Archivo Enero, 2011

NORMAN MAILER Y LOS FANTASMAS DE UN PASADO CERCANO

Lunes, Enero 31, 2011

 

En el día de hoy se cumplen 88 años del nacimiento del escritor estadounidense Norman Mailer. Con motivo de su natilicio Libro de arena lo recuerda presentando una breve biografía y un extracto del comienzo de su novela El fantasma de Harlot. 

 

Nació el 31 de enero de 1923 en Long Branch (Nueva Jersey). Cursó estudios en las universidades de Harvard y de la Sorbona de París. Permaneció algún tiempo en el ejército, experiencia que le inspiró para escribir su novela naturalista Los desnudos y los muertos (1948), considerada una de las mejores novelas sobre la II Guerra Mundial. También de este periodo son, Costa bárbara (1951), El parque de los ciervos (1955) y Un sueño americano (1964). También escribió ensayos como El negro blanco (1958) y Miami y el sitio de Chicago (1968). A finales de los años 50, cuando era reportero, fue el primero en apostar por el candidato demócrata John F. Kennedy, dirigiendo la cruzada de los medios de comunicación para hacerlo elegir. El amor apasionado por la política le condujo a la cárcel durante la época de las manifestaciones contra Vietnam y, además, a presentarse dos veces candidato a alcalde de Nueva York (la primera en los años 60 se frustró cuando acuchilló a su segunda mujer en el estómago durante una fiesta). Fue calificado como el ‘último cerdo macho patriotero’ por Kate Millet, una de las principales figuras del feminismo norteamericano. Le concedieron el Premio Nacional del Libro en el año 1968 por Los ejércitos de la noche, historia que narra la marcha hacia el Pentágono en protesta por la guerra de Vietnam. También le otorgaron el premio Pulitzer por sus ensayos. Otras de sus obras destacadas son: Un fuego en la luna (1971), historia sobre le llegada del hombre a la Luna; El prisionero del sexo (1971), donde critica al feminismo militante; La canción del verdugo (1979), basada en la muerte del asesino Gary Gilmore; Noches de la antigüedad (1983), trilogía sobre Egipto; Los tipos duros no bailan (1984), que llevaron en 1987 al cine y El fantasma de Harlot (1991). En 1996, publicó Oswald (Un misterio americano), novela sobre la biografía del asesino del presidente Kennedy. Después apareció, El Evangelio según el Hijo (1997). Además ha sido guionista, director y actor en varias películas. Considerado junto a Truman Capote, uno de los padres del periodismo literario, la obra de Mailer, autor de 39 libros, incluidas 11 novelas, ha sido, según la crítica, a la vez brillante, controvertida, variada y el autor fue a menudo celebrado y vilipendiado casi al mismo tiempo. Falleció el sábado 10 de noviembre de 2007 a los 84 años en el Hospital Mount Sinai de Nueva York.

Fuente: buscabiografías

 

 

normanmailer

 

Una noche del invierno de 1983, mientras conducía entre la niebla a lo largo de la costa de Maine, recuerdos de fogatas en antiguos campamentos empezaron a filtrarse en la bruma de marzo, y pensé en los indios abenaki, de la tribu algonquina, quienes hace mil años habitaban cerca de Bangor.

En primavera, después de sembrar el trigo, los valientes jóvenes y las indias se alejaban de los mayores, que se quedaban a vigilar la cosecha y al cuidado de los niños, y en verano cogían sus canoas de corteza de abedul y se dirigían al sur. Viajaban por el río Penobscot hacia la bahía de la Colina Azul en el extremo occidental de Mount Desert, en una zona donde aún está la casa de mi familia, levantada en parte por mi tatarabuelo, Doane Hadlock Hubbard. Se llama la Custodia, y no sé qué otras cosas cuida excepto algunas tumbas de los indios que llegaban hasta nuestras tierras en verano y construían sus  cobertizos y morían allí, aunque nunca creí que llegaran a nuestra isla sólo para morir. Holgazaneando en medio del extraño placer de la tibieza norteña, se habrán dedicado a abrir almejas en las marismas durante la bajamar, y a luchar y a fornicar entre los pinos y los abetos durante la marea alta. No sé con qué se emborracharían, a menos que fuera con el almizcle de los otros, pero en muchas de las playas rocosas de la hondonada junto a la costa se encuentran montículos de conchas de almeja convertidas en polvo por los siglos. Hay una playa, detrás de la playa, que habla de antiguas fiestas de verano. Los fantasmas de estos indios quizá ya no caminen por nuestros bosques, pero algo de sus antiguas tristezas y placeres se hace carne en el aire. Mount Desert es más luminoso que el resto de Maine.

Incluso las guías para turistas aspiran a describir esta virtud: «La isla de Mount Desert, de veinticuatro kilómetros de diámetro, emerge del mar como una ciudad fabulosa. Los nativos la llaman Acadia, hermosa e imponente».

Hermosa e imponente. Tenemos un fiordo en el medio de Mount Desert, un  espectacular corredor de agua de casi seis kilómetros, con promontorios a ambos lados. Se trata del único fiordo auténtico en la costa atlántica de América del Norte, y sin embargo no es más que una parte de nuestro rocoso esplendor. Cerca de la costa se elevan, abruptos, los picos, que alcanzan una altura de más de trescientos metros y toman la apariencia de grandes montañas para los navíos que pasan. En verano, nuestro mejor embarcadero, el puerto nororiental, está repleto de relumbrantes yates.

Quizá se deba a la proximidad del mar, pero en nuestras montañas el silencio es imponente, y el atractivo de nuestros veranos difícilmente descriptible. Para empezar, no somos una isla que atraiga a los buscadores del sol. Casi no tenemos playa de arena. La playa es una franja de guijarros y conchillas, y las mareas de cuarenta metros inundan las rocas. Las olas arrastran percebes y caracoles, mejillones, musgo de Irlanda, algas rojas y de otras tonalidades. La resaca esparce erizos de mar y toda suerte de moluscos. Hay algas por todas partes, y muchas veces sus tallos correosos se enredan alrededor de los tobillos del que pasa. En las charcas formadas por la marea crecen anémonas y esponjas, y uno debe ir con cuidado si no quiere pisar los erizos de mar o lastimarse con las afiladas piedras. El agua es tan fría que los nadadores que no han pasado sus vacaciones de verano en este mar helado no pueden soportarla. Yo he descansado en el verdor salvaje de los riscos del Caribe y he navegado las  profundidades purpúreas del Mediterráneo. He contemplado la bruma inimitable del tórrido verano sobre el Chesapeake, cuando entre el cielo y la bahía se mezclan todos los matices posibles. Hasta me gustan los ríos color pizarra que corren entre los cañones del Oeste, pero nada me parece tan maravilloso como el azul penetrante de la bahía de los Franceses y la bahía de la Colina Azul, y el azul interminable de los caminos Oriental y Occidental que rodean Mount Desert. De hecho, el afecto que uno puede llegar a sentir por la isla se extiende hasta adoptar el acento propio del lugar. Para los ojos de un habitante de Nueva Inglaterra, la vista es tan dulce como el azúcar glaseado.

 

 

 

elfantasmadeharlotFragmento de:

 

 

El fantasma de Harlot

Norman Mailer

Barcelona, Plaza & Janes, 1992

ENTRE ARCO Y ARCO, LA LECTURA II

Viernes, Enero 28, 2011

         

   Continuando con la serie de entrevistas a personalidades del deporte, la música y el espectáculo Libro de Arena publica la segunda parte de la entrevista a Fernando Signorini. En la primera parte habló de sus primeros pasos en la literatura y su  importancia. En este segundo fragmento comenta cómo surgió la idea de instalar una biblioteca en la concentración argentina durante el Mundial de Sudáfrica y finaliza la charla con un poema inédito de su autoría.

 

fernandosignoriniAlvar Torales: ¿Cómo surgió la idea de llevar una biblioteca al Mundial de Sudáfrica?

 

Fernando Signorini: Era una buena posibilidad porque íbamos a estar bastante tiempo juntos y entre todas las cosas que los jugadores normalmente hacen, los chicos de hoy son mas proclives a jugar a la Playstation que a la lectura; pero aún así no es su culpa, es un estilo de vida que se les ha impuesto, no lo desarrollaron ellos. Ellos recogen lo que otros inventan a favor del negocio siempre y también de la estupidización. Creo que al jugador de fútbol hay que prepararlo para el día después y no creo que se pueda usando su tiempo de ocio para nada o simplemente para satisfacer necesidades que no son importantes.

 

AT: ¿Y qué tipo de libros llevaste para conformar la biblioteca?

