Archivo Noviembre, 2010

SWIFT: UN GIGANTE DE LOS VIAJES

Martes, Noviembre 30, 2010

Libro de arena recuerda el 343º aniversario del nacimiento del escritor satírico irlandés, Jonathan Swift. Con tal motivo, se publica un framento de su obra principal, Los viajes de Gulliver (Gulliver´s Travels) de 1726.

 

 

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Johnathan Swift nació en Dublín (Irlanda) el 30 de noviembre en 1667. Fue un escritor político y satírico considerado uno de los maestros de la prosa en inglés y sátira de la locura y la arrogancia humanas. Entre sus primeros trabajos en prosa se encuentra La batalla entre los libros antiguos y modernos (1697), una mofa de las discusiones literarias del momento, que trataban de valorar si eran mejores las obras de la antigüedad o las modernas. La obra más afamada de Swift, Viajes a varios lugares remotos del planeta, titulada popularmente Los viajes de Gulliver, fue publicada como anónimo en 1726 y obtuvo un éxito inmediato. Si bien fue concebida originalmente como una crítica contra la vanidad y la hipocresía de las cortes, los hombres de estado y los partidos políticos de su tiempo, despliega también un conjunto de reflexiones acerca de la naturaleza humana en general, que el escritor fue añadiendo durante los seis años que tardó en redactarlo. Entre sus obras figuran Historia de una barrica (A Tale of a Tub), 1704; Elcomportamiento de los aliados (On the Conduct of the Allies), 1711; El cuento del tonel, 1713; Cartas del pañero (Drapier’s Letters), 1724; Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país (A Modest Proposal), 1729.

 
 

 Por diversas razones no sería adecuado abrumar al lector con los detalles de nuestras peripecias por aquellos mares. Bastará decirle que durante la travesía de allí a las Indias Orientales, una violenta tempestad nos arrastró al noroeste de Tasmania. Según nuestros cálculos, nos encontrábamos a treinta grados dos minutos de latitud sur. Doce miembros de la tripulación murieron por exceso de trabajo e ingerir alimentos en malas condiciones, mientras que el resto se hallaba muy debilitado. El día 5 de noviembre, que en aquellas latitudes marcaba el inicio del verano y resultó ser un día brumoso, la tripulación divisó une escollo rocoso a medio cable de distancia. El viento era tan fuerte que nos llevó directamente a él y nos estrellamos. Entre seis tripulantes arriamos un bote al agua y efectuamos una maniobra para alejarnos del barco y del arrecife.(…) Una media hora más tarde una ráfaga del norte volcó nuestro bote. Ignoro la suerte que corrieron mis compañeros, los que se aferraron al arrecife o los que permanecieron a bordo del barco. Deduzco que todos perecieron. Por mi parte, nadé mientras el viento y la marea me arrastraban, según el destino me dio a entender. Con frecuencia tanteaba con las piernas pero no conseguía tocar fondo. Casi exhausto y sin fuerzas para seguir luchando, me percaté de que hacía pie y que la tormenta había ya amainado considerablemente. La pendiente del fondo era tan suave que caminé casi media milla antes de llegar a la orilla hacia, según mis cálculos, las ocho de la tarde. (…) Me encontraba muy fatigado, lo que, junto con el calor y la casi media pinta de coñac que había bebido al abandonar el barco, me producía un sopor irresistible. Me eché en la hierba muy corta y suave, y me dormí más profundamente que nunca. Creo que así estuve más de nueve horas. Era ya de día cuando desperté. Intenté levantarme pero no lo conseguí. Me hallaba tumbado de espaldas y mis brazos y piernas, junto con mi larga y abundante cabellera, estaban fuertemente amarrados al suelo por ambos lados. Noté también varias pequeñas ligaduras por todo mi cuerpo, desde las axilas a los muslos. Como sólo podía mirar hacia arriba y el sol empezaba a calentar, la luz dañaba mis ojos. Oí un ruido confuso a mi alrededor, pero en  semejante postura sólo podía contemplar el cielo. Al poco rato sentí que un ser viviente se movía por mi pierna izquierda y avanzaba cuidadosamente hacia el pecho hasta casi la altura de la barbilla. Cuando bajé los ojos tanto como pude divisé una criatura humana que no llegaba a seis pulgadas de altura, con un arco y una flecha en las manos y una aljaba en sus espalda.

