Contando historias
De monstruos y niños
¿Qué son los monstruos? ¿Por qué asustan? ¿Una persona puede transformarse en monstruo? ¿De qué manera?
Los monstruos, brujas, duendes y otros seres maravillosos transitan la literatura desde hace siglos. Cuestionan la realidad tal cual es, desafían las leyes de la naturaleza y abren las puertas de un mundo muy diferente del cotidiano.
Alan, que asiste al taller de literatura infantil, participó de la lectura de algunos cuentos monstruosos y luego, escribió este relato.
Había una vez un chico que iba creciendo, cada vez crecía más y cada vez era más chico. Mientras esto pasaba, se preguntaba, en el fondo: “¿Por qué nadie quiere jugar conmigo?” Un día se encontró con un niño llamado José. Jugaron y se hicieron mejores amigos. Jugaron mucho, mucho y de repente, un día, José le dijo al chico que se iba a mudar a otro lado. Pero él le dijo a su amigo: “No te vayas”. Y José no se fue y fueron felices para siempre.
Leer, vivir, trabajar
Leny tiene 36 años y vive en la Villa 21-24, con sus hijos. Está emprendiendo un proyecto de fabricación de ropa, en un taller que construyó, en su casa a partir de un crédito otorgado por SEDECA. Hablamos sobre la lectura, los libros y el trabajo.
¿Hace cuánto vivís y trabajás acá?
Yo soy de Bolivia, de Cochabamba. Vinimos a vivir acá cuando no había nada de nada. Cuando nos enteramos que había un terreno acá construimos con maderas, cajas de cerveza y usamos una cama como puerta. Empezamos a vivir sin nada: sin luz, sin agua.
De a poco fuimos avanzando y pusimos un quiosco de venta de gaseosas. La idea del quiosco salió porque nos encontramos una heladera…
Si te fijás ahora, el barrio cambió, todas las casas tienen dos o tres pisos. Uno fue avanzando gracias al trabajo, porque a veces uno dice: “Estoy en la villa” y parece que no trabajás, que no hacés nada. Yo no trabajo en blanco, pero trabajo. Tengo el quiosquito, que está acá abajo de mi casa y como eso solo no alcanza, salió la idea del taller de costura y confección de ropa. Yo me estoy capacitando en el Centro Metropolitano de Diseño. El año pasado vendí productos en la feria, armo la mesa, con caballetes, que es la mesa que están usando ahora los chicos para el taller de literatura infantil. Empecé con muy poco, siempre se empieza con poco. Y voy aprendiendo, también, de a poco.
¿Cómo es tu historia antes de llegar a la villa?
Somos una familia, vivíamos en Cochabamba. Mi mamá y mi papá se separan y al separarse mi mamá tiene la visión de otra vida, de una situación mejor. Mi hermana y yo viajamos con ella, a Buenos Aires. Yo empecé a estudiar y terminé el colegio secundario y después hice Enfermería. Fue por mi mamá, porque ella es enfermera; ella me inscribió en a Cruz Roja y pensó que esa sería una salida laboral rápida. Hice la carrera, terminé los tres años pero después no lo ejercí porque no me gustaba. Me causaba mucha angustia el hospital, no era lo que me gustaba. Después conocí al padre de mis hijos y nos mudamos acá…luego de once años me separé.
¿Leés, te gusta leer, tenés tiempo, dentro de todas las tareas que hacés, para leer?
Mi tía me regaló unos libros acerca de la separación, de los momentos que estoy atravesando. También estoy con otro libro sobre los adolescentes -por mi hijo de quince años- y trato de leer a la noche, cuando todos duermen. Después es como que no tengo el tiempo necesario, pero me gusta leer, es un confort para uno mismo. Con la lectura uno mismo empieza a conocer la opinión de otras personas. Es como que uno aprende.
¿Leés otro tipo de libros? ¿Novelas, cuentos?
Antes de tener hijos, sí, leí un montón. De chiquita leí una colección de Billiken, creo que era…. Me acuerdo de La cabaña del Tío Tom, Mujercitas, Hombrecitos, Papaíto piernas largas. Y leí toda la colección, creo que no me faltó ninguno, porque mi mamá nos la compraba -a mi hermana y a mí- . Después de que mi hermana leía uno de los libros, lo leía yo y después las dos lo comentábamos. También leía un libro de historietas que traían moralejas…historietas de las fábulas de Esopo. Era cortito, intenso, eficaz… la historia empezaba y en dos o tres hojas, ya tenías la moraleja.
En la secundaria leí un poco de ciencia ficción. Bradbury, leí algunos cuentos de él. También, en el colegio, leí El túnel, de Sábato. Y leímos su biografía. Siempre me gustó la literatura en la escuela.
¿Y después de la escuela, seguiste con la lectura, de novelas, de cuentos?
No, por mi situación, no. Porque era como que un libro ya no estaba… cuando empezamos acá, a construir… el libro…no. Teníamos el piso de tierra… De vez en cuando comprábamos el diario, yo iba a la sección del horóscopo, o leía alguna historia. Me gusta leer historias, porque se aprende.
La oca de los cuentos
La narración oral como experiencia colectiva posibilita el “armado” de un relato, como un rompecanezas, en el que cada participante aporta una pieza única.
Contar y escuchar historias es una de las formas más antiguas de compartir un momento de juego con otros. Las leyendas y los cuentos tradicionales se han transmitido así a través de los tiempos y de las personas que las escucharon cuando niños y las repitieron luego a los más jóvenes, conservando lo más importante del relato, pero seguramente agregando detalles y condimentos producto de la propia imaginación.
Recreando este proceso, los chicos del comedor “Amigos del Padre Pepe” jugaron a “La oca de los cuentos”, un juego para escuchar, compartir e imaginar historias. Sobre un tablero en blanco se avanza con un dado, como en el tradicional Juego de la Oca, y se llenan los casilleros con una historia que cada participante haya leído, escuchado, o que imagine en el momento y la quiera compartir con los otros jugadores.
Los chicos más grandes narraron aquello que habían leído en la escuela, en casa o en la Biblioteca; los más pequeños, que todavía no saben leer, contaron a otros los relatos que habían escuchado de sus mayores. Y cuando el juego fue avanzando, esta mecánica fue dando paso a la posibilidad de que cada uno creara una historia en el momento, sin importar tanto quién avanzaba por los casilleros, como la posibilidad de aportar alguna idea interesante al cuento que estaba contando el compañero.

