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La literatura del Paraguay está de fiesta y Libro de arena se hace presente con una edición especial de Semana de la Literatura paraguaya a lo largo de la cual aparecerán textos referidos a la historia y desarrollo de sus tradiciones literarias, autores y obras representativas así como también artículos que esclarezcan sus sentidos posibles. A continuación se publica un extracto que recorre las corrientes e hitos narrativos más sobresalientes del siglo XX.
Por Josefina Pla
LITERATURA PARAGUAYA EN EL SIGLO XX
Dice Arturo Torres Rioseco (1): “El Paraguay ha sido, desde el punto de vista de la literatura, uno de los países más productivos de América”. Y Raúl Amaral, escritor argentino (2): “La historia de esta literatura está llena de frustraciones, de tramos unidos a destiempo, de apetencias fragmentadas”… En general, podría afirmarse que es ésta “una literatura sin pasado”. Sólo en el terreno de la historia – a menudo más polémica que científica – la cosecha nacional es copiosa y se pueden citar desde los primeros tiempos nombres de relieve. En lo restante, no puede hablarse de una producción de nivel continental, ni aun platense, hasta bien entrado este siglo.
LA CIRCUNSTANCIA: MEDITERRANEIDAD
Se ha imputado esta situación a la mediterraneidad, signo congénito del área. Esta mediterraneidad y su consecuencia, el aislamiento, hicieron que las corrientes culturales exteriores llegasen en forma precaria y desarticulada. Alberto Zum Felde (3) asigna a esta causa rango absoluto: “El Paraguay – dice – ha vivido siempre la tragedia agónica de su propia geografía política”.
Pero es obvio que la situación mediterránea del área nada habría significado de haber ésta poseído minas. Paraguay dueño de un Potosí habría visto multiplicarse las vías de acceso y los inmigrantes. Nunca, posiblemente, habría llegado para él el trance triste de la pérdida del litoral Atlántico; la ruta desde Santa Catalina al corazón del Paraguay habría sido vital arteria continuamente transitada. Fue su pobreza – pobreza para la visión elemental de la economía de su tiempo, como bien observa Márquez Miranda (4) – la que desvió el interés de la Corona por esta región, limitando la vida paraguaya a un ruralismo patriarcal, sin esperanza de rápida prosperidad; restringió así el crecimiento demográfico; con éste, el desarrollo de la vida social y, correlativamente, el de las letras y las artes, de indigencia paralela a lo largo de tres siglos coloniales, si se exceptúan: de un lado, el hecho interesantísimo del barroco religioso hispano-guaraní y, del otro, la prosa histórica y descriptiva, cuyo cultivo fue, como se ha dicho, profuso.
Durante esos siglos, varias veces trataron los colonos de superar su aislamiento cultural, solicitando la creación, en Asunción, de una Universidad, sin conseguirlo. La única Universidad fundada en el Río de la plata en esas centurias fue fuera del Paraguay, aunque por un paraguayo: Hernando de Trejo y Sanabria. Y durante ese lapso interminable, y aun después, los paraguayos ansiosos de realizarse intelectualmente hubieron de hacerlo en esa Universidad, o sea la de Córdoba, o en otras como la de San Marcos. Así sucedió con Pedro Vicente Cañete, con José María de Lara o con Manuel Antonio Talavera y fue también el caso de Gaspar Rodríguez de Francia.
Hay, no obstante, momentos cruciales en la historia de este país, en que su cultura parece querer emparejar, en ansioso aletazo, la actualidad extrafronteras. Uno de esos instantes lo perfila el pensamiento de los próceres de mayo, aplastado por la dictadura de Francia (1814-1842). Otra etapa actualizadora se desarrolla ambiciosa bajo el gobierno paternalista de Don Carlos Antonio López, obrero máximo de la cultura nacional (1844-1862). La interrumpe la guerra de cinco años que aniquiló población y nacientes instituciones, y prolongó inacabablemente sus secuelas.