Al mismo tiempo sentí por lo menos cuarenta sensaciones idénticas (o así me lo parecían) que seguían a la primera. Estaba tan asombrado que lancé un fuerte rugido que les hizo retroceder de pavor. Algunos, como después me refirieron, sufrieron heridas al saltar de mi cuerpo al suelo. Sin embargo, pronto volvieron; uno de ellos se atrevió a llegar hasta donde podía divisar toda mi cara, y levantando las manos y abriendo sus sorprendidos ojos gritó con voz penetrante. Pero clara: Hekinah degul. Los demás repitieron varias veces estas mismas palabras, que entonces no entendí. Como el lector podrá comprender, me sentía muy a disgusto. Finalmente, al intentar desatarme, tuve la suerte de romper las cuerdas y arrancar las estacas que me ligaban el brazo izquierdo al suelo, ya que elevándolo hasta mi cara descubrí cómo me habían atado. Al mismo tiempo, de un fuerte y dolorosísimo tirón, solté ligeramente las ligaduras que me sujetaban la cabellera en la parte izquierda, lo que me permitió girar la cabeza un par de pulgadas. Pero antes de que los pudiese coger, aquellos seres diminutos huyeron por segunda vez. Se elevó una algarabía penetrante, y cuando acabó oí gritar a uno de ellos. Tolgo phonac. En seguida dispararon un centenar de flechas que se me clavaron en la mano izquierda como agujas. Además, dispararon otra andanada al aire, como se hace en Europa con las bombas, y muchas de ellas supongo que me dieron en el cuerpo (aunque no las sentí), y otras en la cara que cubrí de inmediato con la mano izquierda. Cuando acabó la lluvia de flechas, comencé a gemir de pena y dolor; pero al intentar de nuevo soltarme, me lanzaron otra descarga mayor que la primera y algunos de ellos intentaron clavarme su lanza en los costados. losviajesdegulliverPor suerte llevaba puesto un ajustado jubón de piel de búfalo, prácticamente impenetrable. Mi plan era continuar así hasta el anochecer, pues teniendo libre mi mano izquierda, podría soltarme con facilidad. En cuanto a los habitantes de aquel lugar, si todos eran del mismo tamaño de los que había visto, tenía más que suficientes razones para creer que podría enfrentarme al mayor ejército que pudieran oponerme.

 

 

 

Fragmento de:

 

Los viajes de Gulliver

Jonathan Swift

Buenos Aires, Kapelusz, 1974

 

Los viajes de Gulliver se encuentra en la biblioteca comunitaria Leopoldo Marechal, Casa 642 B onorino y Castañares, Barrio Rivadavia.

MUESTRAS COLORIDAS

Martes, Noviembre 30, 2010

Un día para recorrer muestras

 

Rubén D. Hojman*

 

Domingo al mediodía, en medio de un fin de semana largo. Parecía lejana la posibilidad de sufrir los congestionamientos de vehículos e incesante gentío que frecuentemente nos hacen insalubre el llegar al centro de Buenos Aires.

 

Y así fue. Un viaje sin interrupciones, poca gente en las calles y casi ninguna en nuestro primer destino: la Vuelta de Rocha.

 

museoquinquelamartinAllí, en el Museo de Bellas Artes de La Boca, que lleva el nombre del impecable ser humano, pintor testimonial de su entorno cuando las calles del barrio y los muelles borboteaban por la pujanza de los vecinos y la importancia de la actividad naviera, accedimos a la imperdible muestra.

 

La colección de pinturas y esculturas de alto valor artístico impacta por provenir en casi su totalidad de manos de inmigrantes o hijos de italianos, que a partir de los genoveses (xeneizes) y luego de otras regiones de la península se fueron arracimando en los fértiles conventillos que parieron músicos, pintores, hombres de letras y sobre todo gente de mucho trabajo, esos que junto a distintas procedencias europeas levantaron la ciudad y el país.

 

Benito Juan Martín (según decía el papel que informaba también haber sido bautizado, cuando fue abandonado en la proximidad de la Casa de Expósitos de la calle Montes de Oca el 21 de marzo de 1890), luego incorporó el apellido de su padre adoptivo, el genovés Manuel Chinchella, modificándolo según su fonética: Quinquela.

 

Ese hombre y su esposa, Justina Molina –entrerriana de raíz indígena–, lo eligieron como hijo a sus seis años y él siempre los reconoció como progenitores a pesar de que a lo largo de su vida, cuando había alcanzado notoriedad, se sostuvo que había identificado a sus padres biológicos. (El rumor rozaba la idea de que el padre pudiera ser Miguel Juárez Celman, a la sazón Presidente que debió renunciar por la Revolución del 90).

 

En la carbonería de Manuel y acompañándolo pocos años después como estibador en el puerto aledaño, aprendió el esfuerzo del trabajo y tomó intenso contacto con la vida de la ribera: los barcos y los personajes. Treinta años antes, el Ingeniero Huergo había concluido el dragado del Riachuelo, por ello La Boca tenía rango de puerto de ultramar y permitía la llegada de grandes naves de todas las banderas.

 

Los grandes y expresivos cuadros de Quinquela conviven con los de su maestro, Alfredo Lázzari (dos veces por semana de 20 a 22, después del duro trabajo), Fortunato Lacámera, Arturo Maresca. La peluquería de Nunzio Nicéforo era un centro cultural al que llegaban Stagnaro, Juan de Dios Filiberto, Mandelli y Vicente Vento, que además de peluquero era pintor. Quinquela iba al principio no como pintor sino como proveedor de carbón y la carbonilla que usaba Nicéforo para pintar en la vereda hasta que los clientes protestaban reclamando la afeitada o el corte de pelo.

 

Pío Collivadino, director de la Academia Nacional de Bellas Artes, llegó a la carbonería, vio las obras que guardaba en el baño y le dijo que podría ser el pintor de La Boca y le aconsejó dedicarse a grandes formatos, hasta su primera exposición individual, en 1918. A partir de ese jalón, su trabajo lo llevó a España, Francia, Italia, EEUU, Cuba, Inglaterra en 1930. A partir de éste, su último viaje por el mundo, se afincó en su barrio, del que no se apartó hasta su muerte en 1977.

