NACIMIENTO EN LA PRIMAVERA ESPAÑOLA
Martes, Marzo 23, 2010Alejandro Casona, llamado en realidad Alejandro Rodríguez Álvarez, nació el 23 de marzo de 1903 en Besullo, Asturias. Sus padres eran maestros y él mismo también ejerció la docencia, como profesor. Vivió sus cinco primeros años de vida en el pueblo donde había nacido, pero luego su familia se trasladó a Villaviciosa.
Cursó estudios en las universidades de Oviedo y Murcia, y, en 1922 ingresó a la Escuela Superior de Magisterio de Madrid. De allí se graduó en 1926 como Inspector de Enseñanza Primaria. Al siguiente año, se casó con Rosalía Martín Bravo.
Su inicio en el teatro se dio en una compañía creada en la II República Española, el Teatro de las Misiones Pedagógicas, que él mismo dirigía y conformada por sus alumnos del Instituto del Valle de Arán. A partir de 1931 se dedicó exclusivamente al teatro. Entre sus obras podemos mencionar: La flauta del sapo (1930); Flor de leyendas (1932), con la que ganó el Premio Nacional de Literatura; La Sirena varada (1934), ganadora del Premio Lope de Vega; Prohibido suicidarse en primavera (1937), escrita en México; y, Los árboles mueren de pie (1949), en Buenos Aires.
Debió exiliarse en México a causa de la Guerra Civil Española, y luego, se estableció en Argentina, donde obtuvo un gran reconocimiento por parte de la crítica y el público. No regresó definitivamente a España hasta el año 1962.
Falleció en septiembre de 1965 en Madrid, España.
A continuación, el primer acto de Prohibido suicidarse en primavera.
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En el Hogar del suicida, sanatorio de almas del doctor Ariel. Vestíbulo como de hotel de montaña, recordando esos paradores de turismo construidos sobre ruinas de antiguos monasterios y artísticamente remozado por un gusto nuevo. Todo es aquí extraño, sugeridor y confortable: el mobiliario, la plástica, el trazado de las arquerías, la disposición indirecta de las luces acristaladas. En las paredes, bien visibles, óleos de suicidas famosos, reproduciendo las escenas de su muerte: Sócrates, Cleopatra, Séneca, Larra. Sobre un arco, tallado en piedra, los versos de Santa Teresa: “Ven, Muerte, tan escondida-que no te sienta venir-porque el placer de morir-no me vuelva a dar la vida.
Amplia verja al fondo, sobre un claro jardín de sauces y rosales. El jardín tiene un lago, visible en parte, un fondo lejano de cielo azul y montañas jóvenes nevadas. En ángulo, a la derecha, arranca una galería oscura, en arco, con pesada puerta de herrajes, practicable: sobre el dintel, una inscripción que dice: “Galería del Silencio”. En frente, otra semejante, pero clara y sin puertas: “Jardín de la Meditación”.
EMPIEZA LA COMEDIA
En escena, el Doctor Roda y Hans, su ayudante, con bata de enfermero. El primero, de aspecto inteligente y bondadoso; el segundo, de rostro y palabra mortalmente serios. El Doctor, al lado de una mesa volante de trabajo, revisa sus ficheros.
Doctor.- Desengaños de amor, 8. Pelagra, 2. Vidas sin rumbo, 4. Catástrofe económica…cocaína…¿no tenemos ningún caso nuevo?
Hans.- El joven que llegó anoche. Está paseando por el parque de los sauces, hablando a solas.
Doctor.- ¿Diagnóstico?
Hans.- Dudoso. Problema de amor. Parece de esos curiosos de la muerte que tienen miedo cuando la ven de cerca.
Doctor.- ¿Ha hablado usted con él?
Hans.- Yo sí, pero no me ha contestado. Sólo quiere estar solo.
Doctor.- ¿Decidido?
Hans.- No creo: muy pálido, temblándole las manos. Al dejarle en el jardín, he roto detrás de él una rama seca, y se volvió sobresaltado con cara de espanto.
Doctor.- Miedo nervioso. Muy bien, entonces hay peligro todavía. ¿Su ficha?
Hans.- Aquí está.
Doctor (leyendo) .- “Sin nombre. Empleado de banca. Veinticinco años. Tiene un libro de poemas inédito.” Ah, un romántico; no creo que sea peligroso. De todos modos, vigílelo sin que él se dé cuenta. Y avise a los violines: que toquen algo de Chopin en el bosque al caer la tarde. Eso le hará bien. ¿Ha vuelto a ver a la señora del pabellón verde?
Hans.- ¿La Dama Triste? Está en el jardín de Werther.
Doctor.- ¿Vigilada?
Hans.- ¿Para qué? La he venido observando estos días; ha visitado todas nuestras instalaciones: el lago de los ahogados, el bosque de suspensiones, la sala de gas perfumado…Todo le parece excelente en principio, pero no acaba de decidirse por nada. Sólo le gusta llorar.
Doctor.- Déjela. El llanto es tan saludable como el sudor, y más poético. Hay que aplicarlo siempre que sea posible como la medicina antigua aplicaba la sangría.
Hans.-Pero es que igual le ocurre al profesor de Filosofía. Ya se ha tirado tres veces al lago, y las tres veces ha vuelto a salir nadando. Perdóneme, doctor, pero creo que ninguno de nuestros huéspedes hasta ahora tiene el propósito serio de morir. Temo que estamos fracasando.
Doctor.- Paciencia, Hans, nada se debe atropellar. La casa del Suicida está basada en un absoluto respeto a sus acogidos, y en el culto filosófico y estético de la muerte. Esperemos.
Hans.- Esperemos. (Señalando con un gesto). La dama triste. (La DAMA TRISTE llega al jardín de la Meditación)
Dama.- Perdóneme, doctor…
Doctor.- Señora…
Dama.- He seguido sus consejos con la mejor voluntad: he llorado toda la mañana, me he sentado bajo un sauce mirando fijamente el agua…Y nada. Cada vez me siento más cobarde.
Hans (animándola).- ¿Ha visto usted nuestro muestrario último de venenos?
Dama.- Sí, los colores son preciosos, pero el sabor debe ser horrible.
Hans.- Puede añadirse un poco de menta, espliego…
Dama.- No sé… El lago también me gustaría, pero está tan frío. No sé, no sé qué hacer…¿Qué pensará usted de mí, doctor?
Doctor.- Por Dios, señora: le aseguro que no tenemos prisa alguna.
Dama.- Gracias. ¡Ah, morir es hermoso, pero matarse!… Dígame, doctor: al pasar por el jardín he sentido un mareo extraño. Esas plantas ¿no estarán envenenadas?
Doctor.- No; todavía no hemos descubierto la manera de envenenar un perfume.
Dama.- Lástima, ¡serían tan bonito! ¿Por qué no lo ensayan ustedes?
Doctor.- Es difícil.
Dama.- Inténtelo. Yo tampoco tengo prisa; puedo esperar.
Doctor.- Siendo así, lo ensayaremos.
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