Estos hechos se reflejan en la gestación accidentada, nunca conclusa, de una conciencia histórica y de los correlativos esquemas políticos, sociales y culturales. Un pasado no asimilado aun, impide que se elaboren y conjugue libremente las corrientes espirituales colectivas sobre las cuales pudieran integrarse con acento propio un arte y una literatura. La historia, así, no es en esta área una línea ascendente como quiere Zea (5), sino una demorada línea horizontal. En este postulado pueden insertarse cuantos problemas se puedan plantear en torno a esta literatura, inclusive el del bilingüismo, tan zarandeado (6).
LA NARRATIVA
Los problemas que hubo de resolver la poesía para su actualización los enfrentó también la narrativa, agravados y coloreados por las mismas peculiaridades esenciales del género.
No hay manifestación mencionable de narrativa auténticamente local antes de 1900. La novela romántica podría anotarse algunos títulos: Por una fortuna una cruz, de Marcelina Almeida (1860), inencontrable; Prima noche de un padre de familia, del Deán Eugenio Bogado (1861), que es más bien un relato; Zaida, del argentino Francisco Fernández (1875). Pero ellos no pasan de curiosidades históricas y, a más raigal nivel, de testimonio de un estadio cultural cuyo análisis requiere extensión superior a la de este esquema.
Cuando aparecen los primeros esbozos narrativos – siguiendo a la reacción fervorizante que abre el siglo y que del plano histórico y político deriva enseguida al social y cultural – dos corrientes se diseñan en la incipiente novelística: la que elige su temática, ambiente y personajes en literaturas foráneas, con intrigas y caracteres convencionales, completamente estériles para una sedimentación tradicional y, por tanto, para el devenir novelístico (los modelos son rezagos del costumbrismo sentimental o patético – social español o del decadentismo francés; narrativa de netos caracteres evasivos, según Pérez Maricevich, en lo cual coincidimos plenamente), extendiéndose más o menos hasta 1925; y la que busca sus motivos en el dintorno, cronológicamente paralela, pero que prolonga su ciclo.
Apenas aparecida esta última, entra en ella en juego la fijación romántica y narcisista ya mencionada que, estableciendo sus módulos sobre factores emocionales y afectivos, vincula el imprescindible acento colectivo a elementos históricos aislados de esa misma nacionalidad: lo vernáculo, la naturaleza idílica, el folklore, la anécdota heroica e inclusive rasgos morales o físicos elevados a la categoría de tópico. Son comprensibles las limitaciones que esta actitud lleva consigo al plano creativo. La narrativa queda al servicio de un conservadurismo nacionalista y deviene ejercicio retórico y reiterativo sobre esos patrones de orden emocional. Se comprende también que el ejemplo del hispano-paraguayo Barrett (1874-1910), con sus cuentos de vertiente realista humanística y amarga, no cunda y que se le acuse de “ver la realidad con anteojos negros”. (18).
José Rodríguez Alcalá (1878-1958), a quien se debe la primera novela de asunto local conocida, Ignacia, (1905), abre con sus cuentos otro cauce, el de la narrativa rural, basada en el antagonismo campo-ciudad. Esta fórmula antagónica no es ciertamente un mito, pero llegará a serlo en virtud de la estereotipia. Los vicios que esta narrativa patético-social denuncia se vinculan a un partido dado, se asocian a una situación política determinada; la fórmula conflictual se repite, el análisis no roza la intimidad del personaje, ni las implicancias de orden histórico-social. Desde el exterior proyecta sus finos cuentos de corte modernista, Las vértebras de Pan (1914), Eloy Fariña Núñez (1885-1929).
En 1920 se publica Aurora, de Juan Stefanich (1889-1975), que enfoca la realidad interna desde el ángulo de las luchas intestinas perturbadoras. La intención se diluye en tópico sentimental y queda lejos del blanco por insuficiencias estructurales. Sin embargo, esta novela inicia en ciertas páginas la etapa de la autenticidad, de lento y discontinuo proceso, en la configuración del personaje.
Hacia 1925 el ciclo de la narrativa de caducos patrones foráneos – convencional y artificiosa, desierta de valores – puede darse por clausurado. La narrativa del dintorno gana terreno estructural y estilístico, ceñida siempre no obstante a la mencionada modulación temática. Inclusive puede decirse que los rasgos narcisistas, en más de un caso, se alquitaran y agudizan: así, Natalicio González (1896-1962) que pone en Cuentos y parábolas (1922), énfasis en la idealización de los factores autóctonos. Teresa Lamas de Rodríguez Alcalá (1889-1975) recoge en Tradiciones del hogar (1922), la leyenda patricia, en llano pero gentil estilo. Teresa además publicará una segunda serie de Tradiciones en 1928 y una tercera, La casa y su sombra, en 1954.
