Libro de arena conmemora en su 95º aniversario de fallecimiento al escritor y crítico literario Henry James. Con tal motivo se publica una reseña biográfica y un fragmento de su novela Otra vuelta de tuerca.
Henry James nació el 15 de abril de 1843 en Nueva York, Estados Unidos, y falleció el 28 de febrero de 1916 en Londres, Gran Bretaña. Nacido en el seno de una familia adinerada, era el hermano menor del conocido filósofo y psicólogo William James, que teorizó acerca del “fluir de consciencia”, un sistema de escritura que aplicarían autores tan conocidos como Virginia Woolf o James Joyce. Las obras del propio Henry son psicologistas e intimistas, y suelen representar un conflicto entre la forma de vida y costumbres de los habitantes del Viejo y Nuevo Mundo. Estudió en Nueva York, Londres, París y Ginebra, estableciéndose finalmente en Inglaterra, país que acabaría otorgándole la nacionalidad. Comenzó a publicar cuentos y artículos con veinte años, y en Europa trabó amistad con escritores de la talla de Goncourt, Maupassant o Balzac. Su prosa perfeccionista y su estudio meticuloso de cada personaje quedaba patente en sus novelas, como podemos observar en obras hoy en día muy reconocidas (si bien en su época no obtuvieron el éxito que James esperaba), como Retrato de una dama u Otra vuelta de tuerca. También fue muy significativa su labor como crítico literario, introduciendo conceptos novedosos referentes a la perspectiva, la figura del narrador y la creación de personajes, reivindicando en todo momento la libertad creadora contra la imposición de métodos y esquemas tradicionales y obsoletos.
Extraído de: Lecturalia

-
Hube de darme cuenta de ello, dos días después, cuando con Flora fui a esperar al señorito, como decía la señota Grose; y tanto más cuanto que, un incidente que ocurrió la segunda tarde me desconcertó profundamente. El primer día, como ya he dicho, fue en general tranquilizador, mas pronto lo vería transformarse y convertirse en motivo de aprehensión. Esa tarde el correo, que llegó retrasado, traía una carta para mí, de mi amo, quien con muy pocas palabras acompañaba otra carta dirigida a él y sin abrir aún. “Esta, reconozco bien la letra, es del director del colegio, que es un charlatán incorregible. Léala usted, se lo ruego; y trate con él el asunto, pero no me informe de nada. Ni una palabra. Salgo de viaje.” Con un gran esfuerzo rompí el sello de correos después de hacerme gran violencia; tomé la carta y me dirigí a mi habitación con el fin de leerla antes de meterme en la cama. Hubiera debido esperar hasta el día siguiente, pues su lectura me deparó una segunda noche de insomnio. No pudiendo pedir consejo a nadie al día siguiente creció mi ansiedad, por lo que decidí confiarme por último a la señora Grose.
-¿Pero qué significa esto? El niño ha sido expulsado de la escuela.
La señora Grose me miró de un modo que no dejó de producirme cierto asombro. Luego, con manifiesta indiferencia y rápidamente recobrada trató de contenerse:
-Pero ¿es que no vuelven todos los niños a sus casas?
-Sí, vuelven, pero sólo para pasar las vacaciones. Miles, en cambio, ya no volverá a la escuela.
Bajo mi atenta mirada la señora Grose enrojeció visiblemente
-¿No quieren tenerlo?
-En modo alguno.
Ante mi respuesta la señora Grose elevó sus ojos, que había apartado de mí, de modo que pude verlos arrasados en bondadosas lágrimas.
Pero, ¿qué ha hecho?
Vacilé, mas en seguida, juzgando que lo mejor sería comunicárselo todo, le alargué sencillamente la carta, cosa que hizo inmediatamente que ella, sin tomarla, se llevara sus manos a la espalda, moviendo tristemente la cabeza.
-Estas cosas no son para mí, señorita.
¡Mi consejera no sabía leer! Pasmada por mi falta de tino intenté atenuar su efecto sacando nuevamente la carta para leérsela, mas luego, arrepentida, la volví a meter en mi bolsillo.
-¿Se trata de algo verdaderamente malo?
Sus ojos estaban todavía arrasados en lágrimas.
-¿Así lo dicen esos señores?
-No dan ningún detalle. Simplemente manifiestan su pesar de que les sea imposible conservarlo en la escuela. Eso no puede tener sino un solo sentido.
La señora Grose me escuchaba con emoción. No se permitió preguntarme qué sentido fuera ese, de manera que, para dar mayor coherencia a la cosa, hacerla más precisa a mi mente, valiéndome de la ayuda de su presencia que me ayudaba a comunicárselo, proseguí:
-Porque corrompía a los demás compañeros.
Había en sus palabras tanta buena fe que aunque yo no todavía yo no hubiera visto al niño, sentí que, efectivamente tal idea era absurda, de modo que recalqué sarcásticamente ampliando el sentido de lo que mi amiga había dicho
-¡A sus pobres e inocentes compañeritos!
-Es demasiado horrible-exclamó la señora Grose-decir tales crueldades. Si tiene escasamente diez años de edad.
-Claro, claro, sería increíble.
La señora Grose se mostraba manifiestamente agradecida por mi declaración.
-Primero véalo usted, señorita, y luego juzgue.
Sentí que se renovaba mi impaciencia por verlo. Fue este el principio de una curiosidad que habría de ir creciendo durante las horas siguientes, hasta producirme casi verdadero sufrimiento.
Fragmento de:
Otra vuelta de tuerca
Henry James
Barcelona, Alianza, 2000