PATRICIA SUÁREZ: “HAY QUE ACTUAR POR MÉTODO”

 

Patricia Suárez, escritora rosarina y ganadora del Premio Clarín, fue entrevistada por Mario Méndez y los participantes del taller de literatura y periodismo que organiza el Programa Bibliotecas para armar. Sólo de una escritora que incursiona por todo tipo de literatura, desde cuentos para chicos hasta novelas oscuras con violadores y asesinos y cuentos por mensajes de texto, puede salir esta entrevista tan interesante.

 

 

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MM: Acaba de salir tu novela Lucy. ¿Qué podés contar de ella?

PS: Es una novela de humor donde aparece la problemática del deseo femenino en relación con el objeto amoroso, y tiene como referencia argumentos del estilo de El diario de Bridget Jones o el de Loca por las compras que observan el universo de la mujer desde lo humorístico.  Inicialmente, Lucy no era una novela de humor y lo amoroso no era lo predominante, pero como en la Argentina no hay muchas novelas de este tipo, hay humor por un lado y novelas por el otro, decidí trabajar la fusión de ambos elementos. Ocurre que, en general, domina el prejuicio de que la literatura que más se lee, la más masiva, es la menos comprometida y, como contrapartida, la idea de que la verdadera literatura es la de denuncia, la literatura “seria”, en la que el humor queda relegado. Dado que este espacio no estaba muy explotado, lo que me propusieron fue crear una intriga amorosa entre los protagonistas jugando con lo humorístico, para que pudiera salir en la colección.

MM: ¿Por qué elegiste ese apellido para el personaje de Elena?

PS: Es el nombre de una amiga de la adolescencia, una amiga rusa, la que además aparece en el cuento La Reina del Navo, que había conocido en un momento en que hice terapia de grupo de la que ella participaba. Me había impactado escuchar la cadencia con la que hablaba, su tono de voz, algunas palabras que decía mal. Decía “yo me quiero separar pero quiero que mi marido me deje, él gana mucho mucho dinero, y no me quiere comprar la heladera”. Hasta que un día fui a la casa y vi que “el mucho  dinero” al que ella se refería se trataba de eso: eran los electrodomésticos que eran un lujo en Rusia. Está bueno cuando alguien usa una expresión particular ver qué significa, porque no era lo mismo “mucho dinero” para ella que para otra persona. Y el personaje de Elena es una mezcla entre esa compañera y el hijo de un conocido que era actor y dirigía un teatro y de pronto sintió el deseo de emigrar, pensó que se merecía una vida más próspera económicamente y se fue a EE.UU, pero terminó cortando sandwichs. Uno piensa “está bien, no ganaba nada, pero dejó la actuación para ir a cortar sandwichs”. O sea, el sentido de su vida estaba desbordado.

MM: En 2005 y 2006 publicaste novelas por mensajes de texto para Movistar, ¿cómo se dio eso?

PS: Fue una experiencia maravillosa. Conocí a un chico que no era escritor sino periodista y estaba en contacto con Movistar que por ese entonces estaba llevando a cabo una experiencia de  novelas por SMS que ya en China o en Japón eran un boom. Entonces compraron el material y estuvo bárbaro porque los mensajes no eran tan comunes como ahora y los que más los usaban eran los jóvenes o adolescentes, por lo tanto, eran novelas dirigidas a un público entre los 19 y 25 años.

Yo trabajaba en problemáticas amorosas, en unas comedias románticas mientras que mi compañero hacía policiales. La consigna era que cada capítulo tenía que tener 2100 caracteres,  no se podía abreviar, y había que escribir en un castellano correcto. Cada capítulo tenía que dejar algo pendiente para generar ganas de leer el próximo. Había una página donde los lectores podían mandar lo que pensaban sobre lo que escribíamos y era maravilloso porque era un público muy espontáneo. Como yo escribía en primera persona, me decían: “no te dejes hacer eso por él” como si estuviera exponiendo hechos reales, lo cual hablaba también de que no era gente lectora porque no podía diferenciar entre autor y narrador. Fue una experiencia muy divertida pero quedó ahí, nunca llegó al papel. A Movistar una vez que lo hizo no le interesó seguir comercializándolo porque no le fue bien, en ese momento competía con los votos de “Gran Hermano”.

MM: ¿Cómo se logra publicar un libro de cuentos para adultos en Alfaguara (Esta es mi noche)?

