Archivo Noviembre 4, 2011

BASTOS DE FIN DE SEMANA

Viernes, Noviembre 4, 2011

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La Semana de la Literatura Paraguaya cierra la serie de publicaciones que organizó para su festejo con un ensayo en torno de la última novela del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, Contravida, Madama Sui, y algunas poesías. Libro de arena presenta este texto que trabaja la relación entre el arte literario del autor y su vida, en una vuelta de tuerca sobre la crítica biográfica, para detenerse a reflexionar durante el fin de semana.

 

EN TORNO A CONTRAVIDA, MADAMA SUI

Y LA POESÍA DE AUGUSTO ROA BASTOS.

 

Por Edgar Valdés

 

Esto no es crítica literaria. Es más bien un manojo de reflexiones sobre Contravida, la última novela de Roa Bastos. Cada vez creemos menos en los análisis con prestigio de saber científico, porque en el fondo no nos dicen nada sobre la calidad enigmática de ciertas obras literarias. Remy de Gourmont definía a los críticos como celui qui ne comprend pas, y cuánta razón que tenía. Más que competencia técnica, lo que hace falta es sensibilidad e imaginación para penetrar en los misterios de una obra, hallar el cauce secreto que le da vida. Pero este descenso a las profundidades del texto — el einfühlung de algunos alemanes– no puede darse de inmediato: solo paso a paso nos va embargando la emoción, y de pronto nos sentimos identificados con él, alcanzamos a verlo simultáneamente desde adentro y desde afuera, en una suerte de desdoblamiento clarividente. Esto es lo que nos pasó con la lectura de Contravida, hecha en apenas un par de jornadas. ¿Discurso sobre el discurso? Es muy posible, pero, ¿qué importa si invita a compartir una experiencia estética? Es quizás lo positivo que tiene todo abordaje de tipo impresionista.

Primera aproximación: Al empezar a leer, recordamos involuntariamente un pensamiento de Macedonio Fernández que dice: «No se trata de escribir cosas nuevas, sino de desescribir lo ya escrito.» Y pensamos: «Lo que hace Roa Bastos es exactamente eso: desescribir lo ya escrito.» Lo confirma en cierto modo el mismo novelista, en traje de narrador: «Por muchas vueltas que se les dé a las palabras, siempre se escribe la misma historia.» Es un pensamiento que se repite en diversas formas a lo largo de la novela. Y otra cosa que nos llamó la atención: ahora el escritor aparece despojado, como de una piel tornasolada, de su antiguo estilo literario. Hoy escribe en un castellano urgente, seco, telegráfico. Casi como quería Azorín: sujeto, verbo, predicado. En conversación mantenida con el escritor en estos días, le recordábamos la invariable respuesta de Miguel Angel Asturias a los curiosos que le interrogaban sobre su última novela. El les contestaba: «La estoy peinando, la estoy peinando.» En esta ocasión y ante una pregunta similar, Roa Bastos nos dijo: «La he peinado tanto que la dejé calva.» Pero Roa Bastos exagera: no toda la novela se ha quedado calva. Al principio, cada tanto, como un relámpago, van apareciendo vestigios del antiguo estilo poético. Es que Roa Bastos nunca dejó de ser poeta, por más que a menudo lo niegue enfáticamente. (Dicho sea de paso: ¿no es un poco sospechoso ese énfasis puesto en lo no-poético?) Otra característica de su estilo anterior, que tampoco se revela de inmediato: su gusto por la frase sentenciosa, de hiriente raíz filosófica: «La verdadera realidad no es para mí sino lo real de lo que todavía no existe.» «Aprendan a hablar en silencio. Hablar no es pensar.» «No vivimos otra vida que la que nos mata.» «No hay cosa tan bien dicha como la que no se dice», etc., etc. La crítica norteamericana –no toda, por supuesto– suele hablar de la voz de un novelista, esa modalidad inconfundible de la escritura que hace que Hemingway no pueda ser confundido con Faulkner ni éste con Melville, y que es como una marca de fábrica, como la música verbal asumida por un escritor. Roa Bastos –¡qué duda cabe!– tiene una voz muy personal, y por más que la «peine» siempre será la misma, sonando inconfundible entre las páginas de un libro.

