Archivo Abril 20, 2011

MIGUEL HERNÁNDEZ: CARTAS DEL PASTOR POETA

Miércoles, Abril 20, 2011

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la muerte de un vampiro

Miércoles, Abril 20, 2011

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Libro de arena recuerda a Bram Stoker, autor de Drácula, en el aniversario de su muerte con una reseña biográfica y un fragmento del segundo capítulo de la novela.

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Abraham Stoker, más conocido como Bram Stoker, nació en Dublin, Irlanda, en 1847. Desde su primera infancia se nutrió de los relatos de terror que le leía su madre para compensar su reclusión hogareña debido a su mala salud. Se graduó en Matemáticas y fue presidente de la Sociedad de Filosofía en la Universidad. Trabajó como crítico teatrsal durante diez años y fue representante del actor Henry Irving con quien dirigió el Royal Lyceum Theatre de Londres, donde se realizó el estreno de la representación teatral basada en su novela Drácula. Murió el 20 de abril de 1912.

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Del Diario de Jonathan Harker

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5 de mayo. Debo haber estado dormido, porque si hubiese estado totalmente despierto, con seguridad habría notado que nos acercábamos a tan extraordinario lugar. En la oscuridad, el patio parecía ser de tamaño considerable y como de él salían varios corredores negros de grandes arcos redondos, quizá parecía ser más grande de lo que era en realidad. Todavía no he tenido la oportunidad de verlo a la luz del día.

Cuando se detuvo la calesa, el cochero saltó y me tendió la mano para ayudarme a descender. Una vez más, pude comprobar su prodigiosa fuerza. Su mano prácticamente parecía una prensa de acero que hubiera podido aplastar la mía si hubiese querido. Luego bajó mis cosas y las colocó en el suelo a mi lado, mientas yo permanecía cerca de la gran puerta, vieja y tachonada de grandes clavos de hierro, enmarcada en un pórtico de piedra maciza. Inclusive en aquella tenue luz pude ver que la piedra estaba profusamente esculpida pero que las tallas habían sido desgastadas por el tiempo y la intemperie.

Mientras yo permanecía en pie, el cochero saltó otra vez a su asiento y agitó las riendas: los caballos se pusieron a andar y todo el resto desapareció por una de aquellas negras aberturas.

Me quedé parado en silencio, donde estaba, porque realmente no sabía qué hacer. No había señales de ninguna campana ni aldaba y lo más probable era que mi voz no alcanzara a penetrar a través de aquellas ceñudas paredes y oscuras ventanas. El tiempo que esperé me pareció infinito y sentó cómo las dudas y los temores me asaltaban. ¿A qué clase de lugar había llegado y entre qué clase de gente me encontraba? ¿En qué clase de lúgubre aventura me había embarcado? ¿Era aquel un incidente normal en la vida de un empelado de un procurador, enviado a explicar la compra de una propiedad en Londres a un extranjero? ¡Empleado de un procurador! A Mina no le gustaría eso. Mejor decir procurador, pues justo antes de partir de Londres recibí la noticia de que mi examen había sido aprobado:¡de tal modo que ahora yo ya era un procurador hecho y derecho! Comencé a frotarme los ojos y a pellizcarme para ver si estaba despierto. Todo me parecía una horrible pesadilla y esperaba despertar de pronto en mi casa con la aurora luchando por atravesar las ventanas, tal como ya me había sucedido en otras ocasiones después de trabajar demasiado el día anterior. Pero mi carne respondió a la prueba del pellizco y mis ojos no se dejaban engañar. Era indudable que estaba despierto y en los Cárpatos. Todo lo que podía hacer era tener paciencia y esperar a que llegara la aurora.

En cuanto llegué a esta conclusión escuché pesados pasos que se acercaban detrás de la gran puerta y vi a través de las hendiduras el brillo de una luz que se acercaba. Se escuchó el ruido de cadenas que golpeaban  y el golpe de pesados cerrojos al correrse. Una llave giró haciendo el fuerte chirrido fruto de un largo tiempo sin usar. Y la inmensa puerta se abrió hacia adentro. En ella apareció un hombre alto, ya viejo, completamente afeitado, a excepción de un largo bigote blanco, y vestido de blanco y negro de la cabeza a los pies, sin ninguna mancha de color en ninguna parte. Tenía en la mano una antigua lámpara de plata, en la que la llama ardía sin globo ni protección de ninguna clase, lanzando largas y ondulosas sombras al titilar debido a la corriente de la puerta abierta. El anciano me hizo un ademán con su mano derecha, haciendo un gesto cortés y hablando en excelente inglés, aunque con una entonación extraña:

-Bienvenido a mi casa.¡Entre con libertad y por su propia voluntad!

No hizo ningún movimiento para acercárseme, sino que permaneció inmóvil como una estatua, como si su gesto de bienvenida lo hubiese convertido en piedra. Sin embargo, en el instante en que traspuse el umbral de la puerta, dio impulsivamente un paso hacia adelante y, extendiendo la mano, sujetó la mía con una fuerza que me hizo retroceder, un efecto que no fue atenuado  por el hecho de que parecía fría como el hielo, más parecida a la mano de un muerto que a la de un hombre vivo. Dijo otra vez:

-Bienvenido a mi casa. Entre libremente, váyase a salvo y deje algo de la alegría que trae consigo.

La fuerza de su apretón de manos era tan parecida a la que había notado en el cochero, cuyo rostro no había podido ver, que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona con la que estaba hablando. De modo que para  estar seguro, le pregunté:

-¿El conde Drácula?

Se inclinó cortésmente al responderme:

-Yo soy Drácula, y le doy la bienvenida, señor Harper, a mi casa. Pase; el aire de la noche es frío y seguramente usted necesita comer y descansar.

Mientras hablaba, puso la lámpara en un estante en la pared y, dirigiéndose a la salida, tomó mi equipaje. Lo hizo antes de que yo pudiera evitarlo. Yo protesté pero él insistió:

-No, señor, usted es mi huésped. Ya es tarde y mis sirvientes no están disponibles. Deje que yo mismo me ocupe de que se sienta cómodo”.


Fragmento  de:

Drácula

Bram Stoker

Espasa, 2008