Archivo Julio 22, 2011

ANTONIO SANTA ANA: “LA VERDAD ES QUE NO SÉ QUÉ HACE QUE UN LIBRO SEA EXITOSO, Y ESO LO AGRADEZCO COMO ESCRITOR, NO COMO EDITOR”

Viernes, Julio 22, 2011

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Libro de arena publica la segunda parte de la entrevista al escritor y editor Antonio Santa Ana, autor de Los ojos del perro siberiano y Nunca seré un superhéroe, realizada en la Biblioteca La Nube como cierre del ciclo “Encuentro con autores de literatura infantil y juvenil”. En el final de esta picante charla Santa Ana cuenta sobre las vicisitudes del escritor editor, la necesidad de romper con fórmulas de escritura heredadas y sobre el pudor de leerse a sí mismo. La primera parte de la entrevista, aquí

 

 

 

 

Mario Méndez: La primera novela que escribiste y publicaste fue Los ojos del perro siberiano ¿Te auto-editaste?

 

Antonio Santa Ana: No, yo vi el libro ya hecho. Mandé un archivo word y me devolvieron seis meses después un libro en el cual ni siquiera había participado de las correcciones, así que no fue un trabajo de edición que hiciera yo. Estuve cinco años escribiendo ese libro y tardé un año y medio en realizar las correcciones, sin embargo en la edición no participé.

 

MM: ¿Sos de leer las cosas que escribís una vez que están finalizadas?

 

AS: La verdad es que nunca me leí. Me parece que ya paso demasiado tiempo con los libros cuando los escribo y cuando los corrijo. Un vez en que iba a un colegio en Bogotá veo una cartulina pegada con una frase, de inmediato pensé que era una cursilería; lo mismo me fue ocurriendo con varias frases que había pegadas por todas partes. Cuando termino de dar la charla me dicen “¿vio que decoramos todas las aulas con frases suyas?” No quiero enfrentarme con eso una y otra vez.

 

MM: Nunca te releíste, pero sin embargo estás conforme…

 

AS: Son cosas distintas. Es una relación de trabajo que guardo con los libros y la literatura. Les tengo mucho respeto porque me han dado de comer durante los últimos treinta años. Pero también les puedo faltar el respeto, les puedo levantar la pollera si quiero. Creo que escribí los mejores libros que podía escribir en el momento que los escribí; hice todo mi esfuerzo ahí y ya está. Prefiero que vendan a que no vendan porque hay plata en el medio pero tampoco me lo voy a tomar tan en serio. Como yo tomé la decisión de no vivir de mi escritura, sino de la de los otros también es cierto que puedo tener cierta ligereza al respecto porque no necesito estar apareciendo en público, no necesito un montón de cosas que otra gente sí necesita para vivir. No necesito sacar muchos libros, aunque me gustaría, pero escribo muy lento y me cuesta encontrar el tiempo necesario. Entonces estoy conforme porque hice mi mejor esfuerzo en el momento que lo tenía que hacer, por eso estoy conforme. Ahora, si me decís si son grandes obras de la literatura, te contesto que no, que no creo que lo sean y que tampoco me importa. Porque mi apuesta en esto fue escribir una novela que hablara de algo de lo que quería hablar y escribirla lo mejor que pudiera.

 

MM: ¿De lo que te propusiste que hablara era justamente del SIDA?

 

AS: No, yo quería hacer una novela que hablara de la incomunicación y el silencio. Quería un montón de cosas, era la primera novela y tenía una ambición desmesurada. Hay cosas que para mí eran bravuconadas que para todo el mundo eran en cambio homenaje. Por ejemplo: la aparición de María Elena Walsh. Me tenía re-contra podrido hace veinte años atrás el efecto de María Elena; había tantos escritores que la copiaban, tantos que querían copiar el disparate y el absurdo y que les salía para el culo. Quería que alguien tirara todos los libros de María Elena Walsh, que los tirara y se fuera corriendo. Es una idea con la que me topé en un cuento donde el narrador va corriendo, se tropieza con Borges en la calle, lo levanta y sigue corriendo como si nada. Me dije: “hay que hacer esto con la literatura infantil, empezando por tirar los libros de María Elena a la mierda”. A mí la literatura suya me gusta mucho, pero me molestaba la mala copia. Me parecía que había que decir: “muchachos, ya está bien, vamos para otro lado”. La pregunta era cómo hacer para que apareciera en la novela. Así es que inventé la relación de los hermanos vinculándola con la canción del jardinero que es una canción que me gustaba mucho. Entonces hay toda una cosa del fantasma María Elena que termina reapareciendo y generando un homenaje cuando lo que quería hacer era exactamente lo contrario: tirar los libros a la mierda. Me salió justamente al revés, lo cual te hace dar cuenta de que no sale todo como uno quiere, en general casi nada sale como uno quiere. Yo quería hacer una metáfora de la sociedad argentina y los silencios; cuando, en el medio, pienso: cómo lo armo, se me ocurre apropiado que sea en un marco familiar en que haya aparecido el enfermo de SIDA, porque el silencio tenía que tener una justificación. El SIDA en ese momento era una enfermedad mucho más vergonzante de lo que es hoy. Era la peste rosa, por eso se prestaba para hacer el juego del silencio. No salió del todo lo que quería hacer, igualmente.

