Archivo Agosto 26, 2011

EL CEMENTERIO DE PRAGA

Viernes, Agosto 26, 2011

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Libro de arena publica una nota de opinión sobre la última novela de Umberto Eco, El cementerio de Praga (2010). No sólo abarca la trama ficcional del detestable protagonista falsificador y antisemita de la novela; la magistrable, aunque caótica por momentos, escritura del autor  italiano, sino que comenta desde un punto de vista personal la influencia que ha tenido este tema a lo largo de la historia mundial.

 

Por Rubén D. Hojman

 

 

Admito que en el comentario que me permití hacer respecto a esta extensa obra ganó preponderancia, por fuera de lo estrictamente literario, lo atinente a la perversa unión y labor de los desquiciados que cuenta el relato. Su lamentable valor histórico y conocimiento de los hechos, que me sublevan, hacen prevalecer aquí mi indignación.

La consagrada erudición del autor, más el valor agregado por la profunda investigación que enriquece el tema que aborda en sus trabajos, está presente en cada página de esta obra.

Nos lleva al pasado con abundancia de datos históricos y biográficos y la descripción minuciosa de los distintos momentos y lugares en que desarrolla el relato. En el caso de París, ciudad en que sitúa los más largos tramos de la acción, llega a detallar el sistema de alcantarillas y demás innovaciones edilicias y viales llevadas a cabo por Haussmann en la modernización que impusiera a expensas de la destrucción de la ciudad medieval. Parte de esa alternancia, por momentos recuerda las visiones del reciente film de Woody Allen, Medianoche en París.

Los personajes de Eco, instalados en la segunda mitad del s. XIX, tienen la común tarea de pergeñar y vender a un  público bien dispuesto los que primero fueron ruines opúsculos, luego deletéreo texto crecido y organizado.

Sin detenerse en el período mencionado, anota situaciones afines al tema principal: la existencia y difusión de tantos infames escritos discriminatorios, fruto de falsificadores y amanuenses al servicio de distintos poderes, anteriores a la época referida y también posteriores, al evocar las políticas de la Rusia zarista, heredadas y continuadas por la URSS. También lo ocurrido a partir del advenimiento del nazismo y el marco general de complacencia y uso del infundioso y corrosivo quehacer, por parte de muchos gobiernos de países centrales europeos, ya en pleno s. XX, que los encontraron eficaces para distraer a sus pueblos de las verdaderas causas de sus infortunios y desplazar su resentimiento hacia la minoría discriminada.

Expone en forma pormenorizada, en crescendo helicoidal alrededor de un eje que se hace interminable, referencias comprobadas del origen, crecimiento y adopción por parte de instituciones e iglesias, de los libelos que fueron integrando los llamados Protocolos de los sabios de Sion, publicados por primera vez en Rusia, nefandos instrumentos que han servido y aún circulan para alimentar la más feroz judeofobia.

Para mí, la instalación de la diatriba caló hondo por la ignorancia, superstición y odio predicados desde la cuna a tantas generaciones, en Occidente.

Además de las deleznables falsedades acerca de la supuesta y condenable “condición” judía, los Protocolos sostienen la existencia de un plan de dominación universal por parte del pueblo hebreo en la diáspora.  Eso me recuerda la especie sostenida por nazionalistas nativos, el plan Andinia de adquisición de la Patagonia, promovida en nuestro país por Walter Beveraggi Allende, un ultraderechista a quien tuve como profesor de Economía Política durante los años que perdí en la Facultad, bastante antes de que publicara sus patrañas, de larga y tal vez actual resonancia.

Todo esto en línea con la convicción que predicó la Iglesia durante casi veinte siglos respecto a la responsabilidad atribuida al pueblo judío en la muerte de Jesús, hasta su reciente exculpación, resuelta por el Vaticano.

Las matanzas a manos de los Cruzados en su camino al Santo Sepulcro; el confinamiento de víctimas propiciatorias en guetos pestilentes, para estimular y descargar la ira popular con muertes y saqueos; la culpa asignada a los hebreos cuando la peste negra, el cólera, asoló Europa, y produjo tanta persecución y crimen, en tanto la enfermedad se transmitía a través de las heces humanas que los aldeanos de la época usaban para abonar sus cultivos.

Después la Inquisición, después los pogromos rusos y polacos, hasta llegar al genocidio a manos de los nazis.

Uno de sus jerarcas sostuvo: “miente, miente, algo quedará”.

La actualidad acredita la efectividad de esa persistencia: el odio discriminatorio mantuvo su vigencia a través de dos mil años, y aún infecta a muchos individuos, instituciones y gobiernos.

La importante obra de Umberto Eco, algo intrincada en ciertos pasajes, desnuda la incesante trama y nos espanta que realmente su siniestro repertorio haya llegado tan lejos.

Por otra parte, su impresionante caudal lingüístico, que aplica terminología fuera de lo corriente o en desuso, me obligó a tomar nota de vocablos con significación dudosa o desconocida para mí, recurrir al diccionario, asegurar su acepción en el primer caso o aprenderla, en el segundo.

Me costó terminarlo, el libro rebosa en el relato de caracteres, costumbres y hechos –todos fidedignos-, pero cuya frondosidad lleva en partes a dificultar la ilación.

Tanto es así que el autor, a modo de epílogo, cierra su discurso con aclaraciones orientadas a la comprensión de lo que él mismo reconoce como “bastante caótico (…); con todos esos adelante-y-atrás”; y la redacción de sendas columnas parta ordenar tanto la trama como la historia de lo narrado.

Además dice: “el único personaje inventado es el protagonista, Simone Simonini (…); todos los demás personajes existieron realmente e hicieron y dijeron lo que dicen y hacen en esta novela”.

“Aunque bien pensado, también Simone Simonini, al ser efecto de un collage al que se le han atribuido  cosas hechas en realidad por personas distintas, de alguna manera ha existido. Es más, bien mirado, todavía sigue entre nosotros”.

 

 

 

  El cementerio de Praga

  Umberto Eco

  Buenos Aires, Sudamericana, 2010