EL VALLE DE CZESLAW MILOSZ
Jueves, Junio 30, 2011.
Libro de arena recuerda el nacimiento del escritor y Premio Nobel Czeslaw Milosz con una reseña biográfica y un fragmento de El valle de Issa.
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Czeslaw Milosz nació en Lituania en 1911. Las guerras mundiales dejaron una fuerte huella en su espíritu que lo llevó a participar en la resistencia a la ocupación nazi en la segunda guerra y luego a convertirse en diplomático al servicio de Washington. Después de su exilio en París en 1951 se trasladó e Estados Unidos donde tuvo a su cargo la cátedra de Lenguas y literaturas eslavas de la Universidad de Berkeley. Entre sus libros destacan: El poder cambia de manos (1980), El valle del Issa (1981), Otra Europa (1981), Poemas (1984) y El pensamiento cautivo (1985). El poeta define su propia composición como de conflicto con el mundo que encuentra en la ira y la furia un estímulo poderoso, para contrarrestar a aquellas personas que se niegan a recordar y que viven como si nada hubiera ocurrido. En 1980 recibió el Premio Nobel de Literatura. Murió en 2004.
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“Tomás nació en Ginie, sobre el Issa, en la época en que la manzana madura se estrella contra el suelo en el silencio de la tarde, y en los vestíbulos de las casas aparecen barriles de esa cerveza oscura que se obtiene después de la siega. Ginie es, ante todo, una montaña cubierta de robles. El que hayan construido una iglesia de madera en la cumbre es como una muestra de malevolencia de la antigua religión, o quizá también como el deseo de pasar de la antigua a la nueva sin sobresaltos: en ese mismo lugar, hace tiempo, practicaban sus ritos los adoradores del dios del trueno. Desde el césped, frente a la iglesia, por encima del muro de piedra, se ven abajo los meandros del río, la balsa con su carrito encima, que avanza lentamente a lo largo del cable del que tira rítmicamente el barquero con las manos (no hay puente), el camino, los tejados entre los árboles. Un poco apartada, a un lado, se divisa la parroquia con su tejado gris de tablillas de madera, parecida al Arca de los dibujos antiguos. (…)
Desde el camino se llega a la casa por una alameda bordeada de árboles. Los tilos son tan frondosos que forman como un túnel que desciende hasta el estanque. Se llama el Estanque Negro porque no le llega nunca la luz del sol. De noche da miedo acercarse a él: más de una vez se ha visto por allí un cerdo negro, que gruñe, pisotea los senderos con sus pezuñas y desaparece si uno se persigna. Por detrás del estanque, la alameda vuelve a empinarse y, de pronto, aparece la claridad de un césped. La casa es blanca y tan baja que el tejado, cuyas tablillas están recubiertas aquí y allá de hierba y de musgo, parece aplastarla. Una vid silvestre, cuyas bayas encogen la lengua por su aspereza, rodea las ventanas y las dos pequeñas columnas de la terraza. Por detrás, se ha construido un ala nueva, y allí se trasladan todos en invierno, pues la parte delantera se pudre y se hunde a cAusa de la humedad que rezuma del suelo. Esta parte consta de varias habitaciones, llenas de ruecas, telares y prensas para las telas.
La cuna de Tomás estaba ubicada en la parte antigua de la casa que daba al jardín y seguramente el primer sonido que lo saludaba por la mañana era el del canto de los pájaros detrás de las persianas. Cuando aprendió a andar, dedicó mucho tiempo a recorrer todas las estancias y todos los rincones. En el comedor, no se atrevía a acercarse al gran sofá de hule, no tanto por el retrato de un hombre de mirada severa, con su armadura y su vestido color púrpura, como por dos rostros de terracota desfigurados por una mueca terrible, colocados sobre la estantería. En la estancia a la que llamaban “salón”, jamás se atrevió a entrar e incluso, ya bien mayor, nunca se encontró a gusto en él. El “salón”, detrás del vestíbulo, estaba siempre vacío; en medio del silencio se oía el chasquido del parqué y de los muebles, y se tenía la extraña sensación de que había alguien allí. Lo que más le gustaba era entrar en la despensa, pero esto ocurría pocas veces. Entonces la mano de la abuela daba vueltas a la llave de la puerta pintada de rojo, y le llegaba como una bocanada de olores de todas clases. Ante todo el olor de los jamones y embutidos ahumados colgados de las vigas del techo que, acto seguido, se mezclaba a otro perfume penetrante que provenía de los cajoncitos alineados uno sobre otros a lo largo de las paredes. La abuela sacaba los cajoncitos y le dejaba aspirar el perfume, describiendo cada uno de ellos: “Esto es canela, esto es café, estos son clavos.” Más arriba, allí donde sólo loS mayores podían alcanzar, brillaban pequeños potes de color oro oscuro que despertaban la codicia, el mortero, e incluso la maquinilla para moler las almendras, así como la trampa para cazar ratones: consistía en una caja de hojalata sobre la que podían subirse los ratones utilizando un puentecillo con peldaños; cuando iban a morder el tocino, se abría la trampilla y caían al agua. La pequeña ventana de la despensa tenía una reja y, además del olor, reinaba en ella una sombría frescura. A Tomás le gustaba también la estancia que daba al pasillo, junto a la cocina, el llamado ”vestuario” donde secaban los quesos y batían la mantequilla. A veces tomaba parte de esta tarea, pues era divertido mover el palo de arriba abajo y de abajo arriba escuchando el gorgoteo del líquido dentro del recipiente: la verdad es que se desanimaba pronto, pues hay que trabajar mucho rato antes de que, al levantar la tapa, se advierta que las aspas del madero están ya recubiertas de grumos amarillentos.
Lo primero que conoció Tomás fue la casa, el jardín de árboles frutales detrás y el césped de delante. En él, había tres agaves, una grande en el centro y dos, más pequeñas, a los lados que reventaban con su potencia los tiestos de madera, sobre cuyas duelas, los aros metálicos dejaban señales de orín, arriba y abajo. La punta de los abetos, que crecían en la parte baja del parque, llegaba hasta estas agaves, y, desde allí, se abría el mundo entero. Se bajaba corriendo, hacia el río y el poblado, al principio sólo cuando Antonina llevaba un barreño lleno de ropa para lavar, apoyado en la cadera y, sobre él, la moza o pala para restregar la ropa.
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Fragmento de:
El valle del Issa
Czeslaw Milosz
Barcelona, Plaza y Janés, 1982







