Archivo Febrero, 2011

CAPACITACIÓN GRATUITA EN ANIMACIÓN AUDIOVISUAL PARA LA PROMOCIÓN DE LA LECTURA

Lunes, Febrero 28, 2011

 

El programa Bibliotecas para Armar organiza un nuevo curso para adultos de Capacitación en animación audiovisual para la promoción de la lectura.

El objetivo de este curso es brindar un espacio en el cual los participantes puedan  investigar, incorporar y poner en práctica los instrumentos que ofrecen las diferentes técnicas de dibujo animado tradicional.

Los textos literarios serán el punto de partida de un trabajo que pretende fomentar la lectura mediante la producción audiovisual.

 

Todos los jueves a las 17.30 hs.
Inicia el jueves 10 de marzo

Biblioteca Juana Azurduy

Chile 1432
Coordina: Ayar Blasco
Gratuito
– Vacantes limitadas

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Para la inscripción solicitamos enviar los siguientes datos: nombre completo, número de DNI, teléfono y dirección de email.

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Ayar Blasco es realizador cinematográfico. Estudió en la Escuela de Cine de Avellaneda. Dirigió los largometrajes “Mercano el marciano” y “El Sol”. También diversas publicidades y cortometrajes de animación.

 

 

Informes e inscripción:
bibliotecasparaarmar@buenosaires.gob.ar

(5411) 4331-0706

VUELTA A HENRY JAMES

Lunes, Febrero 28, 2011

 

Libro de arena conmemora en su 95º aniversario de fallecimiento al escritor y crítico literario Henry James. Con tal motivo se publica una reseña biográfica y un  fragmento de su novela Otra vuelta de tuerca.

 

Henry James nació el 15 de abril de 1843 en Nueva York, Estados Unidos, y falleció el 28 de febrero de 1916 en Londres, Gran Bretaña. Nacido en el seno de una familia adinerada, era el hermano menor del conocido filósofo y psicólogo William James, que teorizó acerca del “fluir de consciencia”, un sistema de escritura que aplicarían autores tan conocidos como Virginia Woolf o James Joyce. Las obras del propio Henry son psicologistas e intimistas, y suelen representar un conflicto entre la forma de vida y costumbres de los habitantes del Viejo y Nuevo Mundo. Estudió en Nueva York, Londres, París y Ginebra, estableciéndose finalmente en Inglaterra, país que acabaría otorgándole la nacionalidad. Comenzó a publicar cuentos y artículos con veinte años, y en Europa trabó amistad con escritores de la talla de Goncourt,  Maupassant o Balzac. Su prosa perfeccionista y su estudio meticuloso de cada personaje quedaba patente en sus novelas, como podemos observar en obras hoy en día muy reconocidas (si bien en su época no obtuvieron el éxito que James esperaba), como Retrato de una dama u Otra vuelta de tuerca. También fue muy significativa su labor como crítico literario, introduciendo conceptos novedosos referentes a la perspectiva, la figura del narrador y la creación de personajes, reivindicando en todo momento la libertad creadora contra la imposición de métodos y esquemas tradicionales y obsoletos.

Extraído de: Lecturalia

 

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Hube de darme cuenta de ello, dos días después, cuando con Flora fui a esperar al señorito, como decía la señota Grose; y tanto más cuanto que, un incidente que ocurrió la segunda tarde me desconcertó profundamente. El primer día, como ya he dicho, fue en general tranquilizador, mas pronto lo vería transformarse y convertirse en motivo de aprehensión. Esa tarde el correo, que llegó retrasado, traía una carta para mí, de mi amo, quien con muy pocas palabras acompañaba otra carta dirigida a él y sin abrir aún. “Esta, reconozco bien la letra, es del director del colegio, que es un charlatán incorregible. Léala usted, se lo ruego; y trate con él el asunto, pero no me informe de nada. Ni una palabra. Salgo de viaje.” Con un gran esfuerzo rompí el sello de correos después de hacerme gran violencia; tomé la carta y me dirigí a mi habitación  con el fin de leerla antes de meterme en la cama. Hubiera debido esperar hasta el día siguiente, pues su lectura me deparó una segunda noche de insomnio. No pudiendo pedir consejo a nadie al día siguiente creció mi ansiedad, por lo que decidí confiarme por último a la señora Grose.

-¿Pero qué significa esto? El niño ha sido expulsado de la escuela.

La señora Grose me miró de un modo que no dejó de producirme cierto asombro. Luego, con manifiesta indiferencia y rápidamente recobrada trató de contenerse:

-Pero ¿es que no vuelven todos los niños a sus casas?

-Sí, vuelven, pero sólo para pasar las vacaciones. Miles, en cambio, ya no volverá a la escuela.

Bajo mi atenta mirada la señora Grose enrojeció visiblemente

-¿No quieren tenerlo?

-En modo alguno.

Ante mi respuesta la señora Grose elevó sus ojos, que había apartado de mí, de modo que pude verlos arrasados en bondadosas lágrimas.

Pero, ¿qué ha hecho?

Vacilé, mas en seguida, juzgando que lo mejor sería comunicárselo todo, le alargué sencillamente la carta, cosa que hizo inmediatamente que ella, sin tomarla, se llevara sus manos a la espalda, moviendo tristemente la cabeza.

