. En mi último informe concluí con la descripción del hallazgo de Barrymore en la ventana y ahora tengo ya una excelente segunda parte que, si no estoy muy equivocado, le sorprenderá bastante. Los acontecimientos han tomado un sesgo que yo no podía prever. En ciertos aspectos, las cosas se han aclarado mucho durante las últimas cuarenta y ocho horas y en otros se han complicado todavía más. Pero voy a contárselo todo, y así podrá juzgar por sí mismo.

 

 

El sabueso de los Baskerville

Arthur Conan Doyle

Buenos Aires, Salim Ediciones, 2011

 

Gentileza del Centro de Documentación Epistolar.

LOS RÍOS PROFUNDOS

Martes, Enero 31, 2012

 

Por María Pía Chiesino

Para librodearena

 

En 1985 cursé un seminario sobre Arguedas en la facultad. Llegaba de trabajar y a veces se me cerraban los ojos pero lo hice. Leí toda la obra editada que se conseguía en Buenos Aires hasta ese momento. De todas sus obras, la que más me gustó, y me sigue gustando, es Los ríos profundos, una bella novela de aprendizaje.

Su protagonista, Ernesto, es un chico de trece años que nos cuenta la historia de los viajes que realizaba con su padre por los pueblos de los Andes Peruanos, hasta que éste lo interna en un colegio religioso para que el chico complete su educación formal mientras él busca trabajo como abogado.

Ernesto es una especie de “esponja” que absorbe y sufre, todo lo que observa a su alrededor. En la escuela aprenderá a convivir con sus compañeros, que son “tipos” que representan diferentes aspectos de la sociedad peruana. Y también aprenderá lo que se aprende en cualquier escuela. Y temerá y respetará al Padre Director, a quien no juzga…sólo representa.

En este largo aprendizaje que recorre la novela, cada vez que la repaso sigo eligiendo estos primeros momentos en los que Ernesto recorre con su padre distintos pueblos del Perú, y en el que accede al aprendizaje de aquellas cosas que no se enseñan en ninguna escuela: el canto de los pájaros, los árboles que cada uno de éstos elige para vivir, el fluir de los ríos (que son también los ríos profundos de la cultura quechua y española que se funden en el Perú, la gran metáfora que atraviesa la novela). Esas aguas que pulen piedras inmensas… La batalla de los niños contra los pájaros…

Toda la descripción que se hace cuando comenzamos la lectura de Los ríos profundos (después de que el  padre  de Ernesto ha intentado, sin éxito, conseguir un trabajo en Cuzco y poder establecerse), nos llevan de la mano por esos hermosos paisajes donde se compara a los campos de linaza con las grandes lagunas andinas.

Y nos quedamos con las ganas de escuchar a esa orquesta que toca huaynos…en los que: “La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja…”. Esas arpas que se tocan con los ojos cerrados…y por eso nos siguen haciendo viajar.

 

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Mi padre no pudo encontrar nunca donde fijar su residencia: fue un abogado de provincias  inestable y errante. Con él conocí más de doscientos pueblos, temía a los valles cálidos, y sólo pasaba por ellos como viajero; se quedaba a vivir algún tiempo en los pueblos de clima templado: Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio, Andahuaylas, Yauyos, Cangallo…Siempre junto a un río pequeño, sin bosques, con grandes piedras lúcidas y peces menudos. El arrayán, los lambras, el sauce, el eucalipto, el capulí, la tara, son árboles de madera limpia cuyas ramas y hojas se recortan libremente. El hombre los contempla desde lejos; y quien busca sombra se acerca a ellos y reposa junto a un árbol que canta solo, con una voz profunda, en la que los cielos, el agua y la tierra se confunden.

