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En el aniversario de su muerte Libro de arena recuerda al escritor francés Victor Hugo con un comentario sobre su obra Los miserables y un fragmento del texto.
Por Pía Chiesino
Los Miserables no es una novela. Los Miserables es un monumento construido por medio de la palabra.
Los Miserables nos presenta la historia de parte de la vida de ciertos personajes, y además (en ese cuerpo textual que supera las 1300 páginas), el narrador nos cuenta la batalla de Waterloo, hace comentarios sobre los chicos que se crían en las calles de París, reflexiona acerca de la pertinencia o no de usar una “jerga” como el caló en la escritura de una novela, describe el funcionamiento del sistema cloacal parisino y critica que no se haga un aprovechamiento económico de los desperdicios…
A medida que leemos Los Miserables tenemos la sensación de que el narrador quiso hablar de TODO. No creo que sea casual que el ensayo de Vargas Llosa sobre esta novela lleve por título La tentación de lo imposible.
Y ante la necesidad de hacer una reseña o comentario se complica pensar en un recorte pero no significa que sea imposible. Y en tren de recortar, para escribir algo acerca de esta novela que acabo de leer, no pude menos que centrarme en su personaje más importante, Jean Valjean. Este personaje hará un recorrido que le permitirá (a pesar de haber pasado casi veinte años de su vida en la cárcel por robar pan para sus hermanos), redimirse no sólo ante los demás sino, y fundamentalmente, ante sí mismo.
El momento en el que se presenta a Jean Valjean reflexionando sobre su propia vida, a comienzos de la novela, nos lo muestra con una gran capacidad de análisis, y con un profundo odio hacia una justicia que sólo sirve, a su entender, para golpear al más débil.
El narrador pone estas reflexiones es en la mente de un personaje “ignorante” pero no “imbécil”.
A lo largo de la novela, el personaje roba, devuelve lo robado, se arrepiente, cambia su nombre para no ser atrapado, es elegido alcalde de un pueblo al que administra con justicia, vuelve a la cárcel y vuelve a huir. Y se transforma en un padre cuando rescata de la miseria a la hija de una prostituta muerta. Este será el acto de redención civil por excelencia que llevará adelante y que coronará toda su vida. Jean Valjean, el delincuente, morirá como un santo.
Este crecimiento inmenso del personaje, no podría sostenerse, si el mismo no tuviera la capacidad analítica que le brinda el narrador. En realidad, podría pensarse que es inverosímil que un personaje sin estudios pueda reflexionar sobre sí mismo, sobre la sociedad y sobre la justicia, de la manera en que Valjean lo hace. Es cierto.
Pero el narrador necesita que su personaje tenga esta capacidad, para poder hacer este recorrido. Por eso distingue la ignorancia de la imbecilidad. Y por eso, cuando Jean Valjean se presenta ante los lectores, sus pensamientos son los que corresponden a un ex presidiario que siente que la sociedad y la justicia de Francia, le arruinaron la vida.
Las juzga y las analiza desde el odio. En ese momento de la novela, no puede sentir otra cosa. A pesar de haber pagado su culpa, la sociedad lo señala y lo rechaza. Es, para todos, el criminal, el que acaba de salir de la cárcel, el objeto de todos los rechazos y el blanco de todas las sospechas. Para casi todos.
No lo juzga de esta manera, el obispo Myriel, que es el único que le da alojamiento en su casa, alimento, abrigo. A pesar de esto, y del agradecimiento que siente, Jean Valjean, no podrá evitar robarle…Pero cuando el obispo, no sólo lo perdone, sino que ni siquiera lo denuncie, las amargas reflexiones sobre la maldad de la sociedad y la justicia humanas, se irán modificando.
Jean Valjean sentirá arrepentimiento, y empezará su camino a ser ese hombre bueno y caritativo, el buen padre de Cosette, esa niña a la que arrebata de una casa que es un infierno, y a la que educa como una persona de bien.
No podría haber mejor redención para el personaje. Y esto sería imposible si, al comienzo de la novela, ese joven, apasionado e inteligente, no hubiera sentido el odio más profundo, hacia una sociedad que rechazaba a una persona que había robado por hambre.
