Por María Pía Chiesino
La primera vez que leí Boquitas Pintadas, cuando llegué a este punto de la novela, me llamó la atención el uso de la bastardilla que hacía Puig, para advertir a sus lectores acerca de los verdaderos sentimientos de los personajes. Era si se quiere, una novedad técnica.
Cuando tuve que pensar en un fragmento de Puig para conmemorar su fecha de nacimiento, inmediatamente pensé en este. Cuando volví a leerlo, me encontré con esta conversación de Pancho y Mabel, en la que, con el pretexto de hablar acerca de los higos o la antena de la radio, hay un hombre y una mujer que se desean y se miden como tigres.
Mabel no puede dejar de pensar en ningún momento que Pancho es “un negro”. Hay una marca de clase muy fuerte, reforzada además porque ella sabe que es el padre del hijo natural de Raba, su mucama. Esta marca de clase no significa nada cuando el deseo está en juego. A Mabel, Pancho le gusta, lo ve masculino, fuerte (más fuerte que Juan Carlos, sin dudas), y en medio de esa charla “cotidiana”, los dos hacen lo posible para que el final de la misma, sea una cita amorosa, esa misma noche.
Para Mabel, que ya no es virgen, Pancho significa si se quiere, un hombre distinto…distinto de Juan Carlos, que está enfermo…distinto de su novio…que es petiso y con quién va a casarse únicamente por conveniencia económica. De todas maneras, Pancho puede pasar por su cama, pero no quedarse en ella. Es “un negro”, “un suboficial”, el amante de su mucama. A Mabel, Pancho solamente le interesa para acostarse con él algunas veces, antes de casarse, y cuando “no la ve su mamá”.
El deseo de Pancho, por su parte, es muy distinto. Pancho sabe, por Juan Carlos, que Mabel no es virgen…la ve como una presa, como la gallina que va a ser capturada por él, el zorro, esa misma noche, cuando salte la pared. Pero las fantasías de Pancho son diferentes. Si él se transforma en el novio de Mabel, no va a haber uno, sino dos saltos esa noche.
El primer salto va a ser el real, el salto de la pared para llegar al patio y a la habitación de la vecina.
Pero Pancho, que es de origen humilde, aspira a otro salto, en este caso simbólico…y es el que le permitiría cambiar su lugar en el marco social de Coronel Vallejos. En un punto, Mabel es “como todas”…no tiene problemas para indicarle los pasos necesarios para llegar a su cama y acostarse con él. Pero Mabel, además es “blanca” y “maestra”.
Pancho desprecia a las criollas “negras y peludas”. La Rabapuede haberle dado un rato de placer y un hijo no deseado que él va a ver cuando pueda…pero no le interesa formar un hogar con ella. Pacho tiene ambiciones de un cierto ascenso social. Para él, un muchacho humilde que estudió en La Platay es suboficial de policía, la fantasía es pasearse “caminando por la calle delante de la gente con una maestra de escuela” como dice cuando cierra el fragmento.
Pero esto no va a ser posible. En primer lugar, porque a Mabel jamás se le cruzaría por la cabeza semejante situación. Y en segundo lugar, estála Raba…que al verlo salir de la habitación de Mabel, se siente profundamente despreciada, y lo asesina con un cuchillo.
Los sectores sociales, en Coronel Vallejos, no se cruzan. Pancho podría estar con muchas mujeres, pero el “deber ser” indica que la única con la que puede pensar en formar un hogar es conla Raba, de origen humilde, como él.
Después del asesinato de Pancho, la complicidad y la hipocresía de Mabel, son en realidad, una presión para que Raba declare que lo mató por abusar de ella y no por celos. Es presión, es una clara extorsión, y un manejo de poder en el que se le sugiere que hasta puede perder definitivamente a su hijo.