 

F S: De todo, porque sabía que había jugadores que no eran tan afectos a la lectura y otros que sí. Entonces llevé desde libros interesantes hasta libros importantes, entre los interesantes llevé por ejemplo “La sociedad de la nieve” que es la revisión que hicieron los muchachos del avión uruguayo caído en los andes, quienes 34 años después contaron su experiencia, que de alguna manera muestra cómo la unión, la soledad, la angustia pueden obrar para que un grupo que está peleando en condiciones infrahumanas logre seguir adelante, para seguir creyendo y para apostar fundamentalmente a la vida; y eso tiene que ver con valores que ellos tienen que conocer, que alguien tiene que hacerles conocer..

 

AT: ¿Qué otros libros había con valores que valieran la pena?

 

FS: Viendo que son argentinos y que creen muchos en los simbolismos como una manera de comenzar a desandar el camino llevé libros de historia argentina, principalmente relacionados con el caudillaje como por ejemplo de Facundo Quiroga y Chacho Peñaloza. Que de alguna manera se asemejan a tantos que hoy revindican la defensa de la representatividad desde un desarrollo intelectual.

 

AT: ¿Por qué?

 

FS: Yo nunca entendí el por qué de los himnos en una competencia deportiva, como si se estuviera jugando el honor de la patria cuando la patria debería ser el mundo, yo no inventé los límites políticos. La mayoría de los chicos que jugaron para Argentina son hijos también de los barcos, han venido de otros lugares. No entiendo ese tipo de divisiones que tienden más a engendrar odio que un trato gentil y a atender que una competencia deportiva es simplemente eso, la posibilidad de ir a jugar y que abre dos grandes posibilidades: la de ganar y la de perder; que nunca es una obligación, en todo caso es una posibilidad. Nosotros sabíamos que de los 32 equipos uno sólo iba a ser el ganador pero de nada le servía a ese ganador el título si no hubieran competido los otros 31.

 

AT: Volviendo al tema de la biblioteca, ¿había cuentos y novelas?

 

FS: No soy muy afecto a los cuentos y novelas, pasa que más que nada regalo libros que me gustan a mí. Pero por supuesto llevé de Galeano “La venas abiertas de América Latina”, porque creo que hasta tendría que ser un libro de texto obligatorio en las escuelas secundarias, “El libro de los abrazos”, “Espejos”, “El fútbol a sol y sombra”. También llevé otro tipo de libros como “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Rusell. Llevé libros de poesía porque a mi particularmente me encanta, y soy de los que creo que si al mundo no lo salva la poesía no lo salva nadie. Esto dicho no como una figura, es importante el conocimiento, pero fundamentalmente es importante la sensibilidad. Un tipo por más inteligencia o dinero que tenga si no tiene sensibilidad le va a servir de poco a la sociedad, una sociedad que concibo de una manera distinta a esta.

 

FS: ¿Se prendió algún jugador en la lectura?

 

AT: Sí, a los pocos días, después del cuarto o quinto la “bibliotequita” que habíamos armado ya estaba casi vacía y lo muy bueno fue que cuando terminó el Mundial yo me quedé cuatro días más y al revisar las habitaciones aparecieron algunas cosas que se habían olvidado, pero libro no apareció ninguno. Eso quiere decir que cada uno se había enganchado, lo metió en la valija y se lo llevó. Son libros de A.F.A así que el día de mañana Grondona les tendrá que descontar el valor del libro que se llevaron si es que no lo devolvieron; pero mientras esas sean el tipo de deudas que contraen los jugadores bienvenidas sean.

 

AT: Decías que regalás los libros que a vos te gustan, pero si te encontrás con una persona que nunca pudo leer un libro… ¿Cuál le regalarías?

 

FS: Uno de lectura medianamente fácil, pero que a la vez encierre algunas definiciones que le hagan ver que tiene que haber otro tipo de compromiso, de pronto “El Principito“, “Juan Salvador Gaviota“. Lo que pasa es que regalar esos libros es un poco como la presencia del psicólogo en los planteles del fútbol argentino, dicen mirá lo que está leyendo, sin saber que esos libros esconden una cantidad de verdades que muchas veces los adultos por miedo al qué dirán, sabés que a las personas importantes lo que más les afecta es el miedo al ridículo, pero yo se los sugeriría sin ningún tipo de dudas y también libros de poesía creo que a su manera cada uno los entiende o de pronto canciones con contenido, canciones que digan cosas y música que haga despertar la sensibilidad escondida porque son pocos los que se atreven a descubrirla.

 

AT: ¿Y a Maradona le regalaste un libro alguna vez?

 

FS: Sí, a Diego le he regalado, no hace  mucho, le regalé otra biografía del Che porque yo creo que si él no hubiera sido Maradona, el personaje que le hubiera gustado ser sería el Che; porque también tiene que ver con todo lo que el pasó, la posibilidad de reivindicación y de escuchar decir a otro lo que él mismo quisiera decir a través de lo que pasó. Yo no digo que la verdad esté solamente de un lado, seguro que no. Pero yo también estoy de acuerdo con Menotti con eso de que hay un fútbol de derecha y un fútbol de izquierda, estoy convencido de que es así.

 

AT: ¿Y vos escribís, tenés ensayos, cuentos poesías?

 

FS: Sí claro. Escribo para mí, y para algunos amigos que cada tanto, previo rubor en las mejillas, soy capaz de contarlos en lo íntimo. Pero todo tiene que ver con eso, con cosas muy simples pero que para mí ya más que necesarias son imprescindibles.

 

AT: ¿Te gustaría publicar algo de lo que escribís si tuvieras la posibilidad?

 

FS: Lo que pasa es que hay tantos que escriben tan bien que sería casi una falta de respeto. A  lo sumo lo haría para repartir entre mis amigos, pero no me atrevería a ser tan irreverente como para animarme. Hoy cualquiera escribe un libro, pero hay que tener mucho cuidado con el manejo de las vanidades. Seguramente me he olvidado de cosas que todavía otros tienen que aprender, pero yo tampoco aprendí cosas que otros se olvidaron así que estoy en esa disyuntiva. Pero mientras tanto me gusta seguir leyendo, sobre todo libros no muy convencionales. Es muy difícil que pueda leer un best seller, por ejemplo, apunto más a la literatura formativa y sobre todo a aquello que te pueda despertar la sensibilidad, por ejemplo a Neruda, Borges, García Lorca, Mario Benedetti que no sólo lo leo, también me gusta memorizar algunas poesías cuando voy en el subte o manejando hasta Lincoln, para de alguna manera seguir ligado a todo esto.

 

AT: ¿Y cuál es la primera que se te viene a la mente de todas las poesías que memorizás?

 

FS: Y a mí García Lorca me encanta, “La casada Infiel“,  “Prendimiento de Antoñito“, “El Camborio“, o algo de Neruda, “Puedo escribir los versos más tristes esta noche“…

 

AT: Para cerrar ¿te animás a recitarnos una poesía?

 

FS: Te voy a recitar una mía. La llamé “Coplita de la amistad”

 

AT: Mucho mejor, te escucho…

 

FS:

La copla que a tanto canta, cuando canta a la amistad

Es graciosa en año nuevo, calladita en navidad

Y entre mil burbujas de oro y seis cuerdas de cristal

La copla no se emociona cuando canta a la amistad.

 

La he visto muerta de risa a la copla en carnaval

Machadito con el vino caliente de la amistad

O acurrucada temblando, entre sollozos quizás

Echa pedazos de pena, cuando un amigo se va.

 

Caminar sobre la espuma, entre la arena y el mar

Con sus cabellos al viento, cantándole a la amistad

En jardines con espinas o sobre flores de azar

Rodeada de mariposas del color de la amistad.

 

A los viejos, a los niños y a quien entre ellos están

Llorando en tiempos de guerras, sonriendo en tiempos de paz

Más dispuesta a dar su vida por vivir en libertad

O a pelear por los que luchan, pues no les alcanza el pan

Por culpa de a quien le sobre pero reparten tan mal

 

Coplita mi dulce copla, seguí cantando no más

Que en los humildes ranchitos a orillas del arenal

Cuando te hagas villancico ya cerca de Navidad

Mil rondas haremos linda, y un brindis a la amistad

 

 

Y si alguna vez se apaga su fuego en la oscuridad

Seguro que el viento amigo, el viento de la amistad

Avivará sus cenizas y así volverá a brillar

Tu luz de estrella coplita, camino a la eternidad.

1810: LOS AUSENTES

Jueves, Enero 27, 2011
“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe,  nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”.
Mariano Moreno.