 

También Víctor Cúnsolo, José Luis Menghi, Juan Del Prete. Miguel Carlos Victorica, presente con su magnífico Retrato de mi madre, y Miguel Diomede con su exquisito Autorretrato, Marcos Tiglio, Eugenio Daneri, son algunos de los nombres que nos llaman para entregarles nuestro reconocimiento.

 

En el segundo piso se pueden ver las sencillas instalaciones domiciliarias y mobiliario de Quinquela (dormitorio, cocina, baño, su terracita apuntando al Riachuelo), en las que vivió hasta su fin.

 

En un rincón están registrados los favorecidos anualmente con la Orden del Tornillo, creada por él para distinguir a quienes tuvieran méritos, dentro del quehacer nacional, en el campo de la cultura, arte, pensamiento, altruismo y ética. Son más de trescientos.

 

Sin embargo, no es todo. En la planta baja y el primer piso puede verse una interesantísima colección de mascarones de proa, construidos por artesanos del barrio entre los años 1850 y 1890 que navegaron instalados en proas y popas de balandras, goletas, bergantines y otras embarcaciones a vela que operaban remontando el Paraná, el Uruguay o cruzando el estuario.

 

Ahora pienso: ¿por qué me metí tanto con La Boca, si nunca viví allí?

 

Y tal vez porque mi madre nació en la calle Isabel La Católica, y mi padre -nacido en Villa Clara, Entre Ríos-, se radicó con su familia, al volver a Buenos Aires, en la Avenida Almirante Brown. Siempre me lo contaron, con cierto orgullo, que supe recoger.

 

* Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

10 AÑOS DE JUEGOTECAS

Martes, Noviembre 30, 2010

 

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ANIMADOS

Lunes, Noviembre 29, 2010

 

El jueves pasado en el marco del ciclo Derecho al juego, derecho a la lectura, en la biblioteca del club Ciencia y Labor ubicado en el barrio de Villa Gral. Mitre, alumnos de la escuela Clodoniro Urtubey tuvieron la oportunidad de ver proyecciones de cortos y realizar experiencias de animación audiovisual.

 

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DERECHO AL JUEGO, DERECHO A LA LECTURA

Lunes, Noviembre 29, 2010

 

En el contexto de la Exposición “Bicentenario Educativo: doscientos años de textos escolares en la escuela argentina”, el próximo martes 30 de noviembre del corriente año a las 18:00 hs., en el Salón Alfredo Bravo del Ministerio de Educación de la Nación (1), tendremos un encuentro con el Lic. Mateo Niro, realizando un abordaje a distintas experiencias de estrategias de lectura crítica de textos literarios para grupos de niños, adolescentes y/o adultos. Se exhibirán producciones realizadas en el marco del Programa Bibliotecas para armar del GCBA ligadas a obras clásicas como la Odisea de Homero, cuentos infantiles como “Pinocho el astuto” de G. Rodari y una antología poética y narrativa latinoamericana del Siglo XX. Se reflexionará sobre éstas y se elaborarán nuevas propuestas a partir de la lectura de breves textos literarios.

 

Mateo Niro es licenciado en letras (UBA) y  coordinador del Programa Bibliotecas para armar del GCBA. Está realizando el doctorado en letras a partir de investigaciones sobre políticas lingüísticas. Participó de distintos congresos, jornadas y coloquios sobre glotopolítica, retórica y lectura. También es docente de semiología en la misma Universidad.

Los esperamos.

 

Más información:

• Agradecemos confirme su presencia a bnmmedar@me.gov.ar
• La actividad es gratuita.
• Los invitamos a consultar la agenda cultual de la Exposición
(1) Montevideo 950

 Equipo MEDAR

FEIZBUK

Lunes, Noviembre 29, 2010

Libro de arena publica una breve reseña sobre el espectáculo teatral que se presenta en el espacio cultural Konex.

 

Por Edit Marinozzi*

 

José María Muscari, director capaz de transitar el teatro off y el comercial, y de trabajar con actores famosos de larga trayectoria y con no-actores, es el creador de la idea original y la concepción de Feizbuk, además del responsable de la dramaturgia y la dirección del espectáculo.

El evento es, en sus palabras, “una gran obra que forman las 7 pequeñas obras, que de tan pequeñas son únicas y monumentales”. La obras que forman el también llamado “gran evento” son: “Feizbuk tours”, “Feizbuk míticos”, “Feizbuk sex”, “Feizbuk hot”, “Feizbuk stars”, “Feizbuk teens” y “Feizbuk freaks”.