En Buenos Aires, y en 1929, aparece la novela con la cual vinculamos el comienzo efectivo de la novela moderna paraguaya: Hombres, mujeres y fantoches, de Benigno Casaccia Bibolini (1907). Aquí se corrobora el hecho perspectivista. Obra juvenil e inexperta, anuncia, a pesar de todo, en sus atisbos de la realidad ambiente y en su voluntad de prescindencia de tópicos, al escritor alerta y de segura trayectoria (19). En ella trata de afianzarse lo que faltaba en esta novelística; el sentido de la estructura, la intuición de la dinámica narrativa.ç
LA GUERRA DEL CHACO
El conflicto del Chaco (1932-35), aunque conmueve hasta lo más hondo la entraña nacional, trae consigo un estímulo subsidiario al contenido del anterior enfoque nacionalista. La dura experiencia humana colectiva no consigue superar críticamente la fijación previa. La obra teatral de Julio Correa, en guaraní, que no es de este lugar, representa el punto más alto hasta entonces conseguido en la reacción antitópica: se detuvo en la superficie de los hechos, pero no por eso dejó de ejercer importante papel en el movimiento de aproximación que la literatura en general realiza por entonces hacia niveles más auténticos.
La narrativa ciertamente, aunque al parecer intensifica su interés por los temas inmediatos, no consigue, sin embargo, desprenderse, en esa aspiración a reflejar más verídicamente la realidad circundante, de las premisas convencionales al uso. El éxito del teatro vernáculo de Correa llevó a algunos a formular la tesis de que sólo un teatro en guaraní era viable en el Paraguay. No se llegó a afirmar lo mismo de la novela, aunque con la misma razón – o sin razón – habría podido hacerse (20); pero, desde ese instante, el bilingüismo se erige en problema para el escritor.
En efecto, considerado el idioma vernáculo como factor integrante de la realidad histórico-social, debía, según esas opiniones, tener cabida paralela en la realización literaria. En otras palabras, una novela que no presentase al campesino hablando en guaraní no podía ser una expresión auténtica de ambiente. No se pensó un solo instante que esta restricción llevaba implícito un supuesto: el de que sólo la novela rural era posible y, dentro de ella, las modalidades más directas, intransformadas, del costumbrismo. Se olvidó algo tan simple y elemental: que la realidad por sí sola no configura arte. No se tomaron en cuenta, por el momento al menos, otras formas de narrativa válidas y actuales, ni se detuvo nadie a considerar que todo valor de autenticidad afincado en el idioma había de desaparecer, no sólo en la traducción, sino también para la gran masa del lector hispanoparlante no familiarizado con el guaraní.
Enfrentados con el problema, los autores propusieron distintas soluciones. Algunos incluyeron en el relato esporádicas frases o expresiones vernáculas lo bastante breves y transparentes a la luz del contexto como para no precisar traducción. Otros, más escrupulosos, incluyeron largas tiradas que requirieron equivalentes llamadas de pie de página. Otros, en fin, con un sentido más certero, emplearon el castellano guaranizado de uso común y corriente.
Pero como la simple inclusión de rasgos vernáculos o de color local no basta de por sí sola para dar autenticidad a una literatura, como esa autenticidad se nutre ante todo de la psicología y del enfoque raigal de los problemas y conflictos, y como éstos, múltiplemente mediatizados, continuaron siendo el punto débil de la narrativa, el nivel de novela y cuento demoró en repuntar. Más todavía; la novela de guerra que condensara la protesta o la interrogante por los destinos humanos truncos, tuvo pocas representaciones mencionables.
En realidad y aparte Bajo las botas de la bestia rubia (1934) colección de relatos – o crónicas – de Arnaldo Valdovinos (1908), sólo cabe mencionar Cruces de quebracho (1935) del mismo Valdovinos y Ocho hombres (1934) de José S. Villarejo (1906). Esta última novela ejemplifica las anteriores observaciones.
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