La siguiente crónica trata sobre los vestigios de lo que fue la Feria del Libro del corriente año, llevada a cabo entre el 22 de abril y el 10 de mayo, vista desde el otro lado del stand.
Por Edit Marinozzi*
La Feria es un libro de arena. También, un jardín con senderos que se bifurcan.
Desde un stand en el fondo del Pabellón Azul… ¿cómo contar lo que vi, lo que sentí?
¿Cuál es el tema? ¿La Feria? ¿Y el rema? ¿Yo en la Feria? ¡Un lingüista por aquí!
¿Qué importa más? ¿La cronología o las sensaciones?
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Acepté, agradecida, la propuesta del editor de trabajar como promotora-vendedora.
Me había inscripto para tres talleres: el de Literatura policial argentina, el de Defensa y promoción de nuestro idioma y el de Borges- Kafka. Y había acordado con el responsable de prensa disponer de esos horarios para asistir. Pero circunstancias imprevistas me demandaron por más tiempo, y ¿cómo decir que no a unos pesos más? La necesidad, ya se sabe…
Así fue como no solo me perdí esos talleres, sino también los platos fuertes que Bibliotecas para armar tenía programados para esas fechas: la entrevista a Fernando Sorrentino en el curso de Periodismo y Literatura, y el homenaje a Raymundo Gleyzer en el de Literatura y Cine.
Pero en la vida todo es aprendizaje, y se la va construyendo con una de cal y una de arena. Y la feria me dio mucho desde el stand del fondo del Pabellón Azul.
El equipo de Ciccus
Mis compañeras, todas jóvenes y lindas -yo era allí la única abuela-, con su inteligencia, su sentido del humor y su concepto implícito de un trabajo en equipo, me hicieron sentir una más. Al igual que los muchachos, repartieron saberes, tareas y alegría, que hicieron agradable el trabajo, tanto los días de poco público, como los multitudinarios. El jefe nos mimó trayéndonos exquisitas comidas, y se ocupó de valorar las capacidades de todos y cada uno.
En una presentación de libros, tres autores a los que había acompañado en su trabajo, me agradecieron “la lectura atenta, las oportunas sugerencias”. Y, como dice un compañero de taller, un alimento al ego siempre viene bien.
Un momento mágico
Como es de suponer, no me iba a ir de la Feria sin libros para mis nietos, y decidí comprar para Catalina uno de Mario Méndez, mi profesor del taller. En el momento en el que Mario lo firmaba, aparecieron en ese stand Laura Devetach y su esposo, Gustavo Roldán, que era -lo supe entonces- el autor que firmaba a continuación. Dos ídolos, que me acompañaron los largos años en los que ejercí como maestra jardinera y bibliotecaria, y dos personas generosas, que se sumaron al tributo a Graciela Cabal que elaboré el año anterior. Yo ya me sentía tocada por una varita mágica hasta ahí. Pero la emoción siguió cuando saludé a Laura Roldán y supe que su trabajo de bilingüismo en el NOA, en el marco del Plan Nacional de Lectura, sería premiado. Un plus para ese momento mágico: la alegría porque a esta trabajadora de la cultura se le reconociera sus legítimos méritos en el marco de la Feria con mención de honor, Premio Viva Lectura 2010.

Una mirada sobre tipos de padres
En los huecos que nos dejaba el trabajo, nos dedicamos con mis compañeras a clasificar a “tipos de progenitores”. Hay un tipo de padre, que es lector, y compra lo que le gusta para sí, pero que no abandona su rol de padre. Aunque viene solo, compra un libro de cine porque es lo que estudia su hijo, o de bibliotecología, que es a lo que su hija se dedica. Existe otra categoría, que es la de los que vienen acompañados por sus vástagos, como el señor que llega con su hija, que estudia el magisterio para el nivel inicial, y se llevan los libritos sobre cuentos o juegos tradicionales. O la señora que usa su tarjeta para pagarle al hijo el libro de antropología que eligió como fuente bibliográfica para su tesis.
Descubrimos que “estoy mirando” no es solo una frase publicitaria. Para los que no tenemos tradición de vendedores, fue durante nuestra estadía en el stand que comprobamos la fuente de los publicitarios.
Está (estuvo, créanlo) el padre con folletos debajo del brazo que espera –esperó una hora- a su hija adolescente junto al stand, porque ella le dio ese punto y ese horario como referencia, y, como la chica no aparecía, se puso a contarnos su preocupación. Le preguntamos: “¿No tiene celular?” y él dijo que sí, pero que no sabía el número. “¿Quién le compró el celular?”, pregunté. Y respondió “yo”. Le dije: “Entonces, usted tiene derecho a saber el número”. “Y… ¿vio? si uno insiste le dicen que es invasor”, comentó. Le sugerimos que fuera a informes y que quizá podrían pasar el anuncio “padre busca a…”, volvió para decirnos que ese servicio se aplicaba a menores de ocho años. Una hora y cuarto después, nos mostró a su hija, con la que se había encontrado. Mi compañera me dijo “la piba debió estar con el noviecito”.
Y vimos a una mujer con un niño en una actitud singular. Por ser un único caso observado, resulta difícil de categorizar: la joven mujer se paseaba por los pasillos de la feria con un lazo atado a su cintura, que tendría dos metros de largo, y el niño venía atrás, atado, el mismo lazo, a su cintura. Arriesgamos una denominación: “madre que pasea al niño como si fuera un perro”. Se nos ocurrió pensar que así como hay un viejo libro que se llama “¡Socorro, tengo un hijo adolescente!”, que la gente de mi generación compró con la ilusión de orientarse en ese laberinto, la joven madre habría seguido las instrucciones de algún libro similar para infantes.
La CONABIP
La Comisión Nacional de Bibliotecas Populares entrega para este evento un subsidio a todas las Bibliotecas que integran la red, y que consiste en viáticos para dos personas y dinero para libros. Eso sucede durante dos días, y los stands adheridos tienen que poner un cartel que anuncie el 50% de descuento. Todas compran hasta agotar el subsidio.
Las bibliotecas populares registradas en todo el país son 2.058. Los voluntarios, 28.000. Los usuarios y lectores, 2 millones y los libros sumados hasta aquí, 30 millones. Hay bibliomóviles que recorren el interior de las provincias. Y no se conocen experiencias semejantes en el mundo, tanto por la cantidad de bibliotecas, como por su extensión territorial.
Conversé con bibliotecarias de Entre Ríos, San Juan, Río Negro y Neuquén. Aunque sus rostros mostraban el cansancio de los dos días interminables, a todas les brillaban los ojos cuando contaban lo que hacían, y también porque este año eligieron a León Gieco como “el amigo de las bibliotecas populares”.
Un final a toda orquesta (o a toda banda)
El último día, 10 de mayo, a las 10 de la noche, desde todos los stands surgió un aplauso impresionante (igual, igual -o a mí me lo pareció- como el que damos cuando el avión aterriza en Ezeiza). El viaje había terminado con éxito.
Y así fue el lema: “Festejar con libros 200 años de historia”. Por eso, la salida fue con el acompañamiento de la banda del Regimiento de Patricios, la gente se mostraba alborozada, unas nenas cantaban el Himno Nacional… yo iba del brazo con mi hija… y sentí una vibración común. No puedo, no quiero, dejar de decirlo: al final, esto resultó una fiesta nacional y popular.
*Trabajo realizado para el Taller de Capacitación Literatura y Periodismo, del Programa Bibliotecas para Armar, coordinado por Mario Méndez, en la Biblioteca Popular Alberto Gerchunoff.