FERNANDO SORRENTINO: “ESCRIBO PORQUE ME GUSTA, VAMOS A DECIR LA VERDAD”
Fernando Sorrentino es un escritor pródigo en obras narrativas publicadas en el país y traducidas a un amplio abanico de idiomas en el mundo. También ha publicado los clásicos libros de entrevistas a Borges y Bioy Casares, y antologías de cuentos que recorrieron generaciones de escolares. Al navegar su web personal, uno se asoma a su vida y obra. Con esta entrevista realizada por el taller de Literatura y Periodisto que organiza el Programa Bibliotecas para armar en la Biblioteca de la Sociedad Hebraica y coordina Mario Méndez, nos zambullimos en su oficio del escritor y de sus gustos de lector. En esta entrada, la primera parte de la entrevista.
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Mario Méndez: Como presentación, vamos a decir que la bibliografía de Fernando Sorrentino es extensa, ha escrito montones de cuentos para adultos y adolescentes. Una novela, una nouvelle, y los dos famosísimos libros de entrevistas a Borges y Bioy Casares. Además de aparecer en muchas antologías y de ser él mismo antólogo, de hecho encontré hace poco un libro de humor en la literatura argentina, de Austral, o ¿de qué editorial?
Fernando Sorrentino: -No, ése es de Plus Ultra, porque en una época de mi vida. Resulta que a mí me gustaba leer muchos cuentos, y un día se me ocurrió juntar todos estos cuentos que no alcanzaran mil palabras. Porque me habían dicho que, por ley, se podían reproducir sin permiso del autor hasta mil palabras. De cualquier modo, esa información era errónea porque se pueden reproducir hasta mil palabras fragmentadas, no se puede reproducir un soneto sin permiso pero era una regla que nadie tomaba en cuenta. Tampoco lo hice con el propósito ulterior de publicar porque no sabía qué podía ocurrir. Pero el asunto fue que reuní una cantidad de cuentos, y cuando me vinculé con Plus Ultra por otros temas, (alrededor de los años ´70, me habían dado en Plus Ultra la tarea de realizar la edición anotada de clásicos de la literatura española. La primera que hice, creo que fue El libro de buen amor). El asunto fue que cuando tuve un pie en la editorial, se me ocurrió mostrarles esa antología que yo había hecho y la aceptaron encantados, y fue la primera, es 35 cuentos breves argentinos, y fue una pegada porque, entre los 35 autores, yo logré poner a Borges, a Bioy Casares, a Cortázar, a Horacio Quiroga, a Roberto Payró, es decir, había muchos de primerísima línea. El libro entró bien en la parte didáctica, se vendió en las escuelas. Ése fue el origen de la primera antología que yo reuní. Después, como la editorial era codiciosa me decía “haga más porque se vende”, entonces después empecé a hacer por género: cuentos con humor, fantásticos, hice unas cuantas y ya ni siquiera recuerdo las características de ninguna.
MM: Es cierto que se vendió muchísimo, porque yo lo he encontrado en bibliotecas escolares, de distintos lugares del país, incluso. Es una lástima que Plus Ultra se haya terminado.
FS: Yo a Plus Ultra le podría haber puesto una especie de sobrenombre, “el templo de la tacañería”, o sea, era gente extremadamente tacaña, y creo que hubieran asesinado a un niño de un año por una diferencia de treinta centavos.
MM: Allí fue donde publicaste tu primer libro para chicos, ¿no?
FS: Claro, en el año ´78 publiqué Cuentos del mentiroso.
MM: ¿Cómo llegaste a la literatura infantil y juvenil?
FS: Los cuentos de Cuentos del mentiroso, habían sido una novela para adultos, que estaba dividida en tres episodios. El personaje era, como resultó después, un tipo que todo el tiempo contaba mentiras, era fanfarrón, se jactaba de sus logros todo el tiempo.
Tallerista: Adivino: ¡era porteño!