  

Por Fanny Lubowski*

 

 

Celeste ignoraba su propia historia. La de sus ancestros que comenzaron a llegar a estas tierras alrededor de 1587 cargados como ganado en buques, desembarcando  tanto vivos como muertos,  por hacinamiento,  pestes, mala alimentación y castigos, para ser entregados al mejor postor en el puerto de Buenos Aires, plaza de confinamiento, subasta y distribución. Llegaban desde África su país de origen después de ser cazados como animales para proveer de mano de obra gratuita a varios continentes.

 

Ella solo recordaba que un día, a los siete años, llegó a esta bonita gran aldea, con su madre, a quien nunca volvió a ver, y después de subirla a una tarima, un señor levantó la mano y, entre el bullicio general, la subió a su carruaje y la llevó a la que desde entonces fue su casa. Celeste, hoy a los dieciséis años, sabía desde hacía  mucho cual era su lugar: era una esclava.

Buenos Aires tenía fama de benévola con sus esclavos y ella podía atestiguarlo. Si bien las restricciones existían, en la casa no eran maltratados físicamente, y siempre que guardaran su lugar, hacer sus tareas y permanecer casi invisibles no había lugar a quejas.

Celeste había sido afortunada pues la familia  Arana, sin linaje pero con dinero e influencias (lo que en el Cabildo llamaban “la parte más sana del vecindario“),  tenía una niña casi de su edad, con quien desde el primer momento tuvieron excelente relación y compartieron juegos primero y confidencias después. Isabel Arana  no equivocaba su rol, pero se sentía acompañada y cuidada por su sirvienta. Había cosas para compartir con sus amigas, sobre todo desde lo social, e intimidades que, con el tiempo, solo escuchaba Celeste.

 

La servidumbre era analfabeta pero la joven negra de esbelto caminar y desafiante y descarado mirar era de rápida inteligencia y astuto proceder. Sus oídos siempre atentos a los rumores de la calle y la casa le daban  un conocimiento que otras mujeres de la época no poseían.

 

Así pudo sentir que desde hacía varios días se vivía un clima especial entre la gente. Grupitos en las calles que murmuraban y callaban al acercarse un extraño. Crispamiento en los gestos, miradas sobre el hombro. Un Mayo distinto. En la cocina los esclavos entrecruzaban los pocos datos que les acercaban otros siervos. Que había problemas en España, que la población (44.000 personas, 33% negros) estaba dividida.

Los allegados a la familia visitaban la casa con mayor asiduidad y mientras recorría el salón ofreciendo bebidas Celeste escuchaba comentarios sueltos:

-… Los carlotistas se reunieron anoche y…

-… Liniers y los afrancesados…

-… Los juntistas son extremos pero…

-… La Junta de mañana, veinticuatro, no dura…

-… Dicen que llegaron noticias de la caída de la Junta Central de Sevilla…

 

 

Confusa , ella pensó que, en realidad, este tipo de clima había comenzado en el año nuevo de 1809 con lo que el señor Arana llamaba “la asonada de Álzaga”, frase que por supuesto no entendía pues no sabía que era una “asonada” ni quien era Álzaga.

 

La mañana del veinticinco amaneció lluviosa. Celeste salió, como solía hacerlo, para comprar el pan. Al cruzar la plaza advirtió que había más gente de lo que estaba acostumbrada a ver y que se comportaban distinto. Hablaban entre ellos, algunos elevando el tono de voz y tenían pequeñas cintas de color rojo algunos, blancas otros,  pinchadas en sus solapas.  Por una de las calles laterales avanzaban grupos enfervorizados, cantando consignas, que no llegó a entender.

 

Volvió a la casa rápidamente. Allí se encontró que la entrada y salida de la gente era incesante. Los hombres se reunían en la sala e intercambiaban opiniones. Se dirigió a la habitación de Isabel que se limitó a decirle:

-Están pasando cosas, pero vos no te preocupes.

Pero ella estaba inquieta, vaya si la conocía a la amita.

 

Por la tarde pululaban en el salón amigos, familiares, todos a la espera de algo que la servidumbre desconocía. Hasta que entró corriendo el menor de los Agüero y gritó:

-¡Tenemos Junta!

Esperaron que sonaran las campanas del Cabildo, cuando riendo Arana recordó:

-¡Si no hay badajo en las campanas!

 

Mientras se leía la proclama en la plaza, en casa de los Arana, Celeste y otros siervos entraron portando la bandeja del té y ella estaba contenta. Por la niña, claro.

 

 

*Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

El ajuste de cuentas de María Kodama

Miércoles, Enero 26, 2011

 

El diario español ABC ha publicado una nota acerca del nuevo libro de María Kodama, quien fuera la esposa de Jorge Luis Borges, y de los problemas que tuvo luego de la muerte del mismo.

 

kodama

 

 

Veinticinco años después de la muerte de Jorge Luis Borges, la viuda del gran escritor argentino, María Kodama, se siente con fuerzas para contar en un libro los años que compartió con él, pero también para ajustar cuentas con quienes le han hecho la vida imposible desde que falleció su marido.

“Va a ser como una novela gótica y será muy terrible para todas esas personas” que la han “difamado” en estos años, afirmó María Kodama, que esta noche asistirá en el Centro de Arte Moderno a la presentación del “Año Borges”, que pone en marcha esta entidad con la participación de la delegación en Madrid de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

Además de la publicación, este año, de las Obras Completas del escritor por parte de Random House Mondadori, hay programadas exposiciones y conferencias, aunque en realidad a María Kodama no le gusta conmemorar la muerte de su marido, el 14 de junio de 1986 en Ginebra, sino su nacimiento, el 24 de agosto de 1899.

Por eso, como cada año, en agosto se le hará un homenaje al autor de “El Aleph” con participación de críticos y escritores de varios países. Risueña y relajada, a pesar de que anoche tuvo una cena y se acostó “a las cinco de la madrugada”, María Kodama habló durante la entrevista de su relación con Borges, ese hombre que “nunca se dejó sobornar ni sobornó a nadie” y que “nunca se traicionó a sí mismo”.

El legado de su marido

Y también habló de cuánto ha sufrido desde que ella se hizo cargo del legado de su marido. Ha soportado “la maledicencia” y el “encarnizamiento de la prensa”, aseguró. Kodama se está pensando el contar lo bueno y lo malo de su vida en un libro, que “no serían exactamente unas memorias”. Hay “dos editoriales” interesadas.

Ese libro tendría una primera parte en la que ella escribiría su relación con Borges, “porque es algo íntimo”, y una segunda que correría a cargo de otra persona, aún por determinar, y en la que, mediante una entrevista, saldría a relucir “toda esa historia gótica y siniestra” que le ha tocado vivir desde que Borges murió. Habría además una tercera parte en la que irían las sentencias judiciales, para que se vea claro quién tenía la razón en cada caso.

 

Kodama no sabe por qué ha sido objeto de tantos ataques estos años, pero supone que “formará parte de la herencia de Borges, que fue una persona muy polémica en vida. Quizá todos los que no se atrevieron a ir contra él, se animaron luego a atacarme a mí porque soy mujer”. Durante años ha tenido que soportar a “señoras despechadas, a gente que quería hacerse pasar por secretarios o amigos de Borges” y que muchas veces ni siquiera lo habían leído, a “falsificadores” de la obra de su marido y a detractores de todo tipo, añadió la presidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

“A mí, durante veinticuatro años, el 80% de la prensa me sometió a una tortura moral haciéndose eco de toda esa serie de sinvergüenzas”, afirmó esta mujer que conoció a Borges cuando ella tenía 16 años y compartió con él décadas inolvidables. “Para mí, él era todo y sigue siendo mi alma, mi vida, como se ha demostrado a lo largo de estos años”, decía María Kodama, antes de contar que, quizá por estos procesos en los que se ha visto envuelta, no ha podido hacer aún el duelo “post mortem”.

“Si yo sobreviví a estos ataques, si no me suicidé durante este tiempo ha sido porque, gracias a mis amigos, yo pude hablar y sacar todo de mí. Los llamaba y les contaba todas las historias que iban apareciendo en la prensa”, comentó la viuda de Borges. “Todo eso tiene que salir a la luz, pero yo no lo puedo escribir porque, si lo hiciera yo, quedaría presa de ese mal y me destruiría”, añadía Kodama, antes de señalar que está buscando a “la persona adecuada” para el libro. “Podría ser un europeo porque en Argentina está todo muy mezclado”.

Como lectora, María Kodama sigue “fascinada” por la obra de Borges, y cree que la fascinación que ejerce el gran escritor tiene mucho que ver con “el profundo conocimiento filosófico” que emana de su obra. “Sus historias tocan cosas trascendentes del alma humana”. Con Borges sucede algo similar a lo que pasa con los trágicos griegos, “que hicieron la disección del alma humana”.