El viaje fantástico: Pero en definitiva, ¿qué es Contravida? ¿Una autobiografía, la visión de remotos espejismos reflejándose en los cristales del tiempo? ¿Qué significa ese tren sonámbulo que se dispara hacia atrás, recorriendo un itinerario de pesadilla? De niños, recordamos haber leído un cuento titulado La litera fantástica –¿de Kipling?– donde se describía un carruaje que, como el tren de Roa Bastos, flotaba y finalmente se disolvía en el aire. Pero el tren-fantasma de Roa Bastos es diferente: disputa carreras con corceles fantasmas, pelea con serpientes mitológicas, se llena de figuras luminosas –a veces temibles– que brillan por un instante, y luego se deshacen en el vacío. ¿O todo esto aparece solamente en la mente del narrador? Sin embargo, este universo imaginario hace pie en hechos y personajes muy reales –la vida inverosímil del escritor, su traumática relación con los factores de poder– conflictiva casi siempre. Podría decirse que el narrador interno es y no es Roa Bastos, puesto que las peripecias de ambos se parecen como una gota de agua a otra, como el negativo y el positivo de un filme que ha sido soñado o padecido en común. El envión del derrumbe carcelario vomita al narrador –y con él a sus personajes imaginarios– por el túnel del tiempo, en un vertiginoso desnacer que los obliga a vivir-morir por segunda vez su existencia pasada, ya convertida en cenizas. Si la materia física tiene un reverso que es la antimateria, la vida de estos personajes tiene su contra-vida, una vida de trasmundo que recuerda mucho a la de los habitantes de Comala. La novela sería, pues, como un testimonio o la revelación de esa oculta contra-vida. ¿Eran estos episodios, o acaso la vida de el Supremo, lo que escribía Roa Bastos sujeto a su sillón frailero en su departamento de Buenos Aires. Nosotros recordamos perfectamente los centenares de páginas que se acumulaban sobre su trabajo, pero lo que nunca hubiéramos podido imaginar es que el personaje de Nonato –es decir, el maestro Cristaldo– se iba a convertir en eje de su novela Contravida, esta misma que vanamente estamos intentando descifrar. Tampoco podíamos suponer que otros personajes tan conocidos como la Gretchen, los Jara y Salu-í, o los hermanos Goiburú de sus libros anteriores volverían a aparecer en el curso de este relato, para recordarnos sus existencias ilusorias tejidas con puras palabras. Aparece entonces claramente la voluntad roabastiana de rememorar por última vez la vida de sus personajes imaginarios, y esto, por fuerza, le obliga a revivir las situaciones de su infancia, esos acontecimientos mayormente dramáticos pero también trágicos que fueron moldeando su sensibilidad y que cuajaron finalmente en la creación de su mundo novelesco. Ese mundo, como es sabido, forma ya parte del imaginario colectivo de nuestro país. Como resultado de la lectura nos queda una visión, una especie de resplandor fantasmagórico que parece iluminar, de fin a principio, los espejismos de este recorrido que nos lleva al Itubbe-Manorá de Roa Bastos, un lugar mágico azotado por el viborón de las lluvias y por el viento estelar que sopla desde el fondo del universo. Hay pasajes realmente maravillosos que se pueden rescatar, como ese en que son descubiertas las pertenencias espirituales del maestro Cristaldo ocultas bajo las aguas de la laguna: las figuras de Don Quijote, los Buendía, el resecol Pedro Páramo. Por ahí, en el pleno relato, un personaje extraño, el conductor del tren-fantasma, habla como pudiera hacerlo el mismísimo Supremo Francia: «Los mestizos paraguayos son muy haraganes. Zánganos de tomo y lomo. Duermen todo el día, mientras disponen de mujer y comida. Tienen mucha energía al pedo. No son más que unos braguetas rotas de buenas pelotas. No sirven más que para eso.» Otro personaje, en apariencia una mujer-policía que persigue al narrador en este viaje de ultratumba, también se expresa con la vieja socarronería roabastiana: «Se me antoja que viene muy sufrido, don. ¿O es que también le duele hablar?» Y cómo no iba a dolerle, si el narrador ha venido rumiando pensamientos como éstos: «Nadie sabe la cantidad de tiempo que necesita el hombre errante para encontrarse a sí mismo, antes de que pueda golpear, como un mendigo inoportuno, la puerta del hogar paterno. Viene en busca de un lugar que la no existe.» Trágicas palabras que definen con precisión la condena que lleva sobre sí todo exiliado paraguayo. Para finalizar estas reflexiones, diríamos que texto y contexto de esta novela se resuelven en un personaje central que no es otro que Roa Bastos, quien a veces con una prosa fulgurante –resabio de su antiguo realismo poético– y otras con su más reciente estilo ascético, nos invita a recorrer de nuevo los acontecimientos que hicieron de su vida y sus libros lo que son, un profundo testimonio de nuestros desgarramientos colectivos. No puede ir más lejos, porque entonces le pasaría lo que le sucede al maestro Cristaldo: hundirse en el útero materno.