PS: Yo empecé a escribir hace 20 años, en la pos-dictadura y no había editoriales independientes de narrativa; estaban Planeta, Emecé, Sudamericana y algunas editoriales más pequeñas. Ahora que hay un montón parece más fácil editar porque estas editoriales se sostienen por las ventas que hacen por internet; pero, en realidad, creo que es más difícil que antes, porque se pretende hacer del autor una especie de personaje mediático. En mi caso, ese fue el único libro de cuentos que tengo en pie y que edité en Alfaguara después de recibir el premio Clarín. Creo que lo edité justamente porque era el coletazo de ese premio.  Fue muy importante porque respaldó toda una serie de publicaciones que vinieron después, me abrió muchas puertas y hoy en día me resulta más sencillo editar.  Sin embargo, como a la editora no le gustaba lo que yo escribía, no la conmovía, pusieron cero centavos en la promoción del libro y no estaba en el Yenny de Rosario, por ejemplo, donde yo tengo un público amado. Tuvo una sola crítica porque no lo repartieron, no lo distribuyeron. El problema es cuando la esfera del gusto incide en la de la comercialización del libro. Hace poco me llamaron de Alfaguara para decirme que tenían que destruir mil ejemplares por falta de espacio en el depósito. Ni siquiera los pude comprar yo, sino que sólo me obsequiaron sesenta. Y es algo tan contracultural, en el peor sentido de la palabra. Requiere tanto esfuerzo editar, poner plata en prensa, distribuir, y demás. ”Regálenlo” digo, “qué se yo, a las bibliotecas del Chaco, de Jujuy, no sé”. Es muy difícil para un autor después de una cosa así plantearse publicar otro libro.

seleccionada 2MM: Mencionaste que el Premio Clarín te abrió muchas puertas. ¿Cómo fue recibirlo?

PS: Yo no iba a competir, pero me llamó mi ex cuñada y me dijo que habían extendido la fecha de presentación, entonces fui. Después me enteré por el diario que estaba entre los diez finalistas y llamé para ver si había una fiesta o algo, cómo iba a seguir la cosa y me dijeron que si ganaba me iba a enterar por el diario. Pero, finalmente, me llamaron y me dijeron que estaba invitada a la fiesta de entrega de premios porque estaba entre los diez finalistas. No sabía si ir o no, porque soy muy pesimista. Pero una amiga llamó para preguntar cómo me había ido y le dijeron que no le podían decir pero que me había ido bien. La cuestión es que terminé yendo con el padre de mi hija y cuando llegamos dijeron que no estaba en la lista. Al final, igualmente entramos; yo tenía unos nervios terribles, me tomé cuatro copas de champagne y en eso un amigo vino a decirme que ganó “fulano”. Entonces le dije a mi marido que fuéramos atrás de todo, así apenas anunciaran al ganador nos podíamos ir rápido, pero me llamaron y me dijeron que me tenía que sentar adelante. Mientras nombraban a los ganadores yo estaba a las puteadas porque creía que había ido al divino botón, cuando de golpe escucho mi nombre y no me pude emocionar siquiera, porque tenía todo el enojo adentro todavía.

MM: Decís que sos pesimista pero tenés más de diez premios en tu carrera…

PS: Sí, por método. Hay que hacer todo sin esperanza y sin desesperación porque en realidad siempre detrás de un premio hay una política, no en el sentido de si están arreglados o no. En el caso de Clarín, por ejemplo, ellos tratan de premiar autores nacionales aunque el premio es internacional. Si lo mandás de Brasil, podés llegar a tener una mención pero no vas a ganar. También esperan que aborde alguna problemática social. Me di cuenta de que en el mío, por ejemplo, había un joven exiliado que emigraba a otro país en 2001, lo cual justo encuadraba dentro de ese perfil buscado. Esa era la política del concurso. Ahora, si uno hace una maravillosa novela de ciencia ficción con enanitos verdes que habla de otra cosa, la verdad es que no hay chances de salir premiado. Cada premio tiene un perfil. A veces uno entra y a veces no, por eso hay que estudiar qué es lo que pasó para no amargarse. No se trata de que el texto sea bueno solamente. Hay que actuar por método, mandar los textos a donde se cree que se puede ganar siguiendo con criterio el perfil que uno supone que plantea el concurso. Más que escribir bien y ponerlo en un correo seguro no se puede hacer, después queda en la elección de otro.

MM: ¿Cómo fue la experiencia de la beca en Canadá?