Las grandes piedras detienen el agua de esos ríos pequeños; y forman los remansos, las cascadas, los remolinos, los vados. Las puertas de madera o los puentes colgantes y las oroyas se apoyan en ellas. En el sol, brillan. Es difícil escalarlas, porque casi siempre son compactas y pulidas. Pero desde esas piedras se ve cómo  se remonta el río, cómo aparece en los recodos, cómo en sus aguas se refleja la montaña. Los hombres nadan para alcanzar las grandes piedras, cortando el río llegan a ellas y duermen allí. Porque de ningún otro sitio se oye mejor el sonido del agua. En los ríos anchos y grandes no todos llegan hasta las piedras. Sólo los nadadores, los audaces, los héroes; los demás, los humildes y los niños se quedan; miran desde la orilla, cómo los fuertes nadan en la corriente, donde el río es hondo, cómo llegan hasta las piedras solitarias, cómo las escalan, con cuánto trabajo y luego se yerguen para contemplar la quebrada, para aspirar la luz del río, el poder con que marcha y se interna en las regiones desconocidas.

 

Pero mi padre decidía irse de un pueblo a otro, cuando las montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria.

A mi padre le gustaba oír huaynos; no sabía cantar, bailaba mal, pero recordaba a qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle pertenecía tal o cual canto. A los pocos días de haber llegado a un pueblo averiguaba quién era el mejor arpista, el mejor tocador de charango, de violín y de guitarra. Los llamaba y pasaban en la casa toda una noche. En esos pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Las casas que alquilaba mi padre eran las más baratas de los barrios centrales. El piso era de tierra y las paredes de adobe desnudo o enlucido con barro. Una lámpara de kerosene nos alumbraba. Las habitaciones eran grandes; los músicos tocaban en una esquina. Los arpistas indios tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los cantos.

 

En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen visiblemente a lugares ya conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los arbustos que crecen en las orillas de las aguadas. Y según el tiempo su vuelo es distinto. La gente del lugar no observa estos detalles, pero los viajeros, la gente que ha de irse, no los olvida. Las tuyas prefieren los árboles altos, los jilgueros duermen o descasan en los arbustos amarillos, el chihuaco canta en los árboles de hojas oscuras, el saúco, el eucalipto, el lambras; no va a los sauces. Las tórtolas vuelan a las paredes viejas y horadadas; las torcazas buscan las quebradas, los pequeños bosques de apariencia lejana; prefieren que se les oiga a cierta distancia. El gorrión es el único que está en todos los pueblos y en todas partes. El viuda pisk’o salta sobre las grandes matas de espino, abre las alas negras, las sacude, y luego grita. Los loros grandes son viajeros. Los loros pequeños prefieren los cactos, los árboles de espino. Cuando empieza a oscurecer, se reparten todas esas aves en el cielo; según los pueblos, toman diferentes direcciones y sus viajes los recuerda quien las ha visto, sus trayectos no se confunden en la memoria.

 

Cierta vez llegamos a un pueblo cuyos vecinos principales odian a los forasteros. El pueblo es grande y con pocos indios. Las faldas de los cerros están cubiertas por extensos campos de linaza. Todo el valle parece sembrado de lagunas. La flor azul de la linaza tiene el color de las aguas de altura. Los campos de linaza parecen lagunas agitadas; y, según el poder del viento las ondas son menudas o extensas.

Cerca del pueblo, todos los caminos están orillados de árboles de capulí. Eran los únicos árboles frondosos, altos, de tronco luminoso; los únicos árboles frutales del valle. Los pájaros de pico duro, la tuya, el viuda pisk’o, el chihuaco, rondaban las huertas. Todos los niños del pueblo se lanzaban sobre los árboles, en la tarde y al mediodía. Nadie que los haya visto podrá olvidar la lucha de los niños de ese pueblo contra los pájaros. En los pueblos trigueros se arma a los niños con hondas y latas vacías; los niños caminan por las sendas que cruzan los trigales, hacen tronar sus hondas, cantan y agitan el badajo de las latas. Ruegan a los pájaros en sus canciones, les avisan: “¡Está envenenado el trigo! ¡Idos, idos! Es del señor cura. ¡Salid! ¡Buscado otros campos!” En el pueblo del que hablo, todos los niños estaban armados con hondas de jebe; cazaba a los pájaros como a enemigos de guerra; reunían los cadáveres a la salida de las huertas, en el camino, y los contaban: veinte tuyas, cuarenta chihuacos, diez viuda pisk’os.

