ÁNGELES DURINI: “UNO ESTÁ SOLO ESCRIBIENDO, POR ESO ES MUY LINDO ENCONTRARSE CON LA GENTE”

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Libro de arena publica la segunda parte de la entrevista a Ángeles Durini, autora de ¿Quién le teme a Demetrio Latov?, realizada por el también escritor Mario Méndez en el ciclo de “Encuentros con autores de la literatura infantil y juvenil”. En esta segunda parte de la conversación, Ángeles cuenta sobre sus trabajos en colaboración con otros autores y diversas experiencias de escritura colectiva. El ciclo está organizado por el Programa Bibliotecas para armar y se realiza en la Biblioteca La Nube. Para leer la primera parte, aquí.

 

 

 

 

 

 

Ángeles Durini: No soy de escribir por encargo, aunque algunas veces lo he hecho. En realidad, siempre sale alguna idea que andaba dando vueltas. Una vez surgió la idea de hacer cuentos de viajes de egresados. Esa fue una idea que tiró Mario a varios escritores entre los cuales estaba yo. A mí me gusta más escribir libremente pero, qué sé yo, Mario me invitó a participar y me gustó la idea de trabajar con otros escritores. Yo justo había ido a un congreso de literatura infantil y en una de las mesas estaba Teresa Colomer, que es una gran escritora española de literatura infantil, y empezó a contar una experiencia que tuvo con chicos, que se trataba de una escritura en común. Empezó a leer algunos párrafos y me hizo mucha gracia porque en los párrafos aparecían cosas que los chicos comentaban fuera de la historia. Como por ejemplo: “ahora te toca a vos” y cosas así. Y yo jugué un poco con eso y, mientras la escuchaba, pensé: “qué lindo sería hacer un relato incluyendo estas cosas”. Así que cuando Mario me hizo la propuesta, dije “voy a incursionar en esto”.

 

Mario Méndez: Les voy a leer una parte. El libro se llama Nunca me gustó viajar, que es el título de uno de los cuentos y el de Ángeles es: “El misterio de la casa de la colina”:
“Para el concurso ‘La llave que abre Bariloche’, un cuento entre todos. Séptimo C, Escuela Número 20 de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Empiezo yo, Alberto Sánchez, a contar esta historia. Una historia de monstruos verdes y también con una chica de camisón blanco que en su mano llevaba una vela y el pasillo estaba oscuro. La chica vivía en este mundo antes de que se inventara la lamparita, por eso lo de la vela. Porque si no tenía, ¿cómo iluminaba el camino? Se habría tropezado ya que el camisón era blanco y largo, o sea se habría tropezado por lo largo, no por lo blanco. Porque además de ser la época donde no existían las lamparitas pero sí las velas, era la época en que las mujeres usaban camisones largos y los vestidos también lo eran pero eso se lo dejo a alguna chica ya que ellas saben más de esas cosas. Y la gente cree que los varones sabemos más de las cosas de miedo, pero yo no sé mucho porque no me gustan tanto. Salvo que aparezcan monstruos verdes, esos sí me gustan.
Victoria Taranto dice que los monstruos verdes no tienen nada que ver con esta historia, que eso es puro divague de Alberto Sánchez ya que cuando nos pusimos de acuerdo sobre de qué se iba a tratar esta historia, lo de los monstruos verdes fue bochado. El único que insistía con los monstruos verdes era Alberto Sánchez, pero nadie quería. En cambio sí es verdad que había una chica de vestido blanco y largo. Aclaración: era vestido, no camisón, la chica que de ahora en más llamaremos “La Joven”, con mayúscula ya que no le hemos inventado un nombre, conste que yo sugerí tres pero los tres fueron bochados, así que ahora le digo “La Joven” y al que no le guste que se jorobe. Entonces continúo, La joven llevaba vestido blanco y estaba en casa ajena, por eso no llevaba camisón. Lo único que poseía aquella noche era el vestido con el que había llegado que era blanco como ya se ha dicho, seguiría contando pero tengo que pasar la hoja. ¿Media página cada uno no es poco?”
Y así sigue y es realmente un hallazgo porque cuenta una historia, la de los monstruos verdes, el camisón y además el cuento de terror que se resuelve, increíblemente se resuelve. Pero, en realidad, cuenta, como los buenos cuentos, otra historia y cuenta la historia de estos chicos que se van pasando la hoja y va trasluciendo las discusiones que han tenido para desarrollar su cuento colectivo y, bueno, finalmente logran mandarlo al concurso.

 

AD: En este caso fue llevado hasta la exageración lo que le escuché a Teresa Colomer, porque era muy gracioso lo que ella contaba.

 

MM: Bueno, además tenés una experiencia, ahora doble, o por ahí triple, no sé, ya me contarás, con la escritura colectiva. “Patagonia, tres viajes al misterio” es una colección de tres novelas breves y “El enigma de los ratros” es del Grupo Periplos formado por Ángeles Durini, Magdalena Gutiérrez, Claudia Sueiro, Mora Bortot, Irene Pérez Bourbon y Susana Cazenave, es decir una novela escrita a doce manos que habrá sido todo un tema, ¿cómo fue eso?

