Ángeles Durini: “No podía dejar de leer a Oscar Wilde”

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Libro de arena publica la entrevista abierta a Ángeles Durini, autora de ¿Quién le teme a Demetrio Latov, realizada por el también escritor Mario Méndez. En esta conversación pública, Ángeles cuenta sus primeras lecturas y creaciones, sus sueños de la infancia y algunos de sus relatos actuales más disparatados. El ciclo de “Entrevistas a autores de la literatura infantil y juvenil” está organizado por el Programa Bibliotecas para armar y se realiza en la Biblioteca en La Nube. Aquí, la primera parte de la charla con Ángeles Durini.

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Mario Méndez: Ángeles Durini nació en Maldonado, Uruguay, pero está radicada en Argentina desde muy chiquita. Comenzó a estudiar Letras, pero dejó… Ahora nos va a contar por qué y también que comenzó a estudiar algo muy interesante, un profesorado de literatura especializado en literatura infantil. ¿Cómo fue eso?

Ángeles Durini: Cuando estaba terminando el colegio, estaba convencida de que iba a estudiar Letras. Se me cruzaron por la cabeza otras carreras, como psicología o teatro, pero sabía que Letras era lo que iba a seguir. Me anoté en la UBA, donde la carrera estaba muy orientada a la literatura clásica. Hice dos años con mucho latín, mucho griego y eso a mí no me gustaba tanto. Entonces me metí en varios cursos, pero no terminaba de encontrar el lugar donde quería estar. Hasta que un día vi en el diario que había un profesorado de letras pero con la especialidad de literatura infantil, y dije: “¡esto es lo mío!”.

 

MM: ¿Vos sabías desde chiquita o adolescente que lo que querías era escribir?

AD: Mi abuela me contaba muchos cuentos y era muy buena narradora y yo decía que, cuando fuera grande,  iba a poder escribir todos esos cuentos. ¡Todavía lo sigo intentando!  Después, entrando en la adolescencia ya me daba un poco de pudor decirlo, ya que todos querían ser médicos, abogados, etc. Pero, bueno, yo tenía mi librito donde escribía y lo escondía.

 

MM: ¿Y con qué empezaste? ¿Escribiendo para chicos?

AD: Escribía poemas y, cuando después me animé a escribir narrativa, me pasó algo que veo que a muchos otros escritores les pasa: escribía copias de El Fantasma de Canterville de Oscar Wilde.

 

MM: Leí en un reportaje que Oscar Wilde fue muy fuerte en tus primeras lecturas.

AD: Sí, me encantaba, no podía dejar de leerlo. Me gustaba el humor que tenía. Cuando descubrí La importancia de llamarse Ernesto en la biblioteca de casa fue como un despertar, algo que me llevó a leer otras cosas también.

 

MM: Ahora que nombrás el teatro, es algo que también has escrito. ¿Lo primero que publicaste fue teatro?

AD: Sí, fue por un premio de la Municipalidad de Buenos Aires. Todavía no había publicado nada y era una obra para chicos bien chicos.

 

MM: ¿Y qué fue lo primero en narrativa que publicaste?

AD: Lo primero fue el cuento “Del otro lado” que apareció en una antología gracias a un concurso de Colihue. Varios años después salió Quién le tiene miedo a Demetrio Latov. Ese primer cuento, “Del otro lado”, me dio muchas satisfacciones. Una vez, por ejemplo, estaba paseando por Jujuy con mi sobrina -estábamos en Tilcara- y un grupo de chicos comenzaron a hacer una obra de títeres en la plaza . Comenzó la obra, nos acercamos, y trataba de dos personas: uno oscuro y uno claro que querían cruzar una frontera. De repente, noto que empiezan a repetir partes de lo que yo había escrito en ese cuento y le digo a mi sobrina: “es parecido a mi cuento”. A partir de cierto momento, esa obra de títeres se convertía totalmente en mi cuento. Entonces cuando termina todo los fuimos a saludar y les digo: “qué lindo lo que hicieron, ¿de dónde sacaron el texto?” y me dicen: “Juntamos dos textos. Uno del subcomandante Marcos y otro de un cuento de María de los Ángeles Durini”. Y yo les digo: “Ah, qué bueno, porque ¡María de los Ángeles Durini soy yo!”. Y terminamos a los abrazos y fue un momento muy lindo.

