CARTAS DESDE LA PRISIÓN
Viernes, Octubre 29, 2010Libro de arena publica el artículo Cartas desde la prisión de Julián Besteiro y Miguel Hernández: tradición epistolar y experiencia universal, de Michael H. Impey (University of Kentucky), como cierre del homenaje que a lo largo de esta semana se ha rendido al poeta por el centenario de su nacimiento.
El siglo XX ha experimentado una extraordinaria proliferación de cartas escritas desde una prisión. En todo el mundo, cientos de miles de personas han sufrido prisión por mantener y expresar opiniones subversivas de un sistema o régimen determinado. La correspondencia de figuras de la talla de Dietrich Bonhoeffer, Václav Havel y, por supuesto, Antonio Gramsci, surge como testimonio elocuente de sus preocupaciones humanitarias y de su habilidad epistolar, al ser capaces de comunicarse en los planos personal y universal. Para Gramsci y Bonhoeffer la vindicación vino con la caída de los regímenes a los que se opusieron; para Havel vino con su elección como presidente de una Checoslovaquia liberada del comunismo, que luego se convertiría en la nueva República Checa. Sus experiencias, sus testimonios y sus sacrificios se repiten en las cartas escritas por los italianos Cario Levi, Cesare Pavese y Alcide de Gaspari; por los españoles Julián Besteiro y Miguel Hernández, por mencionar sólo algunos; por la sudafricana Barbara Harlow; por los norteamericanos Eugene V. Debs, Martin Luther King y Philip Berrigan; por el paquistaní Faiz Ahmad; por los innumerables defensores de la emancipación de la mujer; y en cartas escritas desde los centros de detención nor-irlandeses, desde los gulags soviéticos y otras prisiones latinoamericanas, africanas y asiáticas. Las cartas desde la prisión comprenden un subgénero epistolar; forman parte de una amplia tradición que se remonta hasta los mismos comienzos de la historia humana. Algunos escritores e intelectuales han utilizado la correspondencia que se les permitía mantener como medio para comunicarse con el exterior, con sus seres queridos, sus amigos y acólitos, pero también como semilla para escritos posteriores. Esto se podría aplicar a las cartas de Gramsci desde sus primeras anotaciones (fechadas el 8 de febrero de 1929) en sus Quaderni del carcere, reconocidos como uno de los documentos más importantes del género epistolar italiano en el siglo XX,1 y también a las voluminosas cartas que Julián Besteiro escribiera a su esposa Dolores Cebrián en 1917-18 como miembro del Comité de Huelga que paralizó brevemente la mayor parte de España, y desde su posterior encarcelamiento en Cartagena.2 La primera serie de cartas que Besteiro escribe desde la prisión sondean los asuntos españoles contemporáneos y reflejan fielmente cómo, tras la persecución y el encarcelamiento, llegarían la victoria y el surgimiento de una nueva España liberada de las trabas que la anclaban al pasado, una España libre y democrática. Otros aprovecharon su prisión para reflexionar sobre los problemas que surgen de la separación y la reclusión, sobre las condiciones en la prisión y la inhumanidad del hombre, sobre la plenitud de su credo político o su fe religiosa, sobre sus propios recursos, sobre el poder de la memoria y la universalidad del amor. Este fue el caso del gran dirigente socialista norteamericano Eugene V Debs – quien, como Besteiro, fue encarcelado en dos ocasiones por sus actividades políticas – y cuyas notas y escritos (a menudo dirigidos a amigos y asociados), pertenecientes a los dos años y medio que permaneció en la Penitenciaría Federal de Atlanta, se publicaron en 1927 bajo el título Walls andBars.1‘ Un interesante contrapunto se establece entre ambos líderes socialistas con respecto a su actitud para con Woodrow Wilson. Besteiro daba la bienvenida a las iniciativas del presidente estadounidense en su deseo de establecer cierta estabilidad en el período de posguerra y de crear una entidad supranacional que después se convertiría en la Liga de Naciones. Wilson, sin embargo, rechazaba de antemano las repetidas peticiones de conmutación de la pena y de amnistía para Debs que constantemente le dirigía Terre Haute. Pero la gran fascinación de estas cartas es el hecho de insertarse en la intersección entre la literatura y la propia vida, siempre en un momento de crisis personal. Son, en su mayoría, paradigmas de autenticidad, de sentimiento genuino, en algunos casos de expresión espontánea de la verdad que requiere la libertad de prensa, precisamente por estar sujeta ésta a la vigilancia y las restricciones. Plantean entonces cuestiones tan fundamentales como la naturaleza de la literatura, sus principios de selección y rechazo, la respuesta de sus lectores, y la forma en la que opera el estilo en la obra literaria.