El tema, que indaga en el universo de la red social “Facebook”, trata sobre la relación de las personas con su propia soledad y el universo de la comunicación virtual. La soledad versus la pasividad, lo personal y lo expuesto, lo artesanal y lo masivo, lo individual y lo grupal.

feizbukPara investigar el universo de “Facebook”, 15 actores fueron convocados por Muscari, para que se juntaran con él durante un mes, y le proporcionaran material de personas que ellos investigaron dentro de esa red social. La obra, si bien no es testimonial, está basada en personas reales. No es la realidad de los actores, sino la realidad de gente que expuso cosas de su vida en Internet: desde alguien que muestra a sus amantes, hasta un tipo que está muerto y otro habla por él en “Facebook”, múltiples ejemplos de las cosas que se encuentran indagando un poco más de lo habitual entre los usuarios. Todo el material que forma parte de Feizbuk, informa el programa, “es de corte real; no hay ficción: son seres de la red virtual, que expusieron muy amable, desinteresada, amorosamente, su información”, para que pueda ser convertirla en el material escénico.

Esta cronista asistió al estreno, el viernes 16 de junio, a las 21, que fue con “Feizbuk tours”, en la que actúan 7 extranjeros jóvenes que viven en Buenos Aires: una mujer y un hombre chilenos, un carioca, un mexicano, un colombiano, una española y un francés.

La obra tiene una mirada crítica y bastante feroz sobre la compulsión a la exposición de las personas. Muestra el aspecto positivo que los usuarios de la red encuentran, que tiene que ver con el mundo de la difusión, del abrir. Y está remarcada la parte negativa, que es la que tamaña exposición desencadena: todo el mundo opina sobre lo que el  usuario expone, y llega un momento en que ya no se puede saber quién está opinando, qué le gusta y qué no, se pierde la calidez, se vuelve hasta absurdo.

De todos modos, el propósito de los realizadores, no es que comprendamos algo, sino que atravesemos una experiencia. Todo el tiempo están expuestos en la gran pantalla de fondo, desde la página del director y los actores, hasta las de las 7 personas que cedieron el uso de su espacio virtual.

El espacio Konex pareciera parte del lenguaje de la obra: contemporáneo, posmoderno, en la periferia, pero en el centro.

Hay muy buena actuación acompañada con luces, colores, ritmo, música que ellos han elaborado, pero sobre todo, la del grupo Coiffeur, que suena con sus letras más que adecuadas para la obra, e invita al público a moverse mientras aplaude.

 

 

Ficha técnica

Concepto de vestuario y arte: Vessna Bebek

Diseño de iluminación: Diego Todorouich / David Seldes

Creación audiovisual: Laura Huverman

Fotografía: Griselda Seira

Música original: Coiffeur

Realizador escenográfico: Nicolás Botte

Prensa y difusión: Ana Tomaselli/ Tiff

Productores asociados: Ricardo Quiroz / Walter Quiroz/ José Castro Souto/ Jorge Dodds

Co-producción: Ciudad Cultural Konex

 

Feizbuk Tours (7 extranjeros de cualquier lugar)

Elenco:

César Riveros (chileno)

John Aguirre García (colombiano)

María Alcalde Montt (chilena)

Pilar Esteban Calle (española)

Milko Bikic (brasilero)

Herve Segata (francés)

Saeed Pezesnki (mexicano)

 

Asistencia de dirección: Noelia Reijtman

Asistencia general: Laura Huberman

Producción y gestión: Héctor Bordoni

Idea original, Concepción, Dramaturgia y Dirección: José María Muscari

 

 

*Trabajo realizado para el Taller Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, que coordina Mario Méndez en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.

AGENDA SEMANAL DE ACTIVIDADES DEL PROGRAMA

Lunes, Noviembre 29, 2010

Lunes 29

 

Texto y contexto

El Taller de Teatro y Literatura se propone como un espacio en donde investigar los elementos del lenguaje Teatral desde la aproximación a cuentos y fragmentos de novelas que ficcionalizan hechos reales.

Docente: María Trombetta.

A las 10 hs.

Unidad Penitenciaria de Villa Devoto, Bermúdez 2651.

 

Ciclo de cine y literatura argentina

Proyección de Macunaíma, (1969), de Joaquín Pedro de Andrade, basada en la novela homónima de Mario de Andrade.

Discusión posterior y charla acerca del autor y su obra.

Docente: Mario Méndez.

Espacio Tucumán, Suipacha 140.

 

Martes 30

 

Puerta abierta

Construcción de una historia fantástica a partir de la recreación plástica del paisaje de la biblioteca.

Docente: Claudia Fernández.

A las 11 hs.

Biblioteca de la Asociación Amigos de la Estación Coghlan, Estomba e/Rivera y Roosevelt.

 

Capacitación en animación audiovisual para la promoción de la lectura

Espacio a partir del cual los participantes puedan  investigar, incorporar y poner en práctica los instrumentos que ofrecen las diferentes técnicas de dibujo animado tradicional para la promoción de la lectura.
Docente: Ayar Blasco.
A las 17.30 hs.
Biblioteca Juana Azurduy, Chile 1432.
Actividad con inscripción previa.

 

Miércoles 1

 

Una nueva biblioteca, conceptos y herramientas

Capacitación teórica sobre cómo organizar una biblioteca: Colecciones y géneros literarios.
Docente: Mateo Niro.
A las 10 hs.
Biblioteca Juan XXIII de la Unidad Penitenciaria de Villa Devoto, Bermúdez 2651.

 

Jueves 2

 

Taller de actividades lúdicas vinculadas a la lectura para niños y niñas de 6 a 9 años.

Docente: Pablo Rodríguez.