 

MM: Quien le tiene miedo a Demetrio Latov es una novela muy bonita y una especie de homenaje a Drácula, incluso desde lo textual. Contános sobre eso.

AD: La estructura sobre cómo está contada la historia es igual a la de Drácula original, que es mediante cartas entre los personajes. Acá aparecen los mails, las cartitas en clase. Además de tomar esa estructura quería ver qué pasaba si no había narrador, solamente que apareciera en los títulos.

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MM: Sos una escritora difícil para un editor, porque no caés nunca en los lugares comunes. Es más, en alguna otra entrevista dijiste que detestás los lugares comunes. Y eso es un riesgo porque es mucho menos seguro para los editores y los promotores…-

AD: Y sí, a mí me gustan los libros que me sorprenden, que me llevan para otros lados. Cuando uno lee siempre el mismo estilo se aburre. Me gusta escuchar la voz personal de cada escritor. No me gustan los libros tan estructurados con principio, nudo y desenlace.

 

MM: Con respecto a esto que decís, yo no sé si es que está en el inconciente colectivo o qué, pero, por ejemplo, cuando le leí a mis hijas tu libro Frasco Gitano,  al terminar una de ellas me miró muy seria y me dijo: “los cuentos no terminan así”.

AD: Y sí, este cuento tiene un final completamente abierto. Yo voy a confesar que cuando escribí este cuento le había escrito otro final. Quizás no todos conozcan el cuento: se trata de una nena que se va en una especie de viaje agarrada de un pañuelo y, en la primera versión que tenía, la madre la traía de vuelta. Pero a mí no me gustaba ese final, y sólo lo había hecho para tranquilizarme. Se lo mandé a Laura Escudero que me aconsejó que le sacara ese final. Sí, le dije, la verdad que esa última página fue para tranquilizarme a mí pero no me gusta. Y ella fue la que se lo mandó a Sabrina Rossi que era en ese momento la editora de la editorial Comunicarte. Lo aceptaron con el final abierto. A algunos los inquieta pero creo que no para mal.

 

MM:  Y, hablando de rarezas, había un cuento que presentaste en la editorial Amauta, ése de las escupidas. Cómo era, recordálo un poco…

AD: ¡Ah! El del príncipe que escupía. Resulta que yo estaba convencida de que había leído en un manual de historia, esos que nos daban en la secundaria, en el cual había un príncipe que se apoyaba en la libustrina del cerco del palacio y que se entretenía escupiendo a la gente. Escribí un cuento sobre ese príncipe que escupía un cuento pero después, cuando fui a la biblioteca de mi barrio a buscar ese libro de historia, me di cuenta de que no escupía, sino que tiraba frutos podridos y encima ¡pobre hombre! se murió muy joven porque no sé que enfermedad tenía.

MM: ¿Y cómo terminaba la historia?

AD: Las princesas de la corte se volvían locas porque este príncipe las escupiera. Era como que la gente del pueblo no las entendía, no les parecía tan seductor, pero a las princesas las volvía locas. Entonces pasaban a propósito por la vereda o iban hasta el palacio donde estaba el príncipe. Ocurre que una princesa medio loca logra colarse, toca una campanita y, mientras van buscar a la reina, el príncipe la escupe toda. Cuando la reina la ve toda escupida, la invita a tomar el té y, mientras le habla y le habla, el príncipe, que se había escondido atrás de la cortina, de vez en cuando le manda una escupida. El último escupitajo le da en los labios y ella muere desmayada de amor.

 

La segunda parte de la entrevista, el viernes próximo.

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