EL RAYO QUE NO CESA

Lunes, Enero 24, 2011

 

Libro de arena recuerda la publicación del poemario El rayo que no cesa de Miguel Hernández. La obra obtuvo el reconocimiento de parte de la crítica a pesar de haber sido distribuida con dificultad debido a la situación política de la época.  

 

 1.

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.

Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea.

Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.

¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.

Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.

Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.

Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.
2.
¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.
3.
Guiando un tribunal de tiburones,
como con dos guadañas eclipsadas,
con dos cejas tiznadas y cortadas
de tiznar y cortar los corazones,

en el mío has entrado, y en él pones
una red de raíces irritadas,
que avariciosamente acaparadas
tiene en su territorio sus pasiones.

Sal de mi corazón, del que me has hecho
un girasol sumiso y amarillo
al dictamen solar que tu ojo envía:

un terrón para siempre insatisfecho,
un pez embotellado y un martillo
harto de golpear en la herrería.
4.
Me tiraste un limón, y tan amargo
con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió una mordedura
de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.

 

 

elrayoquenocesaFragmento de:

 

El rayo que no cesa

Miguel Hernández

Madrid, José María Balcells, 2002

ENTRE ARCO Y ARCO, LA LECTURA

Viernes, Enero 21, 2011

 

Libro de Arena realizará durante todo el 2011 un ciclo de entrevistas a personalidades del deporte, la música y el espectáculo para que cuenten sus experiencias literarias. En esta primera presentación el elegido fue Fernando Signorini, preparador físico de la selección Argentina durante el Mundial de Sudáfrica 2010, que en esta primera parte cuenta sus comienzos en la literatura y la importancia que le ha reportado a su profesión.

 


Fernando Signorini, preparador de jugadores, como él mismo se denomina, y no preparador físico, trabajó para Diego Maradona durante sus años más dorados. Parte de su estadía en Nápoles y en el transcurso del Mundial de México ‘86. Pero además estuvo al lado de Maradona durante el Mundial pasado, en Sudáfrica, formando parte de su cuerpo técnico. Además trabajó en Independiente con César Luis Menotti, técnico campeón del mundo en 1978 con la selección argentina, entre otros puntos sobresalientes de su carrera.

 

fernandosignorini.bmp

M

Alvar Torales: ¿Recordás cómo fue que llegó la literatura a tu vida?


Fernando Signorini: Seguramente por la influencia de la gente que me ayudó a formarme. En el interior todavía se mantienen algunas prácticas que no sé si le hacen bien al cuerpo pero sí al espíritu, la lectura es una de ellas. Tuve un profesor de literatura que en su momento era uno de los seis Doctores Honoris Causa que había en Argentina, el profesor Baladino. Era el director de la Escuela Normal de Lincoln. Fue la primera persona que influyó en mí de manera determinante porque tenía una cultura general increíble. Él fue el primero que me abrió el camino para animarme a la aventura de la lectura.

AT: ¿Y recordás cuál fue el primer libro que leíste?

FS: Habrá sido alguno de la currícula de la escuela. “Platero y yo” seguramente, después pasó que como soy hijo de una familia católica apostólica romana me empecé a interrogar a mí mismo acerca de la existencia, y de dónde venimos, y hacia dónde vamos y qué es lo que somos, entonces decidí apartarme, no creer. Me agarré un poco de la mano de Yupanqui cuando dice que él más que creyente era dudante, entonces tomé esa definición y eso me llevó por un camino distinto y me atreví a dudar de todo.

AT: ¿Todavía seguís dudando?


FS: Permanentemente estoy poniendo en duda todo lo que llega y así creo que voy llegando a lo que para mí es la verdad sobre cuál es la esencia del fútbol como juego. Pero eso no lo podés lograr si no te atrevés a incursionar en otro tipo de lectura. Como dice Hipócrates “el que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe“, bueno el tipo que se dedica al fútbol y sólo lee de fútbol ni de fútbol sabe porque y sobre todo en esta sociedad, el fútbol pasó a representar lo que antes era la religión . Hoy el fútbol es el opio de los pueblos, cuando la religión está en fuertes conflictos.

AT: ¿Qué representa un libro para vos?


FS: Durante las Eliminatorias le regalé un libro a Carlitos Tevez, “Las fuerzas morales” de José Ingenieros y  se me ocurrió ponerle que uno después de leer un buen libro nunca más va a volver a ser el mismo, si no que va a ser mejor, porque eso es lo que creo que generan los buenos libros en las personas.

 

AT: Sin ánimos de entrar en polémicas con Jorge Luis Borges. ¿Qué opinás de esta frase que es de su autoría: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”?


FD: Yo diría que desde algún lugar tiene razón porque si el fútbol ha pasado a ser lo que es hoy, es producto de la estupidez y no de la racionalidad. Para mí siempre fue un juego, como dice Menotti: “Una hermosa posibilidad de ser feliz“. Para mí lo sigue siendo pero todo lo que desarrolló después como el interés por el negocio, el hecho de que, como dicen muchos, ganar es lo único que importa y todas esas cosas creo que son signos de estupidez y Borges tenía una mirada mucho más profunda y en su innegable profundidad de pensamiento lo había descubierto. Creo que hoy en día el fútbol sirve más que nada para fomentar divisiones, engendrar violencia y eso forma parte de la estupidez humana. Creo que si Borges hubiera pertenecido a otras sociedades donde el fútbol representa otro tipo de cosas, no hubiera llegado a esa conclusión; pero desde aquí sin dudas creo que tenía una gran parte de razón, yo al menos estoy de acuerdo con eso.

AT: Solés decir que en un preparador físico es mucho más importante la contención humana y espiritual del jugador que la preparación física. ¿Crees que para esto es necesaria una preparación literaria y cultural en los profes y los entrenadores?


FS: Es fundamental, porque de nada vale entrenar el músculo si no entrenás los valores. Quiero decir, hace mucho tiempo le comenté a Jorge Valdano que para mí un gramo de tejido cerebral pesa, entre comillas, mucho más que ochenta kilos de músculos y estoy absolutamente convencido de que es así. Cada uno de nosotros, que de alguna manera somos los guías o los formadores, tenemos que estar profundamente convencidos y compenetrados con una manera de percibir los problemas de la gente. Entonces creo eso, que nosotros nos tenemos que preparar, tenemos que tener una visión mucho más amplia, mucho más humanista, y no hacerle sentir al jugador que es un medio para perpetuar los fines de otro.

AT: ¿Pero qué tan cerca está el fútbol argentino de llegar a este ideal que planteas…?


FS: Creo que esto es como correr en una de esas cintas donde vos corres y corres y siempre estás en el mismo lugar. Estamos cada vez más lejos porque hay un utilitarismo cada vez más desarrollado en cada uno de nosotros. Y también nosotros mismos nos convencemos de que es mucho más importante ganar, porque la sociedad misma te lo exige. Pero el mensaje tiene que ser otro y tenemos que trabajar para desarrollar otro tipo de valores, para contribuir realmente a una sociedad más distendida que le de valor realmente a las cosas importantes y que no caiga en la simpleza del festejo sin sentido simplemente por el hecho de que ganamos y nada más.

AT: Gabriel García Márquez dice que el periodismo es un género literario más. Ya que estamos hablando de literatura, ¿cómo analizás el periodismo argentino, sobre todo el deportivo?


 

FS: Sí, pero dentro del género literario hay quienes escriben muy bien, quienes escriben muy mal, hay quienes escriben pensando en cuantos libros van a vender y hay quienes escriben pensando en hacerlo de la mejor manera. Recuerdo que una vez le preguntaron a Gabriel García Márquez cómo había hecho para escribir Cien Años de Soledad y él muy suelto de cuerpo contestó “con el culo” y ¡claro!, él estuvo cientos de horas sentado para escribir esa novela y por eso te digo que también están los que escriben con la intención de ganar la mayor cantidad de plata posible, entonces escriben sobre temas efectistas, aprovechan cualquier cosa.

AT: Por ejemplo…


FS: Por ejemplo, Toti Passman aprovechó una frase de Diego para escribir un libro (N. de R.: La tenés adentro, luego de la clasificación al Mundial de Sudáfrica y los exabruptos de Maradona en la conferencia de prensa), entonces vamos a pisotear la dignidad como si fuera una cucaracha, total no sirve para nada y en vez de haber reflexionado prefirió ser un muñequito más de este circo mediático que se ha fomentado. Total lo que vale es tener la carita en televisión, decir cuatro estupideces, parecer importante. Pero hay otros que sí hacen bien su trabajo, por eso creo que dentro de la literatura es como cualquier otra profesión, están quienes lo hacen defendiendo valores éticos y otros que pisotean las flores con tal de llegar a ese objetivo que para mi es bastante ruin.