Los prisioneros también cantan, componen música, realizan bocetos e ilustraciones en los márgenes de las cartas que escriben: Miguel Hernández es uno de ellos. Algunos, a pesar del reglamento carcelario, llegan a completar cuadros y pinturas mientras que otros, como Miguel Hernández y sus compañeros del Penal de Ocaña, realizan un menú bulliciosamente ilustrado en un intento de levantar el ánimo de sus familiares con una muestra de relativa normalidad.4 En general, muchos de estos escritores fueron personas de una gran educación que ya habían alcanzado cierto éxito tanto en el terreno profesional como en la vida privada. Vivieron en un período en el que escribir cartas era todavía una forma común de comunicación pero también una forma de arte exquisita. Lo que guarda el futuro para el prisionero de la era cibernética es difícil de predecir, pero parece poco probable que vuelva a registrarse tal grado de resistencia y sufrimiento, o siquiera los medios para transmitirlos, en las generaciones venideras. Estas cartas desde la prisión enlazan con al menos tres tradiciones epistolares a las que toman como modelos: Cicerón y su Ad Familiares, de valor extraordinario no sólo para establecer los principios retóricos que subrayan el dictamen medieval y el refinamiento de la epístola en el alto Renacimiento, sino también para revelar las actividades cotidianas y preocupaciones personales del romano educado, dejando así que se evalúe la vida íntima de la Roma imperial. La segunda tradición, iniciada por Ovidio en sus Epistolae Herodium, se conforma como (inter)mediación epistolar, donde el amante que escribe la carta es totalmente consciente de la relación entre presencia y ausencia, tanto en su expresión verbal como en la recepción por parte del destinatario. La tercera tradición proviene de las fuentes apostólicas, que es el modelo preferido por las cartas desde la prisión. Las cartas de San Pablo y otros mártires cristianos animan a sus seguidores a mantenerse firmes en la fe y a no dejar que flaqueen sus fuerzas frente a la persecución y la muerte. Que esta tradición se mantuvo viva incluso con la Inquisición lo prueban las conmovedoras cartas enviadas por Fray Luis de León desde su prisión en Valladolid. Los escritores que tratamos en este estudio, Julián Besteiro y Miguel Hernández, además de conservar esa intimidad (proclamada como la suprema virtud española) de las cartas ciceronianas – y, particularmente en el caso de Hernández, de desatar un verdadero torrente de emoción que compensa el lirismo elegiaco de la poesía que escribe desde su prisión – evidencian el modelo apostólico del martirio y la muerte. El sufrimiento cristiano se da como una suerte de via crucis en las cartas de hombres que, aun declarándose agnósticos e incluso ateos, mostraron gran sensibilidad y respeto para con las creencias religiosas de sus madres y esposas. Esto no significa que no se refleje en sus escritos la tradición ciceroniana, que no repitan muchos de los sentimientos formulaicos amorosamente entretejidos en el romance sentimental o que no se muestren conscientes de los problemas literarios básicos como la autoría, el papel del intermediario y la respuesta de una audiencia que va más allá del propio destinatario, así como el proceso autorreflexivo que conduce a la escritura creadora. La crítica contemporánea nos llevaría a cuestionar los conceptos de autoría y audiencia. ¿Cuál es el significado preciso de ‘lector’ y hasta qué punto es indiscutible la autenticidad del autor? Con la excepción de hombres de voluntad indomable (como el italiano Sandro Pertini), todos nuestros hombres se nos muestran puntillosos a la hora de observar el reglamento carcelario, ya que ansían mantener la línea divisoria que separa su vida del mundo exterior. El primer tipo de lector es el destinatario inmediato, el ser querido, generalmente una mujer – sea ésta madre, esposa o hermana – pero estas cartas también van dirigidas a un auditorio más amplio. Gramsci se valió de su cuñada, Tatiana Schucht, para mantenerse en contacto con su esposa y sus hijos, que por aquel entonces vivían en la Unión Soviética. De este modo, pudo esquivar la regla que limitaba el número de cartas a una mensual, tratando así de evitar la desintegración de su matrimonio. Los motivos explorados en la novela epistolar, ausencia y presencia - el agonizante dilema que anima también las cartas de Gramsci – tiñen de negro las cartas de Miguel Hernández y, a la luz del progresivo deterioro de su salud, nos transmiten cierto tono oscuro que rodeará no sólo