-Estas cosas no son para mí, señorita.

¡Mi consejera no sabía leer! Pasmada por mi falta de tino intenté atenuar su efecto sacando nuevamente la carta para leérsela, mas luego, arrepentida, la volví a meter en mi bolsillo.

-¿Se trata de algo verdaderamente malo?

Sus ojos estaban todavía arrasados en lágrimas.

-¿Así lo dicen esos señores?

-No dan ningún detalle. Simplemente manifiestan su pesar de que les sea imposible conservarlo en la escuela. Eso no puede tener sino un solo sentido.

La señora Grose me escuchaba con emoción. No se permitió preguntarme qué sentido fuera ese, de manera que, para dar mayor coherencia a la cosa, hacerla más precisa a mi mente, valiéndome de la ayuda de su presencia que me ayudaba a comunicárselo, proseguí:

-Porque corrompía a los demás compañeros.

Había en sus palabras tanta buena fe que aunque yo no todavía yo no hubiera visto al niño, sentí que, efectivamente tal idea era absurda, de modo que recalqué sarcásticamente ampliando el sentido de lo que mi amiga había dicho

-¡A sus pobres e inocentes compañeritos!

-Es demasiado horrible-exclamó la señora Grose-decir tales crueldades. Si tiene escasamente diez años de edad.

-Claro, claro, sería increíble.

La señora Grose se mostraba manifiestamente agradecida por mi declaración.

-Primero véalo usted, señorita, y luego juzgue.

Sentí que se renovaba mi impaciencia por verlo. Fue este el principio de una curiosidad que habría de ir creciendo durante las horas siguientes, hasta producirme casi verdadero sufrimiento.

Fragmento de:

 

Otra vuelta de tuerca

Henry James

Barcelona, Alianza, 2000

LOS CUENTOS DE CARNAVAL

Viernes, Febrero 25, 2011

 

Del 28 de febrero al 4 de marzo el Programa Bibliotecas para armar, junto a todas las bibliotecas comunitarias, rendirá tributo a la literatura de Carnaval.
Durante toda la semana, las bibliotecas comunitarias abren sus puertas para que puedas acercarte a conocer diferentes historias de esta fiesta popular.
 
El carnaval ha tenido una gran influencia sobre distintas disciplinas artísticas. La literatura no fue ajena a esta manifestación popular y absorbió la felicidad del carnaval, no sólo como temática, sino, sobre todo, como principio estético.
 
Las bibliotecas comunitarias de la Ciudad nos harán descubrir las carnavalescas historias escritas por Ema Wolf, Liliana Bodoc, Adolfo Bioy Casares y Edgar Allan Poe, entre muchos otros autores.
 
Gratis
Informes:
(5411) 4331-0706
bibliotecasparaarmar@buenosaires.gob.ar

EL JUEGO DEL ÁNGEL

Viernes, Febrero 25, 2011

 

La noche en que iba a cambiar el rumbo de mi vida, el subdirector del periódico, don Basilio Moragas, tuvo a bien citarme poco antes del cierra en el oscuro cubículo enclavado en el fondo de la redacción que hacía las veces de despacho y de fumadero de habanos. Don Basilio era un hombre de aspecto feroz y bigotes frondosos que no se andaba con ñoñerías y suscribía la teoría de que un uso liberal de adverbios y la adjetivación excesiva eran cosa de pervertidos y gentes con deficiencias vitamínicas. Si descubría a un redactor proclive a la prosa florida lo enviaba tres semanas a componer esquelas funerarias. Si, tras la purga, el individuo reincidía, don Basilio lo apuntaba a la sección de labores del hogar a perpetuidad. Todos le teníamos pavor, y él lo sabía.

-Don Basilio, ¿me ha hecho usted llamar?-ofrecí tímidamente

El subdirector me miró de reojo. Me adentré en el despacho que olía a sudor y a tabaco, por este orden. Don Basilio ignoró mi presencia y siguió repasando uno de los artículos que tenía sobre el escritorio, lápiz rojo en mano. Durante un par de minutos, el subdirector ametralló a correcciones, cuando no amputaciones, el texto, mascullando exabruptos como si yo no estuviese allí. Sin saber qué hacer, advertí que había una silla apostada contra la pared e hice ademán de tomar asiento.

-¿Quién le ha dicho que se siente?-murmuró don Basilio sin levantar la vista del texto.

Me incorporé a toda prisa y contuve la respiración. El subdirector suspiró , dejó caer su lápiz rojo y se reclinó para examinarme como si fuese un trasto inservible.

-Me han dicho que usted escribe, Martín.

Tragué saliva, y cuando abrí la boca emergió un ridículo hilo de voz.

-Un poco, bueno, no sé, quiero decir que, bueno, sí, escribo…

-Confío en que lo haga mejor de lo que habla. ¿Y qué escribe usted?, si no es mucho preguntar.

-Historias policíacas. Me refiero a…

-Ya pillo la idea.

La mirada que me dedicó don Basilio fue impagable. Si le hubiera dicho que me dedicaba a hacer figurillas de pesebre con estiércol fresco le hubiera arrancado el triple de entusiasmo. Suspiró de nuevo y se encogió de hombros.