 

MM: Es una historia chica pero potente, por algo tuvo el éxito que tuvo…

 

AS: Sí, fue raro, debe tener sus encantos. Salió en el momento justo, en el lugar adecuado. También a veces eso sucede, hay libros que salieron dos años después y no pasó nada y son mejores. La verdad, no sé qué es lo que hace que un libro sea exitoso, pero de verdad no lo sé y agradezco eso como escritor, no como editor, porque si no estaría haciendo siempre lo mismo. Publico poco también, en gran medida, para no repetirme; cada vez que veo que lo que estoy escribiendo se parece a Los ojos del perro siberiano, lo dejo. No me permito hacer eso.

 

MM: ¿Nunca seré un súper héroe lo escribiste mucho tiempo después de Los ojos del perro siberiano?

 

AS: Antes que saliera Los ojos… tenía sesenta páginas escritas ya.

 

MM: ¿Y tuvo edición?

 

AS: No, de hecho la estructura que tenía era distinta. Yo tenía capítulos más sueltos pero se ve que algo anduvo mal en el Word y me los agruparon. En general, cuando me siento a escribir sé cómo termina la historia, no me pongo a escribir si no sé cuál es la última frase o la última escena. Después en el medio se desvirtúa todo un poco, o bastante. En ese momento trabajaba en una cartulina y ponía en un capítulo pasa esto, en otro pasa aquello y así. Sale en abril Los ojos del perro siberiano y me llama la editora que me pregunta si tengo otra cosa, le contesto: mirá, tengo 60, 70 páginas de esta novela y vengo escribiendo 10 páginas por semana así que en tres meses la termino. Me pidió que se la mandara, se la mandé y seguí escribiendo. Como trabajaba en la editorial venía viendo la grilla del año próximo: en abril figuraba Nunca seré un Power Ranger, que por aquel entonces era el título de la novela. No había podido volver a escribir nada, a trabajar en ella, y se acercaba la fecha en la que saldría, no tenía nada de nada; la pasamos para más adelante pero yo seguía sin avanzar, hasta que cuando se acercó la fecha me senté y en un fin de semana la terminé de un saque.

 

MM: No tenés nada para leernos ya que no te gusta leerte, así que nos vamos a quedar con esas ganas, igualmente. Leeremos tu próxima novela que todos esperamos. Muchas gracias por esta charla y te despedimos con este aplauso.

 

 

EL ARTE DE SER CHANDLER

Viernes, Julio 22, 2011

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Libro de arena recuerda a Raymond Chandler en el aniversario de su nacimiento y comparte una reseña biográfica y el artículo “El simple arte de matar”,  en donde reflexiona sobre la escritura y la circulación de los relatos policiales.

 

 

Raymond Chandler, nacido en Chicago en 1988, es considerado uno de los escritores de novela policial de la serie negra más destacados del género y de la literatura estadounidense. Sus inicios cuentan con una incursión en el periodismo a través de sus colaboraciones con London Daily Express y Bristol Western Gazette, y con la publicación de trabajos poéticos. Su primer relato fue “The rose leaf romance”, sin embargo la primera novela que publicó salió a la luz recién a sus 51 años. Su conocido personaje Philip Marlowe, encarna junto con Sam Spade (personaje de Hammet) el prototipo detectivesco en la literatura y el cine entre los años ‘30 y ’50 que atribulado por la melancolía y la soledad despliega una visión del mundo y la sociedad atravesada por el escepticismo característico del hombre en la modernidad y por una ética individual. Algunas de sus novelas son: El sueño eterno (1939), Adiós muñeca (1940), La ventana siniestra (1942), La dama del lago (1943), El largo adiós (1953). Murió en La Jolla, California, en 1959.

