Archivo Marzo 10, 2011

BORIS VIAN, EL INMORAL

Jueves, Marzo 10, 2011

Libro de arena recuerda al escritor Boris Vian, quien fuera censurado por su escritura tachada de inmoral, en el día de su nacimiento, con una reseña de su trayectoria y un fragmento de su novela El otoño en pekín.

 

Boris Vian nació el 10 de marzo de 1920 en el seno de una adinerada familia afincada en Ville d’Avray (Francia), una localidad cercana a Versalles. Su primera novela, escrita en 1943, fue Vercoquin y el Plancton, sin embargo, su vasta obra abarca casi todos los géneros literarios y reconoce la influencia del surrealismo y del escritor Alfred Jarry. Se destacan entre sus novelas, muchas escritas bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, Escupiré sobre vuestra tumba, (1946), objeto de censura debido a su temática considerada en contra de la moral de la época, Todos los muertos tienen la misma piel, (1947), La espuma de los días, (1947), Que se mueran los feos, (1948), La hierba roja, (1950); relatos como El lobo hombre,  (1970) y Los perros, el deseo y la muerte,  (1974); obras de teatro cercanas al absurdo Los forjadores del imperio, (1961) o El último de los oficios, (1964); el poemario No quisiera morir (1962); o ensayos sobre la música jazz como Historia del verdadero jazz (1961) o Escritos sobre el jazz (1984). Murió en 1959 mientras observaba una adaptación cinematográfica de su novela Escupiré sobre vuestra tumba.

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Amadís Dudú seguía sin convicción la estrecha callejuela que constituía el más largo de los atajos que llevaban a la parada del ómnibus 975. Todos los días debía entregar tres boletos y medio pues descendía en el camino antes de llegar a su estación, y se palpó el bolsillo del chaleco para ver si le quedaba alguno. Sí. Vio un pájaro, posado en un montón de basura, que picoteaba tres latas de conservas vacías y conseguía tocar así el comienzo de Los barqueros del Volga; se detuvo, pero el pájaro desafinó y levantó el vuelo, furiosos, murmurando entre sus medios picos, sucias palabras pajarescas. Amadís Dudú reanudó su camino cantando la continuación pero desafinó también y comenzó a jurar.

Había sol, no mucho, pero exactamente delante de él, y el extremo de la callejuela, brillaba suavemente pues el pavimento estaba pringoso; él no podía verlo porque la calle daba dos vueltas, una a la derecha y otra a la izquierda. Mujeres de grandes deseos indolentes aparecían en los umbrales de las puertas con la bata abierta sobre una gran falta de virtud, y vaciaban los tachos de basura delante de ellas; luego golpeaban todas al mismo tiempo el fondo de los tachos, haciendo redobles de tambor, y, como de costumbre, Amadís se puso a marcar el paso. Por eso prefería pasar por la callejuela. Eso le recordaba el período de su servicio militar con los americaloides, cuando tragaba la bazofia en latas de hojalata, como las del pájaro pero mayores. La basura caía formando nubes de polvo, y eso le gustaba porque le hacía visible el sol. A juzgar por la sombra de la linterna roja del gran Vl, donde vivían agentes de policía disimulados  (era en realidad una comisaría, y, para despistar  las sospechas del burdel vecino tenía una linterna azul) era alrededor de las ocho y veintinueve. Le quedaba un minuto para llegar a la parada, lo que representaba exactamente sesenta pasos por segundo, pero Amadís daba cinco cada cuatro segundos, y el cálculo demasiado complicado, se disolvió en su cabeza; además, como le sucedía  normalmente, lo impulsaban sus orinas, que repiqueteaban en el pavimento. Pero mucho tiempo después.

Ante la parada del 975 había ya cinco personas, y todas ellas subieron al primer 975 que pasó, pero el inspector no dejó entrar a Dudú. Aunque este le entregó un pedazo de papel cuyo simple examen probaba que era el sexto, le ómnibus no disponía más que de cinco asientos libres, y se lo hizo ver ventoseando cuatro veces para ponerse en marcha. Partió suavemente, arrastrando por el suelo su trasera y encendiendo gavillas de chispas  en las jorobas de los adoquines; algunos conductores ponían en ellos eslabones para que eso fuera más lindo (eran siempre los conductores  de los ómnibus que venían detrás).

Un segundo 975 de detuvo bajo la nariz de Amadís. Estaba muy cargado y resoplaba. De él descendió una mujer gorda y una azada de dulce que llevaba un señor diminuto y casi muerto. Amadís Dudu se asió a la barra vertical y entregó su boleto pero le cobrador le golpeó los dedos con el taladrador.

-¡Suelte eso!-le dijo.

-¡Per han bajado tres personas!-protestó Amadís.

-Estaban de más-replicó el empleado en tono confidencial, y guió el ojo con una mímica repugnante.

-¡Eso no es cierto!-volvió a protestar Amadís.

-Sí-dijo el empleado, y dio un gran salto para alcanzar el cordón, al que se asió para dar media vuelta y mostrar su trasero a Amadís.

El conductor arrancó, pues había sentido la tracción del cordón rosado atado a su oreja.

Amadís miró su reloj y dijo “¡Bú!” para que la aguja retrocediera, pero sólo la de los segundos comenzó a girar a la inversa, las otras continuaron en el mismo sentido y nada cambió. Se hallaba parado en medio de la calle y miraba como desaparecía el 975, cuando llegó un tercero y su parachoques le golpeó en las nalgas. Cayó y el conductor avanzó para colocarse justamente sobre él, y abrió la canilla del agua caliente con la que regó el cuello de Amadís. Entretanto, las dos personas que tenían los números siguientes subieron, y cuando él se levantó, el 975 huía delante de él. Tenía el cuello completamente rojo y se sentía muy irritado. Durante ese tiempo llegaron otras cuatro personas que tomaron números apoyando la palanca. El quinto, un joven gordo, recibió, además, el chorrito de perfume que la compañía ofrecía como prima cada cien personas; echó a correr aullando, pues era alcohol casi puro y eso hace daño a los ojos. Un 975 que pasaba en la dirección opuesta los aplastó complacientemente para poner fin a sus sufrimientos, y se vio que acababa de comer fresas.

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Fragmento de:

 

El otoño en Pekín

Boris Vian

Bruguera, 1981