ROSA A LA ORILLA DEL RÍO
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Libro de arena publica un reseña biográfica del escritor brasileño João Guimarães Rosa en recuerdo de su natalicio, junto con un fragmento de uno de sus cuentos “La tercera orila del río”.
João Guimarães Rosa nacido en Cordisburgo, en 1908, es un destacado cuentista y novelista de la literatura brasileña que ha elaborado un lenguaje literario renovador. Su escritura explota construcciones de frase inéditas, intercala vocablos pertenecientes a otras lenguas y echa mano a recursos retóricos que restituyen la musicalidad de la lengua portuguesa, como la anáfora, la aliteración o las onomatopeyas. Entre sus obras figuran el libro de cuentos Sagarana (1946), Com o vaqueiro (1952), Gran sertón: veredas (1956), la colección de siete novelas cortas Corpo de baile (1956), que expandió los experimentos lingüísticos y estructurales inaugurados por Sagarana. Guimarães Rosa publicó varias colecciones de relatos cortos antes de su muerte, entre las que sobresale Primeras historias (1962). En 1997 se hizo la edición definitiva de Magma, su único libro de poemas. Murió en Río de Janeiro en 1968.
“Nuestro padre era un hombre cumplidor, de orden, positivo y fue así desde jovencito y niño, por lo que testimoniaron las diversas personas sensatas cuando indagué la información. En lo que yo mismo recuerdo, él no parecía ni más extravagante ni más triste que los otros conocidos nuestros. Solamente quieto. Era nuestra madre la que mandaba y quien a diario regañaba a mi hermana, a mi hermano y a mí. Pero ocurrió que, cierto día, nuestro padre mandó que se le hiciera una canoa.
Era en serio. Encargó una canoa, una especial, de palo vinhático, pequeña, sólo con la tablita de popa, como para caber justo el remero. Tuvo que ser toda fabricada, elegida fuerte y arqueada en rígido, apropiada para durar en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre mucho renegó contra la idea. ¿Sería que él, que no se ocupaba de esas artes, se iba a proponer ahora pesquerías y cacerías? Nuestro padre no hablaba. Nuestra casa, en ese tiempo, estaba aún más próxima del río, cosa de menos de cuarto de legua: el río por ahí se extendía grande, hondo, callado siempre. Ancho, de no poder verse la otra orilla. Y no puedo olvidarme el día que la canoa estuvo terminada.
Sin alegría, sin inquietud, nuestro padre se caló el sombrero y decidió un adiós. No dijo otras palabras, ni llevó provisión y ropa, ni hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, pensé que iba a gritar, pero persistió, solamente alba de tan pálida, mordió el labio y bramó:- “¡Vete, puedes quedarte, no vuelvas más!”-.Nuestro padre contuvo la respuesta. Me miró, manso, haciendo ademán de que lo acompañara. Temí la ira de nuestra madre, pero, de golpe, mañoso, obedecí.
El rumbo de aquello me animaba, me asaltaba una idea y pregunté:-“Padre, ¿usted me lleva también en esa canoa suya?”. Volvió a mirarme y me dio la bendición, con un gesto me mandó de vuelta. Hice como que vine, pero volví a la gruta del monte para saber. Nuestro padre entró en la canoa, la desamarró para remar. Y la canoa salió alejándose, lo mismo su sombra, como un yacaré, extendida larga.
Nuestro padre no volvió. No iba a ninguna parte. Sólo ejercitaba la invención de permanecer en aquellos espacios del río, de medio a medio, siempre en la canoa, para no salir de ella nunca más. Lo extraño de esa verdad espantó a la gente. Aquello que no había, acontecía. Los parientes, vecinos y conocidos nuestros, se reunieron y juntos se aconsejaron.
Nuestra madre, avergonzada, se portó con mucha cordura, por eso todos atribuyeron a nuestro padre el motivo del que no querían hablar: locura. Unos consideraban que podía tratarse del cumplimiento de alguna promesa o que, nuestro padre, tal vez, por escrúpulo de alguna enfermedad, como ser la lepra, desertaba para otra suerte de vida, cerca y lejos de su familia.
Las voces de las noticias eran dadas por ciertas personas-pasantes, moradores de las riberas, incluso de la lejanía del otro lado-diciendo que nuestro padre nunca se asomaba a buscar tierra, en ningún punto o rincón, ni de día, ni de noche, y del modo como cursaba el río, libre solitario. Entonces, nuestra madre y los parientes nuestros concluyeron: que las provisiones que estuvieran escondidas en la canoa se gastarían; y, él, desembarcaba y se alejaba yéndose para siempre, lo que por lo menos se condecía con lo correcto, o se arrepentía de una vez y volvía a casa.
Eso era un engaño. Yo mismo cumplía con llevarle, cada día, un tanto de comida hurtada: idea que tuve, ya en la primera noche, cuando nuestra gente experimentó con prender fogatas a la orilla del río, mientras que a su claridad, se rezaba y se llamaba. Después, seguido, aparecí con piloncillo, broa de maíz, racimo de plátanos. Avisté a nuestro padre, al fin de una hora, muy costosa de transcurrir, así solo, él allá a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en el liso del río. Me vio, no remó hacia acá, no hizo señas. Le enseñé la comida, la deposité en una cueva de piedras en la barranca, a salvo de bichos, de lluvia y rocío. Eso, hice y rehice siempre, mucho tiempo. Sorpresa que más tarde tuve: nuestra madre sabía de esa agencia, sólo que disimulaba no saberla; ella misma la dejaba, facilitada, sobras de cosas, para que yo las consiguiese. Nuestra madre no se manifestaba mucho.”
“La tercera orilla del río” cuento incluido en Primeras historias,
João Guimarães Rosa
Barcelona, Col. “Biblioteca Breve”, Seix Barral
