EMILY BRÖNTE Y SU CUMBRE

 

En el día de ayer se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de la escritora británica Emily Brönte. En su conmemoración Libro de arena publica una reflexión sobre su célebre obra, Cumbres Borrascosas, clásico de la literatura inglesa, que en su publicación fue duramente criticada y con el tiempo se logró valorarla.  

 

Por María Pía Chiesino

 

Hace una semana terminé de leer Cumbres borrascosas por tercera vez en mi vida. La leí cuando cursé Literatura Inglesa en la Universidad, más tarde (hace pocos años) tuve que leerla nuevamente para dar una clase. Y ahora la releí para encontrarme nuevamente frente a una de las historias de amor más potentes de la literatura de todos los tiempos. El mismo Albert Camus, en el comienzo de El hombre rebelde, dice textualmente: “Heathcliff, en Cumbres Borrascosas, mataría al mundo entero para poseer a Cathie, pero no se le ocurriría la idea de decir que este asesinato es razonable y justificado por un sistema. Él lo haría y ahí se termina su creencia.”

Camus opone los crímenes de pasión a los crímenes de lógica. No hay ninguna lógica en los crímenes o en las crueldades a las que asistimos cuando leemos esta novela.

Sí, nos encontramos frente a una clara oposición entre dos ámbitos que representan la oposición entre la luz y la oscuridad, entre lo legal y lo prohibido, entre la felicidad y la desgracia. Estos ámbitos son, la Granjade la familia Linton, y Cumbres Borrascosas.

Pero la novela está muy lejos de plantear un juego de oposiciones tan sencillo. Porque la historia de amor de Heathcliff y Cathie hace que, estos ámbitos estén cruzándose de manera permanente, desde que se plantea como posibilidad, ya que han crecido como hermanos.

Cuando juntos descubren  la vida paradisíaca y luminosa en la granja de los Linton, siendo niños, ese mismo brillo será el  que cubra de sombras el horizonte amoroso del muchacho.

De origen desconocido, posiblemente gitano, por nacimiento no puede pretender un matrimonio con Catherine.

Lo que no conoce es hasta qué punto ella lo ama. Y no se entera, porque cuando ella se lo cuenta a  Hellen, él está acechando, oculto, y solamente escucha: “Ahora sería mengua para mí casarme con Heathcliff”…sin llegar a oír cuando dice “nunca sabrá cuánto lo amo”. Al escuchar la primera parte de esa declaración, huye de Cumbres Borrascosas. Hellen, personaje cruel si los hay, no le dice en ningún momento a Cathie que ella ha visto todo, y que solamente la joven podría hacerlo regresar confesándole su amor.

Huye convencido de que ella se casará con Linton porque esto le brindará seguridad económica, que es lo que le ha escuchado decir.

Pero Heathcliff regresa, años después, siendo un hombre poderoso y rico .Será el dueño de Cumbres Borrascosas.

Desde que se produce este regreso, las sucesivas visitas de Heathcliff a Cathie ala Granjade Linton, son las que generan ese clima enrarecido y denso en el que nadie se siente feliz, en que ya no hay una casa “luminosa” y otra “oscura”… Es que ya no hay diferencias económicas entre un hombre y otro…lo único que puede marcar una diferencia es el origen noble de Linton, pero esto a ella ya no le interesa. Y a Heathcliff tampoco porque la pasión arrasa con las convenciones sociales.

Ella se obstina en verlo, y para eso presiona a su marido, que, para no contradecirla, acepta esa imposición egoísta, a costa de su propia felicidad, La breve resistencia que Linton opone a estas visitas, Cathie  la controla con un encierro de tres días durante los cuales no prueba la comida y se debilita notablemente. La única que sabe de este ayuno es, nuevamente, Hellen que otra vez, no dice nada porque que se opone al vínculo entre Heathcliff y Cathie  en defensa de “lo que debe ser”, “lo que corresponde”, “lo conveniente”.

Esta debilidad  le costará la vida a Cathie después del parto de su hija.

Aparentemente con esta muerte, la tensión debería terminar. Esto no es así, porque al no poder tenerla. Heathcliff dedica su pasión y  su vida a vengarse, tanto del fantasma de la mujer, como de todos aquellos que la han sobrevivido y tienen alguna relación con esa historia de amor frustrada.

En la venganza de Heathcliff hay una mezcla de cálculo y desesperación que son los que, a mi juicio, lo “salvan” como personaje. Porque él no le ahorra sufrimiento a nadie, empezando por él mismo. Porque no es capaz de amar ni a su propio hijo.

