VIRGINIA WOOLF, EL FARO DE LA LITERATURA LONDINENSE
Lunes, Marzo 28, 2011-
En el día de hoy, Libro de arena conmemora el 70º aniversario del fallecimiento de Virginia Woolf con una breve reseña biografía y un extracto de una de sus novelas más conocidas, Al faro.
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Adeline Virginia Stephen nació en Londres en 1882. A los treinta años se casó con Leonard Woolf con quien fundó Hogarth Press, la célebre editorial que publicó además de su obra, la de Katherine Mansfield, T. S. Eliot y S. Freud. Su trabajo como escritora se carateriza por la ruptura de las formas canónicas del relato y una incesante búsqueda por hacer fluir los contenidos de la conciencia fuera de la estructura discursiva lógica. Así sus relatos supeditan el papel de la acción narrativa y de la intriga dando vuelo a la experiencia del personaje y su relación con la fugacidad del tiempo. Entre sus textos más conocidos figuran: Viaje de ida y Noche y día, La señora Dolloway, Al faro, Orlando, Las olas, Flush. Murió en 1941 en Lewes.
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- Desde luego si hace bueno mañana, desde luego-dijo la señora Ramsay -. Pero habrá que levantarse con el alba-añadió.
A su hijo estas palabras le causaron un gozo extraordinario, como si asegurase que la excursión se llevaría a cabo sin falta y que tan sólo mediaban, pues, una noche oscura y una jornada de mar para poder alcanzar al fin aquel prodigio con el que le parecía haber estado soñando durante toda la vida. Comoquiera que perteneciese-ya a los seis años-a esa raza de seres que no logran mantener sus sentimientos separados uno de otro, sino que dejan que las alegrías y penas del porvenir proyecten su sombra sobre el presente, y como para esta clase de gente, desde la más tierna infancia, cualquier quiebro en la rueda de las sensaciones tiene el poder de cristalizar y transfigurar el instante sobre el que descansa su huella sombría o luminosa. James Ramsay, mientras oía hablar a su madre, sentado en el suelo, sin dejar de recortar figuras del catálogo ilustrado de las “Army and Navy Storres”, veía un halo jubiloso en torno a la nevera que estaba recortando. Le parecía una imagen dotada de magia divina. La carretilla, la segadora de césped, el rumor de los chopos, el blanquear de las hojas antes de la lluvia, el graznido de los grajos, el roce de las escobas, el crujido de las ropas, todo se destacaba en su mente tan neto e iluminado que ya estaba en posesión de su código particular, de su lenguaje secreto, aunque él presentase un aspecto de rigurosa e insobornable severidad, con aquella frente despejada y la bravía mirada azul, de un candor y pureza sin tacha, levemente fruncido el ceño ante el espectáculo de las flaquezas humanas, hasta tal punto que su madre, mientras le miraba contornear diestramente con las tijeras la silueta de la nevera, se lo imaginaba como un magistrado vestido de púrpura y armiño en un tribunal al frente de una ardua y trascendental empresa, en algún trance crítico para los negocios públicos.
-Pero no hará bueno-dijo el padre parándose delante de la ventana del salón.
Si en aquel momento James hubiera tenido a mano un hacha, un atizador de fuego o cualquier otro tipo de herramienta capaz de acertarle a su padre en mitad del pecho y de dejarlo muerto allí mismo, la habría empuñado sin vacilar. Tales eran los extremos de exaltación que el señor Ramsay era capaz de provocar con su mera presencia en el ánimo de sus hijos, cuando, como ahora, se quedaba ahí de pie, tan estrecho y afilado que parecía la hoja de un cortaplumas, sonriendo con mueca sarcástica, complaciéndose, no sólo en desilusionar a su hijo y dejar en ridículo a su mujer –diez mil veces superior a él en todo según James-sino también con secreta jactancia, en la rectitud de sus propias convicciones. Todo cuando decía era artículo de fe. Siempre artículo de fe. Era incapaz de equivocarse. Jamás tergiversó un hecho ni atemperó una palabra desagradable para proporcionar gusto o provecho a ser humano alguno, y menos que nadie a sus propios hijos, que carne de su carne como eran, tenían que saber desde la niñez que la vida es dura, que los hechos no admiten componendas y que el tránsito por este valle de lágrimas, donde se desvanecen nuestras más luminosas esperanzas y nuestras frágiles barquillas se van a pique en la oscuridad (y al llegara aquí podría el señor Ramsay adoptar una postura erguida y mirar a los ojos entornando los ojillos azules) requiere sobre todas las cosas , valentía, sinceridad y capacidad de supervivencia.
-Pero puede que haga bueno; yo creo que hará bueno-dijo la señora Ramsay, empezando a menguar, con gesto nervioso, en el calcetín marrón rojizo que estaba tejiendo.
Caso de que loo acabara esa noche y de que fueran por fin al Faro, se lo llevaría al torrero para su hijo, que tenía tuberculosis de cadera, junto con un montón de revistas atrasadas, algo de tabaco y todo lo que pudiera encontrar tirado por la casa y que no sirviera más que de estorbo, por llevarle algo a esa pobre gente que se debía aburrir de muerte, todo el día allí, sin hacer más que sacarle brillo a la lámpara del faro, ajustarle la mecha y trillar aquella birria de jardín, algo que se entretuvieran un poco. “Quién podría aguantar-se preguntaba-vivir encerrado durante un mes entero e incluso más en tiempo de borrasca, en un promontorio del tamaño de un campo de tenis?
Y no recibir cartas, ni periódicos, ni visitas, y si eres casado no ver a tu mujer ni tener idea de cómo andan tus hijos, no saber si están enfermos, si se han caído o han podido romperse un brazo o una pierna, no ver otra cosa que las mismas olas monótonas de siempre rompiendo una semana tras otra, y una horrible tormenta que se avecina, y las ventanas salpicadas de espuma y los pájaros estrellándose contra la lámpara y todo el promontorio sacudido, sin que te atrevas a asomarte fuera por miedo a que te barran los embates del mar”. “¿Quién aguantaría una vida así?-preguntaba dirigiéndose especialmente a sus hijas-. Por eso mismo-añadía luego en otro tono-tenemos que llevarles todo el consuelo que podamos.
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Fragmento de:
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Al faro
Virginia Woolf
Buenos Aires, Sudamericana, 1976