Un cerro alto y puntiagudo era el vigía del pueblo.

 

 Fragmento de:

 

 Los ríos profundos

 José María Arguedas

 Buenos Aires, Losada, 1972

PEDRO, COMO ÍCARO

Lunes, Enero 23, 2012

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Libro de arena publica una reseña sobre una novela infantil, Pedro aprende a volar, de Lorena Piñeiro, que cuenta cosas de grandes a través de los ojos de un niño que va conociendo, según los días que pasan, de las aves y de la vida. 

 

Por Mateo Niro

Para librodearena

 

Libresa es una editorial ecuatoriana de libros para niños y jóvenes de escritores latinoamericanos. También de clásicos universales para la lectura escolar o para donde se esté a la edad cualquiera.

Uno de sus libros últimos de la colección “Mitad del mundo” se llama Pedro aprende a volar y es de Lorena Piñeiro, escritora moronense.

La historia trata de Pedro, que tiene 10 años y vive en un edificio de departamentos del cual su padre es el encargado. Le gusta, como a todos los chicos, ir a la plaza, subirse a la hamaca y jugar a la pelota. Pedro tiene muchos amigos en el edificio y también una pretendida llamada Magali.

En el departamento del 3ro. A vive un señor mayor llamado Genaro. Al principio, a Pedro le daba miedo ir ahí a acompañar a su papá cuando le tocaba hacer algún arreglito, sobre todo porque hay una perra llamada Rubia que le ladra y le gruñe. Un día la mamá de Pedro le dijo que el señor Genaro necesitaba un asistente para una investigación que estaba realizando sobre los pájaros y que él podría ser ese ayudante. Un poco por obligación, otro poco por curiosidad y fundamentalmente por la propina, Pedro se transformó de esta manera en el asistente de don Genaro. Esa nueva actividad lo incentivó a prestarles más atención a los pájaros también en la vida cotidiana. Tanto, que en un paseo de fin de semana junto a su familia, Pedro encontró dos pequeñísimos huevitos al lado de un árbol y decidió llevarlos a su casa para cuidarlos, para que nacieran y volaran.

En Pedro aprende a volar se va trazando capítulo tras capítulo un paralelo entre el mundo de los pájaros y el de los seres humanos. Y en ese paralelo lo dulce y lo amargo de la vida se manifiesta de cuerpo entero e intenta planear acompañada por el viento aunque, a veces, traiga consigo la turbulencia.

Será que la idea del vuelo siempre permite alegorías en la ficción y en la crítica que se vuelve a ésta recurrentemente. Pero lo que sorprende de esta novela es que lo que Pedro aprende no es chiste, Pedro vuela por fin.

 

 

“Hoy es mi primer día como secretario de Don Genaro. Llegué de la escuela, me bañé y me puse la camisa que uso para ir a los cumpleaños. A las tres menos un minuto toqué el timbre. Me llamó la atención no escuchar ladrar a Rubia detrás de la puerta. Cuando entré la vi tendida sobre la alfombra al lado del televisor. Dormía.
Don Genaro acercó unas carpetas llenas de hojas. También el grabador y unas cajas repletas de cassettes. Me quedé mirando un rato el aparato. Era muy sencillo. Le pedí permiso y lo encendí. De pronto se escuchó un sonido entrecortado. Era un piar que parecía una frase. Daba la sensación que el pájaro decía “quinto be” y lo repetía.”

 

¡TOING! UNA BRILLANTE COLECCIÓN DE HISTORIETAS PARA CHICOS

Miércoles, Diciembre 28, 2011

 

Por Mario Méndez

 

Mi amigo Roberto Sotelo, especialista en literatura infantil y juvenil, coordina junto a César Da Col, esta colección de historietas para chicos,  de excelente calidad, muy recomendable para iniciar a los chicos en la lectura en general y en la de la historieta en particular. Se han publicado Fuerza Mosca, de Alberto Moreno y Daniel Greco; Elías y el perro de la esquina, de Leo Arias; Torni yo de Trillo, Maicas y Sala y Niko & Miko de J. J. Rovella. Todas muy recomendables.