FS: ¡Pero por supuesto!, lo que corresponde. Y ahí una vez hicieron una especie de cocktail, adonde fueron todas las autoras, porque casi todas eran mujeres, que formaban parte de las colecciones infantiles y yo era empleado, estaba ahí en un modestísimo quinto o sexto plano, y contemplaba esos diálogos de las mujeres, que hablaban de sus logros, y yo esos libros ya los había leído, y no es tan difícil hacer un libro para chicos. Yo ya tenía un argumento, tomé ese libro que se llamaba Aventuras del Dr. García que era el título primitivo, y lo adecué al público infantil. Le quité algunos episodios escabrosos, hice más sencilla la sintaxis, facilité el léxico, saqué las palabras complicadas, y se lo llevé a María Hortensia Lacau que dirigía una de las colecciones; a ella le gustó, y el libro salió y tiene la edad de mis hijas mellizas, un poco más, porque se publicó en julio de ´78, o sea que tiene casi 32 años. Ese libro perduró, porque se publicó en el ´78, y ahora sigue existiendo en Kapelusz. O sea que es un libro que por lo menos duró treinta y dos años; lo cual ya es bastante. Muchas veces pasa que los libros se mueren al tercer o cuarto año, se dejan de reeditar y desaparecen. Ese se mantuvo hasta ahora.
T: ¿Ése fue tu primer libro publicado?
FS: No, ese fue del ´78 y yo, en el ´69, publiqué mi primer libro.
T: Yo leí uno del año ´68, el de la coca.
FS: Pero son dos cosas distintas, el cuento ese que se llama “Cosas de vieja”, fue lo primero que yo publiqué en mi vida, porque presenté ese cuento en un concurso que hacía la desaparecida revista Nuestros hijos, que era un concurso en el que había que hacer cuentos con chicos, y yo mandé ese cuento, y obtuvo la tercera mención, el puesto número uno lo ganó el ahora famoso Alberto Manguel. Eso fue lo primero que publiqué en mi vida. Posteriormente publiqué un libro que a mí no me gusta y no quiero que lo lea nadie, porque es malísimo, que es La regresión zoológica, obra de la total inmadurez que me aquejaba en esa época.
T: ¿Tenés un gusto particular por la zoología?
FS: Sí, tengo ciertas obsesiones con los animales.
T: No, te digo porque en uno de los cuentos, uno de los personajes es un zoófago.
FS: Los animales son útiles para los cuentos, porque uno le puede inventar condiciones que no tienen. Uno les puede asignar cualidades terribles.
MM: La escritura, sin dudas, tiene bastante de reescritura. Vos ahora tomás tu primer libro y decís que no estás para nada conforme. ¿Lo tomarías para reescribirlo?
FS: No. Yo, de ese primer libro, rescaté dos cuentos, que estaban mal escritos, pero que tenían algo que valiera la pena para rehacerlo. Uno es “Mi amigo Lucas” y otro “Método de la regresión zoológica”. Los demás, como dijo una vez Borges, “no admiten reparación sin destrucción”. O sea que los demás están muertos y enterrados, no se puede hacer nada con ellos. Esos dos, años después, ya más maduro y más sensato, me di cuenta de que los podía volver a escribir, de otra manera y eso fue lo que hice.
T: “Mi amigo Lucas” es interesantísimo.
FS: Me pasó que cuando lo leí muchos años después, me dije: “Pero acá hay una cantidad enorme de palabras innecesarias y circunstancias que no sirven”. Entonces, en la redacción nueva, lo hice más breve, más sencillo, más directo, y más sensato. La palabra es esa: la sensatez.
T: En Sanitarios Centenario, que a mí me llamó la atención, das un resumen del libro y dice, “reedición muy reelaborada”. Eso tiene un dejo de ironía o de humor, ¿no?
FS: Es una información bibliográfica. Porque como lo publiqué en el ´79, cuando tuve la posibilidad de reeditarlo en Sudamericana en el 2000, lo volví a leer y lo reescribí todo de nuevo. Por eso, la reelaboración es verdad, cambié todo, aligeré el palabrerío. Me di cuenta de que cuando era más joven, metía palabras innecesarias.
T: ¿Qué sentís cuando escribís?
FS: Siento placer, porque jamás escribo si no me agrada. Es decir, me dejo llevar totalmente por el principio del placer. Nunca por el sentido del deber, ni puedo tomar la literatura como un trabajo. Si se me ocurre algo, empiezo a escribir, pero si tengo obstáculos y veo que no puedo resolverlos, porque a veces no los puedo resolver, no sale como a mí me gusta. Me digo “esto no es para mí”, lo dejo y no lo toco más. Y pasan los años, cinco, seis o doce años y, en una de ésas lo recuerdo, le encuentro la vuelta y lo termino. Si me siento cómodo sí, si me pone obstáculos o zancadillas, no. Porque entonces, la misma fatiga que me dio a mí escribirlo, es la le voy a transmitir al lector cuando lo lea. Si a mí me hizo mal escribirlo, al lector le va a hacer peor leerlo. Por eso no sigo adelante cuando veo que no sale fácilmente. Pero también me pasa que cuando me sale y termino digo: “¡qué bien que me salió!” (risas).
