ONETTI: DEJEMOS HABLAR AL VIENTO URUGUAYO

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Libro de arena recuerda al escritor uruguayo Juan Carlos Onetti en el día de su fallecimiento con una reseña biográfica y un fragmento de su texto Dejemos hablar al viento.

 

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo en 1908. Es considerado uno de los autores más importantes de la literatura uruguaya y de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Desarrolló una fuerte actividad periodística entre ambos márgenes del Río de la Plata que lo mantuvo unido tanto a Buenos Aires como a Montevideo. En el espacio imaginario que despliegan sus ficciones Santa María y Lavanda ocupan el lugar simbólico de ambas capitales respectivamente, y aparecen como escenarios de su “trilogía de Santa María”  La vida breve (1950), que tendría posterior continuidad en otros dos títulos igualmente magistrales: El astillero (1961) y Juntacadáveres (1967). Cuentan entre sus  primeras obras: El pozo (1939), considerada por la crítica el antecedente hispánico de la llamada literatura existencialista, nacida con Sartre y Camus; Tiempo de abrazar (1940), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), Los adioses (1954) y Para una tumba sin nombre (1959), además de las sucesivas colecciones de cuentos Un sueño realizado (1951), La cara de la desgracia (1960), El infierno tan temido (1962) y Tan triste como ella (1963).Recibió en su país el Premio Nacional de Literatura, en 1962, y en España el Cervantes, en 1980. Murió en Madrid en 1994.

 

 

 

El viejo ya estaba podrido y me resultaba extraño que sólo yo le sintiera el agridulce, tenue olor; que ni la hija ni el yerno lo comentaran. Estaban obligados a ventear y fruncir la nariz porque ellos eran sus parientes y yo no pasaba de enfermero, casi, falso, ex médico.

 

 

Aquel era el primero de los trabajos que me había elegido Frieda cuando llegué a Lavanda y la descubrí en Avenida Brasil 1597, tan hermosa y dura como en los tiempos viejos y traté de sacarle dinero-le sobraba-, o el apoyo imprescindible para todo inmigrante que pide, como un carnudo digno, una nueva oportunidad.

Los trabajos y los castigos. Cuidar la agonía del viejo que era el primero de la serie de sus venganzas sin motivo proporcional. Ella y yo preferíamos acostarnos con mujeres y alguna noche sin recuerdo chocamos en Santa María y yo no gané por merecerlo sino porque la mujercita en juego tuvo más miedo de mi carnet de comisario que avidez por lo que ella, Frieda, le estaba ofreciendo en el restaurante de la costa, sin intención de cumplir. Era un juego; y tarde en la madrugada Frieda perdió, hizo caer un chorro de saliva dentro de su vaso, se pintó la cara y pudo sonreírme antes de levantarse para salir y buscar su coche. Era, entonces, un Dedion Bouton crema, pequeño y sin capota. Habíamos estado los tres, tan cordiales, en la misma mesa. La mujercita, joven, flaca, sucia, se quedó conmigo. No puedo descubrir otra causa y esta misma es confusa.

 

 

Lo mejor de la experiencia, de la venganza primera, era la frescura de las mañanas, cuando excitado y viril por la falta de sueño me apoyada en la verja de la Embajada Argentina para esperar el ómnibus 125. Las mejores entre todas eran las mañanas de aquel verano tormentoso, con barro y hojas castañas en el suelo, aquel aire inquieto que acababa de ser hecho para mí, aquella zumbona alegría de los viejos árboles de las quintas, las casonas que habían tenido nombre y prestigio, el cielo indeciso, arremolinado.

Porque ni el aire ni yo creíamos del todo en lo que habíamos hecho y visto durante la noche; y empezábamos el día despreciando las tareas, reconstruyendo en broma el amor, la amistad, la simpatía, el simulacro de la fe en los hombres, en sus cortas y feroces creencias.

A pesar del calor que llegaba a los nervios, la noche había sido tranquila y los ritos se repitieron  con la impasible escrupulosidad de siempre. El yerno, el capitán, vino con su mujer a las nueve, casi e seguida de que la sirvienta hubiera salido del dormitorio con la bandeja de mi comida, cuando yo estaba preparando la primera inyección.

Apagué la llama del alcohol, puse la jeringa en la caja negra y volví a sentarme en el sillón con un libro abierto que se titulaba Concepciones cíclicas de Vico. Prefería no dar inyecciones sin testigos. Acompañante nocturno, dijo Frieda, y el título lo repitió Quinteros. “Doscientas dracmas por noche y el trabajo es nada”, dijo apresurado, mientras apoyaba indiferente una mano abierta en la rodilla de Frieda y me recitaba pedazos apócrifos de la historia del viejo condenado e insinuaba mis posibles descubrimientos en el dormitorio, en los muebles, en el colchón, en los gestos y el balbuceo final.

Quinteros, que había tenido un antepasado que eligió llamarse Osuna cuando en el quinientos los Reyes Católicos hicieron una pequeña limpieza. Pero él, fuera de los negocios, imponía el Quinteros como desafío inane y tal vez satisfactorio.

No sé, exactamente, cuándo decidí aceptar irremediable la necedad humana, Santa María, Lavanda, el resto del mundo que ignoraría siempre. Abstenerme de contradecir. No sé cuándo aprendí a saborear silencioso mi total desavenencia con varones y hembras. Pero mi encuentro con Quinteros-Osuna, con su estupidez poderosa, con su increíble talento para ganar dinero, me produjo un desenfreno, me obligó a aceptar con entusiasmo aquella forma de imbecilidad que él me reconocía, con elogios exagerados, casi envidiosos. Por eso dije que sí a todo y agregué detalles, retoques, perfecciones.

 

 

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Fragmento de:


Dejemos hablar al viento

Juan Carlos Onetti

Bruguera, 1979

 

 

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