Archivo Noviembre 30, 2010

SWIFT: UN GIGANTE DE LOS VIAJES

Martes, Noviembre 30, 2010

Libro de arena recuerda el 343º aniversario del nacimiento del escritor satírico irlandés, Jonathan Swift. Con tal motivo, se publica un framento de su obra principal, Los viajes de Gulliver (Gulliver´s Travels) de 1726.

 

 

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Johnathan Swift nació en Dublín (Irlanda) el 30 de noviembre en 1667. Fue un escritor político y satírico considerado uno de los maestros de la prosa en inglés y sátira de la locura y la arrogancia humanas. Entre sus primeros trabajos en prosa se encuentra La batalla entre los libros antiguos y modernos (1697), una mofa de las discusiones literarias del momento, que trataban de valorar si eran mejores las obras de la antigüedad o las modernas. La obra más afamada de Swift, Viajes a varios lugares remotos del planeta, titulada popularmente Los viajes de Gulliver, fue publicada como anónimo en 1726 y obtuvo un éxito inmediato. Si bien fue concebida originalmente como una crítica contra la vanidad y la hipocresía de las cortes, los hombres de estado y los partidos políticos de su tiempo, despliega también un conjunto de reflexiones acerca de la naturaleza humana en general, que el escritor fue añadiendo durante los seis años que tardó en redactarlo. Entre sus obras figuran Historia de una barrica (A Tale of a Tub), 1704; Elcomportamiento de los aliados (On the Conduct of the Allies), 1711; El cuento del tonel, 1713; Cartas del pañero (Drapier’s Letters), 1724; Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país (A Modest Proposal), 1729.

 
 

 Por diversas razones no sería adecuado abrumar al lector con los detalles de nuestras peripecias por aquellos mares. Bastará decirle que durante la travesía de allí a las Indias Orientales, una violenta tempestad nos arrastró al noroeste de Tasmania. Según nuestros cálculos, nos encontrábamos a treinta grados dos minutos de latitud sur. Doce miembros de la tripulación murieron por exceso de trabajo e ingerir alimentos en malas condiciones, mientras que el resto se hallaba muy debilitado. El día 5 de noviembre, que en aquellas latitudes marcaba el inicio del verano y resultó ser un día brumoso, la tripulación divisó une escollo rocoso a medio cable de distancia. El viento era tan fuerte que nos llevó directamente a él y nos estrellamos. Entre seis tripulantes arriamos un bote al agua y efectuamos una maniobra para alejarnos del barco y del arrecife.(…) Una media hora más tarde una ráfaga del norte volcó nuestro bote. Ignoro la suerte que corrieron mis compañeros, los que se aferraron al arrecife o los que permanecieron a bordo del barco. Deduzco que todos perecieron. Por mi parte, nadé mientras el viento y la marea me arrastraban, según el destino me dio a entender. Con frecuencia tanteaba con las piernas pero no conseguía tocar fondo. Casi exhausto y sin fuerzas para seguir luchando, me percaté de que hacía pie y que la tormenta había ya amainado considerablemente. La pendiente del fondo era tan suave que caminé casi media milla antes de llegar a la orilla hacia, según mis cálculos, las ocho de la tarde. (…) Me encontraba muy fatigado, lo que, junto con el calor y la casi media pinta de coñac que había bebido al abandonar el barco, me producía un sopor irresistible. Me eché en la hierba muy corta y suave, y me dormí más profundamente que nunca. Creo que así estuve más de nueve horas. Era ya de día cuando desperté. Intenté levantarme pero no lo conseguí. Me hallaba tumbado de espaldas y mis brazos y piernas, junto con mi larga y abundante cabellera, estaban fuertemente amarrados al suelo por ambos lados. Noté también varias pequeñas ligaduras por todo mi cuerpo, desde las axilas a los muslos. Como sólo podía mirar hacia arriba y el sol empezaba a calentar, la luz dañaba mis ojos. Oí un ruido confuso a mi alrededor, pero en  semejante postura sólo podía contemplar el cielo. Al poco rato sentí que un ser viviente se movía por mi pierna izquierda y avanzaba cuidadosamente hacia el pecho hasta casi la altura de la barbilla. Cuando bajé los ojos tanto como pude divisé una criatura humana que no llegaba a seis pulgadas de altura, con un arco y una flecha en las manos y una aljaba en sus espalda.