Generoso como es, Roberto me regaló un ejemplar de cada álbum, y nos lo repartimos con mis hijas. Violeta, la más pequeña, leyó Fuerza Mosca, e hizo esta reseña, que me encantó, babas aparte. Juro que sólo arreglé la ortografía que, como a ella la explicación de lo que pasó hace cincuenta años en la historieta, ay, me dio escalofríos.

 

Por Violeta Méndez

 

Reseña de “FUERZA  MOSCA”:

Al principio era medio impresionante: La explicación de que hace 50 años la directora y el celador raptaron a los chicos y nunca los volvieron a ver, ay me dio escalofríos… pero después  me intrigaba la curiosidad, por ejemplo: cuando desapareció hueso, cuando les agarró miedo por que Colo les respondía cualquier cosa, si yo hubiera sido la directora o el celador uf me hubiera vuelto loca.

Ah y para vos Diego Greco que buenos dibujos los monstruos, parecía que estabas en la escuela Tartuo.

A mi me encantó y tanto que lo terminé en dos noches. Ahora en fines de 2011 tengo 9 años a y por cierto me llamo Violeta. Paz…

 

 Fuerza mosca
 Alberto moreno (guión)
 Diego Greco (dibujos)
 Colección Toing! 

 http://colecciontoing.blogspot.com/

 

 

UNA NOVELA FAMILIAR

Martes, Diciembre 13, 2011

 

La hora de la siesta ha llegado a su fin y los integrantes de los encuentros de “Análisis y crítica de textos literarios” están más despiertos que nunca para su despedida. En esta ocasión, el coordinador del taller, Mario Méndez, comparte a Libro de arena una reseña sobre la última novela trabajada, Missing de Alberto Fuguet. Una novela tan familiar como los encuentros literarios que no dejaron dormir, pero permitieron soñar.  

 

Por Mario Méndez

 

Cada vida es una novela, dice un dicho popular. “La novela familiar del neurótico” es un tema tan recorrido de la psicología que no hace falta ser psicólogo para haber oído hablar de ella, tiene casi tanta fama –ah, la familia otra vez-, como los complejos de  Edipo o de Electra. La familia (la base de la sociedad, decían Kechichian y otros autores de Formación Cívica; “la familia socava la sociedad”, opina Carlos Fuguet, el buscado protagonista de esta novela) ha sido, es y será material literario por excelencia. Alberto Fuguet, con valentía, con poco pudor, con cierta desmesura, se atreve a sumergirse en una historia familiar de desapariciones, decepciones y búsquedas y logra una novela magnífica, que por momentos se hace imposible de dejar.

Alberto Fuguet se erige como personaje, como narrador protagonista, salvo en el largo capítulo titulado Carlos talks, que es cuando precisamente le cede la palabra a su tío ya reencontrado para que sea él quien cuente en primera persona las peripecias de una vida azarosa, extraña, que ha incluido, además del exilio, el ejército, dos divorcios y dos veces la cárcel, la decisión conciente de desaparecer de todos los lazos familiares. Una especie de Wakefield que incluye en su desaparición no ya a su esposa sino a la familia entera. Alberto Fuguet (el protagonista y también el escritor) decide, entonces, buscar a su tío. Mientras tanto, también, busca y encuentra –con relativa facilidad- a su propio padre, que es otra especie de desaparecido, o borrado, familiar. Desencuentra al primo Eddie, que también ha decidido desaparecer de los Fuguet (curioso, ese apellido catalán, cualquiera diría que tiene que ver con fugar), rechaza sin pena al desagradable abuelo paterno, al que no perdona ni aún muerto y convence a la familia (a su padre y a su tío-padrino, especialmente) de que vale la pena encontrar al perdido Carlos.

