Archivo Septiembre 21, 2010

LAS CIRCUNSTANCIAS ADECUADAS

Martes, Septiembre 21, 2010

- Buenos días, Colston. Parece que tengo suerte. Usted me ha dicho con frecuencia que mis elogios a su obra literaria no eran sólo cortesía, y aquí me encuentra absorto (más aún, sumergido) en su último cuento de The Messenger. Algo más leve que su golpecito en el hombro no me habría devuelto a la realidad.

- La prueba es más terminante de lo que usted supone -replicó el otro- tan grande es su avidez por leer mi cuento, que está deseando renunciar a consideraciones egoístas y abstenerse del placer que podría depararle.

- No lo comprendo -respondió el primero doblando el periódico y guardándoselo en el bolsillo-. Qué raros son ustedes los escritores. Vamos, dígame que hecho de malo, o qué he dejado de hacer. ¿En qué depende de mí el placer que obtengo o puedo obtener de su obra?

- Depende de usted, muchísimo. Yo ahora le pregunto: Si lo tomara en este tranvía, ¿le agradaría el desayuno? Pongamos otro ejemplo, supongamos un fonógrafo tan perfecto que pudiera transmitir una ópera entera: canto, orquestación y todo lo demás, ¿cree usted que le proporcionaría gran placer si la oyera en la oficina, durante sus horas de trabajo? ¿Le importaría de verdad la Serenata de Schubert oyéndola por la mañana en ferryboat, interpretada por un intempestivo violinista italiano? ¿Está usted siempre dispuesto a admirar, sean cuales fueren las circunstancias? ¿Es que su ánimo responde siempre a cualquier estímulo? Permítale recordarle que el cuento que usted me ha hecho el honor de comenzar esta mañana como un medio de olvidar la incomodidad de este vehículo, es una historia de fantasmas.

- ¿Y qué?

- ¿Y es que el lector no tiene los deberes de sus privilegios? Usted ha pagado cinco céntimos por el periódico. Es suyo. Tiene el derecho de leerlo donde y cuando quiera. A mucho de lo que este contiene no lo ayuda ni daña el tiempo ni el lugar, ni su estado de ánimo, algunas de sus noticias requieren ser leídas de inmediato, antes de que pierdan vigencia. Pero mi cuento tiene otro carácter. No encontrará en él “las últimas noticias del país de los fantasmas”; no se espera de usted que esté au courant de lo que sucede en el mundo de los espectros. Mi cuento habrá de mantener su vigencia siempre que usted disponga de, ocio necesario para ponerse en un estado de ánimo propicio al sentimiento que en él se expresa, y me atrevo a decir que no logrará ese estado de ánimo en un tranvía aunque sea el único pasajero. No sería esa la soledad que requiere su lectura. Un escritor tiene derechos que el lector está obligado a respetar.

- ¿Por ejemplo?

- El derecho a la total atención del lector. Negársela es inmoral. Obligarlo a compartirla con el traqueteo del tranvía, con el fluctuante panorama de la muchedumbre por las aceras y los edificios detrás (con cualquiera de las innumerables distracciones que constituyen el medio habitual que nos rodea) es tratarlo con grosera injusticia. ¡Es infame, por Dios!

Poniéndose de pie, se colgó de la agarradera del vehículo. El otro lo miró atónito, extrañado de que una ofensa tan mínima pudiera justificar un lenguaje tan intemperante. Lo vio singularmente pálido. Sus ojos brillaban como carbones encendidos y las palabras se atropellaban en sus labios.

- Usted me entiende -continuó el escritor- usted me entiende Marsh. El cuento que publico esta mañana en The Messenger tiene por subtítulo “Historia de fantasmas”. Eso basta. Todo lector honesto comprenderá que lleva implícitas las condiciones bajo las cuales ha de leerse.

El hombre llamado Marsh  dio un leve respingo. Después preguntó sonriendo:

- ¿Qué condiciones? Usted bien sabe que soy un sencillo hombre de negocios que ignora las sutilezas. ¿Cómo, cuándo, dónde debo leer su historia de fantasmas?