 

2. MADAMA SUI

Al concluir la lectura de la novela que le valió a Roa Bastos el Premio Nacional de Literatura, uno no puede menos que preguntarse si los años, la vida, han hecho posible la aparición de un narrador diferente al que conocíamos, un autor que ahora extrae sus temas más de su propio interior que de la historia, más de sus infinitas lecturas que de la azarosa existencia de nuestra patria. Sin embargo, el mismo Roa Bastos se ha encargado de hacernos saber que Madama Sui fue un personaje real, y que su contexto no fue otro que el Paraguay de los años 60 ó 70. Pero tal puntualización no basta para disipar el cúmulo de interrogantes que inevitablemente se plantea el lector: si Madama Sui existió realmente, ¿forma parte de la historia sentimental del autor-narrador, dupla ésta que toma consistencia y se desintegra constantemente a lo largo de toda la novela? ¿Pudo conocer el autor a Sui en su infancia, ya que el El de la novela no es otro que el propio narrador, el mismo que con Perucho Rodi intentan escapar de la prisión en un cuento de su primer libro, El trueno entre las hojas? Ese El que en las últimas páginas de Contravida se arroja al vientre del taramá en llamas, es y no es Roa Bastos, convertido en personaje-narrador que, a veces en forma directa, otras en forma impersonal, relata la historia de la increíble hetaira paraguayo-japonesa, una de las supuestas favoritas del Dictador derrocado en 1989. La duda crece y se expande cuando se lee en la página 176: “Yo fui el cazador de la lechuza cuyo nombre le quedó como apodo. Sui me acompañó en la cacería. Estuvimos juntos, abrazados, en la zanja entre las espinas. Yo le restañaba la sangre de los rasguños con los labios. Esta parte pelada y pobre de la historia es verdadera”. Pero a continuación añade: “A veces suelo pensar que El no existió realmente, salvo en la fantasía de Sui”. Claro, quien habla es el narrador; pero, ¿cuánta distancia existe entre autor y narrador? Éste es el enigma que Roa Bastos destina a la perspicacia de críticos y lectores.

 

OTROS DESCONCIERTOS.

Sucede, por otra parte, que el lector es bruscamente descolocado de su acostumbramiento previo por elementos nuevos que se incorporan en la novela. En los relatos anteriores de Roa uno se encontraba siempre con un trasfondo conocido, una sustancia maciza a partir de la cual se desarrollaba la trama de sus ficciones. Ese trasfondo era la historia de nuestro país, mil veces recorrida y transfigurada por la poética de Roa Bastos. Pero ahora se produce la irrupción de un mundo extraño, una cultura distinta –la japonesa–, que también envía sus oleajes contra la trama novelesca, veteándola de sonidos, de colores absolutamente inesperados. Esa masa de elementos extraños es extensa, trátese de tatamis, biombos o instrumentos musicales, y no resulta fácil diluirla como nueva realidad superpuesta a la que conocemos. Los extremos, sin embargo, se tocan, y Roa Bastos nos explica que también en el Japón existe la fantasía de una Tierra sin Mal, similar a la que deslumbraba la imaginación de los Guaraníes. Pero esto sería casi anecdótico si no estuviera sólidamente imbricado en la historia que se cuenta. Otro de los elementos que sorprenden es esa especie de mise en abyme, como dicen los franceses, o mejor, construcción en abismo que utiliza Roa Bastos para la expansión de su relato. Este se hunde a menudo en el pasado, se ramifica en historias parásitas como la de la celadora Friné, el propio Ottaviano Doria –obsedido por la caza de la ballena metafísica– o la de los ciegos Solano y Micaela, los entrañables amantes que “nadaban hermosos y plateados como peces, alegres y dichosos en el agua corriendo hacia algún lugar fuera del mundo”. Aunque también puede decirse, obviamente, que todas ellas resultan funcionales al desarrollo del texto narrativo. Y, finalmente, last but not least, la naturaleza de ese misterioso El que sobrevuela todo el relato, tácito, ubicuo, invisible, pero decisivo para la concreción del desarrollo ficcional.

