EL HABLADOR

Por Dora Surasky*

Generalmente comenzar es lo más difícil. En cuanto uno encuentra el modo de hacerlo, todo fluye naturalmente. Eso sucede también con las historias.

¿Dónde se inician, en verdad? Decido que aquí.

En la noche del lunes llegamos a Federación  en la  provincia de Entre Ríos.

De la estación Terminal al hotel, y dado lo avanzado de la hora, a descansar.

Por la mañana, al asomarnos por la ventana, nos llevamos una muy grata sorpresa. Sabíamos de la excelencia de sus aguas termales, ¡pero no nos habíamos imaginado una ciudad tan luminosa, tan  verde!

Visitamos el parque termal, y salimos a caminar por la costanera que recorre la margen derecha del Río Uruguay, a orillas del embalse formado por la represa de Salto Grande.

El día era espléndido y en tanto descansábamos de cara al río, un anciano se nos acercó y nos preguntó si conocíamos la historia de la ciudad. Sin esperar nuestra respuesta, comenzó a  relatarnos…

“Esta ciudad se llamó, alguna vez, Mandisoví y alrededor de l850 la población fue trasladada a orillas  del río Uruguay y en tiempos de Urquiza, recibió su nombre actual.

Allí nací y viví mis mejores años.

Fui a la escuela, trepé a sus árboles, me arrullé con el canto de sus pájaros y formé mi propio hogar.

Por el río llegaban las jangadas que proveían de maderas a la industria en la que la mayoría de nosotros trabajaba.

Un día fuimos informados de que por un tratado firmado con el Uruguay, se construiría la represa de Salto Grande  y que para ello la ciudad en la que vivíamos sería anegada.

Habría, nos dijeron, una ciudad nueva y moderna que nos estaría esperando.

Primero fue la desesperación, el dolor y finalmente una tristeza muy profunda.

Muchos viejos no lo soportaron.

Pero lo más difícil fue vivir con esa condena durante veintiséis años.

Cuando por fin nos dieron la orden de dejar las casas, mientras salíamos,estaban esperándonos las máquinas que derribarían nuestros hogares.

Y antes de que las aguas lo cubrieran nos tocó ver el espectáculo de las topadoras borrando el viejo pueblo.

A veces cuando el agua de la represa baja, podemos ver el trazado de las calles, de algunas casas y hasta de la iglesia en la que a casi todos nos bautizaron y muchos nos casamos.

Después del traslado y ya en la ciudad nueva quedaron solo dos aserraderos y los jóvenes comenzaron a abandonar  la nueva ciudad.

Pero el agua no hundió y el agua nos salvó.

El descubrimiento de la fuente termal  fue el comienzo del renacer de  Federación.  De todos modos yo siempre estoy por aquí.

Esperando que el agua baje para reencontrarme con mis recuerdos…”

Nos saludó y se fue alejando  lentamente.

Más tarde lo vimos conversando con otro grupo de visitantes de la  ciudad.

Seguramente les estaba contando esa misma historia…

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Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

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