Y Alberto, protagonista y narrador, encuentra a Carlos, para vertebrar, luego de esa búsqueda, el núcleo de la historia familiar, de la historia del tío, de la novela misma. Encontrado, Carlos niega haberse perdido, primero. Encontrado, y de alguna manera rendido, Carlos acepta finalmente que se ha perdido, que necesitó perderse para ser libre, y que ahora, perdido y reencontrado, quiere –necesita- ese libro que su sobrino ya no quiere escribir y que aceptará escribir para cerrar el círculo, para meterlo nuevamente en la historia de la que se había perdido.

Missing es una gran novela. Vale la pena buscar en ella, y con ella, esas historias familiares tan, pero tan familiares, que todos sin duda conocemos más o menos de cerca, historias de la que el lector, sin esfuerzo alguno, se apropia de inmediato.

 

  Missing

 Alberto Fuguet

 Santiago de Chile, Alfaguara, 2009

CRONOLOGÍA RUIDOSA

Lunes, Diciembre 5, 2011

 

En el marco del taller de “Análisis y Crítica de textos literarios”, una de las participantes de esos momentos de literatura a la hora de la siesta compartidos en la Casa de Bahía Blanca, nos ha dejado una cronología acerca de Antonio Yammara, a propósito de El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez.

 

Por Edit Marinozzi

para librodearena

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1970 - Nace en Bogotá.

1982 -12 años- Conoce a escondidas de sus padresla Hacienda Nápoles, propiedad de Pablo Escobar, una de las haciendas más extensas de Colombia, y centro de operaciones del zar de la cocaína. Atraía a los niños porque tenía más de 200 especies de animales exóticos, hipopótamos, jirafas, elefantes, cebras y avestruces, fue difundida en un reportaje en la televisión, y era de acceso público.

1984 -14 años- Pablo Escobar mató o mandó matar a su perseguidor más ilustre, Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia.

1986 -16 años- Pablo Escobar mató o mandó matar a Guillermo Cano, director del periódico El Espectador.

1989 -19 años- “Ya era un adulto y no había votado todavía”, cuando murió Luis Carlos Galán, candidato a la presidencia del país, asesinato mostrado por la tv, la manifestación vitoreaba a Galán, las ráfagas de la metralleta.

Poco después, Escobar hizo volar a un avión un Boeng 727-21 para matar a un político que ni siquiera iba en él. El político era César Gaviria, su segundo perseguidor más ilustre.

1993 –23 años- diciembre- Atrapan y matan al zar de la cocaína.

1994 -24 años- se graduó con honores como abogado con una tesis sobre la locura como eximente de responsabilidad judicial en Hamlet.

1995 -25 años- pasa a ser el titular más joven de la historia de la cátedra de Introducción al Derecho.

Luego de la discusión académica con sus alumnos, apenas ocho años menores que él, frecuenta los billares de la calle 14, “lugares llenos de humo donde ocurría la otra vida, sin doctrinas ni jurisprudencias”, donde hacía apuestas de poco dinero y tomaba café con brandy. Terminaba el día a veces con uno o dos colegas en esos bares, a veces con alumnas en su cama. (Vivía en un 10º piso.)

Una tarde de marzo, se encuentra con Aura Rodríguez, una antigua alumna, en un ciclo de Buñuel, en un cine de la calle 24.

Un par de semanas antes de Navidad, pasan por la tele del salón de billares el asesinato del político conservador Álvaro Gómez, hijo del uno de los presidentes más controvertidos del siglo y él mismo candidato a la presidencia. La noticia siguiente habla del desperdicio del gobierno en no aprovechar los bienes de Escobar, a casi dos años de muerto el capo. Pasan imágenes dela HaciendaNápolesy un parroquiano, Ricardo Laverde dice: “A ver qué van a hacer con los animales. Los pobres se están muriendo de hambre. Qué culpa tienen ellos de nada.” Este comentario hace que se interese por el hombre. Se entera de que es un “ex convicto”, y se a van acercando. Sabe que espera la llegada de su mujer, a la que quiere mucho. Se lo cuenta mientras caminan hasta la puerta de la casa-pensión, donde se despiden.