A las 11 hs.

CAF N° 3, Casa 642 B Bonorino y Castañares, Barrio Rivadavia 1.

 

Viernes 3

 

Juegos de improvisación
Taller de lectura, juegos teatrales y entrenamiento expresivo, con la improvisación como procedimiento fundamental.
Docente: María Trombetta.
A las 10 hs.
Centro de Atención Los Piletones, Lacarra 3147.
Actividad para jóvenes de la institución.

 

Taller de dibujo y lectura para adultos mayores.

Docente: Pablo Rodríguez.

A las 11 hs.

Centro Santa Ana y San Joaquín, Culpina 1021.

 

Ida y vuelta

Territorios ilustrados a los que se accederá a partir del recorrido propuesto por el diseño de un tablero de juego. Camino que atravesará cada una de las estaciones imaginadas por las chicas. Técnicas de collage en base a los relatos seleccionados.

Docente: Claudia Fernández.

A las 14.30 hs.

Biblioteca del Instituto de Menores Inchausti, Pte. Juan D. Perón 2048.

 

Seminario de animación a la lectura

Espacio a partir del cual los participantes pueden investigar, incorporar y poner en práctica los instrumentos que ofrecen las diferentes manifestaciones artísticas, en su articulación con el diseño de estrategias de animación a la lectura.
Docente: María Trombetta.
A las 17.30 hs.
Biblioteca Juana Azurduy, Chile 1432, Montserrat.

JUEGO DE ESTRATEGIA

Viernes, Noviembre 26, 2010

Libro de arena presenta un relato que aborda la relación entre literatura y ajedrez como cierre de la semana referida a Literatura y juego.

 

La cuestión de la dama en el Max Lange
Abelardo Castillo

 

El hombre que está subiendo por la escalera en la oscuridad no es corpulento, no tiene ojos fríos ni grises, no lleva ningún arma en el bolsillo del piloto, ni siquiera lleva piloto. Va a cometer un asesinato pero todavía no lo sabe. Es profesor secundario de Mate­mática, está en su propia casa, acaba de llegar del Círculo de Ajedrez y, por el momento, sólo le preocupa una cosa en el mundo. Qué pasa si, en el ataque Max Lange, las blancas trasponen un mo­vimiento y, en la jugada once, avanzan directamente el peón a 4CR. ¿Adonde va la dama? En efecto, ¿cómo acosar a esa dama e impedir el enroque largo de las piezas negras? Debo decir que nunca resol­vió satisfactoriamente ese problema; también debo decir que aquel hombre era yo. Entré en mi estudio y encendí la luz. Mi mujer aún no había vuelto a casa esa noche, lo cual, dadas las circunstancias, me puso de buen humor. Nuestros desacuerdos eran tan perfectos que, podría decirse, habíamos nacido el uno para el otro. Busqué el tablero de ajedrez, reproduje una vez más la posición, la analicé un rato. Desde mi estudio se veía (todavía se ve) nuestro dormitorio: Laura se había vestido apurada, a juzgar por el desorden, o a último momento había cambiado de opinión acerca de la ropa que quería ponerse. ¿Adonde va la dama? Cualquier jugador de ajedrez sabe que muchas veces se analiza con más claridad una posición si no se tienen las piezas delante. Me levanté y fui hacia su secretaire. Estaba sin llave. Lo abrí mecánicamente y encontré el borrador de la carta.

Estoy seguro de que si no hubiera estado pensando en esa trasposición de jugadas no lo habría mirado. Nunca fui curioso. Mi respeto por la intimidad ajena, lo descubrí esa noche, es casi suici­da. Tal vez no me crean si digo que mi primera intención fue dejar el papel donde estaba, sin leerlo, pero eso es exactamente lo que habría hecho de no haber visto la palabra puta.

Laura tenía la manía de los borradores. Era irresoluta e in­segura, alarmantemente hermosa, patéticamente vacía, mitómana a la manera de los niños y, por lo que dejaba entrever ese borrador, infiel. Me ahorro la incomodidad de recordar en detalle esa hoja de cuaderno (“sos mi Dios, soy tu puta, podes hacer de mí lo que quieras”), básteme decir que me admiró. O mejor, admiré a una mujer (la mía) capaz de escribir, o al menos pensar que es capaz de escribir, semejante carta. La gente es asombrosa, o tal vez sólo las mujeres lo son.

No es muy agradable descubrir que uno ha estado casado casi diez años con una desconocida, para un profesor de Matemática no lo es. Se tiene la sensación de haber estado durmiendo diez años con la incógnita de una ecuación. Mientras descifraba ese papel, sentí tres cosas: perplejidad, excitación sexual y algo muy parecido a la más absoluta incapacidad moral de culpar a Laura. Una mujer capaz de escribir obscenidades tan espléndidas –de sentir de ese modo– es casi inocente: tiene la pureza de una tempestad. Carece de perversión, como un cataclismo. Pensé (¿adonde acorralar a la dama?) quién y cómo podía ser el hombre capaz de desatar aquel demonio, encadenado hasta hoy, por mí, a la vulgaridad de una vida de pueblo como la nuestra; pensé, con naturalidad, que debía ven­garme. Guardé el papel en un bolsillo y seguí analizando el ataque Max Lange. El avance del peón era perfectamente jugable. La dama negra sólo tenía dos movidas razonables: tomar el peón blanco en seis alfil o retirarse a tres caballo. La primera me permitía sacrificar una torre en seis rey; la segunda requería un análisis más paciente. Cuando me quise acordar, había vuelto al dormitorio y había deja­do el papel en el mismo lugar donde lo encontré. La idea, comple­ta y perfecta, nació en ese momento: la idea de matar a Laura. Esto, supongo, es lo que los artistas llaman inspiración.