- En la soledad, de noche, a la luz de una vela. Hay ciertas emociones que el escritor puede suscitar sin esfuerzo, como la compasión y el regocijo. Yo puedo hacerlo llorar o reír en casi cualquier circunstancia. Pero para que mi historia de fantasmas sea eficaz, usted ha de estar en condiciones de sentir miedo (por lo menos en condiciones de sentir intensamente lo sobrenatural) y esto ya es otro cantar. Si usted me lee en serio, deberá darme esa oportunidad. La oportunidad de hacerse accesible a la emoción que trato de inspirarle. (…)

- ¿Quiere usted decir -preguntó- que si yo observo sus directivas y me someto a las condiciones que exige (aislamiento, sombra nocturna, luz de una vela) usted puede transmitirme, mediante sus cuentos de horror, esa incómoda sensación de lo sobrenatural, como la llama? ¿Podría usted acelerar mi pulso, sobresaltarme con ruidos intempestivos, hacerme correr frío por el espinazo y ponerme los pelos de punta?

Colston, volviéndose súbitamente lo miró a los ojos mientras caminaban:

- No se atrevería -dijo-. No tiene el valor suficiente -recalcó estas palabras con gesto desdeñoso-. Es usted lo bastante intrépido para leerme en un tranvía, pero en una casa deshabitada, solo, en medio del bosque, por la noche… Bah, tengo un manuscrito en el bolsillo que podría matarlo.

Marsh estaba furioso. Se sabía valiente y esas palabras le hirieron.

- Si usted conoce un lugar semejante -replicó- lléveme allí esta misma noche y déjeme su cuento y una vela. Venga a verme una vez que lo haya leído y le contaré su historia de pe a pa. losojosdelapanteraDespués lo echaré a patadas.

Así fue como el hijo del granjero, por una ventana sin vidrios de la casa de Breede, vio a un hombre sentado a la luz de una vela.

Fragmento de:

“Las circunstancias adecuadas” en Los ojos de la pantera

Ambrose Bierce

Buenos Aires, E. Rei Argentina S.A., Biblioteca Página 12, 1993


Los ojos de la pantera se encuentra disponible en la biblioteca comunitaria Casa Flores, Esteban Bonorino 884, Flores.

LA “ESTANCIA”

Martes, Septiembre 21, 2010

Esta segunda entrega de Argentina 1910, Balance y Memoria, de Genaro Bevoni hace eje en el espacio rural y señala algunas de las peculiaridades con que este observador describe la formación del campo argentino.

Para creer en el futuro de la Argentina, es necesario abandonar la capital e ir a ver la estancia y el campo: remontar el río de la riqueza nacional desde la hirviente boca, donde todo se mezcla y se consume, hasta la doble y vasta surgente en que todo se crea de modo inagotable.

Los fenómenos económicos de la Argentina tienen los caracteres dominantes de la conformación del país. Son símiles y vastos. La producción nacional da vueltas sobre dos únicos ejes poderosos: la ganadería y la agricultura.