-Vidal dice que no es usted del todo malo. Que destaca. Claro que, con la competencia que hay por estos lares, tampoco hace falta correr mucho. Pero si Vidal lo dice.

Pedro Vidal era la pluma estrella de La Voz de la Industria. Escribía una columna semanal de sucesos que constituía la única pieza que merecía leerse de todo el periódico, y era el autor de una docena de novelas de intriga sobre gángsters de Raval en contubernio de alcoba con damas de la alta sociedad que habían alcanzado una modesta popularidad.(…)

Pedro Vidal fue el primero a quien mostré los esbozos que escribía cuando apenas era un crío, y trabajaba llevando cafés y cigarrillos por la redacción. Siempre tuvo tiempo para mí, para leer mis escritos y darme buenos consejos. Con el tiempo me convirtió en su ayudante y me permitió mecanografiar sus textos. Fue él quien me dijo que si deseaba apostarme el destino en la ruleta rusa de la literatura estaba dispuesto a ayudarme y a guiar mis primeros pasos. Fiel a su palabra, me lanzaba ahora a las garras de don Basilio, el cancerbero del periódico.

-Vidal es un sentimental que todavía cree en esas leyendas profundamente antiespañolas como la meritocracia o el dar oportunidades al que las merece y no al enchufado de turno. Forrado como está, ya puede permitirse ir de lírico por el mundo. Si yo tuviese una centésima parte de los duros que le sobran a él, me hubiese dedicado a escribir sonetos, y los pajaritos vendrán a comer de mi mano, embelesados por mi bondad y mi buen duende.

-El señor Vidal es un gran hombre-protesté yo.

-Es más que eso. Es un santo porque, pese a la pinta de muerto de hambre que tiene usted, lleva semanas mareándome con lo talentoso y trabajador que es el benjamín de la redacción. Él sabe que en el fondo soy un blando, y además, me ha asegurado que si le doy a usted una oportunidad me regalará una caja de habanos. Y si Vidal lo dice, para mí es como si Moisés bajase del monte con el pedrusco en la mano y la verdad revelada por montera. Así que, concluyendo, porque es Navidad, y para que su amigo se calle de una puñetera vez, le ofrezco debutar como los héroes: contra viento y marea.

-Muchísimas gracias, don Basilio. Le aseguro que no se arrepentirá de…

-No se embale, pollo. A ver, ¿qué piensa usted del uso generoso e indiscriminado de adverbios y adjetivos?

- Que es una vergüenza y debería estar tipificado en el código penal-respondí con la convicción del converso militante.

Don Basilio asintió con aprobación.

-Va usted bien, Martín. Tiene las prioridades claras. Los que sobreviven en este oficio son los que tienen prioridades y no principios. Éste es el plan. Siéntese y empápese porque no se lo voy a repetir dos veces.

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Fragmento de:

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El juego del ángel

Carlos Ruiz Zafón

Barcelona, Planeta, 2008

ENRIQUE IV, UN REY EN ESCENA

Jueves, Febrero 24, 2011

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En el día de hoy Libro de arena recuerda el estreno de Enrique IV (1922), una de las obras iniciales de Luigi Pirandello, el representante del llamado antiteatro.

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Enrique IV: He comprendido. Quiere decir Enrique entonces, que vosotros no creéis que yo la amo. He comprendido… ¡Nunca lo creyó nadie!  ¡Nadie lo sospechó jamás! ¡Tanto mejor así! ¡Basta, basta!

(Interrumpe, y encara al doctor con ánimo y gesto totalmente cambiados.) ¿Habéis visto, monseñor? Las condiciones de las que el Papa hizo depender la revocatoria de la excomunión, nada tienen que ver con las razones por las que me había excomulgado. Decid al Papa Gregorio que volveremos a vernos en Bressanone. Y vos, se flora, si tenéis la suerte de hallar a vuestra hija, allá abajo, en el patio del castillo de vuestra amiga la marquesa… ¿qué puedo deciros?… hacedla subir. Veremos si logro conservarla a mi lado como, esposa y emperatriz. Muchas hasta hoy se han presentado aquí asegurándome… ser ella, aquella misma que yo, sabiendo que la tenía… sí, también he buscado alguna vez. No me avergüenzo; era mi esposa. Pero todas, al decirme que eran Berta, y que venían de  Susa  -no sé por  qué-, se reían. (Confidencialmente.) ¿Comprendéis?… en el lecho…, yo sin esta ropa… ella también… sí, ¡Dios mío!, sin ropas… un hombre y una mujer… es natural… Ya no se piensa en lo que somos. ¡El traje, colgado, se transforma en un fantasma! (Cambiando luego de tono, y confidencialmente al doctor.) Y yo pienso, monseñor, que los fantasmas, en general, no son, al fin y al cabo, más que pequeños desconciertos del espíritu: imágenes que no logramos retener en los reinos del sueño. Se manifiestan también en la vigilia, de día. Y dan miedo. Yo tengo siempre mucho miedo, cuando por las noches veo ante mí tantas imágenes desconcertadas… ¡tantas!, que ríen apeadas de sus caballos. Otras veces, tengo miedo hasta de mi sangre que late en las arterias, como cuando en el silencio de la noche se escuchan los golpes sombríos de pasos en habitaciones lejanas… Basta. Ya os he retenido demasiado de pie. Os saludo, señora; os reverencio, monseñor. (Delante de la puerta del foro, hasta donde los ha acompañado, los despide correspondiendo a las reverencias que se le hacen. Salen Matilde y el doctor. Él cierra la puerta, y se vuelve Súbitamente transformado.) ¡Bufones! ¡Bufones! ¡Bufones!… ¡Un piano de colores! Apenas la tocaba… blanca, rosa, amarilla, verde… ¿Y el otro, Pedro Damiani? ¡Ah! ¡Ah! ¡Perfecto! ¡Acertadísimo! ¡Se ha aterrorizado al comparecer nuevamente ante mí! (Dirá esto prorrumpiendo en alegría frenética, moviendo los ojos con nerviosidad, y trasladándose  agitadamente de uno a otro lado, hasta que, de pronto, ve a Bertoldo, más que asombrado, atemorizado por el repentino  cambio. Se detiene ante él, lo señala ante los tres compañeros que también están como perdidos por el aturdimiento.) ¡Pero reparad en este imbécil! ¡Fijaos cómo me mira ahora, boquiabierto! (Lo sacude tomándolo por los hombros.) ¿No comprendes? i No ves cómo los adorno, cómo los aderezo, cómo los hago comparecer ante mí? ¡Bufones amedrentados! i Y se espantan precisamente de eso, ¡oh!… De que pueda yo arrancarles sus máscaras bufonescas y descubra que están disfrazados. ¡Cómo si no les hubiese impulsado yo mismo a disfrazarse, para darme este gusto de simular que estoy loco!

