Libro de arena continua con la serie de publicaciones referidas a la jornada “La biblioteca comunitaria como promotora del desarrollo social” realizada el 23 de agosto, y comparte en esta oportunidad la segunda parte de la Conferencia inaugural que brindó Mariana di Stefano.

Por Mariana di Stefano
La confrontación de escenas de lectura diversas –mejor si son de épocas históricas diferentes- nos parece un ejercicio muy interesante, que muchas veces proponemos a nuestros alumnos porque nos ayuda a desnaturalizarlas, a ver lo que hay de construcción cultural en la práctica que realizamos y por lo tanto de sentido ideológico y político.
Pero si las comunidades académicas no son homogéneas –como señalamos cuando hablamos de la cultura universitaria- mucho menos lo son las comunidades políticas. Y paralelamente a la conformación del Estado- Nación, los grupos contrahegemónicos de la época –como el anarquismo y el socialismo- desplegaron también sus políticas de lectura como un modo más de la lucha política. E invitaron entonces a leer otras obras –las inscriptas más bien en la tradición internacionalista, y en la literatura naturalista- y convocaron especialmente al ejercicio de la crítica.
Una práctica de lectura del anarquismo argentino, estimulada en el país desde 1914, fue –por ejemplo- la de las lecturas comentadas: se convocaba a una reunión para comentar una lectura que se había fijado previamente y que cada uno realizaba. En la reunión, cada uno exponía primero su punto de vista personal sobre la obra, para pasar después al debate.
El anarquismo encontró en esa práctica un modo de plasmar su ideal de lectura, que difundió e invitó a practicar, y que sostiene: no aceptar nunca por verdadero lo que se lea, solo porque esté escrito, sin antes someterlo al juicio de la razón.
La escena nos muestra que los grupos políticos se dan a sí mismos políticas de lectura, y que estas intervienen en la constitución misma del grupo como tal. En este sentido, se construyen también como comunidades lectoras –en las que se ponen en circulación determinados libros y materiales de lectura y se van definiendo pautas interpretativas compartidas. Por eso, convertirse en libertario o socialista, integrarse a estas culturas, requirió, entre otras cosas, formarse como lector de las obras que conformaron sus bibliotecas y les dieron parte de su identidad.
Estas luchas políticas en torno a la lectura se dan a fines del siglo XIX y principios del XX, momento en el que no casualmente surgen las primeras bibliotecas populares, de cuya creación participaron tanto el Estado argentino como asociaciones vecinales, las organizaciones políticas y gremiales de la época, las comunidades de inmigrantes, entre otros. Todos pensaron a la lectura como un arma de integración cultural, aunque con fines políticos distintos y a través de caminos también diferentes.
Podríamos seguir con la historia. Pero solo quise dar un par de ejemplos de momentos cruciales de nuestro país, como fueron la Revolución de Mayo y la etapa de construcción del Estado argentino.
Quisiera pasar ahora al segundo aspecto que mencioné al comienzo, que es la concepción de lectura que subyace al pensarla como una práctica inclusora.
Creo que una de las palabras que da cuenta de esta concepción del leer es “diálogo”, es decir que pensar a la lectura como una forma de inclusión es pensarla como una forma del diálogo.
De alguna manera, invitar a leer para integrarse a una cultura significa invitar a conocer un conjunto de voces que nos hablan desde las páginas escritas y que nos hablan de una historia, que nos dicen algo sobre el pasado de esa cultura y sobre el futuro que esta prevé. En esta concepción, leer es escuchar esas voces que en general, son representativas de identidades colectivas y que en el caso de las comunidades políticas, suelen referir a utopías también compartidas.
Si leer es escuchar al otro, implica entonces un esfuerzo por comprender lo que el otro dijo, en su momento histórico y en las condiciones en las que escribió. Leer es entonces una práctica pensada como un esfuerzo, como una tarea placentera –en la medida en que conduce al conocimiento y a la reflexión- pero que no está desvinculada del trabajo. Y sobre todo, leer es una práctica que construye al yo pero en la medida en que ese yo interactúa con los otros y se inscribe en una dimensión histórica, es decir, en la medida en que interactúa con esas voces que remiten siempre a una porción del pasado, a una porción de la historia de nuestra sociedad, y a partir de las cuales es posible pensar el futuro.
Esto podemos verlo claramente en los ejemplos a los que hice referencia.
La inclusión en la cultura universitaria pasa en primer lugar por leer a los autores que este espacio social jerarquiza, que considera referentes teóricos disciplinares. Y la posibilidad del diálogo –que, tengamos en cuenta, implica un intercambio entre instancias simétricas- requiere de un primer momento de conocimiento, de abrirse al otro, de hacer el esfuerzo por comprenderlo; no justificarlo, sino comprender la lógica histórica desde la que escribe. Creo que es ese el camino estimulante de la lectura como inclusión: el que conduce hacia una integración crítica; no a una asimilación de uno a una cultura dominante, no a una inclusión acrítica, sí a la integración a partir del diálogo y del ejercicio de la crítica.