Al mismo tiempo sentí por lo menos cuarenta sensaciones idénticas (o así me lo parecían) que seguían a la primera. Estaba tan asombrado que lancé un fuerte rugido que les hizo retroceder de pavor. Algunos, como después me refirieron, sufrieron heridas al saltar de mi cuerpo al suelo. Sin embargo, pronto volvieron; uno de ellos se atrevió a llegar hasta donde podía divisar toda mi cara, y levantando las manos y abriendo sus sorprendidos ojos gritó con voz penetrante. Pero clara: Hekinah degul. Los demás repitieron varias veces estas mismas palabras, que entonces no entendí. Como el lector podrá comprender, me sentía muy a disgusto. Finalmente, al intentar desatarme, tuve la suerte de romper las cuerdas y arrancar las estacas que me ligaban el brazo izquierdo al suelo, ya que elevándolo hasta mi cara descubrí cómo me habían atado. Al mismo tiempo, de un fuerte y dolorosísimo tirón, solté ligeramente las ligaduras que me sujetaban la cabellera en la parte izquierda, lo que me permitió girar la cabeza un par de pulgadas. Pero antes de que los pudiese coger, aquellos seres diminutos huyeron por segunda vez. Se elevó una algarabía penetrante, y cuando acabó oí gritar a uno de ellos. Tolgo phonac. En seguida dispararon un centenar de flechas que se me clavaron en la mano izquierda como agujas. Además, dispararon otra andanada al aire, como se hace en Europa con las bombas, y muchas de ellas supongo que me dieron en el cuerpo (aunque no las sentí), y otras en la cara que cubrí de inmediato con la mano izquierda. Cuando acabó la lluvia de flechas, comencé a gemir de pena y dolor; pero al intentar de nuevo soltarme, me lanzaron otra descarga mayor que la primera y algunos de ellos intentaron clavarme su lanza en los costados. losviajesdegulliverPor suerte llevaba puesto un ajustado jubón de piel de búfalo, prácticamente impenetrable. Mi plan era continuar así hasta el anochecer, pues teniendo libre mi mano izquierda, podría soltarme con facilidad. En cuanto a los habitantes de aquel lugar, si todos eran del mismo tamaño de los que había visto, tenía más que suficientes razones para creer que podría enfrentarme al mayor ejército que pudieran oponerme.

 

 

 

Fragmento de:

 

Los viajes de Gulliver

Jonathan Swift

Buenos Aires, Kapelusz, 1974

 

Los viajes de Gulliver se encuentra en la biblioteca comunitaria Leopoldo Marechal, Casa 642 B onorino y Castañares, Barrio Rivadavia.

MUESTRAS COLORIDAS

Martes, Noviembre 30, 2010

Un día para recorrer muestras

 

Rubén D. Hojman*

 

Domingo al mediodía, en medio de un fin de semana largo. Parecía lejana la posibilidad de sufrir los congestionamientos de vehículos e incesante gentío que frecuentemente nos hacen insalubre el llegar al centro de Buenos Aires.

 

Y así fue. Un viaje sin interrupciones, poca gente en las calles y casi ninguna en nuestro primer destino: la Vuelta de Rocha.

 

museoquinquelamartinAllí, en el Museo de Bellas Artes de La Boca, que lleva el nombre del impecable ser humano, pintor testimonial de su entorno cuando las calles del barrio y los muelles borboteaban por la pujanza de los vecinos y la importancia de la actividad naviera, accedimos a la imperdible muestra.

 

La colección de pinturas y esculturas de alto valor artístico impacta por provenir en casi su totalidad de manos de inmigrantes o hijos de italianos, que a partir de los genoveses (xeneizes) y luego de otras regiones de la península se fueron arracimando en los fértiles conventillos que parieron músicos, pintores, hombres de letras y sobre todo gente de mucho trabajo, esos que junto a distintas procedencias europeas levantaron la ciudad y el país.