T: Por suerte, porque tenés doscientos cuentos escritos.
FS: -No, doscientos cuentos no; más de cien, seguro.
T: Escribís unos cuantos por año.
FS: Hay algo que ustedes no me van a creer: entre el año 1984 y 1992, son ocho años, no escribí una palabra.
T: Por eso, en los años prolíficos, te tomaste revancha.
FS: Y ahora mismo, que tengo tiempo y estoy bastante cómodo, a veces me da pereza y no escribo. Es totalmente aleatorio. No hay plan, jamás he dicho: “me levanto a las siete de la mañana y voy a escribir un cuento”. Porque ahí seguro que no me va a salir. Tiene que venirme la idea, no puedo fabricar ni puedo escribir de oficio. No me sale, si me viene la idea y fluye, adelante. Si, como dije antes, me pone una zancadilla, lo dejo y a otra cosa.
MM: Pero estás en estado de alerta, ¿no?
FS: Sí, pero es que, aunque parezca pensamiento mágico, creo en que alguien me da la idea. Es decir, no estoy obsesionado, y digo: “tengo que escribir algo”. Espero que llegue y, a la larga, llega. Lo que pasa es que uno siempre está pensando en literatura. De alguna manera, aunque mire un cartel de publicidad, me digo: “esa oración está mal hecha, o mal concordada”. Es como una segunda naturaleza.
T: Hay muchos autores que dicen que, por ejemplo, yo escribo todos los días de ocho a doce, porque no es solamente la inspiración, sino también la transpiración. Vos esperás la inspiración, ¿si no no te sentás?
FS: Y no, porque sería perder tiempo, porque en otra época estaba esperando que llegara el sábado o el domingo, porque no tenía tiempo, y trataba de escribir algo, y podía estar sentado catorce horas, y no se me iba a ocurrir. Ahí aprendí, que si viene, viene, y si no viene, no viene. De todas maneras, el trabajo que yo hago es muy intenso. Porque una vez que escribí el cuento, voy haciendo borradores. El producto final que recibe el lector lo escribí seis o siete veces. Porque primero escribo, digamos, a la bartola. Y mientras voy escribiendo, los personajes van cambiando de nombres, nombro una calle y después la nombro de otra manera. Lo que quiero es tener el papel, porque en el aire es lo mismo que nada, no me sirve, tengo que tenerlo escrito. Entonces una vez que lo tengo escrito, empiezo a leerlo y lo vuelvo a redactar todo. Pero no enseguida, porque no vale. Si escribí un cuento un jueves y llego hasta el final, lo tocaré un poquito para mejorarlo, pero dejo pasar hasta otro jueves. Porque si no, como deja huellas en la memoria, uno no nota errores. Cuando pasó una semana, uno lo ve como si fuera de otra persona. Entonces puedo corregirlo. Ese proceso lo hago muchas veces. Parece agotador pero es lo más lindo que hay en la reescritura. El peor momento es la primera redacción, que es horrible. Uno no ve el producto, cuando llega la reescritura sí, uno ya está canchero, va cambiando lo que quiere.
T: Cuando tomás, como dijiste, un cuento o un borrador después de unos años, ¿eso implica que todo lo que escribís, aunque no se termine, lo guardás?
FS: No, a veces encuentro cuadernos con cosas que empecé a escribir, no porque yo los haya guardado, sino porque quedaron ahí, y me digo: “¿pero yo escribí esto?”, y no me acuerdo. Lo escribí yo porque está mi letra y es un cuaderno mío, pero no sé qué propósito me movía, evidentemente, es lo que dije antes, que empecé a escribir algo, y no me salía y lo dejé.
T: Pero lo guardaste.