GOL OLÍMPICO

Jueves, Enero 20, 2011

 

Libro de arena publica un relato ficcional sobre una de las leyendas del fútbol argentino, el loco Corbatta.

 

Por Miguel Kreimer*

 

 

Las inferiores de Racing tienen su mística. La que pasa por los clásicos contra Independiente, la de haber escuchado que alguna vez hubo un equipo de José, la de haber superado tener el estadio embargado y la gloria un poco más reciente conseguida de la mano del Mostaza Merlo, eternizado en una estatua de dudoso buen gusto.

Los nuevos, siempre hay nuevos, sienten esa cosa especial cuando entran por primera vez al vestuario de los locales.

El club, muy concientizado que en los chicos está el futuro de la institución, les acondicionó un lugar adecuado para que cultiven el amor por la camiseta y sueñen con la grandeza de la albiceleste  y por qué no, la buenaventura individual.

Vestuario O. O. Corbatta, escrito en un prolijo cartelito de madera corona la entrada. A muchos les llama la atención el nombre, y hasta bromean con eso.

-Nos exigen que vengamos vestidos con el equipo de club y nos ponen un cartelito pidiendo la corbata.

corbattaEl entrenador, un veterano que nunca se destacó demasiado con la pelota en los pies y que busca revancha con la tiza en la mano, les explica.

-Corbatta fue un puntero derecho extraordinario, capaz de dar vuelta un resultado él solito. Yo lo vi jugar, y les aseguro que tiene bien merecido el recuerdo del club.

Los chicos, que pensaban que el fútbol empezó con Maradona descreían de los dichos de su entrenador.

-Un puntero es un puntero, y me parece difícil que pueda tener tanto lucimiento -dijo el muchacho que casualmente transpiraba la camiseta número 11.

El DT, docente al fin, les recuerda que hace cincuenta años las posiciones dentro de la cancha eran mucho más estáticas, se atacaba con cinco delanteros y los punteros tenían que correr pegados a la línea para tirar los centros hacia atrás y evitar el off side.

-¿No es lo que hacemos ahora?  

-Nada que ver, antes no se marcaba en zona, no se adelantaban las defensas para dejar al jugador en infracción y el atacante tenía que arrastrar la defensa para habilitar a sus compañeros.

Los chicos no se conformaban con la explicación del DT y desconfiaban de la real habilidad del tal Corbatta. Para cortarla el entrenador dejó caer la bomba.

-Además el crack será recordado eternamente  por sus goles olímpicos.

-Quiere decir que metió muchos goles durante las Olimpiadas -arriesgó uno de los pibes.

Recuperando el control de la situación el veterano les contó en qué consistía la hazaña del puntero.

-Goles olímpicos, quiere decir que convertía goles ejecutando tiros de esquina: la pelota entraba en el arco sin que nadie llegue a tocarla.

Orestes Corbatta se convirtió en el héroe de la quinta división y el entrenador descubrió el inmenso valor de la motivación, que casi sin querer, había conseguido.

No solamente los punteros, sino todo el equipo, le pedía practicar tiros de esquina buscando entrarle a la pelota con la comba adecuada para meterla bajo los tres palos.

Por primera vez recorrieron la galería de fotos del segundo piso del estadio y en lugar de reírse de sus predecesores por los peinados engominados y sus bigotitos de telenovela, entendieron que hubo jugadores habilidosos que medio siglo atrás les estaban marcando el camino.

Acostumbrados al destino europeo de los virtuosos, los chicos se interesaron por saber en que clubes había militado Corbatta después de su paso por Racing.

El entrenador los sentó en la misma salita donde pasaban los videos de los partidos y se daban las charlas técnicas.

-No hubo después, si bien intentó jugar en algún otro lado, el loco Corbatta descubrió que su lugar en el mundo era este, el club. Tanto es así que terminó viviendo acá.

-¿No se hizo millonario como todos los jugadores?

Les contó que en esa época no se hacía tanta plata con el fútbol, pero que la que ganó se la gastó y en la vejez fue tan pobre como cuando era chico.

-¿Qué hacía en el club todo el día?

-Ayudaba como utilero y cuando se sentía bien les enseñaba  a los pibes a patear tiros libres.

Los chicos se lamentaron que no les había tocado vivir esa parte de la historia, porque hubiera sido lindo conocerlo.

El DT, que había vivido esa parte de la historia, les terminó contando.

-Los chicos éramos un poco crueles con él –recordó-. Cuando le pedían que colocara los conos en la cancha para practicar la gambeta corta, nosotros lo apurábamos.

-Vamos viejo, corra, que no tenemos toda la mañana.

-¿Y don Orestes, lo hacía?

-Lo hacía con una sonrisa, contento de estar pisando la cancha de sus amores. Lo hacía lo más rápido que la borrachera de la noche anterior se lo permitía…    

 

 

*Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

SRITA. PATRICIA HIGHSMITH

Miércoles, Enero 19, 2011

 

En el día de hoy se cumplen 90 años del nacimiento de la escritora Patricia Highsmith conocida por sus relatos policiales que tiene como protagonista al antihéroe Tom Ripley. Libro de arena publica una breve reseña biográfica junto con un fragmento de su cuento “La perfecta señorita”.


Patricia  Highsmith nació un 19 de enero de 1921 en Forth Worth, Texas, Estados Unidos. Su primer cuento fue publicado por Harper´s Bazaar cuando apenas tenía 24 años, y cinco años más tarde Alfred Hitchcock adaptó su primera novela, Extraños en un tren (1951), para la versión cinematográfica, lo que la llevó a la fama. Desde joven sus lecturas se orientaron en torno de los tópicos propios del géneros policial, sus autores favoritos eran Poe, Conrad y Dostoievsky. Su trabajo forma parte del corpus de la literatura policial de la serie negra, surgida en Estados Unidos a principios del siglo XX. Entre los títulos más conocidos cabe recordar A pleno sol, La máscara de Ripley, El juego de Ripley (que inspiró a Win Wenders) para dirigir El amigo americano en 1977, Ripley en peligro, Tras los pasos de Ripley.

Falleció el 4 de febrero de 1995 en Lucarno, Suiza.

 

patriciahighsmith

 

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

-Gracias, lo he pasado maravillosamente -decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.

-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

-Las niñas nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

-Pero eso no es tener carácter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

-Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza -dijo Margot-. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

-¡Gusano! -respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico lo perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

-¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

-Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? -le preguntó a su mujer.

-Oh, dan paseos. No sé -dijo Margot-. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando papas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

(…)

 

 

pequeñoscuentosmisoginosFragmento de:

 

“La señorita perfecta” en Pequeños cuentos misóginos

Patricia Highsmith

Buenos Aires, Alfaguara, 1986

SOLO JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Martes, Enero 18, 2011

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Con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento del escritor peruano  José María Arguedas, Libro de arena publica una breve reseña biografía y un extracto del cuento “Hijo solo”.

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josemariaarguedas

José María Arguedas nació en Andahuaylas, Perú, en 1911. Fue un escritor y antropólogo interesado en abordar la problemática indígena como parte de la configuración cultural de Perú, asunto que aparece reflejado en su obra. La cuestión fundamental que se plantea es la de un país dividido en dos culturas —la andina de origen quechua, la urbana de raíces europeas— que deben integrarse en una relación armónica de carácter mestizo. Criado, tras la muerte de su madre, entre los siervos campesinos de la zona andina, adoptó sus creencias y valores que luego se verían reflejadas en sus textos más conocidos. Entre ellos figuran: Los ríos profundos (1956), Todas las sangres (1964) y El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971); la última es la novela-diario truncada por su muerte.

Murió en diciembre de 1969.

