LA “ESTANCIA”
Esta segunda entrega de Argentina 1910, Balance y Memoria, de Genaro Bevoni hace eje en el espacio rural y señala algunas de las peculiaridades con que este observador describe la formación del campo argentino.
Para creer en el futuro de la Argentina, es necesario abandonar la capital e ir a ver la estancia y el campo: remontar el río de la riqueza nacional desde la hirviente boca, donde todo se mezcla y se consume, hasta la doble y vasta surgente en que todo se crea de modo inagotable.
Los fenómenos económicos de la Argentina tienen los caracteres dominantes de la conformación del país. Son símiles y vastos. La producción nacional da vueltas sobre dos únicos ejes poderosos: la ganadería y la agricultura.
Sobre la infinita extensión, alejados e invisibles los unos de los otros, sólo surgían los ranchos de los gauchos, míseras cabañas de fango redondeadas bajo la sombra del ombú. El patrón vivía en la ciudad, y aparecía sólo en los tiempos de la cosecha, cuando se esquilaba y las bestias más gordas eran aisladas en el corral, porque convenía llevarlas a los mercados lejanos. (…) De la mañana a la noche, durante cuatro días seguidos he viajado entre los grandes cultivos de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. (…) La provincia de Santa Fe, que es un campo de cereales, de forraje y de lino acaso tan grande como toda Italia, fue roturada con arado, sembrada, poblada, maravillosamente valorizada por cien mil italianos. Cuando los primeros pioneros llegaron no había otra cosa que la llanura desnuda e infinita. Los italianos construyeron con barro un rancho cerca del pozo. Y con el viejo arado traído desde la costa empezaron a romper la gleba. Sobre el arado que trabajaba, estaba posado el fusil cargado porque el indio, expulsado poco tiempo antes, hacia fuertes correrías. Piensen cómo debió ser la ida de aquellos primeros venidos de nuestra sangre, atrozmente solos en el desierto, a miles de millas de la patria, amenazados por asechanzas de toda clase, sin otro refugio que cuatro paredes de barro, sin otra fe que aquella oscura tierra dilatada. (…) El cochero de Grafagna me llevaba con el hijo del señor Vionnet a visitar a un colono victorioso. La volanta corría por el vasto camino, bajo el infinito cielo pálido, levantando torbellinos de polvo negruzco. De un lado y del otro, extensiones inmensas de tierra sembrada, dividida en cuadriláteros regulares por las habituales barreras de triple hilo de hierro. Interminables hileras de paraísos se cruzaban en todas direcciones. De vez en cuando, grupos de casas de colonos, amplias y bien mantenidas, la hélice de un pozo giratorio en la cima de la torre de acero, una manada de novillos reunidos alrededor de un gran montón de alfalfa. Hasta donde llega el ojo, ni un metro de tierra aparecía sin cultivar. Por todos lados estaban presentes los signos de trabajo y la prosperidad.
(…) El colono que fuimos a ver, (…) se llama Oliva. Es un viejo alto y enjuto: su rostro está surcado por arrugas y marcado por la honestidad. Nos recibe a la entrada de la gran casa, con cortesía simple y un tanto tímida. Nos hace entrar a una sala fresca, repleta de muebles comprados en Buenos Aires: en la sala contigua se ve un billar. Nos presenta a una joven nuera, de rostro ovalado y cabellos ondulados. Abre una botella para nosotros, haciendo notar con orgullo cordial que es un barbera legítimo.
Después salimos a visitar el potrero, el recinto de los animales, las parvas de alfalfa, los pozos riquísimos de agua, los graneros, los cobertizos que guardan las máquinas agrícolas. Mientras corremos en el coche, o aun caminando, me cuenta la historia de su vida. Es una historia que se cuenta en veinte palabras; es más o menos la historia de todos los colonos que han hecho fortuna en la provincia. Llegó desde Vigone con un hermano en 1866, sin otro bien que sus brazos: obtuvo una concesión de tierra y la aró, durmiendo de noche en un rancho de barro. Hubo años buenos y años malos: pero la voluntad de trabajar no se enervó jamás. Y venció. Ahora, el señor Oliva es millonario, y posee unas ochenta concesiones que hace cultivar en aparcería. Tiene dos hijos, que hablan piamontés, pero están perdidos para Italia: uno atiende los bienes del padre. El otro se ha dedicado a la política y es diputado en la cámara de la provincia.
Mientras avanzamos conversando, cae la noche, la enormemente triste noche de la pampa. El horizonte hacia el poniente está cortado por una delgada herida rectilínea, que derrama una sangre candente sobre las nubes plomizas que amenazan al firmamento. El silencio solemne de la inmensidad, el silencio sobrehumano y familiar a quien ha estado en las altas cumbres, se desploma con las tinieblas de la concavidad del cielo. Apenas una lechuza gris que se ha encaramado sobre un poste, y que no huye mientras pasamos, da una breve nota chillona. Esta es la verdadera hora argentina: el único instante de la jornada en que este país de inmensidad y de monotonía adquiere un significado absolutamente suyo, profundo, intenso, tan grande y tan triste como para forzar las resistencias del alma, haciéndola sufrir.
Si yo hubiera venido aquí abajo cuando estaba el desierto, acaso no me habría dejado trastornar por los indios, las langostas, la sequía y la injusticia humana, pero sí habría experimentado el terror del cotidiano retorno al rancho de barro, bajo un cielo como éste y en un silencio como éste, en una tan tenebrosa y desconsolada soledad.
Fragmento de:
Argentina 1910, Balance y Memoria
Genaro Bevioni
Buenos Aires, Leviatán, 1995