Archivo Agosto 2, 2011

LA LENGUA DEL MALÓN

Martes, Agosto 2, 2011

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“Hay que fijarse en cómo estructura Delia sus capítulos, dice el profesor. Cada uno con un título alusivo al universo campero, se organizan alrededor del mismo y, a la vez, este elemento resulta significante. “Yegua”, titula Delia, y alude al deseo copioso de su heroína. “Galope”, titula, y alude a una montada en cuatro patas. Después titula “Riendas”, y es el turno de explicar quién maneja la situación. En cada caso, Delia juega con la ambigüedad que otorga el elemento apostando al doble sentido. A diferencia de tanta novela erótica traducida en España, Delia no abusa de términos como grupa, néctar, garañón y ariete. Prefiere emplear una prosa que, con economía de recursos, dosifica los excesos deportivos de toda descripción amatoria. Mientras avanza en esas escenas, Delia semeja una colegiala aplicada con esmero a una composición. Cada uno de esos títulos responde a la nomenclatura de un territorio que es más subjetivo que geografía de lo pampeano. La inclusión del desierto, salta a la vista, expresa sin vacilaciones su deseo reprimido, la ausencia de vastedad.

Una característica del texto es su hibridez. Como los libros fundacionales de nuestra literatura, se define por la dificultad de ceñirse a un género. La lengua del malón es, como dije, una novela libertina construida por acumulación de estampas. Pero cada estampa funciona como un relato que puede leerse independiente, aunque referido siempre, como una tentación a la cual la autora no puede resistirse, a la misma parábola. La fantasía de Delia se desboca. Se ramifica, pero el texto converge, caprichoso, hacia una ontología de lo reprimido, atravesando esa frontera que es también la línea de fortines que separa la civilización de la barbarie. Al atravesar esa frontera, la zanja que mandó cavar la cristiandad para separarse de lo otro, La lengua del malón resignifica la zanja, y no se me escapa la polivalencia del término, al cargarla con un erotismo desaforado. En este aspecto, la obra de Delia También participa del ensayo” (Pägs. 88-89)

 

“La primera creación literaria de esta tierra, a comienzos del mil seiscientos, la historia de Lucía Miranda raptada por el cacique Siripo, es el relato de una cautiva escrito por un conquistador, Ruy Díaz de Guzmán. Un mito que lograría, siglos más tarde, su representación teatral convirtiendo a la heroína en una charlatana de feria con atributos románticos. Convengamos entonces, propone terminante el profesor, que nuestra historia literaria se inaugura con un secuestro. Y, a la vez, con un escamoteo de la verdad.  El secuestro es, en realidad, la práctica de los conquistadores. Desde Hernán Cortés secuestrando a Moctezuma, esta práctica pareciera nuestra más pura y auténtica herencia cultural de la madre patria. La Argentina manuscrita, así se llamó la crónica de Ruy Díaz de Guzmán. El texto deambula a través de copias y recién acredita valor para la imprenta dos siglos más tarde, El mito recobra vigor con el unitario Echeverría. Su cautiva es una mártir desgreñada que, empuñando un cuchillo, se mueve agazapada entre las cortaderas queriendo salvar a su enamorado prisionero. Además de improbable, difícil de creer la historia de esta cautiva huidiza, desafiando tanto el peligro como las fuerzas de esa naturaleza salvaje con tal de salvar a su partenaire rubio.

Escrita a contrapelo del tópico de la cautiva, lo que sugiere La lengua del malón es una lectura distinta del mito. Minga de rescate rubio. No cabe duda de que, para Delia, la belleza criolla, escribir esto era un alboroto de sentimientos. Y Lía, al estimularla, tenía plena conciencia de aquello que Delia estaba viviendo. Porque Delia vivía cada una de las palabras que escribía. Delia es esa letra que se esfuerza, contenida, en una caligrafía prolija, temerosa de lo que experimenta cada vez que empuña la lapicera. Y lo mismo le ocurre cada vez que martilla la máquina de escribir. La lapicera es un arma blanca. La máquina es un arma de fuego.

A quiénes estoy matando, le preguntó Delia a Lía.

Lía le contestó:

Por qué no te preguntás a quién estás pariendo.

Todos estos años, guardián y cautivo de estar escritura, ahora me impongo liberarla, liberarme. Pero entonces qué.

Qué me queda, qué quedará de mí.

Hacerme cargo de que estas palabras que fueron, en un sueño, mías, ya nunca volverán a serlo.

Comprobar que la letra, si una ventaja tiene sobre la sangre, es que no coagula. La letra no cicatriza.

Ay, Delia, se permite aflojar el profesor.

Ay, Delia.

Por qué yo.

Después de esta noche, cuando esta carpeta de divulgue, ya no seré el mismo. Estoy dispuesto”.(Págs 95 a 97)

 

 

 

La lengua del malón

 

Guillermo Saccomano

 

Buenos Aires, Planeta, 2003