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Llegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio las calandrias llegaban solas, exhibiendo sus alas; se posaban lentamente sobre los lúcumos, en las más altas ramas, y cantaban.
A esa hora descansaba un rato, Singu, el pequeño sirviente de la hacienda. Subía a la piedra amarilla que había frente a la puerta falsa de la casa; y miraba la quebrada, el espectáculo del río al anochecer. Veía pasar las aves que venían del sur hacia la huerta de árboles frutales.
La velocidad de las palomas le oprimía el corazón; en cambio, el vuelo de las calandrias se retrataba en su alma, vivamente, lo regocijaba. Los otros pájaros comunes no le atraían. Las calandrias cantaban cerca, en los árboles próximos. A ratos, desde el fondo del bosque, llegaba la luz tibia de las palomas. Creía Singu que de ese canto invisible brotaba la noche porque el canto de la calandria ilumina como la luz, vibra como ella, como el rayo de un espejo. Singu se sentaba sobre la piedra. Le extrañaba que precisamente al anochecer se destacara tanto la flor de los duraznos. Le parecía que el sonido del río movía los árboles y mostraba las pequeñas flores blancas y rosadas, aun los resplandores internos, de tonos oscuros, de las flores rosadas.
Estaba mirando el camino de la huerta, cuando vio entrar en el callejón empedrado del caserío, un perro escuálido, de color amarillo. Andaba husmeando, con el rabo metido entre las piernas. Tenía “anteojos”; unas manchas redondas de color claro, arriba de los ojos.
Se detuvo frente a la puerta falsa. Empezó a lamer el suelo donde la cocinera había echado el agua con que lavó las ollas. Inclinó el cuerpo hacia atrás; alcanzaba el agua sucia estirando el cuello. Se agazapó un poco. Estaba atento, para saltar y echarse a correr si alguien abría la puerta. Se hundieron aún más los costados de su vientre; resaltaban los huesos de las piernas; sus orejas se recogieron hacia atrás; eran oscuras, por las puntas.
Singu buscaba un nombre. Recordaba febrilmente nombres de perros.
- ¡”Hijo Solo”! -le dijo cariñosamente-. ¡”Hijoo Solo”! ¡Papacito! ¡Amarillo! ¡Niñito! ¡Ninito!
Como no huyó, sino que lo miró sorprendido, alzando la cabeza, dudando, Singuncha siguió hablándole en quechua, con tono cada vez más familiar.
- ¿Has venido por fin a tu dueño? ¿Dónde has estado, en qué pueblo, con quién?
Se bajó de la piedra, sonriendo. El perro no se espantó, siguió mirándolo. Sus ojos también eran de color amarillo, el iris se contraía sin decidirse.
- Yo, pues, soy Singuncha. Tu dueño de la otra vida. Juntos hemos estado. Tú me has lamido, yo te daba queso fresco, leche también; harto. ¿Por qué te fuiste?
Abrió la puerta. De la leche que había para los señores echó apresuradamente bastante, en un plato hondo; y corrió. Estaba aún ahí el perro, sorprendido, dudando. Puso el plato en el suelo. “Hijo Solo” se acercó casi temblando. Y bebió la leche. Mientras lamía haciendo ruido con las fauces, sus orejitas se recogieron nuevamente hacia arriba; cerró un poco los ojos. Su hocico, como las puntas de las orejas, era negro. Singuncha puso los dedos de sus dos manos sobre la cabeza del perro, conteniendo la respiración, tratando de no parecer siquiera un ser vivo. No huyó el perro, cesó un instante de lamer el plato. También él paralizó su aliento; pero se decidió a seguir. Entonces Singuncha pudo acariciarle las orejas.
Jamás había visto un animal más desvalido; casi sin vientre y sin músculos. “¿No habrá vuelto de acompañar a su dueño, desde la otra vida?”, pensó. Pero viéndole la barriga, y la forma de las patas, comprendió que era aún muy joven. Sólo los perros maduros pueden guiar a sus dueños, cuando mueren en pecado y necesitan los ojos del perro para caminar en la oscuridad de la otra vida.
Se abrazó al cuello de “Hijo Solo”. Todavía pasaban bandadas de palomas por el aire; y algunas calandrias, brillando.
Hacia tiempo que Singu no sentía el tierno olor de un perro, la suavidad del cuello y de su hocico. Si el señor no lo admitía en la casa, él se iría, fugaría a cualquier pueblo o estancia de la altura, donde podían necesitar pastores. No lo iban a separar del compañero que Dios le había mandado hasta esa profunda quebrada escondida. Debía ser cierto que “Hijo Solo” fue su perro en el mundo incierto de donde vienen los niños. Le había dicho eso al perro, sólo para engañarlo; pero si él había oído, si le había entendido, era porque así tenía que suceder; porque debían encontrarse allí, en “Lucas Huayk’o”, la hacienda temida y odiada en cien pueblos. ¿Cómo, por qué mandato “Hijo Solo” había llegado hasta ese infierno odioso? ¿Por qué no se había ido, de frente, por el puente, y había escapado de Lucas Huayk’o”?
- Gringo! ¡Aquí sufriremos! Pero no será de hambre -le dijo-. Comida hay, harto. Los patrones pelean, matan sus animales; por eso dicen que “Lucas Huayk’o” es infierno. Pero tú eres de Singuncha, “endio” sirviente. ¡Jajay! ¡Todo tranquilo para mí! ¡Vuela torcacita! ¡Canta tuyay, tuyacha! ¡Todo tranquilo!
Abrazó al perro, más estrechamente; lo levantó un poco en peso. Hizo que la cabeza triste de “Hijo Solo” se apoyara en su pecho. Luego lo miró a los ojos. Estaba aún desconcertado. Sonriendo, Singucha alzó con una mano el hocico del perro, para mirarlo más detenidamente, e infundirle confianza.
Vio que el iris de los ojos del perro clareaba. Él conocía como era eso. El agua de los remansos renace así, cuando la tierra de los aluviones va asentándose. Aparecen los colores de las piedras del fondo y de los costados, las yerbas acuáticas ondean sus ramas en la luz del agua que va clareando; los peces cruzan sus rayos. “Hijo Solo” movió el rabo, despacio, casi como un gato; abrió la boca, no mucho; chasqueó la lengua, también despacio. Y sus ojos se hicieron transparentes. No deseaba ver más el Singuncha; no esperaba más del mundo.
Le siguió el perro. Quedó tranquilo, echado sobre los pellejos en que el cholito dormía, junto a la despensa, en una habitación fría y húmeda, debajo del muro de la huerta. Cuando llovía o regaban, rezumaba agua por ese muro.
Quizá los perros conocen mejor al hombre que nosotros a ellos. “Hijo Solo” comprendió cuál era la condición de sus dueños. No salió durante días y semanas del cuarto. ¿Sabía también que los dueños de la hacienda, los que vivían en esta y en la otra banda se odiaban a muerte? ¿Había oído las historias y rumores que corrían en los pueblos sobre los señores de “Lucas Huayk’o”?
- ¿Viven aún los dos? -se preguntaban en las aldeas-. ¿Qué han derrumbado esta semana? ¿Los cercos, las tomas de agua, los andenes?
- Dicen que don Adalberto ha desbarrancado en la noche doce vacas lecheras de su hermano. Con veinte peones las robó y las espantó al abismo. Ni la carne han aprovechado. Cayeron hasta el río. Los pumas y los cóndores están despedazando a los animales finos.
- ¡Anticristos! – ¡Y su padre vive! – ¡Se emborracha! ¡Predica como diablo contra sus hijos! Se aloca. – ¿De dónde, de quién vendrá la maldición?
No criaban ya animales caseros ninguno de los dos señores. No criaban perros. Podían ser objetos de venganza, fáciles.
- Lucas Huayk’o arde. Dicen que el sol es allí peor. ¡Se enciende! ¿Cómo vivirá la gente? Los viajeros pasan corriendo el puente.
Sin embargo “Hijo Solo” conquistó su derecho a vivir en la hacienda. Él y su dueño procedieron con sabiduría. Un perro allí era necesario más que en otros sitios y hogares. Pero los habían matado a balazos, con veneno o ahorcándolos en los árboles, a todos los que ambos señores criaron, en esta y en la otra banda.
Los primeros ladridos de “Hijo Solo” fueron escuchados en toda la quebrada. Desde lo alto del corredor. “Hijo Solo” ladró al descubrir una piara de mulas que se acercaban al puente. Se alarmó el patrón. Salió a verlo. Singu corrió a defenderlo.
- ¿Es tuyo? ¿Desde cuando? – Desde la otra vida, señor -contestó apresuradamente el sirviente. – ¿Qué? – Juntos, pues, habremos nacido, señor. Aquí nos hemos encontrado. Ha venido solito. En el callejón se ha quedado, oliendo. Nos hemos conocido. Don Adalberto no le va ha hacer caso. De “endio” es, no es de werak’ocha. Tranquilo va cuidar la hacienda. – ¿Contra quién? ¿Contra el criminal de mi hermano? ¿No sabes que Don Adalberto come sangre? – Perro de mí es, pues, señor. Tranquilo va a ladrar. No contra Don Alberto.
“Hijo Solo” los escuchaba inquieto. Miraba al dueño de la hacienda, con esa cristalina luz que tenía en los ojos, desde la tarde en que fue alimentado y saciado por Singuncha, junto a la puerta falsa de la casa grande.
- Es simpático; chusco. Lo matarán sin duda -dijo Don Angel-. Se desprecia a los perros. Se les mata fácil. No hay condena por eso. Que se quede, pues, Singuncha. No te separes de él. Que ladre poco. Te cuidará cuando riegues de noche la alfalfa. Enséñale que no ladre fuerte. Le beberá la sangre siempre, ese Caín, ¿Cómo se llama? Su ladrar ha traído recuerdos a la quebrada. – “Hijo Solo”, patrón.
Movió el rabo. Miró al dueño, con alegría. Sus ojos amarillos tenían la placidez de la luz, no del crepúsculo sino del sol declinante, que se posaba sobre las cumbres ya sin ardor, dulcemente, mientras las calandrias cantaban desde los grandes árboles de la huerta.