 


La literatura de ficción, en todas sus formas, intentó ser realista. Novelas anticuadas que ahora parecen pomposas y artificiales, hasta el punto de resultar ridículas, no lo parecían a las personas que las leyeron por primera vez. Escritores como Fielding y Smollet podrían parecer realistas en el sentido moderno, porque en general dibujaban personajes sin inhibiciones, muchos de los cuales no estaban muy lejos de la frontera de la ley, pero las crónicas de Jane Austen sobre personas muy inhibidas, contra un fondo de naturaleza rural, parecen bastantes reales en términos psicológicos. En la actualidad, abunda ese tipo de hipocresía moral y social. Agréguesele una dosis liberal de presuntuosidad intelectual, y se obtendrá el tono de la página literaria de su periódico y el sincero y fatuo ambiente engendrado por los grupos de discusión de los pequeños clubs. Esas son las personas que apuntaban a los bestsellers que son trabajos de promoción basados en una especie de explotación indirecta del esnobismo, cuidadosamente escoltados por las focas adiestradas de la fraternidad crítica, y cuidados y regados con amor por ciertos grupos de presión demasiado poderosos, cuyo negocio consiste en vender libros, aunque prefieren que uno crea que están estimulados por la cultura. Atrásese un poco en sus pasos y descubrirá cuan idealistas son.

El relato policial, por varias razones, puede ser objeto de promoción en muy raras ocasiones. Por lo general se refiere a un asesinato, y por lo tanto carece del elemento promocionable. El asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza, puede poseer-y en rigor posee- una buena proporción de inferencias sociológicas. Pero existe desde hace demasiado tiempo como para constituir una noticia. Si la novela de misterio es realista (cosa que muy pocas veces es), está escrita con cierto espíritu de desapego; de lo contrario, nadie, salvo un psicópata, querría escribirla o leerla. La novela de crímenes tiene también una forma deprimente de dedicarse a sus cosas, solucionar sus problemas y contestar sus preguntas. Nada queda por analizar, aparte de si está lo bastante bien escrita como para ser buena literatura de ficción, y de todos modos, la gente que contribuye a las ventas de medio millón de dólares nada sabe de estas cosas. La búsqueda de la calidad en la literatura es ya bastante difícil para aquellos que hacen de esa tarea una profesión, sin tener que prestar además demasiada atención a las ventas anticipadas.

El relato de detectives (quizá mejor que lo llame así, pues la fórmula inglesa sigue dominando el oficio) tiene que encontrar su público por medio de un lento proceso de destilación. Así lo hace y se aferra a él con gran tenacidad, y eso es un hecho; las razones por las cuales lo hace exigen un estudio de mentalidades más pacientes que la mía. Tampoco es parte de mi tesis la de que constituya una forma vital e importante del arte. No existen tales formas vitales e importantes del arte; sólo existe el arte y en muy escasa proporción. El crecimiento de las poblaciones no aumentó en manera alguna esa proporción, no hizo más que acrecentar la destreza con que se producen y expenden los sustitutos.

Y sin embargo, el relato detectivesco, aun en su forma más convencional, ofrece dificultades para ser bien escrito. Las buenas muestras de arte son mucho más raras que las buenas novelas serias. Mercancías de segunda fila sobreviven a la mayor parte de la literatura de ficción de alta velocidad, y muchas de las que jamás habrían debido nacer, se niegan, lisa y llanamente a morir. Son tan perdurables como las estatuas que hay en los paseos públicos, e igualmente aburridas.

Esto resulta muy molesto para la gente que posee lo que se llama discernimiento. No les gusta que las obras de ficción penetrantes e importantes, de hace algunos años ocupen sus propios anaqueles especiales en la librería con el rótulo de “bestsellers de años ha”, y que nadie se acerque a ellos, salvo uno que otro cliente miope, que se inclina, lanza una breve mirada, y se aleja a toda prisa; en tanto que las ancianas se empujan unas a otras ante la estantería de los misterios para atrapar alguna muestra de la misma vendimia con un título como El caso del triple asesinato o El inspector Pinchbottle acude a la escena. No les gusta que “los libros realmente importantes” acumulen polvo en el mostrador de las reimpresiones, mientras La muerte usa ligas amarillas se publica en ediciones de cincuenta o cien mil ejemplares, se distribuye en los quioscos de revistas de todo el país, y es evidente que no está en ellos sólo para decir adiós al que pasa.”

 

 

 

 Fragmento de:

 

 El simple arte de matar” en El simple arte de matar

 Raymond Chandler

 Col. “Libro Amigo-Novela Negra”, Bruguera, 1979