FS: Es que tampoco lo guardo, porque aparecen en el caos de papeles, qué sé yo. Lo que sí ocurre es que cada vez que tengo la suerte de que un texto mío se reedite, algo le cambio, o por lo menos lo leo, a ver si le puedo mejorar algo. Por lo tanto, es como el diccionario de la academia: cada nueva edición, reemplaza a las anteriores; o como la guía de teléfono, para ser modesto.
T: ¿Escribís a mano?
FS: No, ahora no, ahora únicamente con la computadora. En una época, me parecía que no podía escribir a máquina, que tenía que escribir primero en el cuaderno. Pero ahora es al revés.
MM: Hablando del oficio de escribir, ¿cómo fue el paso de Crónicas costumbristas como nouvelle a la novela juvenil Costumbres de los muertos de la colección de Colihue, la que dirigía De Santis. ¿Cómo fue esa transformación, y qué relación ves entre la literatura que pensaste para adultos y otra que era una colección para jóvenes?
FS: Es que, en realidad, lo único que se cambió fue el título.
MM: ¿Nada más?
FS: También los pequeños detalles que siempre cuido. Pero los dos libros son iguales, es decir, quizá en la primera edición dice “indudablemente” y la otra dice “sin duda”, ese tipo de cosas insignificantes. Lo que me dijeron en Colihue, con la visión comercial que tienen, fue: “No, ‘crónicas costumbristas’ no va a atraer, hay que poner otro título”. Y quedó Costumbres de los muertos, que para mí es un título inadecuado, porque si le pongo Costumbres de los muertos, estoy adelantando una información que yo no quería darle al lector, porque quería que se diera cuenta él solo de que esa persona estaba muerta, no decir: “miren lo que van a leer ahora.” Pero en fin, transigí con los propósitos de la editorial.
T: Es como si le hubieras puesto “Il morto que parla”.
T: Una preguntita, ¿vos en alguno de tus cuentos notás que sos un visionario?
FS: No.
T: Yo sí, y te voy a contar; estaba leyendo el cuento de los alcauciles, ¿te acordás?
FS: Sí.
T: Y ahí, el personaje vive sobre Avenida Santa Fe.
FS: No, el que vive sobre Santa Fe es el que se queda encerrado.
T: Entonces el que se queda encerrado, entre Aráoz y Canning en un momento dado; el tipo sale al balcón, y ve que Santa Fe es mano única.
FS: Ahora es doble mano -(risas).
T: Entonces dije, pero este hombre, y este cuento lo escribió en el ´77 si no me equivoco.
FS: Pero era al revés, porque yo me acuerdo, que cuando yo era chico, Santa Fe era doble mano, después la hicieron una sola mano para el centro, y ahora volvió a ser doble mano. Pero claro, el lector de otro país, o de otra ciudad, no lo puede saber, pero la gente de acá, se va a acordar, que Santa Fe era doble mano; entonces con eso debía entender que había pasado mucho tiempo. El tipo mira por la ventana y dice, “uh, ahora Santa Fe es una sola mano”. Y además le dejé, no quise ponerle Scalabrini Ortiz, le dejé Canning, para dar a entender que eso pasó hace muchos años.
T: Hace muchos gobiernos también.
MM: Has sido editor también,¿cómo es tu relación con la cuestión, ahora que hablabas de De Santis y Colihue? ¿Sos un escritor que transige fácilmente, o sos más bien de resistirte a los cambios que te sugieren?
FS: En general no me han sugerido cambios en los libros míos. En los libros infantiles sí, porque te marcan de cerca. En los libros para chicos, por ejemplo, en ese libro, uno de esos dos que tenés vos.
MM: Cuentos de Don Jorge Salhame
FS: El de Salhame. Acá, hay una reelaboración de cuentos de Las mil y una noches. El cuento del muchacho imprudente, es un cuento de Las mil y una noches sobre un muchacho que hace todo mal. En la versión original, él, después de hacer no sé qué catástrofe, se escapa con la hermana, y se sube a un árbol. Los perseguidores se ponen a descansar debajo del árbol. Y él, en vez de quedarse callado para que nadie lo sepa, no se le ocurre nada mejor que, perdón, mover el vientre sobre sus perseguidores. Como a mí me pareció excesivo, lo reemplacé por una acción más recatada: se había hecho pis. Pero para la editorial no fue suficiente. Era menos catastrófico, digamos, pero no fue suficiente, cuando lo vio la editora, me dijo: “podés sacar lo del pis”, entonces pusimos que tenía una cantimplora y los mojó. Esto es una versión expurgada de la pecaminosa orina.
