LOS DOS POETAS DE SAFFRON PARK
Lunes, Marzo 15, 2010Al oeste de Londres se extendía el barrio de Saffron Park – Parque de Azafrán-, rojo y desgarrador como una nube del crepúsculo. Era completamente de un tono ladrillo brillante; se destacaba sobre el cielo increíblemente y hasta su pavimento resultaba de lo más caprichoso: obra de un constructor especulativo y algo artista, que ciaba a aquella arquitectura unas veces el nombre de <> y otras el de <>, acaso por figurarse que ambas reinas eran la misma.
No sin razón se hablaba de este barrio como de una colonia artística, aunque no se sabe qué tendría de artístico necesariamente. Pero si sus intenciones de centro intelectual parecían algo infundadas, sus pretensiones de lugar agradable eran justificadísimas. El extranjero que admiraba por primera vez aquel curioso barrio, no podía menos de preguntarse qué clase de gente vivía. Y si tenía la suerte de encontrarse con uno de los vecinos del suburbio, no defraudaba su curiosidad. El sitio no sólo era agradable, sino perfecto, siempre que se le considerase como un sueño y no como una invención. Que, aunque sus moradores no eran <>, no por eso dejaba de ser artístico el conjunto. Aquel joven –los cabellos largos y castaños, la cara insolente-, si no era un poeta, era ya un poema. Aquel anciano, aquel patriarcal charlatán de la barba blanca y enmarañada, del sombrero claro y desgarbado, no sería un filósofo ciertamente, pero era todo un asunto de filosofía. Aquel científico sujeto –calva de cascarón de huevo y el pescuezo muy flaco y largo-, claro es que no tenía derecho a la cantidad de humos que gastaba: no había logrado, por ejemplo, ningún descubrimiento biológico; pero, ¿qué hallazgo biológico más singular que el de su interesante persona?
Así y sólo así había que considerar aquel barrio: no taller de artistas, sino obra de arte en sí mismo, y obra delicada y perfecta. Entrar en aquel ambiente era como entrar en una comedia. Principalmente al anochecer; cuando acrecentado el encanto fiel, se proyectaban los techos estrafalarios sobre el crepúsculo y, el barrio delirante emergía separado, como una nube flotante. Y todavía más en las frecuentes fiestas nocturnas del lugar, con los jardines alumbrados y encendidos los farolillos venecianos, que colgaban, como frutos monstruosos, en las ramas de aquellos árboles miniatura.
Fragmento de:
El Hombre que fue Jueves
Gilbert Keith Chesterton
Gradifco, Buenos Aires, 2004