Landolfo: (demudado por la sorpresa, mira a sus compañeros, quienes a su vez, en el mismo estado, lo miran a él), ¿Cómo?

Arialdo: ¿Qué dices?

Ordulfo: ¿Pero entonces…

Enrique IV: (ante estas exclamaciones se vuelve súbitamente, y grita, imperioso). ¡Basta! ¡Terminemos! ¡Me he cansado ya! (Luego, rápidamente, como si después de haber reflexionado no pudiese detenerse, ni creerse.) ¡Dios, qué impudicia!… Presentarse ante mí con su amante al lado… Y tenían el aspecto de hacerlo por compasión, para no enfurecer a un pobrecito que está ya fuera del mundo, fuera del tiempo, fuera de la vida. Es natural… De otro  modo, ya podéis figuraros que ése no se hubiera prestado a una superchería semejante.

Pero ellos si, todos los días, en todo momento, pretenden que los otros sean como ellos pretenden. Pero ¿no es esto una superchería? ¡No hay remedio! Es su modo de pensar, su modo de ver, de sentir… ¡Cada uno tiene el suyo propio! Vosotros también tenéis el vuestro, ¿eh? ¡Claro que sí! ¿Pero cuál puede ser el vuestro? ¡El del rebaño! Mísero, caduco, incierto… Y ésos se aprovechan, os hacen aceptar y soportar el de ellos, de modo qué sintáis y veáis como ellos. 0, por lo menos, se hacen esa ilusión. Porque, ¿qué es lo que al fin consiguen imponer? Palabras, palabras que cada cual comprende y repite a su manera. ¡Y así es como se forman las llamadas opiniones corrientes! ¡Pobre del que un buen día se vea marcado por una de esas palabras que todos repiten! Por ejemplo: “¡loco!”; o por ejemplo…. ¿qué podría decir?… “imbécil”. Decidme, ¿es posible estarse quieto pensando que hay alguien, tan sólo uno, que se afana por convencer a los demás de que sois como él os ve, e intenta  fijaros en la estimación ajena, según el juicio que se ha hecho de vosotros?… “¡Loco, loco!” Y no lo digo ahora, cuando ya lo hago por broma, sino antes, antes de golpearme la cabeza al caer del caballo. (Se contiene, de pronto, al advertir que los cuatro se agitan, más que nunca, asustados, trastornados.) ¿Os miráis? (Remeda a los otros con gestos simiescos.) ¡Ah! ¡Oh! ¡Qué revelación!… ¿Estoy o no estoy? ¡Oh, sí, estoy loco!


Fragmento de:

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Enrique IV

Luigi Pirandello

Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1961

STEFAN ZWEIG, SUEÑOS PARA NO OLVIDAR

Martes, Febrero 22, 2011

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Libro de arena conmemora al escritor austrohúngaro Stefan Zweig, fallecido un 22 de febrero de 1942, en Petrópolis, Brasil. Con tal motivo publica una breve reseña de su vida y un fragmento de su cuento “La estrella sobre el bosque”.

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Stefan Zweig nació en Viena, Austria, el 28 de noviembre de 1881 y su origen era de una familia judía acomodada. Asistió a la Universidad de Viena donde obtuvo el doctorado en Filosofía. Comenzó su carrera literaria traduciendo a Baudelaire y Berrearen.

Tras la Primera Guerra Mundial se proclamó como pacifista, anti-belicista y estrechó una amistad con R. Rolland. Su postura queda expuesta en su obra teatral Jeremías (1917) pues denunciaba la guerra. En 1918 se instaló en Salzburgo.

