CUENTO DE UNA CRÓNICA ANUNCIADA

Si se encuentran en el centro, al final de la mañana, vuelven juntos. Don Pascual le ha alquilado el departamento de atrás, es decir, de atrás de su casa, en el pasaje Romairone, y las mujeres se entienden, a pesar de la diferencia de edad. Además, a Segura le gustan algunas cosas que puede hacer con Don Pascual, como jugar a las bochas, por ejemplo, o tomar de aperitivo un par de empanadas con vino blanco bien frío. Conversan mucho y están de acuerdo.

Sin avisarse el uno al otro, miran en el mismo instante, y ven al hombre que cae, de un piso altísimo, con un largo grito de miedo. El cuerpo contra el suelo hace un ruido aplastado, y se acaba el grito.
Don Pascual y Segura quedan magnetizados. Segura, sin salir del trance, balbucea:
-Primera vez que se me ocurre.
Después, en casa, puestas al tanto las dos mujeres, revisado y comentado el acontecimiento, Don Pascual se recuerda y reclama:
-¿Por qué dijo “Primera vez que se me ocurre”? ¿Le ocurría a usted acaso…?
Segura se explica: con sus relatos policiales para el diario, él cuenta al público qué ocurrió y cómo; pero siempre llega después del choque o del crimen, tiene que revivirlo imaginariamente con testimonios e indicios. Nunca, hasta ahora, el suceso se desenvolvió antes sus ojos ni el alarido de la víctima entró por sus propios oídos de cronista.
Don Pascual que, como cualquiera, ha leído de páginas policiales, realmente tampoco fue espectador de ninguna catástrofe ni de hechos violentos que merecieran la atención del periodismo. Por eso quiere cotejar la realidad con la crónica y espera el diario:
Ayer, minutos antes de que sonara la sirena que anuncia el fin de las tareas de la mañana, del edificio en construcción de San Martín esquina…
Aproximadamente lo que sabe Don Pascual, con algunos detalles de individualización: Julio Funes, frentista, 32 años, casado, etc.
Pero Segura, que escribe todas las noches para el diario donde le pagan un sueldo, también escribe para un periódico donde nada le pagan. Es un semanario y cada viernes se lo trae a Don Pascual. Don Pascual lo lee con cierta condescendencia: prefiere el diario de todos los días.
El miércoles, el obrero Julio Funes cayó del décimo piso del edificio en construcción en San Martín y San Luis. El obrero se rompió cráneo y cuerpo. Ni el edificio ni los andamios sufrieron deterioros.
Nada más. Sin embargo, esa noticia que por su modo se ha vuelto diferente de la otra, le produce determinada excitación, de la que no habla.
Por ratos se dedica a pensar tan abstraído que pone distancia entre él y la mujer. Ella, asombrada y en silencio, husmea.

Un día le dice a Segura que tienen que hablar y lo convida a Rodicar, de la calle Amigorena.
Saca un papel y se lo pasa por encima de la mesita. Segura titubea entre desdoblarlo o empezar con la empanada. Pero nota en don Pascual una especie de ansiedad o apuro. Lee:
En la estación de San Luis subió al tren el señor Bautista Frías. Con el señor Frías viajaba la hija, de ocho años de edad, llamada Ernestina.
Cerca de la estación de San Vicente, los demás pasajeros notaron que la niña estaba llorando sin hacer ruido. Observaron bien y descubrieron que el padre había muerto, sin alterar apenas su posición en el asiento, junto a la ventanilla.

Segura mira por encima del papel a don Pascual, que no se tiene de inquieto, y vuelve a leer:
En la estación de San Luis
No termina. Está ligeramente desconcertado. Pregunta:
-¿Qué es esto?
Don Pascual teclea con los dedos en la tabla y confiesa a medias:
-Lo escribí yo…
-De acuerdo, ¿pero qué es?
-Una noticia…una crónica. Usted sabrá.
-¿Cómo una noticia o una crónica y que yo sabré…? Discúlpeme, don Pascual, no lo entiendo. ¿Es una noticia que me da para publicar?
-No. Para publicar no es…
-¿Cuándo ha ocurrido esto…? ¿Dónde….?
-Y…aquí en Mendoza, creo yo…
-¿Y yo no sé nada? No puede ser, en el parte diario de la policía tendría que estar…
-Bueno, ocurrió en otro tiempo.
-¿Otro tiempo…?-a Segura se le ilumina la situación-¿Cómo cuándo, a ver? ¿Unos treinta o cuarenta años atrás? Porque ya no hay estación San Vicente. San Vicente se llama, hace mucho, Godoy Cruz.
Don Pascual confiesa: quiso probarse, por si podía escribir una crónica como la del periódico del viernes. Pero no sabía qué contar. Sacó el tema de una lápida del cementerio.
Como está abochornado, lo cual se le pinta en la cara y se corrobora con la evidencia de que no ha tocado el plato, Segura colige que debe ser comprensivo y le dice:
-¿Usted quiere escribir? Bueno, hace bien. Pruebe otra vez y hágamelo leer.

cuentoscompletosbenedettoFragmento de:

“Falta de vocación” en Obras completas
Antonio Benedetto
Adriana Hidalgo, Madrid, 2006.

Este libro se encuentra en la Biblioteca “Ofelio Vecchio”, del Club Nueva Chicago, en el barrio de Mataderos.

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