RECORDATORIOS
Jueves, Marzo 15, 2012.
Marguerite Yourcenar, la escritora francesa que escribiera una trilogía de carácter autobiográfico titulada El laberinto del mundo (conformada por los volúmenes Recordatorios, seguido de Archivos del Norte y ¿Qué? La Eternidad), ofrece una escena ideal para reflexionar acerca de la ficción sobre la lectura que aparece en Recordatorios. A continuación Libro de arena cita un fragmento del libro.
“Un álbum de retratos de familia descansaba sobre un velador; dos o tres de sus hojas estaban dedicadas a “tío Octave”. Octave escribiendo, alumbrándose con dos velas que, según cuentan, encendía en ocasiones aunque fuera de día, tras cerrar las contraventanas al mundo exterior; Octave con un antifaz que le tapa la caray cambiándolo por otra máscara; Octave y una calavera, Octave con un ramo de flores, como el que llevaba probablemente la víspera de Pentecostés, al relicario de Santa Rolende; Octave y su jabalí domesticado. Estas poéticas fotografías me dejaron pensativa, claro está. Le pregunté a Paul si conservaba en su biblioteca los libros de nuestro “tío abuelo”. Sólo encontró el primero: Enramadas, y me lo tendió, así como el compendio de muertes edificantes compiladas por la tía Irénée. (…)
El libro del hijo de Irénée se me cayó de las manos a las primeras páginas. Su contenido, compuesto de “pensamientos” , forma que siempre afeccionó y que no le iba bien, dada su falta de estilo incisivo, me afligió casi tanto como los tópicos piadoso de su madre. Después de una primera juventud casi tan ardientemente dedicada a los clásicos como la del “tío Octave”, yo acababa de descubrir de golpe a mis contemporáneos. En busca del tiempo perdido, Los sótanos del Vaticano, Las elegías del Duino, La montaña mágica .Comparadas con aquellos tesoros tan nuevos para mí, las producciones del solitario de Acoz resultaban singularmente pálidas. Es probable que si Paul G. me hubiera prestado aquella noche Rémo, recuerdo de un hermano, su estilo anticuado no hubiera impedido que me conmoviese esta breve obra que para un lector que sepa leer, sangra literalmente por cada una de sus páginas. Si me hubiese tendido las Cartas a José, y yo hubiera tropezado con algunos punzantes recuerdos de adolescencia que Octave, camino ya de la vejez, confiaba a su amigo más joven, seguramente me hubiese percatado de que aquel desamparo del niño puesto bruscamente en presencia de la rutina del colegio y de la brutalidad de sus condiscípulos, aquellos mediocres estudios, su huida gracias a la música que era por entonces el gran refugio de Octave, aquella salud alterada que determinó finalmente a su familia a devolver al muchacho a su querida soledad, todo esto se parecía punto por punto a la historia del joven aristócrata austríaco tal y como yo la había contado un año antes en Alexis. Acaso hubiese advertido también otras relaciones más íntimas entre Octave y el estudiante de Presburgo. La pobreza, sin embargo, tan determinante para Alexis, no entraba en consideración para el joven belga cuya madre había heredado una explotación hullera. Fue una suerte para mí que estos dos volúmenes no figuraran en la biblioteca de Paul G. o, al menos, que no los encontrase aquel día. No hay que cargar demasiado pronto con los fantasmas de la familia.
Recordatorios
Marguerite Yourcenar
Alfaguara, Madrid, 1973.