A pesar de no haber sido un religioso practicante ni simpatizante del movimiento sinoísta tuvo que exiliarse tras el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial debido a su origen judío. Se trsaladó a Gran Bretaña, luego a Estados Unidos y, finalmente, se instaló en  Brasil, donde falleció.

Algunas de sus obras son: obras teatrales como Tersites (1907), La casa junto al mar (1911), La oveja del pobre (1939); novelas y narraciones tales como Primera experiencia (1911), Amok (1923), Confusión de sentimientos (1926), Impaciencia del corazón (1938); historias noveladas, Erasmo de Rótterdam (1934), María Estuardo (1935), Américo Vespuccio (1942); su autobiografía El mundo de ayer (1941); y algunos ensayos históricos y literarios como Verlaine (1905), Verhaeren (1910), Romain Rolland (1920), Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski) (1920), La lucha contra el demonio (1925) y La curación por el espíritu (1931).

Se suicidó junto con su segunda esposa, Charlotte, en Petrópolis, Brasil,  el 22 de febrero de 1942 debido a la desesperación que sentían por el nacismo.

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Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto. Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador. Y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sum isión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.

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Fragmento de:


“La estrella sobre el bosque” en Sueños olvidados y otros relatos

Stefan Zweig

Alba, 2000

CAPACITACIÓN EN NARRACIÓN ORAL Y LECTURA EN VOZ ALTA

Lunes, Febrero 21, 2011

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El programa Bibliotecas para armar, en conjunto con el Banco Ciudad, inicia la inscripción para el

curso de Capacitación en Narración Oral y Lectura en Voz Alta

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El curso es gratuito y está destinado a referentes de bibliotecas comunitarias, docentes y aquellos interesados en incentivar la lectura en niños, adolescentes y adultos.

Se trabajarán, entre otros, los siguientes ejes temáticos:

-Conceptos teórico-prácticos acerca de la narración de cuentos.
-Distintas corrientes y técnicas. En busca del propio narrador.
-Nociones del uso y cuidado de la voz.
-Preparación del texto para ser contado.

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Todos los miércoles a las 18 hs.
Inicia el miércoles 16 de marzo
En el Auditorio del Museo Monte Piedad
Av. Boedo 870, 2º Piso (por escalera)
Ciudad de Buenos Aires.

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Docente: Gabriela Halpern
Duración: 8 encuentros semanales
Gratis – Vacantes limitadas

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Para la inscripción solicitamos enviar los siguientes datos: nombre completo, número de DNI, teléfono y dirección de email.

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Informes e inscripción:
bibliotecasparaarmar@buenosaires.gob.ar

(5411) 4331-0706

UN INFANTE CUBANO EXILIADO

Lunes, Febrero 21, 2011

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Al cumplirse seis años de la muerte del escritor y guionista cubano, Guillermo Cabrera Infante, Libro de arena publica una reseña biográfica y un fragmento de su novela Tres tristes tigres.

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Nacido el 22 de abril de 1929 en Gibara, Cuba. Su padre fue el periodista Guillermo Cabrera y su madre Zoila Infante, ambos militantes comunistas. A los siete años de edad es arrestado junto con sus padres por varios meses debido a la persecución política.

En 1941, su familia se traslada a La Habana. Seis años más tarde, escribe El señor presidente, y luego comienza la carrera de medicina, la cual abandona para iniciarse en el periodismo (1950). Sin embargo, serán la literatura y el cine a las que se dedicará.

En 1952 escribió un cuento que fue censurado por el contenido de obscenidades y el régimen de Batista prohibió la publicación con el nombre de Cabrera, que llevó al escritor a utilizar el pseudónimo de “G. Caín” (contracción de sus apellidos).

Al año siguiente contrae matrimonio con Marta Calvo, con quien tiene dos hijas. Pero luego se divorciaría de ella, tras conocer a la actriz Miriam Gómez, con quien se casa en 1961.

En 1954 trabaja en la revista Carteles donde coopera como crítico cinematográfico. Cuando Fidel Castro llega al poder (1959), Cabrera es nombrado director del Consejo Nacional de Cultura, ocupa el cargo de ejecutivo del Instituto de Cine y subdirector del diario Revolución, encargado del suplemento literario Lunes de Revolución.

Sin embargo, Cabrera tuvo que exiliarse tras conflictos con el régimen castrista que había prohibido un cortometraje, P.M., de su hermano, Sabá Cabrera, y Orlando Jiménez Leal.

Es enviado a Bruselas en 1962 como agregado cultural de la embajada de su país. Es allí donde escribe Un oficio del siglo XX (1963). Pero, tras la muerte de su madre en 1965 vuelve a la isla, donde es detenido por cuatro meses por el servicio de Contra-Inteligencia. A su salida, se exilió junto con su familia en Madrid y después en Barcelona. Más tarde, se trasladaron a Londres pues el régimen franquista era un obstáculo, sumado a su situación financiera.

Algunas de sus obras son: Tres tristes tigres (1968), Vista del amanecer en el trópico (1964), Exorcismos de esti(l) o (1976), La Habana para un infante difunto (1979), Vidas para leerlas (1998).