Y  porque el fantasma de Catherine Earnshaw, a quien no podrá olvidar, seguirá rondando la casa, golpeando las ventanas de Cumbres Borrascosas en las noches de tormenta, hasta llevárselo definitivamente con ella, mas allá de la muerte.

 

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Bajé y encontré a Heathcliff esperando en el portal a que le mandaran subir. Me siguió en silencio, y le conduje a presencia de los amos, cuyas encendidas mejillas delataban la reciente discusión. La señora se ruborizó más aún, corrió hacia Heathcliff, le cogió las manos, e hizo que Linton y él se las estrechasen a regañadientes.

A la luz de la lumbre y de las bujías, me asombró más aún la transformación de Heathcliff.

Se había convertido en un hombre, alto, atlético y bien constituido. Mi amo parecía un mozalbete a su lado. Viendo su erguido continente, se pensaba que debía haber servido en el ejército. Su semblante mostraba una expresión más firme y resuelta que el señor Linton, dejaba transparentar inteligencia y no conservaba huella alguna de su antigua inferioridad. En sus cejas fruncidas y en el negro fulgor de sus ojos persistía su natural fiereza, pero refrenada. Sus modales eran dignos y sobrios, aunque no graciosos. Mi amo quedó, al notar todo aquello, tan estupefacto como yo misma. Estuvo un momento indeciso, sin saber cómo dirigirse a él. Heathcliff dejó caer la mano y esperó hasta que Linton optó por hablarle.

-Siéntese -dijo, al fin-. Mi mujer, recordando los viejos tiempos, me ha pedido que le reciba con cordialidad. No hay que decir que cuanto a ella le satisface, me complace a mí.

-Lo mismo digo -repuso Heathcliff-. Estaré con mucho gusto aquí una o dos horas.

Catalina no le quitaba la vista de encima, como si temiese que se desvaneciera-cuando dejara de contemplarle. Heathcliff sólo la miraba de vez en cuando y en sus ojos se pintaba el placer que le producía el volver a ver a su amiga. Estaban tan satisfechos, que ni siquiera les quedaba lugar para sentirse turbados.

El señor Linton, al contrario, palidecía cada vez más, y su enojo llegó al extremo cuando su mujer se puso en pie, cruzó la habitación, cogió las manos de Heathcliff y comenzó a reír.

-Mañana pensaré haber soñado -exclamó-. Me parecerá imposible haberte visto, tocado y oído otra vez. Ni te merecías esta acogida, Heathcliff. ¡En tres años de ausencia, nunca te has acordado de mí!

-Más de lo que tú hayas pensado en mí, Catalina. Hace poco supe de tu matrimonio, y entonces, mientras esperaba abajo, sólo tenía un pensamiento: verte, contemplar tu mirada de sorpresa y de acaso fingido placer, arreglar las cuentas que tengo pendientes con Hindley y quitarme de en medio por mis propias manos. La manera que has tenido de recibirme ha disipado estas ideas en mí, pero procura no recibirme la próxima vez de otro modo. Mas no… Creo que no me despedirás otra vez. ¿Te disgustó mi ausencia realmente? Había motivos. Desde que me separé de ti he vivido tristemente. Perdóname… ¡Todo lo he hecho por ti!

-Haz el favor de sentarte, Catalina, porque de lo contrario vamos a tomar el té frío -dijo el señor Linton, que se esforzaba por dominarse-. Doquiera que el señor Heathcliff vaya a pasar esta noche, tendrá seguramente que andar mucho, y yo, por mi parte, siento sed. (…)

A medianoche la señora Linton vino a mi alcoba, se sentó junto a mi lecho y me tiró del cabello.

-No puedo dormirme, Elena -me dijo como explicación-. Siento la necesidad de que alguien comparta mi dicha. Eduardo está apenado porque me alegro de una cosa que no le interesa, se niega a hablar y no dice más que tonterías y cosas rencorosas, y me trata de cruel porque quiero hablarle de esto cuando se encuentra, según él, cansado y muerto de sueño. Dice que se siente mal: en cuanto algo le contraría siempre sale con lo mismo. Le hice algunos elogios de Heathcliff, y entonces, o por envidia o porque en realidad le duela la cabeza, se ha puesto a llorar. Me he levantado y me he ido.

