VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO
Martes, Agosto 16, 2011.
Por: María Pía Chiesino
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“Leer es como un gran viaje.
Un gran viaje que, cierto día afortunado, comienza.
Un gran viaje que nunca sabemos cuándo termina”
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Con estas tres oraciones comienza El escritor frente al mito del niño lector, de Enrique Pérez Díaz.
No sé si los niños lectores son un mito. Y en el caso de que lo sean, esto no siempre fue así. Yo fui una niña lectora. Y como tal, cuando tenía once o doce años leí una versión adaptada de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. Creo que era un libro de la colección Billiken. O de la mítica Robin Hood. No me acuerdo.
Hace un mes, conseguí una versión completa y para adultos de esta gran novela. Dos tomos que respetan las ilustraciones originales, con notas minuciosas en cada capítulo y un estudio final, publicado por Anaya. Más de quinientas páginas que leí sin poder (ni querer), parar.
En general, me acordaba de la trama de aventuras de la edición juvenil.
Leída en su versión completa, esta extraordinaria novela, nos lleva, literalmente, de viaje. Y en esta travesía vamos a ver innumerable cantidad de peces y otros animales marinos. Vamos a asistir a un sepelio en un extraño y desolador cementerio submarino. Vamos a contemplar las ruinas sumergidas de la Atlántida, y a descubrir una perla gigante de incalculable valor. Vamos a llegar hasta la Antártida, y a quedar atrapados en el mismo iceberg que el Nautilus. También vamos a entrar en la nutrida biblioteca del Capitán Nemo, y en su museo.
En este viaje en el que acompañamos a Monsieur Aronnax, a Conseil y al arponero canadiense Ned Land, vamos a descubrir un mundo nuevo y fascinante. Vamos a recibir información de la geografía, la física, la ecología, la biología marina… todo ello de la mano del relato de aventuras.
Pero en el marco de tanto descubrimiento, siempre vamos a cerrar nuestra lectura con la misma incógnita: ¿Quién es el Capitán Nemo? ¿Dónde nació? ¿Por qué tomó la decisión de no volver a pisar tierra firme? ¿Por qué ataca y hunde ciertas embarcaciones? ¿Quiénes son la mujer y los niños de la foto que tiene en su camarote? ¿Qué es lo que lo obsesiona y lo tortura, al punto de no querer ni siquiera comer alimentos de origen terrestre?
El enigma de Nemo (y de su suerte) se mantiene hasta el final de la novela. En este, un maelström (evidente homenaje a Poe, a quien Verne admiraba) hace desaparecer al Nautilus en las profundidades del océano, en medio de un inmenso remolino.
Tan llevadera en el transcurso de su lectura, como abrupta en su final, Veinte mil leguas de viaje submarino es una obra que vale la pena releer (o leer por primera vez) en esta edición de Anaya.
Es extensa y está muy anotada, pero esto no traba la lectura de esta novela que tiene el dinamismo que le otorga haber sido publicada originalmente como folletín quincenal. Las notas pueden leerse aparte, al final de cada capítulo o en una eventual segunda lectura.
No hay que perderse, por nada del mundo, este hermoso viaje.
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Veinte mil leguas de viaje submarino
Julio Verne
Buenos Aires, Sopena, 1939