Volví a mi tablero. Pasó una hora.

–Hola –dijo Laura a mi lado–. ¿Ya estás en casa? Laura hacía este tipo de preguntas. Pero todo el mundo hace este tipo de preguntas.

–Parece evidente –dije. Me levanté sonriendo y la besé. Tal vez haga falta jugar al ajedrez para comprender cuánta inespe­rada gentileza encierra un acto semejante, si se está analizando una posición como aquélla. –Parece evidente –repetí sin dejar de son­reír–, pero nunca creas en lo demasiado evidente. Quizá éste no soy yo. Estás radiante, salgamos a comer.

Era demasiado o demasiado pronto. Laura me miraba casi alarmada. Si alguna vez mi mujer sospechó algo, fue en ese instan­te brevísimo y anómalo.

–¿A comer?

–A comer afuera, a cualquier restaurante de la ruta. Estás vestida exactamente para una salida así.

La mayoría de las cosas que aprendí sobre Laura las aprendí a partir de esa noche; de cualquier modo, esa noche ya sabía algo sobre Las mujeres en general: no hay una sola mujer en el mundo que resista una invitación a comer fuera de su casa. Creo que es lo único que realmente les gusta hacer con el marido. Tampoco hay ninguna que después de una cosa así no imagine que el bárbaro va a arrastrarlas a la cama. Ignoro qué excusa iba a poner Laura para no acostarse conmigo esa noche: yo no le di oportunidad de usarla. La llevé a comer, pedí vino blanco, la dejé hablar, hice dos o tres bromas inteligentes lo bastante sencillas como para que pudiera enten­derlas, le compré una rosa y, cuando volvimos a casa, le pregunté si no le molestaba que me quedara un rato en mi estudio. Ustedes créanmelo: intriguen a la mujer, aunque sea la propia.
No debo ocultar que soy un hombre lúcido y algo frío. Yo no quería castigar brutalmente a Laura sino vengarme, de ella y de su amante, y esto, en términos generales, requería que Laura volviera a enamorarse de mí. Y sobre todo requería que a partir de allí comenzara a hacer comparaciones entre su marido y el evidente cretino mental que la había seducido. Que él era un cretino de inte­ligencia apenas rudimentaria no me hacía falta averiguarlo, bastaba con deducir que debía ser mi antípoda. De todos modos, hice mis indagaciones. Investigué dónde se encontraban, con cuánta frecuen­cia, todas esas cosas. Se encontraban una vez por semana, los jueves. Ramallo es una ciudad chica. La casa donde se veían, cerca del río, quedaba más o menos a diez o quince cuadras de cualquier parte, es decir a unos dos o tres minutos de auto desde el Círculo de Ajedrez. Enamorar a mi mujer no me impidió seguir analizando el ataque Max Lange y evitar cuidadosamente jugar 11. P4CR en mis parti­das amistosas en el Círculo, sobre todo con el ingeniero Gontrán o cuando él estaba presente. Y esto exige una delicada explicación, a ver si alguien sospecha que este buen hombre era el amante de Laura. No. Gontrán sencillamente debía jugar conmigo antes de fin de año –lunes y jueves–, el match por el campeonato del Círculo de Ajedrez, y yo sabía que, por complejas razones ajedrecísticas y psicológicas que no hacen al caso, aceptaría entrar, por lo menos una vez, en el ataque Max Lange.

Hay un momento de la partida en que casi todo ajedrecista se detiene a pensar mucho tiempo. El ingeniero Gontrán era exacta­mente el tipo de jugador capaz de ponerse a meditar cincuenta mi­nutos o una hora un determinado movimiento de la apertura. Lo único que a mí me hacía falta eran esos minutos. Casi una hora de tiempo, un jueves a la tarde: cualquiera de los seis jueves en que yo llevaría las piezas blancas. Claro que esto exigía saber de antemano en qué jugada exacta se pondría a pensar. También exigía saber que justamente los jueves yo jugaría con blancas, cosa que al principio me alarmó, pero fue un problema mínimo.