-No debía usted elogiar a Heathcliff en presencia suya -contesté-. Ya sabe que de muchachos se odiaban. Tampoco a Heathcliff le hubiera agradado oír elogios de su esposo. Los hombres son así. No hable usted a su esposo de Heathcliff, a no ser que quiera usted provocar un choque entre ellos.

-Eso es signo de inferioridad -dijo Catalina-. Yo no envidio el rubio cabello de Isabel, ni su piel blanca, ni el cariño que toda la familia siente hacia ella. Cuando discuto por algo con Isabel, tú te pones de parte suya, y yo cedo en todo, como una madre débil y condescendiente. A su hermano le gusta que seamos buenas amigas, y a mí también. Pero son dos niños mimados, que se figuran que el mundo ha sido creado para complacerles. Yo trato de complacerles, sí, pero no dejo de pensar que les sentaría bien una lección.

-Está usted en un error, señora Linton -dije-: son ellos los que procuran complacerla a usted. Me consta lo que pasaría en caso contrario. Ellos podrán tener algún capricho, pero en cambio no hacen más que amoldarse a todos sus deseos. Y desee usted, señora, que no se presente ninguna ocasión de probar su carácter, porque si llega el caso, ésos que usted supone inferiores y débiles demostrarán tanta energía como usted misma.

-Si es así lucharemos hasta la muerte, ¿no? -repuso Catalina, echándose a reír-. Tengo tanta confianza en el amor de Eduardo, que creo que podría hasta matarle sin que él se defendiese.

Yo entonces le aconsejé que estimara aquel cariño en cuanto valía.

-Ya lo estimo -dijo-, pero él no debería romper en lágrimas por pequeñeces. Eso es una niñería. Cuando le he dicho que Heathcliff merecía ahora el respeto de todos y que cualquiera se honraría con su amistad, ha debido mostrarse conforme conmigo. Tiene que habituarse a él y hasta podría llegar a apreciarle. Heathcliff se portó bien con él, si tenemos en cuenta los motivos que tiene para no sentir simpatía hacia su persona.

-¿Qué opina de su visita a «Cumbres Borrascosas»? -pregunté-. Al parecer, se ha corregido en todo y perdona a sus enemigos, como buen cristiano.

-Estoy tan admirada como tú -respondió ella-. Según él ha explicado, fue allí para preguntar por mí, pensando que tú continuarías viviendo en la casa. José se lo dijo a Hindley, y éste salió y comenzó a hacerle preguntas sobre su vida. Luego le mandó pasar. Había varias personas jugando a las cartas y Heathcliff tomó parte en el juego. Mi hermano le ganó algún dinero y viendo que lo tenía en abundancia le pidió que volviese de nuevo. Hindley es tan abandonado que no comprenderá la imprudencia que comete buscando la amistad de aquél a quien tanto ha ofendido. Heathcliff dice que accede a reanudar las relaciones con mi hermano para poder verme con más frecuencia de lo que le sería posible si viviese en Gimmerton. Piensa pagar bien los gastos de su estancia en «Cumbres Borrascosas» y esto satisfará a mi hermano, que es tan codicioso, a pesar de que cuanto coge con una mano lo tira con la otra.

-Mal sitio es para vivir un joven -dije-. ¿No teme usted las consecuencias, señora Linton?

-Para mi amigo, no. Es lo bastante precavido para librarse de todo riesgo. Si algo temo es por Hindley, pero tan bajo ha caído moralmente, que dudo que pueda descender más. Respecto a daño físico, yo medio entre ambos. La vuelta de Heathcliff me ha reconciliado con Dios y con los hombres. ¡He sufrido mucho, Elena! Si él comprende cuánto, sentirá vergüenza de ensombrecer mi alegría con sus rencores. Y todo lo he soportado por cariño hacia él. Pero ya pasó. En adelante, estoy dispuesta a resistirlo todo. Si el más ínfimo delos seres me diese un bofetón en una mejilla, no sólo le ofrecería la otra, sino que le pediría, además, que me perdonase. Y, para demostrarlo, voy ahora mismo a hacer las paces con Eduardo. Buenas noches. ¡Soy tan buena como un ángel!

Se marchó, pues, muy contenta de sí misma, y a la mañana siguiente quedó evidente el resultado de su decisión.

 

 Fragmento de:

 

 Cumbres borrascosas

 Emily Brönte

 Bruguera, 1980

 

Este libro se encuentra disponible en la biblioteca del Centro Cultural Julio Cortázar, O´ Higgins 3050.

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