Sobre la infinita extensión, alejados e invisibles los unos de los otros, sólo surgían los ranchos de los gauchos, míseras cabañas de fango redondeadas bajo la sombra del ombú. El patrón vivía en la ciudad, y aparecía sólo en los tiempos de la cosecha, cuando se esquilaba y las bestias más gordas eran aisladas en el corral, porque convenía llevarlas a los mercados lejanos. (…) De la mañana a la noche, durante cuatro días seguidos he viajado entre los grandes cultivos de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. (…) La provincia de Santa Fe, que es un campo de cereales, de forraje y de lino acaso tan grande como toda Italia, fue roturada con arado, sembrada, poblada, maravillosamente valorizada por cien mil italianos. Cuando los primeros pioneros llegaron no había otra cosa que la llanura desnuda e infinita. Los italianos construyeron con barro un rancho cerca del pozo. Y con el viejo arado traído desde la costa empezaron a romper la gleba. Sobre el arado que trabajaba, estaba posado el fusil cargado porque el indio, expulsado poco tiempo antes, hacia fuertes correrías. Piensen cómo debió ser la ida de aquellos primeros venidos de nuestra sangre, atrozmente solos en el desierto, a miles de millas de la patria, amenazados por asechanzas de toda clase, sin otro refugio que cuatro paredes de barro, sin otra fe que aquella oscura tierra dilatada. (…) El cochero de Grafagna me llevaba con el hijo del señor Vionnet a visitar a un colono victorioso. La volanta corría por el vasto camino, bajo el infinito cielo pálido, levantando torbellinos de polvo negruzco. De un lado y del otro, extensiones inmensas de tierra sembrada, dividida en cuadriláteros regulares por las habituales barreras de triple hilo de hierro. Interminables hileras de paraísos se cruzaban en todas direcciones. De vez en cuando, grupos de casas de colonos, amplias y bien mantenidas, la hélice de un pozo giratorio en la cima de la torre de acero, una manada de novillos reunidos alrededor de un gran montón de alfalfa. Hasta donde llega el ojo, ni un metro de tierra aparecía sin cultivar. Por todos lados estaban presentes los signos de trabajo y la prosperidad.

(…) El colono que fuimos a ver, (…) se llama Oliva. Es un viejo alto y enjuto: su rostro está surcado por arrugas y marcado por la honestidad. Nos recibe a la entrada de la gran casa, con cortesía simple y un tanto tímida. Nos hace entrar  a una sala fresca, repleta de muebles comprados en Buenos Aires: en la sala contigua se ve un billar. Nos presenta a una joven nuera, de rostro ovalado y cabellos ondulados. Abre una botella para nosotros, haciendo notar con orgullo cordial que es un barbera legítimo.

Después salimos a visitar el potrero, el recinto de los animales, las parvas de alfalfa, los pozos riquísimos de agua, los graneros, los cobertizos que guardan las máquinas agrícolas. Mientras corremos en el coche, o aun caminando, me cuenta la historia de su vida. Es una historia que se cuenta en veinte palabras; es más o menos la historia de todos los colonos que han hecho fortuna en la provincia. Llegó desde Vigone con un hermano en 1866, sin otro bien que sus brazos: obtuvo una concesión de tierra y la aró, durmiendo de noche en un rancho de barro. Hubo años buenos y años malos: pero la voluntad de trabajar no se enervó jamás. Y venció. Ahora, el señor Oliva es millonario, y posee unas ochenta concesiones que hace cultivar en aparcería. Tiene dos hijos, que hablan piamontés, pero están perdidos para Italia: uno atiende los bienes del padre. El otro se ha dedicado a la política y es diputado en la cámara de la provincia.

Mientras avanzamos conversando, cae la noche, la enormemente triste noche de la pampa. El horizonte hacia el poniente está cortado por una delgada herida rectilínea,  que derrama una sangre candente sobre las nubes plomizas que amenazan al firmamento. El silencio solemne de la inmensidad, el silencio sobrehumano y familiar a quien ha estado en las altas cumbres, se desploma con las tinieblas de la concavidad del cielo. Apenas una lechuza gris que se ha encaramado sobre un poste, y que no huye mientras pasamos, da una breve nota chillona. Esta es la verdadera hora argentina: el único instante de la jornada en que este país de inmensidad y de monotonía adquiere un significado absolutamente suyo, profundo, intenso, tan grande y tan triste como para forzar las resistencias del alma, haciéndola sufrir.

Si yo hubiera venido aquí abajo cuando estaba el desierto, acaso no me habría dejado trastornar por los indios, las langostas, la sequía y la injusticia humana, pero sí habría experimentado el terror del cotidiano retorno al rancho de barro, bajo un cielo como éste y en un silencio como éste, en una tan tenebrosa y desconsolada soledad.

Fragmento de:

Argentina 1910, Balance y Memoria

Genaro Bevioni

Buenos Aires, Leviatán, 1995