Ante esta amenaza, se autoincrimina, “limpia” la imagen de la maestra, y todas las fichas que podían desacomodarse en el tablero social de Coronel Vallejos se acomodan. Pancho está muerto. Raba es una asesina que lo mató para defenderse. Y Mabel, la maestra, es la señorita de la casa, que va a contraer matrimonio con un terrateniente y que va a presionar a Raba para que no confiese lo que vio.
Mabel no concibe que su matrimonio no se realice porque se acostó con “un negro forzudo”, y su superioridad social, le permite crear un verosímil en el que ella, la señorita Sáenz, no hace más que acompañar a esa pobre muchacha que se vio obligada a matar a un hombre, y de la que no se despega hasta que Raba declara lo que ella le pide. Que no es otra cosa que lo que le conviene, lo necesario para seguir siendo, “la señorita Mabel Sáenz”.
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-Ya que está ahí ¿no me cortaría unos higos? cáscara aterciopelada verde, adentro la pulpa de granitos rojos dulces los reviento con los dientes.
-Buenas tardes, no la había visto, el pie, las uñas pintadas asoman por la chancleta, piernas flacas, ancas grandes.
-Buenas tardes.
-Perdone que ande por este tapial, que si no ponemos una antena no oímos la radio y los presos se me van a andar quejando. Los presos no ven nunca a una mujer.
-Y Ud. también querrá escuchar, no diga que no…negro barato, le brillan el cuello y las orejas, se lava para blanquearse.
-Para qué voy a decir que no…¿Le saco los más maduros, no más, o medio verdes también? mi uniforme de gabardina y botas que brillan.
-No, maduritos no más, otro día yo vengo con un palo y volteo los que se hayan puesto más morados. Me los como, uno por uno, y me tiro en el jardín, no me importa que me piquen los bicharracos del pasto.
-Llámeme a mí, pongo la escalera del otro lado y ya estoy subido al tapial. Me trepo, salto, subo, bajo, la toco.
-¿Y si tiene que hacer algo? ¿O lo único que hace es escuchar la radio? Una sirvienta tuvo un hijo natural.
-Eso no tengo yo la culpa, que no haya ningún robo por ahí. Un balazo, para hacerme saltar la tapa de los sesos.
-Entonces voy a ir yo a denunciar que me roban los pollos. Plumas blancas, plumas negras y amarillas, y marrones arqueadas brillan las plumas de la cola, otras llenan el colchón, blandito, se hunde.
-No le van a creer.
-¿Por qué?
-Porque esta pared está por medio con la Comisaría, bien vigiladito el gallinero. Una gallina blanca para el gallo, no hay un gallo en el corral, a la noche al gallinero se le va a meter un zorro.
-Menos mal, verdad…Lástima que no me pueda meter presas las hormigas, mire cómo me arruinan los rosales…Suavidad de terciopelo, pétalos frescos rosados, se abren, un hombre los acaricia, huele el perfume, corta la rosa.
-¿Qué le anda echando?
-Veneno para las hormigas. Negras, chiquitas, malas, negro, grandote, con los brazos de albañil ¿la habrá forzado a la Raba? ¿De Juan Carlos no sabe nada, Ud. que era amigo de él?
-Sí, me escribió una carta…Juan Carlos pregunta por una guacha.
-Pero también nunca se quiso cuidar, y Ud. que le hacía buena compañía, si no me equivoco… ¿Cuál de los dos más hombre? ¿Cuál de los dos más forzudo?
Juan Carlos era mi mejor amigo, y siempre va ser igual para mí. El albañil tiene casa de material ¿y hembra maestra de escuela?
-¿Dónde está? ¿En aquel sanatorio tan lujoso de antes? Los ojos cerrados los entornaba al besarme.
-No, creo que en una pensión, y va al médico aparte.
-Ese otro sanatorio era carísimo.
-Sí, parece que sí… ¿Arranco éstos que están acá?
-Esos…sí, ya están bien maduritos para comer, y sírvase Ud. también. Los dientes marrón y amarillo.
-Son difíciles de pelar. Te pelo, cáscara verde pulpa dulce colorada.
