Libro de arena recuerda al escritor francés Stendhal en el día de su fallecimiento con una reseña biográfica y un fragmento de “Las afinidades electivas” de Rojo y negro.
Stendhal, seudónimo de Marie-Henri Beyle, es un novelista y ensayista francés que figura entre los grandes maestros de la novela analítica, nacido en Grenoble, el 23 de enero de 1783. Se inició en la escritura a partir de un trabajo de crítica de arte Historia de la pintura en Italia (1817), que realizó en su estadía en Italia y el mismo año publicó un libro de recuerdos y estudios académicos sobre su paso por distintas ciudades de ese país: Roma, Nápoles y Florencia en 1817. A este siguió Sobre el amor (1822), un tratado semiautobiográfico sobre la naturaleza del amor y luego Rojo y negro (1830) novela que analiza la sociedad contemporánea a través de la mirada de Julien Sorel, un ambicioso joven de provincias que se abre camino en la vida. Su escritura, considera modelo de realismo literario, inaugura un trabajo de representación del sujeto que crea un nueva heroicidad, la del individuo como opuesto al ser social. Murió en Francia en 1842.
Los niños lo adoraban, él no los quería. Su pensamiento estaba en otra parte. Las travesuras de aquellos chiquillos no lo impacientaban jamás. Frío, justo, impasible y, sin embargo, amado (ya que su llegada había ahuyentado un poco el aburrimiento) fue un buen preceptor. En cuanto a él, cada vez sentía más odio y horror hacia la sociedad en donde lo habían admitido, claro está que en su último escalón, lo que quizá explique su odio y su horror. Hubo algunas cenas de gala, en las que apenas pudo ocultar su aversión hacia todo lo que lo rodeaba. El día de San Luis, entre otros, el señor Valenod llevaba la voz cantante en casa del señor de Rénal. Julien estuvo a punto de delatarse. Se fue al jardín con el pretexto de ir a ver a los niños.”¡Cuántos elogios a la probidad!-exclamó-¡Se diría que no hay otra virtud! Y, sin embargo, ¡cuántos halagos, cuánta consideración y respeto hacia un hombre que, evidentemente, ha duplicado y hasta triplicado su fortuna desde que administra los bienes de los pobres! Me apostaría cualquier cosa a que saca fondos destinados a los niños abandonados, a esos pobres cuya miseria debiera ser aún más sagrada que las demás! ¡Ay, monstruos, monstruos!…Y yo también soy una especie de niño abandonado, odiado por mi padre, por mis hermanos y por toda la familia…”
Unos días antes de San Luis, Julien, que se paseaba solo leyendo el breviario por un bosquecillo llamado el Belvedere, que domina el Paseo de la Fidelidad, había tratado en vano de evitar a sus dos hermanos a los que vio llegar desde lejos, por un sendero solitario. La envidia de aquellos groseros obreros al ver el hermoso traje negro de su hermano, su aspecto extremadamente limpio y el sincero desprecio que hacia ellos sentía, hizo que le propinasen tal paliza que lo dejaron en el suelo, desvanecido y sangrando. La señora de Rénal, que se paseaba con el señor Valenod y el subprefecto, pasó por casualidad por el bosquecillo. Vio a Julien tendido en el suelo y lo creyó muerto. Tanto se emocionó que el señor Valenod llegó a sentir celos.
Se alarmaba demasiado pronto. Julien encontraba muy hermosa a la señora de Rénal, pero la odiaba, precisamente, por su hermosura. Había sido el primer escollo que casi detiene su fortuna. Hablaba con ella lo menos posible, con el fin de que olvidase el arrebato que, el primer día, lo había llevado a besarle la mano.
Elisa, la doncella de la señora de Rénal, se había enamorado del joven preceptor. Hablaba de ello a menudo con su ama. El amor de la señorita Elisa le valió a Julien el odio de uno de los criados. Un día oyó cómo aquel hombre le decía a Elisa:”Ya no quiere usted hablar conmigo desde que ese mugriento preceptor entró en esta casa”.Julien no merecía aquel insulto, pero, por instinto de buen mozo, puso aún más cuidado en el aseo de su persona. También el señor Valenod lo odiaba. Dijo públicamente que tanta coquetería no era conveniente en un joven clérigo. El traje que llevaba Julien era poco más o menos como una sotana.
La señora de Rénal notó que hablaba más a menudo que de costumbre con la señorita Elisa. Se enteró de que aquellas conversaciones eran motivadas por la penuria de Julien . Tenía muy poca ropa interior y se veía obligado a darla a lavar con mucha frecuencia fuera de casa, para lo cual, Elisa le era muy útil. Aquella gran pobreza, que ella no sospechaba, conmovió a la señora de Rénal. Sintió deseos de hacerle algún regalo, pero no se atrevió. Aquella lucha interior fue el primer sentimiento penoso que le causó Julien. Hasta entonces, el nombre de Julien y el sentimiento de una alegría pura e intelectual eran sinónimos para ella. Atormentada por la idea de la pobreza de Julien, la señora de Rénal propuso a su marido que le regalasen alguna ropa.
-¡Qué tontería! -respondió él-. ¿Hacerle regalos a un hombre del que estamos muy contentos y que nos sirve tan bien? Eso sería en el caso de que se descuidase y hubiera que estimular su celo.
La señora de Rénal se sintió humillada por aquella manera de ver las cosas. Antes de la llegada de Julien no se hubiera dado cuenta. Cuando veía lo limpia que el joven clérigo llevaba la ropa-por lo demás muy sencilla-se decía:”¿Cómo podrá arreglárselas este pobre chico?”
La señora de Rénal era una de aquellas mujeres de provincia que pueden ser tomadas por tontas los quince primeros días en que se las conoce. No tenía ninguna experiencia de la vida y no se preocupaba de hablar bien. Dotada de un alma delicada y desdeñosa, el instinto de felicidad, natural a todos los seres, hacía que, la mayor parte del tiempo, no prestara ninguna atención a las actuaciones de los groseros personajes en medio de los cuales la había arrojado la casualidad.
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Fragmento de:
Rojo y negro
Stendhal
Madrid, Alianza, 2001