LA CABAÑA DE LA TÍA HARRIET
Martes, Junio 14, 2011.
Libro de arena recuerda a la escritora estadounidense Harriet Beecher Stowe en su natalicio con una breve reseña biográfica y un fragmento de su obra más afamada, La cabaña del tío Tom.
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Harriet Beecher Stowe nació un 14 de junio de 1811. Escribió poemas, libros de viajes, biografías y literatura infantil así como también novelas para adultos. La obra por la que se hizo más conocida es La cabaña del Tío Tom (1852) que aborda la cuestión de la esclavitud, basándose en la propia experiencia de haber vivido en Ohio, estado que ejercía dicha práctica. Su posición anti-esclavista la convirtió en una escritora controvertida para la época y le valió la calificación que el presidente Lincoln le dirigiera: “la pequeña dama que armó esta gran guerra”, en alusión a la guerra entre los estados del sur y los del norte conocida como guerra de secesión que concluiría con la abolición de la esclavitud. Murió a los 85 años en Connecticut, Estados Unidos.
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“Una tarde desapacible del mes de febrero se hallaban sentados frente a una botella de vino dos caballeros en el comedor de una casa del distrito de…, del Estado de Kentucky. Los sirvientes se habían retirado. Parecían discutir un asunto serio.
Hemos dicho dos “caballeros” por conveniencia del lenguaje, porque a uno de los interlocutores no se le hubiese creído perteneciente a la clase de hombres a quienes generalmente se aplica ese título. Era un individuo de baja estatura, tosco, de facciones ordinarias, y con ese aire petulante de los hombres de baja estofa encumbrados por la fortuna. Iba ostentosamente vestido con prendas de diversos colores. Los dedos, grandes y ordinarios, estaban cuajados de anillos y llevaba una gruesa cadena de oro con un puñado de dijes de portentoso tamaño. Su lenguaje estaba plagado de expresiones groseras.
Su interlocutor, el señor Shelby, tenía, por el contrario, todo el aspecto de un caballero, y el de su casa indicaba opulencia.
-El asunto puede quedar arreglado en la forma que le digo-dijo Shelby.
-No puedo cerrar trato en esas condiciones, señor Shelby-repuso el otro, interponiendo una copa de vino entre la luz y sus ojos.
-Ha de tener usted en cuenta, Haley, que Tom es un hombre que sale de lo corriente, y vale esa cantidad; es un trabajador honrado y capaz, y maneja mi granja con la precisión de un reloj.
-Esa honradez será como la de todos los negros.
-No; digo que es honrado en ka verdadera acepción de la palabra. Tom es bueno, trabajador, de buen corazón y religiosos. Se le bautizó hace cuatro años y creo que siente de veras la religión. Yo le he confiado todo cuanto poseo y siempre lo he hallado leal y recto.
-No va usted a deducir que yo sea de los que no creen en la religiosidad de los negros-dijo Haley. En el último envío que hice a Nueva Orleáns iba uno que era un santo por lo bueno, amable y pacífico. Por cierto que hice un buen negocio con él, porque lo había comprado barato y lo revendí en seiscientos dólares. Sí, señor, sí; la religión es una cualidad muy recomendable en un negro si es auténticamente religioso, sin fingimiento.
-Pues Tom es religiosos de verdad-repuso Shelby-. El otoño pasado lo mandé a Cincinnati solo, para ciertos asuntos míos y me trajo quinientos dólares. “Tom-le había dicho-, confío en tí porque creo que eres un buen cristiano y sé que no me engañarás”. Y Tom volvió puntualmente. Yo estaba seguro de que volvería. Declaro que siento de veras tener que desprenderme de Tom. Avéngase usted a que saldemos totalmente la cuenta con él. Por poca conciencia que tenga, espero que accederá.
-Yo tengo una conciencia como puede tener otro hombre de negocios-repuso el tratante-, y además estoy dispuesto siempre a hacer todo lo posible por complacer a los amigos; pero en este caso, comprenderá usted que un solo individuo es poco.
Entonces dígame en qué condiciones haría el trato.
-¿No tiene usted algún esclavo que agregar a Tom?
-¡Hum! No puedo deshacerme de ninguno, y si he consentido en vender algún esclavo, ha sido obligado por la necesidad.
En aquel momento se abrió la puerta y entró un mulatillo cuarterón de cuatro o cinco años de edad. Había en su tipo algo bello y atrayente. Su negro cabello caía formando rizos en torno de su redonda carita, embellecida por unos graciosos hoyuelos, y sus ojos grandes y oscuros, llenos de viveza y de dulzura, miraban con curiosidad por entre las abundantes y grandes pestañas. El vistoso traje a cuadros rosa y amarillo, bien hecho y muy limpio, hacía resaltar su infantil belleza. El aire de cómica seguridad con que se presentó, aunque templado por cierta modestia, delataba que estaba acostumbrado a los mimos del amo.
-¡Hola, Jim Crow!-dijo el señor Shelby, tirándole un racimo de uvas-. ¡Toma eso!
El cuarterón corrió mientras su amo reía.
El chico se acercó y el amo le dio unas palmaditas en la rizada cabeza y le acarició la barbilla.
-Ahora vas a enseñar a éste caballero cómo cantas y bailas.
Entonó el chico una de esas canciones grotescas, comunes entre los negros, con voz clara, acompañando su canto con cómicas contorsiones de manos, pies y cuerpo.
-¡Bravo!-dijo Haley, tirándole un gajo de naranja.
-Ahora, Jim, camina como el viejo tío Cudjoe cuando tiene reumatismo-dijo su amo.
Las piernas de Harry se curvaron como las de un paralítico, y en seguida, con el cuerpo encorvado y apoyándose en el bastón de su amo, echó a andar como un viejo.
¡Muy bien! ¡Este chiquillo es una alhaja!-dijo Haley-. ¡Vaya-añadió palmeando en el hombro a Shelby-agregue usted el chico y trato hecho! Dígame si esto no es ponerse en razón.”
La cabaña del tío Tom
Harriet Beecher Stowe
Buenos Aires, Acme, 1971