 

Benito Juan Martín (según decía el papel que informaba también haber sido bautizado, cuando fue abandonado en la proximidad de la Casa de Expósitos de la calle Montes de Oca el 21 de marzo de 1890), luego incorporó el apellido de su padre adoptivo, el genovés Manuel Chinchella, modificándolo según su fonética: Quinquela.

 

Ese hombre y su esposa, Justina Molina –entrerriana de raíz indígena–, lo eligieron como hijo a sus seis años y él siempre los reconoció como progenitores a pesar de que a lo largo de su vida, cuando había alcanzado notoriedad, se sostuvo que había identificado a sus padres biológicos. (El rumor rozaba la idea de que el padre pudiera ser Miguel Juárez Celman, a la sazón Presidente que debió renunciar por la Revolución del 90).

 

En la carbonería de Manuel y acompañándolo pocos años después como estibador en el puerto aledaño, aprendió el esfuerzo del trabajo y tomó intenso contacto con la vida de la ribera: los barcos y los personajes. Treinta años antes, el Ingeniero Huergo había concluido el dragado del Riachuelo, por ello La Boca tenía rango de puerto de ultramar y permitía la llegada de grandes naves de todas las banderas.

 

Los grandes y expresivos cuadros de Quinquela conviven con los de su maestro, Alfredo Lázzari (dos veces por semana de 20 a 22, después del duro trabajo), Fortunato Lacámera, Arturo Maresca. La peluquería de Nunzio Nicéforo era un centro cultural al que llegaban Stagnaro, Juan de Dios Filiberto, Mandelli y Vicente Vento, que además de peluquero era pintor. Quinquela iba al principio no como pintor sino como proveedor de carbón y la carbonilla que usaba Nicéforo para pintar en la vereda hasta que los clientes protestaban reclamando la afeitada o el corte de pelo.

 

Pío Collivadino, director de la Academia Nacional de Bellas Artes, llegó a la carbonería, vio las obras que guardaba en el baño y le dijo que podría ser el pintor de La Boca y le aconsejó dedicarse a grandes formatos, hasta su primera exposición individual, en 1918. A partir de ese jalón, su trabajo lo llevó a España, Francia, Italia, EEUU, Cuba, Inglaterra en 1930. A partir de éste, su último viaje por el mundo, se afincó en su barrio, del que no se apartó hasta su muerte en 1977.

 

También Víctor Cúnsolo, José Luis Menghi, Juan Del Prete. Miguel Carlos Victorica, presente con su magnífico Retrato de mi madre, y Miguel Diomede con su exquisito Autorretrato, Marcos Tiglio, Eugenio Daneri, son algunos de los nombres que nos llaman para entregarles nuestro reconocimiento.

 

En el segundo piso se pueden ver las sencillas instalaciones domiciliarias y mobiliario de Quinquela (dormitorio, cocina, baño, su terracita apuntando al Riachuelo), en las que vivió hasta su fin.

 

En un rincón están registrados los favorecidos anualmente con la Orden del Tornillo, creada por él para distinguir a quienes tuvieran méritos, dentro del quehacer nacional, en el campo de la cultura, arte, pensamiento, altruismo y ética. Son más de trescientos.

 

Sin embargo, no es todo. En la planta baja y el primer piso puede verse una interesantísima colección de mascarones de proa, construidos por artesanos del barrio entre los años 1850 y 1890 que navegaron instalados en proas y popas de balandras, goletas, bergantines y otras embarcaciones a vela que operaban remontando el Paraná, el Uruguay o cruzando el estuario.

 

Ahora pienso: ¿por qué me metí tanto con La Boca, si nunca viví allí?

 

Y tal vez porque mi madre nació en la calle Isabel La Católica, y mi padre -nacido en Villa Clara, Entre Ríos-, se radicó con su familia, al volver a Buenos Aires, en la Avenida Almirante Brown. Siempre me lo contaron, con cierto orgullo, que supe recoger.

 

* Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

10 AÑOS DE JUEGOTECAS

Martes, Noviembre 30, 2010

 

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