PS: Fue increíble. Yo sólo había viajado a Venezuela, y siempre que viajé fue por la literatura, si no no hubiera podido ir ni a Luján. Había ido a Venezuela por Pollito Belleza en Monte Ávila, una experiencia muy emotiva. Después me gané una beca de la Junta Fundación Antorcha para ir a Canadá un mes y medio con mi pésimo inglés y medio fóbica como soy. Pero quería irme a toda costa y llegué en un estado de shock porque todo fue repentino y vertiginoso, no podía adaptarme, no podía escuchar. Lleva  tiempo escuchar y entender lo que el otro dice. La directora del lugar me llevó a la habitación en el campus, que era como un hotel cuatro estrellas de acá, pero ese no era mi estudio que, en realidad, quedaba en medio del bosque, en un pueblito, montado en un barquito que alguien había donado y puesto en medio del bosque. Eso era el estudio, con todo, con internet, banda ancha, computadora, todo. La gente era muy generosa, querían que uno se quedara a vivir, todo lo contrario de lo que pasa en EE.UU. Había un pedido de aduana, de personas requeridas, directores de cine, escritores. Yo pensaba “claro, no tienen artistas”. Ellos (por los canadienses) tienen esa costumbre de que un escritor, un artista necesita aislarse en un lugar propicio para producir, entonces hay muchos de estos ámbitos.

MM: ¿Cómo sigue tu relación con el teatro?, porque en un momento declaraste que estabas alejada por el ego de los actores.

PS: Me amigué, estoy de novia con un actor y me amigué (risas). Lo que pasa es que estuve dos años sin escribir teatro, creo que me posicioné distinto desde entonces. Era lógico tener la decepción. Los actores son muy egocéntricos, ellos te dicen “yo quiero que vos me escribas una obra y yo la hago” pero lleva tiempo hacerla, investigar, escribirla y cuando la tenés te dicen “no, ahora tengo que hacer de basurero en Polka y no voy a hacer teatro por tres años”. Entonces pensás en darle la obra a otra persona y te dicen “no, es mía” y uno está obligado a pelearse. Brandoni me tuvo cinco años sin dejarme dar la obra a otra persona porque la iba a hacer él, pero finalmente no la va a hacer. Por no confrontar y no pelearse con todo el mundo uno abandona la tarea. El ambiente del teatro es muy complicado y competitivo, en Buenos Aires. Un sábado a la noche hay 250 espectáculos entre los que elegir, la competencia es muy alta y hay mucho de ”cualquier cosa”. Está, por ejemplo, la gente que estudió un año y tiene que hacer una muestra de taller y alquila tal teatro y cobran una entrada como si estuviera actuando Alcón, y por su parte está Alcón que hace un homenaje recitando a García Lorca que ya fue escuchado 600 veces y está el San Martín, donde todo lo que se hace es feo y en esta mezcla la gente se termina desconcertando y deja de ir. Entonces creo que me pasó un poco eso, de agotamiento.

MM: ¿Cómo fue que llegaste al teatro?

PS: Yo quería probar distintos géneros para desplegar mejor el diálogo en la narrativa, porque para mí la nave madre es la narrativa. El humor lo aprendí con la literatura infantil, gracias a eso le pude poner humor a la narrativa para adultos. Mauricio Kartun dio un taller en Rosario que tomé para obligarme a trabajar en el bosquejo de una obra mientras vivía en Rosario todavía, en el ´99; pero después me vine a Buenos Aires para tomar clases particulares con Mauricio; terminé una obra que me costó muchísimo trabajo y me juré nunca más volver a escribir teatro. En realidad, después seguí escribiendo, porque hay muy pocas autoras mujeres y era propicio el ambiente. Además, estadísticamente, las mujeres van al teatro más que los hombres, toman clases de teatro, leen más, son más consumidoras de cultura que los hombres, por eso una obra escrita por una mujer, dirigida por una mujer tenía mayor atractivo. Al venir de la narrativa tenía toda una estructura de cómo contar una historia y eso está bueno para los que quieran alguna vez incursionar en el teatro. La narrativa te da eso. Hay que empezar adaptando cuentos propios y ajenos, haciendo monólogos, a partir de la estructura del cuento. Por eso es difícil después cambiar el código, pero es mucho más enriquecedor, sale un texto mucho más rico que sin esa estructura. También lo que está pasando en el teatro es que como se pusieron de moda los monólogos mínimos de las historias mínimas la gente confunde, los productores de cultura a veces también confunden mínimo con insignificante. Por lo tanto, uno va a ver espectáculos que cuentan cosas mínimas que en realidad no dicen nada. Hay cosas buenas, pero la dificultad es ésta: si uno se clava tres fines de semana seguidos viendo puestas insignificantes, que no dejan nada, y no quedan muchas ganas de ir al teatro después.

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