sus Últimos poemas sino incluso su ciclo magistral Cancionero y romancero de ausencias. El extraordinario patetismo de las cartas de Miguel Hernández a Josefina Manresa, surge de la falta de intermediario capaz de ofrecer apoyo moral y material.5 En su caso, los motivos de ausencia y presencia siguen cierta dirección contradictoria, ya que su objetivo primordial era ofrecer apoyo moral a una joven esposa, abandonada sin los medios necesarios para afrontar el hambre, las privaciones, las sospechas y la hostilidad; que debía educar no sólo a sus dos hijos sino también a sus tres hermanas, dejadas a su cuidado tras la muerte de los padres. Las cartas de Miguel Hernández son únicas en la historia de la epístola desde el penal, ya que el prisionero declara incesantemente su amor por la esposa y los hijos, su preocupación por las penurias económicas y el hambre (bien conocida de todos es la historia del pequeño Manolillo, que tuvo que criarse con una dieta de cebollas), por los frecuentes ataques de desesperación de su esposa, reacia a depender de otros miembros de la familia o a aceptar la ayuda económica enviada periódicamente por amigos como Vicente Aleixandre, Carlos Rodríguez Spiteri y José María Cossío.6 En su correspondencia con Josefina, casi no hallamos quejas ni indicios de autocompasión, ni siquiera la actitud llorosa que caracteriza la correspondencia de Gramsci. En su lugar, hallamos historias familiares, divertidas, referencias a los juguetes de madera que él mismo construyera para su hijo, así como un esfuerzo denodado por recrear – como si tuviera lugar fuera de los muros de la prisión – una vida familiar cargada de amor y de responsabilidades compartidas. La presencia del censor y otras figuras maléficas sí que se hace notar, pero estas cartas de ausencia están sujetas a una autocensura aún más estricta: no se mencionan los brutales interrogatorios a los que fue sometido el día de su captura, cuando, en 1939, fracasa su intento de pasar a Portugal; ni siquiera admite el hambre o se detiene en detallar las varias enfermedades que amenazaban su salud y su vida, al menos hasta el final.

“Sábado, 1 de diciembre de 1934”, y finaliza con una nota escrita en un trozo de papel higiénico sin fecha poco antes de su fallecimiento en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942. Siete años y medio es un periodo muy corto en una vida, pero es el tiempo de mayor actividad creativa y humana del poeta. Miguel conoce a Josefina en 1934, no había cumplido aún los veinticuatro años. Su libro Perito en Lunas ya había visto la luz, y aunque el eco alcanzado no fue el esperado por el autor, los proyectos de Miguel seguían vibrando. Sus viajes a Madrid habían comenzado, estaba entusiasmado trabajando en su obra de teatro: Quien te ha visto y Quien te ve y Sombra de lo que eras; los dos primeros actos ya habían sido publicados, los que faltaban eran lo que Miguel tenía entre manos a la par que su trabajo en una notaría de Orihuela. En medio de ese laberinto intelectual llega a su compleja vida Josefina Manresa, una joven costurera, sencilla, tímida, hija de un guardia civil llegado a Orihuela desde Andalucía que va a infundir nuevas ilusiones a su severa existencia. El noviazgo se hace oficial el 27 de septiembre de 1934 pero el tiempo para disfrutarlo va a ser breve, en noviembre Miguel ha de viajar a Madrid para entregar los actos pendientes de la obra de teatro, con ese traslado a la capital comienza la separación de Miguel y Josefina y se inicia su relación epistolar. A este viaje a Madrid le siguieron otros, después fue la guerra la que los tuvo alejados y finalmente fueron las cárceles la causa de su definitivo distanciamiento. Cada una de estas etapas está sembrada de epístolas que Miguel envía a Josefina. Le escribe donde quiera y como quiera que se encuentre, lo mismo envía cartas largas que notas breves, utiliza cualquier clase de soporte: folios, cuartillas, octavillas, tarjetas de todo tipo, incluso confeccionadas por él cuando no tiene otras al alcance, usa trozos de cualquier clase de papel, hasta un trozo de un prospecto de una medicina, y cuando ya no tiene otra cosa acude al papel higiénico “No te extrañe que te escriba en papel higiénico. No tengo otro a mano” le dice el 19 de septiembre de 1941.
Fragmento de:

Eso ocurrió cuando el muñeco, más allá de haber cumplido al levantar con su presencia y su fuerza el espíritu de la comunidad y haber trabajado sin descanso en el mantenimiento del templo, se volvió ingobernable y destruyó vidas y bienes de manera autónoma.