Poder pensar que castigar con la cárcel ese delito, es la peor cara de la moneda de la justicia humana, es lo que le permitirá, poco a poco, y a lo largo de toda su vida, transformarse en un hombre justo.
“Jean era, como hemos dicho, un ignorante; pero no era un imbécil. La luz natural ardía en su interior; y la desgracia, que tiene también su luz, aumentó la poca claridad que había en aquel espíritu. Bajo la influencia del látigo, de la cadena, del calabozo, del trabajo, del ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas del presidiario, se encerró en su conciencia y reflexionó.
Se constituyó en tribunal.
Empezó por juzgarse a sí mismo.
Reconoció que no era un inocente castigado injustamente. Confesó que había cometido una acción mala, culpable; que quizá no le hubiesen negado el pan si lo hubiese pedido, que en todo cado hubiese sido mejor esperar para conseguirlo de la piedad o del trabajo, que no es una razón que no tiene réplica el decir ¿se puede esperar cuando se padece hambre? Que es muy raro el caso en que un hombre muere literalmente de hambre, y que afortunada o desgraciadamente el hombre está constituido de modo que puede sufrir mucho y por mucho tiempo, moral y físicamente, sin que le hiera la muerte, que le era preciso haber tenido paciencia, que esto hubiera sido mejor para sus pobres niños, que había sido un acto de locura en él, desgraciado criminal, coger violentamente a la sociedad entera por el cuello y figurarse que se puede salir de la miseria por medio del robo, que es siempre una mala puerta para salir de la miseria la que da entreada a la infamia, y, en fin, que había obrado mal.
Después se preguntó:
Si era el único que había obrado mal en tal fatal historia; si no era una cosa grave que él, trabajador, careciese de trabajo, que él, laborioso, careciese de pan; si el castigo no había sido feroz y extremado, después de cometida y confesada la falta; si no había más abuso por parte de la ley en la pena, que por parte del culpado en la culpa; si no había un exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la expiación; si el recargo de la pena no era el olvido del delito, y no producía por resultado el cambio completo de la situación, remplazando la falta del delincuente con el exceso de la represión, transformando al culpable en víctima y al deudor en acreedor, poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo había violado; si esta pena complicada con recargos sucesivos por las tentativas de evasión, no concluía por ser una especie de atentado del fuerte contra el débil, un crimen de la sociedad contra el individuo; un crimen que empezaba todos los días, un crimen que se cometía continuamente por espacio de diecinueve años.
Se preguntó si la sociedad humana podía tener el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso de improviso irracional, y en otro su impía previsión; y de apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso: falta de trabajo, exceso de castigo.
SE preguntó si no era injusto que la sociedad tratase así precisamente a aquellos de sus miembros peor dotados en la repartición casual de los bienes, y por lo tanto a los miembros más dignos de consideración.
Presentadas y resueltas estas cuestiones, juzgó a la sociedad y la condenó.
La condenó en su odio.
La hizo responsable de su suerte, y se dijo que no dudaría quizá en pedirle cuentas algún día. Se declaró a sí mismo que no había equilibrio entre el mal que había causado y el que había recibido; concluyendo por fin, que su castigo no era ciertamente una injusticia, pero era seguramente una iniquidad.
La cólera puede ser loca, absurda; el hombre puede irritarse injustamente; pero no se indigna sino cuando tiene razón en el fondo por algún lado. Jean Valjean se sentía indignado.
Además, de la sociedad no había recibido sino males: nunca había conocido más que esa fisonomía iracunda que se llama justicia y que enseña a los que castiga.
Los hombres no lo habían tocado más que para maltratarlo. Todo contacto que con ellos había tenido, había sido una herida. Nunca, desde su infancia, exceptuando a su madre y a su hermana, nunca había encontrado una voz amiga, una mirada benévola. Así, de padecimiento en padecimiento, llegó a la convicción de que la vida es una guerra y que en esta guerra él era el vencido. Y no teniendo más arma que el odio resolvió aguzarlo en el presidio, y llevarlo consigo a su salida.”
Fragmento de:
Los Miserables
Victor Hugo
Buenos Aires, Planeta, 2008