No lo ve en el interludio de esa época de fiestas porque Aura, con la que lleva saliendo varios meses, aparece en su casa cinco días antes de Navidad, con una maleta y le dice que está embarazada. “Tengo seis semanas”. “Trae todo. Estamos listos.”

21 de diciembre- la primera ecografía. Sería una niña y tendría perfecta salud.

(El mismo día que un avión que hacía la ruta Miami-Cali se estrellara con ciento cincuenta pasajeros.)

Le gusta pensar que será padre a los 26 años. Nombra a un novelista polaco que habla de la línea de la sombra, que es cuando un hombre siente que es dueño de su propia vida: el escritor es Joseph Conrad.

31 de diciembre- eligen llamar Leticia a la niña.

1996- primer día hábil del año- Se encuentra con Laverde en los billares de la calle 14, quien quiere escuchar un casete. Van a la casa de la poesía. Laverde, después de escuchar el casete, sale corriendo. Lo alcanza en la calle y lo escucha decir “en el avión venía mi mujer”. Los dos reciben balazos. Ricardo Laverde muere.

La bala que le atravesó el vientre sin tocar órganos, pero le quemó huesos y tendones, se alojó al final en el hueso de la cadera, a un palmo de la comuna vertebral. Tres días de cirugías.

Sufre de fiebre- grita- tiene ataques de claustrofobia.

Siente primero odio hacia Laverde, que cede para dar paso al odio hacia su propio cuerpo. Quiere que sus padres, que lo visitan en la clínica, se vayan.

Lo aíslan porque los demás pacientes se quejan. Le explican cómo aplicarse dosis de morfina con el disparador.

Pasó a su casa. Aura lo cuida mientras la niña crecía en su vientre.

El miedo, dijeron los médicos, se llamaba estrés postraumático.

“Puede tener problemas con su vida íntima. La libido es lo primero que se va. Toda disfunción es normal.”

Tiene crisis de llanto, incluso cuando retoma las clases. Una noche, cuando su mujer viene del shower, intenta hablar con él de sus miedos, porque se había extendido entre el alumnado la idea de que él no iba a salir de la situación. Y ella le dice: “Antonio, Bogotá no es una ciudad en guerra. No es que haya balas flotando por ahí, no es que lo mismo nos vaya a pasar a todos”.

“Tú no sabes nada”, quiso decirle, “tú creciste en otra parte. No hay terreno común entre los dos.”

Esa misma noche ella le dice que la niña nacerá en una semana, tal vez por cesárea.

Al día siguiente, al entrar al aula encuentra que los alumnos habían exhibido en el tablero un dibujo erótico y burdo con la inscripción “El profesor Yammara la introduce al derecho”. Sale a la calle desesperado.

1996- Una mañana de agosto nace Leticia, por cesárea. Siente un instantáneo profundo amor cuando ve a su hija recién llegada.

Deja de andar por la calle 14, no frecuenta los billares, dice “así perdí una parte de mi ciudad, una parte de mi ciudad me fue robada.” Se compara con los personajes de “Casa tomada”, de Cortázar.

El médico le hablaba de agorafobia (y él sentía que sufría una claustrofobia violenta).

Le aconseja que escriba un diario. A él los diarios siempre le habían parecido ridículos, una vanidad, “la ficción de que nuestra vida importa”. Y solo registra la grafía de cierre de un signo de interrogación.

1998- “Poco después de que terminara el mundial de fútbol en Francia, y poco antes de que Leticia cumpliera un año de vida” (nota de la cronóloga: si bien el dato del mundial es correcto, Leticia iba a cumplir 2 años. Aquí se desconoce si el autor quiso hacer quedar como despistado al narrador, si fue el autor el propio despistado, y en ese caso, si también lo fueron sus correctores, editores y jurado).