MM: ¿Y te hacen problemas, más allá de quedarte con la anécdota?
FS: A mí me importa muy poco. No me va a cambiar la vida poner orina o cantimplora.
T: Porque además no sabías qué había en la cantimplora.
FS: Había agua, agua cristalina.
MM: Hay un episodio que siempre viene a cuentas en casi todas las entrevistas que te hacen, que es, justamente, cuando oficiaste de entrevistador de Borges. Yo quería que les comentes cómo fue ese inicio y que nos cuentes algo de eso que fue muy bueno.
FS: Era el año 1969 o 1970, hace muchísimos años, la editorial que me publicó mi primer libro, que, aunque era una editorial menos que insignificante, tenía grandes ambiciones. Entonces quería sacar una colección de entrevistas a diversos autores. Y me preguntó a mí si yo estaba dispuesto, y yo dije “sí, como no”. Le podía hacer a Denevi o a Borges, que eran autores cuya obra yo conocía bastante bien. Y me dijeron: “entrevistá a Borges”; pero no me dieron ningún aporte, ninguna infraestructura, nada. Entonces me tuve que largar solo. Piensen además, que yo tenía veintisiete, veintiocho años, no conocía a nadie, no tenía ninguna vinculación con el mundo literario, nada. Y entonces empecé por el principio, fui a la Biblioteca Nacional, en la calle México y Perú, subí la escalera, golpeé en el despacho del director, y salió una mujer, que era la secretaria o empleada, y le dije “me gustaría hacerle un reportaje al señor Borges” y le expliqué para qué. Me pidió que la esperara un momento, entró, y a los veinte segundos salió Borges al pasillo, y es una cosa que yo siempre señalo, que Borges era Borges, no era Juancito Díaz que estaba tratando de empezar a escribir. Era un tipo importantísimo, y sin embargo salió con toda sencillez y me preguntó qué era lo que yo quería hacer. Le volví a repetir y me dijo “sí, no hay ningún problema, se puede hacer, vamos a combinar un día por semana, o un día cada quince días.” Y así se hizo el libro. Yo vivía en el barrio de Pacífico, en la calle Paraguay, y me iba una vez por semana en el colectivo 93, llevando el grabador Philips que pesaba trescientas catorce toneladas. Y después desgrababa en la máquina Remington Rapad; así se hizo todo el libro. Ahora bien, cuando tenía todo desgrabado y pasado a máquina, es decir, cuando tenía el libro terminado, también la editorial estaba terminada, porque no existía más. O sea que tenía los originales y no sabía dónde llevarlos, y además, lo más triste es que no conocía a nadie, y además soy bastante tímido, entonces no me hubiera atrevido a ir a Losada, o a Sudamericana porque qué iba a decir. El asunto fue que el libro estuvo sin editorial, hasta que en el ´74 lo publicó “Casa Pardo”; pero no terminan ahí mis desdichas, porque una vez que salió el libro, es decir, que estaban los ejemplares impresos, no se animaron a venderlos. Porque como había empezado el último gobierno peronista, y Borges se la pasaba hablando mal de Perón, tenían miedo de represalias, estaba la Triple A, en fin… O sea que, aunque el libro tiene Copyright y pie de imprenta en el año ´74, se empezó a vender, no sé, en el ´77 o por ahí. Esa fue la prehistoria de la conversación con Borges. Después, gracias a Dios, hubo ediciones nuevas de El Ateneo, y ahora la de Losada. Pero esos principios fueron bastante dificultosos.
T: ¿Borges conoció el texto antes de la publicación?
FS: No, porque yo no le leía nada, además a él no le hubiera interesado. Yo desgrababa en casa con la máquina e iba acumulando. Y cuando consideré que ya había terminado de grabar, no lo frecuenté nunca más. Porque además qué iba a decirle, “¿se acuerda todo el trabajo que hicimos?, bueno, fue en vano. Lo hice hablar para nada.” O sea que entonces lo dejé de ver por completo y nunca más lo vi. Nunca más lo vi a solas, porque vi que existía por la calle y ese tipo de cosas.
MM: Con Bioy Casares también tuviste varios años de parate, y demás.