“Más fácil es ver aquí un perro muerto. Ya no tengo costumbre de verlos vivos. Allá él. Quizá mi hermano los despache a los dos juntos. Volverán al otro mundo, rápido”.
El dueño de la hacienda bajó al patio, hablando en voz baja. No se dieron cuenta durante mucho tiempo. El perro exploró toda la hacienda por la banda izquierda que pertenecía a Don Angel. No escandalizaba. Jugaba en el campo con el pequeño sirviente. Se perdía en la alfalfa floreada; corría a saltos, levantando la cabeza, para mirar a su dueño. Su cuerpo amarillo, lustroso ya, por el buen trato, resaltaba entre el verde feliz de la alfalfa y las flores moradas. Singuncha reía.
- ¡Hijos de Dios en medio de la maldición! -decía de ellos la cocinera.
El perro pretendía atrapar a los chihuillos que vivían en los bosques de retama de los pequeños abismos. El cllihuillo tiene vuelo lento y bajo; da la impresión de que va a caer, que está cansado. El perro se lanzaba, anhelante, tras de los chihuillos, cuando cruzaban los campos de alfalfa buscando los árboles que orillaban las acequias. El Singuncha reía a carcajadas. La misma absurda pretensión hacía saltar al perro, la orilla del río, cuando veía pasar a los patos, que eran raros en “Lucas Huayk’o”.
Singu era becerro, ayudante de cocina, guía de las yuntas de aradores, vigilante de los riegos, espantador de pájaros, mandadero. Todo lo hacía con entusiasmo. Y desde que encontró a su perro “Hijo Solo”, fue aún más diligente. Había trabajado siempre. Huérfano recogido, recibió órdenes desde que pudo caminar.
Lo alimentaron bien, con suero, leche, desperdicios de la comida, huesos, papas y cuajada. El patrón lo dejó al cuidado de las cocineras. Le tuvieron lástima. Era sanguíneo, de ojos vivos. No era tonto. Entendía bien las órdenes. No lloraba. Cuando lo enviaban al campo, le llenaban la bolsa con mote y queso. Regresaba cantando y silbando. Los señores peleaban, procuraban quitarse peones. Los trataban bien por eso. El otro, Don Adalberto, tenía los molinos, los campos de cebada y trigo, las aldeas de la hacienda, y las minas. Don Angel los alfalfares, la huerta, el ganado, el trapiche. Singu no tomaba parte aún en la guerra. La matanza de los animales, los incendios de los campos de trigo, las peleas, se producían de repente. Corrían; el patrón daba órdenes, traía los caballos. Se armaban de látigos y lanzas. El patrón se ponía un cinturón con dos fundas de pistolas. Partían al galope. La quebrada pesaba, el aire parecía caliente. La cocinera 1loraba. Los árboles se mecían con el viento; se inclinaban mucho, como si estuvieran condenados a derrumbarse; las sombras vibraban sobre el agua. Singuncha bajaba hasta el puente. El tropel de los caballos, los insultos en quechua de los jinetes, su huída por el camino angosto; todo le confirmaba que en “Lucas Huayk’o”, de veras, el demonio salía a desplegar sus alas negras y a batir el vientot desde las cumbres.
Hubo un período de calma en la quebrada; coincidió con la llegada de “Hijo Solo”.
- Este perro puede ser más de lo que parece – comentó Don Angel semanas después.
Pero sorprendieron a “Hijo Solo”, en medio del puente, al medio día.
Singuncha gritó, pidió auxilio. Lo envolvieron con un poncho, le dieron de puntapiés.
Oyó que el perro caía al río. El sonido fue hondo, no como el de un pequeño animal que golpeara con su desigual cuepo la superficie del remanso. A él lo dejaron con un costal sucio amarrado al cuello.
Mientras se arrancaba el costal de la cabeza, huyeron los emisarios de Don Adalberto. Los pudo ver aún en el recodo del camino, sobre la tierra roja del barranco.
Nadie había oído los gritos del becerrero. El remanso brillaba, tenía espuma en el centro, donde se percibía la corriente.
Singu miró el agua. Era transparente, pero honda. Cantaba con voz profunda; no sólo ella, sino también los árboles y el abismo de rocas de la orilla, y los loros altísimos que viajaban por el espacio. Singu no alcanzaría jamás a “Hijo Solo”. Iba a lanzarse al agua. Dudó y corrió después, sacudiendo su pantalón remendado, su ponchito de ovejas. Pasó a la otra banda, a la del demonio Don Adalberto; bajó el remanso. Era profundo pero corto. Saltando sobre las piedras como un pájaro, más líbero que las cabras, siguió por la orilla, mirando el agua, sin llorar. Su rostro brillaba, parecía sorber el río.
¡Era cierto! “Hijo Solo” luchaba, a media agua. El Singuncha se lanzó a la corriente, en la zona del vado. Pudo sumergirse. Siempre llevaba, a manera de cuchillo, un trozo de fleje que él había afilado en las piedras. Pero el perro estaba ya aturdido, boqueando. El río los llevó lejos, golpeándolos en las cascadas. Cerca del recodo, tras el que aparecían los molinos de Don Adalberto, Singuncha pudo agarrarse de las ramas de un sauce que caían a la corriente. Luchó fuerte, y salió a la orilla, arrastrando al perro.
Se tendieron en la arena. “Hijo Solo” boqueaba, vomitaba agua como un odre.
Singuncha empezó a temblar, a rechinar los dientes. Tartamudeando maldecía a Don Adalberto, en quechua: “Excremento del infierno, posma del demonio. Que el sol te derrita como a la velas que los condenados llevan a los nevados. ¡Te clavarán con cadenas en la cima de “Aukimana”; “Hijo Solo” comerá tus ojos, tu lengua, y vomitará tu pestilencia, como ahora! ¡Vamos a vivir, pues!”
Se calentó en la arena el perro; puso su cabeza sobre el cuerpo del Singuncha; moviendo sus “anteojos”, lo miraba. Entonces lloró Singu.
- ¡ Papacito! ¡Flor! ¡Amarillito! ¡Jilguero!
Le tocaba las manchas redondas que tenía en la frente, sus “anteojos”.
- Vamos a matar a Don Adalberto! ¡Dice Dios quiere! -le dijo.
Sabía que en los bosques de retama y lambras de Los Molinos cantaban las torcazas más hermosas del mundo. Desde centenares de pueblos venían los forasteros a hacer moler su trigo a “Lucas Huayk’o”, porque se afirmaba que esas palomas eran la voz del Señor, sus criaturas. Hacían turnos que duraban meses, y Don Adalberto tenía peones de sobra. Se reía de su hermano.
- ¡Para mí cantan, por orden del cielo, estas palomas ! -decía- Me traen gente de cinco provincias.
Escondido, Singuncha rezó toda la tarde. Oyó, llorando, el canto de las torcazas que se posaron en el bosque, a tomar sombra.
Al anochecer se encaminó hacia Los Molinos. Pasó frente al recodo del río; iba escondiéndose tras los arbustos y las piedras. Llegó frente al caserío donde residía Don Adalberto; pudo ver los techos de calamina del primer molino, del más alto.
Cortó un retazo de su camisa, y lo deshizo, hilo tras hilo; escarmenándolas con las uñas, formó una mota con las hilachas, las convirtió en una mecha suave.
Había escogido las piedras, las había probado. Hicieron buenas chispas; prendieron fuerte aún a plena luz del sol.
Más tarde vendrían “concertados” a la orilla del río, a vigilar, armados de escopetas. Anochecía. Los patitos volaban a poca altura del agua. Singu los vio de cerca; pudo gozar contemplando las manchas rojas de sus alas y las ondas azules, brillantes, que adornaban sus ojos y la cabeza.
- ¡Adiós niñitas¡ -les dijo en voz alta.
Sabía que el sonido del río apagaría su voz. Pero agarró del hocico al “Hijo Solo” para que no ladrase. El ladrido de los perros corta todos los sonidos que brotan de la tierra.
Tupidas matas de retama seca escalaban la ladera, desde el río. No las quemaban ni las tumbaban, porque vivían allí las torcazas.
Llegaron palomas en grandes bandadas, y empezaron a cantar.
Singuncha escogió hojas secas de yerbas y las cubrió con ramas viejas de k’opayso y retama. No oía el canto. Su corazón ardía. Hizo chocar los pedernales junto a la mecha. Varios trozos de fuego cayeron sobre el trapo deshilachado y lo prendieron. Se agachó; de rodillas mientras con un brazo tenía al perro por el cuello, sopló. Y casi de pronto se alzó el fuego. Se retorcieron las ramas. Una llamarada pura empezó a lamer el bosque, a devorarlo.
- ¡Señorcito Dios! ¡Levanta fuego! ¡Levanta fuego! ¡Dale la vuelta! ¡Cuida! -gritó alejándose, y volvió a arrodillarse sobre la arena.
Se quedó un buen rato en el río. Oyó gritos, y tiros de carabina y dinamita.
Volvió hacia el remanso. Más allá del recodo, cerca del vado, se lanzó al río. “Hijo Solo” aulló un poco y lo siguió. Llegaban las palomas a esta banda, a la de Don Angen volando descarriadas, cayendo a los alfalfares, tonteando por los aires.
Pero Singu se iba ya; no prestaba oído ni atención verdaderos a la quebrada; subía hacia los pueblos de altura. Con su perro, lo tomarían de pastor en cualquier estancia; o el Señor Dios lo haría llamar con algún mensajero, el Jakakllu o el Patrón de Santiago. Entonces seguiría de frente, hasta las cumbres; y por algún arco iris escalaría al cielo, cantando a dúo con el “Hijo Solo”.
- ¡Amarillito! ¡Jilguero! – iba diciéndole en voz alta, mientras cruzaban los campos de alfalfa, a la luz de las llamas que devoraban la otra banda de la hacienda.
En la quebrada se avivó más ferozmente la guerra de los hermanos Caínes. Porque Don Adalberto no murió en el incendio.