No pasan taxis para el norte de la ciudad (donde él tendría una cita médica), y sí los que iban al centro, pensó primero que nada se le había perdido allí, pero después “allí se me ha perdido todo”.

Así es que vuelve al centro, más de dos años después que recibiera los disparos. Pregunta a la camarera del bar de la esquina del suceso si recuerda la muerte de Ricardo Laverde, pero ella dice que no.

Va a la casa-pensión de Laverde, la casera le da el casete y allí sabe del contenido: era el casete con la caja negra del avión. Ahora entendía por qué el hombre había salido corriendo dela Casade la poesía.

La casera no vuelve, y deja una nota con su nombre y apellido completos.

Demora su llegada a casa porque no podía mezclar los recuerdos del contenido de la caja negra con su vida con Aura y Leticia, y entró a un cine porno.

1999 -jueves santo- Recibe una llamada telefónica: es la hija de Laverde que quiere comunicarse con él, lo invita a su casa quiere que vaya a hablarle de su padre, a contarle lo que sepa.

Esa noche, su mujer compró un regalo para ambos, un consolador. “Hace tres años, Antonio. Y yo te quiero, y estamos juntos.” Él toma tres pastillas de analgésicos, se ducha y se va a dormir. Cree que la única forma de curarse es investigar la verdad de por qué asesinaron a Ricardo Laverde.

Viernes santo - Viaja de madrugada haciaLa Dorada, donde vive Maya Fritts, la hija de Ricardo Laverde.

Llega al mediodía. Maya es apicultora. Lo hospeda, le muestra una caja de mimbre llena de documentación que buscó sobre su madre y su padre.

Sábado – Reconstruyen la historia de los padres de Maya. Ella, voluntaria de los Cuerpos de Paz, y él, un hijo de una familia colombiana venida a menos, que fue aviador. El interesante contexto que este tramo descubre es la relación entre los Cuerpos de Paz, y el uso que se hizo de lo que supuestamente debían enseñar a los campesinos, a autoabastecerse con los cultivos, alfabetización, etc. “Déjame que te cuente lo que está pasando con la marihuana”. Nixon buscando liberar a los EE.UU. de la invasión de la hierba, el voluntario amigo de ellos, Mike Barbieri “un verdadero pionero” les había enseñado cosas a los campesinos. Cosas técnicas, dónde sembrar mejor para que no se vea, cómo empaquetar. Y el padre es el que viaja en avioneta, y lo detienela DEA.

Domingo de Pascua – Van a visitar el zoológico de lo que queda de la hacienda en Escobar (creen que lo conocieron de niños por la misma época).

Tiene con Maya una relación íntima, sin usar el miembro viril. Parece que sigue con disfunción eréctil.

Lunes a la mañana – Vuelve a su casa. Su mujer se ha ido con la niña sin dejar rastros, solo le deja mensajes en el contestador. Él espera que lo vuelva a llamar. Y ahí es un final abierto.

Otro mensaje en el contestador: le pedían que dirigiera una tesis sobre la venganza como prototipo legal en La Ilíada (“un proyecto absurdo”).

2009 – A mediados de año ve por televisión que matan a los hipopótamos del antiguo zoológico de Pablo Escobar. (Es su magdalena. Como en Proust, un sentido, en su caso visual, le despierta la memoria).

Alguna vez escuchó que un hombre debe contar su vida a los cuarenta años. A él le faltan semanas, decide contar unos cuantos días, y  pone en marcha su relato. “Esta historia, como se advierte en los cuentos infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder”.

Lo que contará será el tramo de su vida en que conoció a Ricardo Laverde, el piloto, que, según entiende “es un Wakefield al revés” (nombre del personaje del cuento de Hawtorne, que da nombre al título).

En el relato que escribe no solo caen aviones, sino que también caen las vidas de los personajes, y un país entero.

Han pasado 10 años. No sabemos si recuperó a su mujer y su hija. No sabemos si recuperó la potencia o, simplemente, sublimó esa carencia escribiendo este tramo de su historia.

 

Enlace relacionado: Junto a Juan Gabriel Vásquez