-Me da miedo que se caiga.
-No me voy a caer, se los alcanzo de a uno, abaraje…Ahí va…muy bien… ¿Se reventó? Las gallinas se espantan, cacarean, aletean contra el tejido de alambre y se machucan las alas, los zorros se escapan por cualquier agujero del tapial.
-Espere que me coma uno…Cuénteme de dónde se hizo amigo de Juan Carlos. Un criollo negro, él era blanco, los brazos no tan morrudos, la espalda no tan ancha.
-Un día cuando éramos pibes lo desafié a pelear. Las zorras tienen la cueva que nunca se sabe dónde, la cueva de la zorra.
-¿Y hace mucho que está en la policía Ud.?
-Entre que fui a la escuela enLa Platay que llegué acá como un año y medio.
-Y a las chicas les debe gustar el uniforme ¿no? La Raba vuelve de Buenos Aires ¿el negro salta el tapial para forzarla otra vez?
-No, es macana eso. ¿A Ud quién se lo dijo? Las blancas sí, que las criollas son negras y peludas.
-Yo sé que algunas chicas tienen debilidad por los uniformes. Cuando yo estaba pupila en Buenos Aires mis compañeras se enamoraban siempre de los cadetes. Un cadete, no un negro suboficial cualquiera.
-¿Y Ud., no? Sí, sí, sí, sí.
-Sí, yo también. No, yo me portaba bien, yo era una santa. Y no se preocupe porque yo tengo novio, y en serio. Buen muchacho, un pigmeo comparado con un negro grandote.
-¿Cuál? ¿Aquel que vino en el verano de la capital? A un petiso lo dejo sentado de una piña.
-Sí, qué otro quiere que sea…
-Uno medio petiso el hombre…Zorra ¿dónde tenés el escondite?
-Me tiene que gustar a mí y no a Ud.
-¿Quiere que le corte unos higos?
-Bueno, esos que están más arriba. No te vayas todavía.
-¿Y la madre? ¿Dónde está? Pero no alcanzo. Tendría que bajar a su patio y subirme por el árbol ¿quiere?
-No, porque si lo ve mi mamá me va a retar, pero si quiere alguna otra vez que esté en la Comisaría, que no tenga nada que hacer, puede bajarse y trepar por el árbol, cuando lo vea mi mamá mejor que no, mi mamá no dice nada, nada, nada y la Raba llega dentro de pocos días.
- Pero su mamá está siempre ¿o no? A la zorra la agarro de la cola.
-Sí, mi mamá está siempre, no sale casi.
-Entonces… ¿Cuándo voy a poder bajar? De noche, de noche.
- De noche, de noche… No sé, mi mamá está siempre.
-¿Ella no duerme la siesta?
-No, no duerme la siesta.
-Pero a la noche debe dormir…Cuando salto el tapial no hago ruido, las gallinas no se van a despertar.
-Sí, pero de noche no se ve bien para trepar al árbol. Un tipo forzudo se trepa como quiere a una higuera.
-Sí que puedo ver…
-Pero no puede ver qué higo está maduro y qué higo está verde. Vení, vení.
- Sí, porque los toco y están más blandos los maduritos y largan una gotita de miel, me parece que me los voy a comer todos yo solo, si me vengo esta noche. ¿A qué hora se duerme su mamá? Ya la agarré y no la suelto.
- A eso de las doce ya seguro está dormida… ¿La habrá forzado a la Raba? ¿Tendrá tanta fuerza para eso? La Raba llega y me encuentra con un negro orillero.
- Entonces esta noche vengo sin falta. La novia del petiso.
- ¿Y la antena ya la colocó? Me muero por darle un beso a un hombre de verdad, como tu amigo.
- Para eso hay tiempo, primero me voy a comer un higo. Voy caminando por la calle delante de la gente con una maestra de escuela.
Fragmento de:
Boquitas pintadas
Manuel Puig
Sudamericana, 1973