 

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EN CASA DE VILLORO

Viernes, Noviembre 4, 2011

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Bien atentos a los cuentos del escritor peruano Juan Villoro que aparecen bajo el título La casa pierde, los integrantes del grupo de Literatura a la hora de la siesta discutieron sus lecturas e intercambiaron puntos de vista sobre las dificultades que las variedades dialectales del español acarrean al momento de decidir el sentido de un texto. Libro de arena resume lo conversado en este encuentro de “Análisis y Crítica de textos literarios” que todos los lunes a las 15.00 hs. lleva adelante Mario Méndez en la Biblioteca de la Casa de Bahía Blanca.

 

 

Seguimos sumando compañeras en esto de los viajes literarios. En esta oportunidad le dimos la bienvenida a Rosa, compañera de María del Carmen, Elisa y Dora en un club de lectura de Parque Chacabuco. Como mencionamos la semana pasada nuestro destino para este lunes fue el escritor peruano Juan Villoro y el libro de cuentos escogido fue La casa pierde. La opinión generalizada entre los participantes fue que en el libro se encuentran un par de cuentos excelentes, otros buenos y otros que casi pasan inadevertidos porque no dejan en la lectura ninguna marca, ninguna huella que los haga distintivos o memorables. Dora puso a consideración del grupo la idea de que son cuentos que requieren de más de una lectura para poder comprender los rasgos específicos del vocabulario peruano pues esa es la primera dificultad con que el lector argentino se encuentra ante el intento de leer de corrido. Además, confesó que lo guardó en su mesita de luz, donde tiene todos los libros que merecen ser reeleidos y que ya conforman una pila interminable así como que se quedó con ganas de seguir leyendo al peruano. Con la necesidad de leer más de una vez cada cuento coincidió Elisa y agregó que el estilo de la prosa le hizo acordar al de Cortázar en algunos fragmentos que leyó con gusto.

María del Carmen contó que La casa pierde y El campeón ligero le gustaron mucho, los saboreó literariamente aunque, en coincidencia con el punto de vista de Dora, el cuento que titula el libro le costó un poco más de leer por los términos utilizados que a tal punto la marearon que a veces no reconocía al narrador. También señaló que es constante el tema de la culpa y el castigo y que ésto le hizo acordar a Delirio (de Laura Restrepo). Mario catalogó al peruano como un buen escritor pero no se atrevió a definirlo como una gran escritor debido a que no lo tiene tan leído y fue el precursor de la idea de que hay 3 ó 4 cuentos excelentes, 3 ó 4 recordables y  2 ó 3 que no entendió o no le gustaron (“El anillo de cobalto” y “Planeta prohibido”). Casi todos estuvieron de acuerdo con Mario en esto y Patricio agregó que hubo cuentos donde no encontraba el hilo, el nudo de la historia. Sobre esto Rosa agregó que en cada cuento se crea un universo cerrado donde uno está esperando que le cuenten cosas pero esto no sucede;  pareciera que hay puntas sueltas que el autor no sabe cómo unir. Carmen agregó que el autor naturaliza alguna situaciones, que le da la impresión de que no le interesan los finales y que algunos son muy diluidos y está de acuerdo con que hay que leer por duplicado para saber dónde está la clave de los cuentos.
Otro de los aspectos en los cuales el grupo se detuvo fue que en casi todas las historias aparece el personaje de la mujer con mucha fuerza, que en todos los cuentos hay una fuerte tensión sexual y que son recurrentes los personajes fracasados y perdedores. Para cerrar el encuentro de dos horas que pasó muy rápido para todos, Mario leyó el cuento “Corrección” del que quedaron pendientes las últimas páginas para la semana que viene.