FENIMORE COOPER
Miércoles, Septiembre 15, 2010Con motivo del aniversario del fallecimiento del escritor estadounidense Fenimore Cooper, Libro de arena presenta una breve reseña biográfica y un fragmento del capítulo III de El último mohicano donde se presenta a Ojo de Halcón y a Chingachgook.
James Fenimore Cooper, novelista considerado como el primer gran autor de narrativa estadounidense, nació en Burlington, Nueva Jersey, el 15 de septiembre de 1789. Conocido por sus relatos de viajes y novelas de aventuras que abordan la problemática del encuentro y enfrentamientos entre ingleses y pieles rojas, Cooper no comenzó a escribir sino a partir de los treinta años, luego de haber estudiado en Yale y haber servido a la armada de su país. De su experiencia personal en contacto con poblaciones aborígenes y de las vivencias habidas en los bosques de zonas para ese entonces poco exploradas de la geografía norteamericana, proceden los argumentos que traman sus famosas novelas sobre los indios. Estas corresponden a los cinco volúmenes reunidos en los Leatherstocking Tales, que narran, desde una visión teñida de un idealismo romántico, las aventuras en los bosques del explorador Natty Bumppo: Los pioneros (1823), El último mohicano (1826), La pradera (1827), El explorador (1840) y The Deerslayer (1841), de las que hay muchas versiones fílmicas. Además realizó trabajos de crítica social en los que se manifestó proclive al conservadurismo político y distante de las formas de organización democráticas, como en Carta a sus compatriotas de 1834, que le valieron innúmeras críticas. A su autoría responden treinta y cuatro novelas entre las que aparte de las mencionadas se encuentran: El bravo (1831), Los Heidenmauer (1832) y El verdugo (1833) El deseo del diablo (1845), El encadenado (1845) y Los piel rojas (1846). Murió en Cooperstown, Nueva York, el 14 de septiembre de 1851.
Dejando al inocente Heyward y a sus confiados acompañantes mientras penetraban aún más en un bosque repleto de inquilinos traicioneros, debemos hacer uso de los privilegios de un autor, y cambiar de escenario hasta unas pocas millas al oeste del lugar en el que los hemos dejado.
Ese mismo día, dos hombres descansaban a las orillas de un riachuelo pequeño, aunque caudaloso, a una hora de camino del campamento de Webb; su actitud era la de aquel que espera la llegada de una persona ausente, o de un acontecimiento anunciado. La vasta extensión del arbolado se extendía hasta la margen del río; sus ramas ensombreciendo la superficie del agua, le conferían a una ya oscura corriente un tono aún más profundo. Los rayos del sol se tornaron menos intensos y el calor intenso del día retrocedió, a medida que los vapores frescos de las fuentes y los manantiales se elevaban de sus verdes lechos y se integraban en la atmósfera. Con todo, el jadeante silencio que caracteriza al bochorno adormecedor del paisaje americano durante el mes de julio, permanecía en el lugar, alterado únicamente por las suaves voces de los hombres, los intermitentes y ocasionales golpes de algún pájaro carpintero, el canto discorde de algún alegre arrendajo, o el insistente zumbido de alguna catarata distante.
No obstante, estos sonidos débiles y discontinuos resultaban tan sumamente familiares para los hombres del bosque, que no les distraía de su tema de conversación. Mientras uno de ellos mostraba la misma piel roja y los salvajes arreos de un nativo de los bosques, el otro exhibía bajo una máscara de rudos equipamientos cercanos a lo primitivo, una complexión más clara, propia de alguien cuyos orígenes fueran europeos, aunque áspera y curtida por el sol. El primero se encontraba sentado sobre un tronco caído y cubierto de musgo, en una postura que le permitía intensificar el efecto de su lenguaje sincero, por medio de los tranquilos, aunque expresivos gestos de un indio debatiendo una cuestión. Su cuerpo, casi desnudo, presentaba un temible emblema de muerte, dibujado a base de una alternante combinación de los colores blanco y negro. Su cabeza estaba bien afeitada, dejando únicamente la bien conocida y caballerosa creta guerrera, sin ninguna otra clase de ornamentación sobre la misma, a excepción de una solitaria pluma de águila que la cruzaba y pendía sobre el hombro izquierdo. A su cintura, un tomahawk y un cuchillo de cortar cabelleras, de fabricación inglesa mientras que sobre su delgada y desnuda rodilla descansaba de forma relajada una carabina militar corta, del tipo que dictaba la política de los blancos para armar a sus aliados salvajes. El amplio pecho, las extremidades bien formadas y la grave expresión de este guerrero podrían denotar que había alcanzado la plenitud de sus días, aunque ningún síntoma de decrepitud parecía haber debilitado su hombría.
El físico del blanco, a juzgar por aquello que no quedaba disimulado por sus ropas, se asemejaba al de aquel cuya vida, ya desde joven, había conocido el esfuerzo y las vicisitudes. Su persona, aunque musculosa, resultaba más fibrosa que corpulenta, pero cada músculo se distinguía endurecido por los constantes efectos del ambiente y el esfuerzo. Vestía una camisa de caza color verde bosque, ribeteada por un apagado color amarillo, y un gorro de verano, hecho a base de pieles curtidas. También portaba un cuchillo a la cintura, en un cinturón adornado,
muy parecido al que bordea las escasas vestimentas del indio, pero sin tomahawk. Sus mocasines estaban adornados según el gusto propio de los nativos, mientras que la única prenda que se revelaba bajo la blusa de caza era un par de polainas altas, hechas de piel de gamo y atadas a los lados, a la vez que aseguradas por encima de las rodillas con tendones de ciervo. Un saco y un cuerno de pólvora completaban sus efectos personales, aunque una carabina de gran longitud, que los blancos más ingeniosos habían determinado como la más peligrosa de las armas de fuego, se encontraba apoyada sobre un pequeño árbol cercano.
Fragmento de:
El último mohicano
James Fenimore Cooper
Buenos Aires, Atlántida, 1997
El último mohicano se encuentra disponible en la biblioteca comunitaria del Club Ciudad de Buenos Aires, Av. del Libertador 7501, Nuñez.