Cabrera Infante nunca regresó a su tierra natal pues era un crítico del régimen de Castro. De hecho, a fines de los años setenta obtuvo la nacionalidad británica. En 1970 se instaló en Hollywood donde se dedicó a ser guionista. Participó del film Debajo del volcán, de Malcom Lowry; en 1972, colaboró en la transposición de su novela Tres tistes tigres al cine, de la mano de Suzanne Hill Levine. En el 1997 fue reconocido con el Premio Cervantes y en 2003 con el Premio Internacional de la Fundación Cristóbal Gabarrón, en la categoría de Letras.

Falleció en Londres el 21 de febrero de 2005.

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Ella cantaba boleros

Yo conocí a la Estrella cuando se llamaba Estrella Rodríguez y no era famosa y nadie pensaba que se iba a morir y ninguno de los que la conocían la iba a llorar si se moría. Yo soy fotógrafo y mi trabajo por esa época era de tiraplanchas de los cantantes y la gente de la farándula y la vida nocturna, y yo andaba siempre por los cabarets y nite-clubs haciendo fotografías. Me pasaba toda la noche en eso, toda la noche y toda la madrugada y también toda la mañana. A veces no tenía nada que hacer, había terminado mi guardia en el periódico y, a las tres o las cuatro de la mañana, me iba para El Sierra o para Las Vegas o el Nacional y por ahí, a conversar con un animador amigo mío o a
mirar a las coristas o a oír las cantantes y a envenenarme con el humo y el olor rancio del aire acondicionado y la bebida. Así que así era yo y no había quien me cambiara, porque pasaba el tiempo t me ponía viejo y los días pasaban y se convertían en fecha y los años se convertían en efemérides y yo seguía así, quedándome con las noches, metiéndolas en un vaso con hielo o en un negativo, o en el recuerdo.
Una de estas noches yo llegué a Las Vegas y me encontré con toda esa gente que no había quien las cambiara y una voz zambullida en la oscuridad me dijo, Fotógrafo siéntate aquí y toma algo que yo pago, y era nada menos que Víctor Perla. Víctor tiene una revista que se dedica a poner muchachitas medio encueros y a decir: Una modelo con un futuro que salta a la vista o las poderosas razones de Tania Talporcual, o la BB cubana dice que es Brigitte la que se parece a ella y cosas parecidas, que no sé de dónde sacan porque deben de tener un almacén de mierda en el cerebro para poder decir tantas cosas de una chiquita que ayer nada más era manejadora o criadita o trabajaba en Muralla y hoy está luchando con todo lo que tiene para destacarse. Ya ven, ya estoy hablando como ellos.(…) De pronto, ya nos íbamos. Fue entonces cuando la vi por primera vez.
(more…)

DOMINGO DE CAMPAÑA

Viernes, Febrero 18, 2011

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Finalizando con la serie conmemorativa a los doscientos años del nacimiento de Sarmiento, Libro de arena ofrece un fragmento de su escrito Campaña en el Ejército Grande.

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¡Ando peregrinando por la tierra de nuevo en busca de instrucción para el pueblo! ¡Demonio escapado del infierno del destierro sempiterno, vuelvo después de haber bajado al mundo de la vida, a recoger de nuevo la cadena que me tiene atado lejos del pedazo de tierra, que me fue por la naturaleza asignado por la patria! ¡Emigrado otra vez! ¡Prófugo!…¡Proscrito!

¿Qué sabe el que nació argentino a dónde amanecerá mañana, ni ante qué nueva tarea ha de ver encanecer su cabeza, malgastados ya derrochados los más claros y bellos días de la vida, tras de alguna manzana dorada, como aquella que diz que crecen alrededor del Mar Muerto, y al morderlas llenan de ceniza la boca del viajero que buscaba refrigerio?

¡Parece un sueño!…exclamaban las damas de Buenos Aires quince días después de caído el tirano, en los intervalos de la conversación en que contaban su dicha actual y sus pasadas angustias. ¡Y cierto! que todo es sueño entre nosotros hasta la vida que se salva de la epidemia que sola a aquel país hace veinte años. Reina en estos días la fiebre amarilla en Río Janeiro, y los sobrinos y hermanos de Rosas, con quienes venía yo comiendo en un plato a bordo del Prince, temían al desembarcar ser víctimas de sus estragos, echando de menos aquellas playas argentinas, donde ninguna dolencia peculiar al clima le sale al hombre en alguna encrucijada del camino de la vida y lo asesina como el vómito negro de la Habana o las tercianas de Lima. ¡Ay! que se olvidaban que en la Confederación reinaba, hasta ahora poco enfermedad endémica, más rápida en sus efectos, más devoradora en sus estragos que el cólera morbus asiático. Llamóse aquella enfermedad degüello, y salvar de su diente, era apenas el destierro, régimen que dura por años sin término. Bastaba que el entrecejo de un bárbaro se frunciese para hacer rodar la cabeza del que piensa, como no piensan los que no se tomaron nunca el trabajo de coordinar dos ideas. ¡Ah! ¡a veces han caído quinientas cabezas en un día y a veces una sola que valía por ciento de aquellas! No tiene el mal estación fija, y si amaina su fuerza, queda latente en la atmósfera, aconsejando la prudencia precaverse y no hacer desmanes. Cuando los síntomas de la enfermedad aparecían en el semblante o en los actos de algún vecino, dábasele al apestado el nombre de salvaje unitario; y entonces se lo señalaban los unos a los otros, evitando su encuentro, pues que las leyes de la justicia y de la humanidad y hasta las del decoro, cesaban de protegerlo.

