CRÓNICAS REVELADORAS

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Libro de arena publica  tres relatos breves de Crónicas marcianas, para recordar a su autor Ray Bradbury, nacido un 22 de agosto, y una breve reseña biográfica.

 

Ray Douglas Bradbury nació el 22 de Agosto de 1920 en Waukegan, llinois, Estados Unidos. Su afición a la literatura ocupó noches enteras en vela dedicadas a la lectura y días de trabajo dedicados a la escritura que fueron forjando su profesión. Fue autor de cuentos, novelas, guiones de televisión,  ensayos y poemas. La primera historia que publicó fue El Dilema de Hollerbochen, en 1938, en la revista amateur Imagination!. En 1939, publicó cuatro números de Futuria Fantasia, su propia revista amateur. Pendulum (1941) fue su primera publicación paga y con The Lake (1942) desarrolló el estilo de escritura que luego lo identificaría. Con Crónicas Marcianas (1950) se perfiló como autor de ciencia ficción, mostrando las preocupaciones que sobre la carrera armamentística, la consecuencia de una guerra nuclear, el pánico respecto de poderes políticos extranjeros, reflejan miedos propios de la segunda mitad del siglo XX, junto con otras inquietudes como los desbordes del racismo y la censura. El libro de cuentos El hombre ilustrado (1951), y la novela Farenheit 451 (1953) que se propone como modelo de antiutopía literaria, conforman parte de su obra más conocida.

 

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Agosto de 2001

Los colonos

 

Los hombres de la tierra llegaron a Marte. Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaba mujeres odiosas, trabajos odiosos, o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro colores, en innumerables ciudades. HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE MARTE!  Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes de que el cohete dejara la Tierra. Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo otros hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, Iowa, Missouri o Montana desaparecen en un mar de nubes, y mas aún, cuando los Estados Unidos son sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, n busca de un mundo que es imposible imaginar.

No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran alentadores. Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.”

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Febrero de 2003

Intermedio

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Trajeron cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregón para construir la décima ciudad, y veinticinco mil metros de abeto de California y levantaron a martillazos un pueblo limpio y claro, a orillas de los canales de piedra. En las noches de los domingos se iluminaban los vidrios rojos, azules y verdes de las iglesias, y desde la calle se oían los himnos numerados: “Cantaremos ahora el 79.”  “Cantaremos ahora el 94.” . Y en ciertas casas se oía el duro repiqueteo de una máquina de escribir: el novelista estaba trabajando; o no se oía ningún ruido: el ex vagabundo estaba trabajando. Parecía a veces que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de Iowa, y en un abrir y cerrar de ojos un ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, y la hubiera puesto allí, sin una sacudida.”

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2004-2005

La elección de los nombres

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Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres. ensenada Hinkston, cantera Lustig, río Black, bosque Driscoll, montaña de los Peregrinos, ciudad Wilder, nombres todos de gente y de las hazañas de gente. En el lugar donde los marcianos mataron a los primeros terrestres, había un pueblo Rojo, en recuerdo de la sangre de esos hombres. El lugar donde fue destruida la segunda expedición se llamaba Segunda Tentativa. En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres. Y, naturalmente, había una colina Spender y una ciudad Nathaniel York.

Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres de nieves que descendían por los canales de piedra hasta los mares vacíos. Nombres de hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. T los cohetes golpearon como martillos esos nombres, rompieron las mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilones con los nuevos nombres: Pueblo Hierro, Pueblo Acero. Ciudad Aluminio, Aldea Eléctrica, Pueblo Maíz, Villa Cereal, Detroit ll, y otros nombres mecánicos, y otros nombres de metales terrestres.

Y después de construir y bautizar los pueblos, construyeron y bautizaron los cementerios: colina Verde, pueblo Musgo, colina Bota, y los primeros muertos bajaron a las sepulturas.

Y cuando todo estuvo perfectamente catalogado, cuando se eliminó la enfermedad y la incertidumbre y se suprimió la soledad, los sofisticados llegaron de la Tierra. Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente, llegaron para estudiar y aplicar leyes sociológicas, llegaron con estrellas e insignias y normas y reglamentos, trayendo consigo parte del papeleo que había invadido la Tierra, como una mala hierba, y que ahora crecía en Marte casi con la misma abundancia. Comenzaron a organizar las vidas de las gentes, sus bibliotecas, sus escuelas, comenzaron a empujar a las mismas personas que habían venido a Marte escapando de las escuelas, los reglamentos y los empujones.

Era, por lo tanto, inevitable, que esas personas replicaran también con empujones…”

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  Fragmento de:

 

  Crónicas marcianas

  Ray Bradbury

  Buenos Aires, Minotauro, 1955.

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Crónicas marcianas: una lectura reveladora.

 

Por: Mario Méndez

 

En mi biblioteca, en el estante de Ciencia Ficción, Fantasy, Literatura de anticipación y afines, sobresale, por lo feo, el lomo rojo pálido, gastado y sucio, de Crónicas marcianas, encuadernado por mis manos torpes para la materia Actividades Prácticas, en 2º año: un crimen de leso libro. Sobre la guarda florida, donde sobresalen los hilos,  con mi letra de entonces,  dice Méndez, 2º B. Este libro feo (o afeado por mí, para ser justos) es uno de los libros que más quiero.

A los catorce años, en 1980, cuando cursaba 2º año del Bachillerato, Crónicas marcianas fue, para mí, exactamente lo que propongo como título de este breve homenaje: una lectura reveladora. Yo era un adolescente con algunas lecturas de infancia, casi sin lecturas escolares, lector de historietas y suplementos deportivos. Durante la primaria, sólo nos habían pedido que leyéramos un par de cuentos de Quiroga, de los Cuentos de amor, de locura y de muerte, en séptimo grado; y en cuarto habíamos copiado, del pizarrón, la “Canción de tomar el té”, de María Elena. Y nada más. En primer año, ya en la secundaria, nos hicieron leer Chico Carlo y una versión en prosa del Cantar del Mío Cid. De todo eso, que era bien poco, había disfrutado, pero el salto que me significó la lectura de Bradbury fue inconmensurable. Cuando en el Nacional Mariano Moreno la profesora Meneses, una señora bastante mustia que dictaba Castellano (y vaya con el recuerdo mi homenaje), nos pidió que leyéramos las Crónicas de Bradbury y, hacia fines de año, que hiciéramos en grupo un resumen de lo leído, yo sentí, y no exagero, una revelación. El señor K matando al primer astronauta con su arma de insectos, los recuerdos de los muertos queridos enloqueciendo de amor y de espanto a los hombres de la tercera expedición, la gorda Genevieve con la cara manchada de chocolate y el timbre del teléfono (de su llamada) que el único hombre olvidado en Marte jamás atenderá, tanto como la maravillosa galería de horrores del señor Stendhal en “Usher II” son, de verdad, inolvidables. Las estoy citando de memoria, apenas corroborando en mi viejo libro de la secundaria para ver si estoy errado, pero no, es así, tal como recuerdo.
Crónicas marcianas me reveló, a los catorce años, la maravilla de la literatura, como ningún libro antes. Vaya entonces, en este día de recuerdos, mi homenaje al magnífico Ray Bradbury, cuyas fábulas siguen presentes, desde hace más de treinta años, en mi memoria de lector, esa memoria que tanto le debe.

 

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