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relatoscompletosjmarguedas

Fuente:

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“Hijo Solo” en Relatos completos

José María Arguedas

Buenos Aires, Losada, 1977

EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

Lunes, Enero 17, 2011

 

En el día de hoy se cumplen 107 años de la publicación de la última obra de teatro  de Antón Chéjov, El jardín de los cerezos. Libro de arena recuerda este suceso con la publicación de un fragmento de la destacada pieza.

 

La acción tiene lugar en la hacienda

de L. A. Ranevskaia.

 

ACTO PRIMERO

 

Habitación llamada en tiempos “cuarto de los niños”. Una de sus puertas abre sobre la alcoba de Ania. El sol está próximo a salir. Es ya mayo, En el jardín florecen los cerezos, pero hace frío. Las ventanas se mantienen aún cerradas.

 

ESCENA PRIMERA

 

Entran Duniascha y Lopajin, el uno con un libro y la otra con una vela en la mano.

Lopajin: ¡Gracias a Dios que ha llegado el tren! ¿Qué hora es?

Duniascha: Van a dar las dos (Apagando la vela). Ya hay claridad.

Lopajin: ¿Cuánto retraso ha traído, entonces?… Por lo menos dos horas.

(Bostezando y estirándose). ¡También yo soy bueno!… ¡Qué manera de hacer el tonto!… ¡Vengo aquí ex profeso para ir a buscarlos a la estación, y me duermo! ¡Me duermo sentado!… ¡Qué fastidio!… ¡Si a ti, al menos, se te hubiera ocurrido despertarme!…

Duniascha: ¡Creía que se había usted marchado! (escuchando) Me parece que aquí vienen ya.

Lopajin: (escuchando a su vez) No…Habrá que sacar el equipaje y hacer otra porción de cosas… (Pausa) ¡Cinco años ha pasado Liubuv Andreevna en el extranjero!…Yo no sé cómo estará ahora… ¡Es una persona muy buena!… De carácter fácil…, sencillo… Recuerdo que una vez…, cuando era un chiquillo de unos quince años…, mi difunto padre, que tendía entonces una tienda aquí, en la aldea, me pegó un puñetazo en la cara y me empezó a sangrar la nariz… No sé por qué habíamos ido al patio…, y estaba algo bebido… Pues bien, Liubov Andreeevna – lo recuerdo como si fuera ayer-, todavía jovencita y muy delgadita…, me trajo aquí, al lavabo…, en este mismo “cuarto de los niños”…”¡No llores, “mujichok!” -me decía- ¡Pronto se te pasará! (Pausa) mientras yo estoy aquí ahora de chaleco blanco y zapatos marrones… ¡Claro que “aunque la mona se vista de seda”!… ¡Pero, eso sí…, soy rico! ¡Tengo mucho dinero…, aunque, si se pone uno a pensarlo y a cavilarlo…, la verdad es que no soy más que un “mujik”! (Hojeando el libro) ¡Este libro, por ejemplo!…, ¡Me puse a leerlo y no entendí una palabra! ¡Me quedé dormido leyéndolo! (Pausa).

Duniascha: Los perros han estado despiertos toda la noche. Sienten la venida de los amos.

Lopajin: ¡Qué te pasa Duniascha?… ¡Por qué estás tan…?

Duniascha: ¡Me tiemblan las manos! ¡Me voy a desmayar!

Lopajin: ¡Pues no eres poco delicada!… Te vistes, además, como una señorita…, ¡y llevas un peinado!… ¡Eso no puede ser!… ¡Tiene uno que tener presente lo que es uno!… (Entra Epijodov con un ramo de flores. Viste americana y calza unas relucientes botas que le rechinan fuertemente cuando anda. Al entrar se le cae al suelo el ramo).

Epijodov: (Recogiéndolo) Lo envía el jardinero. Dice que es para colocarlo en el comedor. (Entrega a Duniascha el ramo).

Lopajin: ¡Tráeme un poco de “kvas”!

Duniascha: Lo que usted mande (sale).

Epijodov: ¡A estas horas estamos ya a tres grados bajo cero y tenemos los cerezos en flor! ¡No me es posible aprobar este clima nuestro!…(suspira) ¡Sí…, Ermolai Alekseich!… ¡Permítame que le diga, además…, que anteayer me compré estas botas que, me atrevo a asegurarle, rechinan de un modo insoportable!…¡No sé con qué engrasarlas!

Lopajin: ¡Déjame!… Me estás aburriendo.

Epijodov: ¡No hay día que no me ocurra una desgracia!… ¡He llegado a no lamentarme de ello siquiera!… ¡Estoy acostumbrado, y hasta me sonrío! (Entra Duniascha, que sirve “kvas” a Lopajin). Me marcho. (Tropieza con una silla y la hace caer al suelo) ¡Ya!… (Con aire triunfante) ¿Lo ve usted?… Perdón por el incidente…, dicho sea de paso… ¡Este sencillamente notable! (Sale).

Duniascha: ¿Sabe, Ermolai Alekseich?… Tengo que confesarle que Epijodov me ha pedido en matrimonio…

Lopajin: ¡Ahá!…

Duniascha: Yo no sé qué hacer… Es un hombre tranquilo; pero, a veces, se pone a hablar y no hay quien le entienda… Muy bien, eso sí, con mucho sentimiento…, pero de un modo incomprensible… ¡A mí también parece que me gusta!… ¡Me quiere con locura!… ¡Es un hombre muy desgraciado! ¡No hay día que no le ocurra alguna mala suerte!… Por eso -para mofarse de él- se le llama aquí “las veintidós desdichas”.

Lopajin: (Escuchando) Parece que ya llegan.

Duniascha: Llegan, sí… ¡Vaya! ¡No sé lo que me pasa!… ¡Me he quedado toda fría!

Lopajin: En efecto, llegan. Salgamos a recibirles. ¿Me reconocerá ella? ¡Son cinco los años que hace ya que no nos vemos!

Duniascha: (Nerviosa) ¡Me voy a caer! (Se oye a dos coches detenerse ante la casa. Lopajin y Duniascha salen precipitadamente. El escenario queda vacío. De los aposentos inmediatos comienza a llegar ruido. Firs, de vuelta de la estación, adonde ha ido a esperar a Liubov Andreevna, atraviesa la escena de prisa, apoyándose en un bastón. Va cubierto de una vieja librea y tocado con un sombrero de copa. Habla para sus adentros y es imposible distinguir una sola de sus palabras. El ruido, al otro lado del escenario, aumenta por momentos. Una voz dice: “¡Por aquí!… ¡Venga por aquí!”)

 

eljardindeloscerezoschejov

Fragmento de: El jardín de los cerezos

 

El jardín de los cerezos – El oso – La boda

Antón Chéjov

Buenos Aires, Losada, 2010