En las veladas de a bordo, a la luz vacilante que llega del sol a las costas polares del Cabo de Hornos, conversábamos de lo que pasaba entre nosotros, los argonautas de la Médicis, circunnavegando en pos también de un vellocino de oro, guardado por un Dragón espantable; y el gran mágico Alexander que nos escuchaba, decía lleno de estupefacción: “¿Pero qué países son esos donde cuantos se nombran han muerto o en los combates o degollados?” Y, en efecto, el sacrificado coronel Aquino, que nos refería historias de vivaqué, no acertaba a nombrar compañero, amigo, enemigo, que no estuviese ya sepultado.

Ayer encontréme de manos a boca con Alexander en la Rua de Ouvidor, y después de la bienvenida de amigos que se encuentran inopinadamente, preguntóme por los otros de la Médicis. ¡No sabía aún que Aquino había sido degollado! La memoria de Aquino volvió a despertarse dolorosa, como era festivo y agradable su recuerdo. Si alguna vez remontáis, oh lector, el Paraná, mas allá del Rosario divisaréis las torres solitarias y solemnes de San Lorenzo. Desead el requiescat a la víctima propiciatoria sacrificada en los altares de la libertad argentina. ¡Ahí reposa Aquino! Su sombra teñida de sangre debió seguir las marchas del Ejército Grande, por lo que todos, jefes y soldados, la tuvimos siempre presente como un peligro, una amenaza o un alerta silencioso, y soldado medroso hubo que a la luz vacilante e interrumpida de las luciérnagas que alumbran por momentos la Pampa, creyó discernirla serena, con el aspecto imponente que conservó su fisonomía en el cadáver.

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Fragmento de:

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Campaña en el Ejército Grande

Domingo Faustino Sarmiento

Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1997

LA MIRADA DE SARMIENTO

Jueves, Febrero 17, 2011

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Libro de arena publica un artículo del escritor y crítico literario David Viñas sobre los viajes de Sarmiento a Estados Unidos que desnuda el sentido de la mirada que Sarmiento sostuvo sobre el país del norte como parte del modelo democrático que según él la Argentina debía proponerse emular en su proceso civilizatorio.

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“ SARMIENTO EN SEIS INCIDENTES PROVOCATIVOS”

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“Consequently, most critics treating the last part of
Viajes –in particular those hailing from the United
States– have ignored fundamental aspects of
Sarmiento’s ideological and political program perhaps
out their own need for identifying, at least in word,
with such lofty ideals”.
WILLIAM H. KATRA,
Reading “Viajes”, 1994