Conquistar a una mujer puede resultar más o menos com­plejo. La mayoría de las veces es cuestión de paciencia o de suerte y en los demás casos basta con la estupidez, ellas lo hacen todo. El problema es cuando hay que reconquistarla. No puedo detenerme a explicar los detalles íntimos de mis movimientos durante tres me­ses, pero debo decir que hice día a día y minuto a minuto todo lo que debía hacer. Veía crecer en Laura el descubrimiento de mí mismo y su culpa como una planta carnívora, que la devoraba por dentro. Tal vez ella nunca dejó de quererme, tal vez el hecho de acostarse con otro era una forma invertida de su amor por mí, eso que llaman despecho. ¡Despecho!, nunca había pensado hasta hoy en la profunda verdad simbólica que encierran ciertas palabras. Me es suficiente pensar en esto, en lo que las palabras significan sim­bólicamente, para no sentir el menor remordimiento por lo que hice: en el fondo de mi memoria sigue estando aquella carta y la palabra puta. Dispuse de casi tres meses para reconquistar a Laura. Es un tiempo excesivo, si se trata de enamorar a una desconocida; no es mucho si uno está hablando de la mujer que alguna vez lo quiso. Me conforta pensar que reconstruí en tres meses lo que esta ciudad y sus rutinas habían casi demolido en años. Cuando se acer­caba la fecha de la primera partida con el ingeniero Gontrán tuve un poco de miedo. Pensé si no me estaba excediendo en mi papel de marido seductor. Vi otro proyecto de carta. Laura ya no podía tolerar su dualidad afectiva y estaba por abandonar a aquel imbécil. Como satisfacción intelectual fue grande, algo parecido a probar la exactitud de una hipótesis matemática o la corrección de una va­riante; emotivamente, fue terrible. La mujer que yo había recon­quistado era la mujer que su propio amante debía matar. El senti­do de esta última frase lo explicaré después.
El sorteo de los colores resultó un problema mínimo, ya lo dije. La primera partida se jugaría un lunes. Si Gontrán ganaba el sorteo elegiría jugar esa primera partida con blancas: el noventa por ciento de los ajedrecistas lo hace. Si lo ganaba yo, me bastaba elegir las negras. Como fuera, los jueves yo llevaría las piezas blancas. Claro que Gontrán podía ganar el sorteo y elegir las negras, pero no lo tuve en cuenta; un poco de azar no le hace mal a la Lógica.

(more…)

EL HABLADOR

Jueves, Noviembre 25, 2010

Hablaba de aquellos indios, de sus usos y sus mitos, de su paisaje y sus dioses, con el respeto admirativo con que yo me refería a Sartre, Malraux y Faulkner, mis autores preferidos de aquel año. Ni siquiera de su admirado Kafka le oí hablar nunca con tanta emoción…

(…)

Con excepción de Kafka, y, sobre todo, La metamorfosis, que había releído innumerables veces, y poco menos que memorizado, todas sus lecturas eran ahora antropológicas. Recuerdo su consternación por lo poquísimo que se había escrito sobre las tribus y sus protestas por lo difícil que era consultar esa bibliografía pulverizada en separatas y revistas que no siempre llegaban a San Marcos o a la Biblioteca Nacional…

(…)

Visto con la perspectiva del tiempo, sabiendo lo que le ocurrió después -he pensado mucho en eso- puedo decir que Saúl experimentó una conversión. En un sentido cultural, y acaso también religioso. (…) Desde el primer contacto que tuvo con la Amazonía, Mascarita fue atrapado en una emboscada espiritual que hizo de él una persona distinta. No sólo porque se desinteresó del Derecho y se matriculó en Etnología y por la nueva orientación de sus lecturas, en las que, salvo Gregorio Samsa, no sobrevivió personaje literario alguno, sino porque, desde entonces, comenzó a preocuparse, a obsesionarse, con dos asuntos que en los años siguientes serían su único tema de conversación: el estado de las culturas amazónicas y la agonía de los bosques que las hospedaban.

-Te has vuelto un temático, Mascarita. Ya no se puede hablar contigo de otra cosa.

-Pucha, es cierto, mi viejo, no te he dejado abrir la boca. Discurséame un poco, si te provoca, de Tolstoi, la lucha de clases o las novelas de caballerías.

(…)

…los Schneil habían pasado cortas temporadas -por separado o juntos- con ésa y otras familias machiguengas del alto Urubamba y afluentes. Habían acompañado a los grupos en la estación seca cuando salían a pescar y de cacería, y hecho grabaciones que nos hicieron oír. Una crepitación sonora, con súbitas notas agudas, y, a veces, un gran desorden gutural que, nos explicaron, eran cantos: Tenían la transcripción y traducción de una de aquellas canciones (…) El texto ilustraba admirablemente aquel estado de ánimo de la comunidad que nos habían descrito. Tanto, que lo copié. Desde entonces lo he llevado conmigo, doblado en cuatro, en un rincón de mi cartera, como amuleto. Todavía se puede descifrar:

Me está mirando la tristeza

me está mirando la tristeza

me está mirando bien la tristeza

me está mirando bien la tristeza

mucho me enoja la tristeza

mucho me enoja la tristeza

me ha traído aire, viento

que ha levantado el aire

mucho me enoja la tristeza

mucho me enoja la tristeza

me ha traído el aire, el viento

mucho me enoja la tristeza

tristeza

que ha traído gusanito, gusanito

el aire, el viento, el aire

elhabladorAunque tenían suficientes conocimientos de la lengua machiguenga, a los Schneil les faltaba todavía mucho para dominar los secretos de su estructura. Era una lengua arcaica, de vibrante sonoridad y aglutinante en la que una sola palabra compuesta de muchas otras podía expresar un vasto pensamiento.

