EL MONSTRUO DE MARY
Martes, Agosto 30, 2011.
Libro de arena publica un fragmento de Frankenstein de la escritora Mary Shelley junto con una breve reseña biográfica en recuerdo de su natalicio.
Mary Wollstoncraft Godwin, más conocida por su apellido de casada como Mary Shelley, nació en Londres un 30 de agosto de 1797. Su obra abraca novelas, ensayos, dramas, relatos breves y biografías.. Es considerada una pionera de la crítica biográfico-literaria en la que se perfiló al editar la obra poética de su esposo. En la ficción gótica de Frankenstein (1818), título por el que obtuvo más fama, la autora explora los valores culturales atribuidos a la sexualidad femenina y masculina junto con los de la paternidad en el marco de una especulación científico-filosófica que expande el horizonte del pensamiento sobre el deseo de inmortalidad del hombre y sobre la posibilidad de creación de la vida artificialmente. Entre sus textos publicados se encuentran: Mathilda (1819), Valperga; o Vida y aventuras de Castruccio, Príncipe de Lucca (1823), Poemas Póstumos de Percy Bysshe Shelley (1824), El último hombre (1826), Perkin Warbeck (1830), Lodore (1835), Falkner (1837). Murió en febrero de 1851.
Recuerdo con dificultad los primeros instantes de mi existencia; todos esos sucesos me parecen confusos. Una extraña multitud de sensaciones se apoderó de mí, y empecé a ver, sentir, oír y oler, todo a la vez. Tardé algún tiempo en aprender a distinguir los sentidos. Recuerdo que, poco a poco, una luminosidad cada vez más fuerte oprimía mis nervios y tuve que cerrar los ojos. Sobrevino entonces la oscuridad, y eso me turbó. Pero apenas había notado esto cuando descubrí que, al abrir los ojos la luz me volvía a iluminar. Comencé a andar, y creo que bajé unas escaleras, pero de pronto sentí un enorme cambio. Hasta el momento, me habían rodeado cuerpos opacos y oscuros, insensibles a mi tacto y a mi vista. Pero descubrí que podía moverme con entera libertad, que no había obstáculos que no pudiera evitar o vencer. La luz se me hacía más y más intolerable; el calor me incomodaba sobremanera, así que caminé buscando un lugar sombreado. Fui hasta el bosque cercano donde me acosté a descansar; había un riachuelo, luego el hambre y la sed me atormentaron y desperté del sopor. Comí algunas bayas, calmé mi sed en el riachuelo y me dormí nuevamente. Cuando me desperté era de noche. Sentía frío y miedo al verme tan solo. Antes de abandonar la habitación, como tenía frío, me había tapado con algunas prendas insuficientes para la humedad de la noche. Era una pobre criatura indefensa y desgraciada, que nada sabía ni entendía nada. Lleno de dolor me senté en el suelo y comencé a llorar.
Luego, una tenue luz iluminó el cielo y me calmé. Me levanté y vi una brillante esfera entre los árboles. La observé admirado. Se movía con lentitud, pero su luz alumbraba lo que había alrededor, y volví a salir en busca de bayas. Aún tenía frío, cuando debajo de un árbol encontré una enorme capa con la que me cubrí, y me senté de nuevo. No tenía ninguna idea clara, todo estaba confuso. Era sensible a la luz, al hambre, a la sed, y a la oscuridad, me llegaban incontables sonidos y múltiple olores. Lo único que distinguía con claridad era la brillante luna, en la que fijé mis ojos, complacido.
Días y noches se sucedieron, y la esfera nocturna había menguado considerablemente cuando empecé a distinguir mis sensaciones una de la otra. Paulatinamente, comencé a percibir con claridad el cristalino arroyo que me proporcionaba agua y los árboles que me protegían con su follaje. Me sentí muy contento cuando por primera vez descubrí que el armonioso sonido que con frecuencia regalaba mis oídos procedía de las gargantas de los pequeños animalillos alados que a menudo me habían interceptado la luz. Empecé también a observar con mayor precisión las formas que me rodeaban y a percibir los límites de la brillante bóveda de luz que se extendía sobre mí. A veces intentaba imitar el agradable trino de los pájaros, pero no podía. Otras, quería expresar mis sentimientos a mi modo, pero los rudos y extraños ruidos que producía me hacían enmudecer de susto.