FS: Con los libros de Bioy ya era una relación distinta porque yo ya tenía más edad. Porque yo a Bioy lo grabé en 1988.
T: Y Bioy sale en 1992.
FS: Claro, pero yo a Bioy, aparte, antes de la grabación, me había mandado el Diario de La guerra del cerdo. Tenía, no digo que éramos amigos, porque amigos no éramos, pero sí una buena relación con él, muy espaciada, pero cordial. Yo la entrevista se la hice en el año ´88, y la desgrabé toda, todavía con la máquina de escribir. Pero en el ´89 vino la hiperinflación con Alfonsín. Y a mí eso me descarriló, me sacó las ganas, y además, tampoco hubiera tenido sentido publicarla porque nadie publicaba nada, nadie hacía nada. Bueno, y quedó ahí, y en ´92, hablando con Chitarroni, de Sudamericana, sobre otras cosas, se me ocurrió mencionarle que yo tenía esto, y me dijo “traelo”, inmediatamente le gustó, y lo publicaron en el ´92. O sea que también tuvo sus cuatro años de estar en capilla antes de poder publicarse.
T: Eran muy traducidas afuera las entrevistas.
FS: La de Bioy no, la de Bioy está en rumano nada más, y la de Borges sí, está inglés, portugués, italiano, rumano, alemán no, chino, y nada más.
MM: ¿Rumano por qué? ¿Cómo surge eso?
FS: Misterioso, misterioso. Porque surgen, sin yo buscarlo. Resulta que me escribió un tipo de Bucarest, que quería traducir los dos libros, el de Bioy y el de Borges. Y efectivamente, lo tradujo y lo publicó enseguida.
MM: ¿Y esas cosas se cobran?, ¿lograste cobrar derechos por eso?
FS: Una migaja.
MM: Es más el placer de verte escrito en rumano.
FS: Sí, la verdad es que yo nunca escribí pensando en el aspecto comercial. El que estuvo maravilloso fue el chino. Porque, un buen día, suena mi teléfono, y era un chino, que era profesor de español en la universidad de Beijing, qué sé yo… Y me dijo que quería traducir el libro de Borges, y yo le facilité todo al chino, porque hasta le saqué fotos a la antigua sede de las SADE, que está al lado de la Biblioteca Nacional, porque como Borges dijo que la casa donde él nació era muy parecida a esta, bueno, le facilité todo. Y el chino me hizo miles de promesas y desapareció, y después me enteré, por otro chino enemigo del chino número uno, que había publicado el libro en china, y no me había avisado, y como son chinos, habían publicado 20.000 ejemplares; y como el libro en ese momento tenía el Copyright en El Ateneo, les dije “háganle juicio o algo, porque habrán vendido toneladas”, ni se preocuparon, dijeron que era mucho lío, había que mandar un abogado en chino, etcétera. Al año siguiente, le mandaron una carta documento al editor, que era nada menos que el de un diario pero nadie le contestó nada y tampoco se preocuparon tanto. Esa es la historia del Borges en China.
T: ¿Le tomaron varias semanas las charlas con Borges?
FS: Muchas, muchas.
T: Eran muy abiertas las preguntas que le hacía.
FS: Yo llevaba un plan, es decir, me hacía lista de preguntas. Pero después de hacer la primera pregunta, como lo que contestaba él siempre solía ser algo sorprendente y estimulante, yo le preguntaba otra cosa, o sea que el plan original no se cumplía jamás. De las preguntas que llevaba, le hacía tres y las demás eran improvisadas, porque él tenía un fluir de pensamiento tan sorprendente, salía con cosas tan raras que permitían darle a la conversación otro curso que el previsto.
MM: Y te sorprendía hasta en eso.
FS: Una vez yo le pregunté sobre un escritor que era un poco absurdo, pero esto se lo pregunté por las escaleras cuando bajaba, y él en vez de decirme: “es un escritor de poca categoría”, me dijo: “bueno, es muy difícil hablar de él sin calumniarlo” (risas). Tenía esas genialidades.
Junio 21, 2010 a las 17:47
¡Qué lujo como entrevistado este excelente escritor! Se nota que su bagaje como entrevistador ayuda a que la entrevista a él sea tal jugosa como resultó ser esta. Y su humor en la escritura también aparece aquí.
¡Felicitaciones, Mario, Bibliotecas… y gente del taller!