DOSTOIEVSKI: 130 AÑOS SIN EL GENIO RUSO
Miércoles, Febrero 9, 2011
Libro de arena conmemora los 130 años del fallecimiento de uno de los novelistas más importantes de la literatura rusa, Fedor Dostoievski. Con tal motivo, se publica su reseña biográfica y un extracto de la primera obra de la serie que le valdría el reconocimiento público, Crimen y castigo (1866).
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Fedor Dostoievski fue un escritor ruso que nació en 1821 en Moscú. La publicación, en 1846, de su novela epistolar Pobres gentes, avalada por el poeta Nekrásov y por el crítico literario Belinski, le valió una fama ruidosa y efímera, ya que sus siguientes obras, escritas entre ese mismo año y 1849, no tuvieron ninguna repercusión, de modo que su autor cayó en un olvido, del que se recuperó con la publicación de Recuerdos de la casa de los muertos (1861). En 1864 publicó Memorias del subsuelo relato inspirado en su experiencia siberiana. El jugador, y la primera obra de la serie de grandes novelas que lo consagraron definitivamente como uno de los mayores genios de su época, Crimen y castigo surgieron en 1866. Por último, es preciso destacar que Los hermanos Karamazov, novela que condensa los temas más característicos de su literatura: agudos análisis psicológicos, la relación del hombre con Dios, la angustia moral del hombre moderno y las aporías de la libertad humana es considerada su obra maestra.Murió en 1881 en San Petersburgo.
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A principios de julio, con un tiempo sumamente caluroso, un joven salía de su tabuco, que ocupaba como realquilado en la travesía de S…y con lento andar, como indeciso, se encaminaba al puente de K…
Discretamente evitó el encuentro con su patrona en la escalera. Su tugurio estaba situado bajo el tejado mismo de una alta casa de cinco pisos, y parecía un armario más que un cuarto. La patrona, a quien se lo había alquilado con pensión completa, habitaba sólo un tramo de la escalera más abajo, y siempre, al salir a la calle, tenía el joven que pasar, irremisiblemente, por delante de la cocina de aquella, casi siempre abierta de par en par sobre el rellano. Y siempre sentía al pasar por allí una impresión morbosa de cobardía, que lo avergonzaba y hacía fruncir el ceño. Estaba entrampado con la patrona y temía encontrársela.
Y no es que fuera nada cobarde y tímido, sino todo lo contrario; sólo que de algún tiempo a esta parte se hallaba en un estado de excitación y enervamiento parecido a la hipocondría. Hasta tal punto estaba arrinconado en su cuarto y apartado de todo el mundo, que temía encontrarse con alguien, no sólo con la patrona. Le agobiaba la pobreza; pero hasta su apurada situación había dejado de atormentarle hacía algún tiempo. Había abandonado por completo sus quehaceres cotidianos y no quería atenderlos. En realidad no le temía a la patrona, por mucho que pudiese maquinar contra él. Pero detenerse en la escalera, escuchar todos los dislates de esa mujer, ofensivamente absurda, que a él no le interesaban en modo alguno; todas aquellas sandeces referentes al pago, y aquellas amenazas y lamentaciones y, además de todo eso, tener que parlamentar, disculparse, mentir: no, era preferible arrojarse como un gato por la escalera y lanzarse al arroyo para no ver a nadie. Por lo demás, aquella vez, el temor de encontrarse con su acreedora le chocó a él mismo, luego de que se vio en la calle:
-¿Por qué me apuro de este modo y paso estos miedos con una bagatela? -pensó, con extraña sonrisa-, ¡Hum!…sí; eso es, todo está al alcance del hombre, y todo se le viene a las manos, solamente que el miedo…Esto es un axioma…Es curioso:¿a qué le teme más la gente? Al primer caso, a la primera palabra, es a lo que más le teme…Pero me parece que estoy hablando demasiado. No hago en absoluto otra cosa que hablar. Aunque también puede decirse que si hablo es porque no hago nada. Pero es que en este último mes me acostumbré a hablar, tendido las veinticuatro horas del día en mi rincón y pensando…en las musarañas. Bueno; pero a todo esto, ¿adónde voy? ¿Es que soy yo capaz de eso? ¿Acaso es eso serio? No, en absoluto, no lo es. ¡Así que me divertiré a expensas de la fantasía, un juguete!
¡Esto es en verdad, un juguete!
En la calle hacía un calor horrible, y a eso se añadía la sequedad, los empellones, la cal por todas partes, los andamios, los ladrillos, el polvo ,y ese mal olor peculiar del verano, familiar a todo petersburgués que no posee una casa de campo. ..Todo lo cual, junto, producía una impresión desagradable en los nervios, ya bastante excitados, del joven. El hedor insufrible de las tabernas, particularmente numerosas en aquel sector de la ciudad, y los borrachos que a cada paso se encontraban, no obstante ser aquel día de trabajo, completaban el repulsivo y triste colorido del cuadro. Un sentimiento de disgusto hondísimo se reflejó por un instante en las finas facciones del joven.
A decir verdad, era bastante guapo, con unos magníficos ojos oscuros, el pelo castaño, la estatura más que mediana, cenceño y bien plantado. Mas no tardó a volver a sumirse en una especie de ensimismamiento profundo y, para ser más exactos, en un completo olvido de todo, de suerte que andaba sin fijar la atención en torno suyo y sin querer fijarla. Solamente, de cuando en cuando, murmuraba algo entre dientes, siguiendo su costumbre de monologar, que hace un momento confesaba. En aquel mismo instante tuvo que reconocer que a veces sus pensamientos se embrollaban y que se sentía débil; era el segundo día en el que casi no probaba bocado.
Tan mal vestido iba, que otro, incluso un hombre acostumbrado a esos achaques, no se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con esos harapos. Por lo demás, aquel barrio era de tal índole, que allí nadie se fijaba en la ropa. La proximidad del mercado del Heno, la abundancia de establecimientos conocidos, y sobre todo el vecindario, compuesto de comerciantes, que se aglomera en esas calles y callejuelas céntricas de San Petersburgo, ponía a veces notas tan abigarradas en el panorama general, que habría sido raro asombrarse de ningún encuentro. Pero en el espíritu del joven se acumulaba ya tal dosis de maligno desprecio, que no obstante toda su delicadeza, muy juvenil a veces, de lo que menos se preocupaba era de lo mal vestido que cruzaba la calle.
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Crimen y castigo
Fedor Dostoievski
Edaf, 2005