La luna desapareció y luego retornó más pequeña, y yo seguía en el bosque. Mis sensaciones eran ahora claras, y cada día asimilaba nuevas ideas. Mis ojos se habían acostumbrado a la luz y a distinguir bien los objetos. Diferenciaba un insecto de un tallo de hierba y, poco a poco, las distintas clases de plantas entre sí. Comprobé que los gorriones tenían un trinar áspero, mientras que el canto del mirlo y de los zorzales era grato y atrayente.
Cierto día en que arreciaba el frío, encontré un fuego que algún vagabundo había encendido, y experimenté una gran emoción al ver el calor que despedía. Lleno de júbilo toqué las brasas con la mano, pero la retiré de inmediato con un grito de dolor. ¡Qué raro, pensé, que la misma causa produzca efectos tan contrarios! Examiné la composición de la hoguera y descubrí satisfecho que era leña. Recogí algunas ramas, pero estaban húmedas y no prendieron. La leña húmeda que había dejado cerca del calor se secó, y empezó a arder. Descubrí la razón al tocar las distintas ramas, y me puse de nuevo a reunir una gran cantidad de ellas para ponerlas a secar y tener reservas. Al llegar la noche y con ella el sueño, mi miedo era que se apagara el fuego. Lo tapé con hojarasca y ramas secas, poniendo después leña húmeda encima. Luego extendí la capa en el suelo y me eché a dormir.
Cuando desperté a la mañana siguiente, mi primer pensamiento fue ver cómo iba el fuego.Lo destapé, y un ligero aire lo avivó enseguida. Esto me indujo a construir con ramas una especie de abanico que me permitía encender las brasas cuando parecían a punto de extinguirse. Cuando de nuevo cayó la noche, descubrí gozoso que el fuego, además de dar calor, daba luz. Descubrí que también podía usar el fuego para mi alimentación gracias a los restos de comida que algún viajero dejó abandonados. Vi que los alimentos asados eran más sabrosos que las bayas que recogía. Intenté, pues, hacer lo mismo con mis alimentos y descubrí que así las bayas se estropeaban pero que las nueces y las raíces tenían un sabor mucho más agradable.
Fragmento de:
Frankenstein
Mary Shelley
Buenos Aires, Alfaguara, 2007
Este libro se encuentra en la biblioteca comunitaria Bartolomé Mitre, Larraya 4370, Villa 20.
A continuación, se publica un comentario acerca de la escritura de Mary Shelley del Lic. Mateo Niro, gentileza del Centro de Documentación Epistolar.
Mary Shelley publicó las horrendas peripecias del Doctor Víctor Frankestein en 1818. La novela tiene una estructura extraña y se basa en un gran relato apuntado por el Capitán Robert Walton en su diario y en cartas a su hermana. Allí, cuenta que en su expedición al polo norte rescató a un extraño náufrago que le contó con lujo de detalles su rara vida y el origen de todas sus desgracias: haber creado un ser monstruoso que deseaba desaforadamente ser amado.
El personaje innominado, vástago de experimentos y ambiciones, se transformó a lo largo de estos dos siglos en un ícono del horror que trascendió a su propio creador ficcional, Frankestein, arrebatándole incluso su nombre, como así también eclipsó en popularidad a la madre escritora. Quizá esa haya sido su verdadera venganza.
12 de septiembre de 17..
(…)
¡Ah, Margaret! ¿Qué palabras podrían expresar lo que sentí ante la desaparición de un espíritu tan brillante? ¿Qué puedo decir para hacerte comprender la profundidad de mi pena? Cualquier expresión sería inadecuada y vana. Mientras te escribo estas líneas, se me llenan los ojos de lágrimas y mi mente se siente decepcionada; pero vuelvo a mi querida Inglaterra, donde espero hallar el consuelo que no me es posible conseguir ahora.
Me interrumpen… ¿Qué ruido es ése? Son las doce de la noche y la brisa sopla suave y delicadamente. Puedo percibir desde aquí al vigía que permanece inmóvil en su puesto. Vuelvo a oír ese ruido y es como una voz humana; pero parece más tosca. Viene del camarote donde descansan los restos de mi buen amigo. Voy a ver de qué se trata. Buenas noches, querida hermana.