 

AD: En realidad, fuimos un grupo que salimos de un taller, ya no estábamos haciendo más el taller con Susana Cazenave, pero éramos todas amigas y compartíamos el amor por la escritura y dijimos, ¿por qué no probamos escribir algo todas juntas? Así que nos pusimos de acuerdo con el personaje y el lugar. El sur y un centauro, no había mucho más que eso. Entonces una empezaba, hacíamos más o menos como los chicos del cuento: escribía una página alguna, se la pasaba a la otra semana a otra y así fuimos armando una historia y después nos juntamos, y eso sí nos llevó mucho tiempo. Claro, al ser varias y haber muchas voces nos juntamos varias veces para corregir el texto y que quedara homogéneo y no se notara que éramos diez escribiendo. Nos divertimos mucho, nos peleamos mucho. Como Susana había sido nuestra profesora nos peleábamos hasta que ella decía “esto es así y punto”.

 

MM: Bueno, esto de la escritura colectiva nos lleva a tu última y reciente experiencia de escritura colectiva.

 

AD: También salió la propuesta y yo me enganché porque me gusta jugar y esto sonaba a juego. Creo que el primero que mandó algo fue Franco Vaccarini. Fueron, en un principio, varias páginas, y yo seguí, luego Mario, y ahí lo que hicimos medio espontáneamente fue tomar un personaje cada uno. Franco empezó contando la historia a partir de la voz de un detective y yo seguí a través de una profesora de literatura pero continuando la historia; de golpe llegó una leyenda japonesa que venía a cuento con lo que venía pasando en este pueblo de la pluma de Mario con un estilo bien de leyenda. Estaba muy interesante porque de pronto aparecía algo inesperado y después Graciela Repún empezó a meter unos mellizos y a unir partes que habían quedado medio descolgadas, porque eso pasa también, cuando uno escribe de a varios aparecen cosas que no tienen mucho que ver.

 

P: ¿Ustedes exponen un tema o es como que va surgiendo?

 

AD: En este caso no sé cómo fue; recibí lo que Franco había comenzado a escribir que era un personaje que contaba que ya había llegado al pueblo, que era un detective, que lo habían invitado a una escuela. O sea, yo ya recibo una historia empezada. Acá lo que hicimos es, porque uno puede seguir hablando, a través de este personaje del detective, o podía tomar otro personaje y eso es lo que hice y aparecieron otros personajes más. Eso ya habilitó para que hubiera varias voces en la novela, es una manera de encarar una novela de a varios.

 

P: ¿Sos de esperar años a que el texto se afiance?

 

AD: Depende el texto. Principie Melifluo había escrito cuatro capítulos y ahí quedó y dejé que el texto vaya saliendo solo, sin ningún tipo de presión. Y otros, las novelas, me llevan más tiempo porque son más largas pero al mismo tiempo hay como un hilo conductor, entonces voy siguiendo ese hilo. A lo mejor es una escritura más pensada, es más automática por decirlo de una manera.

 

MM: Para ir cerrando te vamos a pedir que nos leas algo, lo que más te guste de todo lo que trajiste.

 

AD: Bueno, se llama “El león y el león”:

Un león de piedra esculpido en una torre hablaba con un león de nube que colgaba del cielo.

–Cómo me gustaría moverme como vos, dar vueltas en el aire, ver toda la ciudad desde arriba. – dijo el león de piedra.

–Cómo me gustaría estar quieto, tranquilo y saber que no me voy a deshacer nunca – contestó el de nube.

Al rato de estar conversando se largó una tormenta muy fuerte. El león de piedra que no le temía a las tormentas intentó girar el cuello para que el agua le diera en toda la cara pero fue inútil, él ya sabía que aquel esfuerzo era inútil, en cada tormenta había intentado girarse pero no lo había conseguido en ninguna. Entonces cerró los ojos, los de adentro, porque los de afuera, los de piedra, no los podía cerrar y se resignó a quedar estático para siempre. De repente comenzó a sentirse más liviano, era una sensación tibia a pesar del frío de la tormenta. Concentró todo su esfuerzo para poder mover las alas, porque era un león con alas, y abrió los ojos. Allí seguía de piedra en la torre, pasó su mirada por el cielo que se había emparejado de gris. Ahora las nubes eran una sola nube, eran los aires cuando se cargan de tormenta. ¿Y mi león de nube, mi nuevo amigo? ¿Se habrá mezclado con las otras? ¿Se habrá deshecho? Será león de agua en algún lado? – se preguntaba el león de piedra.

Después de algunas horas paró la tormenta, el león de piedra quedó triste sin poder contarle a nadie sus deseos, sin amigo. Al día siguiente salió el sol, el sol comenzó a absorber el agua que le había quedado al león en la piedra. La melena de piedra quedó brillante y seca. Y frente al león, como en un espejo, comenzó a dibujarse otro león, el león de nube.

–Hola león – le dijo el león de nube.

–Hola león – le contestó el de piedra con la última gota de agua debajo de los ojos – pensé que nunca más te iba a volver a ver.

–Si un león no puede ir al cielo, el cielo baja a donde está el león – le respondió el amigo y se quedaron juntos jugando toda la tarde el león y el león, hasta que se hizo de noche y uno de los dos se evaporó y el otro no tuvo más remedio que recordarlo para siempre.

 

(Aplausos)

 

MM: Bueno, ha sido un placer…

 

AD: Gracias a ustedes, es muy lindo encontrarse con gente. Uno está muy solo escribiendo, como el león.

 

(Risas)

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