Si el programa de modernización postulado por Sarmiento hacia 1850 va trazando un itinerario cuyos rasgos se disuelven con Victoria Ocampo en las últimas décadas del siglo XX, el relato del viaje argentino a los Estados Unidos corrobora en su dramatismo y en la presunta espontaneidad de esa travesía, el derrotero del clasicismo norteamericano desde Lincoln a Franklin Delano Roosevelt. Se trata de una sobreimpresión con silencios, voces en off, rayaduras y virajes del sepia al blanco y negro. Muy pocas veces, de una polifonía. De donde resulta un “peregrinaje” que en ciertos episodios explicita sus paralelismos deliberados y sus polémicas e impregnaciones. Inaugurado con una tensión dialéctica –implícita hasta en sus apelaciones y discrepancias respecto del modelo–, hoy, como en un final de dinastía, se va deslizando a una especularidad sumisa, de oportunos acomodamientos, de tachaduras presuntamente insuperables o de obsecuentes supeditaciones. ¿Es ésta la definitiva incorporación de la Argentina al mundo civilizado? Podría apelar, para ir explicando esta trayectoria, a la taciturna globalización actual o a las fases de la historia del capitalismo. Pero como en realidad esas dos nomenclaturas implican otra sobreimpresión, prefiero ir viéndolas paso a paso y hundiendo la mano en las idas, recodos y pantanos, afluentes, deltas, rápidos y embocaduras de ese recorrido. Y el largo relato se irá transformando quizás, al convertir una evidencia en problema, en la cifra y el cuestionamiento de quienes participan de él. Al fin de cuentas, toda lectura es un test proyectivo, y la escritura, un conjuro simbólico.
Como un balance cargado de “excitaciones”, es posible leer, desde el comienzo, el Viaje de Sarmiento a los Estados Unidos. Sobre todo que la apertura de su carta a Valentín Alsina, donde le informa de su raid, no sólo es el cierre de una acumulación veloz y demorada de “esplendores fabulosos que estallan en una escritura jadeante, sino que a la vez anuncia su desolación por tener que abandonar “el espectáculo de un drama nuevo” que lo fascina, provoca e intimida. La ruta jubilosa ha llegado a su fin. Es el 12 de noviembre de 1847. Y melancólicamente Sarmiento necesita contratar “pasaje para La Habana en un malísimo y pestilente buquecillo de vela”.
Después de su fervorosa cabalgata entre Nueva York, mister Mann y el Niágara, una colección de hoteles, bibliotecas, monumentos, comentarios y museos colosales todos–, además del Misisipi, Franklin y los telégrafos tan puntuales, Sarmiento debe bajar hacia “las colonias hispanas” que desabridamente le recuerdan el inmovilismo del norte africano. Desde el musculoso vuelo yanqui hay que regresar a los infiernos latinoamericanos. Se sabe: Civilización/barbarie. Toda sociedad que necesita organizarse debe reposar sobre una metáfora. “Una consigna como un talismán”. Especialmente cuando sus deseos más enérgicos se le abaten en lo dado. Pero ese tránsito, al abrir y cerrar el recuento de su incursión tumultuosa, envidiable, rápida y provocativa, resuena también a exorcismo frente a la depresión por el reingreso al quietismo “a la española”.
Entre las razones estratégicas de destinatarios prolijamente seleccionados por Sarmiento para sus reseñas de viaje (que se capitalizarán sin de spilfarro al pas ar po steriormente de textos su eltos a libros encuadernados), el corresponsal de su carta norteamericana es el representante más exigente de la tradición liberal-unitaria. “Una especie de barba o figurón del teatro español del siglo XVIII”. A ese caballero solemne, prolijo comentarista del Facundo, lo invoca un par de veces con algún “mi buen amigo”, vocativo mediante el cual, familiar e inevitablemente, le sugiere la lectura del Viaje como una plácida marcha compartida.
Se trata, en realidad, de la carta a un padre al que hay que seducir cuestionándolo al mismo tiempo. En primer lugar, para advertirle que no espere de él “una descripción ordenada” porque su carta, atestada de datos e impresiones, se expande en un ímpetu que excede con sus flashes, descripciones, saltos y recovecos toda apariencia sistemática. “Una gran mujer a la que había palpado de cerca y que no sabía si la volvería a ver”. Su carta es un repaso, ambiguo paladeo y despedida. A Sarmiento, los Estados Unidos le habían hecho recuperar sus ademanes románticos más bruscos y convincentes; pero él era un emigrado en acumulación de aprendizajes, sobre todo, en denuncia y superación de un rosismo al que sentía estéril, fofo y arcaico.
En segunda instancia , para establecer diferencias de perspectivas “desde el seno de esta democracia que usted maldice como el prototipo del desorden moral y político”. Es que Alsina, aún en 1847, se aferraba a los rasgos más cristalizados de la adhesión rivadaviana al modelo europeo, referente que Sarmiento intentaba ir reemplazando en su búsqueda de arquetipos en desplazamiento desde la monarquía Orléans, insípida y sobreviviente, en dirección a la “disparatada pero sublime, noble y grande” panorámica norteamericana.
Obstinado precursor victoriano, Sarmiento presintió a mediados del siglo XIX que “el futuro” estaba en Estados Unidos, no en Europa. La democracia yanqui podía ser contradictoria e informe –ya lo había leído en Tocqueville, cronista de la década anterior–, pero las rígidas monarquías ni siquiera le parecían respetables; sus reyes, además de exangües, le resultaban ineptos y ridículos. Intentaba ser ecuánime con esa “anciana degradada”, pero la miseria de sus habitantes le parecía excesivamente negativa en relación a los norteamericanos. Y si el ímpetu de Balzac lo había apasionado, los personajes de Fenimore Cooper le servían de ejemplos más cercanos y utilizables. Rastignac podía ser un pariente más próximo y exasperado y, por su furor de existir como por su dandismo urbano, un precursor de sus propias flâneries ; pero Natty Bumpoo, a través de sus diferentes nombres, se compaginaba más fluidamente con sus rústicas tipologías: Pathfinder/Calíbar (y la estupenda memoria que lo dispararía hacia Ireneo Funes), corroboraría por algún envés simbólico la extensa narración del viaje que se empezaba a recorrer.
Si a algún país se parecía la Argentina por su extensión, sus novedades, su exigua población y su urgente necesidad de inmigrantes que llenaran un presunto vacío, eran los Estados Unidos. “Huecos estériles y provocativos”/rellenos pletóricos. Escribir era viajar a lo largo de “la más joven y osada república del mundo”. Pausas: muelles o andenes; párrafos: locomotoras, fugas y sirenas de los barcos. En ese país radicaba el paradigma continental, joven, robusto y americano; ése era el presente de lo que podía llegar a ser su propio país. “Y más allá incluso porque no tenemos el problema negro”. Sarmiento sabe admirar, eso lo confirma y le da placer, incluso elogia con desmesura (como si hablara de sí mismo), pero, por lo mismo, jamás abdica de la ironía ni de las reticencias a las que no coloca al final de sus frases. Y no sólo en función de prioritarios criterios pedagógicos, porque Franklin y míster Mann podían ser además los antepasados quiméricos de un burgués conquistador y plebeyo como era él. La propia novela de aprendizaje de joven pobre del Sarmiento de 1847 al fin apuntaba hacia un centro ágil, estimulante y concreto. Y como en toda “historia moral” del siglo XIX, los pobres siempre triunfan.

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Fragmento de:

De Sarmiento de Dios. Viajeros argentinos a USA

David Viñas

Buenos Aires, Sudamericana, 1998