Y señalo esto porque, como podemos inferir de los pocos ejemplos que hemos visto, la lectura es una práctica social que puede tener múltiples sentidos y finalidades. Y son en gran parte los discursos sobre la lectura, los discursos que rodean, sostienen y estimulan tipos particulares de prácticas de lectura los que fijan los sentidos que los distintos grupos sociales atribuyen al leer.
Hoy, como siempre, los discursos sobre la lectura son múltiples, heterogéneos, variados.
Pero creo que hay un eje que nos permite pensar esa diversidad de discursos sobre la lectura, que es la tensión actual entre la Modernidad y la Posmodernidad.
Somos herederos de la Modernidad –y muchos grupos sociales actuales en nuestro país se manifiestan muy próximos a los valores que esta construyó en torno a la lectura y la escritura. La Modernidad se ha caracterizado por valorizar enormemente la cultura escrita, a la que vio como una manifestación de las máximas cualidades del hombre y de la cultura humana: la razón y con ella el pensamiento científico y el progreso, y por otro, el sentido estético, y con él la belleza y el arte, que en la Ilustración no están desvinculados de un sentido ético, moral, superior. Los discursos sobre la lectura que se gestan desde la Revolución Francesa, se caracterizan por representar esta práctica como un elemento indispensable del cambio social. Había que leer a Voltaire o a Rousseau para alcanzar la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Pero, a partir del siglo XIX, cuando la burguesía ya se ha estabilizado como grupo dominante, la Modernidad es gestora de un amplio arco de sentidos sobre el leer, que abarca desde sentidos disciplinadores hasta contestatarios, aunque la lectura es siempre presentada como una práctica definidora de identidades sociales y en torno a la cual están siempre en juego destinos colectivos.
En este sentido, si volvemos a la metáfora de la lectura como diálogo, podríamos decir que la Modernidad dio pie tanto a privilegiar a un polo de los protagonistas de ese diálogo, como al otro; es decir, privilegiar al texto escrito o al lector. En algunos casos, el texto es instituido como la voz autorizada, superior e incuestionable (como veíamos en el caso de la escuela argentina disciplinadora en sus orígenes, a fines del siglo XIX, en la que se llama a leer para integrarse a la ciudadanía), en otros, se busca dar al lector la última palabra (como veíamos en el caso de las lecturas comentadas libertarias), aunque es una palabra que el sujeto elaborará conjuntamente en el seno de una reunión grupal.
La Posmodernidad, en cambio, pone el énfasis en el sujeto como individuo en sí mismo, a quien atribuye un protagonismo total en la construcción de sentidos. Desde esta perspectiva, la lectura es representada como una experiencia más de ese sujeto instalado en un presente perpetuo en el que necesita sentirse libre para tomar decisiones que lo conduzcan a una autosatisfacción personal permanente. Leer es básicamente para el discurso posmoderno una tarea personal, privada, en la que el sujeto no entra necesariamente en diálogo con otros sino en la que ha de desplegar su propia experimentación y su propia interpretación.
Algunas publicidades, en nuestro país, vinculadas a empresas privadas, invitan a leer como un modo de acceder al placer –sentimiento clave para el sujeto posmoderno- pero en el que este surgiría al parecer automáticamente, por el hecho mismo de leer, no importa qué. Estos discursos no existen solo en nuestro país.
Un gran especialista en materia de cultura escrita, el paleógrafo italiano Armando Petrucci, señala, en los años ‘80, en Europa y EEUU, la emergencia de discursos que reivindican la libertad del sujeto para elegir sus lecturas, al margen de cualquier canon, a la vez que promueven el acercamiento a esta práctica con la actitud de “leer por leer”, para pasar el tiempo, para divertirse.
También A. M. Chartier y Hébrard destacan que a partir de los años ’70, junto a la idea de que la finalidad del leer es para formarse, surge una fuerte tendencia, en el discurso hacia los jóvenes, a atribuir a la lectura la finalidad de proporcionar placer.
Creo que no se trata de plantear falsos antagonismos, pero sí es importante reconocer las ideologías lectoras que están detrás de los discursos que hoy circulan en nuestra sociedad sobre el leer.
Así como las formas más autoritarias de la lectura –que a lo largo de nuestra historia se ejercieron en muchas oportunidades en nuestro país- no pueden conducirnos a ese diálogo que requiere una integración crítica, tampoco puede hacerlo el discurso posmoderno sobre la lectura que tiende a deshistorizar las prácticas y a borrar esa dimensión histórica que reclama el sostenimiento de un diálogo con otros. En realidad, la concepción posmoderna extrema de la lectura –que admite como legítimos todos los sentidos que se produzcan sobre un texto, en la medida en que son producto de una experiencia personal- invita más bien al monólogo; bajo una supuesta libertad del lector, en realidad, no integra al otro a una cultura sino que deja al sujeto solo consigo mismo y a veces, sin herramientas para encarar esa compleja tarea que es dialogar con nuestra historia y nuestra cultura contemporánea.
Por eso, la tarea que ustedes tienen por delante es realmente una tarea difícil, en la que merecen que se comprometan todos los esfuerzos necesarios. Yo les deseo mucho éxito en la Jornada de hoy, y en general en su trabajo cotidiano, y me alegro enormemente de que haya políticas de estado trabajando en este objetivo de la inclusión social a través de la lectura.