 

 

Fragmento de:

 

El hablador

Mario Vargas Llosa

Barcelona, Seix Barral, 1987

 

El hablador se encuentra en el espacio de lectura del Centro Cultural del Sur, Av. Caseros 1750.

JUEGOS PELIGROSOS

Jueves, Noviembre 25, 2010

Libro de arena publica un fragmento del relato de Dostoievski que aborda el juego patológico como objeto literario, en continuidad con la serie de textos referidos a la relación juego y literatura.

 

El jugador (fragmento), Fiódor Dostoievski

 

Ya hace un año y ocho meses que no he echado un vistazo a estas notas, y sólo ahora, desalentado y melancólico, con la intención de distraerme, las he vuelto a leer por casualidad. Me quedé entonces en el punto en que salía para Homburg. ¡Dios mío! ¡Con qué ligereza de corazón, hablando relativamente, escribí entonces esas últimas frases! ¡Mejor dicho, no con qué ligereza, sino con qué presunción, con qué firmes esperanzas! ¿Tenía acaso alguna duda de mí mismo? ¡Y he aquí que ha pasado algo más de año y medio y, a mi modo de ver, estoy mucho peor que un mendigo! ¿Qué digo mendigo? ¡Nada de eso! Sencillamente estoy perdido. Pero no hay nada con qué compararlo y no tengo por qué darme a mí mismo lecciones de moral. Nada sería más estúpido que moralizar ahora. ¡Oh, hombres satisfechos de sí mismos! ¡Con qué orgullosa jactancia se disponen esos charlatanes a recitar sus propias máximas! Si supieran cómo yo mismo comprendo lo abominable de mi situación actual, no se atreverían a darme lecciones. Porque vamos a ver, ¿qué pueden decirme que yo no sepa? ¿Y acaso se trata de eso? De lo que se trata es de que basta un giro de la rueda para que todo cambie, y de que estos moralistas -estoy seguro de ello- serán entonces los primeros en venir a felicitarme con chanzas amistosas. Y no me volverán la espalda, como lo hacen ahora. ¡Que se vayan a freír espárragos! ¿Qué soy yo ahora? Un cero a la izquierda. ¿Qué puedo ser mañana? Mañana puedo resucitar de entre los muertos. Y empezar a vivir de nuevo. Aún puedo, mientras viva, rescatar al hombre que va dentro de mí.

En efecto, fui entonces a Homburg, pero … más tarde estuve otra vez en Roulettenburg, estuve también en Spa, estuve incluso en Baden, adonde fui como ayuda de cámara del Consejero Hinze, un bribón que fue mi amo aquí. Sí, también serví de lacayo ¡nada menos que cinco meses! Eso fue recién salido de la cárcel (porque estuve en la cárcel en Roulettenburg por una deuda contraída aquí. Un desconocido me sacó de ella. ¿Quién sería? ¿Míster Astley? ¿Polina? No sé, pero la deuda fue pagada, doscientos táleros en total, y fui puesto en libertad). ¿En dónde iba a meterme? Y entré al servicio de ese Hinze. Es éste un hombre joven y voluble, amante de la ociosidad, y yo sé hablar y escribir tres idiomas. Al principio entré a trabajar con él en calidad de secretario o algo por el estilo, con treinta gulden al mes, pero acabé como verdadero lacayo, porque llegó el momento en que sus medios no le permitieron tener un secretario y me rebajó el salario. Como yo no tenía adonde ir, me quedé, y de esa manera, por decisión eljugadorpropia, me convertí en lacayo. En su servicio no comí ni bebí lo suficiente, con lo que en cinco meses ahorré setenta gulden. Una noche, en Baden, le dije que quería dejar su servicio, y esa misma noche me fui a la ruleta. ¡Oh, cómo me martilleaba el corazón! No, no era el dinero lo que me atraía. Lo único que entonces deseaba era que todos estos Hinze, todos estos Oberkellner, todas estas magníficas damas de Baden hablasen de mí, contasen mi historia, se asombrasen de mí, me colmaran de alabanzas y rindieran pleitesía a mis nuevas ganancias. Todo esto son quimeras y afanes pueriles, pero… ¿quién sabe?, quizá tropezaría con Polina y le contaría -y ella vería- que estoy por encima de todos estos necios reveses del destino. ¡Oh, no era el dinero lo que me tentaba! Seguro estoy de que lo hubiera despilfarrado una vez más en alguna Blanche y de que una vez más me hubiera paseado en coche por París durante tres semanas, con un tronco de mis propios caballos valorados en dieciséis mil francos; porque la verdad es que no soy avaro; antes bien, creo que soy un manirroto. Y sin embargo, ¡con qué temblor, con qué desfallecimiento del corazón escucho el grito del crupier: trente et un, rouge, impaire et passe, o bien: quatre, noir, pair et manque! icon qué avidez miro la mesa de juego, cubierta de luises, federicos y táleros, las columnas de oro, el rastrillo del crupier que desmorona en montoncillos, como brasas candentes, esas columnas o los altos rimeros de monedas de plata en torno a la rueda. Todavía, cuando me acerco a la sala de juego, aunque haya dos habitaciones de por medio, casi siento un calambre al oír el tintín de las monedas desparramadas. (more…)