Libro de arena recuerda el día en que se publicó la primera edición de Moby Dick de Herman Melville en 1851. A continuación, se presenta un fragmento del capítulo XVIII “Ahab”.
Durante varios días después de dejar Nantucket, no hubo señales del Capitán Ahab en cubierta. Los oficiales se relevaban regularmente en las guardias y nada habría podido desmentir que ellos eran los únicos comandantes de la nave. Sólo que a veces salían de la cabina con órdenes tan súbitas y perentorias que, después de todo, era evidente que mandaban en representación de otro. Sí, el señor supremo, el dictador estaba allí, aunque aún invisible para los ojos que no podían penetrar en el sacro refugio de la cabina.
Cada vez que subía a cubierta después de mi turno de guardia, miraba enseguida hacia popa para comprobar si había aparecido algún rostro extraño; mi vaga inquietud acerca del desconocido capitán se había convertido, en el aislamiento del mar, en un verdadera perturbación. (…) Ahora bien, como era Navidad cuando partimos del puerto, durante algún tiempo tuvimos una temperatura polar, aunque huíamos de ella y avanzábamos hacia el sur; a cada grado y minuto de latitud dejábamos atrás el despiadado invierno y todo su intolerable rigor. Era una de esas mañanas de transición, menos amenazadoras pero todavía grises y lúgubres, y bajo un viento favorable, la nave corría con un ímpetu vindicativo, impaciente y a la vez melancólica; subí a cubierta al llamado de la guardia matinal y no bien alcé los ojos más allá del nivel de la popa sentí escalofríos de mal agüero. La realidad superó toda aprensión; el capitán Ahab estaba en el alcázar.
No parecía tener huellas de ninguna enfermedad física, ni convalecer de ningún mal. Tenía el aire de un hombre rescatado de la hoguera cuando el fuego ha corrido sobre todos sus miembros, pero sin robarle una partícula de su compacta robustez de anciano. Todo su cuerpo, alto y grande, parecía hecho de sólido bronce, fundido en un molde impecable como el Perseo de Cellini. Un surco delgado, de un blanco lívido, se abría camino desde el pelo gris y avanzaba hacia un lado de la cara y el cuello tostados por el sol, hasta desaparecer entre la ropa. Parecía una de esas cicatrices perpendiculares que a veces se producen en el erguido tronco de un gran árbol, cuando el rayo, sin desgajar una sola rama, hiende la corteza de un extremo a otro, antes de perderse en el suelo, dejando a la planta aún verde de vida, pero marcada. Nadie podía asegurar con certeza si esa marca había nacido con Ahab o era la cicatriz dejada por alguna herida terrible. Como por tácito acuerdo, durante el viaje, poca o ninguna alusión se hizo a la marca, especialmente por parte de los oficiales. Pero en una ocasión, Tashtego, el mayor, un viejo indio de Gay Head que formaba parte de la tripulación, afirmó supersticiosamente que Ahab no había tenido esa marca antes de los cuarenta años, y que el origen de la cicatriz no había sido la furia de una riña entre mortales, sino una lucha contra los elementos en el mar. Pero esa tremenda insinuación parecía desmentida por lo que sugería un hombre gris, nativo de Man, un viejo sepulcral que, al no haber zarpado otras veces desde Nantucket, hasta ahora nunca había puesto sus ojos sobre el extraño Ahab. Sin embargo, las antiguas tradiciones del océano, sus inmemoriales creencias, otorgaban a este viejo hombre de Man sobrenaturales facultades de discernimiento, de modo que ningún marinero blanco se le oponía cuando decía que si alguna vez el capitán Ahab debía ser amortajado -“cosa que quizá no ocurrirá nunca”, murmuraba- la persona encargada de este último servicio debido a los muertos, encontraría en su cuerpo una marca de nacimiento que le correría de la cabeza a los pies.
El lúgubre aspecto de Ahab y la lívida marca que lo atravesaba me impresionaron a tal punto que en un primer momento no advertí que es impresión intensa se debía, en buena parte, a la pierna bárbara sobre la cual se apoyaba. Ya me habían contado que esa pierna de marfil le había sido labrada en pleno mar, en el hueso pulido de una mandíbula de cachalote. (…)
Me llamó la atención la singular postura en que se mantenía. (…) En la energía fija, intrépida y resuelta de esa mirada había una infinita fortaleza, una voluntad obstinada e indomable. No dijo una sola palabra: sus oficiales tampoco le hablaron, aunque con sus más simples gestos y expresiones demostraron a las claras su incómoda, si no penosa, conciencia de estar bajo la torva mirada de un amo. Y por si no fuera poco, el sombrío Ahab estaba frente a ellos con una crucifixión escrita en el rostro, con toda la indescriptible, majestuosa, oprimente dignidad de un dolor arrogante.
No mucho después de esta visita al aire libre, Ahab se retiró a su cabina. Pero a partir de esa mañana, la tripulación pudo verlo todos los días…
Fragmento de:
Moby Dick
Herman Melville
Buenos Aires, Losada, 2009
Moby Dick se encuentra disponible en la biblioteca comunitaria Del Valle, Donato Álvarez 550.